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martes, 9 de junio de 2020

San Juan Pablo II, Homilía para los alumnos del Pontificio Seminario romano (13-octubre-1979).

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
PARA LOS ALUMNOS DEL PONTIFICIO SEMINARIO ROMANO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Capilla Paulina, Sábado 13 de octubre de 1979

Queridísimos alumnos del Seminario Romano:

Podéis imaginar con cuánto afecto y emoción celebro la Santa Misa con vosotros y para vosotros, esta mañana, al final de vuestros ejercicios espirituales y al comienzo del nuevo año académico.

En efecto, vosotros sois mis seminaristas, los alumnos del seminario de mi diócesis de Roma, que el Señor me ha confiado al disponer mi elección como Sumo Pontífice, y yo, como antes en Cracovia y como cualquier otro obispo, os considero el tesoro más precioso que tiene su puesto en lo íntimo de mi corazón y de mis solicitudes. Y aun cuando, a causa de la atención y servicio a la Iglesia universal, debo, como siempre hicieron mis predecesores, delegar gran parte del ministerio directo al cardenal Vicario, al vicegerente y a los obispos auxiliares, sin embargo, vosotros estáis especialmente presentes en mi oración cotidiana y en mi inquietud paterna.

Estamos aquí reunidos en torno al altar para ofrecer al Señor el Sacrificio eucarístico y para sellar de modo concreto los propósitos de vida, santa y comprometida, que sin duda habéis formulado en estos días de silencio y reflexión.

Mientras os agradezco de corazón vuestra buena voluntad y os expreso mi profunda alegría por este encuentro tan significativo, deseo también sugeriros algunas indicaciones apropiadas a este momento especial.

1. Mantened en vosotros constante y ferviente el sentido de la alegría por la verdad que conocéis.

Es realmente impresionante pensar que se posee la verdad, es decir, conocer el sentido de la vida humana, el significado de la historia y de todo el universo, el motivo de la existencia que se desarrolla entre cumbres de conquistas científicas y abismos de miserias y dolores.

¡Y la verdad es Dios, Creador, Redentor y Remunerador; la verdad es Cristo, que precisamente se ha definido como "camino, verdad, vida, luz, amor, salvación"; la verdad es la Iglesia que El ha querido y fundado para transmitir íntegra su Palabra y los medios de salvación! ¡Y vosotros poseéis, gustáis todo este patrimonio admirable!

¡Cuántos jóvenes no poseen la verdad y arrastran su existencia sin un "porqué"; cuántos, por desgracia, después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados y amargados, se han abandonado y se abandonan todavía a la desesperación! ¡Y cuántos han logrado alcanzar la verdad sólo después de años de angustiosos interrogantes y experiencias penosas!

¡Pensad, por ejemplo, en el itinerario dramático de San Agustín para llegar a la luz de la verdad y a la paz de la inocencia reconquistada! ¡Y qué suspiro dio cuando finalmente llegó a la luz! ¡Y exclamó con nostalgia: "Sero Te amavi"!

¡Pensad en la fatiga que debió soportar el célebre cardenal Newman para llegar al catolicismo con la fuerza de la lógica! ¡Qué larga y dolorosa agonía espiritual!

Y así podríamos recordar a tantas otras figuras eminentes, pasadas y recientes, que han tenido que luchar duramente para conseguir la verdad.

Pues bien, ellos llegaron adonde vosotros ya estáis. Efectivamente, vosotros poseéis la verdad, entera, luminosa, consoladora. ¡Cuántos envidian vuestra situación!

Sabed, pues, gozar de la verdad, como dice Santo Tomás; sabed vivir de la verdad y en la verdad; sabed profundizar y dilucidar siempre más y mejor la verdad en todos sus aspectos y en todas sus exigencias filosóficas, teológicas, bíblicas, históricas, sicológicas, científicas, jurídicas, sociales, por íntima exigencia vuestra y para ser en todas partes "testigos de la verdad".

Tenéis tiempo, libros y profesores calificados para apasionaros cada vez más por la verdad y luego poderla comunicar un día con seguridad y competencia: no perdáis el tiempo. Y sobre todo no os arriesguéis a campos minados y peligrosos, no seáis jactanciosos y presuntuosos, porque es fácil caer en la confusión y ser vencidos por el orgullo; sabed ser sensibles y dóciles, para no desaprovechar ni estropear el don inmensamente precioso que poseéis.

2. Tened sentido de vuestra responsabilidad.

Reflexionad sobre vuestra "identidad": sois de los llamados, elegidos por el mismo Jesús, el divino Maestro, el Pastor y Salvador de nuestras almas, ¡el Redentor del hombre! El os ha elegido, de modo misterioso pero real, para haceros con El y como El salvadores; quiere transformaros en El, confiaros sus mismos poderes divinos... ¡Vosotros debéis un día actuar "in persona Christi"!

Por esto no sois como los otros jóvenes, que tienen delante sólo las metas normales de la carrera, de la posición social, del matrimonio, de las satisfacciones terrenas, aunque sea con ideales cristianos y aun apostólicos.

Vosotros sois distintos, porque estáis llamados al sacerdocio.

Y entonces debéis plantear vuestra vida sobre un tipo de formación y de responsabilidad eminentemente de apostolado y de testimonio.

A los jóvenes reunidos en Galway, Irlanda, les decía recientemente: `"Cristo os llama pero El os llama de verdad., Su llamada es exigente, porque os invita a dejaros 'capturar' completamente por El, de modo que veréis toda vuestra vida bajo una luz nueva" (30 de septiembre de 1979).

¡Si esto vale para los jóvenes, mucho más debe valer para vosotros, queridísimos seminaristas! ¡Dejaos capturar por Jesús y tratad de vivir sólo para El!

También os quiero confiar lo que dije a los seminaristas irlandeses en Maynooth: "La Palabra de Dios es el gran tesoro de vuestras vidas... Dios cuenta con vosotros y hace sus planes, en cierto modo, dependiendo de vuestra libre colaboración, de la oblación de vuestras vidas y de la generosidad con que sigáis las inspiraciones que el Espíritu Santo os hace en el fondo de vuestros corazones". Y también: "Vosotros os preparáis para el don total de vosotros mismos a Cristo y al servicio de su Reino. Lleváis a Cristo el don de vuestro entusiasmo y vitalidad juvenil. En vosotros Cristo es eternamente joven, y a través de vosotros rejuvenece a la Iglesia. No le defraudéis. No defraudéis al pueblo que está esperando que le llevéis a Cristo... Cristo os mira y os ama" (1 de octubre de 1979).

3. Finalmente, mantened vivo el sentido del compromiso.

Vosotros deseáis llegar a ser sacerdotes, o al menos deseáis descubrir si realmente estáis llamados. Y entonces la cuestión es seria, porque es necesario prepararse bien, con claridad de intenciones y con una formación severa. ¡El mundo mira al sacerdote, porque mira a Jesús! ¡Nadie puede ver a Cristo; pero todos ven al sacerdote, y por medio de él quieren entrever al Señor! ¡Inmensa grandeza y dignidad la del sacerdote, que ha sido llamado justamente "alter Christus"!

¡Por esto no debéis perder el tiempo! Efectivamente, es necesario un compromiso constante y apremiante en vuestra formación:
— empeño en la formación espiritual;
— empeño en la formación intelectual y cultural;
— empeño en la formación ascética, mediante el hábito del orden, de la pobreza, sacrificio, mortificación, control de los propios deseos, recordando la advertencia siempre válida de la "Imitación de Cristo": "Tantum proficies quantum tibi ipsi vim intuleris" (Lb. 1, cap. XXIV, núm. 11).

A los seminaristas de Filadelfia, después de haber citado la Optatam totius (núm. 11), les dije que el seminario debe proporcionar una sana disciplina para preparar al servicio consagrado: "Cuando la disciplina se ejercita adecuadamente, crea una atmósfera de recogimiento que capacita al seminarista para desarrollar interiormente esas actitudes que son tan deseables en un sacerdote, tales como la obediencia alegre. la generosidad y el sacrificio de sí mismo" (3 de octubre de 1979);
— empeño en la formación del propio carácter. Un buen carácter es un verdadero tesoro en la vida. A veces sacerdotes estupendos por su virtud y su celo merman la eficacia del ministerio por su temperamento impaciente, antipático, no equilibrado. Por eso es necesario formarse un buen carácter, abierto, comprensivo, paciente, y a esto ayuda ciertamente la dirección espiritual sincera, metódica;
— empeño en la formación social, conociendo la sicología de las diversas clases y sus exigencias, adquiriendo diversas posibilidades de atracción, aprendiendo también a ser autosuficientes para tantas necesidades de la vida.

Queridísimos seminaristas: El Señor os ayude y os acompañe cada día de este nuevo año de estudio y formación.

También os digo, como en el encuentro de Maynooth: "Este es un tiempo maravilloso para la historia de la Iglesia. Este es un tiempo maravilloso para ser sacerdote, para ser religioso, para ser misionero de Cristo. Alegraos siempre en el Señor. Alegraos en vuestra vocación" (1 de octubre de 1979).

Para lograr vuestro propósito, confiaos a María Santísima siempre, pero especialmente en los momentos de dificultad y de oscuridad: "De María aprendemos a rendirnos a la voluntad de Dios en todas las cosas. De María aprendemos a confiar también cuando parece haberse eclipsado toda esperanza. De María aprendemos a amar a Cristo, Hijo suyo e Hijo de Dios... Aprended de Ella a ser fieles siempre, a confiar en que la Palabra que Dios os da será cumplida, y que nada es imposible para Dios" (Homilía en la catedral de San Mateo en Washington, 6 de octubre de 1979).

Y también os sea propicia mi bendición que con afecto profundo os imparto a vosotros, a vuestros superiores y profesores y a todas las personas queridas.

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