domingo, 20 de noviembre de 2016

Celebraciones penitenciales para enfermos.

Ritual de la Penitencia (2 de diciembre de 1973)

APÉNDICE II. ESQUEMAS DE CELEBRACIONES PENITENCIALES

VI. PARA ENFERMOS

369. El ministro, según el estado de los enfermos y la oportunidad del lugar, se acerca a los enfermos reunidos en una habitación amplia o los reúne en la capilla o en la iglesia. Adapte diligentemente los textos y el número de ellos a las condiciones de los participantes. Ya que muchas veces ninguno de los enfermos puede desempeñar el ministerio de lector, invite, si es posible, a otra persona para que lo haga.

Tema: El tiempo de la  enfermedad como tiempo de gracia

Saludo

370. Puede hacerse con éstas o semejantes palabras:

Queridos enfermos: la penitencia que Jesús predicó es una «buena Nueva» de la caridad y misericordia de Dios, que nos hace dignos para dirigir de nuevo toda nuestra vida hacia él. La penitencia es, pues, un don de Dios que debemos recibir con espíritu agradecido. Con tal propósito y con gran humil­dad abramos ahora nuestra conciencia a Dios y supliquémosle su perdón, al mismo tiempo que nosotros nos perdonamos unos a otros.

Si es posible, entonen los enfermos o el coro presente un canto penitencial.

Oración

371. Señor Dios, fuente de toda bondad y clemencia;
concede a tus hijos, reunidos en tu nombre,
el espíritu de penitencia y de confianza,
para que suplicando tu perdón y el de los hermanos,
confesemos sinceramente nuestros pecados.
Renueva en esta celebración
nuestra comunión contigo y con el prójimo,
para que podamos servirte mejor.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Lecturas

372. Se puede hacer una introducción con estas o semejantes palabras:

Los hombres inconscientes e ingratos disfrutan frecuente­mente de salud y de otros bienes. Cuando estamos enfermos, nos damos cuenta de que tales bienes son un don que si nos talla produce fácilmente decaimiento en nuestros ánimos. Dios permite la enfermedad para probar nuestra fe; más aún, nuestro sufrimiento, si está unido al sufrimiento de Cristo, puede tener gran valor para nosotros y para la Iglesia de Dios.

Así pues, el tiempo de enfermedad no es inútil, ni está ca­rente de sentido, sino que, aceptándolo debidamente, puede convertirse de hecho en tiempo de gracia. Nuestra celebración pretende aumentar esta disposición. Por eso, escuchamos la Palabra de Dios, examinamos nuestra conciencia y oramos.

373. PRIMERA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol Santiago. 5, 13 -16

Queridos hermanos:
¿Sufre alguno de vosotros? Rece.
¿Está alegre alguno? Cante cánticos.
¿Está enfermo alguno de vosotros?
Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor.
Y la oración de fe salvará al enfermo,
y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdonará.
Así, pues, confesaos los pecados unos a otros,
y rezad unos por otros, para que os curéis.
Mucho puede hacer la oración del justo.

Palabra de Dios.

374. SALMO RESPONSORIAL Sal 129

R. El Señor es bondadoso y está lleno de misericordia.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora. R.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa:
y el redimirá a Israel
de todos sus delitos. R.

O bien: Sal 50

R. Perdona, Señor, nuestros pecados.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces. R.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. R.

Te gusta un corazón sincero
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame Ion el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve. R.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa. R.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso;
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío!
cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.

Los sacrificios no te satisfacen,
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. R.

375. EVANGELIO

Viendo la fe que tenían, dijo: tus pecados quedan perdonados
+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos. 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la le que tenían, le dijo al paralítico:
«Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
«¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?».
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralíti­co “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”?.
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...».
Entonces le dijo al paralítico:
«Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa».
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo:
«Nunca hemos visto una cosa igual».

Palabra del Señor.

Homilía

376. El celebrante oportunamente hable de la enfermedad, que no consiste so­lamente en la enfermedad del cuerpo, sino en los defectos del alma, y ponga de relieve el poder de Cristo y de su Iglesia para perdonar los pecados, así como la eficacia del sufrimiento cristiano ofrecido por otros.

Examen de conciencia

377. Después de la homilía tiene lugar el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.
Pueden añadirse las preguntas que siguen, adaptadas a la condición de los enfermos.

¿He tenido fe en la bondad y providencia de Dios, incluso en los días de aflicción y de enfermedad?
¿Me he abandonado a la enfermedad, a la desesperación y a otros pensamientos y afectos malos?
¿Utilizo el tiempo libre para examinar la vida y hablar con Dios?
¿Recibo la enfermedad y los dolores como una oportunidad de sufrir con Cristo, que nos ha redimido con su pasión?
¿Desde la fe estoy convencido de que los dolores soportados con paciencia ayudan mucho al bien de la Iglesia?
¿Me preocupo de los demás y respeto a los que sufren con­migo y sus necesidades?
¿Soy agradecido con los que me curan y me visitan?
¿Procuro dar buen ejemplo, cual conviene a un cristiano?
¿Me arrepiento de los pecados pasados y para expiarlos so­porto con paciencia mi postración y mi enfermedad?

Acto penitencial

378. Después de una breve pausa de silencio, todos dicen a la vez:

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Dándose golpes de pecho, añaden:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y a continuación:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Lector:

Señor Dios nuestro, nos llamamos hijos tuyos y te invoca­mos como Padre nuestro. Nos duele haberte ofendido y de ha­ber hecho daño a nuestros hermanos.
R. Concédenos una sincera conversión y suscita en nosotros el amor a ti y al prójimo.

Lector:

Señor Jesucristo, por tu pasión y por tu cruz nos has redi­mido y nos has dado ejemplo de paciencia y de caridad. Nos duele haberte ofendido y haber sido negligentes en tu servicio y en el de nuestros hermanos.
R. Concédenos una sincera conversión y suscita en nosotros el amor a ti y al prójimo.

Lector:

Señor, Espíritu Santo, tú nos hablas en la Iglesia y en lo más profundo de nuestra conciencia, moviendo nuestros corazones a obrar el bien. Nos duele haberte ofendido con nuestra des­obediencia y dureza de corazón.
R. Concédenos una sincera conversión y suscita en nosotros el amor a ti y al prójimo.

Ministro:

Dirijamos ahora nuestra oración a Dios Padre,
para que perdone nuestros pecados y nos libre del mal.

Todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.

379. Seguidamente, según la oportunidad, el coro o los presentes pueden en­tonar un canto. La celebración acaba con la acción de gracias:

Dios de todo consuelo y Padre de misericordia, que perdonas los pecados a los que creen en ti:
R. Te alabamos y te bendecimos.

Dios de todo consuelo y Padre de misericordia, que a quienes están afligidos o sufren dolores les haces partícipes de la pa­sión de tu Hijo para salvación de todo el mundo:
R. Te alabamos y te bendecimos.

Dios de todo consuelo y Padre de misericordia, que amas a los atri­bulados y a los que lloran y les das la esperanza de salvación y les prometes el premio de la vida eterna.
R. Te alabamos y te bendecimos.

Ministro:

Oremos:
Tu bondad Señor, es inmensa
y tu misericordia es infinita.
Te damos gracias por los dones recibidos
y te suplicamos que mires a estos hijos tuyos,
reunidos en nombre de tu Hijo;
conserva en ellos una fe viva,
una esperanza firme,
y un sincero amor a ti y al prójimo.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amen.

O bien:

380. En lugar de la oración antecedente, la celebración puede concluirse con la bendición:

El Dios de la paz
llene vuestros corazones de todo bien,
para que, fortalecidos con la esperanza y el consuelo divinos,
viviendo según su voluntad,
alcancéis la salvación eterna.
Estos y toda clase de bienes
os conceda el Dios omnipotente:
Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

R. Amén.

381. El ministro despide la asamblea o invita a los presentes a que mantengan un coloquio familiar con los enfermos.