martes, 17 de septiembre de 2019

Misa ritual en la Ordenación de un sólo obispo.


Misal Romano (tercera edición). Misas Rituales

IV. EN LA CELEBRACIÓN DE LAS SAGRADAS ÓRDENES

1. En la ordenación del obispo

Esta misa ritual puede utilizarse, con color blanco o festivo, excepto en las solemnidades, en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, en los días dentro de la octava de Pascua y en las fiestas de los apóstoles. En estos días se celebra la misa del día.

A
En la ordenación de un solo obispo

Antífona de entrada Cf. Lc 4, 18
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón [T. P. Aleluya].
Spíritus Dómini super me, propter quod unxit me, evangelizáre paupéribus misit me, sanáre contrítos corde (T.P. allelúia).

Se dice Gloria.

Oración colecta
Oh, Dios, que por pura generosidad de tu gracia, has querido poner hoy al frente de tu Iglesia de N., a tu siervo, el presbítero N., concédele ejercer dignamente el ministerio episcopal y guiar con la palabra y el ejemplo, bajo ta amparo, la grey que le has confiado. Por nuestro Señor Jesucristo.
Deus, qui sola ineffábilis grátiae largitáte, vis fámulum tuum N. presbyterum hódie Ecclésiae tuae N. praefícere, tríbue illi digne persólvere munus episcopále plebémque commíssam, te in ómnibus gubernánte, verbo et exémplo dirígere concéde. Per Dóminum.

O bien, especialmente si se ordena un obispo no residencial:
Oh, Dios, Pastor eterno, que gobiernas a tu grey con protección constante, y has querido incorporar hoy al colegio episcopal a tu siervo, el presbítero N., concédele ser auténtico testigo de Cristo en todas partes con una vida santa. Por nuestro Señor Jesucristo.
Deus qui, pastor aetérnus, gregem tuum assídua custódia gubérnans, vis fámulum tuum N. presbyterum hódie collégio episcopáli sociáre, concéde, quaesumus, ut, eius sancta conversatióne, Christi testis verus ubíque exhibeátur. Qui tecum.

Se dice Credo, si lo exigen las rúbricas; se omite la oración universal.

Oración sobre las ofrendas
A. Si preside la liturgia eucarística el obispo recién ordenado:
Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza para que aumentes en mí el espíritu de servicio y lleves a término lo que me has entregado sin méritos propios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Pro nostrae servitútis augménto sacrifícium tibi, Dómine, laudis offérimus, ut, quod imméritis contulísti, propítius exsequáris. Per Christum.

B. Si preside la liturgia eucarística el obispo ordenante principal:
Señor, acepta complacido la ofrenda que te presentamos por tu Iglesia y por tu siervo N., obispo, y dígnate enriquecer con virtudes apostólicas, para bien de tu grey, al que pusiste como pontífice al frente de tu pueblo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Haec oblátio, Dómine, pro Ecclésia tua famulóque tuo N. Epíscopo deláta sit tibi munus accéptum, et, quem sacerdótem magnum in tuo pópulo suscitásti, apostolicárum virtútum munéribus, ad gregis proféctum, exórna. Per Christum.

Se puede decir el prefacio I de las ordenaciones.
EL SACERDOCIO DE CRISTO Y EL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES
Este prefacio se dice en la misa crismal y en la misa de la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.
Se puede decir también en la misa de la ordenación de obispos y presbíteros.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu Unigénito pontífice de la alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: Qui Unigénitum tuum Sancti Spíritus unctióne novi et aetérni testaménti constituísti Pontíficem, et ineffábili dignátus es dispositióne sancíre, ut únicum eius sacerdótium in Ecclésia servarétur.
Ipse enim non solum regáli sacerdótio pópulum acquisitiónis exórnat, sed étiam fratérna hómines éligit bonitáte, ut sacri sui ministérii fiant mánuum impositióne partícipes. Qui sacrifícium rénovent, eius nómine, redemptiónis humánae, tuis apparántes fíliis paschále convívium, et plebem tuam sanctam caritáte praevéniant, verbo nútriant, refíciant sacraméntis. Qui, vitam pro te fratrúmque salúte tradéntes, ad ipsíus Christi nitántur imáginem conformári, et constánter tibi fidem amorémque testéntur.
Unde et nos, Dómine, cum Angelis et Sanctis univérsis tibi confitémur, in exsultatióne dicéntes:
R. Santo, santo Santo…

En las plegarias eucarísticas se hace mención del obispo recién ordenado.

I. Cuando se utiliza el Canon romano se dice Acepta, Señor, en tu bondad propio.
A. Si lo dice el obispo recién ordenado:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; te la ofrecemos también por mí, indigno siervo tuyo, a quien te has dignado promover al orden episcopal; conserva en mí tus dones para que fructifique lo que he recibido de tu bondad. [Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
Hanc ígitur oblatiónem servitútis nostrae, sed et cunctae famíliae tuae, quam tibi offérimus étiam pro me indígno fámulo tuo, quem ad episcopátus Ordinem promovére dignátus es, quaesumus, Dómine, ut placátus accípias, et propítius in me tua dona custódias, ut, quod divíno múnere consecútus sum, divínis efféctibus éxsequar. (Per Christum Dóminum nostrum. Amen.)

B. Si lo dice otro obispo:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; te la ofrecemos también por tu siervo N., a quien te has dignado promover al orden episcopal; conserva en él tus dones para que fructifique lo que ha recibido de tu bondad. [Por Cristo, nuestro Señor. Amén.]
Hanc ígitur oblatiónem servitútis nostrae, sed et cunctae famíliae tuae, quam tibi offérimus étiam pro fámulo tuo N.,quem ad episcopátus Ordinem promovére dignátus es, quaesumus, Dómine, ut placátus accípias, et propítius in eo tua dona custódias, ut, quod divíno múnere consecútus est, divínis efféctibus exsequátur. (Per Christum Dóminum nostrum. Amen.)

II. Cuando se utiliza la Plegaria eucarística II la mención se intercala en la intercesión Acuérdate, Señor.
A. Si lo dice el obispo recién ordenado:
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el papa N., [con mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., o bien, si lo dice un obispo auxiliar: con nuestro obispo N.,] y conmigo, indigno siervo tuyo, a quien has constituido hoy pastor de la Iglesia [de N.], y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.
Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección...

Recordáre, Dómine, Ecclésiae tuae toto orbe diffúsae, ut eam in caritáte perfícias una cum Papa nostro N. (et Epíscopo nostro N.), et me indígno fámulo tuo, quem hódie pastórem Ecclésiae (N.) providére voluísti, et univérso clero. Meménto étiam fratrum nostrórum...

B. Si lo dice otro obispo:
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el papa N.,
Si el recién ordenado es el obispo residencial:
con mi hermano N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: con nuestro obispo N.,) a quien has constituido hoy pastor de esta Iglesia de N.,*
♦♦ Si el recién ordenado no es el obispo residencial:
con mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: con nuestro obispo N.,) y con tu siervo N., a quien has constituido hoy pastor de la Iglesia [de N.],*
* y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.
Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección...
Recordáre, Dómine, Ecclésiae tuae toto orbe diffúsae, ut eam in caritáte perfícias una cum Papa nostro N. (et Epíscopo nostro N.), et me indígno fámulo tuo, et fámulo tuo N., quem hódie pastórem Ecclésiae (N.) providére voluísti, et univérso clero. Meménto étiam fratrum nostrórum...

III. Cuando se utiliza la Plegaria eucarística III la mención se intercala en la intercesión Te pedimos, Padre, que esta Víctima.
A. Si lo dice el obispo recién ordenado:
Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el papa N., [a mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., o bien, si lo dice un obispo auxiliar: a nuestro obispo N.,] a mí, indigno siervo tuyo, que he sido ordenado hoy pastor de la Iglesia [de N.], al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas...
Ecclésiam tuam, peregrinántem in terra, in fide et caritáte firmáre dignéris cum fámulo tuo Papa nostro N. (et Epíscopo nostro N.), et me indígno fámulo tuo, qui hódie pastor Ecclésiae (N.) ordinátus sum, cum episcopáli Ordine et univérso clero, et omni pópulo acquisitiónis tuae: Votis huius famíliae...

B. Si lo dice otro obispo:
Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el papa N.,
♦ Si el recién ordenado es el obispo residencial:
con mi hermano N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: con nuestro obispo N.,) a quien ha sido ordenado hoy pastor de esta Iglesia de N.,*
♦♦ Si el recién ordenado no es el obispo residencial:
con mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: con nuestro obispo N.,) y con tu siervo N., que ha sido ordenado hoy pastor de la Iglesia [de N.],*
* al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas...
Ecclésiam tuam, peregrinántem in terra, in fide et caritáte firmáre dignéris cum fámulo tuo Papa nostro N. (et Epíscopo nostro N.), et fámulo tuo N. qui hódie pastor Ecclésiae (N.) ordinátus est, cum episcopáli Ordine et univérso clero, et omni pópulo acquisitiónis tuae: Votis huius famíliae...

IV. Cuando no se utiliza el prefacio propio se puede emplear la Plegaria eucarística IV. La mención se intercala en la intercesión Y ahora, Señor, acuérdate.
A. Si lo dice el obispo recién ordenado:
Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el papa N., [de mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., o bien, si lo dice un obispo auxiliar: de nuestro obispo N.,] y de mí, indigno siervo tuyo, a quien te has dignado elegir hoy para el servicio de tu pueblo, del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos; acuérdate también de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón.
Acuérdate también de los que murieron...
Nunc ergo, Dómine, ómnium recordáre, pro quibus tibi hanc oblatiónem offérimus: in primis fámuli tui, Papae nostri N., (Epíscopi nostri N.), et mei indígni fámuli tui, quem hódie ad servítium pópuli tui elígere dignátus es, et Episcopórum Ordinis univérsi, sed et totíus cleri; recordáre quoque offeréntium, et circumstántium, et cuncti pópuli tui, et ómnium, qui te quaerunt corde sincéro. Meménto étiam illórum...

B. Si lo dice otro obispo:
Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el papa N.,
♦ Si el recién ordenado es el obispo residencial:
de mi hermano N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: de nuestro obispo N.,) a quien te has dignado elegir hoy para el servicio de tu pueblo,*
♦♦ Si el recién ordenado no es el obispo residencial:
de mi hermano N., obispo de esta Iglesia de N., (o bien, si lo dice un obispo auxiliar: de nuestro obispo N.,) y de este siervo tuyo N., a quien te has dignado elegir hoy para el servicio de tu pueblo,*
* del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos; acuérdate también de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón.
Acuérdate también de los que murieron...
Nunc ergo, Dómine, ómnium recordáre, pro quibus tibi hanc oblatiónem offérimus: in primis fámuli tui, Papae nostri N., (Epíscopi nostri N.), mei indígni fámuli tui et istíus fámuli tui N., quem hódie ad servítium pópuli tui elígere dignátus es, et Episcopórum Ordinis univérsi, sed et totíus cleri; recordáre quoque offeréntium, et circumstántium, et cuncti pópuli tui, et ómnium, qui te quaerunt corde sincéro. Meménto étiam illórum...

Antífona de la comunión Cf. Jn 17, 17-18
Padre santo, santifícalos en la verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo, dice el Señor [T. P. Aleluya].
Pater sancte, sanctífica eos in veritáte. Sicut tu me misísti in mundum, et ego misi eos in mundum, dicit Dóminus (T. P. allelúia).

Oración después de la comunión
Post communionem
A. Si preside la liturgia eucarística el obispo recién ordenado:
Te pedimos, Señor, que realices plenamente en nosotros el auxilio de tu misericordia, y nos hagas ser compasivos de tal modo que en todas nuestras obras podamos agradarte. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Plenum, quaesumus, Dómine, in nobis remédium tuae miseratiónis operáre, ac tales nos esse pérfice propítius, et sic fovéri, ut tibi in ómnibus placére valeámus. Per Christum.

B. Si preside la liturgia eucarística el obispo ordenante principal:
Señor, por la eficacia de este misterio multiplica en tu siervo N., obispo, los dones de tu gracia, para que ejerza dignamente el ministerio pastoral y consiga los premios eternos por su fidelidad en tu servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Huius, Dómine, virtúte mystérii, in fámulo tuo N. Epíscopo grátiae tuae dona multíplica, ut et tibi digne persólvat pastorále ministérium, et fidélis dispensatiónis aetérna praemia consequátur. Per Christum.

Bendición solemne al final de la misa
A. Si preside la liturgia eucarística el obispo recién ordenado, él mismo imparte esta bendición con las manos extendidas sobre el pueblo.
Oh, Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo diriges con amor, concede el Espíritu de la sabiduría a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles santos sea el gozo eterno de sus pastores.
Deus, qui pópulis tuis indulgéndo cónsulis et amóre domináris, da Spíritum sapiéntiae quibus tradidísti régimen disciplínae, ut de proféctu sanctárum óvium fiant gáudia aetérna pastórum.
R. Amén.
Tú que, con el poder de tu gloria ordenas el número de nuestros días y la duración de los tiempos, dirige benévolo tu mirada sobre nuestro humilde ministerio y concede a nuestro tiempo la abundancia de tu paz.
Et qui diérum nostrórum númerum temporúmque mensúras maiestátis tuae potestáte dispénsas, propítius ad humilitátis nostrae réspice servitútem et pacis tuae abundántiam tempóribus nostris praeténde perféctam.
R. Amén.
Ayúdame también con los dones que, por tu gracia, has puesto en mí, y pues me has elevado al orden episcopal concédeme agradarte con la perfección de las obras; que el corazón del pueblo y del obispo tenga un mismo querer, de tal manera que al pastor no le falte la obediencia de su grey, y a la grey no le falte el cuidado del pastor.
Collátis quoque in me per grátiam tuam propitiáre munéribus et quem fecísti gradu episcopáli sublímem, fac óperum perfectióne tibi placéntem atque in eum afféctum dírige cor plebis et praesulis, ut nec pastóri obodiéntia gregis nec gregi desit umquam cura pastóris.
R. Amén.
Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre , Hijo , y Espíritu Santo.
Et vos omnes, qui hic simul adéstis, benedícat omnípotens Deus, Pater, + et Fílius, + et Spíritus + Sanctus.
R. Amén.

B. Si preside la liturgia eucarística el obispo ordenante principal, él mismo imparte esta bendición con las manos extendidas sobre el obispo recién ordenado.
Que el Señor te bendiga y te guarde, y pues te hizo pontífice de su pueblo, te conceda felicidad en este mundo y te haga partícipe del gozo eterno.
Benedícat tibi Dóminus et custódiat te; sicut vóluit super pópulum suum te constitúere pontíficem, ita in praesénti saeculo felícem et aetérnae felicitátis fáciat te esse consórtem.
R. Amén.
Que el Señor te conceda por muchos años gobernar felizmente, con su providencia y bajo su cuidado, al clero y al pueblo que, por su voluntad, ha querido reunir en torno a ti.
Clerum ac pópulum, quem sua vóluit opitulatióne congregári, sua dispensatióne et tua administratióne per diutúrna témpora fáciat felíciter gubernári.
R. Amén.
Y, obedientes a los preceptos divinos, libres de toda adversidad, abundando en todos los bienes y respetando fielmente tu ministerio, gocen de paz en este mundo y merezcan reunirse contigo en la asamblea de los santos.
Quátenus divínis mónitis paréntes, adversitátibus caréntes, bonis ómnibus exuberántes, tuo ministério fide obsequéntes, et in praesénti saeculo pacis tranquillitáte frúantur et tecum aeternórum cívium consórtio potíri mereántur.
R. Amén.
Y bendice a todo el pueblo, añadiendo:
Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre , Hijo , y Espíritu Santo.
Et vos omnes, qui hic simul adéstis, benedícat omnípotens Deus, Pater, + et Fílius, + et Spíritus + Sanctus.
R. Amén.

Martes 22 octubre 2019, Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario, feria o san Juan Pablo II, papa.

SOBRE LITURGIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS CATÓLICOS ORIENTALES DE EUROPA
Sábado, 14 de septiembre de 2019

Eminencias, Beatitudes, queridos hermanos en el episcopado:

Agradezco al cardenal Bagnasco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, y me complace daros la bienvenida al final de los días que os han visto reunidos como todos los años, esta vez en Roma. Vuestro encuentro, organizado bajo los auspicios de las Conferencias Episcopales de Europa, nos muestra la riqueza ritual de la Iglesia Católica en el continente, no limitada a la tradición latina. Entre vosotros veo a muchos representantes de diferentes Iglesias de tradición bizantina, muchos de ellos de la querida Ucrania, pero también de Oriente Medio, de la India y de otras regiones, que han encontrado acogida en los países europeos. Como afirma el Concilio Vaticano II, «la variedad en la Iglesia no sólo no daña a su unidad, sino que más bien la explicita» (Orientalium Ecclesiarum, 2). La unidad de los cristianos, en efecto, no es uniformidad. La uniformidad es la destrucción de la unidad; y la verdad cristiana no es monocorde, sino “sinfónica”, si no, no vendría del Espíritu Santo.

Hace unos meses, durante mi viaje apostólico a Rumania, presidí la beatificación de siete obispos mártires de la Iglesia greco-católica rumana. Fue una ocasión para mostraros el agradecimiento de toda la Iglesia católica y del Sucesor de Pedro por el testimonio de fidelidad a la comunión con el Obispo de Roma, ofrecido varias veces en la historia, a veces hasta el derramamiento de sangre. Esta fidelidad es una preciosa gema de vuestro patrimonio de fe, un signo distintivo indeleble, como nos recuerda uno de los mártires rumanos cuando, frente a quienes le pedían que abjurara de su comunión católica, dijo: «mi fe es mi vida». La comunión católica forma parte de vuestra identidad particular, pero no le quita nada, sino que contribuye a su plena realización, por ejemplo, protegiéndola de la tentación de encerrarse en sí misma y de caer en particularismos nacionales o étnicos excluyentes. Y este es un peligro de este tiempo de nuestra civilización: los particularismos que se convierten en populismos y quieren mandar y uniformar todo.

Es precisamente la intercesión de los beatos y santos mártires, que experimentan la comunión perfecta en el cielo, lo que nos impulsa a emprender un camino constante de purificación de la memoria eclesial y a aspirar a una unidad cada vez mayor con todos los creyentes en Cristo. Para que «todos sean uno» (Jn 17,21): este es el ardiente deseo que Jesús, durante su pasión, llevó en su corazón, luego desgarrado por todos en la cruz. El Concilio Ecuménico Vaticano II y el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales nos recuerdan también que vosotros sois los custodios de una misión específica en el camino ecuménico. Y en estos días habéis reflexionado precisamente sobre el significado de vuestra misión ecuménica hoy.

Hoy, mientras demasiadas desigualdades y divisiones amenazan la paz, sintámonos llamados a ser artesanos del diálogo, promotores de la reconciliación, pacientes constructores de una civilización del encuentro, que preserva nuestro tiempo de la incivilidad del enfrentamiento. Mientras muchos son absorbidos por la espiral de la violencia, por el círculo vicioso de las reivindicaciones y acusaciones mutuas, el Señor quiere que seamos los míticos sembradores del Evangelio del amor. En la familia cristiana, sed los que, mirando al «Dios de todo consuelo» (2 Co 1,3), se comprometen a curar las heridas del pasado, a superar los prejuicios y las divisiones, a dar esperanza a todos caminando codo con codo con hermanos y hermanas no católicos. Con ellos tuve la gracia de compartir varios momentos intensos: pienso en la oración por la paz en Tierra Santa, en los Jardines Vaticanos, en el encuentro con los refugiados en la isla de Lesbos, en el diálogo por la paz en Oriente Medio en Bari, precedido por la oración común en el signo de San Nicolás y de la Santa Madre de Dios “que muestra el camino”. Siento que el camino que se nos indica desde arriba está hecho de oración, humildad y caridad, no de reivindicaciones locales, ni siquiera tradicionalistas, no. El camino es oración, humildad y caridad. Caminando juntos, haciendo algo juntos por los demás y por nuestra casa común, redescubrimos, en el corazón de nuestra catolicidad, el antiguo significado atribuido a la Sede romana, llamada a «presidir a la caridad de toda la Iglesia» (S. Ignacio Ant., Carta a los Romanos, prólogo). Y al obispo de Roma como al servus servorum Dei.

Vivir plenamente vuestras tradiciones eclesiales os lleva a recurrir a las mismas fuentes de espiritualidad, liturgia y teología que las Iglesias ortodoxas. ¡Es hermoso ser testigos juntos de tan grandes riquezas! También en el campo académico es posible promover programas comunes de estudio e intercambio cultural, involucrando especialmente a sacerdotes jóvenes para que puedan formarse con una mente abierta. Sobre todo y en todo, ayudémonos a vivir la caridad hacia todos. No conoce ni territorios canónicos ni jurisdicciones. Me duele cuando veo, también en los católicos, una lucha por las jurisdicciones. Por favor... La caridad, como nos recuerda el apóstol Pablo, que dio su vida en esta ciudad, siempre tiene la primacía y no terminará nunca (cf. 1 Cor 13). Cuando nos inclinamos juntos sobre nuestro hermano que sufre, cuando nos acercamos a los que sufren la soledad y la pobreza, cuando ponemos en el centro a los marginados, como los niños que no ven la luz, los jóvenes sin esperanza, las familias tentadas a desintegrarse, los enfermos o los ancianos descartados, ya caminamos juntos en la caridad que sana las divisiones. Como nos recuerda el apóstol Pablo, que dio su vida en esta ciudad, siempre tiene el primado y nunca terminará (cf. 1 Cor 13). Cuando nos inclinamos juntos sobre nuestro hermano que sufre, cuando nos acercamos a los que sufren la soledad y la pobreza, cuando ponemos en el centro a los marginados, como los niños que no ven la luz, los jóvenes sin esperanza, las familias tentadas a desintegrarse, los enfermos o los ancianos descartados, ya caminamos juntos en la caridad que sana las divisiones.

Entonces nos preparamos para vivir juntos en el único Cielo al que somos llamados. Allí el Señor no nos pedirá cuentas de cuáles y cuántos territorios han permanecido bajo nuestra jurisdicción, ni de cómo hemos contribuido al desarrollo de nuestras identidades nacionales. Nos preguntará cuánto hemos sido capaces de amar a nuestro prójimo, a cada prójimo, y de proclamar el Evangelio de la salvación a los que hemos encontrado en los caminos de la vida. Pidamos la gracia de desearlo. Porque sólo amando se encuentra la alegría y se difunde la esperanza. Amando es cómo esas realidades secundarias a las que todavía estamos apegados ―también al dinero, que es un veneno: el demonio, entra por los bolsillos, ¡no lo olvidéis!― pasan a un segundo plano, y las únicas que quedan para siempre pasan al primer plano: Dios y nuestro prójimo. Ánimo, queridos hermanos, ¡avanzad en el espíritu de comunión! Os aseguro mi recuerdo constante, estáis en mi corazón. Y os pido, por favor, que recéis por mí porque lo necesito ¡Gracias!

CALENDARIO

22 MARTES DE LA XXIX SEMANA DEL T. ORDINARIO, feria o SAN JUAN PABLO II, papa, memoria libre


Misa
de feria (verde) o de la memoria (blanco).
MISAL: para la feria cualquier formulario permitido (véase pág. 68, n. 5) / para la memoria 1ª orac. prop. y el resto del común de pastores (para un papa) o de un domingo del T.O.; Pf. común o de la memoria.
LECC.: vol. III-impar.
- Rom 5, 12. 15b. 17-19. 20b-21.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado, con cuánta más razón reinarán en la vida.
- Sal 39. R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
- Lc 12, 35-38. Bienaventurados los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela.
o bien:
cf. vol. IV.

Liturgia de las Horas: oficio de feria o de la memoria.

Martirologio: elogs. del 23 de octubre, pág. 627.
CALENDARIOS: Zaragoza y Dominicos: Dedicación de las iglesias en que se ignora su día (S).
Valladolid: Dedicación de la iglesia-catedral (F).
Huesca: Santas Nunilo y Alodia, vírgenes mártires (MO).
Santiago de Compostela: Santa María Salomé, madre de Santiago el Mayor (MO).
Familia Paulina: Beato Timoteo Giaccardo, presbítero (MO).
II Franciscanos: Beata Josefina Leroux, virgen y mártir (ML).
Huesca: Aniversario de la muerte de Mons. Javier Osés Flamerique, obispo, emérito (2001).

TEXTOS MISA

Misa de la feria: del XXIX Domingo del T. Ordinario (o de otro Domingo del T. Ordinario).

Misa de la memoria:
22 de octubre
San Juan Pablo II, papa

Oración colecta propia. El resto del Común de pastores: I. Para un papa o para un obispo 2.

Ant. de entrada Cf. Eclo 45, 30
El Señor hizo con él una alianza de paz, y lo nombró príncipe para que tuviera eternamente la dignidad del sacerdocio.
Státuit ei Dóminus testaméntum pacis, et príncipem fecit eum, ut sit illi sacerdótii dígnitas in ætérnum.

Monición de entrada
Hoy celebramos la memoria de san Juan Pablo II, que nació en Polonia, el año 1920. Ordenado presbítero y realizados sus estudios de Teología en Roma, regresó a su patria, donde desempeñó diversas tareas pastorales y universitarias. Como arzobispo de Cracovia participó en el Concilio Vaticano II. Elegido papa, se distinguió por su extraordinaria actividad apostólica, especialmente hacia las familias, los jóvenes y los enfermos, y realizó innumerables visitas pastorales por todo el mundo. Su riquísimo magisterio incluye la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica y los Códigos de Derecho Canónico para la Iglesia Latina y para las Iglesias Orientales. Murió piadosamente en Roma, el 2 de abril de 2005, vigilia del domingo II de Pascua, o de la Divina Misericordia, que él mismo instituyó.

Oración colecta
Oh, Dios, rico en misericordia, que has querido que san Juan Pablo, papa, guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él, que vive y reina.
Deus, dives in misericórdia, qui sanctum Ioánnem Paulum, papam, univérsæ Ecclésiæ tuæ præésse voluísti, præsta, quæsumus, ut, eius institútis edócti, corda nostra salutíferæ grátiæ Christi, uníus redemptóris hóminis, fidénter aperiámus. Qui tecum. 

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario, año impar (Lec. III-impar).

PRIMERA LECTURA Rom 5, 12. 15b. 17-19. 20b-21
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado, con cuánta más razón reinarán en la vida
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...
Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razófl la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10. 17 (R.: cf. 8a y 9a)
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Ecce venio, Dómine, ut faciam voluntátem tuam.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy».
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Ecce venio, Dómine, ut faciam voluntátem tuam.

V. «-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas».
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Ecce venio, Dómine, ut faciam voluntátem tuam.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios,
Señor, tú lo sabes.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Ecce venio, Dómine, ut faciam voluntátem tuam.

V. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Ecce venio, Dómine, ut faciam voluntátem tuam.

Aleluya Lc 21, 36
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estad despiertos en todo tiempo, pidiendo manteneros en pie ante el Hijo del hombre. R.
Vigiláte, omni témpore orántes, ut digni habeámini stare ante Fílium hóminis.

EVANGELIO Lc 12, 35-38
Bienaventurados los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan,a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Papa Francisco, Ángelus 7-agosto-2016
Él está presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será bienaventurado quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más, el Señor mismo se hará siervo de sus siervos –es una bonita recompensa– en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada por la noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, preludio del día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparado, despierto y comprometido con el servicio a los demás, con la tranquilizadora perspectiva de que «desde allí» no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acoja en su mesa. Pensándolo bien, esto ocurre ya cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres, y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.

Oración de los fieles
Ferias del Tiempo Ordinario II a
Hermanos, en esta oración pública y comunitaria que vamos a hacer, no se limite cada uno a orar por sí mismo o por sus necesidades, sino oremos a Cristo, el Señor, por todo el pueblo.
1a. Pidamos para todo el pueblo cristiano la abundancia de la bondad divina.
R Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)
2a. Supliquemos la fortaleza del Señor para todos los que gobiernan las naciones.
R. Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos,)
3a. Roguemos al Señor por todos nuestros hermanos que no han podido venir a esta celebración.
R. Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)
4a. Pidamos la clemencia del Salvador para todos nosotros, que imploramos con fe la misericordia del Señor.
R. Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)
ATIENDE en tu bondad nuestras súplicas, Señor, y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Señor, en la fiesta de san N. te pedimos que nos sirva de provecho esta ofrenda con cuya inmolación concediste que se perdonasen los pecados del mundo entero. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Annue nobis, quæsumus, Dómine, ut, in hac festivitáte sancti Ioánnis Pauli papæ, hæc nobis prosit oblátio, quam immolándo totíus mundi tribuísti relaxári delícta. Per Christum.

PREFACIO DE LOS SANTOS PASTORES
La presencia de los santos Pastores en la Iglesia
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque nos concedes la alegría de celebrar hoy la fiesta de san N., fortaleciendo a tu Iglesia con el ejemplo de su vida santa, instruyéndola con su palabra y protegiéndola con su intercesión.
Por eso, con los ángeles y la multitud de los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar:
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Quia sic tríbuis Ecclésiam tuam sancti N. festivitáte gaudére, ut eam exémplo piae conversatiónis corróbores, verbo praedicatiónis erúdias, gratáque tibi supplicatióne tueáris.
Et ídeo, cum Angelórum atque Sanctórum turba, hymnum laudis tibi cánimus, sine fine dicéntes:
R. Santo, Santo, Santo...


Ant. de comunión Cf. Jn 21, 17
Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Dómine, tu ómnia nosti; tu scis quia amo te.

Oración después de la comunión
Señor Dios, que la eficacia de los dones recibidos produzca su fruto en nosotros en esta fiesta de san N., nos proporcione, al mismo tiempo, ayuda para la vida mortal y nos obtenga el gozo de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Acceptórum múnerum virtus, Dómine Deus, in hac festivitáte sancti Ioánnis Pauli papæ nobis efféctus ímpleat, ut simul et mortális vitæ subsídium cónferat, et gáudium perpétuæ felicitátis obtíneat. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 23 de octubre
S
an Juan de Capistrano
, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias sustentó el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. En la localidad de Ujlak, junto al Danubio, en el reino de Hungría, descansó en el Señor (1456).
2. Cerca de Gades (hoy Cádiz), en la provincia hispánica de Bética, santos Servando y Germán, mártires en la persecución bajo el emperador Diocleciano (s. IV).
3. En Antioquía, de Siria, san Teodoreto, presbítero y mártir, que, según narra la tradición, fue apresado por Julián el Apóstata, regente de Oriente y, por persistir en la confesión de la fe cristiana, fue martirizado (c. 362).
4. En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de san Severino, obispo, digno de alabanza por sus virtudes (c. 400).
5*. En Pavía, de la provincia de Liguria, conmemoración de san Severino Boecio, mártir, insigne por su ciencia y sus escritos, que estando encarcelado compuso un tratado sobre la consolación de la filosofía y sirvió a Dios con fidelidad hasta la muerte que le infligió el rey Teodorico (524).
6*. En Siracusa, ciudad de Sicilia, san Juan, obispo, de quien el papa san Gregorio I Magno alabó las costumbres, la justicia, la sabiduría, el modo de aconsejar y el cuidado de los bienes de la Iglesia (c. 609).
7. En Rouen, de Neustria, san Román, obispo, que abatió los símbolos de los paganos que eran aún venerados en su ciudad, convenció a los buenos a mejorar y a los malos a abandonar su modo de actuar (c. 644).
8. En la región de Herbauge, cerca de Poitiers, en Aquitania, de la Galia, san Benito, presbítero (ante s. IX).
9. En Constantinopla, san Ignacio, obispo, que, por haber reprendido al césar Bardas por el repudio de su legítima esposa, fue objeto de injurias y desterrado. Restituido a su sede por intervención del papa san Nicolás I, descansó en la paz del Señor (877).
10*. En Rumsey, en Inglaterra, santa Etelfleda, que, aún adolescente, se consagró al Señor en el monasterio fundado por su padre Etelwodo y, elegida abadesa, lo gobernó durante largos años hasta su muerte (s. X).
11*. En Campugliano, de la Toscana, san Alucio, pacífico hacedor de bien hacia los pobres y peregrinos y liberador de cautivos (1134).
12*. En Mantua, ciudad de la Lombardía, beato Juan Bono, eremita, que, siendo joven, abandonó a su madre y vagó por diversas partes de Italia, haciendo de malabarista y comediante. A los cuarenta años, con motivo de una enfermedad, prometió a Dios abandonar el mundo para darse a Cristo y a la Iglesia en el amor y la penitencia, fundando una congregación a la que dio la Regla de san Agustín (1249).
13*. En Milán, también de la Lombardía, beato Juan Ángel Porro, presbítero de la Orden de los Siervos de María, que, siendo prior del convento, todos los días festivos estaba en la puerta de la iglesia o recorría las calles, para reunir a los niños y enseñarles la doctrina cristiana (1505).
14*. En York, en Inglaterra, beato Tomás Thwing, presbítero y mártir, que, acusado falsamente de conspiración, por orden del rey Carlos II fue ahorcado y descuartizado, alcanzando así la palma del martirio (1680).
15*. En Valenciennes, en Francia, beatas María Clotilde Ángela de San Francisco de Borgia (Clotilde Josefa) Paillot y sus cinco compañeras (Sus nombres son: Beatas María Escolástica Josefa de San Jacobo (María Margarita Josefa) Leroux y María Córdula Josefa de Santo Domingo (Juana Ludovica) Barré, de la Orden de las Ursulinas; Josefina (Ana Josefa) Leroux, de la Orden de las Clarisas; María Francisca (María Lievina) Lacroix y Ana María (María Augustina) Erraux, de la Orden de Santa Brígida), vírgenes y mártires, que durante la Revolución Francesa, por estar consagradas a Dios fueron condenadas a muerte y, en presencia del pueblo subieron al patíbulo serenamente (1794).
16. En la ciudad de Tho-Duc, en Annam, san Pablo Tong Viet Buong, mártir, que, siendo soldado, sufrió la muerte por Cristo en tiempo del emperador Minh Mang (1833).
17*. En Reims, en Francia, beato Arnoldo (Julián Nicolás) Rèche, hermano del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que, dócil a la acción del Espíritu Santo, se entregó por completo a la formación de los jóvenes en su condición de maestro, mostrándose asiduo a la oración (1890).
18*. En Ciudad Real, en España, beatos mártires Ildefonso García y Justiniano Cuesta, presbíteros, y Eufrasio de Celis, Honorino Carracedo, Tomás Cuartero y José María Cuartero, religiosos, de la Congregación de la Pasión, que, por Cristo y por la Iglesia, fueron fusilados durante la persecución religiosa (1936).
19*. En la localidad de El Saler, cerca de Valencia, también en España, beato Leonardo Olivera Buera, presbítero y mártir, que durante la misma persecución religiosa imitó la pasión de Cristo, mereciendo alcanzar el premio eterno (1936).
20*. En la aldea de Benimaclet, también en la región valenciana, en España, beatos Ambrosio León (Pedro) Lorente Vicente, Florencio Martín (Álvaro) Ibáñez Lázaro y Honorato (Andrés) Zorraquino Herrero, religiosos del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y mártires, que durante la misma persecución derramaron su sangre por Cristo (1936).

Papa Francisco, Discurso a los participantes en un seminario para los Obispos en territorios de Misión (8-septiembre-2018).

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN SEMINARIO  PARA OBISPOS DE LOS TERRITORIOS DE MISIÓN ORGANIZADO POR LA CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS

Sábado, 8 septiembre 2018

Queridos hermanos, ¡buenos días!

Estoy contento de encontraros con ocasión de vuestro seminario de formación. Con vosotros saludo a las comunidades que os han sido confiadas: los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los catequistas y los fieles laicos. Estoy agradecido con el cardenal Filoni por las palabras que me ha dirigido y doy las gracias también a monseñor Rugambwa y monseñor Dal Toso.

¿Quién es el obispo? Preguntémonos sobre nuestra identidad de pastores para tener más conciencia, aun sabiendo que no existe un modelo estándar idéntico en todos los lugares. El ministerio del obispo da escalofríos, por lo grande del misterio que lleva en sí. Gracias a la efusión del Espíritu Santo, el obispo está configurado a Cristo Pastor y Sacerdote. Está llamado a tener las características del Buen Pastor y hacer propio el corazón del sacerdocio, es decir la ofrenda de la vida. Por tanto no vive para sí, sino que se esfuerza por dar la vida a las ovejas, en particular a las más débiles y en peligro. Por esto el obispo siente una auténtica compasión por las multitudes de hermanos que son como ovejas sin pastor (cf. Marcos 6, 34) y por quienes de varias maneras son descartados. Os pido tener gestos y palabras de especial consuelo por los que experimentan marginalidad y degrado; más que otros tienen necesidad de percibir la predilección del Señor, de la que sois manos atentas.

¿Quién es el obispo? Quisiera con vosotros esbozar tres rasgos esenciales: es hombre de oración, hombre de anuncio y hombre de comunión.

Hombre de oración. El obispo es sucesor de los apóstoles y como los apóstoles es llamado por Jesús para estar con Él (cf. Marcos 3, 14). Allí encuentra su fuerza y su confianza. Delante del tabernáculo aprende a fiarse y a encomendar al Señor. Así madura en él la conciencia de que también de noche, cuando duerme, o de día, entre cansancio y sudor en el campo que cultiva, la semilla madura (cf. Marcos 4, 26-29). La oración no es para el obispo devoción, sino necesidad; no es un compromiso entre tantos, sino un indispensable ministerio de intercesión: él debe llevar cada día delante de Dios a las personas y a las situaciones. Como Moisés, tiende las manos al cielo a favor de su pueblo (cf. Éxodo 17, 8-13) y es capaz de insistir con el Señor (cf. Éxodo 33, 11-14), de negociar con el Señor, como Abrahám. La parresía de la oración. Una oración sin parresía no es oración. ¡Este es el Pastor que reza! Uno que tiene la valentía de discutir con Dios por su rebaño. Activo en la oración, comparte la pasión y la cruz de su Señor. Nunca apagado, busca constantemente parecerse a Él, en camino para convertirse como Jesús en víctima y altar para la salvación de su pueblo. Y esto no viene del saber muchas cosas, sino del conocer una cosa sola cada día en la oración: «Jesucristo, y éste crucificado» (1 Corintios 2, 2). Porque es fácil llevar una cruz en el pecho, pero el Señor nos pide llevar una más pesada sobre los hombros y el corazón: nos pide compartir su cruz. Pedro, cuando explicó a los fieles qué debían hacer los diáconos recientemente creados, añade — y vale también para nosotros, obispos: «La oración y el anuncio de la Palabra». En el primer lugar la oración. A mí me gusta hacer la pregunta a cada obispo: «¿Cuántas horas rezas al día?».

Hombre del anuncio. Sucesor de los apóstoles, el obispo advierte como propio el mandato que Jesús les da: «Id por todo el mundo, y proclamad la Buena Nueva» (Marcos 16, 15). «Id»: el Evangelio no se anuncia sentados, sino en camino. El obispo no vive en la oficina, como un administrador de una empresa, sino entre la gente, en los caminos del mundo, como Jesús. Lleva a su Señor donde no es conocido, donde está desfigurado y perseguido. Y saliendo de sí se encuentra a sí mismo. No se complace del confort, no le gusta la vida tranquila y no ahorra energías, no se siente príncipe, trabaja para los otros, abandonándose a la fidelidad de Dios. Si buscase aferrarse y seguridades mundanas, no sería un verdadero apóstol del Evangelio.

¿Y cuál es el estilo del anuncio? Testimoniar con humildad el amor de Dios, precisamente como ha hecho Jesús, que por amor se ha humillado. El anuncio del Evangelio sufre las tentaciones del poder, de la satisfacción, del retorno de imagen, de la mundanidad. La mundanidad. Cuidado con la mundanidad. Está siempre el riesgo de cuidar más la forma que la sustancia, transformarse en actores más que en testigos, de aguar la Palabra de salvación proponiendo un Evangelio sin Jesús crucificado y resucitado. Pero vosotros estáis llamados a ser memorias vivas del Señor, para recordar a la Iglesia que anunciar significa dar la vida, sin medias tintas, preparados también a aceptar el sacrificio total de sí.

Y tercero, hombre de comunión. El obispo no puede tener todas las capacidades, el conjunto de los carismas —algunos creen tenerlas, ¡pobrecillos!— pero está llamado a tener el carisma del conjunto, es decir a tener unidos, a cementar la comunión. La Iglesia necesita unión, no de solistas fuera del coro o de líderes de batallas personales. El Pastor reúne: obispo para su fieles, es cristiano con sus fieles. No hace noticia en los periódicos, no busca el consenso del mundo, no está interesado en tutelar su buen nombre, sino que ama tejer la comunión implicándose en primera persona y actuando con humildad. No sufre la falta de protagonismo, sino que vive arraigado en su territorio, rechazando la tentación de alejarse frecuentemente de la diócesis —la tentación de los «obispos de aeropuerto»— y huyendo de la búsqueda de glorias propias.

No se cansa de escuchar. No se basa en proyectos hechos en la mesa, sino que se deja interpelar por la voz del Espíritu, que ama hablar a través de la fe de los sencillos. Se convierte en todo uno con su gente y sobre todo con su presbiterio, siempre disponible a recibir y animar a sus sacerdotes. Promueve con el ejemplo, más que con las palabras, una genuina fraternidad sacerdotal, mostrando a los sacerdotes que se es Pastores por el rebaño, no por razones de prestigio o de carrera, que es tan feo. No seáis trepadores, por favor, ni ambiciosos: alimentad el rebaño de Dios «no tiranizando a los que os ha tocado cuidar sino siendo modelos de la grey» (1 Pedro 5, 3).

Y después, queridos hermanos, huid del clericalismo, «manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia, tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia». El clericalismo — corroe la comunión, en cuanto «genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso —tanto de poder, de conciencia, cualquier abuso— es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo» (Carta al Pueblo de Dios, 20 agosto 2018). Por tanto no os sintáis señores del rebaño —vosotros no sois patrones del rebaño— incluso si otros lo hicieran o si ciertas costumbres del lugar lo favorecen. El pueblo de Dios, por el cual y al cual estáis ordenados, os sienta padres, no padrones; padres atentos: nadie debe mostrar hacia vosotros actitudes de sumisión. En esta coyuntura histórica parecen acentuarse en varias partes ciertas tendencias de «liderismo». Mostrarse hombres fuertes, que mantienen las distancias y mandan sobre los demás, podría parecer cómodo y fascinante, pero no es evangélico. Provoca daños a menudo irreparables al rebaño, por el cual Cristo ha dado la vida con amor, abajándose y aniquilándose. Sed por tanto hombres pobres de bien y ricos de relación, nunca duros y ásperos, sino afables, pacientes, sencillos y abiertos.

Quisiera también pediros tener en el corazón, en particular, algunas realidades:

Las familias. Incluso penalizadas por una cultura que trasmite la lógica de lo provisional y privilegia derechos individuales, permanecen las primeras células de toda sociedad y las primera Iglesias, por Iglesias domésticas. Promoved recorridos de preparación al matrimonio y de acompañamiento para las familias: serán semillas que darán fruto a su tiempo. Defended la vida del feto como la del anciano, ayudad a los padres y a los abuelos en su misión.

Los seminarios. Son los viveros del mañana. Allí sois de casa. Verificad atentamente que son guiados por hombres de Dios, educadores capaces y maduros, que con la ayuda de las mejores ciencias humanas garantice la formación de perfiles humanos sanos, abiertos, auténticos, sinceros. Dad prioridad al discernimiento vocacional para ayudar a los jóvenes a reconocer la voz de Dios entre las muchas que resuenan en los oídos y en el corazón.

Los jóvenes, por tanto, a los que se dedicará el inminente Sínodo. Pongámonos a la escucha, dejémonos provocar por ellos, acojamos los deseos, las dudas, las críticas y las crisis. Son el futuro de la Iglesia, son el futuro de la sociedad: un mundo mejor depende de ellos. También cuando parecen infectados por el virus del consumismo y del hedonismo, no les pongamos en cuarentena; busquémosles, escuchemos su corazón que suplica vida e implora libertad. Ofrezcámosles el Evangelio con valentía.

Los pobres. Amarles significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales. Dedicad tiempo y energías a los últimos, sin miedo de mancharnos las manos. Como apóstoles de la caridad alcanzad las periferias humanas y existenciales de vuestras diócesis.

Finalmente, queridos hermanos, desconfiad, os pido, de la tibieza que lleva a la mediocridad y a la pereza, ese «démon de midi». Desconfiad de aquello. Desconfiad de la tranquilidad que esquiva el sacrificio; de la prisa pastoral que lleva al intolerancia; de la abundancia de bienes que desfigura el Evangelio. ¡No os olvidéis de que el diablo entra por el bolsillo! Os deseo una santa inquietud por el Evangelio, la única inquietud que da paz. Os doy las gracias por la escucha y os bendigo, en la alegría de tenernos como los más queridos entre los hermanos. Y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar y hacer rezar por mí. Gracias.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Lunes 21 octubre 2019, Lunes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario, feria (o misa por la Evangelización de los Pueblos).

SOBRE LITURGIA

SANTA MISA PARA LOS SEMINARISTAS DE LA DIÓCESIS DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Capilla Paulina, Jueves 22 de octubre de 1981

Queridísimos alumnos del Seminario mayor romano:
Antes de nada quiero manifestaros la alegría profunda que me invade en este momento al verme entre vosotros que sois la pupila de mis ojos y la esperanza de la Iglesia de Roma. Saludo muy de corazón a todos, tanto a los seminaristas romanos como a los que procedan de otras partes de Italia y también de otros países, entre ellos dos seminaristas polacos. Un saludo cordial especial al cardenal Poletti, al mons. rector y a todos los demás superiores que os han acompañado aquí al comienzo del año escolar.

1. Este encuentro que tenemos en la celebración de la Santa Misa es ocasión sumamente oportuna para confesar juntos nuestra fe en Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y para vivir un momento privilegiado de comunión eclesial intensa, a la que nos han predispuesto ya las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar. Pues éstas nos exhortan a renovar en nuestros corazones la expresión de un amor mutuo cada vez más hondo. "Este es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos" (Jn 15, 12-13). Aquí se trata del amor característico del cristiano, del amor redentor que libera de la esclavitud del pecado y llama a la intimidad y amistad con Cristo. "Ya no os llamo siervos... sino amigos" (Jn 15, 15). Sólo el Evangelista Juan, el "discípulo del amor", podía revelarnos en toda su plenitud maravillosa este amor inefable, verdaderamente singular, que se hace visible en la alegría: "...para que me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido" (Jn 15, 11). Este amor confiado se abre a la esperanza venciendo todo temor "...no habéis recibido espíritu de siervos para recaer en el temor" (Rom 8, 15). Es éste un amor que mora en "quienes son movidos por el Espíritu" (Rom 8, 14); en quienes se han asido a la potencia de Dios en su ser y en su acción, y han pasado de la muerte a la vida; en quienes por haber llegado a ser hijos adoptivos, pueden dirigirse a Dios llamándole Padre (cf. Rom 8. 15).

2. Y precisamente este amor extraordinario e inefable parte de Cristo y se difunde en los corazones para hacer prodigios en la Iglesia y seducir el corazón de muchos jóvenes hasta lanzarlos a su seguimiento difícil y sugestivo. Y cabalmente por corresponder a este amor, queridísimos seminaristas, habéis decidido dedicar la vida a Cristo con el deseo de participar en su sacerdocio. Todo esto no puede menos de colmar mi ánimo de honda emoción o intenso afecto hacia vosotros. Si todo obispo encuentra en su seminario lo que da intimidad a un hogar, lo que hace digno un centro de enseñanza, lo que rodea de entusiasmo e ilusión un encuentro; lo que alegra la enseñanza y contagia fervor a la oración; todo esto se da de modo particular cuando este obispo es el de Roma, Pastor universal en quien se posan las miradas del mundo entero.

Como es sabido, el seminario es la expresión de la vitalidad de una diócesis. Es la meta de las celosas fatigas de los párrocos y educadores que actúan en las estructuras parroquiales y en los centros de enseñanza; es una señal clara de que existen comunidades cristianas capaces de hacer madurar en su seno a quienes, revestidos del carácter sacerdotal, continuarán un día la obra de Cristo entre ellos: es un índice de que las familias, ricas en virtudes y espíritu de sacrificio, han merecido la gracia de dar a sus hijos a la Iglesia: es una prueba de que, a pesar de las sombras que a veces ofuscan el mundo, éste es rico en esperanzas y certezas porque puede contar con jóvenes valientes dispuestos a dar la vida por rescatarlo.

Vuestro gran número, si bien no se adecua todavía en la medida requerida a las necesidades del apostolado, ¿acaso no revela que este tiempo postconciliar no se verá privado de sacerdotes valiosos que trabajarán por poner en práctica las enseñanzas y directrices de aquella asamblea ecuménica?

Os será fácil imaginar, por tanto, la emoción que suscita en mi ánimo el teneros aquí ante mis ojos, sabiendo que os habéis comprometido a llegar a ser ministros de Cristo, heraldos del Evangelio y mensajeros de verdad y fraternidad en medio del Pueblo de Dios. Por esto el Papa os ama y sois sus predilectos, y él está continuamente a vuestro lado con el recuerdo y la oración. Por vuestra parte, vosotros también amáis al Papa y a la Iglesia que os disponéis a servir, y tenéis un amor apasionado a Cristo, nuestro Señor bendito, para ser verdaderos discípulos suyos, sus imitadores asiduos, seguidores humildes, amigos fieles, testigos intrépidos y apóstoles infatigables, como pueden y deben ser quienes estén llamados a transformarse en "alter Christus" a través del sacerdocio. Conservad el patrimonio de fe, virtud, saber y santidad que ha acumulado el Seminario mayor romano a lo largo de siglos. El estudio amoroso de Jesús, nuestro Señor, llene vuestras mentes y corazones hasta la plenitud, es decir, hasta que "Cristo sea formado en vosotros" (Gál 4, 19). Para llegar a ser sacerdotes auténticos, es necesario hoy más que nunca testimoniar ante el mundo las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad fraterna, de las que a su vez derivan todas las demás virtudes que deben resplandecer en quien se prepara al sacerdocio.

3. Os sostenga en esta obra de vuestra formación la ayuda de la Virgen de la Confianza, vuestra Patrona celestial. Estoy seguro de que no os cansaréis de invocarla cada día con el rezo del Rosario, siguiendo la tradición piadosa de vuestro Seminario, y con la jaculatoria "Madre mía, confianza mía". Ella no cesará de protegeros y asistiros en las dificultades que encontréis en el largo itinerario que conduce al altar.

Y ahora, prosiguiendo la celebración litúrgica en la que revivimos el drama del amor crucificado y se consuma y sella la unidad eclesial perfecta, roguemos al Señor que encienda en el corazón de muchos jóvenes el ideal del sacerdocio y les dé a gustar la belleza y el gozo de habitar en su casa. según las palabras del Salmista: "¡Cuán amables son tus moradas, oh Yavé Sebaot!" (Sal 83, 1).

CALENDARIO

21 LUNES DE LA XXIX SEMANA DEL T. ORDINARIO, feria

Misa
de feria (verde).
MISAL: cualquier formulario permitido (véase pág. 68, n. 5), Pf. común.
LECC.: vol. III-impar.
- Rom 4, 20-25.
Está escrito por nosotros, a quienes se nos contará: nosotros, los que creemos en él.
- Salmo: Lc 1, 69-75. R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
- Lc 12, 13-21. ¿De quién será lo que has preparado?

Liturgia de las Horas: oficio de feria.

Martirologio: elogs. del 22 de octubre, pág. 625.
CALENDARIOS: Misioneros de la Preciosa Sangre: San Gaspar de Búfalo (S). Adoratrices de la Sangre de Cristo: (F).
Clérigos de San Viator: San Viator (F).
Pamplona y Tudela: Santas Nunilo y Alodia, vírgenes y mártires (MO).
Mínimos: Beato Nicolás Barré, presbítero (MO).
Burgos: Santa Úrsula, virgen y mártir (ML).
Urgell: San Juan de Capistrano, presbítero (ML).
Dominicos: Beato Pedro de Città di Castello, presbítero (ML).
Jesuitas: Beato Diego Luis de San Vitores, presbítero, y san Pedro Calungsod, mártires (ML).
Orden de San Juan de Jerusalén: Beato Carlos de Austria (ML).

TEXTOS MISA

Misa de la feria: del XXIX Domingo del T. Ordinario (o de otro Domingo del T. Ordinario).

Misa por la Evangelización de los pueblos: Ayer celebrábamos la Jornada mundial por la Evangelización de los pueblos.

Por la Evangelización de los pueblos B.

Antífona de entrada Sal 95, 3-4
Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones, porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza.
Annuntiáte inter gentes glóriam Dómini, in ómnibus pópulis mirabília eius: quóniam magnus Dóminus et laudábilis nimis.

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La Iglesia, en su tarea evangelizadora, prolonga la obra de Cristo, enviado al mundo por el Padre, como verdadero mediador entre Dios y los hombres, a fin de que la salvación llegue a todo el género humano. Sintámonos Iglesia misionera y contribuyamos, con la oración, a esta gran obra de Cristo, de la que todos somos responsables.

Oración colecta
Señor, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de Cristo se prolongue hasta el final de los tiempos, mueve los corazones de tus fieles y haz que perciban que son llamados con urgencia para salvar a toda criatura, hasta que, de todas las naciones, se forme y desarrolle para ti una sola familia y un solo pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo.
Deus, qui Ecclésiam tuam sacraméntum salútis cunctis géntibus esse voluísti, ut Christi salutíferum opus usque in fines saeculórum persevéret, éxcita tuórum corda fidélium, et praesta, ut ad omnem creatúram salvándam urgéntius vocári se séntiant, quátenus ex ómnibus pópulis una família unúsque tibi pópulus exsúrgat et crescat. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Lunes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario, año impar (Lec. III-impar).

PRIMERA LECTURA Rom 4, 20-25
Está escrito también por nosotros, a quienes nos valdrá si creemos en él
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos:
Abrahán, ante la promesa divina no cedió a la incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, pues estaba persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete; por lo cual le fue contado como justicia.
Pero que “le fue contado” no está escrito solo por él; también está escrito por nosotros, a quienes se nos contará: nosotros, los que creemos en el que resucitó de entre los muertos a Jesucristo nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Lc 1, 69-70. 71-72. 73-75 (R.: cf. 68)
R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Benedíctus Dóminus Deus Israel, quia visitávit plebem suam.

V. Suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Benedíctus Dóminus Deus Israel, quia visitávit plebem suam.

V. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza.
R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Benedíctus Dóminus Deus Israel, quia visitávit plebem suam.

V. Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano
de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.
Benedíctus Dóminus Deus Israel, quia visitávit plebem suam.

Aleluya Mt 5, 3
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Beáti páuperes spíritu, quóniam ipsórum est regnum cælórum.

EVANGELIO Lc 12, 13-21
¿De quién será lo que has preparado?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Papa Francisco, Homilía 19-noviembre-2017
Nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: «¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?». Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y «el que acumula tesoro para sí» no se hace «rico para con Dios» (Lc 12, 21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos.

Oración de los fieles
Ferias del Tiempo Ordinario I
Hermanos, dirijamos nuestra oración a Dios, Padre todopoderoso, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
- Por la santa Iglesia de Dios, para que la custodie y la haga crecer. Roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos. (O bien: Señor, escucha y ten piedad.)
- Por todos los pueblos de la tierra, para que les conceda vivir en concordia. Roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos. (O bien: Señor, escucha y ten piedad.)
- Por los que viven angustiados por distintas necesidades, para que encuentren ayuda en Dios. Roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos. (O bien: Señor, escucha y ten piedad.)
- Por nosotros mismos y por nuestra comunidad, para que el Señor nos acepte como ofrenda agradable. Roguemos al Señor
R. Te rogamos, óyenos. (O bien: Señor, escucha y ten piedad.)
OH. Dios, refugio y fortaleza nuestra, escucha las oraciones de tu Iglesia y concédenos, por tu bondad, lo que pedimos con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Oración sobre las ofrendas
Suban hacia ti, Señor, los dones de tu Iglesia suplicante, aceptables a tu majestad, como lo fue la pasión gloriosa de tu Hijo por la salvación de todo el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Múnera supplicántis Ecclésiae, Domine, in conspéctum maiestátis tuae ascéndant accépta, cui pro totíus mundi salúte grata éxstitit Fílii tui pássio gloriósa. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.


Antífona de la comunión Sal 116, 1-2
Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.
Laudáte Dóminum, omnes gentes, collaudáte eum, omnes pópuli; quóniam confirmáta est super nos misericórdia eius, et véritas Dómini manet in aetérnum.
O bien: Mc 16, 15
Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación, dice el Señor.
Eúntes in mundum univérsum, praedicáte Evangélium omni creatúrae, dicit Dóminus.

Oración después de la comunión
Te rogamos, Señor, que nos santifique la participación en tu mesa, y haz que todas las naciones reciban con gozo, por el sacramento de tu Iglesia, la salvación que tu Unigénito efectuó en la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Sanctíficet nos, quaesumus, Dómine, mensae tuae participátio, et praesta, ut, quam Unigénitus tuus in cruce operátus est salútem, omnes gentes per Ecclésiae tuae sacraméntum gratánter accípiant. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 22 de octubre
M
emoria de san Juan Pablo II papa (2005).
1. Conmemoración de san Marcos, obispo de Jerusalén, que fue el primer obispo procedente de los gentiles que ocupó la sede de la Iglesia de la Ciudad Santa, trabajando con fe y celo para reunir a sus fieles dispersados por la guerra (s. II).
2. En Hierópolis, ciudad de Frigia, san Abercio, obispo, discípulo de Cristo, buen Pastor, del cual se cuenta que peregrinó por diversas regiones anunciando la fe, siendo alimentado con un místico manjar (s. III).
3. En Adrianópoli, de Tracia, santos mártires Felipe, obispo de Eraclea, y Hermete, diácono, los cuales, durante la persecución bajo el emperador Diocleciano, al pedir el prefecto Justino al obispo que cerrase la iglesia, entregase los vasos sagrados y mostrase los libros litúrgicos, Felipe le respondió que no podía dar estas cosas ni él recibirlas, por lo que, después de ser encarcelados y azotados, fueron quemados vivos (303).
4. En Rouen, de la Galia Lugdunense, san Malón, obispo, que está considerado como primer apóstol de la fe cristiana en esta ciudad e iniciador de la sede episcopal (s. IV).
5*. En el territorio de Besançon, en Germania, san Valerio, diácono de la iglesia de Langres, al que dieron muerte unos paganos (s. IV).
6*. En la región de Chalons, en Neustria, san Lupencio, abad de la basílica de Saint-Privat-de-Javols, que, después de haber recibido injustamente muchas injurias de parte de Inocencio, conde de la ciudad, fue decapitado (c. 684).
7*. En la ciudad de Auch, en Aquitania, san Leotadio, obispo (s. VII).
8*. En el monasterio de Berceto, en la Lombardía, san Moderano, abad, antes obispo de Rennes, en la Galia, insigne por su amor a la soledad y la devoción hacia los lugares santos (c. 720).
9*. En el territorio de Nantes, en la Bretaña Menor, san Benito, que llevó vida eremítica en Massérac (s. IX).
10. En Huesca, ciudad de Aragón, en Hispania, santas Nunilo y Alodia, vírgenes y mártires, que hijas de padre no cristiano, pero educadas en la fe cristiana por su madre, al no querer abjurar de Cristo, después un largo encarcelamiento fueron degolladas por disposición del rey de Córdoba, Abdar-Rahman II, (851).
11. En Fiésole, de la Toscana, san Donato o Duns Scoto, obispo, que, insigne por su erudición y su piedad, oriundo de Irlanda y peregrinando hacia Roma, fue elegido obispo de esta ciudad (c. 875).