jueves, 24 de noviembre de 2016

Visita y Comunión de los enfermos.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO I. VISITA Y COMUNIÓN DE LOS ENFERMOS

I. VISITA A LOS ENFERMOS

87. Todos los cristianos, participando en la solicitud y el amor de Cristo y de la Iglesia hacia los que sufren, deben preo­cuparse con gran esmero de los enfermos y, según cada caso, visitarlos, confortarlos en el Señor y ayudarlos fraternalmente en sus necesidades.

88. Pero de modo especial los párrocos y cuantos atienden a los enfermos traten de decirles palabras de fe, con las que pue­dan descubrir la significación de la enfermedad humana dentro del misterio de salvación; más aún, procuren exhortarles de forma que, iluminados por la fe, sepan unirse a Cristo doliente, y en último término, lleguen a santificar su enfermedad con la oración que les dará fuerzas para sobrellevar sus dolores. Procuren llevar gradualmente a los enfermos, según sea su es­tado, hacia una participación viva y frecuente de los sacramen­tos de Penitencia y Eucaristía y, sobre todo, hacia la recepción de la Unción y del Viático a su debido tiempo.

89. Conviene que los enfermos, bien sea solos, bien con sus familiares o con los que les atienden, sean conducidos a la ora­ción, tomándola primordialmente de la Sagrada Escritura, me­ditando aquellos pasajes que iluminan el misterio de la enfermedad humana en Cristo y en su obra, o también, tomando de los salmos y de otros textos fórmulas y sentimientos de súplica. Para lograr esto, ayúdenlos con los medios necesarios; más aún, procuren los sacerdotes orar algunas veces con los mismos en­fermos.

90. En su visita a los enfermos, el sacerdote, sirviéndose de los elementos más apropiados, y preparándola en fraterna con­versación con el enfermo, podrá componer una plegaria común a modo de breve celebración de la palabra de Dios. Acompañe a la lectura de la Biblia una plegaria tomada de los salmos, de otros textos oracionales o de las letanías; al final, bendiga al en­fermo, imponiéndole las manos si le parece oportuno.

II. LA COMUNIÓN DE LOS ENFERMOS

91. Los pastores de almas deben esmerarse en facilitar al máximo el acceso de los enfermos y ancianos a la Eucaristía, aun cuando su estado no sea grave ni haya peligro de muerte. Siempre que sea posible, déseles la comunión cada día, sobre todo durante el tiempo pascual. La comunión puede adminis­trarse a cualquier hora del día.

Observando lo que se dice más abajo en el n. 169, puede darse la Eucaristía bajo la sola especie de vino a los enfermos que no pueden recibirla bajo la especie de pan.

Los que asisten al enfermo pueden recibir la comunión junto con él, respetando lo establecido por el derecho.

92. Al llevar la sagrada Eucaristía para administrar la comunión fuera de la iglesia, deben llevarse las sagradas especies guardadas en un estuche u otro recipiente, según las costumbres y maneras propias de cada lugar.

93. Los que viven con el enfermo o los que los cuidan procu­ren preparar adecuadamente la habitación y provean una mesa cubierta con un mantel para colocar sobre ella el Sacramento. Dispóngase también, si es costumbre, un vaso con agua bendita y el hisopo o un ramo pequeño apto para la aspersión, y cirios sobre la mesa.