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lunes, 29 de junio de 2020

La humildad de amar y celebrar toda la riqueza del Misal romano. Jesús Valdés, 1 de junio 2020.

La humildad de amar y celebrar toda la riqueza del Misal romano.


Jesús Valdés de la Colina

Presbítero, doctor en teología

Palencia, 1 de junio 2020


Sumario

1. La humildad del servicio ministerial
2. Acomodaciones y adaptaciones del sacerdote
3. Algunos principios sobre las diversas posibilidades de celebrar y amar toda la riqueza
4. Los Tiempos Litúrgicos
5. El Ordinario de la misa
6. Diversas celebraciones
a) Propio de los santos
b) misas comunes
c) misas rituales
d) misas por diversas necesidades
e) misas votivas
f) misas de difuntos
7. Ideas finales
1. Sencillez
2. Calma
3. Delicadeza

1. La humildad del servicio ministerial

Recientemente, volvía a leer esa maravillosa joya de la historia del movimiento Litúrgico, que es el “El espíritu de la liturgia” de Guardini, y me encontraba con esas palabras: “Lo que la liturgia exige es humildad. Humildad en su aspecto de renuncia a la propia personalidad, de sacrificio de su soberanía, y en su concepto de acción o prestación, que consiste en que el individuo acepte voluntariamente toda una vida espiritual que se le ofrece fuera de él y que sobrepasa los estrechos confines de su propia vida” (R. GUARDINI, El espíritu de la liturgia, Cuadernos Phase n. 100, de. CPL, 2019, p. 31).

Estas sabias palabras del gran maestro de la liturgia, tan venerado, entre otros, por el papa Francisco y Benedicto XVI, nos deberían ayudar, en estos momentos de la vida de la Iglesia, a todos los sacerdotes y fieles a celebrar con amor y humildad, y en la totalidad de su riqueza, el vigente Misal romano.

El Misal romano, fruto de la gran reforma litúrgica iniciada con la Constitución Sacrosantum Concilium del Concilio Vaticano II, promulgado por San Pablo VI, y mandado revisar por san Juan Pablo II, ha cuajado en su Tertia editio -como fruto más de 30 años de experiencias positivas y deficiencias subsanadas- la “Lex orandi” de la celebración eucarística ordinaria del rito romano. Bastaría señalar la santidad de los Pontífices romanos que guiaron dicha elaboración, para acoger la riqueza de dicho Misal, con esa profunda humildad que aconsejaba Guardini ante la Liturgia de la Iglesia. El actual Misal ha culminado un proceso que realiza el gran deseo de los padres conciliares, cuando pedían que los ritos de la misa «fueran restablecidos conforme a la primitiva norma de los santos Padres» (Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 50).

El santo papa polaco, en su última Encíclica nos suplicaba: “siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios.

(…) La obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecúa a ellas, demuestra de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. (…) A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” (Carta enc. “Ecclesia de Eucharistia” n. 52).

El Papa Francisco, en la última Audiencia a los participantes en la Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (14.02.2019), indicaba: “es bueno, por lo tanto, en la liturgia como en otras áreas de la vida eclesial, no acabar en polarizaciones ideológicas estériles (…). El punto de partida es, en cambio, reconocer la realidad de la liturgia sagrada, un tesoro viviente que no puede reducirse a gustos, recetas y corrientes, sino que debe ser recibido con docilidad y promovido con amor, como un alimento insustituible para el crecimiento orgánico del Pueblo de Dios. La liturgia no es "el campo del hágalo usted mismo", sino la epifanía de la comunión eclesial. Por lo tanto, en las oraciones y en los gestos resuena el "nosotros" y no el "yo"; la comunidad real, no el sujeto ideal. Cuando se añoran con nostalgia tendencias del pasado o se quieren imponer otras nuevas, existe el riesgo de anteponer la parte al todo, el "yo" al Pueblo de Dios, lo abstracto a lo concreto, la ideología a la comunión y, en la raíz, lo mundano a lo espiritual”.

Me acordaba también de unas palabras de san Josemaría, del que soy gran deudor en mi vida cristiana y sacerdotal, que recogen el espíritu sacerdotal que le animaba en la celebración: “todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría... ¡No señor! Es Cristo” (palabras pronunciadas el 10-V-1974, cit. en J. ECHEVARRÍA, Memoria de san Josemaría, 2004, pp. 152-153).

2. Acomodaciones y adaptaciones del sacerdote

En la celebración litúrgica, los sacerdotes somos servidores de una rica Tradición, que hay que cuidar fidelísimamente, para que realmente sea contemplada como un alimento espiritual, que contiene delicados manjares de profunda elaboración y calidad. Como no somos dueños de las celebraciones, las acomodaciones y adaptaciones las realizamos en la medida en que contribuyan a dar mayor gloria a Dios, a ayudar a los participantes de la celebración, dejando en segundo plano nuestros personales criterios.

El sacerdote celebrante tiene la posibilidad de escoger en cada celebración lo que el n. 23 de la OGMR llama “acomodaciones y adaptaciones” para que “responda más plenamente a las prescripciones y al espíritu de la Sagrada Liturgia y para que crezca su eficacia pastoral”. Pero, a continuación señala: “Estas adaptaciones, que consisten solamente en la elección de algunos ritos o textos, es decir, de cantos, lecturas, oraciones, moniciones y gestos, para que respondan mejor a las necesidades, a la preparación y a la índole de los participantes, se encomiendan a cada sacerdote celebrante. Sin embargo, recuerde el sacerdote que él es servidor de la Sagrada Liturgia y que a él no le está permitido agregar, quitar o cambiar algo por su propia iniciativa [Cf. SC 22] en la celebración de la Misa” (n. 24). El subrayado es mío.

No me refiero, en este caso, a los abusos señalados con gran detalle por la SCCD, Instr. “Redemptionis Sacramentum” nn 4-10, por un “falso concepto de libertad”, “iniciativas ecuménicas” o “ignorancia” del “sentido profundo” de los elementos de la Liturgia. Me refiero sobre todo al “arbitrio personal” que lamentaba San Juan Palo II, y que explica con más detalle el n. 11 de dicha instrucción:

“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal». [JUAN PABLO II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 52] Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión, y realiza acciones que de ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo, que el pueblo de nuestros tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral, ni sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles. Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la «secularización»”.

Es evidente que esa postura de “arbitrio personal”, aunque tristemente se sigue dando, no es la mayoritaria hoy en día entre un clero, que procura vivir fielmente lo indicado para que las celebraciones sean una alabanza a Dios y una comunión del “Christus totus”.

Pero todos podemos caer en la tentación de un personalismo “coleccionista de antigüedades o bien de novedades” (Francisco, Homilía misa crismal, 28-marzo-2013) en la pastoral litúrgica, dando preferencia o excluyendo elementos contenidos de la OGMR o del Misal con cierta buena intención, pero que en definitiva nos pondría como juez o árbitro de algo para lo que no tenemos ese papel: sólo somos ministros, y eso es algo que debemos asumir con humildad, ante la celebración de un Misterio que nos desborda. San Josemaría le pedía “a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor” (Amar a la Iglesia, “Sacerdote para la eternidad”, 1986, p. 71).

El Misal romano vigente es, en su totalidad, y en toda su riqueza, un instrumento de santidad de toda la Iglesia y de cada uno de sus miembros, y tiene toda la pedagogía de la santidad en todos sus contenidos. Es un libro de la oración litúrgica de Iglesia, que el Espíritu Santo ha puesto para nuestra santidad: "Tu oración debe ser litúrgica. -Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares" (Camino 86).

Como se ha señalado en diversas ocasiones, el Misal no es un “libro cerrado” e inamovible, como no lo fueron los anteriores. Pueden ser incorporados nuevos santos o formularios que la autoridad de la Iglesia considere conveniente para la mejor “Laus Deo” y la edificación espiritual de los fieles. Pero hemos de contemplar estas posibilidades desde el terreno del Amor: "amaremos esta liturgia nueva, como hemos amado la vieja", señalaba san Josemaría ante las primeras disposiciones de la reforma litúrgica conciliar (cfr. A. DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, 1993, pp. 138-139).

3. Algunos principios sobre las diversas posibilidades de celebrar y amar toda la riqueza

Por todo lo que he señalado, existe una enriquecedora pluralidad de vivir, celebrar y amar ese tesoro. En las líneas siguientes reflejaré unos apuntes personales a partir de la experiencia de la celebración con las actuales disposiciones y elementos del Misal vigente. Se trata de indicar modos posibles, entre otros muchos que el Espíritu Santo puede señalar a cada uno, para alimentar la piedad litúrgica de los fieles, con toda la riqueza de textos bíblicos y eucológicos que contienen el Misal y los Leccionarios actuales.

La OGMR nos indica que el principio por el que se debe mirar en la preparación de la celebración es la “actuosa participatio” de todos: “Es, por tanto, de sumo interés que de tal modo se ordene la celebración de la Misa o Cena del Señor que ministros sagrados y fieles, participando cada uno según su condición, reciban de ella con más plenitud los frutos (…)

Todo esto se podrá conseguir si, mirando a la naturaleza y demás circunstancias de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone de modo que favorezca la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la que la Iglesia desea, la que reclama su misma naturaleza y a la que tiene derecho y deber, el pueblo cristiano, por fuerza del bautismo” (nn. 17-18).

Siguiendo con la preparación de las celebraciones eucarísticas, la OGMR también nos indica que: “La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde y diligente según el Misal y los otros libros litúrgicos entre todos aquellos a quienes atañe, tanto en lo que se refiere al rito como al aspecto pastoral y musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oído también el parecer de los fieles en lo que a ellos directamente les atañe. Pero el sacerdote que preside la celebración tiene siempre el derecho de disponer lo que concierne a sus competencias” (OGMR n. 111).

Pienso primero que uno de los grandes logros de la reforma litúrgica ha sido poner al alcance de todos los fieles la posibilidad de participar en la liturgia en su lengua nativa, como hicieron grandes santos a lo largo de la historia, por ejemplo san Josafat con la lengua eslava. Con la tercera edición del Misal y los nuevos leccionarios en castellano se ha llegado a una calidad y sencillez maravillosas.

Cabe añadir unas palabras sobre el conocimiento de la lengua latina. En este tema, en ocasiones se olvida la importante deuda cultural que tenemos con nuestras raíces litúrgicas latinas. Bastaría recordar a San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, San León o san Gregorio Magno, entre otros, para entender lo que Benedicto XVI señalaba en la Ex. ap. Sacramentum caritatis, n. 62: “pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia”. En la liturgia, no amar el maravilloso tesoro eucológico en lengua latina, sería como no valorar los textos griegos del Nuevo Testamento o de los Padres orientales. Evidentemente las celebraciones solemnes, en las que se utiliza esta lengua, con sus partes cantadas, con el canto gregoriano y el tesoro de la música sacra, requieren siempre una más cuidada preparación por parte de los organizadores para que refleje la belleza y esplendor de la Liturgia romana, y supone siempre el poner al alcance de los fieles que, libremente y con la formación cultural adecuada, quieran participar en esa celebración eucarística, los textos apropiados para unirse a ella con fruto.

El canto y la música siempre dan una especial solemnidad y belleza a las celebraciones y a los momentos más significativos de las mismas. Por eso se hace especialmente importante su cuidado en las celebraciones dominicales y festivas, procurando seleccionar cantos que puedan ser seguidos por la mayoría de los fieles, pues para su aprovechamiento se hace: “el que canta, reza dos veces”, sabemos que decía san Agustín. Pienso que en la celebración diaria incluso se debería cantar, al menos, el Aleluya antes del Evangelio y la aclamación después de la Consagración, para subrayar los dos momentos más solemnes de la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Y una música que está permitida siempre es la campanilla antes de la consagración y cuando el sacerdote muestra a los fieles la hostia y el cáliz (cf. OGMR 150).

Tradicionalmente siempre se ha considerado útil para facilitar la “actuosa participatio” de los fieles poner a su disposición los textos de la misa concreta a la que asisten mediante misales de fieles, libros, libretos, folletos (como es habitual, por ejemplo, en las celebraciones papales o en el Vaticano, etc.) o aplicaciones para teléfono móvil o tablet.

Respecto a la disponibilidad al servicio litúrgico señala que “no rehúsen los fieles servir al pueblo de Dios con gozo cuando se les pida que desempeñen en la celebración algún determinado ministerio”. (n. 97); y aconseja también que “si en la Misa celebrada con el pueblo sólo asiste un ayudante, éste ejerza los diversos oficios” (n. 110).

El modo de pronunciar los textos tiene su importancia, pues se nos indica: “En los textos que han de pronunciar en voz alta y clara el sacerdote o el diácono o el lector o todos, la voz ha de corresponder a la índole del respectivo texto, según se trate de lectura, oración, monición, aclamación o canto; téngase también en cuenta la clase de celebración y la solemnidad de la asamblea”. (n. 38). Al Beato Álvaro le gustaba decirnos a los sacerdotes, de manera gráfica, que cuidáramos “los puntos y las comas”.

En resumen, conviene que los sacerdotes recordemos que “la eficacia pastoral de la celebración aumentará, sin duda, si se saben elegir, dentro de lo que cabe, los textos apropiados de las lecturas, oraciones y cantos que mejor respondan a las necesidades y a la preparación espiritual y modo de ser de quienes participan en el culto. (…) El sacerdote, por consiguiente, al preparar la Misa, mirará más al bien espiritual común del pueblo de Dios que a su personal inclinación” (n. 352). por eso, siempre es bueno que los sacerdotes, de vez en cuando, repasemos en la OGMR lo indicado para la Misa sin diácono (nn. 120-170), y la elección de la Misa y sus partes (nn. 352-385).

En España, dos recursos excelentes para la pastoral litúrgica son: el Libro de la sede de la Conferencia Episcopal española, en su última edición, que contiene una gran riqueza de admoniciones, oraciones de los fieles, etc. que se pueden usar en las celebraciones, o al menos servir para su preparación; y también el libro de la Oración de los fieles.

En ocasiones, la Liturgia ofrece dos o tres textos a elegir, tanto en las oraciones como en los textos bíblicos. Un modo, entre otros muchos, para ir rezando con esos textos sería optar alternativamente -por ejemplo- cada año, por uno de ellos (se podría seguir el modelo año par/impar o ciclo A/B/C, que usa en otros casos la misma liturgia).

4. Los Tiempos Litúrgicos

Lo primero que observamos al abrir el Misal es que está dividido en dos partes separadas por el Ordinario. La primera parte, el propio del tiempo, recoge la celebración del Misterio salvador de Jesucristo en sus distintos tiempos: Jesucristo es todo su contenido, y cada oración, cada texto tiene a Jesús mediador como centro y protagonista. Con este orden, parece que se ha querido señalar la primacía de Cristo sobre la segunda parte, donde además de Cristo, adquieren un papel de acompañantes los santos, o las distintas situaciones, necesidades o devociones de la Iglesia peregrina, o los difuntos.

En estos “tiempos” la Iglesia nos recuerda la presencia actual del Misterio salvador de Cristo: que viene, que nace y crece, que predica y hace milagros, que padece y muere, que resucita y sube a los cielos, y nos envía el Espíritu prometido, y que intercede a la derecha del Padre (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Ordinario). Tienen una primacía en la elección de su celebración, y -excepto el Tiempo Ordinario- tienen formularios eucológicos para cada día, con lo que la Iglesia nos está indicando la conveniencia de la oración y celebración diaria de ese misterio, porque cada día se puede señalar un maravilloso aspecto de su riqueza. En las ferias o sábados de esos tiempos la Iglesia nos puede “obligar” a hacer fiesta o memoria de María o de los santos más relevantes (fiestas y memorias obligatorias). También dispone que libremente se pueda hacer memoria de María o santos (memorias libres).

El Domingo resplandece de manera especial en esos tiempos, y la contemplación de Cristo -dies Domini- es total ese día, sin excepciones. Sólo en el Tiempo Ordinario el domingo permite una celebración solemne de María o los Santos. En esos casos, parece conveniente la celebración del Misterio de Cristo en su plenitud, que es lo propio del Tiempo Ordinario (cf. NUAL 43), en la siguiente feria libre de la semana.

El Tiempo Ordinario sólo contempla el formulario dominical (que, si el Domingo ha habido otra celebración más solemne, podría utilizarse las ferias libres de la semana). Por ello, el resto de la semana -las ferias y sábados- la Iglesia permite también los formularios de los otros Domingos del Tiempo Ordinario, las memorias libres de los santos, las misas por diversas necesidades, las misas votivas, y las de difuntos. Más adelante hablaré de estas posibilidades de la segunda parte del Misal.

5. El Ordinario de la misa

En la parte central del Misal nos encontramos el Ordinario de la Misa con sus apéndices. Señalo a continuación modos posibles de utilizar las distintas opciones que ofrece cada rito del mismo. No pretendo agotar todas las posibilidades, sino simplemente señalar algunas, fruto de la experiencia, a modo de ejemplo.

a) En los ritos iniciales de la misa, que se realizan desde la sede, hay varias formas de saludo al pueblo, después de la señal de la cruz. La fórmula trinitaria paulina puede ser, por ejemplo, la manera de saludar en las ocasiones más solemnes o los domingos; mientras que las cristológicas se pueden utilizar en las fiestas entre semana; y la más usual, y breve, los días feriales o sábados.

El acto penitencial contempla tres modos, siendo el rezo del “Yo confieso” el más habitual diariamente o en las celebraciones marianas. Los otros dos modos, más breves, podrían usarse, por ejemplo, cuando se reza o canta el Gloria. Así, el tercer modo, que recoge una admonición con el “Señor, ten piedad; Cristo ten piedad...”, es frecuente que se vaya usando más los Domingos y Solemnidades. El segundo modo, con el diálogo “Señor, ten misericordia de nosotros...” Y el “Señor ten piedad...” podría usarse, por ejemplo, las fiestas, entre semana.

b) En el ambón tiene lugar la Liturgia de la Palabra. La OGMR 59 señala: “Según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es presidencial, sino ministerial. Así pues, las lecturas las proclama el lector, (...). Si no se cuenta con un diácono o con otro sacerdote, el mismo sacerdote celebrante lee el Evangelio; y si no se dispone de otro lector idóneo, el sacerdote celebrante proclama también las otras lecturas”.

Así pues, lo primero es elegir al lector idóneo. Este ministerio laical también subraya la importancia de la proclamación del Evangelio, reservado al ministro ordenado, sobre los otros textos bíblicos. Se puede decir que hay un paralelismo entre Liturgia de la Palabra (lector y ministro ordenado) y la Liturgia eucarística (acólito y sacerdote), pues al que representa sacramentalmente a Cristo se le reserva la proclamación del Evangelio y la Plegaria eucarística.

En cuanto a los textos bíblicos a elegir, ya la OGMR n. 358, nos indica: “En el leccionario ferial se proponen lecturas para todos los días de cualquier semana a lo largo de todo el año; por consiguiente, se tomarán ordinariamente esas lecturas en los mismos días para los que están señaladas, a no ser que coincidan con una solemnidad o fiesta, o una memoria que tenga lecturas propias del Nuevo Testamento, en las que se haga mención del Santo celebrado”. También se pueden escoger algunos textos propios en las memorias de la B. V. María.

“En ocasiones se da una forma más larga y una forma más breve de un mismo texto. En la elección entre ambas formas téngase presente un criterio pastoral” (n. 360). Muchas veces, incluso cuando los fieles tienen una cierta formación bíblica, bastará la forma breve, que suele contener lo más importante del pasaje, en el caso de que no sea oportuno alargar la celebración.

La homilía es obligatoria los días de precepto. Si está bien preparada, no hace falta que se alargue demasiado (10 minutos siempre ha sido una buena medida para no cansar, algunos hablan también de 7 minutos). El silencio siempre hay que hacerlo después de la proclamación del Evangelio, o de la homilía si la hay.

En la proclamación del Símbolo (Credo), en Pascua se suele recitar el bautismal, o Símbolo apostólico (más breve).

Para la Oración de los fieles suele haber libros adecuados con formularios según los tiempos litúrgicos o el tipo de celebración (rituales, diversas necesidades, difuntos). El mismo Misal y la OGMR contemplan un esquema de peticiones que pueden guiar en la preparación. En cuanto a su lectura normalmente la empieza y acaba el celebrante, y las peticiones las hace el lector (cf. OGMR 71), o el mismo sacerdote.

c) En la Liturgia eucarística, el altar pasa a ser el “centro” (cf. OGMR 73) de toda la celebración, sobre él sólo están la Cruz y los candelabros (a no ser que estén de pie junto al altar, cf. OGMR 117 y 307-308), y en la presentación de las ofrendas el acólito va acercando, desde la credencia, el Misal, el cáliz y la patena, el copón, las vinajeras y el lavabo. Si no hay ayudante, según las características del lugar, en ocasiones cabe disponer una mesita digna como credencia a la derecha del altar, donde están al principio de la liturgia eucarística todos los objetos litúrgicos. Así el altar está vacío antes de la ofrenda (cf. OGMR 306), y el sacerdote no tiene que alejarse excesivamente del mismo, y con ello también se facilita que los manteles del altar estén siempre limpios, al evitar que caigan gotas sobre ellos.

En la presentación de las ofrendas el sacerdote dice las fórmulas de bendición -distintas para el pan y el vino- en secreto, pudiendo hacerlo en voz alta si no hay canto o música de órgano (no es obligatorio decirlas en voz alta). El lavabo es sobre todo un signo externo de la purificación interior -las palabras que pronuncia el sacerdote en secreto son las del salmo 51 (50), 4-, tan necesaria al celebrante antes de la Plegaria eucarística (cf. OGMR 76).

Comienza la Plegaria eucarística con el Prefacio, en el que “el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, festividad o tiempo litúrgico” (OGMR 79). El rito romano siempre ha estado enriquecido por muchos prefacios, previstos fundamentalmente en el comienzo de las Plegarias I y III y, en algunos casos, en la II, de acuerdo con la celebración litúrgica de esa misa. Las Plegarias eucarísticas son fundamentalmente cuatro:

- I o Canon Romano. Ha sido durante siglos la única del rito romano. Su origen entronca con los santos Padres de Occidente, y es una de nuestras grandes joyas de la liturgia por su riqueza teológica, donde se muestra con claridad el sacerdocio eterno de Cristo y el carácter sacrificial de su oblación salvadora, que se hace presente en la Eucaristía. Aunque sea más extensa que otras, la verdad es que, recitada pausadamente, no suele alargar más de 1 o 2 minutos la celebración. El misal permite omitir algunos de sus textos, que están entre paréntesis.

- II. Está inspirada también en la liturgia romana antigua. Es la plegaria más breve, y su uso se aconseja los días feriales entre semana, y tiene un inciso en el que se puede nombrar a los difuntos por quienes se ofrece la misa. Cuenta con su prefacio, que se puede sustituir por otros, especialmente los que contienen resumido el misterio de la salvación, por ejemplo los comunes (cf. OGMR 365). Hay otros prefacios que también aluden a la salvación y, por eso, también resultan apropiados para esta plegaria: son los propios de otros tiempos litúrgicos como Pascua, Adviento, Navidad, Epifanía, I y II de Cuaresma, Pasión, Dominicales, Eucaristía y algunos de difuntos.

- III. Sigue también el modelo romano, haciendo más hincapié en la acción del Espíritu Santo, resaltando de manera especial los dos momentos epicléticos. Es una plegaria también para ser usada los domingos, como el canon romano, y especialmente indicada para las solemnidades y fiestas de los santos, a los que se puede nombrar expresamente, que no están incluidos en la plegaria I. Tiene un inciso amplio para la mención de los difuntos, que la hace muy apropiada en las misas de exequias, aniversarios, y demás celebraciones por los fieles difuntos.

- IV. Es la menos romana de las cuatro, pero se ha querido conservar la estructura propia de este rito. Tiene un prefacio único, por lo que no se puede usar cuando hay un prefacio propio, y sólo se puede usar los domingos en el tiempo Ordinario. Por lo demás, contiene un texto eucológico sobre los grandes momentos de la historia de la salvación de una gran riqueza, que la hace apropiada para cualquier tiempo. Se acomoda muy bien a las celebraciones de los sábados, cuando se celebra a la B.V. María, por su mención expresa en el misterio de la Encarnación.

El misal ha querido añadir 6 plegarias eucarísticas más que se pueden utilizar en ciertas misas expresamente indicadas. La I y II de la Reconciliación están señaladas para misas de carácter penitencial, por eso se pueden utilizar en Adviento, Cuaresma y Témporas, y cuando se utilizan los formularios de misas señalados en su preámbulo. Las 4 plegarias que se pueden usar en las misas por diversas necesidades, tienen también indicado en las rúbricas, que anteceden a cada una, los formularios de misas más apropiados para su uso específico. Habría que añadir las 3 plegarias de las misas con niños, que sólo pueden utilizarse en esas celebraciones (Sobre estas 9 plegarias cfr. J. A. GOÑI, Las nuevas plegarias eucarísticas inscritas en el “Misal Romano”, Cuadernos Phase 240, de. CPL, 2017).

Una experiencia compartida es que enriquece mucho la piedad el uso de todas las plegarias, pues “todas son bellísimas” (Papa Francisco, Audiencia general, 7-marzo-2018), y las cuatro primeras, aunque tienen sus días más aconsejados, se pueden usar todos los días, teniendo en cuenta que la II tiene que usarse con su prefacio u otros más adecuados, y la IV sólo puede usarse cuando no hay un prefacio propio y los domingos sólo en el tiempo Ordinario. Las otras plegarias se pueden utilizar en las misas indicadas para cada una. Y cuando dice el Misal que se puede, es que hay algo que la piedad puede aprender de ellas.

Del rito de la comunión, cabría comenzar señalando que los domingos y, por supuesto, en las celebraciones solemnes, el Padre nuestro se puede cantar: es la oración dominical. Sobre el rito de la paz ya la Santa Sede (Carta circular 7-junio-2014) ha recordado expresamente el modo de vivirlo. Al ser un gesto que significa la fraternidad en la Iglesia, se podría invitar a dar la paz por lo menos los domingos y días de precepto. Por último, cabe recordar que los fieles tienen toda la libertad en los modos autorizados de recibir la comunión, y lógicamente los sacerdotes respetan ese uso legítimo de la libertad.

d) Concluida la liturgia eucarística con la oración después de la comunión, tiene lugar el rito de conclusión, donde –cuando sea necesario– se puede dar algún aviso breve e importante para los fieles, y a continuación se imparte la Bendición, a la que algunos días precede una fórmula más solemne, o una oración sobre el pueblo.

6. Diversas celebraciones

La segunda parte del Misal, después del Ordinario, recoge el propio de los santos y formularios para diversas celebraciones. El orden ya nos indica la importancia litúrgica de su celebración: los santos, las misas rituales, las oraciones y misas por diversas necesidades, las misas votivas y las misas de difuntos. Pero siempre la primera parte del Misal, el propio del tiempo (el misterio de Cristo), prevalece e influye en el modo de celebrar lo recogido en esta segunda parte (los santos, las celebraciones de la Iglesia peregrina y los difuntos).

a) Propio de los santos

Sigue el orden de los días de cada mes del año, señalando su prevalencia por el grado de cada celebración en la Iglesia universal: solemnidad, fiesta, memoria obligatoria y memoria libre. Este grado puede variar en los calendarios propios de las iglesias locales y equiparadas, o en los de los institutos de vida consagrada. Por eso, al elegir la celebración del día, se sigue lo señalado en el calendario propio. Sólo los domingos del tiempo Ordinario ceden ante una solemnidad universal o particular de los santos, o de una fiesta del Señor (Presentación, Transfiguración, Santa Cruz), en los domingos de los demás tiempos se trasladan al día siguiente libre.

Por esa importancia de los tiempos -misterio de Cristo- sobre los santos, en las ferias de Cuaresma, o del 17 al 24 de diciembre en Adviento, o en la octava de Navidad, quizá resulta más apropiado hacer la conmemoración de algún santo, si este tiene alguna relevancia local, rezando exclusivamente la oración colecta de dicha memoria, como está previsto. Por el mismo motivo las demás ferias de Adviento, las de Navidad y Pascua, que tienen previsto su formulario para cada día, pueden ceder su celebración a una memoria libre cuando tiene una relevancia para la iglesia o comunidad local. Así, si se celebra una memoria libre, habría que escoger de la memoria sólo los textos eucológicos propios, y el resto de los textos se tomarían de la feria del tiempo litúrgico. El Misal parece hacer una excepción con la memoria de la B. V. María, pues tiene textos comunes para cada tiempo litúrgico, excepto Cuaresma, y lo mismo con los mártires en tiempo Pascual, que tienen también formularios comunes previstos.

Distinto planteamiento parece dar el Misal al tiempo Ordinario, pues sólo contempla como formulario propio del tiempo el Domingo. Resulta muy conveniente la celebración de las memorias libres de los santos, pues la gran variedad de los santos muestra la belleza de la Iglesia. Si coinciden dos o tres memorias libres, se pueden alternar cada año, teniendo en cuenta que prevalece la celebración local, sobre las otras. En este caso la riqueza eucológica del misal permite completar los formularios con los textos previstos en las misas comunes. Hay que añadir que se puede celebrar como memoria libre a cualquier santo o beato incluido en el Martirologio de ese día, cuando tiene una relevancia para los fieles que participan.

Siempre se ha tenido es especial consideración la memoria libre de la B. V. María “en sábado” (cf. OGMR 378), en el tiempo ordinario. Por eso el Misal recoge 8 formularios en las misas comunes, con gran variedad y riqueza de piedad mariana, que se pueden utilizar sucesivamente cada sábado; además, se pueden usar las 3 misas votivas de la B. V. María -Madre de la Iglesia, Reina de los apóstoles y santísimo Nombre- y también los formularios del Misal de las misas de la B. V. María.

b) misas comunes

Recogen los formularios para las celebraciones del calendario de la iglesia en que se celebra -o los incluidos en el Martirologio del día-, que no tienen textos eucológicos propios, o si los tienen, para completarlos, aunque en las memorias se pueden completar con la oración sobre las ofrendas y la oración después de la comunión de las ferias del respectivo tiempo litúrgico (cf. Misal romano, misas comunes, n. 1). Esto puede ser lo más indicado en las ferias de Adviento anteriores al 17 de diciembre, en las de Navidad después de las octavas y en Pascua, pues estos tiempos tienen oraciones previstas para cada día. En el tiempo Ordinario, que sólo existe el formulario dominical, se puede enriquecer la piedad con el uso de la gran variedad de textos de las misas comunes.

c) misas rituales

Estos formularios se utilizan en las celebraciones indicadas para cada uno, siempre que lo permita el tiempo litúrgico de ese día. Pero esos textos siempre son una gran riqueza de por vida para la oración de los que han sido protagonistas de esas celebraciones.

d) misas por diversas necesidades

“Las Misas por diversas necesidades, se escogen en ciertas circunstancias que se dan, bien ocasionalmente, bien en tiempos determinados. De entre ellas, la autoridad competente puede escoger las diversas súplicas que la Conferencia de los Obispos establecerá a lo largo del año” (OGMR 373). Entre ellas se escogen normalmente la misa por el Papa, en el aniversario de su elección, por el Obispo, en el aniversario de la ordenación; por la unidad de los cristianos en su octavario; y en días cercanos al comienzo año civil, y a Jornadas universales o nacionales por la paz, vida consagrada, enfermos, hambre, vocaciones a las sagradas órdenes, apostolado seglar, sacerdotes, migraciones, evangelización de los pueblos, Iglesia particular, pobres. También hay circunstancias, siempre presentes en la vida de la Iglesia, por las que determinados formularios valen en cualquier feria del tiempo ordinario: por la Iglesia, la familia, la santificación del trabajo, los enfermos, por la reconciliación, el perdón de los pecados o cuando hay un motivo o fecha de acción de gracias.

e) misas votivas

“Las Misas votivas de los misterios del Señor o en honor de la bienaventurada Virgen María o de los Ángeles o de algún Santo o de todos los santos se pueden celebrar para fomentar la piedad de los fieles en las ferias del tiempo ordinario, aunque coincidan con una memoria libre” (OGMR 375). Tradicionalmente la piedad popular ha ligado algunas de ellas a determinadas devociones de un día de entre semana: Santísima Trinidad (lunes), santos ángeles (martes), san José (miércoles), santísima Eucaristía (jueves), santa Cruz (viernes), B. V. María (sábados). Las otras votivas se suelen celebrar en determinadas ocasiones, por ejemplo, la del Espíritu Santo, que tiene 3 formularios, además de por devoción, al comienzo de una actividad implorando su asistencia; la del sagrado Corazón de Jesús los primeros viernes de mes no impedidos, la Preciosísima Sangre el 1 de julio o cerca. La última añadida ha sido la de la Misericordia de Dios, que se celebra en un contexto de alabanza y devoción por el amor extremo de Dios por los hombres, de petición humilde, o de súplica de perdón, con carácter penitencial.

La OGMR 347 indica: “en las Misas por diversas necesidades (se emplea) el color propio del día o del tiempo, o el color morado, si expresan índole penitencial (...); y en las Misas votivas, el color conveniente a la Misa elegida o el color propio del día o del tiempo”. Se ha ido generalizando el uso del color del tiempo litúrgico en estas misas. Muchas de las misas por diversas necesidades o votivas aparecen en las recomendaciones para el uso en las dos plegarias eucarísticas de reconciliación o en las cuatro por diversas necesidades. El mismo uso de esas plegarias, por ejemplo una vez cada una o dos semanas, pueden ayudar a ir distribuyendo esos formularios en las ferias libres del tiempo ordinario, alternando votivas y por diversas necesidades; o también se pueden elegir según la enseñanza de las lecturas bíblicas.

En fin, que los días libres entre semana del tiempo Ordinario, que no hay una celebración obligada, el mismo orden del misal puede ser indicativo: si no se ha celebrado el Domingo, la primera feria libre nos llevaría a celebrar el misterio de Cristo con el formulario dominical, luego irían las memorias libres de los santos y, por último, una misa por diversas necesidades o una votiva, pero sin reglas excesivamente fijas, pues la caridad pastoral nos dictará qué es lo más conveniente cada día para la piedad de los fieles. Es bueno tener previsto en el calendario (cuánto nos ha ayudado en esto, a muchos, durante años el calendario de Farnés, o la experiencia de muchos sacerdotes), especialmente en los días libres del tiempo Ordinario, con una pequeña anotación, el formulario de la misa que vamos a celebrar, de tal manera que podamos dar una rica variedad a la piedad eucarística diaria, aunque siempre un nuevo motivo pastoral nos puede indicar una modificación a ese plan.

f) misas de difuntos

Las principales misas de Difuntos, al igual que las rituales, tienen indicado el momento de su celebración: exequias, aniversarios; y también las oraciones apropiadas: Papa, obispo, sacerdote, etc. Pero, además, la OGMR señala: “Otras Misas de difuntos, o Misas «cotidianas», se pueden celebrar en las ferias del tiempo ordinario en que cae alguna memoria libre o se celebra el Oficio de la feria, con tal que realmente se apliquen por los difuntos” (n. 381). En determinadas comunidades eclesiales se ha venido generalizando el celebrar, por ejemplo, una vez al mes, la misa por los difuntos. El misal parece prever esa frecuente devoción o necesidad de los fieles, al recoger hasta 9 formularios eucológicos en las diversas conmemoraciones por varios o todos los difuntos. En el mes de noviembre se puede añadir alguna celebración más por los difuntos más propios de la comunidad local, por ejemplo usando el formulario “Por los hermanos, parientes y bienhechores”, u otro adecuado.

7. Ideas finales

Quisiera acabar estas reflexiones señalando 3 manifestaciones del amor a la celebración eucarística, inspiradas en las enseñanzas de san Josemaría:

1. Sencillez: “volvamos a la sencillez de los primeros cristianos” indicaba al hablar de la celebración litúrgica (cf. San Josemaría, Instrucción, 9-I-1935, n. 254, cit por F. M. AROCENA en Diccionario de san Josemaría, voz “Liturgia: visión general”.); y escribía en Camino (n. 543): "Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo -mesa y ara- sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y rico el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. -Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?".

2. Calma: también aquí otra cita de san Josemaría (Camino n. 530): "¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?". Eso no quiere decir que alarguemos innecesariamente las celebraciones. Los fieles que asisten a una celebración entre semana suelen contar con media hora, o menos, en su apretada jornada laboral. Se puede hacer una celebración pausada de esta duración, por ejemplo si usamos una plegaria más larga, rezando un acto penitencial más breve; o si las lecturas son amplias, se puede usar la plegaria II o III, etc.

3. Delicadeza: "A las personas que ponen amor en todo lo que se refiere al culto, que hacen que las iglesias estén digna y decorosamente conservadas y limpias, los altares resplandecientes, los ornamentos sagrados pulcros y cuidados, Dios las mirará con especial cariño, y les pasará más fácilmente por alto sus flaquezas, porque demuestran en esos detalles que creen y aman" (San Josemaría Escrivá, Instrucción, 9-I-1935, n. 253, nt. 167, cit. por J. A. ABAD en Diccionario de san Josemaría, voz “Liturgia y vida espiritual”).

Pido, por último a nuestra Madre que “así como estuviste junto a tu dulcísimo Hijo, clavado en la cruz, también te dignes estar con clemencia junto a mí miserable pecador, y junto a todos los sacerdotes que aquí y en toda la santa Iglesia van a celebrar hoy, para que, ayudados con tu gracia, ofrezcamos una hostia digna y aceptable en la presencia de la suma y única Trinidad. Amén” (Oraciones "ad libitum" de preparación de la Misa, en apéndice del Misal Romano).

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