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Domingo 17 diciembre 2017, III Domingo de Adviento, ciclo B.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El Viático fuera de la Misa.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO III. EL VIÁTICO

EL VIÁTICO FUERA DE LA MISA

174. Si el enfermo quisiera confesarse (para lo que el sacer­dote debe estar siempre solícito) hágalo, a ser posible, antes de recibir el Viático. Si se confiesa dentro de la misma celebración, lo hará al comienzo del rito. De lo contrario, y también en el caso en que haya otros enfermos que quieran comulgar, hágase oportunamente el acto penitencial.

Ritos iniciales

Saludo

175. El sacerdote, vestido cual conviene al sagrado ministe­rio que va a realizar, llega al enfermo y, con sencillas y afectuo­sas palabras, saluda al enfermo y a cuantos están con él. Puede decir, si le parece, este saludo:

La paz del Señor a esta casa y a todos los aquí pre­sentes.
O bien:
La paz del Señor sea con vosotros (contigo).
________________________________________________________

176. Otras fórmulas de saludo:

V. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.

177. O bien:

V. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.
R. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesu­cristo.
O bien:
R. Y con tu espíritu.
________________________________________________________

Una vez colocado el Sacramento sobre la mesa, lo adora junto con los presentes.

178. Luego, si es oportuno, rocía con agua bendita (si hay que bendecir el agua, se hace con la oración propuesta en el n. 259) al enfermo y a la habitación, diciendo esta fórmula:

Que esta agua nos recuerde nuestro bautismo en
Cristo, que nos redimió con su muerte y resurrección.

179. Luego, con esta monición o con otra más adaptada a la situación del enfermo, se dirige a los presentes:

Queridos hermanos, nuestro Señor Jesucristo, an­tes de pasar de este mundo al Padre, nos legó el sacra­mento de su Cuerpo y de su Sangre, para que, robustecidos con su Viático, prenda de resurrección, nos sintamos protegidos a la hora de pasar también nosotros de esta vida a Dios.
Unidos por la caridad con nuestro hermano, ore­mos por él.

Acto penitencial

180. Si fuera necesario, el sacerdote acoge la confesión sa­cramental del enfermo, la cual puede hacerse de modo genérico si no se puede hacer de otro modo.

181. Pero cuando no se celebra dentro del rito la confesión sacramental del enfermo, o hay otros enfermos que han de co­mulgar, el sacerdote invita a todos al acto penitencial.

182. Primera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio. Después, todos juntos, hacen la confesión:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Dándose golpes de pecho añaden:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y a continuación:
Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que inter­cedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén
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183. Segunda fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros pecados.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después el sacerdote dice:

V.  Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V.  Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

184. Tercera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después, el sacerdote, o uno de los presentes, hace las si­guientes u otras invocaciones con el Señor, ten piedad.

V. Tú que por el misterio pascual nos has obtenido la salvación: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Tú que no cesas de actualizar entre nosotros las maravillas de tu pasión: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.

V. Tú que por la comunión de tu cuerpo nos haces participar del sacrificio pascual: Señor, ten pie­dad.
R. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.
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185. El sacramento de la Penitencia o el acto penitencial pueden concluirse con la indulgencia plenaria, en peligro de muerte, que el sacerdote otorgará al enfermo de esta manera:

En nombre de nuestro santo Padre el Papa N., te concedo indulgencia plenaria y el perdón de todos los pecados. En el nombre del Padre y del Hijo + y del Espíritu Santo.
R. Amén.

186. O bien:

Que Dios todopoderoso, por la muerte y resurrec­ción de Cristo, te perdone todas las penas de esta vida y de la otra, te abra las puertas del paraíso y te lleve a los gozos eternos.
R. Amén.
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Liturgia de la Palabra

Proclamación de la Palabra de Dios

187. Es muy conveniente que el sacerdote o uno de los pre­sentes lean un texto breve de la Sagrada Escritura, v. g.:

Jn 6, 54-55

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es ver­dadera bebida.

Jn 6, 54-58

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es ver­dadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

Jn 14, 6

—Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.

Jn 14, 23

—El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

Jn 15, 4

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sar­miento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

1 Co 11, 26

Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Puede seleccionarse otro texto adecuado entre los que se pro­ponen más adelante (nn. 260 ss.) o del Leccionario de Misas ri­tuales. Una explicación del mismo será muy oportuna, siempre que pueda hacerse.

Profesión de fe bautismal

188. Conviene también que, antes de recibir el Viático, el enfermo renueve la profesión de fe bautismal. Para ello, el sacerdote, después de crear con palabras adecuadas un ambiente propicio, preguntará al enfermo:

¿Crees en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
R. Sí, creo.

¿Crees en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Se­ñor, que nació de santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo.

¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna?
R. Sí, creo.

Letanía

189. Luego, si las condiciones del enfermo lo permiten, se hace una breve letanía con éste o parecido formulario, respon­diendo el enfermo, si puede, y todos los presentes.

Invoquemos, queridos hermanos, con un solo cora­zón a nuestro Señor Jesucristo, y digámosle: Te rogamos por nuestro hermano.
R. Te rogamos por nuestro hermano.

A ti, Señor, que nos amaste hasta el extremo y te entregaste a la muerte para darnos la vida.
R. Te rogamos por nuestro hermano.

A ti, Señor, que dijiste: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna».
R. Te rogamos por nuestro hermano.

A ti, Señor, que nos invitas al banquete en que ya no habrá ni dolor, ni llanto, ni tristeza, ni separación.
R. Te rogamos por nuestro hermano.

Viático

190. El sacerdote introduce la oración dominical con estas o parecidas palabras:

Y ahora, todos juntos, invoquemos a Dios con la
oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Y todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

191. El sacerdote muestra el Santísimo Sacramento, di­ciendo:

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

El enfermo, si puede, y los que van a comulgar dicen una sola vez:

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

192. El sacerdote se acerca al enfermo y, mostrándole el Sa­cramento, dice:

El Cuerpo de Cristo (o la Sangre de Cristo).

El enfermo responde:

Amén.

Y ahora, o después de dar la comunión, añade el sacerdote:

El mismo te guarde y te lleve a la vida eterna.

El enfermo responde:

Amén.

Los presentes que deseen comulgar reciben el Sacramento en la forma acostumbrada.

193. Una vez distribuida la comunión, el ministro purifica los vasos sagrados. Pueden seguir unos momentos de silencio.

Conclusión del rito

194. El sacerdote dice la oración final.

Oremos.
Dios todopoderoso, cuyo Hijo es para nosotros el camino, la verdad y la vida, mira con piedad a tu siervo N., y concédele que, confiando en tus promesas y fortalecido con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, lle­gue en paz a tu reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.
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Otras oraciones:

195. Señor, tú que eres la salvación eterna de los que creen en ti, concede a tu hijo N., que, fortalecido con el pan y el vino del Viático, llegue seguro a tu reino de luz y de vida.Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

196. Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, te suplicamos con fe viva que el Cuerpo (la Sangre) de nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que nuestro hermano (nuestra hermana) acaba de recibir, le conceda la salud corporal y la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
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197. Y bendice al enfermo y a los presentes con algunas de estas fórmulas:

Que Dios Padre te bendiga.
R. Amén.

Que el Hijo de Dios te devuelva la salud.
R. Amén.

Que el Espíritu Santo te ilumine.
R. Amén.

Que el Señor proteja tu cuerpo y salve tu alma.
R. Amén.

Que haga brillar su rostro sobre ti y te lleve a la
vida eterna.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén.)
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198. O bien:

Jesucristo, el Señor, esté siempre a tu lado para de­fenderte.
R . Amén.

Que él vaya delante de ti para guiarte y vaya tras de ti para guárdate.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
R . Amén.)

199. O bien:

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo descienda sobre vosotros y os acom­pañe siempre.
R . Amén.

Puede emplearse también alguna de las fórmulas del Misal para el final de la Misa.
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200. Puede bendecir también con el Sacramento, si ha so­brado, haciendo con él la señal de la cruz sobre el enfermo.

Finalmente, tanto el sacerdote como los presentes pueden dar la paz al enfermo.

martes, 29 de noviembre de 2016

El Viático. El Viático dentro de la Misa.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO III. EL VIÁTICO

167. Corresponde a los párrocos y a los sacerdotes, a quie­nes les ha sido confiado la atención espiritual de los enfermos, procurar que éstos, cuando se hallen en próximo peligro de muerte, sean fortalecidos con el Viático del Cuerpo y de la San­gre de Cristo. Para ello, deberá hacerse una previa y conve­niente preparación pastoral del enfermo, de su familia y de los que le cuidan, teniendo en cuenta las circunstancias de cada caso.

168. Puede administrarse el Viático o bien dentro de la Misa, si se tiene la celebración eucarística junto al enfermo (n. 26), o bien fuera de la Misa, según el rito y las normas que se indican luego.

169. Se puede dar la comunión bajo la sola especie de vino a aquellos enfermos que no la puedan recibir bajo la especie de pan.

Si no se celebra la Misa junto al enfermo, guárdese después de la Misa y en el sagrario la Sangre del Señor en un cáliz debi­damente cubierto, y llévese al enfermo en un recipiente cerrado para evitar cualquier riesgo de derram e. Para administrar el Sa­cramento, elíjase en cada caso el modo más apto entre los que se proponen en el rito de la comunión bajo las dos especies. Si, una vez dada la comunión, quedase algo de la preciosísima Sangre del Señor, deberá sumirla el ministro, que hará también las oportunas abluciones.

170. Todos cuantos participan en la celebración pueden co­mulgar bajo las dos especies. 

EL VIÁTICO DENTRO DE LA MISA

171. Siempre que se dé el Viático dentro de la Misa, el sa­cerdote, con vestiduras blancas, podrá decir la Misa para admi­nistrar el Viático (n. 256) o la Misa de la Santísima Eucaristía. Si coincide con alguna dominica de Adviento, Cuaresma y Pascua, con una solemnidad, con el miércoles de Ceniza o con una feria de la Semana Santa, se dirá la Misa del día, manteniéndose, si parece oportuno, la fórmula de la bendición final (nn. 151-153) o la fórmula que aparece al final de la Misa.

Las lecturas se tomarán de las propuestas en el Leccionario de Misas rituales o de las que se indican más adelante (n. 260 ss.), a no ser que el bien del enfermo y de los presentes aconseje seleccionar otras distintas.

Cuando esté prohibida la Misa votiva, una de las lecturas puede tomarse de los textos que se acaba de indicar, siempre que no coincida el día con el Triduo Sacro, con la Natividad del Señor, la Epifanía, la Ascensión, Pentecostés, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo u otra solemnidad de precepto.

172. Si fuera necesario, el sacerdote acogerá la confesión sa­cramental del enfermo antes de la celebración de la Misa.

173. La Misa se celebra como de costumbre, si bien el sacer­dote habrá de tener en cuenta lo que sigue:

a) Después del Evangelio, y si le parece oportuno, hará una breve homilía en la que, atendidas la situación del enfermo y demás circunstancias, exponga la importancia y significa­ción del Viático (cf. nn. 26-28).

b) Hacia el fin de su homilía, sugiera, si hay que hacerla, la profesión de fe que renovará el enfermo (n. 188). Esa pro­fesión de fe hace las veces del Credo en la Misa.

c) Adaptará a esta celebración la oración universal, tomando el texto de los elementos que se indican más abajo (n. 189); pero puede omitirse, si ha precedido la renovación de la profesión de fe o si se prevé que el enfermo pueda fatigarse demasiado.

d) El sacerdote y todos los presentes pueden ofrecer la paz al enfermo en el momento indicado en el Ordinario de la Misa.

e) Tanto el enfermo como los que están presentes pueden comulgar bajo las dos especies. Pero al dar la comunión al en­fermo, úsese la fórmula propuesta para el Viático (n. 192).

f) Al final de la Misa, el sacerdote puede emplear una fór­mula especial de bendición (nn. 197-199), añadiendo el formulario de la indulgencia plenaria en peligro de muerte que empieza con las palabras: Que Dios todopoderoso (n. 186).

lunes, 28 de noviembre de 2016

La Unción dentro de la Misa. Celebración comunitaria de la Unción.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

LA UNCIÓN DENTRO DE LA MISA

154. Cuando lo permita el estado del enfermo y, sobre todo, cuando éste haya de recibir la sagrada comunión, podrá confe­rirse la santa Unción dentro de la Misa, ya en la iglesia, ya tam­bién en la casa del enfermo o en un lugar adecuado del sanatorio.

155. Siempre que se confiere la santa Unción dentro de la Misa, el sacerdote, con vestiduras blancas, dirá la Misa por los enfermos (n. 248 ss.). Si coincide con alguna dominica de Ad­viento, Cuaresma y Pascua, con una solemnidad, con el miérco­les de Ceniza o con una feria de la Semana Santa, se dirá la Misa del día, manteniéndose, si parece oportuno, la fórmula de la bendición final (nn. 151-153).

Las lecturas se tomarán de las propuestas en el Leccionario de Misas rituales en el Ritual de la Unción (nn. 260 ss.), a no ser que el bien del enfermo y los presentes aconseje seleccionar otras distintas.

Cuando no pueda celebrarse la Misa por los enfermos, una de las lecturas puede tomarse de los textos que se acaba de indicar, siempre que no coincida el día con el Triduo Sacro, con la Natividad del Señor, la Epifanía, la Ascensión, Pentecostés, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo u otras solemnidades de precepto.

156. La santa Unción se confiere después del Evangelio y de la homilia, de la siguiente manera:

a) Después del Evangelio, el sacerdote describirá en su homilia la significación de la enfermedad humana en la historia de la salvación y la gracia del sacramento de la Unción, pero teniendo siempre en cuenta el estado del enfermo y las demás circunstancias de las personas.

b) La celebración de la Unción comienza con la letanía (n. 136); pero si la letanía o la oración universal se recitan des­pués de la Unción, comenzará con la imposición de manos (n. 139). Siguen después la bendición del óleo, si hay que hacerla (n. 21), o la oración de acción de gracias sobre di­cho óleo (n. 142) y la Unción (n. 143).

c) Luego, si la letanía no ha precedido a la Unción, se dice la oración universal y se concluye con la oración de después de la Unción (nn. 144-149).

Continúa después la Misa como de costumbre con la prepa­ración de los dones. El enfermo y los presentes pueden comul­gar bajo las dos especies.

CELEBRACIÓN COMUNITARIA DE LA UNCIÓN

157. El rito que se describe a continuación puede utilizarse en grandes reuniones de fieles, como pueden ser las peregrina­ciones u otras asambleas de una diócesis, de una ciudad, de una parroquia o de una asociación de enfermos.

También puede servir, si se juzga oportuno, en hospitales, sa­natorios y clínicas.

Pero si, ajuicio del Obispo diocesano, son muchos los enfer­mos que van a recibir a la vez la santa Unción, aquél o su dele­gado cuidarán de que se observen todas las normas sobre la disciplina (nn. 8-9), la preparación pastoral y la celebración litúrgica de la santa Unción (nn. 1 7 ,158 y 159).

Al Obispo diocesano o su delegado pertenece designar, en su caso, a los sacerdotes que han de tomar parte en la celebración del sacramento.

158. La celebración comunitaria de la Unción tendrá lugar en la iglesia o en otro lugar apropiado en el que los enfermos y los fieles puedan más fácilmente reunirse.

159. Es necesario que preceda una adecuada preparación pastoral de los enfermos que van a ser ungidos, de los otros enfermos que, acaso, estén presentes, y de los demás fieles que puedan asistir, aunque no estén enfermos.

Cuídese también de favorecer una plena participación de to­dos, principalmente por medio del canto, que facilite la unani­midad de los fieles, suscite la oración común y manifieste la ale­gría pascual que debe envolver todo el rito.

Celebración fuera de la Misa

160. Conviene que los enfermos que deseen confesarse, se acerquen al sacramento de la Penitencia antes de celebrar la Unción.

161. El rito comienza con la recepción de los enfermos, en la cual se manifiesta, por un lado, la solicitud de Cristo por las enfermedades del hombre y, por otro, la función de los enfer­mos en el pueblo de Dios.

162. Luego, si se juzga oportuno, se hace el acto penitencial (n. 131 ss.).

163. Sigue la celebración de la palabra de Dios, que puede constar de una o varias lecturas, intercalándose algún cántico. Las lecturas pueden tomarse del Leccionario para los enfermos (n. 260 ss.), a no ser que el bien de los enfermos o de los presentes aconseje seleccionar otras distintas. Tras la homilía, puede guardarse un breve momento de silencio.

164. La celebración del sacramento se inicia con la letanía (n. 136) o con la imposición de manos (n. 139). Mientras se efectúa la Unción, se pueden entonar cánticos apropiados. La fórmula debe ser oída al menos una vez por los asistentes. Sigue la oración universal, si es que se dice después de la Unción, y se concluye con la oración final (nn. 144-149) o con el Padrenues­tro, que puede ser cantado por todos.

Si hay varios sacerdotes, cada uno impone las manos sobre al­gunos enfermos y los ungen diciendo la fórmula en cada caso y dejando para el celebrante la recitación de las oraciones.

165. Antes de la despedida, se da la bendición (nn. 151­-153). La celebración puede terminarse muy bien con un cántico adecuado.

Celebración dentro de la Misa

166 La recepción de ios enfermos se hace al comienzo de la misa en la monición inicial. En cuanto al orden de la celebra­ción, obsérvese cuanto se dice más arriba en los nn. 163-165.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Unción del enfermo. Rito ordinario.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO II. UNCIÓN DEL ENFERMO

RITO ORDINARIO

Preparativos de la celebración

121. El sacerdote, antes de administrar la santa Unción a un enfermo, se informará de su estado, de modo que tenga en cuenta su situación en la disposición del rito y en la elección de lecturas de la Sagrada Escritura y oraciones. Si le es posible, el sacerdote debe determinar estas cosas de acuerdo con el en­fermo o con su familia, explicando la significación del sacra­mento.

122. Cuando sea necesario oír al enfermo en confesión sa­cramental, el sacerdote, si es posible, irá al enfermo antes de celebrar la Unción. En el caso de que el enfermo haya de confesarse durante la Unción lo hará al principio del rito. Pero cuando no haya confesión dentro del rito, hágase el acto peni­tencial.

123. El enfermo que no está en cama puede recibir el Sacra­mento en la iglesia o en otro lugar conveniente, en el que haya un asiento adecuado para el enfermo y donde puedan reunirse al menos los parientes y amigos, los cuales participarán en la ce­lebración. En los sanatorios, el sacerdote deberá tener en cuenta la situación de los otros enfermos que, tal vez, se encuentran en la misma habitación. Vea si éstos pueden participar algo en la celebración o si se cansan o si, por no profesar la fe católica, se sienten de algún modo molestados.

124. El rito que se va a describir sirve también para el caso en que se dé la Unción a varios enfermos a la vez, siempre que sobre cada uno se hagan la imposición de manos y la Unción con su fórmula; todo lo demás se dirá una sola vez en plural.

Ritos iniciales

125. El sacerdote, vestido cual conviene al sagrado ministe­rio que va a realizar, llega al enfermo y, con sencillas y afectuo­sas palabras, saluda al enfermo y a cuantos están con él. Puede decir, si le parece, este saludo:

La paz del Señor a esta casa y a todos los aquí pre­sentes.
O bien:
La paz del Señor sea con vosotros (contigo).
____________________________________________________

126. Otras fórmulas de saludo:

V. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

R. Y con tu espíritu.

127. O bien:

V. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.

R. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesu­cristo.
O bien:
R. Y con tu espíritu.
____________________________________________________

128. Luego, si es oportuno, rocía con agua bendita (si hay que bendecir el agua, se hace con la oración propuesta en el n. 259) al enfermo y a la habitación, diciendo esta fórmula:

Que esta agua nos recuerde nuestro bautismo en Cristo, que nos redimió con su muerte y resurrección.

129. Seguidamente se dirige a los presentes con estas o pare­cidas palabras:

Queridos hermanos: En el Evangelio leemos que nuestro Señor Jesucristo curaba a los enfermos, que acudían a él en busca de salud. El mismo, que durante su vida sufrió tanto por los hombres, está ahora pre­sente en medio de nosotros, reunidos en su nombre, y nos dice por medio del apóstol Santiago: «¿Está en­fermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pe­cado, lo perdonará».
Pongamos, pues, a nuestro hermano enfermo en manos de Cristo, que lo ama y puede curarlo, para que le conceda alivio y salud.

130. O bien puede decir la siguiente oración:

Señor, Dios nuestro, que por medio de tu apóstol Santiago nos has dicho: «¿Está enfermo alguno de vo­sotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que re­cen sobre él, después de ungirlo con óleo, en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdo­nará».
Escucha la oración de quienes nos hemos reunido en tu nombre y protege misericordiosamente a N., nuestro hermano enfermo (y a todos los otros enfer­mos de esta casa).
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Acto penitencial.

131. Si no hay confesión sacramental, hágase el acto peni­tencial.

132. Primera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros pecados.

Se hace una breve pausa en silencio. Después, todos juntos, hacen la confesión:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensa­miento, palabra, obra y omisión.
Dándose golpes de pecho añaden:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y a continuación:
Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que inter­cedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.
________________________________________________________

133. Segunda fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después el sacerdote dice:

V. Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de noso­tros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

134. Tercera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después el sacerdote, o uno de los presentes; hace las siguien­tes u otras invocaciones con el Señor, ten piedad.

V. Tú que por el misterio pascual nos has obtenido la salvación: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Tú que no cesas de actualizar entre nosotros las maravillas de tu pasión: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.

V. Tú que por la comunión de tu cuerpo nos haces participar del sacrificio pascual: Señor, ten pie­dad.
R. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de noso­tros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.
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Liturgia de la Palabra

Proclamación de la Palabra de Dios.

135. A continuación, puede leerse por uno de los presentes o por el mismo sacerdote algún texto de la Sagrada Escritura, v. gr.:

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según San Mateo 8, 5-10. 13.

AI entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó, rogándole:
—Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.
Jesús le contestó:
—Voy yo a curarlo.
Pero el centurión le replicó:
—Señor, no soy quien para que entres bajo mi te­cho. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes: y le digo a uno «ve», y va; al otro, «ven», y viene; a mi criado, «haz esto», y lo hace.
Al oírlo Jesús quedó admirado y dijo a los que le se­guían:
—Os aseguro que en Israel no he encontrado en na­die tanta fe.
Y al centurión le dijo:
—Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.

Palabra del Señor.

U otra lectura apropiada, tomada, por ejemplo, de las que fi­guran en los nn. 260 ss. Si parece oportuno, puede hacerse una breve explicación de estos textos.

Liturgia del Sacramento

Letanía:

136. Puede recitarse ahora o después de la Unción, o tam­bién en ambos momentos. El sacerdote puede abreviar o adap­tar el formulario según aconsejen las circunstancias.

Con humildad y confianza invoquemos al Señor en favor de N., nuestro hermano.

Dígnate visitarlo con tu misericordia y confor­tarlo con la santa Unción.
R. Te rogamos, óyenos.

Líbralo, Señor, de todo mal.
R. Te rogamos, óyenos.

Alivia el dolor de todos los enfermos (de esta casa).
R. Te rogamos, óyenos.

Asiste a los que se dedican al cuidado de los en­fermos.
R. Te rogamos, óyenos.

— Libra a este enfermo deJ pecado y de toda tenta­ción.
R. Te rogamos, óyenos.

Da vida y salud a quien en tu nombre vamos a imponer las manos.
R. Te rogamos, óyenos.
______________________________________________________

137. O bien:

Tú, que soporaste nuestros sufrimientos y aguantaste nuestros dolores, Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

— Tú, que te compadeciste de la gente y pasaste haciendo el bien y curando a los enfermos, Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.

Tú, que mandaste a los apóstoles imponer lasmanos sobre los enfermos, Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

138. O bien:

Oremos al Señor por nuestro hermano enfermo y por todos los que lo cuidan y están a su servicio.

Mira con amor a este enfermo.
R. Te rogamos, óyenos.

Da nueva fuerza a su cuerpo.
R. Te rogamos, óyenos.

Alivia sus angustias.
R. Te rogamos, óyenos.

Líbralo del pecado y de toda tentación.
R. Te rogamos, óyenos.

Ayuda con tu gracia a todos los enfermos.
R. Te rogamos, óyenos.

Asiste con tu poder a los que se dedican a su cuidado.
R. Te rogamos, óyenos.

Y da vida y salud a este enfermo, a quien en tu nombre vamos a imponer las manos.
R. Te rogamos, óyenos.
______________________________________________________

139. Ahora el sacerdote, en silencio, impone las manos so­bre la cabeza del enfermo.

Bendición del óleo

140. Cuando, según lo dicho en el n. 21, el sacerdote haya de bendecir el óleo dentro del rito, procederá así:

Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has que­rido sanar las dolencias de los enfermos por medio de tu Hijo : escucha con amor la oración de nuestra fe y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Defensor so­bre este óleo.

Tú que has hecho que el leño verde del olivo pro­duzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo, enriquece con tu bendición + este óleo, para que cuantos sean ungidos con él sientan en el cuerpo y en el alma tu divina protección y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.

Que por tu acción, Señor, este aceite sea para noso­tros óleo santo, en nombre de Jesucristo, nuestro Se­ñor.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.
______________________________________________________

141. O bien:

— Bendito seas, Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste tu Hijo
al mundo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has re­bajado haciéndote hombre como nosotros, para
curar nuestras enfermedades.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de
nuestro cuerpo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Muéstrate propicio, Señor, y santifica con tu ben­dición este aceite, que va a servir de alivio en la en­fermedad de tu hijo, y por la oración de nuestra fe li­bra de sus males a quien ungimos con el óleo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

142. Si el óleo está ya bendecido, dice sobre él una oración de acción de gracias:

 Bendito seas, Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste tu Hijo al mundo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has rebajado haciéndote hombre como nosotros, para curar nuestras enfermedades.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de nuestro cuerpo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Mitiga, Señor, los dolores de este hijo tuyo, a quien ahora, llenos de fe, vamos a ungir con el óleo santo; haz que se sienta confortado en su enfermedad y aliviado en sus sufrimientos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Santa Unción

143. El sacerdote toma el santo óleo y unge al enfermo en la frente y en las manos, diciendo una sola vez:

Por esta santa Unción y por su bondadosa miseri­cordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo.
R. Amén.

Para que, libre de tus pecados, te conceda la salva­ción y te conforte en tu enfermedad.
R. Amén.

144. Después dice esta oración:

Oremos.
Te rogamos, Redentor nuestro, que por la gracia del Espíritu Santo, cures el dolor de este enfermo, sa­nes sus heridas, perdones sus pecados, ahuyentes todo sufrimiento de su cuerpo y de su alma y le devuelvas la salud espiritual y corporal, para que, restablecido por tu misericordia, se incorpore de nuevo a los quehace­res de su vida.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.
_____________________________________________________

145. O bien:

Señor Jesucristo, que para redimir a los hombres y sanar a los enfermos, quisiste asumir nuestra condi­ción humana, mira con piedad a N., que está enfermo y necesita ser curado en el cuerpo y en el espíritu.
Reconforta y consuela con tu poder a quien hemos ungido en tu nombre con el óleo sqnto, para que le­vante su ánimo y pueda superar todos sus males (y ya que has querido asociarlo a tu Pasión redentora, haz que confíe en la eficacia de su dolor para la salvación del mundo).
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Otras oraciones adaptadas a las diversas condiciones del enfermo:

146. Para un anciano.

Señor, mira con bondad a nuestro hermano que, sintiéndose débil por el peso de sus años, pide recibirla gracia de la santa Unción para bien de su cuerpo y de su alma; concédele que, confortado con el don del Espíritu Santo, permanezca en la fe y en la esperanza, dé a todos ejemplo de paciencia y así manifieste el consuelo de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

147. Para uno que está en peligro grave.

Señor Jesucristo, Redentor de los hombres, que en tu Pasión quisiste soportar nuestros sufrimientos y aguantar nuestros dolores, te pedimos por nuestro hermano N., que está enfermo; tú, que lo has redimido, aviva en él la esperanza de su salvación y con­forta su cuerpo y su alma.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

148. Para cuando se administran conjuntamente la Unción y el Viático:

Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, mira con amor a tu hijo N., que en su angustia pone en ti toda su esperanza; alivíalo con la gracia de la santa Unción y reanímalo con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, Viático para la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

149. Para uno que está en agonía.

Padre misericordioso, tú que conoces hasta dónde llega la buena voluntad del hombre, tú que siempre estás dispuesto a olvidar nuestras culpas, tú que nunca niegas el perdón a los que acuden a ti, compadécete de tu hijo N., que se debate en la agonía.
Te pedimos que, ungido con el óleo santo y ayu­dado por la oración de nuestra fe, se vea aliviado en su cuerpo y en su alma, obtenga el perdón de sus pecados y sienta la fortaleza de tu amor.
Por Jesucristo, tu Hijo, que venció a la muerte y nos abrió las puertas de la vida y contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Conclusión del rito

150. El sacerdote introduce la oración dominical con estas o parecidas palabras:

Y ahora, todos juntos, invoquemos a Dios con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Y todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Si ha de comulgar el enfermo, después de la oración domini­cal se procede como se indica en el rito de la comunión de enfer­mos (nn. 105-110).

151. El rito se concluye con la bendición del sacerdote:

Que Dios Padre te bendiga.
R. Amén.

Que el Hijo de Dios te devuelva la salud.
R. Amén.

Que el Espíritu Santo te ilumine.
R. Amén.

Que el Señor proteja tu cuerpo y salve tu alma.
R. Amén.

Que haga brillar su rostro sobre ti y te lleve a la vida eterna.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén)
________________________________________________________

152. O bien:

Jesucristo, el Señor, esté siempre a tu lado para de­fenderte.
R. Amén.

Que él vaya delante de ti para guiarte y vaya tras de ti para guardarte.
R. Amén.

Que él vele por ti, te sostenga y te bendiga.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén.)

153. O bien: 

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y os acom­pañe siempre.

R. Amén.

Puede emplearse también alguna de las fórmulas del Misal para el final de la Misa.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Sábado 31 diciembre 2016, 31 de diciembre, Día VII dentro de la Octava de Navidad.

TEXTOS MISA

31 de diciembre
Séptimo día dentro de la octava de Navidad
Die 31 decembris
De VII die infra octavam Nativitatis Domini
Antífona de entrada Is 9, 6
Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el principado, y es su nombre: Mensajero del designio divino.
Antiphona ad introitum Is 9, 6
Puer natus est nobis, et fílius datus est nobis, cuius impérium super húmerum eius, et vocábitur nomen eius magni consílii Angelus.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excélsis.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, que has establecido el principio y la plenitud de toda religión en el nacimiento de tu Hijo Jesucristo, te suplicamos nos concedas la gracia de ser contados siempre entre los miembros vivos de su Cuerpo, porque sólo en él radica la salvación del mundo Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Omnípotens sempitérne Deus, qui in Fílii tui nativitáte tribuísti totíus religiónis inítium perfectionémque constáre, da nobis, quaesumus, in eius portióne censéri, in quo totíus salútis humánae summa consístit. Qui tecum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del 31 de diciembre, Día VII dentro de la Octava de Navidad (Lecc. II).

PRIMERA LECTURA 1 Jn 2, 18-21
Estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan

Hijos míos, es la última hora.
Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es la última hora.
Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros.
En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis.
Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 95, 1-2. 11-12. 13 (R.: 11a)
R.
Alégrese el cielo, goce la tierra. Læténtur cæli et exsúltet terra.

V. Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria. R.
Alégrese el cielo, goce la tierra. Læténtur cæli et exsúltet terra.

V. Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles bosque. R.
Alégrese el cielo, goce la tierra. Læténtur cæli et exsúltet terra.

V. Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R.
Alégrese el cielo, goce la tierra. Læténtur cæli et exsúltet terra.

Aleluya Jn 1, 14a. 12A
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios. Verbum caro factum est, et habitávit in nobis. Quotquot recepérunt eum, dedit eis potestátem fílios Dei fíeri.
R.

EVANGELIO Jn 1, 1-18
El Verbo se hizo carne
Comienzo del santo Evangelio según san Juan.
R. Gloria a ti, Señor.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Benedicto XVI, La infancia de Jesús.
El origen de Jesús, su «de dónde», es el «principio» mismo, la causa primera de la que todo proviene; la «luz» que hace del mundo un cosmos. Él viene de Dios. Él es Dios. Este «principio» que ha venido a nosotros inaugura –precisamente en cuanto principio– un nuevo modo de ser hombres. «A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios» (Jn 1, 12 s).
Una parte de la tradición manuscrita no lee esta frase en plural, sino en singular: «El que no ha sido generado por la sangre.» De este modo, la frase sería una clara referencia a la concepción y el nacimiento virginal de Jesús. Quedaría así subrayado concretamente una vez más el provenir de Dios de Jesús, en el sentido de la tradición documentada por Mateo y Lucas. Pero ésta es sólo una interpretación secundaria; el texto auténtico del Evangelio habla aquí muy claramente de aquellos que creen en el nombre de Cristo, y que por ello reciben un nuevo origen. Por lo demás, aparece de manera innegable la conexión con la profesión del nacimiento de Jesús de la Virgen María: el que cree en Jesús entra por la fe en el origen personal y nuevo de Jesús, recibe este origen como el suyo propio. De por sí, todos estos creyentes han nacido ante todo «de la sangre y el amor humano». Pero la fe les da un nuevo nacimiento: entran en el origen de Jesucristo, que ahora se convierte en su propio origen. Por Cristo, mediante la fe en él, ahora han sido generados por Dios.

Oración de los fieles
40. Oremos, amados hermanos, a Dios Padre todopoderoso, que ha proclamado por sus ángeles la gloria en el cielo, la paz en la tierra y la renovación en todo el universo, para que se digne llenarnos con sus bienes.
- Por la santa Iglesia de Dios: para que al celebrar las fiestas de Navidad, todos sus fieles renazcan a una vida de justicia, de libertad, de amor y de paz. Roguemos al Señor.
- Por todas las naciones del mundo: para que reine en ellas la paz, sus magistrados las gobiernen con espíritu de servicio y cada día sea más estrecha la hermandad universal que Cristo ha traído con su nacimiento. Roguemos al Señor.
- Por los pobres y los enfermos, por los prisioneros y los refugiados, por los desterrados, los emigrantes y los que sufren los horrores de la guerra: para que en estos días de Navidad sientan de alguna forma la paz y el amor que Cristo ha traído al mundo. Roguemos al Señor.
- Por todos los que en otros años celebraban con nosotros estas santas fiestas y han partido de este mundo: para que en el Reino eterno contemplen el rostro de Cristo. Roguemos al Señor.
Escucha, Dios de misericordia, nuestras súplicas y ayuda a los que padecen, para que, consolados con la presencia de tu Hijo, no tengan ya que temer ningún mal. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Señor, Dios nuestro, fuente de toda piedad sincera y del amor fraterno, que esta ofrenda glorifique tu nombre y nuestra unión se haga fuerte por la participación en estos sacramentos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Deus, auctor sincérae devotiónis et pacis, da, quaesumus, ut et maiestátem tuam conveniénter hoc múnere venerémur, et sacri participatióne mystérii fidéliter sénsibus uniámur. Per Christum.
PREFACIO I DE NAVIDAD
Cristo, luz del mundo
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque, gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible.
Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO I DE NATIVITATE DOMINI
De Christo luce
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus:
Quia per incarnáti Verbi mystérium nova mentis nostrae óculis lux tuae claritátis infúlsit: ut, dum visibíliter Deum cognóscimus, per hunc in invisibílium amórem rapiámur.
Et ídeo cum Angelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia caeléstis exércitus, hymnum glóriae tuae cánimus, sine fine dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. 
se dice Atiende propio
PREX EUCHARISTICA III.
Antífona de comunión 1 Jn 4, 9
Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
Antiphona ad communionem 1Jn 4, 9
Misit Deus Fílium suum Unigénitum in mundum, ut vivámus per eum.
Oración después de la comunión
Que tu pueblo, Señor, dirigido por tu ayuda continua, reciba los auxilios, presentes y futuros, que le envías, y sostenido, pues lo necesita, por el consuelo de las cosas temporales, ayúdale a aspirar con más confianza a los bienes eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Divérsis plebs tua, Dómine, gubernáta subsídiis, et praeséntia pietátis tuae remédia cápiat et futúra, ut, transeúntium rerum necessária consolatióne fovénte, fiduciálius ad aetérna conténdat. Per Christum.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Comunión de enfermos. Rito breve.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

2. RITO BREVE DE LA COMUNIÓN DE ENFERMOS

115. Este rito sirve cuando hay que dar la sagrada comunión a varios enfermos que moran en varias dependencias de una misma casa, por ejemplo, en sanatorios, hospitales o clínicas. Si parece conveniente, pueden añadirse algunos elementos toma­dos del rito ordinario.

116. Si hay enfermos que quieren confesarse, el sacerdote los oirá y absolverá en el momento más oportuno, antes de que comience a distribuir la comunión.

117. El rito puede comenzar o en la iglesia o en la capilla o en la primera habitación. El sacerdote dice esta antífona:

¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra co­mida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura!

118. Luego, el sacerdote, acompañado si es posible por al­guna persona que porte un cirio, se acerca a los enfermos y dice una sola vez a todos los enfermos que están en la misma sala o a cada uno en particular:

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

119. Cada uno de los comulgantes dice:

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Y reciben la comunión en la forma acostumbrada.

120. La oración final puede decirse en la iglesia, en la capilla o en la última habitación, y no se da la bendición.

Viernes 30 diciembre 2016, La Sagrada Familia: Jesús, María y José, fiesta. Lecturas ciclo A.

LITURGIA DE LA PALABRA
Domingo Octava de Navidad. La Sagrada Familia: Jesús, María y José, ciclo A (Lec. I A).

Cuando esta fiesta se celebra el 30 de diciembre, por no haber ningún domingo entre los días 25 de diciembre y 1 de enero, antes del Evangelio se ha de elegir una sola lectura.

PRIMERA LECTURA Eclo 3, 2-6. 12-14
Quien teme al Señor honrará a sus padres

Lectura del libro del Eclesiástico.

El Señor honra más al padre que a los hijos
y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados,
y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida,
y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez
y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él,
y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada
y te servirá para reparar tus pecados.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 127, 1bc-2. 3. 4-5 (R.: cf. 1bc)
R.
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos. Beati omnes qui timent Dóminum, qui ambulant in viis eius.

V. Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos. Beati omnes qui timent Dóminum, qui ambulant in viis eius.

V. Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R.
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos. Beati omnes qui timent Dóminum, qui ambulant in viis eius.

V. Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R.
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos. Beati omnes qui timent Dóminum, qui ambulant in viis eius.

SEGUNDA LECTURA Col 3, 12-21
La vida de familia vivida en el Señor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Col 3, 15a. 16a
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
La paz de Cristo reine en vuestro corazón; la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.
Pax Christi exsúltet in córdibus vestris; verbum Christi hábitet in vobis abundánter.
R.

EVANGELIO Mt 2, 13-15. 19-23
Toma al niño y a su madre y huye a Egipto
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, Ángelus 29-diciembre-2013
Hoy, nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco. Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: permiso, gracias, perdón. Cuando en una familia no se es entrometido y se pide "permiso", cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir "gracias", y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir "perdón", en esa familia hay paz y hay alegría. Recordemos estas tres palabras. Pero las podemos repetir todos juntos: permiso, gracias, perdón. (Todos: permiso, gracias, perdón) Desearía alentar también a las familias a tomar conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. El anuncio del Evangelio, en efecto, pasa ante todo a través de las familias, para llegar luego a los diversos ámbitos de la vida cotidiana.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
B. Fiesta de la Sagrada Familia
120. "El domingo dentro de la Octava de Navidad, Fiesta de la Sagrada Familia, el Evangelio es el de la infancia de Jesús, las demás lecturas hablan de las virtudes de la vida doméstica" (OLM 95). Los Evangelistas, en esencia, no contaron nada sobre la vida de Jesús desde su Nacimiento hasta el comienzo de su ministerio público; lo poco que nos ha sido transmitido lo escuchamos en los pasajes evangélicos propuestos para esta Fiesta. Los portentos que rodean el Nacimiento del Salvador se debilitan y la Sagrada Familia vive una vida doméstica muy común, que viene ofrecida a las familias como modelo a imitar, tal como sugieren las oraciones de esta celebración.
121. Cada día, en diversos lugares del mundo, la institución familiar soporta grandes retos y, por ello, sería apropiado que el homileta hablara de ello. No obstante, más que ofrecer una simple exhortación moral sobre los valores de la familia, el homileta debería inspirarse en las lecturas del día para hablar de la familia cristiana como escuela de discipulado. Cristo, del que celebramos su Nacimiento, ha venido al mundo para hacer la voluntad del Padre: tal obediencia, dócil a la inspiración del Espíritu Santo, tiene que encontrar un lugar en cada familia cristiana. José obedece al ángel y conduce al Hijo y a su Madre a Egipto (Año A); María y José obedecen la Ley presentando al Niño en el Templo (Año B) y yendo hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua judía (Año C). Jesús, por su parte, obedece a sus padres terrenales pero el deseo de estar en la casa del Padre es todavía más grande (Año C). Como cristianos, somos miembros también de otra familia, que se reúne en torno a la mesa familiar del altar para alimentarnos del Sacrificio que se ha cumplido, ya que Cristo ha obedecido hasta la muerte. Tenemos que ver a las familias como Iglesia doméstica en la que poner en práctica aquel modelo de amor oblativo de sí mismo que asimilamos en la Eucaristía. De este modo, todas las familias cristianas se abre también hacia afuera para formar parte de la nueva familia y más amplia de Jesús: «El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3, 35).
122. La comprensión del sentido cristiano de la vida familiar ayuda al homileta a explicar la lectura tomada de la Carta de san Pablo a los Colosenses. El precepto apostólico, según el cual la mujer debe estar sometida al marido, puede chocar a nuestros contemporáneos; si el homileta piensa no comentar esto, sería más prudente recurrir a la versión breve de la lectura. No obstante, los pasajes complicados de la Escritura, en la mayor parte de los casos, tienen mucho que enseñarnos y este caso específico ofrece al homileta la ocasión de afrontar un argumento con el que podría no estar de acuerdo el oyente moderno, pero que de suyo representa una fortaleza si se comprende correctamente. La referencia a un texto similar, tomado de la Carta de san Pablo a los Efesios (Ef 5, 21-6, 4), nos permite profundizar en su significado. Pablo, en este texto, discute las recíprocas responsabilidades de la vida familiar. La frase clave es la siguiente: «Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano» (Ef 5, 21). La originalidad de la enseñanza del Apóstol no reside en el hecho de que la mujer deba estar sometida a su marido, condición ya asumida en la cultura de su tiempo. Lo que es novedoso y, además, propiamente cristiano, es, sobre todo, que esta sumisión debe ser recíproca: si la mujer debe obedecer al marido, él, a su vez, como Cristo, debe sacrificar su propia vida por su esposa. En segundo lugar, la razón de la mutua sumisión no está dirigida simplemente a la armonía de la familia o al bien de la sociedad, sino que se realiza por temor de Cristo. En otras palabras, la sumisión recíproca en la familia es una expresión del discipulado cristiano; la casa familiar es, o tendría que llegar a ser, un lugar donde manifestamos nuestro amor a Dios sacrificando nuestras vidas el uno por el otro. El homileta puede lanzar el reto a los oyentes para que lleven a cabo en sus relaciones este amor de auto-oblación, que es el corazón de la vida y de la misión de Cristo, celebrado en la "comida familiar" de la Eucaristía.
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo A. Sagrada Familia.
La Sagrada Familia
531 Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 51-52).
532 Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: "No se haga mi voluntad … "(Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inaugurada ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).
533 La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana:
"Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio … Una lección de silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e inestimable … Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable … Una lección de trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero", aquí es donde querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano … ; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino" (Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).
534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron" esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria.
La familia cristiana, una Iglesia doméstica
1655 Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, "con toda su casa", habían llegado a ser creyentes (cf Hch 18, 8). Cuando se convertían deseaban también que se salvase "toda su casa" (cf Hch 16, 31 y Hch 11, 14). Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.
1656 En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, "Ecclesia domestica" (LG 11; cf. FC, 21). En el seno de la familia, "los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada" (LG 11).
1657 Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, "en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras" (LG 10). El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y "escuela del más rico humanismo" (GS 52, 1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.
1658 Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, "iglesias domésticas" y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. "Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están `fatigados y agobiados' (Mt 11, 28)" (FC, 85).
2204 "La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso… puede y debe decirse iglesia doméstica" (FC, 21, cf LG 11). Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como aparece en el Nuevo Testamento (cf Ef 5, 21-Ef 6, 4; Col 3, 18-21; 1 P 3, 1-7).
2205 La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.
2206 Las relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas. La familia es una "comunidad privilegiada" llamada a realizar un "propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos" (GS 52, 1).
Las obligaciones de los miembros de la familia
Deberes de los hijos
2214 La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cf. Ef 3, 14); es el fundamento del honor de los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su madre (cf Pr 1, 8; Tb 4, 3-4), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une. Es exigido por el precepto divino (cf Ex 20, 12).
2215 El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. "Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?" (Si 7, 27-28).
2216 El respeto filial se revela en la docilidad y la obediencia verdaderas. "Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre… en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar" (Pr 6, 20-22). "El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la reprensión" (Pr 13, 1).
2217 Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la familia. "Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor" (Col 3, 20; cf Ef 6, 1). Los hijos deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.
Cuando sean mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prever sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.
2218 El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En cuanto puedan deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante los tiempos de enfermedad, de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf Mc 7, 10-12).
"El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre" (Si 3, 2-6).
"Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, se indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor… Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre" (Si 3, 12-13.16)).
2219 El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar; atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El respeto a los padres irradia en todo el ambiente familiar. "Corona de los ancianos son los hijos de los hijos" (Pr 17, 6). "Soportaos unos a otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia" (Ef 4, 2).
2220 Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de otros maestros o amigos. "Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti" (2Tm 1, 5).
Deberes de los padres
2221 La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación "tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse" (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf FC, 36).
2222 Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre del cielo.
2223 Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones "materiales e instintivas a las interiores y espirituales" (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:
"El que ama a su hijo, le azota sin cesar… el que enseña a su hijo, sacará provecho de él" (Si 30, 1-2).
"Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor" (Ef 6, 4).
2224 El hogar constituye un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
2225 Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de los que ellos son para sus hijos los "primeros anunciadores de la fe" (LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante la vida entera, serán auténticos preámbulos y apoyos de una fe viva.
2226 La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.
2227 Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento de sus padres en la santidad (cf GS 48, 4). Todos y cada uno se concederán generosamente y sin cansarse los perdones mutuos exigidos por las ofensas, las querellas, las injusticias, y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La caridad de Cristo lo exige (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 4).
2228 Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se traducen ante todo por el cuidado y la atención que consagran en educar a sus hijos, en proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos a usar rectamente de su razón y de su libertad.
2229 Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio.
2230 Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación confiada con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres deben cuidar no violentar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Este deber de no inmiscuirse no les impide, sino al contrario, ayudarles con consejos juiciosos, particularmente cuando se proponen fundar un hogar.
2231 Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir grandemente al bien de la familia humana.
LA FAMILIA Y EL REINO DE DIOS
2232 Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf Mt 16, 25): "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi" (Mt 10, 37).
2233 Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: "El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12, 49).
Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.
La huida a Egipto
333
De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce "a su Primogénito en el mundo, dice: 'adórenle todos los ángeles de Dios"' (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios… " (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; Mt 2, 13. 19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando El habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2M 10, 29-30; 2M 11, 8). Son también los ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; Mt 25, 31 ; Lc 12, 8-9).
530 La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13 - 18) manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo (cf. Os 11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.