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Domingo 11 diciembre 2016, III Domingo de Adviento, ciclo A.

domingo, 8 de mayo de 2016

Domingo 12 junio 2016, XI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.

SOBRE LITURGIA

CEREMONIAL DE LOS OBISPOS
(14-septiembre-1984)

CAPÍTULO XVII. BENDICIÓN DE LA CAMPANA

NOCIONES GENERALES


1023. En la Iglesia latina se afianzó la costumbre, que convenientemente debe conservarse, de bendecir las campanas antes de colocarlas en el campanario.
Este rito conviene que lo celebre el Obispo de la diócesis, o el párroco o el rector de la iglesia (343).
Según las circunstancias de los lugares la campana se bendice durante una celebración de la palabra de Dios.

1024. La bendición de la campana puede celebrarse cualquier día, excepto el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa y la Conmemoración de todos los fieles difuntos.
Elíjase preferentemente un día en que los fieles puedan concurrir en mayor número, sobre todo el domingo (344).

1025. Conviene suspender o colocar la campana en el lugar asignado, de tal manera que, si es necesario, se pueda fácilmente girarla para hacerla sonar.
Para la celebración prepárese lo siguiente:
a) Ritual Romano;
b) Leccionario;
c) recipiente con agua bendita y aspersorio;
d) cruz procesional;
e) velas para los ministros;
f) incensario y naveta con incienso.
Para la celebración del rito se usan vestiduras litúrgicas de color blanco o festivo.
Prepárese, además:
- para el Obispo: alba, estola, cruz pectoral, capa pluvial, mitra y báculo pastoral;
- para los diáconos: albas, estolas, y, si se cree conveniente, dalmáticas;
- para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

DESCRIPCIÓN DE LA CELEBRACIÓN

1026. Congregado el pueblo, el Obispo, con mitra y báculo, se acerca procesionalmente a la sede o lugar donde está colocada la campana que va a ser bendecida.
Precede el crucífero en medio de dos ministros con velas encendidas.
Siguen los ministros, los diáconos, los presbíteros, y finalmente, el Obispo.
Entre tanto se canta un canto adecuado.

1027. Terminado el canto, el Obispo, dejados el báculo y la mitra, saluda al pueblo, diciendo: La gracia de nuestro Señor.
Es conveniente que a continuación se dirija brevemente a los fieles para disponer su espíritu a la celebración (345).

1028. Concluido lo anterior, el Obispo recibe la mitra, se sienta y se proclama la palabra de Dios. Se leen una o varias lecturas de la Sagrada Escritura, de las que se proponen en el Ritual Romano, intercalando un salmo responsorial apropiado (346).

1029. Después de la lectura de la palabra de Dios, el Obispo hace la homilía, en la cual explica tanto las lecturas bíblicas, como el significado y uso de las campanas en la tradición y en la vida de la Iglesia (347).

1030. Terminada la homilía, el Obispo deja el báculo y la mitra, y de pie ante la campana, la bendice, diciendo la oración: Padre santo, te bendecimos, o bien, Dios, cuya voz.
En seguida asperja la campana con agua bendita y la inciensa.
Entre tanto puede cantarse la antífona: Canta al Señor con el Salmo 149 u otro canto adecuado (348).

1031. Terminado el canto se hace la oración universal, del modo acostumbrado en la celebración de la Misa, o según el modo propuesto en el Ritual Romano (349).
La oración universal concluye con el Padrenuestro, cantado o rezado por todos, y con la oración del Obispo.
Después el Obispo, con mitra y báculo, bendice al pueblo de la manera acostumbrada, o como se indica en el Ritual.
El diácono despide al pueblo, diciendo: Podéis ir en paz.
Todos responden: Demos gracias a Dios.Si se juzga conveniente, el Obispo y los fieles, antes de retirarse, hacen sonar la campana en señal de alegría (350).

1032. Si la bendición de la campana se hace dentro de la Misa (351), obsérvese lo siguiente:
a) se celebra la Misa del día;
b) las lecturas, menos en las solemnidades, fiestas y domingos, pueden tomarse de la Misa del día o de las que se proponen en el Ritual Romano para la bendición de una campana;
c) la bendición de la campana se hace después de la homilía, según el rito descrito en el n. 1030;
d) la campana no se hará sonar sino terminada la Misa.

(343) Cf. Ritual Romano, Bendicional, capítulo XXX: Ritual de bendición de una campana, n. 1036.
(344) Cf. ibidem, n. 1035.
(345) Cf. Ritual Romano, Bendicional, capítulo XXX: Ritual de bendición de una campana, nn. 1038-1039.
(346) Cf. ibidem, nn. 1040-1042.
(347) Cf. ibidem, n. 1043
(348) Cf. ibidem, nn. 1046-1048.
(349) Cf. ibidem, n. 1044.
(350) Cf. ibidem, nn. 1049-1050.
(351) Cf. ibidem, nn. 1035 y 1051.


CALENDARIO

12 + XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
ve MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. III (o bien: vol. I (C) de las nuevas ediciones).
- 2 Sam 12, 7-10. 13. El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.
- Sal 31. R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
- Gál 2, 16. 19-21. Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
- Lc 7, 36-8, 3. Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

Pecado y perdón. Dos temas fundamentales presentan las lecturas de hoy: el pecado del hombre y el perdón de Dios. David reconoce su pecado, pide perdón y Dios perdona a su siervo (1 Lect.). Jesús acoge a la pecadora y perdona sus muchos pecados porque ha amado mucho (Ev.). Pablo contrasta la Ley y la fe para decir que vive para Dios y su vivir es el vivir de Cristo (2 Lect.).

* Hoy no se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 13 de junio, pág. 362.
CALENDARIOS: Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación: Santa María Rosa Molas y Vallvé, virgen (S).
Salamanca: San Juan de Sahagún, presbítero (S).
Hermanas de Santa Dorotea de la Frassinetti: Santa Paula Frassinetti (S).

TEXTOS MISA

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
DOMINICA XI PER ANNUM
Antífona de Entrada Sal 26, 7. 9
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
Antiphona ad introitum Cf. Ps 26, 7. 9
Exáudi, Dómine, vocem meam, qua clamávi ad te. Adiútor meus esto, ne derelínquas me, neque despícias me, Deus salutáris meus.
Se dice Gloria.
Dicitur Gloria in excelsis.
Oración colecta
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas, y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, in te sperántium fortitúdo, invocatiónibus nostris adésto propítius, et, quia sine te nihil potest mortális infírmitas, grátiae tuae praesta semper auxílium, ut, in exsequéndis mandátis tuis, et voluntáte tibi et actióne placeámus. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C (Lecc. I C).

PRIMERA LECTURA 2 Sam 12, 7-10. 13
El Señor ha perdonado tu pecado. No morirás

Lectura del segundo libro de Samuel.

En aquellos días, Natán dijo a David:
«Así dice el Señor, Dios de Israel:
“Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl. Te entregué la casa de tu señor, puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco, te añadiré mucho más.
¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después de haberlo matado por la espada de los amonitas. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 31, 1b-2. 5. 7. 11 (R.: 5d)
R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
y en cuyo espíritu no hay engaño. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

SEGUNDA LECTURA Gál 2, 16. 19-21
Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

Hermanos:
Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley.
Pues por las obras de la ley no será justificado nadie.
Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
No anulo la gracia de Dios; pero si la justificación es por me- dio de la ley, Cristo habría muerto en vano.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya 1 Jn 4, 10b
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Deus prior diléxit nos, et misit Fílium suum propitiatiónem pro peccátis nostris.
R.

EVANGELIO (forma larga) Lc 7, 36-8, 3
Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

EVANGELIO (forma breve) Lc 7, 36- 50
Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies
con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco

AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 20 de abril de 2016.
Distinguir entre el pecado y el pecador.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy queremos detenernos en un aspecto de la misericordia bien representado en el pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús mientras era huésped de un fariseo de nombre Simón. Ellos habían querido invitar a Jesús a su casa porque había escuchado hablar bien de Él como un gran profeta. Y mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como una pecadora. Esta, sin decir una palabra, se pone a los pies de Jesús y rompe a llorar; sus lágrimas lavan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, luego los besa y los unge con un aceite perfumado que ha llevado consigo.
Sobresale el contraste entre las dos figuras: la de Simón, el celante servidor de la ley, y la de la anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los demás de acuerdo a las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón, aun habiendo invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer, al contrario, se confía plenamente a Él, con amor y veneración.
El fariseo no concibe que Jesús se deje «contaminar» por los pecadores. Él piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser manchado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión, y está motivada por el hecho que Dios y el pecado se oponen radicalmente. Pero la Palabra de Dios nos enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario llegar a compromisos, mientras los pecadores –es decir, ¡todos nosotros!– somos como enfermos, que necesitan ser curados, y para curarlos es necesario que el médico se les acerque, los visite, los toque. ¡Y naturalmente el enfermo, para ser sanado, debe reconocer que necesita del médico!
Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús toma partido por esta última. Jesús, libre de prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, la deja hacer. Él, el Santo de Dios, se deja tocar por ella sin temer ser contaminado. Jesús es libre, libre porque es cercano a Dios que es Padre misericordioso. Y esta cercanía a Dios, Padre misericordioso, da a Jesús la libertad. Es más, entrando en relación con la pecadora, Jesús pone fin a aquella condición de aislamiento a la que el juicio despiadado del fariseo y de sus conciudadanos –los cuales la explotaban– la condenaba: «Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7, 48). La mujer ahora puede ir «en paz». El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión; por eso delante a todos proclama: «Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7, 50). De una parte aquella hipocresía del doctor de la ley, de otra la sinceridad, la humildad y la fe de la mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero muchas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los demás y decimos: «Mira tu pecado?». Por el contrario, todos nosotros debemos mirar nuestro pecado, nuestras caídas, nuestras equivocaciones y mirar al Señor. Esta es la línea de la salvación: la relación entre «yo» pecador y el Señor. Si yo me considero justo, esta relación de salvación no se da.
En este momento, un asombro aún más grande invade a todos los comensales: «¿Quién es este que hasta perdona los pecados?» (Lc 7, 49). Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está ante los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.
La mujer pecadora nos enseña la relación entre fe, amor y agradecimiento. Le han sido perdonados «muchos pecados» y por esto ama mucho; por el contrario «a quien poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7, 47). Incluso el mismo Simón debe admitir que ama más quien ha sido perdonado más. Dios ha encerrado a todos en el mismo misterio de misericordia; y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: «En Él (Cristo) tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia» (Ef 1, 7-8). En este texto, el término «gracia» es prácticamente sinónimo de misericordia, y se dice que es «abundante», es decir, más allá de nuestra expectativa, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.
Queridos hermanos, ¡estemos muy agradecidos por el don de la fe, demos gracias al Señor por su amor tan grande e inmerecido! Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: de este amor se sacia el discípulo y sobre éste se funda; de este amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así, en el amor agradecido que derramamos a su vez sobre nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor.
HOMILÍA, Viernes 13 de marzo de 2015
Celebración de la penitencia. Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual.
También este año, en vísperas del cuarto domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la liturgia penitencial. Estamos unidos a muchos cristianos que hoy, en todas las partes del mundo, han acogido la invitación de vivir este momento como signo de la bondad del Señor. El sacramento de la Reconciliación, en efecto, nos permite acercarnos con confianza al Padre para tener la certeza de su perdón. Él es verdaderamente "rico en misericordia" y la extiende en abundancia sobre quienes recurren a Él con corazón sincero.
Estar aquí para experimentar su amor, en cualquier caso, es ante todo fruto de su gracia. Como nos ha recordado el apóstol Pablo, Dios nunca deja de mostrar la riqueza de su misericordia a lo largo de los siglos. La transformación del corazón que nos lleva a confesar nuestros pecados es "don de Dios". Nosotros solos no podemos. Poder confesar nuestros pecados es un don de Dios, es un regalo, es "obra suya" (cf. Ef 2, 8-10). Ser tocados con ternura por su mano y plasmados por su gracia nos permite, por lo tanto, acercarnos al sacerdote sin temor por nuestras culpas, pero con la certeza de ser acogidos por él en nombre de Dios y comprendidos a pesar de nuestras miserias; e incluso sin tener un abogado defensor: tenemos sólo uno, que dio su vida por nuestros pecados. Es Él quien, con el Padre, nos defiende siempre. Al salir del confesionario, percibiremos su fuerza que nos vuelve a dar la vida y restituye el entusiasmo de la fe. Después de la confesión renacemos.
El Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 7, 36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jesús, así como la percibió la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con insistencia dos palabras: amor y juicio.
Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresión de su afecto puro; y el ungüento perfumado que derrama abundantemente atestigua lo valioso que es Él ante sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Esta es una certeza hermosísima! Y Jesús le da esta certeza: acogiéndola le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora pública. El amor y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque "ha amado mucho" (Lc 7, 47); y ella adora a Jesús porque percibe que en Él hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor, a ella, que es una pecadora. Gracias a Jesús, Dios carga sobre sí sus muchos pecados, ya no los recuerda (cf. Is 43, 25). Porque también esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella ahora comienza un nuevo período; renace en el amor a una vida nueva.
Esta mujer encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad divina para recibir el perdón. Para ella no habrá ningún juicio si no el que viene de Dios, y este es el juicio de la misericordia. El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la justicia.
Simón, el dueño de casa, el fariseo, al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo está calculado, todo pensado... Él permanece inmóvil en el umbral de la formalidad. Es algo feo el amor formal, no se entiende. No es capaz de dar el paso sucesivo para ir al encuentro de Jesús que le trae la salvación. Simón se limitó a invitar a Jesús a comer, pero no lo acogió verdaderamente. En sus pensamientos invoca sólo la justicia y obrando así se equivoca. Su juicio acerca de la mujer lo aleja de la verdad y no le permite ni siquiera comprender quién es su huésped. Se detuvo en la superficie –en la formalidad–, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la parábola de Jesús y la pregunta sobre cuál de los servidores había amado más, el fariseo respondió correctamente: "Supongo que aquel a quien le perdonó más". Y Jesús no deja de hacerle notar: "Has juzgado rectamente" (Lc 7, 43). Sólo cuando el juicio de Simón se dirige al amor, entonces él está en lo correcto.
La llamada de Jesús nos impulsa a cada uno de nosotros a no detenerse jamás en la superficie de las cosas, sobre todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a centrarnos en el corazón para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen el camino para acceder a ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Cuanto más grande es el pecado, mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia quienes se convierten. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Con cuánto amor cura nuestro corazón pecador! Jamás se asusta de nuestros pecados. Pensemos en el hijo pródigo que, cuando decidió volver al padre, pensaba hacerle un discurso, pero el padre no lo dejó hablar, lo abrazó (cf. Lc 15, 17-24). Así es Jesús con nosotros. "Padre, tengo muchos pecados...". –"Pero Él estará contento si tú vas: ¡te abrazará con mucho amor! No tengas miedo".
Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: "Sed misericordiosos como el Padre" (cf. Lc 6, 36). Esto especialmente para los confesores: ¡mucha misericordia!
Este Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre. Encomiendo la organización de este Jubileo al Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su misión de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.
Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón. Encomendemos desde ahora este Año a la Madre de la misericordia, para que dirija su mirada sobre nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino penitencial, nuestro camino con el corazón abierto, durante un año, para recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.


DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo C. Undécimo domingo del Tiempo Ordinario.
Solo Dios perdona el pecado
1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2, 7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2, 10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5; Lc 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20, 21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2Co 5, 18). El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios" (2Co 5, 20).
La justificación
1987 La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos "la justicia de Dios por la fe en Jesucristo" (Rm 3, 22) y por el Bautismo (cf Rm 6, 3-4):
"Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rm 6, 8-11).
1988 Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia (cf 1 Co 12), sarmientos unidos a la Vid que es él mismo (cf Jn 15, 1-4):
"Por el Espíritu Santo participamos de Dios. Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de la naturaleza divina… Por eso, aquellos en quienes habita el Espíritu están divinizados" (S. Atanasio, ep. Serap. 1, 24).
1989 La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del evangelio: "Convertíos porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. "La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior (Cc. de Trento: DS 1528).
1990 La justificación separa al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación sigue a la iniciativa de la misericordia de Dios que ofrece el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y cura.
1991 La justificación es al mismo tiempo la acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina.
1992 La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS 1529):
"Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús" (Rm 3, 21-26).
1993 La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo guarda:
"Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de él" (Cc. de Trento: DS 1525).
1994 La justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo. S. Agustín afirma que "la justificación del impío es una obra más grande que la creación del cielo y de la tierra", porque "el cielo y la tierra pasarán, mientras la salvación y la justificación de los elegidos permanecerán" (ev. Jo. 72, 3). Dice incluso que la justificación de los pecadores supera a la creación de los ángeles en la justicia porque manifiesta una misericordia mayor.
1995 El Espíritu Santo es el maestro interior. Haciendo nacer al "hombre interior" (Rm 7, 22; Ef 3, 16), la justificación implica la santificación de todo el ser:
"Si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad… al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna" (Rm 6, 19. 22).
La purificación del corazón
2517 El corazón es la sede de la personalidad moral: "de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones" (Mt 15, 19). La lucha contra la codicia de la carne pasa por la purificación del corazón:
Mantente en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños pequeños que ignoran el mal destructor de la vida de los hombres (Hermas, mand. 2, 1).
2518 La sexta bienaventuranza proclama: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). Los "corazones limpios" designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm 4, 3-9; 2 Tm 2, 22), la castidad o rectitud sexual (cf 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef 4, 19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf Tt 1, 15; 1 Tm 1, 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe:
Los fieles deben creer los artículos del Símbolo "para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen" (S. Agustín, fid. et symb. 10, 25).
2519 A los "limpios de corazón" se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a él (cf 1 Co 13, 12; 1 Jn 3, 2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.
David y Natán
1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: "Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén."
1736 Todo acto directamente querido es imputable a su autor:
Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: "¿Qué has hecho?" (Gn 3, 13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2S 12, 7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.
2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12, 1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2, 24).
"Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros… Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo… Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras" (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2Co, 28, 3-4).

Se dice Credo.
Dicitur Credo.
Oración de los fieles
215. Nos hemos reunido aquí, hermanos, para conmemorar el misterio de nuestra redención; roguemos, por tanto, a Dios todopoderoso, para que todo el mundo se llene de bendiciones y de vida.
- Por todos los consagrados a Dios: para que, con su ayuda, puedan cumplir fielmente su propósito. Roguemos al Señor.
- Por la paz de los pueblos: para que, sin ninguna perturbación, puedan servirle en libertad de espíritu. Roguemos al Señor.
- Por los ancianos que viven en soledad o enfermedad: para que sean confortados por nuestra caridad fraterna. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, aquí congregados: para que sepamos usar de tal modo los bienes presentes, con los que Dios no deja de favorecernos, que merezcamos alcanzar los eternos. Roguemos al Señor.
Sé propicio, Señor, con tu pueblo suplicante, para que reciba con prontitud lo que te pide bajo tu inspiración. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Tú nos has dado, Señor, por medio de estos dones que te presentamos, el pan alimento del cuerpo y el sacramento que renueva nuestro espíritu; concédenos con bondad que siempre gocemos del auxilio de estos dones. Por Jesucristo nuestro Señor.
Super oblata
Deus, qui humáni géneris utrámque substántiam praeséntium múnerum et aliménto végetas et rénovas sacraménto, tríbue, quaesumus, ut eórum et corpóribus nostris subsídium non desit et méntibus. Per Christum.
PREFACIO I DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO.
El misterio pascual ha hecho de nosotros el pueblo de Dios
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Quien, por su misterio pascual, realizó la obra maravillosa de llamarnos del pecado y de la muerte al honor de ser estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad, para que, trasladados de las tinieblas a tu luz admirable, proclamemos ante el mundo tus maravillas.
Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO I DE DOMINICIS PER ANNUM.
De mysterio paschali et de populo Dei.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Cuius hoc miríficum fuit opus per paschále mystérium, ut de peccáto et mortis iugo ad hanc glóriam vocarémur, qua nunc genus eléctum, regále sacerdótium, gens sancta et acquisitiónis pópulus dicerémur, et tuas annuntiarémus ubíque virtútes, qui nos de ténebris ad tuum admirábile lumen vocásti.
Et ídeo cum Angelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia caeléstis exércitus, hymnum glóriae tuae cánimus, sine fine dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III.
Antífona de la comunión Sal 26, 4
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
O bien: Jn 17, 11
Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros -dice el Señor.
Antiphona ad communionem Ps 26, 4
Unum pétii a Dómino, hoc requíram, ut inhábitem in domo Dómini ómnibus diébus vitae meae.
Vel: Jn 17, 11
Pater sancte, serva eos in nómine tuo, quos dedísti mihi, ut sint unum sicut et nos, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Que esta comunión en tus misterios, Señor, expresión de nuestra unión contigo, realice la unidad de tu Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Post communionem
Haec tua, Dómine, sumpta sacra commúnio, sicut fidélium in te uniónem praesígnat, sic in Ecclésia tua unitátis operétur efféctum. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 13 de junio
M
emoria de san Antonio, presbítero y doctor de la Iglesia, el cual, nacido en Portugal, primero fue canónigo regular y después entró en la Orden recién fundada de los Hermanos Menores, para propagar la fe entre los pueblos de África, pero se dedicó a predicar por Italia y Francia, atrayendo a muchos a la verdadera doctrina. Escribió sermones notables por su doctrina y estilo, y por mandato de san Francisco enseñó teología a los hermanos, hasta que en Pádua descansó en el Señor (1231).
2. En la vía Ardeatina, a siete miliarios de la ciudad de Roma, santa Felícula, mártir (90).
3. En Alejandría, en Egipto, beato Aquíleo, obispo, insigne por su erudición, su fe, su vida y costumbres (312).
4. En Leucosia (hoy Nicosia), en la isla de Chipre, san Trifilio, obispo, que defendió enérgicamente la fe de Nicea y fue un orador excelente en su época, comentando espléndidamente el Cantar de los Cantares, como cuenta san Jerónimo (370).
5. En Abruzzo, san Ceteo o Peregrino, obispo de Amiterno, el cual, al invadir los lombardos la región, fue acusado de haber entregado la ciudad y le condenaron a ser arrojado a un río (c. 600).
6. En Alejandría, en Egipto, san Eulogio, obispo, célebre por su doctrina, al que el papa san Gregorio I Magno escribió varias cartas, diciendo de él: «no está lejos de mí el que está unido a mí» (c. 607).
7*. Cerca de Limoges, en Aquitania, san Salmodio, eremita (s. VII).
8*. En la región de Lyon, en la Galia, san Ragneberto, mártir, el cual, de origen noble y adornado de virtudes, se hizo odioso a Ebroino, maestro de palacio, quien lo envió al destierro y finalmente lo hizo asesinar (680).
9*. En el valle de Larboust, en los montes Pirineos, san Aventino, eremita y mártir, muerto, según la tradición, a manos de los sarracenos (s. VIII).
10. En Córdoba, en la provincia hispánica de Andalucía, san Fandila, presbítero y monje, que en la persecución bajo los sarracenos, en tiempo del emir Mohamed I fue degollado por su fe en Cristo (853).
11*. En el monasterio de Clairvaux, en Borgoña, beato Gerardo, monje, hermano de san Bernardo, que doctrinalmente preparado, demostró una especial sagacidad y criterio en el campo de la espiritualidad (1138).
12. En Hue, en Annam (hoy Vietnam), santos Agustín Phan Viet Huy y Nicolás Bui Viet The, mártires, los cuales, llevados primero por el miedo, profanaron la cruz, pero arrepentidos inmediatamente, solicitaron del emperador Minh Mang ser juzgados de nuevo como cristianos, siendo heridos mortalmente y arrojados, aún vivos, al mar desde una nave (1839).
13*. En la aldea de Naumowicze, cercana a Grodno, en Polonia (hoy Bielorrusia), beata María Ana Biernacka, madre de familia y mártir, que durante la ocupación militar en tiempo de guerra, se entregó a los soldados para salvar a su nuera encinta, siendo fusilada inmediatamente, alcanzando así la palma del martirio (1943).