jueves, 17 de noviembre de 2016

Celebraciones penitenciales comunes.

Ritual de la Penitencia (2 de diciembre de 1973)

APÉNDICE II. ESQUEMAS DE CELEBRACIONES PENITENCIALES

III. CELEBRACIONES PENITENCIALES COMUNES

I. Sobre el pecado y la conversión

325. Después de un canto apropiado (por ej., el salmo 138, vv. 1-12. 16. 23-24) y del saludo, el ministro que preside la celebración explica con pocas palabras el tema de las lecturas; seguidamente invita a orar y, después de un espacio de silencio, concluye la oración del siguiente modo:

Señor Jesús:
cuando Pedro te negó tres veces
tú lo miraste con amor misericordioso
para que llorase su pecado
y se convirtiese a ti de todo corazón;
míranos y mueve nuestros corazones
para que volvamos a ti
y te sigamos fielmente durante toda nuestra vida.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Lecturas

326.
Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme
+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 22, 31-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a Simón Pedro:
«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cri­baros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague.
Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos».
El le contestó:
«Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte».
Jesús le replicó:
«Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Palabra del Señor.

Breve pausa en silencio.

327.
Saliendo afuera, lloró amargamente
+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 22, 54-62

Después que prendieron a Jesús, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos.
Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos.
Al verlo una criada sentada junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo:
«También éste estaba con él».
Pero él lo negó diciendo:
«No lo conozco, mujer».
Poco después lo vio otro y le dijo:
«Tú también eres uno de ellos».
Pedro replicó:
«Hombre, no lo soy».
Pasada cosa de una hora, otro insistía:
«Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo».
Pedro contestó:
«Hombre, no sé de qué hablas».
Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor,
volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amarga­mente.

Palabra del Señor.

328. SALMO RESPONSORIAL
Sal 30, 10. 15-17. 20; o Sal 50; o un canto apropiado.

R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas. R.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. R.

Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. R.

329.
Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
+ Lectura del santo Evangelio según san Juan. 21, 15-19

Después de aparecerse a sus discípulos y de comer con ellos, Jesús dijo a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
El le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que le quiero»,
Jesús le dice:«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas».
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
«Sígueme».

Palabra del Señor.

Homilía

330. Puede tratar:
—sobro la confianza que se ha de poner en la gracia de Dios, no en nues­tras fuerzas;
— sobre la fidelidad con la que debemos vivir conforme al Bautismo para ser verdaderos discípulos del Señor;
— sobre nuestra debilidad, por la que frecuentemente caemos en el peca­do y nos negamos a dar testimonio del Evangelio;
— sobre la misericordia del Señor, que nos recibe de nuevo como amigos si, después de haber pecado, nos convertimos a él de lodo corazón.

Examen de conciencia

331. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.

Acto penitencial

332. Después del examen de conciencia, el ministro que preside invita a la oración con éstas o semejantes palabras:

Dios nuestro Padre nos manifiesta su amor, ya que siendo todavía pecadores, nos amó el primero y se compadeció de nosotros. Así pues, convirtámonos a él de todo corazón y, como San Pedro, humildemente confesemos nuestro amor diciendo:

R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Es conveniente que, entre una y otra invocación, se deje un breve espacio de silencio; así podrá ser oportuno que los fieles propongan alguna invocación, respondiendo todos los demás.

- Señor, como Pedro, hemos confiado más en nosotros mismos que en ti. Vuélvete a nosotros, Señor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

- Hemos obrado sin humildad y sin prudencia y de este modo hemos caído en la tentación. Vuélvete a nosotros, Señor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que le quiero.

- Hemos sido soberbios y nos liemos creído mejores que los de­más. Vuélvete a nosotros, Señor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces lodo, tú sabes que le quiero.

- Algunas veces nos hemos alegrado de las caídas de nuestros hermanos, en vez de entristecernos. Vuélvete a nosotros, Se­ñor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

- Muchas veces hemos despreciado a los que pasaban por difi­cultades, en vez de ayudarlos. Vuélvete a nosotros, Señor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

- Por miedo, más de una vez no hemos querido dar testimonio de la verdad y de la justicia. Vuélvete a nosotros, Señor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

- A pesar de ser discípulos tuyos, frecuentemente hemos sido infieles a las promesas bautismales. Vuélvete a nosotros, Se­ñor, y ten misericordia de nosotros.
R. Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

El diácono o el ministro:

Dirijamos ahora nuestra oración al Padre,
como Cristo nos enseñó,
y supliquémosle que perdone nuestros pecados,

Todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.

333. Seguidamente, después de un canto apropiado, el ministro que preside la celebración concluye la oración y despide al pueblo.

Señor Jesús, Salvador nuestro,
que llamaste a Pedro al apostolado
y, después de su caída y de su penitencia,
de nuevo le recibiste en tu amistad
y le confirmaste como príncipe de los Apóstoles,
vuélvete a nosotros y míranos,
para que, imitando el ejemplo de Pedro,
volvamos a ti desde nuestro pecado
y en adelante te sigamos con mayor amor.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.


II. El hijo pródigo que vuelve al Padre

334. Después de un canto apropiado y del saludo, el ministro expone a los presentes el tema de la celebración. Seguidamente, los invita a orar y, después de un espacio de silencio, concluye diciendo:

Señor, Dios todopoderoso
tú eres el Padre de todos.
Tú has creado a los hombres
para que vivan en tu casa
y alaben tu gloria.
Abre nuestros corazones para escuchar tu voz
y, pues nos hemos apartado de ti por el pecado,
haz que volvamos a ti de todo corazón
y te reconozcamos como nuestro Padre,
lleno de misericordia para todos los que te invocan.
Corrígenos para que nos apartemos del mal
y perdónanos nuestros pecados.
Danos la alegría de tu salvación
para que, retornando juntos a ti,
nos alegremos en el banquete de tu casa
ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Lecturas

335. PRIMERA LECTURA

Él nos ha destinado a ser sus hijos
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios. 1, 3-7

Bendito sea Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.
El nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya, a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.
Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Palabra de Dios.

336. SALMO RESPONSORIAL Sal 26, 1. 4. 7-10. 13-14

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro. R.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.
Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá. R.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.

337. EVANGELIO

Su padre lo vio y se conmovió
Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 15, 11-32

En aquel tiempo Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que le mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ga­nas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando, entonces se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
“ Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un ani­llo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: de­berías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor.

Homilía

338. Puede tratar:
— sobre el pecado como rechazo del amor filial a Dios nuestro Padre;
— sobre la misericordia infinita del Padre para con los hijos pecadores;
— sobre la naturaleza de la verdadera conversión;
— sobre el perdón que siempre se debe conceder a los hermanos;
— sobre el banquete eucarístico como culminación de la reconciliación con la Iglesia y con Dios.

Examen de conciencia

339. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.

Acto penitencial

340. Después del examen de conciencia, el ministro que preside invita a la oración:

Nuestro Dios es un Dios de misericordia, lento para la ira y paciente sobremanera, que de nuevo nos recibe como el padre acoge al hijo que vuelve de lejos. Supliquémosle con confianza diciendo:

- Porque hemos usado mal de tus dones, pecando contra ti.
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque hemos vivido lejos de ti con la mente y el corazón, pe­cando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque nos hemos olvidado de tu amor, pecando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque hemos preferido nuestro placer en vez de nuestro bien y el de nuestros hermanos, pecando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque nos hemos preocupado poco de nuestros hermanos, pecando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque hemos tardado en perdonar a nuestros hermanos, pecando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

- Porque nos hemos olvidado de tu misericordia que nos recibe siempre, pecando contra ti:
R. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos.

Los presentes pueden añadir otras invocaciones; conviene que entre ellas se intercale una breve pausa de silencio; también parece oportuno que las distintas invocaciones sean dichas por distintos fieles.

El diácono o el ministro:

Ahora, con las mismas palabras que Jesús nos enseñó,
invoquemos a nuestro Padre
para que perdone nuestros pecados.

Todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.

341. Seguidamente, después de un canto apropiado, el ministro que preside la celebración concluye la oración y despide al pueblo.

Dios y Padre nuestro,
que nos has predestinado a ser tus hijos adoptivos
para que fuésemos santos en tu presencia
y viviésemos con gozo en tu casa,
recíbenos y consérvanos en tu amor,
para que vivamos con alegría y caridad
en tu santa Iglesia.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.


III. Las bienaventuranzas evangélicas

342. Después de un canto apropiado y del saludo, el ministro que preside la celebración expone a los presentes el tema de las lecturas y los invita a orar; después de un breve espacio de silencio concluye la oración:

Abre, Señor, nuestro corazón
para escuchar hoy tu palabra de tal modo,
que, al recibir el evangelio de tu Hijo,
por su muerte y resurrección
nos decidamos a caminar
con una vida renovada.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Lecturas

343. PRIMERA LECTURA

Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos
+ Lectura de la primera carta del apóstol san Juan. 1, 5-9

Queridos hermanos:
Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo:
Dios es luz sin tiniebla alguna.
Si decimos que estamos unidos a él,
mientras vivimos en las tinieblas,
mentimos con palabras y obras.
Pero si vivimos en la luz,
lo mismo que él está en la luz,
entonces estamos unidos unos con otros,
y la sangre de su Hijo Jesús
nos limpia los pecados.
Si decimos que no hemos pecado,
nos engañamos y no somos sinceros.
Pero si confesamos nuestros pecados,
él, que es fiel y justo,
nos perdonará los pecados
y nos limpiará de toda injusticia.

Palabra de Dios.

344. SALMO RESPONSORIAL Sal 145, 5-10

R. Ven, Señor, y sálvame.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él;
que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos. R.

El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados. R.

El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad.
¡Aleluya! R.

345. EVANGELIO

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo. 5, 1-10

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os ca­lumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y con­tentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.

Homilía

346. Puede tratar:
— sobre el pecado, por el cual olvidando los mandamientos de Cristo, nos oponemos a las bienaventuranzas evangélicas;
— sobre la firmeza de nuestra fe en las palabras de Jesús;
— sobre nuestra fidelidad en la imitación de Cristo, tanto en la vida personal como en la comunidad cristiana e incluso en la sociedad humana;
— sobre cada una de las Bienaventuranzas.

Examen de conciencia

347. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.

Acto penitencial

348. Después del examen de conciencia, el ministro que preside invita a la oración diciendo éstas o semejantes palabras:

Hermanos:
Jesucristo nos ha dado ejemplo para que sigamos sus hue­llas. Dirijámosle nuestra oración con humildad y confianza para que purifique nuestros corazones y nos conceda vivir se­gún su evangelio.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos»;
pero nosotros vivimos demasiado pendientes de las riquezas
e incluso las buscamos injustamente.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la tierra»;
pero nosotros vivimos en mutua violencia
y nuestro mundo está lleno de discordia y de guerras.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los que lloran,
porque ellos serán consolados»;
pero nosotros soportamos impacientemente nuestras penas
y nos preocupamos muy poco de nuestros hermanos afligidos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados»;
pero nosotros tenemos poca sed de ti,
fuente de toda santidad,
y nos desinteresamos de la justicia privada y pública.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia»;
pero nosotros no queremos perdonar a los hermanos
y juzgamos con severidad a nuestros prójimos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos
los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios» ;
pero nosotros servim os a nuestras concupiscencias
y a los deseos de los sentidos,
y no nos atrevemos a levantar hacia ti nuestros ojos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”»,
pero nosotros no construimos la paz
en nuestras familias, en la sociedad,
en la vida de los pueblos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

- Señor Jesucristo, tú has dicho:
«Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos»;
pero nosotros preferimos caer en la injusticia
en vez de sufrir gustosos por causa de la justicia,
y así discriminamos, oprimimos
y perseguimos a nuestros hermanos.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
R. Ten misericordia de nosotros.

El diácono o el ministro:

Invoquemos ahora al Señor nuestro Padre,
para que nos libre de todo mal
y nos haga dignos de su reino.

Todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.

349. Seguidamente, después de un canto, el ministro que preside la celebra­ción concluye la oración y despide al pueblo.

Señor Jesucristo,
suave y humilde de corazón
misericordioso y pacífico,
pobre e inmolado para nuestra justicia,
que por medio de la cruz llegaste a la gloria
para mostrarnos el camino de la salvación,
concédenos recibir con gozo tu evangelio,
y vivir según tu ejemplo,
para ser coherederos y copartícipes de tu reino
por los siglos de los siglos.

R. Amén.