domingo, 1 de mayo de 2016

Domingo 5 junio 2016, X Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.

SOBRE LITURGIA

CEREMONIAL DE LOS OBISPOS
(14-septiembre-1984)

DESCRIPCIÓN DE LA CELEBRACIÓN

961. Estando reunido el pueblo, mientras se canta el canto de entrada, el Obispo y los presbíteros concelebrantes, los diáconos y ministros, revestidos cada uno con su vestidura, salen del secretarium, precedidos por el crucífero, y se dirigen hacia el presbiterio por la nave de la iglesia.
Cuando la procesión llega al presbiterio, el Obispo, omitido el beso del altar y su incensación, va directamente a la cátedra; los demás van a los puestos asignados (282).

962. Terminado el canto, el Obispo, dejados el báculo y la mitra, saluda al pueblo, diciendo: La gracia y la paz, u otras palabras adecuadas tomadas preferentemente de la Sagrada Escritura.
El pueblo responde: Y con tu espíritu, u otras palabras apropiadas (283).

963. Luego el Obispo bendice el agua para asperjar al pueblo en señal de penitencia y en recuerdo del bautismo, y para purificar los muros de la nueva iglesia u oratorio.
Los ministros llevan el recipiente con agua al Obispo, que está de pie en la cátedra.
El Obispo invita a todos a orar, diciendo: Queridos hermanos, o con otra invitación semejante a ésta.
Todos oran en silencio unos instantes.
Entonces el Obispo prosigue con la oración: Dios, Padre nuestro (284).

964. Terminada la invocación sobre el agua, el Obispo, acompañado por los diáconos, asperja con agua bendita al pueblo y los muros de la iglesia, pasando por la nave de la misma; de regreso al presbiterio, asperja el altar, a no ser que esté ya bendecido o dedicado.
Entretanto, se canta la antífona: He visto agua, o, en tiempo de Cuaresma: Cuando manifieste mi santidad, u otro canto adecuado.
Luego de la aspersión el Obispo regresa a la cátedra y, terminado el canto, dice de pie, con las manos juntas: Dios, Padre de misericordia (285).

965. Después se canta el himno: Gloria a Dios en el cielo, salvo en las Misas de los domingos o ferias del tiempo de Adviento o de Cuaresma.
En seguida el Obispo dice la oración colecta de la Misa (286).

966. La Misa prosigue de la manera acostumbrada. Sin embargo:
a) las lecturas se toman, según las rúbricas o de la liturgia del día o de los textos que se proponen en el Leccionario para la celebración de dedicación de una iglesia;
b) para el Evangelio no se llevan cirios ni incienso;
c) después del Evangelio el Obispo hace la homilía en la cual explica tanto las lecturas, como el sentido de la celebración;
d) el Credo se dice según las rúbricas;
e) la oración universal se hace según la forma ordinaria (287).

967. Luego el Obispo se acerca al altar, si éste se ha de bendecir.
Entretanto, se canta la antífona: Como renuevos de olivo, u otro canto adecuado.
Terminado el canto, el Obispo, de pie y sin mitra, habla a los fieles, diciendo: Queridos hermanos, nuestra comunidad, u otra monición semejante a ésta.
Y todos oran en silencio durante algunos instantes.
Luego el Obispo, con las manos extendidas, canta o dice en voz alta la oración: Bendito seas, Señor Dios.
Entonces el Obispo pone incienso en algunos incensarios, lo bendice e inciensa el altar.
Luego recibe la mitra, vuelve a la cátedra, es incensado y se sienta.
Los ministros, pasando por la nave de la iglesia, inciensan al pueblo y la nave (288).

968. Si acaso se ha de dedicar el altar, dicho el Credo, y omitida la oración universal, obsérvese lo que se dice en los nn. 943-950.
Pero si no se va a bendecir o dedicar el altar (por ejemplo, porque se ha trasladado a la iglesia nueva un altar ya bendecido o dedicado), después da la oración universal, la Misa prosigue como se dice en el n. 969 (289).

969. Terminada la oración universal, el Obispo se sienta y recibe la mitra.
Los ministros cubren el altar con el mantel y lo adornan con flores, según las circunstancias, colocan adecuadamente los candeleros con los cirios requeridos para la celebración de la Misa y la cruz, si es del caso.
Una vez preparado el altar, algunos fieles llevan el pan, el vino y el agua para celebrar el sacrificio del Señor. El Obispo recibe los dones en la cátedra.
Mientras se llevan los dones, conviene cantar la antífona: Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, o también: Consagró Moisés un altar al Señor, u otro canto adecuado (290).

970. Cuando todo está preparado, el Obispo va al altar, deja la mitra y lo besa.
La Misa prosigue como de costumbre; sin embargo, no se inciensan las ofrendas ni el altar.
Pero si en esta celebración el altar no hubiera sido bendecido o dedicado, la incensación se hace como de costumbre (291).
Si se ha de inaugurar la capilla del Santísimo Sacramento, terminada la Comunión, se hace como se describe en los nn. 910-913 (292).

971. El Obispo emplea para la bendición la fórmula que se propone en el Pontifical.
El diácono despide al pueblo como de costumbre (293).

(282) Ibidem, n. 8.
(283) Cf. ibidem, n. 9.
(284) Cf. ibidem, nn. 10-11.
(285) Cf. ibidem, nn. 12-13.
(286) Cf. ibidem, nn. 14-15.
(287) Cf. Misal Romano, Ordenación de las Lecturas de la Misa, n. 816. Cf. Pontifical Romano, Ritual de dedicación de una iglesia y un altar, capítulo V: Ritual de bendición de una iglesia, nn. 16-19.
(288) Cf. ibidem, nn. 20-21.
(289) Cf. ibidem, n. 22.
(290) Cf. ibidem, nn. 23-24.
(291) Ibidem, n. 25.
(292) Ibidem, n. 26.
(293) Cf. ibidem, nn. 27-28.

CALENDARIO

5 + X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
ve MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. III (o bien: vol. I (C) de las nuevas ediciones).
- 1 Re 17, 17-24. Mira, tu hijo está vivo.
- Sal 29. R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
- Gál 1, 11-19. Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles.
- Lc 7, 11-17. ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

La resurrección del muchacho de Naín resalta el poder salvador, vivificante de la palabra de Cristo (Ev.). Si Elías habla y actúa en nombre de Dios cuando clama para que le sea devuelta la vida al hijo de la pobre viuda (1a lect.), Cristo es él mismo Señor de la vida y de la muerte. Esta es la diferencia esencial entre el AT y el NT: en el AT la Palabra es hablada por los hombres, en el NT está presente entre los hombres. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, es necesaria la conversión y la fe para continuar el ministerio de la Palabra (2a lect.).

* Hoy no se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 6 de junio, pág. 351.

TEXTOS MISA

X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
DOMINICA X PER ANNUM
Antífona de entrada Sal 26, 1-2
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida: ¿quién me hará temblar? Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen.
Antiphona ad introitum Cf. Ps 26, 1-2
Dóminus illuminátio mea, et salus mea, quem timébo? Dóminus defénsor vitae meae, a quo trepidábo? Qui tríbulant me inimíci mei, ipsi infirmáti sunt.
Se dice Gloria. Dícitur Gloria in excelsis.
Oración colecta
Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, a quo bona cuncta procédunt, tuis largíre supplícibus, ut cogitémus, te inspiránte, quae recta sunt, et, te gubernánte, éadem faciámus. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Domingo de la X semana de Tiempo Ordinario, ciclo C.

PRIMERA LECTURA 1 Re 17, 17-24
Mira, tu hijo está vivo

Lectura del primer libro de los Reyes.

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; su mal fue agravándose hasta el punto de que no le
quedaba ya aliento. Entonces la viuda dijo a Elías:
«¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¡Has venido a recordarme mis faltas y a causar la muerte de mi hijo!».
Elías respondió:
«Entrégame a tu hijo».
Lo tomó de su regazo, lo subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho. Luego clamó al Señor, diciendo:
«Señor, Dios mío, ¿vas a hacer mal a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?».
Luego se tendió tres veces sobre el niño, y gritó al Señor:
«Señor, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a su cuerpo». El Señor escuchó el grito de Elías y el alma del niño volvió a su cuerpo y el niño volvió a la vida. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba al interior de la casa y se lo entregó a su madre, diciendo:
«Mira, tu hijo está vivo».
La mujer dijo a Elías:
«Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que la palabra del Señor está de verdad en tu boca».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b (R.: 2a)
R.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Exaltábo te, Domine, quóniam extraxísti me.

V. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Exaltábo te, Domine, quóniam extraxísti me.

V. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Exaltábo te, Domine, quóniam extraxísti me.

V. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Exaltábo te, Domine, quóniam extraxísti me.

SEGUNDA LECTURA Gál 1, 11-19
Reveló a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis oído hablar de mi pasada conducta en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad y de mi raza como defensor muy celoso de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles, no consulté con hombres ni subí a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, sino que, enseguida, me fui a Arabia, y volví a Damasco. 
Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para Conocer a Cefas, y permanecí quince días con él.
De los otros apóstoles no vi a ninguno, sino a Santiago, el hermano del Señor.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Lc 7, 16
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. Prophéta magnus surréxit in nobis, et Deus visitábit plebem suam.
R.

EVANGELIO Lc 7, 11-17
¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naín,
y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo:
«No llores».
Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo:
«Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
AUDIENCIA GENERAL. Miércoles 17 de junio de 2015.
Familia y muerte
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el itinerario de catequesis sobre la familia, hoy nos inspiramos directamente en el episodio narrado por el evangelista san Lucas, que acabamos de escuchar (cf. Lc 7, 11-15). Es una escena muy conmovedora, que nos muestra la compasión de Jesús hacia quien sufre –en este caso una viuda que perdió a su hijo único–; y nos muestra también el poder de Jesús sobre la muerte.
La muerte es una experiencia que toca a todas las familias, sin excepción. Forma parte de la vida; sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. Para los padres, vivir más tiempo que sus hijos es algo especialmente desgarrador, que contradice la naturaleza elemental de las relaciones que dan sentido a la familia misma. La pérdida de un hijo o de una hija es como si se detuviese el tiempo: se abre un abismo que traga el pasado y también el futuro. La muerte, que se lleva al hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor gozosamente entregados a la vida que hemos traído al mundo. Muchas veces vienen a misa a Santa Marta padres con la foto de un hijo, de una hija, niño, joven, y me dicen: Se marchó, se marchó. Y en la mirada se ve el dolor. La muerte afecta y cuando es un hijo afecta profundamente. Toda la familia queda como paralizada, enmudecida. Y algo similar sufre también el niño que queda solo, por la pérdida de uno de los padres, o de los dos. Esa pregunta: ¿Dónde está papá? ¿Dónde está mamá?. –Está en el cielo. –¿Por qué no la veo?. Esa pregunta expresa una angustia en el corazón del niño que queda solo. El vacío del abandono que se abre dentro de él es mucho más angustioso por el hecho de que no tiene ni siquiera la experiencia suficiente para dar un nombre a lo sucedido. ¿Cuándo regresa papá? ¿Cuándo regresa mamá?. ¿Qué se puede responder cuando el niño sufre? Así es la muerte en la familia.
En estos casos la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y al cual no sabemos dar explicación alguna. Y a veces se llega incluso a culpar a Dios. Cuánta gente –los comprendo– se enfada con Dios, blasfemia: ¿Por qué me quitó el hijo, la hija? ¡Dios no está, Dios no existe! ¿Por qué hizo esto?. Muchas veces hemos escuchado esto. Pero esa rabia es un poco lo que viene de un corazón con un dolor grande; la pérdida de un hijo o de una hija, del papá o de la mamá, es un gran dolor. Esto sucede continuamente en las familias. En estos casos, he dicho, la muerte es casi como un agujero. Pero la muerte física tiene cómplices que son incluso peores que ella, y que se llaman odio, envidia, soberbia, avaricia; en definitiva, el pecado del mundo que trabaja para la muerte y la hace aún más dolorosa e injusta. Los afectos familiares se presentan como las víctimas predestinadas e inermes de estos poderes auxiliares de la muerte, que acompañan la historia del hombre. Pensemos en la absurda normalidad con la cual, en ciertos momentos y en ciertos lugares, los hechos que añaden horror a la muerte son provocados por el odio y la indiferencia de otros seres humanos. Que el Señor nos libre de acostumbrarnos a esto.
En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, muchas familias demuestran con los hechos que la muerte no tiene la última palabra: esto es un auténtico acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto –incluso terrible– encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a quienes amamos, la fe impide a la muerte, ya ahora, llevarse todo. La oscuridad de la muerte se debe afrontar con un trabajo de amor más intenso. Dios mío, ilumina mi oscuridad, es la invocación de la liturgia de la tarde. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le ha confiado, nosotros podemos quitar a la muerte su aguijón, como decía el apóstol Pablo (1Co 15, 55); podemos impedir que envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro.
En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor venció la muerte una vez para siempre. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será enjugada, cuando ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor (Ap 21, 4). Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto puede generar una solidaridad de los vínculos familiares más fuerte, una nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad con las familias que nacen y renacen en la esperanza. Nacer y renacer en la esperanza, esto nos da la fe. Pero quisiera destacar la última frase del Evangelio que hemos escuchado hoy (cf. Lc 7, 11-15). Después que Jesús vuelve a dar la vida a ese joven, hijo de la mamá viuda, dice el Evangelio: Jesús se lo entregó a su madre. ¡Esta es nuestra esperanza! Todos nuestros seres queridos que ya se marcharon, el Señor nos los devolverá y nos encontraremos con ellos. Esta esperanza no defrauda. Recordemos bien este gesto de Jesús: Jesús se lo entregó a su madre, así hará el Señor con todos nuestros seres queridos en la familia.
Esta fe nos protege de la visión nihilista de la muerte, como también de las falsas consolaciones del mundo, de tal modo que la verdad cristiana no corra el peligro de mezclarse con mitologías de varios tipos, cediendo a los ritos de la superstición, antigua o moderna (cf. Benedicto XVI, Ángelus del 2.XI.08). Hoy es necesario que los pastores y todos los cristianos expresen de modo más concreto el sentido de la fe respecto a la experiencia familiar del luto. No se debe negar el derecho al llanto –tenemos que llorar en el luto–, también Jesús se echó a llorar y se conmovió en su espíritu por el grave luto de una familia que amaba (Jn 11, 33-37). Podemos más bien recurrir al testimonio sencillo y fuerte de tantas familias que supieron percibir, en el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos. El trabajo del amor de Dios es más fuerte que el trabajo de la muerte. Es de ese amor, es precisamente de ese amor, de cual debemos hacernos cómplices activos, con nuestra fe. Y recordemos el gesto de Jesús: Jesús se lo entregó a su madre, así hará con todos nuestros seres queridos y con nosotros cuando nos encontremos, cuando la muerte será definitivamente derrotada en nosotros. La cruz de Jesús derrota la muerte. Jesús nos devolverá a todos la familia.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo C. Décimo domingo del Tiempo Ordinario.
Resucitando a los muertos, Cristo anuncia su Resurrección.
646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1Co 15, 35-50).
994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; Jn 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del "signo de Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).
El sentido cristiano de la muerte asociado a la Resurrección.
1681 El sentido cristiano de la muerte es revelado a la luz del Misterio pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, en quien radica nuestra única esperanza. El cristiano que muere en Cristo Jesús "sale de este cuerpo para vivir con el Señor" (2 Co 5, 8).
Elías y la viuda.
2583 Después de haber aprendido la misericordia en su retirada al torrente de Kérit, aprende junto a la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la viuda (cf 1R 17, 7-24).
En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto "a la hora de la ofrenda de la tarde": "¡Respóndeme, Señor, respóndeme!" son las palabras de Elías que repiten exactamente las liturgias orientales en la epíclesis eucarística (cf 1R 18, 20-39).
Finalmente, repitiendo el camino del desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se recoge como Moisés "en la hendidura de la roca" hasta que "pasa" la presencia misteriosa de Dios (cf 1R 19, 1-14; Ex 33, 19-23). Pero solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de Dios está en la rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf 2Co 4, 6).
Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte.
2637 La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa 166-167
Llevar a los demás el amor de Cristo   
Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y el Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.
El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.
Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio. El trabajo bien acabado, que progresa y hace progresar, que tiene en cuenta los adelantos de la cultura y de la técnica, realiza una gran función, útil siempre a la humanidad entera, si nos mueve la generosidad, no el egoísmo, el bien de todos, no el provecho propio: si está lleno de sentido cristiano de la vida.
Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios: nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San Juan- en que amamos a los hermanos.
Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús. Sólo si miramos y contemplamos el Corazón de Cristo, conseguiremos que el nuestro se libere del odio y de la indiferencia; solamente así sabremos reaccionar de modo cristiano ante los sufrimientos ajenos, ante el dolor.
Recordad la escena que nos cuenta San Lucas, cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naím. Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo.
El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana.
Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre.
Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como algunos, que conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, no de la verdadera caridad de Jesucristo, que es cariño, calor humano. Con esto no doy pie a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazones -apartándolos de Dios-, y llevarlos a malas ocasiones y a la perdición.
(...) hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación.
Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón.
Quizá penséis ahora que a veces los cristianos -no los otros: tú y yo nos olvidamos de las aplicaciones más elementales de ese deber. Quizá penséis en tantas injusticias que no se remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se ponga en camino una solución desde la raíz.
No puedo, ni tengo por qué, proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa dice. Meditad en la escena del juicio, que el mismo Jesús ha descrito: apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y encarcelado, y no me visitasteis.
Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo-, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres.

Se dice Credo.
Dicitur Credo.
Oración de los fieles
214. Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
- Por la Iglesia santa, extendida por todo el mundo: para que obtenga la plenitud del amor de Dios y sea fiel a la misión que Cristo le ha encomendado. Roguemos al Señor.
- Por nuestra patria y por todas las naciones: para que crezca en ellas la concordia, la justicia, la libertad y la paz. Roguemos al Señor.
- Por los que sufren y padecen: para que el Señor venga en su socorro, los saque de la prueba y los confirme en la esperanza. Roguemos al Señor.
- Por los que estamos aquí reunidos en el Señor: para que sepamos amarnos mutuamente y tengamos un solo corazón. Roguemos al Señor.
Escucha, Dios de misericordia, las oraciones de tu Iglesia: líbrala de todo mal y protégela de todo peligro, a fin de que pueda servirte con entera libertad. Por Jes nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio, para que esta ofrenda te sean agradable y nos haga crecer en el amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Réspice, Dómine, quaesumus, nostram propítius servitútem, ut quod offérimus sit tibi munus accéptum, et nostrae caritátis augméntum. Per Christum.
PLEGARIA EUCARÍSTICA IV.
Antífona de comunión Sal 17, 3
Señor, mi roca, mi alcazar, mi libertador; Dios mío, peña mía.
O bien: 1 Jn 4, 16
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
Antiphona ad communionem Ps 17, 3
Dóminus firmaméntum meum, et refúgium meum, et liberátor meus. Deus meus adiútor meus.
Vel: 1 Jn 4, 16
Deus cáritas est, et qui manet in caritáte in Deo manet et Deus in eo.
Oración después de la comunión
Padre de misericordia, que la fuerza curativa de tu Espíritu en este sacramento, sane nuestras maldades y nos conduzca por el camino del bien. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Tua nos, Dómine, medicinális operátio, et a nostris perversitátibus cleménter expédiat, et ad ea quae sunt recta perdúcat. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 6 de junio
S
an Norberto, obispo
, hombre de costumbres austeras y dado enteramente a la unión con Dios y a la predicación del Evangelio, que fundó cerca de Laon, en Francia, la Orden Premonstratense de Canónigos Regulares, y luego, designado obispo de Magdeburgo, en Sajonia, se mostró pastor eximio, reformando la vida cristiana y trabajando para difundir la fe entre las poblaciones vecinas (1134).
2. En Roma, en la vía Aurelia, a dos miliarios de la ciudad, santos Artemio y Paulina, mártires (302).
3. En Scete, en Egipto, san Besarión, anacoreta, que por amor de Dios se comportó como mendigo y peregrino (s. IV).
4*. En Grenoble, en Burgundia, san Ceracio, obispo, que escribió al papa san León I para darle las gracias por su escrito a Flaviano, y preservó a su grey del contagio de la herejía (c. 452).
5. En Milán, en la provincia de Liguria, san Eustorgio II, obispo, que conocido por su piedad, justicia y demás virtudes propias de un pastor, edificó un magnífico baptisterio (518).
6*. En Hibernia (hoy Irlanda), san Jarlato, obispo (550).
7. En el monte Jura, san Claudio, a quien se considera como obispo y abad del monasterio de Condat (c. 703).
8. En la región de Bolonia, en la Emilia, tránsito de san Alejandro, obispo de Fiésole, el cual, de regreso de la ciudad de Pavía, a la que había ido para reclamar ante el rey de los longobardos los bienes de su iglesia, retenidos por usurpadores, estos lo ahogaron arrojándole a un río (823).
9. En Constantinopla, san Hilarión, presbítero y hegúmeno del monasterio llamado de Dalmacio, que, por defender el culto de las sagradas imágenes, hubo de soportar la cárcel, los azotes y el exilio (845).
10*. En las islas Orcadas, próximas a Escocia, san Colman, obispo (c. 1010).
11*. En el monasterio de Cava, en la Campania, beato Falcón, abad (1146).
12*. En Arvernia, en Aquitania, san Gilberto, abad de la Orden Premonstratense, quien, después de haber vivido como eremita, fundó el monasterio y el hospital de Neufontaines (1152).
13*. En Udine, en la región de Venecia, beato Bertrando, obispo de Aquileia y mártir, que trabajó en la formación de su clero, alimentó con sus bienes a los pobres en tiempo de escasez, defendió con tesón los derechos de la Iglesia y, ya nonagenario, fue víctima de unos sicarios (1350).
14*. En Ortona, en el Abruzo, beato Lorenzo de Villamagna de Másculis, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, ilustre por su celo en predicar la palabra de Dios (1535).
15*. En Londres, en Inglaterra, beato Guillermo Greenwood, mártir, de la cartuja de esa ciudad, que por su tenaz fidelidad a la Iglesia, en tiempo de Enrique VIII consumó su martirio por la cárcel, el hambre y la enfermedad (1537).
16. En Saint-Chamond, en la región de Lyon, en Francia, san Marcelino Champagnat, presbítero de la Sociedad de María, que fundó el Instituto de los Hermanos Maristas, para la formación cristiana de los niños (1840).
17. En la ciudad de Luong My, en Tonquín, santos mártires Pedro Dung y Pedro Thuan, pescadores, y Vicente Duong, agricultor, que, en tiempo del emperador Tu Duc, por negarse a pisotear la cruz fueron condenados a la hoguera (1862).
18*. En Ciudad de México, tránsito del beato Rafael Guizar Valencia, obispo de Veracruz, en México, que durante el tiempo de persecución estuvo desterrado o ejerció su ministerio episcopal de modo clandestino (1938).
19*. En Sachsenhausen, en Alemania, beato Inocencio Guz, presbítero, de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales y mártir, el cual, siendo oriundo de Polonia, durante la ocupación militar de su patria por un régimen contrario a la religión y a los hombres, fue asesinado por los guardias del campo de concentración a causa de su fe en Cristo (1940).