jueves, 31 de diciembre de 2015

Jueves 4 febrero 2016, Lecturas Jueves IV semana del Tiempo Ordinario, año par.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Jueves de la IV semana del Tiempo Ordinario, año par (Lec. III-par).

PRIMERA LECTURA 1 Re 2, 1-4. 10-12
Yo emprendo el camino de todos. Ten valor, Salomón, y sé hombre
Lectura del primer libro de los Reyes.

Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo:
“Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”».
David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial 1 Crón 29, 10be. 11abc. 11d-12a. 12Bcd (R.: 12b)
R.
Tú eres Señor del universo. Tu, Dómine, domináris ómnia.

V. Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. R.
Tú eres Señor del universo. Tu, Dómine, domináris ómnia.

V. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. R.
Tú eres Señor del universo. Tu, Dómine, domináris ómnia.

V. Tú eres rey y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria. R.
Tú eres Señor del universo. Tu, Dómine, domináris ómnia.

V. Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. R.
Tú eres Señor del universo. Tu, Dómine, domináris ómnia.

Aleluya Mc 1, 15
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio. Appropinquávit regnum Dei; pænitémini et crédite Evangélio.
R.

EVANGELIO Mc 6, 7-13
Los fue enviando

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. y decía:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Beda, in Marcum, 2, 24
Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica, que ha de estar seguro de que no ha de faltarle lo necesario a la vida, aunque él no pueda procurárselo, puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas por ocuparse de las temporales.

Ordenación General del Misal Romano, 1-54.

SOBRE LITURGIA

De la Ordenación General del Misal Romano

INTRODUCCIÓN
1. El Señor, cuando iba a celebrar la cena pascual con sus discípulos en la que instituyó el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, mandó preparar una sala grande, ya dispuesta (Lc 22, 12). La Iglesia se ha considerado siempre comprometida por este mandato, al ir estableciendo normas para la celebración de la Eucaristía relativas a la disposición de las personas, de los lugares, de los ritos y de los textos. Tanto las normas actuales, que han sido promulgadas basándose en la autoridad del Concilio Ecuménico Vaticano II, como el nuevo Misal que en adelante empleará la Iglesia de Rito romano para la celebración de la Misa, constituyen una nueva demostración de este interés de la Iglesia, de su fe y de su amor inalterable al sublime misterio eucarístico, y testifican su tradición continua y homogénea, a pesar de algunas innovaciones que han sido introducidas.

La Iglesia ha recibido del mismo Cristo, por tradición apostólica, la potestad de disponer todo lo necesario para la celebración de la Eucaristía. El actual Misal es fiel a esa tradición, y con la reforma impulsada por el Concilio Vaticano II.

Testimonio de fe inalterada
2. El Concilio Vaticano II ha vuelto a afirmar la naturaleza sacrificial de la Misa, solemnemente proclamada por el Concilio de Trento en consonancia con toda la tradición de la Iglesia[1]; suyas son estas significativas palabras acerca de la Misa: «Nuestro Salvador, en la última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección»[2].
Lo que enseña el Concilio, aparece continuamente en las fórmulas de la Misa. En efecto, la doctrina que el antiguo Sacramentario Leoniano expresaba en la fórmula: «Cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención»[3], aparece de modo claro y preciso en las Plegarias eucarísticas; en ellas, el sacerdote, a la vez que realiza la «anámnesis», se dirige a Dios en nombre de todo el pueblo, le da gracias y le ofrece el sacrificio vivo y santo, a saber: la oblación de la Iglesia y la Víctima por cuya inmolación el mismo Dios quiso devolvernos su amistad[4]; y pide que el Cuerpo y Sangre de Cristo sean sacrificio agradable al Padre y salvación para todo el mundo[5].
De este modo, en el nuevo Misal, la lex orandi de la Iglesia responde a su perenne lex credendi, la cual nos recuerda que, salvo el modo diverso de ofrecer, constituyen un mismo y único sacrificio el de la cruz y su renovación sacramental en la Misa, instituida por el Señor en la última Cena con el mandato conferido a los Apóstoles de celebrarla en su conmemoración; y que, consiguientemente, la Misa es al mismo tiempo sacrificio de alabanza, de acción de gracias, propiciatorio y satisfactorio.

El carácter sacrificial de la Misa, enseñado por el último Concilio -en línea con una inalterable tradición de la Iglesia- se debe a su identidad con el sacrificio de la cruz, que el mismo Cristo mandó perpetuar a los Apóstoles como memorial eucarístico. El nuevo Misal tiene este único fundamento teológico, como no podía ser de otra manera. 

3. El misterio admirable de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, reafirmado por el Concilio Vaticano II [6] y otros documentos del Magisterio de la Iglesia [7] en el mismo sentido y con los mismos términos que el Concilio de Trento lo declaró materia de fe [8], se ve expresado también en la celebración de la Misa por las palabras de la consagración que hacen presente a Cristo por la transubstanciación, y, además, por los signos de suma reverencia y adoración que tienen lugar en la Liturgia eucarística. Tal es el motivo de impulsar al pueblo cristiano a que ofrezca especial tributo de adoración a este admirable Sacramento en el día del Jueves Santo y en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Lo que da sentido a todos los elementos de la Liturgia eucarística es de manera primordial la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y, por ello, la manifestación a que mueve la Iglesia a todos sus fieles es, en primer lugar, la adoración.

4. La naturaleza del sacerdocio ministerial, propia del Obispo y del presbítero, que in persona Christi ofrecen el sacrificio y presiden la asamblea del pueblo santo, queda esclarecida en la disposición del mismo rito por la preeminencia del lugar reservado al sacerdote y por la función que desempeña. El contenido de esta función se ve expresado con particular claridad y amplitud en el prefacio de la Misa crismal del Jueves Santo, día en que se conmemora la institución del sacerdocio. En dicho prefacio se declara la transmisión de la potestad sacerdotal por la imposición de las manos, enumerándose cada uno de los cometidos de esta potestad, que es continuación de la de Cristo, Sumo Pontífice del Nuevo Testamento.

Se refiere este texto al prefacio de la Misa crismal, que dice: "Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos". Describe muy bien las funciones litúrgicas de los sacerdotes.

5. Pero hay algo distinto y muy digno de estima que se capta a partir de esta naturaleza del sacerdocio ministerial: es el sacerdocio real de los fieles, cuya ofrenda espiritual se consuma en la unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador, por el ministerio del Obispo y de los presbíteros [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 2.]. La celebración eucarística, en efecto, es acción de la Iglesia universal, y en ella habrá de realizar cada uno todo y sólo lo que de hecho le compete conforme al grado en que se encuentra situado dentro del pueblo de Dios. De aquí la necesidad de prestar una particular atención a determinados aspectos de la celebración que en el decurso de los siglos no han sido tenidos muy en cuenta. Se trata nada menos que del pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el Señor, que lo alimenta con su palabra; pueblo que ha recibido el llamamiento de presentar a Dios todas las peticiones de la familia humana; pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio; pueblo finalmente que por la Comunión de su Cuerpo y Sangre se consolida en la unidad. Y este pueblo, aunque sea santo por su origen, sin embargo, crece de continuo en santidad por la participación consciente, activa y fructuosa en el misterio eucarístico [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 11.].

Un aspecto ciertamente novedoso, a partir de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II, es la función que desempeña en la celebración el pueblo de Dios. Esa participación activa será señalada en las normas y ritos de la Misa.

Una tradición ininterrumpida
6. Al establecer las normas a seguir en la revisión del Ordinario de la Misa, el Concilio Vaticano II determinó, entre otras cosas, que algunos ritos «fueran restablecidos conforme a la primitiva norma de los santos Padres»[Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 50], haciendo uso de las mismas palabras empleadas por san Pío V en la Constitución Apostólica Quo primum al promulgar en 1570 el Misal Tridentino. El que ambos Misales Romanos convengan en las mismas palabras puede ayudar a comprender cómo, pese a mediar entre ellos una distancia de cuatro siglos, ambos recogen una misma tradición. Y si se analiza el contenido interior de esta tradición, se ve también con cuánto acierto el nuevo Misal completa al anterior.

La Tradición de los santos Padres es la que da continuidad a toda la Liturgia de la Misa a lo largo de los siglos.

7. En aquellos momentos difíciles, en que se ponía en crisis la fe católica acerca de la naturaleza sacrificial de la Misa, del sacerdocio ministerial y de la presencia real y permanente de Cristo bajo las especies eucarísticas, lo que san Pío V se propuso en primer término fue salvaguardar los últimos pasos de una tradición atacada sin verdadera razón, y, por este motivo, sólo se introdujeron pequeñísimos cambios en el rito sagrado. En realidad, el Misal promulgado en 1570 apenas se diferencia del primer Misal que apareció impreso en 1474, el cual, a su vez, reproduce fielmente el Misal de la época de Inocencio III. Se dio el caso, además, de que los códices de la Biblioteca Vaticana sirvieron para corregir algunas expresiones, pero esta investigación de «antiguos y probados autores» se redujo a los comentarios litúrgicos de la Edad Media.

El Misal de san Pio V tuvo muy pocas variaciones respecto al que se usaba dos siglos antes, motivado en gran parte por fidelidad a una tradición, atacada por la reforma protestante, que negaba la naturaleza sacrificial de la Misa.

8. Hoy, en cambio, la «norma de los santos Padres», que trataron de seguir aquellos que propusieron las enmiendas del Misal de san Pío V, se ha visto enriquecida con numerosísimos trabajos de investigación. Al Sacramentario llamado Gregoriano, editado por primera vez en 1571, han seguido los antiguos Sacramentarios Romanos y Ambrosianos, repetidas veces publicados en edición crítica, así como los antiguos libros litúrgicos de España y de las Galias, que han aportado muchísimas oraciones de gran belleza espiritual, ignoradas anteriormente.
Hoy, gracias al hallazgo de tantos documentos litúrgicos se conocen mejor las tradiciones de los primitivos siglos, anteriores a la constitución de los ritos de Oriente y de Occidente.
Además, con los progresivos estudios de los santos Padres, la teología del misterio eucarístico ha recibido nuevos esclarecimientos, provenientes de la doctrina de los más ilustres Padres de la antigüedad cristiana, como san Ireneo, san Ambrosio, san Cirilo de Jerusalén, san Juan Crisóstomo.

El Misal actual es fruto de un conocimiento más profundo de las fuentes litúrgicas antiguas y de los Padres que han salido a la luz después del siglo XVI.

9. Por tanto, la «norma de los santos Padres» pide algo más que la conservación del legado transmitido por nuestros inmediatos predecesores; exige abarcar y estudiar a fondo todo el pasado de la Iglesia y todas las formas de expresión que la fe única ha tenido en contextos humanos y culturales tan diferentes entre sí, como pueden ser los correspondientes a las regiones semíticas, griegas y latinas. Con esta perspectiva más amplia, hoy podemos ver cómo el Espíritu Santo suscita en el pueblo de Dios una fidelidad admirable en conservar inmutable el depósito de la fe en medio de tanta variedad de ritos y oraciones.

El Misal Romano actual es fruto de una tradición más amplia y más genuina, una fidelidad al depósito de la fe que se fundamenta en la la catolicidad -universalidad- de la Iglesia.

Acomodación a una situación nueva
10. El nuevo Misal, que testifica la "lex orandi" de la Iglesia Romana y conserva el depósito de la fe transmitido en los últimos Concilios, supone al mismo tiempo un paso importantísimo en la tradición litúrgica.
Es verdad que los Padres del Concilio Vaticano II reiteraron las afirmaciones dogmáticas del Concilio de Trento; pero tuvieron que hablar en un momento histórico muy distinto, y por ello hubieron de aportar planes y orientaciones pastorales totalmente imprevisibles hace cuatro siglos.

Hay una nueva visión pastoral, aportada por el Concilio Vaticano II, que subyace en el Misal vigente.

11. El Concilio de Trento ya había caído en la cuenta de la utilidad del gran caudal catequético de la Misa; pero no le fue posible descender a todas las consecuencias de orden práctico. De hecho, muchos deseaban, ya entonces, que se permitiera emplear la lengua del pueblo en la celebración eucarística. Pero el Concilio, teniendo en cuenta las circunstancias que concurrían en aquellos momentos, se creyó en la obligación de volver a inculcar la doctrina tradicional de la Iglesia, según la cual el sacrificio eucarístico es, ante todo, acción de Cristo mismo, y, por tanto, su eficacia intrínseca no se ve afectada por el modo de participar seguido por los fieles. En consecuencia, se expresó de modo firme y moderado con estas palabras: «Aunque la Misa contiene mucha materia de instrucción para el pueblo, sin embargo, no pareció conveniente a los Padres que, como norma general, se celebrase en lengua vulgar» [CONC. ECUM. DE TRENTO, Sesión XXII, Doctr. sobre el santo sacrificio de la Misa, cap. 8: DS 1749]. Condenó, además, al que juzgase «ser reprobable el rito de la Iglesia Romana por el cual la parte correspondiente al canon y las palabras de la consagración se pronuncian en voz baja; o que la Misa exige ser celebrada en lengua vulgar» [Ibidem, can. 9: DS 1759]. Y, no obstante, si por un motivo prohibía el uso de la lengua vernácula en la Misa, por otro, en cambio, mandaba que los pastores de almas procurasen suplirlo con la oportuna catequesis: «A fin de que las ovejas de Cristo no padezcan hambre..., manda el santo Sínodo a los pastores y a cuantos tienen cura de almas que frecuentemente en la celebración de la Misa, bien por sí, bien por medio de otros, hagan una exposición sobre algo de lo que en la Misa se lee, y, además, expliquen alguno de los misterios de este santísimo sacrificio, principalmente en los domingos y días festivos» [Ibidem, cap. 8: DS 1749].

Ya el Concilio de Trento afirmaba el gran valor catequético para los fieles que comporta la celebración litúrgica.

12. El Concilio Vaticano II, congregado precisamente para adaptar la Iglesia a las necesidades que su cometido apostólico encuentra en estos tiempos, prestó una detenida atención carácter didáctico y pastoral de la sagrada Liturgia [Cf. CONC. ECUM. VAT. lI, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33], lo mismo que el Concilio de Trento. Aunque ningún católico negaba la legitimidad y eficacia del sagrado rito celebrado en latín, no obstante, se encontró en condiciones de reconocer que «frecuentemente el empleo de la lengua vernácula puede ser de gran utilidad para el pueblo», y autorizó dicho empleo [lbidem, n. 36]. El interés con que en todas partes se acogió esta determinación fue muy grande, y así, bajo la dirección de los Obispos y de la misma Sede Apostólica, ha podido llegarse a que se realicen en lengua vernácula todas las celebraciones litúrgicas en las que el pueblo participa, con el consiguiente conocimiento mayor del misterio celebrado.

La introducción de las lenguas vernáculas en la Liturgia ha permitido una mayor conocimiento y participación por parte del pueblo.

13. Aunque el uso de la lengua vernácula en la sagrada Liturgia es un instrumento de suma importancia para expresar más abiertamente la catequesis del misterio contenida en la celebración, el Concilio Vaticano II advirtió también que debían ponerse en práctica algunas prescripciones del Tridentino no en todas partes acatadas, como la homilía en los domingos y días festivos [Cf. CONC. ECUM. VAT. lI, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 52], y la posibilidad de intercalar moniciones entre los mismos ritos sagrados [Ibidem, n. 35, 3]Con mayor interés aún, el Concilio Vaticano II, consecuente en presentar como «el modo más perfecto de participación aquél en que los fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del Señor consagrado en la misma Misa»[Ibidem, n. 55.], exhorta a llevar a la práctica otro deseo ya formulado por los Padres del Tridentino: que para participar de un modo más pleno «en la Misa no se contenten los fieles con comulgar espiritualmente, sino que reciban sacramentalmente la Comunión eucarística»[CONC. ECUM. DE TRENTO, Sesión XXII, Doctr. sobre el santo sacrificio de la Misa, cap. 6: DS 1747].

En orden a la mayor participación de los fieles el último Concilio lleva a cabo otras orientaciones del Concilio de Trento: la homilía en domingos y solemnidades, las moniciones durante la celebración, y la comunión dentro de la Misa.

14. Movido por el mismo espíritu y por el mismo interés pastoral del Tridentino, el Concilio Vaticano II pudo abordar desde un punto de vista distinto lo establecido por aquél acerca de la comunión bajo las dos especies. Al no haber hoy quien ponga en duda los principios doctrinales del valor pleno de la comunión eucarística recibida bajo la sola especie de pan, permitió en algunos casos la comunión bajo ambas especies, a saber, siempre que por esta más clara manifestación del signo sacramental los fieles tengan ocasión de captar mejor el misterio en el que participan [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 55].

La comunión bajo las dos especies expresa mejor el significado del misterio celebrado en la Eucaristía, siempre que no se pongan en duda los principios doctrinales del valor pleno de la comunión bajo una sola especie.

15. De esta manera, la Iglesia, que conservando «lo antiguo», es decir, el depósito de la tradición, permanece fiel a su misión de ser maestra de la verdad, cumple también con su deber de examinar y emplear prudentemente «lo nuevo» (cf. Mt 13, 52).
Así, una parte del nuevo Misal presenta unas oraciones de la Iglesia más abiertamente orientadas a las necesidades actuales; tales son, principalmente, las Misas rituales y por diversas necesidades, en las que oportunamente se combinan lo tradicional y lo nuevo. Mientras que algunas expresiones provenientes de la más antigua tradición de la Iglesia han permanecido intactas, como puede verse por el mismo Misal Romano, reeditado tantas veces, otras muchas expresiones han sido acomodadas a las actuales necesidades y circunstancias, y otras, en cambio, como las oraciones por la Iglesia, por los laicos, por la santificación del trabajo humano, por la comunidad de naciones, por algunas necesidades peculiares de nuestro tiempo, han sido elaboradas íntegramente, tomando ideas y hasta las mismas expresiones muchas veces de los recientes documentos conciliares.
Al hacer uso de los textos de una tradición antiquísima, teniendo también en cuenta la nueva situación del mundo, según hoy se presenta, se han podido cambiar ciertas expresiones, sin que aparezca como menosprecio a tan venerable tesoro, con el fin de acomodarlas al lenguaje teológico actual y a la presente disciplina de la Iglesia. Por ejemplo, han sido modificadas algunas de las relativas a la consideración y uso de los bienes terrenos y otras que se refieren a cierta forma de penitencia corporal, propias de otros tiempos.
Se ve, pues, cómo las normas litúrgicas del Concilio de Trento han sido en gran parte completadas y perfeccionadas por las del Vaticano II, que condujo a término los esfuerzos para conseguir un mayor acercamiento de los fieles a la Liturgia, esfuerzos realizados a lo largo de cuatro siglos, y sobre todo en los últimos tiempos, debido principalmente al interés por la Liturgia que suscitaron san Pío X y sus sucesores.

El Misal Romano vigente es fruto de la riqueza de la tradición litúrgica más antigua adaptada a las nuevas situaciones pastorales del mundo actual. 

CAPÍTULO I
IMPORTANCIA Y DIGNIDAD DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
16. La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 41; Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 11; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, nn. 2, 5, 6; Decr. sobre el oficio pastoral de los Obispos, Christus Dominus, n. 30; Decr. sobre el Ecumenismo, Unitatis redintegratio, n. 15; S. CONGR. DE RITOS, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, nn. 3 e, 6: A.A.S. 59 (1967), pp. 542, 544-545], ya que en ella se culmina la acción con que Dios santifica al mundo en Cristo, y el culto que los hombres tributan al Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios, en el Espíritu Santo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n.10]. Además, de tal modo se recuerdan en ella los misterios de la Redención a lo largo del año, que, en cierto modo, se nos hacen presentes [Cf. ibidem, n. 102]. Todas las demás acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 10; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5].

Se afirma aquí el valor central de la participación en la Misa para la vida de la Iglesia y de cada cristiano por ser la acción permanente, en la historia, del ejercicio del sacerdocio de Cristo y manifestación de su presencia entre los hombres.

17. Es, por tanto, de sumo interés que de tal modo se ordene la celebración de la Misa o Cena del Señor que ministros sagrados y fieles, participando cada uno según su condición, reciban de ella con más plenitud los frutos [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 14, 19, 26, 28, 30] para cuya consecución instituyó Cristo nuestro Señor el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre y confió este sacrificio, como un memorial de su pasión y resurrección, a la Iglesia, su amada Esposa [Cf. ibidem, n. 47].

La Ordenación General del Misal Romano tiene como finalidad ordenar todo lo relacionado con el sacrificio eucarístico de tal manera que todos los fieles puedan recibir con abundancia sus frutos.

18. Todo esto se podrá conseguir si, mirando a la naturaleza y demás circunstancias de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone de modo que favorezca la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la que la Iglesia desea, la que reclama su misma naturaleza y a la que tiene derecho y deber, el pueblo cristiano, por fuerza del bautismo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 14].

El concepto de participación de los fieles querido por la Iglesia tiene su fundamento en el ejercicio de la tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

19. Aunque en algunas ocasiones no es posible la presencia y la activa participación de los fieles, cosas ambas que manifiestan mejor que ninguna otra la naturaleza eclesial de la acción litúrgica [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 41], sin embargo, la celebración eucarística no pierde por ello su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la Iglesia, en la que el sacerdote cumple su principal ministerio y obra siempre por la salvación del pueblo.
Se le recomienda, por eso, que celebre el sacrificio eucarístico, incluso diariamente, en cuanto sea posible [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 13; Código de Derecho Canónico, can. 904].

Para el sacerdote, la celebración de la santa Misa prevalece sobre la asistencia de fieles.

20. Y, puesto que la celebración eucarística, como toda la Liturgia, se realiza por signos sensibles, con los que la fe se alimenta, se robustece y se expresa [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 59], se debe poner todo el esmero posible para que sean seleccionadas y ordenadas aquellas formas y elementos propuestos por la Iglesia que, según las circunstancias de personas y lugares, favorezcan más directamente la activa y plena participación de los fieles, y respondan mejor a su aprovechamiento espiritual.

En la Misa, la participación y el aprovechamiento espiritual de los fieles es el criterio fundamental que ha de ordenar la selección de los distintos elementos de la celebración.

21. De ahí que esta Ordenación general mire, por un lado, a exponer las directrices generales, según las cuales quede bien ordenada la celebración de la Eucaristía, y, por otro, a proponer las normas a las que habrá de acomodarse cada una de las formas de celebración [Respecto a las celebraciones peculiares de la Misa obsérvese lo establecido: cf. Misas para grupos particulares: S. CONGR. PARA EL CULTO DIVINO, lnstr. Actio pastoralis, del 15 de mayo de 1969: A.A.S. 61 (1969), pp. 806-811; para Misas con niños: Directorio de Misas con niños, del 1 de noviembre de 1973: A.A.S. 66 (1974), pp. 30-46; para unir las Horas del Oficio con la Misa: Ordenación general de la Liturgia de las Horas, nn. 93-98; para unir algunas bendiciones y la coronación de una imagen de la Virgen María con la Misa: RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Orientaciones generales, n. 28; Ritual de coronación de una imagen de la Virgen María, nn. 10 y 14].

La Ordenación General del Misal regula dos aspectos de la Misa: las directrices generales por las que se rige toda celebración, y las normas a las que ha de acomodarse cada una.

22. Es de suma importancia la celebración de la Eucaristía en la Iglesia particular. En efecto, el Obispo diocesano, en cuanto primer dispensador de los misterios de Dios, es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica en la Iglesia particular a él confiada [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el oficio pastoral de los Obispos, Christus Dominus, n. 15; cf. también Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 41]. El misterio de la Iglesia se pone de manifiesto en las celebraciones que se realizan, presididas por él, sobre todo en la celebración eucarística que él realiza con la participación del presbiterio, los diáconos y el pueblo. Por eso, estas celebraciones solemnes de la Eucaristía han de ser ejemplares para toda la diócesis.
A él le corresponde procurar que los presbíteros, los diáconos y los fieles laicos consigan siempre una inteligencia profunda del genuino sentido de los ritos y de los textos litúrgicos, y se vean de este modo atraídos hacia una consciente y fructuosa celebración de la Eucaristía. Para conseguir este mismo fin, cuide de incrementar la dignidad de esas celebraciones, a lo cual contribuye no poco la belleza del lugar sagrado, de la música y del arte.

El Obispo diocesano es el moderador de toda la Liturgia en su diócesis. Es por tanto de suma importancia que las celebraciones presididas por él con participación del pueblo sean ejemplares y modelo del "ars celebrandi". 

23. En esta Ordenación general y en el Ordinario de la Misa se exponen algunas acomodaciones y adaptaciones para que la celebración responda más plenamente a las prescripciones y al espíritu de la sagrada Liturgia, y aumente su eficacia pastoral.

24. Tales adaptaciones consisten, por lo general, en la elección de algunos ritos y textos, es decir, cantos, lecturas, oraciones, moniciones y gestos, que mejor respondan a las necesidades, preparación e idiosincrasia de los participantes y cuya aplicación corresponde al sacerdote celebrante. Recuerde, sin embargo, que él se halla al servicio de la sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar ni cambiar nada según su propio gusto en la celebración de la Misa [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 22].

25. Además, en el Misal se indican en su lugar algunas adaptaciones que competen, según la Constitución sobre la sagrada Liturgia, al Obispo diocesano o a la Conferencia de los Obispos [Cf. también CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia. Sacrosanctum Concilium, nn. 38, 40; PABLO VI , Const. Ap. Missale Romanum, supra.] (cf. nn. 387, 388-393).

26. Respecto a las variaciones y adaptaciones de más relieve, que sea preciso introducir para que la liturgia responda a las tradiciones e idiosincrasia de los pueblos y regiones, a tenor del artículo 40 de la Constitución de la Sagrada Liturgia, téngase en cuenta tanto lo que establece la Instrucción «Liturgia romana e inculturación» [CONGR. PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instr. Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994: A.A.S. 87 (1995), pp. 288-314.], como lo expuesto más adelante (nn. 395-399).

La celebración eucarística permite una serie de posibilidades distintas en cuanto elección de ritos y textos. Es el sacerdote celebrante el que debe seleccionar lo más adecuado en orden a la mejor participación de los fieles, dentro de lo establecido por la autoridad de la Iglesia sobre el ordenamiento de la Liturgia.

CAPÍTULO II. ESTRUCTURA DE LA MISA. SUS ELEMENTOS Y PARTES
I. ESTRUCTURA GENERAL DE LA MISA

27. En la Misa o Cena del Señor el pueblo de Dios es congregado, bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33]. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz [Cf. CONC. ECUM. DE TRENTO, Sesión XXII, Doctr. sobre el santo sacrificio de la Misa, cap. 1: DS 1740; cf. PABLO VI, Solemne profesión de fe, del 30 de junio de 1968, n. 24: A.A.S. 60 (1968), p. 442], Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 7; PABLO VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, del 3 de sept. de 1965: A.A.S. 57 (1965), p. 764; S. CONG. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 9: A.A.S. 59 (1967), p. 547].

En la Misa actúa siempre el "Christus totus". Es su presencia fundamental en el mundo.

28. La Misa podemos decir que consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 56; S. CONG. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 3: A.A.S. 59 (1967), p. 542], ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 48, 51; Const. dogm. sobre la Revelación divina, Dei Verbum, n. 21; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 4]. Otros ritos abren y concluyen la celebración.

La Misa es un sólo acto de culto con dos partes: liturgia de la palabra (lecturas) y liturgia eucarística (presentación de las ofrendas, plegaria eucarística y comunión), va precedida del rito de entrada y acaba con el rito de conclusión.

II. DIVERSOS ELEMENTOS DE LA MISA

Lectura de la palabra de Dios y su explicación
29. Cuando se leen en la Iglesia las sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin embargo, una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una explicación viva, es decir, con la homilía, como parte que es de la acción litúrgica [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 7, 33, 52].

La Liturgia de la Palabra hace presente a Dios, Cristo, Maestro, que enseña a su Pueblo y a todos los hombres. La homilía está íntimamente relacionada con la proclamación de la Palabra de Dios, a la que sirve, favoreciendo su mayor entendimiento.

Oraciones y otras partes que corresponden al sacerdote
30. Entre las atribuciones del sacerdote, ocupa el primer lugar la Plegaria eucarística, que es el vértice de toda la celebración. Hay que añadir a ésta las oraciones, es decir, la colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración después de la Comunión. Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote que preside la asamblea actuando en la persona de Cristo, en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33]. Con razón, pues, se denominan «oraciones presidenciales».

El sacerdote, actuando en la persona de Cristo Cabeza, preside la celebración eucarística y tiene como propias la Plegaria Eucarística -centro de la Liturgia eucarística- y las oraciones colecta -culmen del rito de entrada-, la oración sobre las ofrendas -culmen del rito del ofertorio-, y la de postcomunión, resumen del rito de la comunión.

31. Igualmente corresponde al sacerdote, en cuanto que ejerce el cargo de presidente de la asamblea reunida, decir algunas moniciones y fórmulas de introducción y conclusión previstas en el mismo rito. Donde las rúbricas lo establecen, al celebrante le es lícito adaptarlas hasta cierto punto para que se ajusten a la comprensión de los participantes; el sacerdote, sin embargo, procure guardar siempre el sentido de la monición que se propone en el Misal y expresarlo en pocas palabras. Compete asimismo al sacerdote que preside moderar la celebración de la palabra de Dios y dar la bendición final. También le está permitido introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras, tras el saludo inicial y antes del acto penitencial; en la liturgia de la palabra, antes de las lecturas; en la Plegaria eucarística, antes del prefacio, pero nunca dentro de la misma; igualmente, dar por concluida la entera acción sagrada, antes de la fórmula de despedida.

Al sacerdote que preside la celebración le compete hacer breves moniciones: después del saludo inicial, antes de las lecturas, antes del prefacio, y antes de la despedida. Él modera la liturgia de la Palabra y, cuando conviene, predica la homilía.

32. La naturaleza de las intervenciones «presidenciales» exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 14: A.A.S. 59 (1967), p. 304]. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote, no se cante ni se rece otra cosa, y estén igualmente en silencio el órgano y cualquier otro instrumento musical.

33. El sacerdote no sólo pronuncia oraciones como presidente, en nombre de la Iglesia y de la comunidad reunida, sino que también algunas veces lo hace a título personal, para poder cumplir con su ministerio con mayor atención y piedad. Estas oraciones, que se proponen antes de la lectura del evangelio, en la preparación de los dones, y antes y después de la comunión del sacerdote, se dicen en secreto.

Las oraciones y moniciones (si las hay) que corresponden sólo al sacerdote como celebrante principal que preside son: saludo y monición de entrada e invitación al acto penitencial, oración colecta, monición antes de las lecturas y homilía, monición introductoria y oración conclusiva de la oración de los fieles, oración sobre las ofrendas, monición antes de la plegaría eucarística y recitación de la plegaria eucarística, invitación al Padre nuestro, oración después de la comunión, monición de despedida y bendición final. 
Estas intervenciones requieren en su pronunciación claridad y tono alto de voz, sin que nada (cantos, rezos, acciones, etc.) pueda distraer la atención de los fieles.
Hay otras oraciones prescritas para el sacerdote personalmente, que se dicen en secreto. Es decir, no las tienen que oír los fieles, es algo personal del sacerdote con Dios.

Otras fórmulas que se usan en la celebración
34. Puesto que la celebración de la Misa, por su propia naturaleza, tiene carácter «comunitario» [Cf. CONC. ECU M. VAT. II, Const sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, nn. 26-27; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 3 d: A.A.S. 59 (1967), p. 542], tienen una gran fuerza los diálogos entre el sacerdote y los fieles congregados, y asimismo las aclamaciones [ Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 30]. Ya que no son solamente señales externas de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo.

35. Las aclamaciones y respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a sus oraciones constituyen precisamente aquel grado de participación activa que, en cualquier forma de Misa, se exige de los fieles reunidos para que quede así expresada y fomentada la acción de toda la comunidad [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 16 a: A.A.S. 59 (1967), p. 305].

El carácter dialogado de muchas partes de la Misa expresan la comunión y son un signo de la participación activa de todos los fieles congregados en la celebración eucarística.

36. Otras partes que son muy útiles para manifestar y favorecer la activa participación de los fieles, y que se encomiendan a toda la asamblea convocada, son, sobre todo, el acto penitencial, la profesión de fe, la oración de los fieles y la Oración dominical.

37. Finalmente, en cuanto a otras fórmulas:
a) Algunas tienen por sí mismas el valor de rito o de acto; por ejemplo, el Gloria, el salmo responsorial, el Aleluya y el versículo antes del Evangelio, el Santo, la aclamación de la anámnesis, el canto después de la Comunión;
b) Otras, en cambio, simplemente acompañan a un rito, como los cantos de entrada, del ofertorio, de la fracción (Cordero de Dios) y de la Comunión.

Se recogen en estos números la distinta importancia que tienen determinadas oraciones, ritos, aclamaciones o cantos respecto a la participación activa de los fieles: digamos que los fieles son los protagonistas principales en el acto penitencial, Credo (cuando se prescribe), oración de los fieles y Padre nuestro; son interpelados los fieles a cantar o aclamar en los ritos del Gloria (cuando está indicado), la respuesta al salmo responsorial, el Aleluya o en Cuaresma el verso (para preparar la proclamación del Evangelio), la aclamación después de la Consagración (como un acto de fe ante Cristo ya presente), y el canto después de la Comunión, que mueve a la unión íntima con Jesús. Por último, para favorecer la participación están los cantos de entrada, del ofertorio, el Cordero de Dios y el que acompaña a la comunión.

Modos de pronunciar los diversos textos
38. En los textos que han de pronunciar en voz alta y clara el sacerdote o el diácono o el lector o todos, la voz ha de corresponder a la índole del respectivo texto, según se trate de lectura, oración, monición, aclamación o canto; téngase también en cuenta la clase de celebración y la solemnidad de la asamblea. Y, naturalmente, de la índole de las diversas lenguas y caracteres de los pueblos.
En las rúbricas y normas que siguen, los vocablos «pronunciar» o «decir» deben entenderse lo mismo del canto que de los recitados, según los principios que acaban de enunciarse.

Hay distintos tonos de voz según se trate de unos textos litúrgicos o de otros, o cantos, etc. No es lo mismo recitar una oración que proclamar una lectura de la Palabra de Dios, entonar una aclamación o un canto, o hacer una monición. 

39. Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida de su Señor, que canten todos juntos con salmos, himnos y cánticos inspirados (cf. Col 3, 16). El canto es una señal de euforia del corazón (cf. Hch 2, 46). De ahí que san Agustín diga, con razón: «Cantar es propio de quien ama» [S. AGUSTÍN DE HIPONA, Sermón 336, 1: PL 38, 1472]; y viene de tiempos muy antiguos el famoso proverbio: «Quien bien canta, ora dos veces».

40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las posibilidades de cada asamblea litúrgica; aunque no siempre sea necesario, por ejemplo en las misas feriales, usar el canto para todos los textos que de suyo se destinan a ser cantados, hay que procurar que de ningún modo falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones de los domingos y fiestas de precepto.
Al hacer la selección de lo que de hecho se va a cantar, se dará preferencia a las partes que tienen mayor importancia, sobre todo a aquellas que deben cantar el sacerdote, el diácono o el lector, con respuesta del pueblo; o el sacerdote y el pueblo al mismo tiempo [ Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, nn. 7, 16: A.A.S. 59 (1967), p. 302, 305].

El canto es un elemento importantísimo en la Liturgia, que perfecciona el "ars celebrandi" lo embellece y le da una especial solemnidad. Por eso es muy aconsejable que los domingos y solemnidades se preparen la partes de la Misa que se van a cantar, tanto por parte del celebrante, como del coro, de tal manera que puedan participar adecuadamente los fieles que asistan. Los días de diario el canto del Aleluya o verso antes del Evangelio, como de la aclamación después de la Consagración realzan los dos momentos más importantes de la celebración. 

41. En igualdad de circunstancias, hay que darle el primer lugar al canto gregoriano, al que se le reserva un puesto de honor entre todos los demás como propio de la Liturgia romana. No se excluyen de ningún modo otros géneros de música sagrada, sobre todo la polifonía, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 116; cf. también ibidem, n. 30].
Y, ya que es cada día más frecuente el encuentro de fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en latín algunas de las partes del Ordinario de la Misa, sobre todo el símbolo de la fe y la Oración dominical en sus melodías más fáciles [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 54; S. CONGR. DE RITOS, Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 59: A.A.S. 56 (1964), p. 891; Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 47: A.A.S. 59 (1967), p. 314].

El canto gregoriano es -por excelencia- el canto más propio de la Liturgia romana, aunque no excluyente. De tal manera que se aconseja vivamente que los fieles lo conozcan al menos para cantar en latín algunas partes de la Misa como el Credo y el Pater noster.

Gestos y posturas corporales
42. El gesto y la postura corporal, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben contribuir a que toda la celebración resplandezca por su decoro y noble sencillez, de manera que pueda percibirse el verdadero y pleno significado de sus diversas partes y se favorezca la participación de todos [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 30 y 34; cf. también ibidem n. 21]. Habrá que tomar en consideración, por consiguiente, lo establecido por esta Ordenación general, cuanto proviene de la praxis secular del Rito romano y lo que aproveche al bien común espiritual del pueblo de Dios, más que al gusto o parecer privados. La postura corporal que han de observar todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes.

Las posturas y gestos en la celebración son manifestaciones de decoro, sencillez y unidad. Se han de interpretar según lo establecido por la Ordenación General del Misal Romano, las rúbricas del Misal y la tradición del rito romano.

43. Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante la profesión de fe y la oración de los fieles; y también desde la invitación Orad hermanos que precede a la oración sobre las ofrendas hasta el final de la Misa, excepto en los momentos que luego se enumeran.
En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial que preceden al Evangelio; durante la homilía, y mientras se hace la preparación de los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión.
Estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella.
Corresponde, no obstante, a la Conferencia de los Obispos según la norma del derecho, adaptar los gestos y posturas descritos en el Ordinario de la Misa, según la índole y las razonables tradiciones de cada pueblo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 40; CONGR. PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instr. Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994: A.A.S. 87 (1995), p. 304]. Pero siempre se habrá de procurar que haya una correspondencia adecuada con el sentido e índole de cada parte de la celebración. Allí donde sea costumbre que el pueblo permanezca de rodillas desde que termina la aclamación del Santo hasta el final de la plegaria eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice: Éste es el Cordero de Dios, es loable que dicha costumbre se mantenga.
Para conseguir la uniformidad en los gestos y posturas dentro de una misma celebración, los fieles seguirán las moniciones que pronuncian el diácono o el ministro laico o el sacerdote, según lo dispuesto en el Misal.

La postura general en la celebración de la Misa por parte de los fieles es estar de pie, que es la postura del orante. Sólo se cambia en la escucha de la palabra de Dios (lecturas y salmo, homilía) que se hace sentados, excepto el Evangelio (desde el Aleluya) que se escucha de pie; y en la adoración de la Eucaristía durante la Consagración, que se hace de rodillas.

44. Entre los gestos se comprenden también algunas acciones y procesiones en las que el sacerdote con el diácono y los ministros se acerca al altar; el diácono, antes de la proclamación del Evangelio, lleva consigo al ambón el Evangeliario o Libro de los evangelios; los fieles llevan al altar los dones, y se acercan a la Comunión. Conviene que estas acciones y procesiones se realicen en forma decorosa, mientras se cantan los textos correspondientes, según las normas establecidas en cada caso.

Las procesiones que tienen lugar durante la celebración eucarística deben hacerse de modo ordenado, con decoro y sobriedad, y que vayan acompañadas por los cantos más adecuados.

El silencio
45. También, como parte de la celebración, ha de guardarse, a su tiempo, el silencio sagrado [Cf. CONO. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 30; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 17: A.A.S. 59 (1967), p. 305]. La naturaleza de este silencio depende del momento de la Misa en que se observa. Así, en el acto penitencial y después de la invitación a orar, los presentes se recojan en su interior; al terminar la lectura o la homilía, mediten brevemente sobre lo que han oído; y después de la Comunión, alaben a Dios en su corazón y oren.
Es laudable que se guarde, ya antes de la misma celebración, silencio en la iglesia, en la sacristía, y en los lugares más próximos, a fin de que todos puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas.

El silencio sagrado está previsto en la Liturgia como una necesidad de recogimiento e intimidad personal con Dios: antes de la celebración, como una preparación a la misma; en el acto penitencial, para facilitar la contrición y conversión; después del Evangelio o la homilía, para meditar brevemente la Palabra de Dios; después de la comunión, para fomentar la oración íntima y amorosa con Jesús. Al final de la Misa es muy recomendable para favorecer la acción de gracias.

III. LAS DIVERSAS PARTES DE LA MISA

A) Ritos iniciales
46. Los ritos que preceden a la liturgia de la palabra, es decir, el canto de entrada, el saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la oración colecta, tienen el carácter de exordio, introducción y preparación. Su finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.
En algunas celebraciones que, según las normas de los libros litúrgicos, se unen con la Misa, han de omitirse los ritos iniciales o se realizan de un modo peculiar.

Nos introducimos en la celebración de la Misa a través de los ritos iniciales que preparan a los fieles congregados para participar activamente en la escucha de la Palabra de Dios y en el sacrificio eucarístico. Estos ritos se omiten cuando esta preparación se hace en una celebración anterior, como, por ejemplo, el domingo de ramos con la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén, o cuando antecede la celebración de la Liturgia de las Horas. El rito de entrada se realiza de modo peculiar, por ejemplo, en la celebración del Bautismo, etc.

Canto de entrada
47. Reunido el pueblo, mientras entra el sacerdote con el diácono y los ministros, se comienza el canto de entrada. El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.

48. El canto de entrada lo entona la schola y el pueblo, o un cantor y el pueblo, o todo el pueblo, o solamente la schola. Pueden emplearse para este canto o la antífona con su salmo, como se encuentran en el Gradual romano o en el Gradual simple, u otro canto acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico, con un texto aprobado por la Conferencia de los Obispos [Cf. JUAN PABLO II, Carta Ap. Dies Domini, del 31 de mayo de 1998, n. 50: A.A.S. 90 (1998), p. 745].
Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector recitarán la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es posible, la recitará al menos el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a modo de monición inicial (cfr. n. 31).

La celebración de la Misa se abre con el canto de entrada que tiene dos dimensiones la vertical de elevación a Dios y la horizontal de unidad de todos fieles congregados, con el contenido singular y concreto de la fiesta o tiempo litúrgico particular, propio de la celebración. 
La iniciativa del canto corresponde al coro, el fiel o fieles responsable de este ministerio. El canto acompaña a la procesión de entrada hasta el momento en que el celebrante saluda al pueblo. 
Si no hay canto -días laborables entre semana- se recita la antífona de entrada por parte de los fieles o el lector. En último término es el celebrante el que la recita, pudiéndolo hacer como monición después del saludo.
Lo mejor es la participación del pueblo es este rito, para lo que deben disponer de las partituras o textos convenientes.

Saludo al altar y al pueblo congregado
49. El sacerdote, el diácono y los ministros, cuando llegan al presbiterio, saludan al altar con una inclinación profunda.
El sacerdote y el diácono, después, besan el altar como signo de veneración; y el sacerdote, según los casos, inciensa la cruz y el altar.

50. Terminado el canto de entrada, el sacerdote, de pie junto a la sede, y toda la asamblea hacen la señal de la cruz; a continuación el sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada.
Terminado el saludo al pueblo, el sacerdote o el diácono o un ministro laico puede introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras.

En el caso que el sagrario presida la iglesia se hace genuflexión al Santísimo Sacramento, en lugar de la veneración al altar, y luego se besa el altar y el celebrante se dirige a la sede, desde donde va a presidir los ritos iniciales y la liturgia de la Palabra, excepto si él tiene que proclamar el Evangelio.

Acto penitencial
51. Después el sacerdote invita al acto penitencial, que, tras una breve pausa de silencio, realiza toda la comunidad con la fórmula de la confesión general y se termina con la absolución del sacerdote, que no tiene la eficacia propia del sacramento de la Penitencia.
Los domingos, sobre todo en el tiempo pascual, en lugar del acto penitencial acostumbrado, puede hacerse la bendición y aspersión del agua en memoria del bautismo [Cf. infra, Apéndice, Rito de la Bendición y Aspersión del Agua].

El acto penitencial tiene como finalidad mover a la contrición y a la purificación del alma y así estar mejor dispuestos para participar activamente en la Misa y recibir sus abundantes frutos. Es evidente que con conciencia grave de pecado hay que acudir a la confesión sacramental. El rito penitencial más adecuado los domingos de Pascua es la bendición y aspersión del agua, que también puede hacerse cualquier domingo.

Señor, ten piedad
52. Después del acto penitencial, se dice el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor.
Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también cabe un mayor número de veces, según el genio de cada lengua o las exigencias del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un «tropo».

El canto del "Señor ten piedad" se puede hacer de dos maneras: dentro del acto penitencial o después de él. En el primer caso es la forma tercera del acto penitencial y a las invocaciones antecede unas palabras que mueven al arrepentimiento, con unos textos litúrgicos aprobados, que pueden variar según los tiempos litúrgicos. En el segundo caso las invocaciones se pueden repetir, dependiendo normalmente de la composición musical.

Gloria
53. El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo entona el sacerdote o, según los casos, el cantor o el coro, y lo cantan o todos juntos o el pueblo alternando con los cantores o sólo la schola. Si no se canta, al menos lo han de recitar todos, o juntos o a dos coros que se responden alternativamente.
Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares celebraciones más solemnes.

El Gloria se canta o recita cuando está prescrito y cuando una celebración reviste una especial solemnidad. No se puede sustituir por otro canto.

Oración colecta
54. A continuación, el sacerdote invita al pueblo a orar; y todos, a una con el sacerdote, permanecen un momento en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar «colecta», por medio de la cual se expresa la índole de la celebración. Siguiendo una antigua tradición de la Iglesia, la oración colecta suele dirigirse a Dios Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo [Cf. TERTULIANO, Adversus Marcionem, IV, 9: CCSL 1, p. 560; ORÍGENES, Disputatio cum Heracleida, n. 4, 24: SCh 67, p. 62; Statuta Concilii Hipponensis Breviata, 21: CCSL 149, p. 39] y se termina con la conclusión trinitaria, que es la más larga, del siguiente modo:
Si se dirige al Padre: Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos;
Si se dirige al Padre, pero al fin de esta oración se menciona al Hijo: Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos;
Si se dirige al Hijo: Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.
El pueblo, para unirse a esta súplica, la hace suya con la aclamación: Amén.
En la Misa se dice siempre una única colecta.

La oración colecta es la oración litúrgica propia del día, e indica lo que la Iglesia universal o local celebra. Siempre tiene un carácter trinitario. En la Misa sólo se puede rezar una oración colecta, aunque coincidan varias celebraciones en un mismo día, escogiendo la más apropiada. El silencio después de la invitación a orar tiene como finalidad favorecer en los fieles la presencia de Dios y demás disposiciones para la oración.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Miércoles 3 febrero 2016, San Oscar, obispo, memoria libre. Lecturas Miércoles IV semana del Tiempo Ordinario, año par.

TEXTOS MISA

Elogio del martirologio
San Oscar o Ansgario, obispo de Hamburgo y después también de Brema, en Sajonia, actual Alemania, que, siendo monje del monasterio de Corbie, fue designado por el papa Gregorio IV como legado para todas las tierras del norte de Europa. Anunció el Evangelio a grandes multitudes de Dinamarca y Suecia, consolidó allí la Iglesia de Cristo y, después de superar con ánimo invicto muchas dificultades, desgastado por sus trabajos murió en Brema. (865)

La oración colecta es propia. El resto está tomado del común de pastores: 10. Misioneros.

3 de febrero
San Óscar, obispo
Die 3 februarii
S. Ansgarii, episcopi
Antífona de entrada
Estos son los hombres santos, amigos de Dios, insignes en la predicación de la verdad divina.
Antiphona ad introitum
Isti sunt viri sancti facti amíci Dei, divínae veritátis praecónio gloriósi.
Oración colecta
Señor, Dios nuestro, que has querido enviar al obispo san Óscar a evangelizar numerosos pueblos; concédenos, por su intercesión, caminar siempre en la luz de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, qui ad multas illuminándas gentes beátum Ansgárium epíscopum míttere voluísti, eius nobis intercessióne concéde, ut in tuae veritátis luce iúgiter ambulémus. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Miércoles de la IV semana del Tiempo Ordinario, año par (Lecc. III-par).

PRIMERA LECTURA
Soy yo el que ha pecado al censar al pueblo. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho?
Lectura del segundo libro de Samuel.

En aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado:
«Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan a Berseba, y haz el censo del pueblo, para que sepa su número».
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y Judá con quinientos mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo de! pueblo. Y dijo al Señor:
«He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo, que ha obrado tan neciamente».
Al Jevantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor:
«Ve y di a David: así dice el Señor. “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizare ».
Gad fue a ver a David y le notificó:
«¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora, reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado».
David respondió a Gad:
«¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo:
«¡Basta! Retira ya tu mano».
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor:
«Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 31, 1b-2. 5. 6. 7 (R.: cf. 5d)
R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
y en cuyo espíritu no hay engaño. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

V. Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R.
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado. Remítte, Dómine, culpam peccáti mei.

Aleluya Jn 10, 27
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen.
Oves meæ vocem meam áudiunt, dicit Dóminus; et ego cognósco eas, et sequúntur me.
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO Mc 6, 1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían
sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Benedicto XVI, Ángelus 3-febrero-2013
Jesús dirige a la gente, en la sinagoga, palabras que suenan como una provocación. Cita dos milagros realizados por los grandes profetas Elías y Eliseo en ayuda de no israelitas, para demostrar que a veces hay más fe fuera de Israel. En ese momento la reacción es unánime: todos se levantan y le echan fuera, y hasta intentan despeñarle; pero Él, con calma soberana, pasa entre la gente enfurecida y se aleja. Entonces es espontáneo que nos preguntemos: ¿cómo es que Jesús quiso provocar esta ruptura? Al principio la gente se admiraba de Él, y tal vez habría podido lograr cierto consenso... Pero esa es precisamente la cuestión: Jesús no ha venido para buscar la aprobación de los hombres, sino –como dirá al final a Pilato– para "dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37). El verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad, dispuesto a pagarlo en persona. Es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios.

Oración de los fieles
Ferias del Tiempo Ordinario XVIII
306. Oremos a Dios Padre.
- Por el Papa, los obispos y los presbíteros. Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes, los jueces y los legisladores. Roguemos al Señor.
- Por todos los que se encuentran en cualquier necesidad. Roguemos al Señor.
- Por nuestra comunidad (parroquia), por nosotros mismos. Roguemos al Señor.
Atiende a nuestras peticiones y concédenos los dones de tu bondad. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Dios todopoderoso, acepta la ofrenda que te presentamos en la fiesta de san N., y concédenos a cuantos celebramos el sacramento de la muerte de tu Hijo, cumplir en la vida lo que ahora realizamos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Réspice quas offérimus hóstias, omnípotens Deus, in beáti N. festivitáte, et praesta, ut, qui domínicae passiónis mystéria celebrámus, imitémur quod ágimus. Per Christum.
PREFACIO COMÚN IV
Nuestra misma acción de gracias es un don de Dios
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO COMMUNIS IV
De laude, dono Dei
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus:
Quia, cum nostra laude non égeas, tuum tamen est donum quod tibi grates rependámus, nam te non augent nostra praecónia, sed nobis profíciunt ad salútem, per Christum Dóminum nostrum.
Et ídeo, choris angélicis sociáti, te laudámus in gáudio confiténtes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA II. PREX EUCHARISTICA II.
Antífona de la comunión Ez 34, 15
Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear dice el Señor.
Antiphona ad communionem Ez 34, 15
Ego pascam oves meas, et ego eas accubáre fáciam, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Por la eficacia de este sacramento confirma, Señor, a tu pueblo en la verdadera fe, para que la proclame en todas partes de palabra y de obra,
a ejemplo de san N. que trabajó y se entregó hasta la muerte por su propagación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Huius mystérii virtúte, confírma, Dómine, fámulos tuos in fide veritátis, ut eam ubíque ore et ópere confiteántur, pro qua beátus N. laboráre non déstitit et vitam suam impéndit. Per Christum.

Bautismo niños: Lecturas del Evangelio (nn. 198-209).

Ritual del Bautismo de los niños

LECTURAS DEL EVANGELIO

I.
Este mandamiento es el principal y primero

198. Por el Bautismo ingresamos en la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza.
a) El Bautismo es un Pacto con Dios: nuestra ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con su pueblo. La idea de la Alianza estó presente en las figuras veterotestamentarias del Bautismo: diluvio (Gn 9, 9-17), circuncisión (Gn 17,2-14), paso del Mar Rojo (Ex 24, 1-11). La muerte de Cristo, en la cual somos bautizados (Rm 6, 3), es el sacrificio de la nueva Alianza.
b) Lo más característico de la nueva Alianza es la caridad (Jn 13, 35), resumen de toda la Ley (22, 40; Rm 13, 8-10; Ga 5, 14; Col 3, 14). El alma de la fidelidad a la Alianza es también el amor (ln 14, 15, 21, 23-24; 15, 9-10; 2 In 6). En el Bautismo, el Espíritu derrama Ia caridad en nuestros corazones (Rm 5, 5).
Las renuncias y la profesión de fe son la expresión de nuestra adhesión a la Alianza en el Bautismo.

+ Lectura del santo Evangelio según san Mateo. 22,35-40

En aquel tiempo, un fariseo, doctor de la ley, preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
-Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le dijo:
-"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser".
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
-"Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

Palabra del Señor.

II.
Haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

199. En cada bautizo, la fórmula trinitaria recuerda esta orden de Jesús y nos descubre el sentido de la misión de la Iglesia y el misterio de nuestro Bautismo.
a) Cristo Resucitado, presente por su Espíritu en la Iglesia (28, 20), ejercita su poder salvador en el Bautismo. El Bautismo, como la columna de nube para los israelitas en el desierto (figura del Bautismo: 1 Co 10, 1-2. 6), es signo de la presencia y protección del Señor (Ex 13, 21-22; 14, 19-20).
b) Al agregarnos a la Iglesia, imagen de Ia Trinidad (Jn 17, 2I-23), el Bautismo renueva en nosotros la imagen del Creador (Col 3, 10), nos hace hijos de Dios, nos introduce en la comunión de la vida trinitaria (28, 19; 1 Jn 1, 3; 2, 24-25) y nos hace partícipes de la misma vida de Dios (2 P 1, 4). En adelante, nuestra vida debe ser digna de tan elevado origen (28, 19).

+ Lectura del santo Evangelio según san Mateo. 28, 18-20

En aquel tiempo, acercándose Jesús a los once discípulos les dijo:
-Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Palabra del Señor.

III.
Juan bautizó a Jesús en el Jordán

200. El Bautismo de Jesús es figura y fundamento del Bautismo cristiano. En él están prefigurados los principales efectos de nuestro Bautismo. Para Jesús, el Bautismo en el Jordán, con la humillación y glorificación que significó, fue como una anticipación del Bautismo sangriento de la cruz (Mc 10, 38-39; Lc 12, 50), en el cual somos bautizados también nosotros (Rm 6, 3). El Bautismo nos abre las puertas del cielo (1, 10), cerradas por el pecado; en adelante, nuestra patria es el cielo (Flp 3, 20). Sobre el bautizado se derrama el Espíritu como una unción (Tt 3, 5-6), que nos hace hijos de Dios, objeto de las predilecciones del Padre (Rm 8, 14-17; Ga 4, 1-7). Nos consagra para compartir con Cristo su misión profética (Lc 4, 18-19; 1 P 2, 9).

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos. 1, 9-11

En aquel tiempo, llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
-Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.

Palabra del Señor.

IV.
Dejad que los niños se acerquen a mí

201. "Nacer de nuevo", "nacer de arriba", ser como un niño, es condición para entrar en el Reino de los cielos (10, 15; Jn 3, 3. 5). El Bautismo es "baño de regeneración", de nuevo nacimiento (Tt 3, 5): nos hace "criaturas nuevas", (2 Co 5, 17; Ga 6, 15), "hombres nuevos", (Ef 2, 15), "renovados en nuestro espíritu" (Ef 4, 24). La fuerza que nos renueva interiormente es el Espíritu que se nos comunica en el Bautismo (Sal 103, 30). De las aguas bautismales, fecundadas por el Espíritu, salimos como "recién nacidos" (1 P 2, 2), igual que Naamán (figura del Bautismo) de las aguas del Jordán (2 R 5, 14).
Los "niños en Cristo" tienen que crecer hasta llegar a ser "hombres espirituales" (1 Co 3, 14).

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos. 10, 13-16

En aquel tiempo, presentaron a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:
-Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor.

V.
Escucha, Israel: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón

202. El Bautismo, que nos introduce en el Reino de Dios (12, 34), nos obliga a aceptar y respetar las leyes y costumbres de ese Reino: el Bautismo equivale a una especie de traditio legis. La ley fundamental del Reino es la caridad (Jn 13, 34-35; 15, 12-13). El Bautismo nos consagra enteramente al servicio de Dios y de los hermanos (12, 30-31): éste es el verdadero culto espiritual (12, 33; Rm 12, 1; 1 P 2, 5). La piedra de toque de la verdadera piedad es el amor a los hermanos (12, 33; 1 Jn 3, 13-18; 4, 20-21; St 1, 27). 

El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos. 12, 28b-34

En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó:
-¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús:
-El primero es: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser". El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay mandamiento mayor que estos.
[El letrado replicó:
-Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
-No estás lejos del Reino de Dios.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.]

Palabra del Señor.

VI.
El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios

203. El Bautismo es un nuevo nacimiento, nacimiento a la vida divina: condición para entrar en el Reino de Dios (3, 3. 5; Mc 10, 15).
El agua y el Espíritu son símbolos de la vida (Gn 1, 2). El Espíritu es el germen y el principio de la nueva vida (Rm 8, 15-16; Ga 4, 6; Tt 3, 5). Las aguas bautismales son el seno virginal de la Iglesia : "el mismo Espíritu que fecundó a la Virgen, fecunda también la fuente" (san León Magno): tal es el sentido de la bendición del agua bautismal. La resurrección, obra del Espíritu (Rm 8, 11), fue para Jesús como un nuevo nacimiento (Hch 26, 23; Col 1, 1B; AP 1, 5). En el Bautismo también nosotros resucitamos con Cristo a una vida nueva (Rm 6, 5-6; Col2, 12).
Vivir una vida nueva (Rm 6, 6), vivir según el Espíritu (Rm 8, 14), es una exigencia del Bautismo.

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 3, 1-6

En aquel tiempo había un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
-Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces, si Dios no está con él.
Jesús le contestó:
-Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.
Nicodemo le pregunta:
-¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?
Jesús le contestó:
-Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu.

Palabra del Señor.

VII.
Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

204. El Bautismo es "don de Dios" (4, 10): nos da la vida divina, la vida eterna.
Dios mismo es la fuente de aguas vivas (Jr 2, 13; Sal 35, 9; Is 12, 3). Cristo en su pasión se ha convertido para los hombres en la Roca de donde brotan las fuentes de la salvación (Ex 17, 3-7; Jn 7, 37-39; 19, 31-35); en él se han cumplido las profecías (Is 41, 17-18; 43, 19-21; 48, 20-21; Ap 7, 16-17; 22, 17). La condición para beber de esa <fuente de aguas de vida" es creer en Jesucristo (4, 10); eI Bautismo es sacramento de la fe.
En el Bautismo, la vida divina se nos da como un germen que aspira a conservarse y desarrollarse "hasta la vida eterna" (4, 14): "Una agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: Ven al Padre" (san Ignacio de Antioquía).

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 4, 5-14

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor de mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
-Dame de beber.
(Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
La samaritana le dice:
-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
-Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
La mujer le dice:
-Señor, si no tienes cubo y eI pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
Jesús le contestó:
-El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Palabra del Señor.

VIII.
El que cree tiene vida eterna

205. El Bautismo es el sacramento de la fe y, Por eso mismo, es sacramento de la vida eterna.
La fe es don de Dios (6, 44; Ef 2, 8). El Bautismo es signo y expresión de la fe. La fe y el Bautismo nos introducen en el conocimiento de las relaciones íntimas que existen entre el Padre y el Hijo (6, 46). Es misión del Espíritu el acercarnos al Padre y descubrirnos sus secretos (1 Co 2, 10-12): en esto consiste la vida eterna (6, 47; 17, 3). Todo esto nos lo da el Bautismo.
"Dejarse enseñar por Dios" (6, 45), crecer en la fe recibida, es exigencia del Bautismo.


+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 6, 44-47

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
-Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado.
Y yo lo resucitaré el último día.
Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios".
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí.
No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ése ha visto al Padre.
Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Palabra del Señor.

IX.
Manarán torrentes de agua viva

206. El Bautismo es la fuente de agua viva que brotó, para la Iglesia, del costado de Cristo (7, 38; 19, 31-35), cumpliéndose así la figura profética de la roca de Horeb (Ex 17, 3-7; I Co 10, ). El Espíritu, fuente de vida eterna, es el don pascual de Cristo a su Iglesia (7, 39b; 16, 7).
El Bautismo, comunicando el Espíritu (Hch 2, 39; Rm 5, 5), hace brotar en cada cristiano torrentes de agua viva (7, 38). La venida del Espíritu es como un "Bautismo en Espíritu" (Hch 1, 5; 2, 4); el Bautismo de agua saca su eficacia del Espíritu. El Espíritu es eI principio de la vida nueva (Gn 1, 2; Tt 3, 5) y de la fecundidad en el Bautismo. Para todo ello se requiere la fe (7, 39); el Bautismo es sacramento de la fe.

Lectura del santo Evangelio según san Juan. 7, 37b-39

En aquel tiempo, Jesús en pie gritaba:
-El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba.
(Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.)
Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él.

Palabra del Señor.

X.
Fue, se lavó, y volvió con vista

207. La coincidencia en una serie de detalles con la simbólica del Bautismo (ceguera de nacimiento, piscina, enviado, unción, lavado, confesión de fe) hacen de este milagro una figura de nuestro sacramento.
El Bautismo es un misterio de luz, una "iluminación"; a los bautizados se les llama "iluminados" (Hb 6, 4; 10, 32). El Bautismo nos hace pasar del reino de las tinieblas (muerte) al reino de la luz (vida) (Col 1, 12-13; 1 P 2, 9). Equivale a una nueva creación, victoria de la luz sobre las tinieblas (Gn 1, 3-4; 2 Co 4, 6). Bautizados en Cristo (Siloé = Enviado), nos revestimos de Cristo, somos "luz en el Señor" (Ef 5, 8), "hijos de la luz" (1 Ts 5, 5). El Bautismo nos hace participar en la vida nueva del Resucitado: eso quiere significar el rito de encender la vela en el cirio pascual (Ef 5, 14).
"Andar como hijos de la luz" (Ef 5, 8-11) es una exigencia del Bautismo.

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 9, 1-7

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
-Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
-Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó, y volvió con vista.

Palabra del Señor.

XI.
El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante

208. El Bautismo nos incorpora a Cristo; es como un injertarnos en Cristo (Rm 11, 17-19), en su muerte (Rm 6, 5). Es obra del amor de Dios, de elección gratuita (ln 15, 16; Rm 11, 17). Da origen a una comunión estrecha e íntima entre Cristo y el bautizado; nace una comunidad nueva, el misterio de la verdadera vid: Cristo y la Iglesia, imagen de la comunión trinitaria (Jn 15, 9; 17, 21). Esta comunión es condición y garantía de fecundidad (15,4-6; Ez 19, 10-11) y de alegría duradera (15, 11; 17, 13).
El Bautismo exige una fidelidad constante a la comunión con Cristo, que se manifiesta en el cumplimiento de los mandamientos (15, 10).

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 15, 1-11

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca; y a todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en é1, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca: luego los recogen y los echan al fuego, Y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras Permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Palabra del Señor.

XII.
Le traspasó el costado, y salió sangre y agua

209. La sangre y el agua simbolizan ante todo eI sacrificio de Cristo y el Espíritu, el origen de los sacramentos (Bautismo y Eucaristía) y el nacimiento de la Iglesia (nueva Eva). Pero la tradición las ha interpretado también como imagen del Bautismo, cumplimiento de la figura (roca de Horeb: Ex 17, 37) y delas profecías (Is 41, 17-18; 43, 19-21; 48, 20-21; Jn 7, 37-39). La conexión del agua con la sangre estó indicando que toda su fuerza de salvación le viene al Bautismo del sacrificio pascual de Cristo. Lo mismo que la Sangre de Cristo, el Bautismo libera (Ex 12, 7. 22), purifica (Hb 12, 24; 1 P 1, 2; Ap 7, 5; 7, 14), vivifica (Jn 6, 53-56), consagra y santifica (Ex 12, 7. 22; 29, 20-21; Lv 8, 23-24. 30; Ez 43, 20; Hb 10, 29; 13, 12). En cada Bautismo se renueva el misterio del nacimiento de la lglesia en un nuevo miembro.

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 19, 31-35

En aquel tiempo los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en La cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.
El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

Palabra del Señor.