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lunes, 4 de septiembre de 2017

Misas de la Virgen María, Orientaciones generales (15-agosto-1986).

Misas de la Virgen María, 15 de agosto de 1986.
Orientaciones generales

Orientaciones generales (Praenotanda) de la Collectio Missarum de beata Maria Virgine, Libreria Editrice Vaticana, 1987, promulgadas por la Congregación para el Culto divino, Decreto Christi mysterium celebrans, de 15 de agosto de 1986.

1. El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, después de haber expuesto la doctrina católica sobre la naturaleza de la veneración a santa María, Madre de Cristo, exhorta «a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen» (1). El mismo Concilio, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, ilustra la experiencia de la Iglesia universal respecto del culto litúrgico dirigido a la Virgen: «En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención, y la contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser.» (2)

2. La Sede Apostólica, movida por la exhortación del sagrado Concilio Vaticano II y guiada por la secular experiencia y sabiduría de la Iglesia, se ha aplicado con presteza a promover una recta devoción para con la Madre de Dios. Por esto, en el ámbito de la liturgia romana, la veneración hacia la Virgen María se presenta rica de contenidos e inmersa orgánicamente en el desarrollo del año litúrgico (3).

3. La liturgia romana, en efecto, ofrece a los fieles en su Calendario general abundantes ocasiones para celebrar en el curso del año litúrgico la participación de la Santísima Virgen en el misterio de la salvación; ofrece asimismo preciosos testimonios de devoción mariana no sólo en el Misal Romano y en la Liturgia de las Horas, sino también en otros libros litúrgicos, algunos de los cuales contienen celebraciones propias para venerar la memoria de la humilde y gloriosa Madre de Cristo (4).

(1) Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, n. 67.
(2) Concilio Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium, sobre la sagrada liturgia, n. 103.
(3) Cf. PABLO VI, Ex. Ap. Marialis cultus, de 2 de febrero de 1974, n. 2: AAS 66 (1974), p. 117.
(4) Cf. por ejemplo, Bendicional, Coeditores litúrgicos, 1986, cap. XXXII, II: Rito de la bendición de una imagen de santa María Virgen, nn. 1112-1126, pp. 500-508; Rito de la coronación de una imagen de santa María Virgen, Coeditores litúrgicos, 1983.


I. LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA EN LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO DE CRISTO

4. La liturgia celebra, por medio de signos sagrados, la obra de la salvación efectuada por Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo. La salvación que Dios Padre realiza incesantemente:
‐ fue anunciada a los patriarcas y a los profetas. «La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente (5) y significar con diversas figuras (6) la venida de Cristo, redentor universal, y la del Reino mesiánico» (7);
‐ fue manifestada plenamente en Cristo Jesús. Jesús, Hijo de Dios, se encarnó en el seno virginal de la Virgen de Nazaret, y fue constituido Mediador de la nueva y eterna Alianza. Con el misterio de su Pascua reconcilió a la humanidad con el Padre (8) y, derramando sobre ella el Espíritu de adopción (9), la ha asociado íntimamente a sí, para hacerla capaz de ofrecer al Padre un culto agradable en espíritu y verdad (10);
‐ se prolonga en el «tiempo de la Iglesia» por medio del anuncio del Evangelio y la celebración de los sacramentos (11), que hacen que las generaciones que se suceden en la historia se adhieran a la palabra que salva, y sean incorporadas al misterio pascual;
‐ tendrá su cumplimiento total en la gloriosa segunda venida de Cristo (12), cuando él, vencida la muerte, someta a sí todas las cosas y entregue el Reino a Dios Padre (13).

5. Realizando los divinos misterios, la Iglesia celebra la entera obra de la salvación; celebrando los acontecimientos pasados, de alguna manera los hace presentes y, en el «hoy cultual» (14), efectúa la salvación de los fieles que, peregrinos aún sobre la tierra, se dirigen a la ciudad futura (15).

La bienaventurada. Virgen María, que, según el plan de Dios y con vistas al misterio de Cristo y de la Iglesia, ha «entrado íntimamente en la historia de la salvación» (16), intervino de varias y admirables maneras en los misterios de la vida de Cristo.

6. Las misas de la bienaventurada Virgen María encuentran su razón de ser y su valor en esta íntima participación de la Madre de Cristo en la historia de la salvación. La Iglesia, conmemorando el papel de la Madre del Señor en la obra de la redención o sus privilegios, celebra ante todo los acontecimientos salvadores en los que, según el designio de Dios, intervino la Virgen María con vistas al misterio de Cristo.

(5) Cf. Lc 24, 44; Jn 5, 39; 1P 1, 10.
(6) Cf. 1Co 10, 11.
(7) Conc. Vat. II, Const. Dogm. Dei Verbum, n. 15.
(8) Cf. Col 1, 22; 2Co 5, 18-19.
(9) Cf. Rm 8, 15-17; Ga 4, 5-6.
(10) Cf. Jn 4, 23.
(11) Cf. Mt 28, 18-20.
(12) Cf. Mt 24, 30; Hch 1, 11.
(13) Cf. 1 Co 15, 24-28.
(14) Cf. por ej., Liturgia Horarum, Antif. Magnificat, II Visperas Natividad del Señor (25 diciembre); Antif. Magnificat II Visperas Epifanía del Señor (6 enero); Antif. Magnificat II Vísperas Presentación del  Señor (2 febrero); Antif. Magnificat II vísperas Ascensión del Señor (domingo VII Pascua); Antif. Magnificat II Vísperas domingo Pentecostés.
(15) Cf. Heb 13, 14.
(16) Conc. Vat II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 65.

En las misas de santa María se celebran las intervenciones de Dios para salvar a los hombres

7. Entre estos acontecimientos de salvación, la Iglesia celebra, al comienzo del año litúrgico, la obra divina de preparación de la Madre del Redentor, en la cual, «tras la larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía» (17). En efecto, Dios vino sobre María con su gracia y la preservó de toda mancha de pecado desde el primer instante de su concepción, la llenó de los dones del Espíritu Santo y la rodeó con su amor incesante, realizando en ella «obras grandes» (18) en orden a la salvación de los hombres.

8. La Iglesia celebra la intervención de Dios en la encarnación del Verbo, en el nacimiento de Cristo, en su manifestación a los pastores, primicias de la Iglesia que surge de los judíos (19), y a los magos, primicias de la Iglesia surgida de los paganos (20); y en otros episodios de la infancia del Salvador, hechos salvadores a los que María estuvo íntimamente ligada. Por consiguiente, muchos formularios de misas, entre los que hay no pocos de gran valor litúrgico y de venerable antigüedad, celebran los misterios de la infancia de Cristo y conmemoran y ponen de manifiesto a la vez la participación que tuvo en ellos su Madre.

9. La Iglesia venera también a la bienaventurada Virgen María, «que intervino en los misterios de Cristo» (21), al celebrar litúrgicamente la vida pública del Salvador, en la que Dios Padre actuó de modo admirable. «En la vida pública de Jesús, su Madre aparece con especial relieve: ya al principio cuando las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (22). En el decurso de la predicación de su Hijo recibió las palabras con las que, elevando el Reino de Dios por encima de los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios (23) como ella lo hacía fielmente» (24).

10. Pero donde la Iglesia celebra principalmente la acción de Dios es en el misterio pascual de Cristo y, al celebrarlo, encuentra a la Madre indisolublemente asociada al Hijo; en efecto, en la pasión del Hijo la bienaventurada Virgen «sufrió vivamente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, dando su consentimiento con amor a la inmolación de la víctima engendrada por ella misma» (25); en su resurrección fue colmada de alegría inefable (26); después de su ascensión al cielo, unida en oración con los Apóstoles y los primeros discípulos, imploró en el Cenáculo «el don del Espíritu, quien ya la había cubierto con su sombra en la anunciación» (27).

(17) Ibid., n. 55.
(18) Cf. Lc 1, 49.
(19) Cf. Lc 2, 15-16.
(20) Cf. Mt 2, 1-12.
(21) Conc. Vat. II, Cont. Dogm. Lumen gentium, n. 66.
(22) Cf. Jn 2, 1-11.
(23) Cf. Mt 3, 35; Lc 11, 27-28.
(24) Cf. Lc 19. 51. Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 58.
(25) Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 58.
(26) Cf. Liturgia Horarum, Preces (segundo formulario) de las I y II Vísperas del Común de santa María Virgen.
(27) Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 59.



Presencia de Cristo en las celebraciones litúrgicas

11. Después de la gloriosa ascensión de Cristo al cielo, la obra de la salvación continúa realizándose sobre todo en la celebración de la liturgia, la cual es considerada no sin razón el momento último de la historia de la salvación. Pues en la liturgia Cristo está presente de varios modos (28): es la cabeza que preside la asamblea cultual, cuyos miembros están revestidos de dignidad real; el maestro, que continúa anunciando el Evangelio de salvación; el sacerdote, que ofrece el sacrificio de la nueva ley y actúa eficazmente en los sacramentos; el mediador, que intercede sin cesar ante el Padre en favor de los hombres (29); el hermano primogénito (39), que une su voz a la de innumerables hermanos.

Los fieles, adhiriéndose a la palabra de la fe y participando «en el Espíritu» en las celebraciones litúrgicas, se encuentran con el Salvador y se insertan vitalmente en el acontecimiento salvífico.

12. De manera semejante, la bienaventurada Virgen, asunta gloriosamente al cielo y ensalzada junto a su Hijo, Rey de reyes y Señor de señores (31), no ha abandonado la misión salvadora que el Padre le confió, «sino que continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna salvación» (32). La Iglesia, que «quiere vivir el misterio de Cristo» (33) con María y como María, a causa de los vínculos que la unen a ella, experimenta continuamente que la bienaventurada Virgen está a su lado siempre, pero sobre todo en la sagrada liturgia, como madre y como auxiliadora.

13. La liturgia, por su misma naturaleza, favorece, realiza y expresa maravillosamente la comunión no sólo con las Iglesias diseminadas por toda la tierra, sino también con los bienaventurados del cielo, con los ángeles y los santos, y, en primer lugar, con la gloriosa Madre de Dios.

En íntima comunión con la Virgen María (34), e imitando sus sentimientos de piedad (35), la Iglesia celebra los divinos misterios, en los cuales «Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados» (36):
‐ asociándose a la voz de la Madre del Señor, bendice a Dios Padre y lo glorifica con su mismo cántico de alabanza (37);
‐ con ella quiere escuchar la palabra de Dios y meditarla asiduamente en su corazón (38);
‐ con ella desea participar en el misterio pascual de Cristo (39) y asociarse a la obra de la redención (40);
‐ imitándola a ella que oraba en el Cenáculo con los Apóstoles, pide sin cesar el don del Espíritu Santo (41);
‐ apelando a su intercesión, se acoge bajo su amparo (42), y la invoca para que visite al pueblo cristiano y lo llene de sus beneficios (43);
‐ con ella, que protege benignamente sus pasos, se dirige confiadamente al encuentro de Cristo (44).

(28) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, nn. 6-7.
(29) Cf. Hb 7, 25.
(30) Cf. Rm 8, 29.
(31) Cf. Ap 19, 16.
(32) Conc. Vat II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 62.
(33) PABLO VI, Ex. Ap. Marialis cultus, de 2 de febrero de 1974, n. 11: AAS 66 (1974), p. 124.
(34) Cf. Missale Romanum, "Reunidos en comunión" de la Plegaria Eucarística I o canon romano.
(35) Cf. PABLO VI, Ex. Ap. Marialis cultus, de 2 de febrero de 1974, n. 16-20: AAS 66 (1974), p. 128-132.
(36) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 7.
(37) Cf. Missale Romanum, Oración colecta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo); Prefacio II de santa María Virgen.
(38) Cf. Bendicional, Coeditores litúrgicos, 1986, cap. IV, II: Bendición de un grupo reunido para la catequesis o la oración, preces, n. 387, pp. 173-174.
(39) Cf. Missale Romanum, Oración colecta de la memoria de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores (15 de septiembre); Bendicional, Coeditores litúrgicos, 1986, cap. XL: Bendición de las estaciones del vía crucis, preces, n. 291, pp. 575-576.
(40) Cf. Missale Romanum, Oración sobre las ofrendas de la misa votiva de santa María Virgen, Madre de la Iglesia.
(41) Cf. ibid., Prefacio de la misa votiva de santa María Virgen, Madre de la Iglesia.
(42) Cf. Liturgia Horarum, Antif. final a la Santísima Virgen María, de Completas, "Bajo tu protección".
(43) Cf. ibid, Himno Veni, praecelsa Domina, del Oficio de lectura de la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo).
(44) Cf. Missale Romanum, Prefacio de la misa votiva de santa María Virgen, Madre de la Iglesia.



Valor ejemplar de la Virgen María en las celebraciones litúrgicas

14. La liturgia, que tiene el poder admirable de evocar el pasado y hacerlo presente, pone con frecuencia ante los ojos de los fieles la figura de la Virgen de Nazaret, que «se consagró totalmente, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con él y bajo él» (45).

Por esto la Madre de Cristo resplandece, sobre todo en las celebraciones litúrgicas, «como modelo de virtudes» (46) y de fiel cooperación a la obra de salvación.

15. La liturgia, heredera de la doctrina y del lenguaje de los santos Padres, para expresar la ejemplaridad de la bienaventurada Virgen, usa varios términos: modelo, sobre todo cuando quiere resaltar su santidad y presentarla a los cristianos como fiel esclava del Señor (47) y perfecta discípula de Cristo; figura, para indicar que la conducta de María ‐virgen, esposa y madre‐ prefigura la vida de la Iglesia y guía sus pasos en el camino de la fe y del seguimiento del Señor; imagen, para destacar que en María, perfectamente configurada a su Hijo, la Iglesia «contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser» (48).

16. Por eso, la Iglesia, en la sagrada liturgia, invita a los fieles a imitar a la bienaventurada Virgen sobre todo por la fe y la obediencia con que se adhirió amorosamente al designio de salvación de Dios. De modo particular, los himnos y los textos eucológicos ponen de manifiesto una rica y espléndida serie de virtudes que la Iglesia, en su experiencia secular de plegaria y de contemplación, guiada por el Espíritu Santo, ha descubierto y aprendido en la Madre de Cristo.

17. La ejemplaridad de la bienaventurada Virgen, que emerge de la celebración litúrgica, induce a los fieles a configurarse a la Madre para configurarse mejor con el Hijo. Los mueve también a celebrar los misterios de Cristo con los mismos sentimientos de piedad con que la Virgen participó en el nacimiento y en la epifanía del Hijo, en su muerte y resurrección. Les apremia a guardar diligentemente la palabra de Dios y a meditarla con amor; a alabar a Dios jubilosamente y a darle gracias con alegría; a servir fielmente a Dios y a los hermanos y a ofrecerse generosamente; a orar con perseverancia y a suplicar confiadamente; a ser misericordiosos y humildes; a observar la ley del Señor y hacer su voluntad; a amar a Dios en todo y sobre todo; a estar vigilantes en la espera del Señor que viene.

18. En la celebración de las misas de santa María, los sacerdotes y todos aquellos que desempeñan alguna función pastoral deben procurar ante todo que los fieles comprendan que el sacrificio eucarístico es el memorial de la muerte y de la resurrección de Cristo e invitarlos a participar en él plena y activamente; pero no dejen de mostrar el valor ejemplar de la figura de santa María, que contribuye en gran medida a la santificación de los fieles.

(45) Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 56.
(46) Ibid., n. 65.
(47) Cf. Lc 1, 38; 2, 48.
(48) Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 103; cf. Missale Romanum, Prefacio de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto).



II. NATURALEZA DE LAS «MISAS DE LA VIRGEN MARÍA»

19. Las Misas de la Virgen María, aprobadas por el Sumo Pontífice Juan Pablo II, y promulgadas por la Congregación para el Culto divino, se proponen sobre todo favorecer, en el ámbito del culto a la Virgen María, unas celebraciones que sean ricas en doctrina, variadas en cuanto al objeto específico y que conmemoren correctamente los hechos de salvación cumplidos por Dios Padre en la santísima Virgen, con vistas al misterio de Cristo y de la Iglesia.

20. Las «Misas» están formadas en gran parte por formularios procedentes de las actuales misas propias de las Iglesias particulares y de los Institutos religiosos, así como del mismo Misal Romano.

21. Las « Misas» están destinadas en primer lugar:
‐ a los santuarios marianos, en los que se celebran frecuentemente misas de santa María; no obstante, se deberán observar las normas establecidas en los números 29‐33 de estas Orientaciones generales;
‐ a las comunidades eclesiales que, en los sábados del tiempo ordinario, desean celebrar la misa en memoria de la bienaventurada Virgen María; estas comunidades deberán atenerse a cuanto se prescribe en el número 34 de estas Orientaciones generales.

El uso de las «Misas», como se dice más adelante en el número 37, está permitido también en aquellos días en los que, según la Ordenación general del Misal Romano (49) se pueden celebrar misas facultativas.

22. La promulgación de las Misas de la Virgen María no supone modificación alguna, ni en el Calendario Romano general, promulgado el 21 de marzo de 1969, ni en el Misal Romano, publicado en la segunda edición típica el 27 de marzo de 1975, ni en la Ordenación de lecturas de la misa, cuya segunda edición data del 21 de enero de 1981, ni tan siquiera en la actual normativa litúrgica.

(49) Cf. Ordenación general del Misal Romano, n. 316, c.

III. ESTRUCTURA DE LAS «MISAS DE LA VIRGEN MARÍA»

23. La Iglesia, en el curso del año litúrgico, celebra de manera orgánica todo el misterio de Cristo: desde la predestinación eterna, en virtud de la cual Cristo, el Verbo encarnado, es principio y cabeza, término y plenitud del género humano y de toda la creación, hasta su gloriosa segunda venida, cuando todas las cosas serán perfeccionadas en él y «Dios lo será todo para todos» (50).

24. Las Misas de la Virgen María han sido dispuestas según el orden del año litúrgico, teniendo en cuenta la íntima asociación de María al misterio de Cristo. Por tanto, los cuarenta y seis formularios de las «Misas» están distribuidos en los distintos tiempos del ano litúrgico, en relación sobre todo con el misterio que celebran: en el tiempo de Adviento (tres formularios), en el tiempo de Navidad (seis formularios), en el tiempo de Cuaresma (cinco formularios), en el tiempo de Pascua (cuatro formularios), y en el tiempo ordinario (veintiocho formularios).

Los formularios del tiempo ordinario están subdivididos en tres secciones: la primera comprende once formularios que celebran la memoria de la Madre de Dios bajo una serie de títulos tomados principalmente de la Sagrada Escritura o que expresan la relación de María con la Iglesia; la segunda sección consta de nueve formularios, en los que la Madre del Señor es venerada bajo advocaciones que recuerdan su intervención en la vida espiritual de los fieles; la tercera sección comprende ocho formularios que celebran la memoria de santa María bajo títulos que evocan su misericordiosa intercesión en favor de los fieles.

Este ordenamiento de los formularios hace que los momentos y modos de la cooperación de la santísima Virgen a la obra de la salvación se celebren en el tiempo litúrgico más adecuado, y que se ponga de relieve la profunda relación de la Madre del Señor con la misión de la Iglesia.

25. Las «Misas», siguiendo la costumbre de la liturgia romana, constan de dos volúmenes:
‐el primero contiene los textos eucológicos, las antífonas de entrada y de comunión y, en apéndice, algunas fórmulas para impartir la bendición solemne al final de la misa;
‐el segundo contiene las lecturas bíblicas asignadas a cada una de las misas, con el salmo responsorial y el «Aleluya» o el versículo antes del Evangelio.

26. En el primer volumen, para favorecer la preparación de la celebración eucarística, cada formulario va precedido de una introducción de índole histórica, litúrgica y pastoral, en la que se explica brevemente el origen de la memoria o del título de la Virgen María, se indican, en ocasiones, las fuentes del formulario y se ilustra la doctrina que emerge de los textos bíblicos y eucológicos.

(50) 1Co 15, 28. Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 102; Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el Calendario, n. 1.


IV. USO DE LAS «MISAS DE LA VIRGEN MARÍA»

27. Para que las Misas de la Virgen María consigan los fines pastorales que se proponen, es necesario que sean usadas correctamente en todos los lugares y por parte de todos los interesados.

Respeto a los tiempos del año litúrgico

28. El uso correcto de las «Misas» requiere ante todo, por parte del celebrante, el respeto a los tiempos del año litúrgico. Por consiguiente, los diversos formularios deben ser usados, de suyo, en el tiempo litúrgico al que han sido asignados. No obstante, por causa justa, algunos formularios pueden usarse también en otro tiempo litúrgico; por ejemplo:

‐ la misa de «Santa María de Nazaret», que se encuentra entre las misas del tiempo de Navidad (núm. 8), puede ser celebrada convenientemente también en el tiempo ordinario, si un grupo de fieles quiere conmemorar la vida de la Virgen en Nazaret y su valor ejemplar;

‐ la misa de «La Virgen María, madre de la reconciliación», que se encuentra entre los formularios del tiempo de Cuaresma (núm. 14), PLIMC ser usada correctamente en el tiempo ordinario, cuando se celebra la Eucaristía para suscitar sentimientos de reconciliación y de concordia.

Por el contrario, misas como la de «La Virgen María en la Epifanía del Señor» (núm. 6) o la de «La Virgen María en la resurrección del Señor» (núm. 15) no pueden ser celebradas fuera del tiempo de Navidad o de Pascua, respectivamente, a causa de la pertenencia a un determinado tiempo litúrgico.

A) Uso de las «Misas» en los santuarios marianos

29. Las Misas de la Virgen María, como se ha dicho antes en el número 21, están destinadas en primer lugar a los santuarios marianos, para que en ellos se incremente la verdadera devoción a la Madre del Señor y se nutra del genuino espíritu litúrgico.

Esto será una gran ventaja para las Iglesias particulares, cuya actividad pastoral se ve sostenida y favorecida en gran manera por las iniciativas y las obras de los santuarios marianos. En los santuarios ‐como dispone el Código de Derecho Canónico‐, es preciso proporcionar a los fieles con mayor abundancia «los medios de salvación, predicando con diligencia la palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y de la penitencia, y practicando también otras formas aprobadas de piedad popular» (51).

30. La celebración de la Eucaristía es el culmen y el centro de toda la acción pastoral de los santuarios: desean participar especialmente en ella los numerosos peregrinos que se reúnen en los santuarios, los grupos que se reúnen allí para un encuentro de estudio o de plegaria, los fieles que acuden individualmente para dirigir sus súplicas a Dios o para recogerse en oración contemplativa.

Por eso, es necesario poner el mayor cuidado en la celebración de la Eucaristía para que la acción litúrgica, adaptada a las condiciones particulares de los fieles y de los grupos, resulte ejemplar, y la asamblea que celebra los divinos misterios ofrezca una imagen genuina de la Iglesia (52).

31. La Congregación para el Culto divino suele conceder a los santuarios marianos la facultad de celebrar con frecuencia la misa de santa María Virgen.

En el uso de las Misas de la Virgen María ha de observarse cuanto sigue:
a) habida cuenta del tiempo litúrgico, estas misas se pueden celebrar todos los días, excepto los indicados en los números 1‐6 de la Tabla de los días litúrgicos (53);
b) sin embargo, la facultad a que se refiere la letra a) se concede solamente a los sacerdotes peregrinos o cuando se celebra la misa para un grupo de peregrinos;
c) en el tiempo de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, se deben proclamar las lecturas bíblicas asignadas en el Leccionario del tiempo para el día en que se celebra la misa, a no ser que se trate de una celebración que tenga carácter de fiesta o de solemnidad.

La «misa propia» del santuario

32. La correspondencia de los textos con el título particular con el que es venerada la Virgen María en el santuario hace que los peregrinos ‐sacerdotes y fieles‐ prefieran habitualmente celebrar la «misa propia» del santuario.

No obstante, hay que evitar que sea celebrada exclusivamente la «misa propia» del santuario, completamente al margen de los tiempos del año litúrgico. En efecto, es conveniente variar inteligentemente el formulario de la misa, para ofrecer a los fieles, incluso por medio de la celebración de la Eucaristía, una visión completa de la historia de la salvación y de la inserción de la Virgen en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

33. A título de ejemplo, se señalan algunos casos en los que, en lugar de la «misa propia» del santuario, será útil recurrir a alguna de las Misas de la Virgen María:
a) cuando en los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, las misas de la Virgen previstas en los respectivos tiempos se armonizan perfectamente con los misterios de Cristo celebrados en los citados tiempos litúrgicos;
b) cuando un formulario de las «Misas» refleja mejor las circunstancias concretas de una Iglesia local o de un grupo de peregrinos;
c) cuando un grupo de peregrinos permanece durante algunos días en el santuario o acude a visitarlo con frecuencia.

(51) Código de Derecho Canónico, can. 1234, p. 1.
(52) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 2.
(53) Los día indicados en los nn. 1-6 de la Tabla de los días litúrgicos, dispuesta según el orden de precedencia, son los siguientes:
1. Triduo pascual de la Pasión y Resurrección del Señor.
2. Natividad del Señor, Epifanía, Ascensión y Pentecostés.
Domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua.
Miércoles de Ceniza.
Semana Santa, desde el lunes al jueves, inclusive.
Días de la Octava de Pascua.
3. Solemnidades del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, inscritas en el calendario general.
Conmemoración de todos los fieles difuntos.
4. Solemnidades propias, a saber:
a) Solemnidad del Patrono principal del lugar, sea pueblo o ciudad.
b) Solemnidad de la dedicación y aniversario de la dedicación de la iglesia propia.
c) Solemnidad del Título de la iglesia propia.
d) Solemnidad: o del Título, o del Fundador, o del Patrono principal de la Orden o Congregación.
5. Fiestas del Señor inscritas en el calendario general.
6. Domingos del tiempo de Navidad y del tiempo ordinario.



B) Uso de las «Misas» para la memoria de santa María en el sábado

34. Las Misas de la Virgen María, como se ha dicho antes en el número 21, están destinadas también a las comunidades eclesiales que celebran con frecuencia la memoria de santa María «en los sábados del tiempo ordinario, en los que no coincida una memoria obligatoria» (54) y desean disponer de un repertorio más amplio de formularios.

35. La costumbre de dedicar el sábado a la bienaventurada Virgen María surgió en los monasterios carolingios a finales del siglo VIII y se difundió rápidamente por toda Europa (55). Esta práctica fue acogida también en los libros litúrgicos de muchas Iglesias particulares y se convirtió casi en patrimonio de las órdenes religiosas de vida evangélica y apostólica que empezaron a florecer a principios del siglo XIII.

Con la reforma litúrgica que siguió al Concilio de Trento, la costumbre de celebrar la memoria de santa María en el sábado entró en el Misal Romano.

La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II ha dado nuevo relieve y vigor a la memoria de santa María en el sábado; en efecto, ha hecho posible celebrarla con más frecuencia, ha aumentado tanto el número de formularios como el número de lecturas bíblicas, y ha renovado los textos eucológicos.

36. La memoria de santa María en el sábado se celebra en muchas comunidades eclesiales como una introducción al «día del Señor»; así, mientras se disponen a celebrar la memoria semanal de la resurrección del Señor, contemplan con veneración a la bienaventurada Virgen que, «en el gran sábado» cuando Cristo yacía en el sepulcro, esperó vigilante, sostenida por la fe y la esperanza, ella sola entre todos los discípulos, la resurrección del Señor (56).

Esta memoria de santa María, «antigua y discreta» (57) con su cadencia semanal, nos sugiere en cierto modo que la bienaventurada Virgen está presente y activa en la vida de la Iglesia.

C) Uso de las «Misas» en los días en que se permiten «misas facultativas»

37. En las ferias del tiempo ordinario en las que, según las normas de la Ordenación general del Misal Romano, están permitidas las «misas facultativas» (58), se concede al sacerdote que celebra la misa, con el pueblo o sin el pueblo, la facultad de usar los formularios de las «Misas».

Pero, si celebra con la participación del pueblo, al elegir la misa, «el sacerdote mirará en primer lugar al bien espiritual de los fieles, guardándose de imponer su propio gusto. Ponga principalmente cuidado en no omitir habitualmente y sin causa suficiente las lecturas que día tras día están indicadas en el Leccionario ferial, ya que la Iglesia desea que en la mesa de la palabra de Dios se prepare una mayor abundancia para los fieles» (59).

Recuerden también los sacerdotes y los fieles que la genuina devoción a la santísima Virgen no requiere que se multipliquen las celebraciones de misas de santa María, sino que en ellas todo ‐lecturas, cantos, homilía, oración de los fieles, oblación del sacrificio...‐ se desarrolle correctamente, con esmero y con vivo sentido litúrgico.

(54) Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el Calendario, n. 15.
(55) Cf. BERNALDO DE CONSTANZA, Micrologus de ecclesiasticis observationibus, cap. 60: PL 151, 1020.
(56) Cf. HUMBERTO DE RROMANIS, De vita regulari, cap. 24: Quare sabbatum attribuitur beatae Virgine, vol. II, Roma, Typis A. Befani, 1889, pp. 72-73.
(57) PABLO VI, Ex. Ap. Marialis cultus, 2-febrero-1974, n. 9: AAS 66 (1974) p. 122.
(58) Cf. Ordenación general del Misal Romano, n. 316, c.
(59) Ibid., n. 316; Cf. Ordo Lectionum Missae, 2ª ed. Típica, Libreria Editrice Vaticana, 1982, Prenotandos, n. 83; Conc. Vat. II, Const. Sacrosantum Concilium, n. 51.



V. LA PALABRA DE DIOS EN LOS FORMULARIOS DE LAS «MISAS DE LA VIRGEN MARÍA»

38. Para expresar y definir el contenido peculiar de una memoria litúrgica concurren no sólo los textos eucológicos, sino también los textos bíblicos. Por esto, se comprende que, desde la antigüedad, se ha puesto un cuidado especial en la elección de las perícopas escriturísticas. Y así, cada formulario de las Misas de la Virgen María tiene su propia «serie de lecturas» para la celebración de la liturgia de la palabra.

39. Las lecturas bíblicas de las Misas de la Virgen María constituyen un amplio y variado «repertorio», que se ha venido creando a lo largo de los siglos, con la aportación de las comunidades eclesiales, tanto antiguas como de nuestro tiempo.

En este «repertorio bíblico» se pueden distinguir tres géneros de lecturas:
a) lecturas del Nuevo y del Antiguo Testamento que contemplan directamente la vida y la misión de la bienaventurada Virgen María o contienen profecías que se refieren a ella;
b) lecturas del Antiguo Testamento que son aplicadas a santa María desde la antigüedad. En efecto, las Sagradas Escrituras, tanto de la antigua como de la nueva Alianza, han sido contempladas por los santos Padres como un conjunto único, lleno del misterio de Cristo y de la Iglesia; por este motivo, algunos hechos, figuras o símbolos del Antiguo Testamento prefiguran o evocan de modo admirable la vida y la misión de la bienaventurada Virgen María, gloriosa hija de Sión y Madre de Cristo;
c) lecturas del Nuevo Testamento que no se refieren directamente a la bienaventurada Virgen, pero que se proponen para la celebración de su memoria, a fin de poner de manifiesto que en santa María, la primera y perfecta discípula de Cristo, resplandecen de modo extraordinario las virtudes ‐la fe, la caridad, la esperanza, la humildad, la misericordia, la pureza del corazón...‐ que son exaltadas en el Evangelio.

40. Por lo que se refiere a las lecturas que han sido asignadas a cada formulario de las Misas de la Virgen María, hay que tener en cuenta lo siguiente:
a) se proponen solamente dos lecturas: la primera, tomada del Antiguo Testamento o del Apóstol (o sea, de las Cartas o del Apocalipsis), y, en el tiempo pascual, de los Hechos de los Apóstoles o del Apocalipsis; la segunda lectura se toma del Evangelio;
b) no obstante, si el sacerdote y los fieles desean proclamar tres lecturas en celebraciones de particular solemnidad, se añadirá otra lectura tomándola o de los textos del Común de santa María Virgen o de los textos contenidos en el Apéndice del Leccionario de las «Misas», teniendo en cuenta los criterios establecidos en los Prenotandos de la Ordenación de las lecturas de la misa (60);
c) las lecturas indicadas en las Misas de la Virgen María para cada formulario resultarán ordinariamente las más adecuadas para celebrar una memoria particular de la santísima Virgen. Esto no excluye la facultad del celebrante de sustituirlas con otras lecturas adecuadas, elegidas entre las propuestas en el Común de santa María Virgen, o en el Apéndice del Leccionario de estas «Misas» (61).

41. En lo referente a la liturgia de la palabra, obsérvense las normas siguientes:
a) en el tiempo de Adviento, de Navidad, de Cuaresma y de Pascua han de proclamarse las lecturas asignadas a cada día en el Leccionario del tiempo, salvo la facultad concedida en el número 31, c, a fin de que no se interrumpa la «lectura continuada» de la Sagrada Escritura o no se dejen con demasiada frecuencia las lecturas que caracterizan el tiempo litúrgico;
b) en el tiempo ordinario corresponde al sacerdote celebrante establecer, «de común acuerdo con los que ofician con él y con los demás que habrán de tomar parte en la celebración, sin excluir a los mismos fieles» (62), si es preferible proclamar las lecturas indicadas en el Leccionario de las «Misas» o las señaladas por el Leccionario del tiempo.

VI. ADAPTACIONES

42. Corresponde a las Conferencias Episcopales procurar la traducción de los formularios de las «Misas» a las diversas lenguas vernáculas, según las normas vigentes para las traducciones populares (63), de manera que responda a la índole de cada lengua y de cada cultura. Cuando parezca oportuno, pueden añadirse melodías adaptadas para el canto.

43. Pertenece también a las Conferencias Episcopales añadir, en apéndice, los formularios aprobados de las misas de la Virgen relativas a los títulos con los que es venerada por los fieles de toda o de una gran parte de un país o de una región.

(60) Cf. Ordo lectionum Missae, 2ª ed. típica, 1981, Prenotandos, nn. 78-81 ("Principios que hay que aplicar en el uso de la Ordenación de las lecturas").
(61) Cf. ibid., nn. 707-712 ("Común de santa María Virgen"); Misas de la Virgen María, t. II: Leccionario, Coeditores litúrgicos, 1987, Apéndice, nn. 1-21, pp. 189-214.
(62) Ordenación general del Misal Romano, n. 313; cf. Ordo lectionum Missae, 2ª ed. típica, 1981, Prenotandos, n. 78.
(63) Cf. Consilium para la aplicación de la Constitución sobre la sagrada liturgia, Instr. sobre la traducción de los nuevos textos litúrgicos, 25-enero-1969: Notitiae 5 (1969), pp. 3-12; Sagr. Congr. para los Sacramentos y el Culto divino, Carta a los Presidentes de las Conferencias episcopales sobre la introducción de la lengua vernácula en la liturgia, 5-junio-1976: Notitiae 12 (1976), pp. 300-302.


Orientaciones generales (Praenotanda) del Lectionarium pro Missis de beata Maria Virgine, Libreria Editrice Vaticana, 1987, promulgadas por la Congregación para el Culto divino, Decreto Christi mysterium celebrans, de 15 de agosto de 1986.

1. Sobre la importancia de la palabra de Dios en la celebración de la Eucaristía encontramos muchas cosas y muy dignas de atención en los Prenotandos de la Ordenación de las lecturas de la misa (1). Todo ello debe ser tenido en cuenta también en la celebración de las misas de la Virgen María.

I. LA PALABRA DE DIOS EN LOS FORMULARIOS DE LAS «MISAS DE LA VIRGEN MARÍA»

2. Para expresar y definir el contenido peculiar de una memoria litúrgica concurren no sólo los textos eucológicos, sino también los textos bíblicos. Por esto, se comprende que, desde la antigüedad, se ha puesto un cuidado especial en la elección de las perícopas escriturísticas. Y así, cada formulario de las Misas de la Virgen María tiene su propia «serie de lecturas» para la celebración de la liturgia de la palabra.

3. Las lecturas bíblicas de las Misas de la Virgen María constituyen un amplio y variado «repertorio», que se ha venido creando a lo largo de los siglos, con la aportación de las comunidades eclesiales, tanto antiguas como de nuestro tiempo.

En este «repertorio bíblico» se pueden distinguir tres géneros de lecturas:
a) lecturas del Nuevo y del Antiguo Testamento que contemplan directamente la vida y la misión de la bienaventurada Virgen María o contienen profecías que se refieren a ella;
b) lecturas del Antiguo Testamento que son aplicadas a santa María desde la antigüedad. En efecto, las Sagradas Escrituras, tanto de la antigua como de la nueva Alianza, han sido contempladas por los santos Padres como un conjunto único, lleno del misterio de Cristo y de la Iglesia (2); por este motivo, algunos hechos, figuras o símbolos del Antiguo Testamento prefiguran o evocan de modo admirable la vida y la misión de la bienaventurada Virgen María, gloriosa hija de Sión y Madre de Cristo;
c) lecturas del Nuevo Testamento que no se refieren directamente a la bienaventurada Virgen, pero que se proponen para la celebración de su memoria, a fin de poner de manifiesto que en santa María, la primera y perfecta discípula de Cristo, resplandecen de modo extraordinario las virtudes ‐la fe, la caridad, la esperanza, la humildad, la misericordia, la pureza del corazón...‐ que son exaltadas en el Evangelio.

4. Por lo que se refiere a las lecturas que han sido asignadas a cada formulario de las Misas de la Virgen María, hay que tener en cuenta lo siguiente:
a) se proponen solamente dos lecturas: la primera, tomada del Antiguo Testamento o del Apóstol (o sea, de las Cartas o del Apocalipsis), y, en el tiempo pascual, de los Hechos de los Apóstoles o del Apocalipsis; la segunda lectura se toma del Evangelio. Sin embargo, como que muchas veces el misterio que se celebra puede ser considerado desde muchos puntos de vista, con frecuencia se proponen dos o tres textos para la primera lectura y para el Evangelio, a fin de que se elija a voluntad. Más aún, para algunas misas se ofrecen a veces dos series íntegras de lecturas;
b) no obstante, si el sacerdote y los fieles desean proclamar tres lecturas en celebraciones de particular solemnidad, se añadirá otra lectura tomándola o de los textos del Común de santa María Virgen o de los textos contenidos en el Apéndice del Leccionario de las «Misas», teniendo en cuenta los criterios establecidos en los Prenotandos de la Ordenación de las lecturas de la misa (3);
c) las lecturas indicadas en las Misas de la Virgen María para cada formulario resultarán ordinariamente las más adecuadas para celebrar una memoria particular de la santísima Virgen. Esto no excluye la facultad del celebrante de sustituirlas con otras lecturas adecuadas, elegidas entre las propuestas en el Común de santa María Virgen, o en el Apéndice del Leccionario de estas «Misas» (4).

5. En lo referente a la liturgia de la palabra, obsérvense las normas siguientes:
a) en el tiempo de Adviento, de Navidad, de Cuaresma y de Pascua han de proclamarse las lecturas asignadas a cada día en el Leccionario del tiempo, a fin de que no se interrumpa la «lectura continuada» de la Sagrada Escritura o no se dejen con demasiada frecuencia las lecturas que caracterizan el tiempo litúrgico. Si se trata de una celebración que se hace a modo de fiesta o de solemnidad, se pueden tomar las lecturas que se encuentran en el Leccionario de las «Misas» para cada misa (5);
b) en el tiempo ordinario corresponde al sacerdote celebrante establecer, «de común acuerdo con los que ofician con él y con los demás que habrán de tomar parte en la celebración, sin excluir a los mismos fieles» (6), si es preferible proclamar las lecturas indicadas en el Leccionario de las «Misas» o las señaladas por el Leccionario del tiempo.

(1) Cf. Ordo lectionum Missae, 2ª ed. típica, 1981, Prenotandos, nn. 1-10.
(2) Cf. S. GAUDENCIO DE BRESCIA, Tractatus II in Exodum, 15: CSEL 68, pp. 26-27.
(3) Cf. Ordo lectionum Missae, 2ª ed. típica, 1981, Prenotandos, nn. 78-81.
(4) Cf. ibid., nn. 707-712; Misas de la Virgen María, t. II: Leccionario, apéndice nn. 1-21
(5) Cf. Misas de la Virgen María, t. I: Misal, Orientaciones generales, n. 31, c.
(6) Ordenación general del Misal Romano, n. 313; cf. Ordo lectionum Missae, 2ª ed. típica, 1981, Prenotandos, n. 78.

II. LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MODELO DE LA IGLESIA EN LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS

6. La Iglesia, que en la celebración de la Eucaristía reserva el máximo honor a la proclamación de la palabra de Dios, exhorta también a los fieles a ser de aquellos «que llevan a la práctica la palabra y no se limitan a escucharla» (7) engañándose a sí mismos. En efecto según las palabras del Señor, son dichosos «los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (8).

7. En el curso de los siglos han sido muchos los discípulos santos del Señor que tuvieron en gran valor la palabra de Dios y se acercaron con gran amor a las Sagradas Escrituras como fuente de vida. Pero la Iglesia sitúa en primer término, por encima de los demás, a la Virgen de Nazaret, que fue la primera en el Nuevo Testamento en ser llamada dichosa por su fe (9), como modelo del discípulo que escucha con fe la palabra de Dios.

8. En efecto, la santísima Virgen escuchó con fe el anuncio de Gabriel y lo recibió con amor y, llamándose a sí misma esclava del Señor (10), se convirtió en la Madre de Cristo, concibiendo al Hijo de Dios antes en su mente que en su seno (11). Virgen prudente, santa María guardó en su corazón las palabras del Señor; virgen sabia, las conservó meditándolas en su alma (12).

La palabra de Dios, sembrada en el corazón de María, la impulsó a visitar a su pariente Isabel para cantar con ella a Dios por su bondad y misericordia para con Israel, su siervo amado (13). La Virgen de Nazaret no rechazó las palabras proféticas, duras (14) u oscuras (15) que le fueron dirigidas, sino que, con plena adhesión al designio de Dios, las guardó en su corazón (16).

En el banquete de bodas, interpretando las palabras del Hijo más allá de su significado literal (17), comprendió el sentido profundo del «signo de Caná» y advirtió a los sirvientes que hicieran lo que el Señor mandara (18), ayudando así a que creciera la fe de los discípulos.

Estando junto a la cruz (19), acogió las palabras del Hijo que, antes de entregar el espíritu, encomendó a su discípulo predilecto a sus cuidados maternales (20). Ella observó fielmente el mandato del Señor resucitado a los Apóstoles, de quedarse en la ciudad, hasta que se revistieran de la fuerza de lo alto (21): permaneció en Jerusalén, para esperar con fe el don del Espíritu Santo, dedicada a la oración en común con los Apóstoles.

9. Por esto, la liturgia romana, cuando exhorta a los fieles a acoger la palabra de Dios, con frecuencia les propone el ejemplo de la bienaventurada Virgen María, que Dios hizo atenta a su palabra (22) y que, como nueva Eva, adhiriéndose totalmente a la divina palabra (23) se mostró dócil a las palabras del Hijo (24). Con toda razón la Madre de Jesús es saludada como «Virgen oyente, que acogió con fe la palabra de Dios» (25): «Esto mismo hace la Iglesia, la cual, sobre todo en la sagrada liturgia, escucha con fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la distribuye a los fieles como pan de vida y escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta y vive los acontecimientos de la historia.» (26)

10. Procuren los pastores enseñar a los fieles que acuden a los santuarios marianos o participan el sábado en la Eucaristía celebrada en memoria de santa María, que es un excelente acto de devoción a la santísima Virgen el proclamar correctamente la palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas y el venerarla con amor; escucharla con fe y guardarla en el corazón; meditarla interiormente y difundirla de palabra; ponerla en práctica fielmente y conformar a ella toda la existencia.


(7) St 1, 22.
(8) Lc 11, 28.
(9) Cf. Lc 1, 45.
(10) Cf. Lc 1, 38.
(11) Cf S. AGUSTÍN, Sermo 215, 4: PL 38, 1074; S. LEÓN MAGNO, Sermo I In Nativitate Domini, 1: PL 54, 191.
(12) Cf. Lc 2, 19. 51.
(13) Cf. Lc 1, 54.
(14) Cf. Lc 2, 34-35; Mt 2, 13.
(15) Cf. Lc 2, 49.
(16) Cf. Lc 2, 51.
(17) Cf. Jn 2, 4.
(18) Cf. Jn 2, 5.
(19) Cf. Jn 19, 25.
(20) Cf. Jn 19, 26.
(21) Cf. Lc 24, 49.
(22) Cf. Liturgia Horarum, Preces (segundo formulario) de las I y II Vísperas del Común de santa María Virgen.
(23) Cf. ibid., Preces de Laudes de la Anunciación del Señor (25 de marzo).
(24) Cf. ibid., Preces de Laudes del sábado de las semanas I y III del Salterio.
(25) PABLO VI, Ex. Ap. Marialis cultus, 2-febrero-1974, n. 17: AAS 66 (1974), p. 128.
(26) Ibid., n. 17: AAS 66 (1974), P. 129.



domingo, 3 de septiembre de 2017

Notificación acerca de la comunión en la mano, (3-abril-1985).

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO

Notificación acerca de la comunión en la mano


Prot. n. 720/85

La Santa Sede, a partir de 1969, aunque manteniendo en vigor para toda la Iglesia la manera tradicional de distribuir la Comunión, acuerda a las Conferencias Episcopales que lo pidan y con determinadas condiciones, la facultad de distribuir la Comunión dejando la Hostia en la mano de los fieles.

Esta facultad está regulada por las Instrucciones Memoriale Domini (1) e Inmensae caritatis (2) ), así como por el Ritual De sacra Communione (3). De todos modos parece útil llamar la atención sobre los siguientes puntos:

1. La Comunión en la mano debe manifestar, tanto como la Comunión recibida en la boca, el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Por esto se insistirá, tal como lo hacían los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que debe tener en sí el gesto del comulgante. Así ocurría con los recién bautizados del siglo IV, que recibían la consigna de tender las dos manos haciendo "de la mano izquierda un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey" (4).

2. De acuerdo igualmente con las enseñanzas de los Padres, se insistirá en el Amén que pronuncia el fiel, como respuesta a la fórmula del ministro: "El Cuerpo de Cristo"; este Amén debe ser la afirmación de la fe: "Cum ergo petieris, dicit tibi sacerdos Corpus Christi et tu dicis Amen, hoc est verum; quod confitetur lingua, teneat affectus" (5).

3. El fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca, antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre de cara al altar.

4. Es tradición y norma de la Iglesia que el fiel cristiano recibe la Eucaristía, que es comunión en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia; por esta razón no se ha de tomar el pan consagrado directamente de la patena o de un cesto, como se haría con el pan ordinario o con pan simplemente bendito, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la comunión.

5. Se recomendará a todos, y en particular a los niños, la limpieza de las manos, como signo de respeto hacia la Eucaristía.

6. Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos de adoración y la actividad de respeto que merece el sacramento (6). Se recomendará vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (7).

7. No se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión o en la mano o en la boca.

Estas normas, así como las que se dan en los documentos de la Sede Apostólica citados más arriba,
tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristía, independientemente de la forma de recibir la comunión.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para una recepción fructuosa de la Comunión —que, en algunos casos exige el recurso al sacramento de la Penitencia—, sino también sobre la actitud exterior de respeto, que, bien considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristía.

Dado en la Congregación para el Culto Divino, el 3 de abril de 1985.

Agustin Mayer, o.s.b.
Arzob. tit. de Satriano
Pro-Prefecto

Virgilio Noè
Arzob. tit. de Voncaria
Secretario

1 De 29 de mayo de 1968: AAS 61 (1969), 541-546.
2 De 29 de enero de 1973: AAS 65 (1973), 264-271.
3 De 21 de junio de 1973, n. 21.
Catequesis mistagógicas de Jerusalén, V, n. 21: PG 33, 1125, o, también "Sources chrétiennes" 126, p. 171; S. JUAN CRISÓSOTOMO, Homilia 47: PG 63, 898, etc. De hecho, conviene aconsejar a los fieles más bien colocar la mano izquierda sobre la derecha, para poder tomar fácilmente la hostia con la mano derecha y llevarla a la boca.
5 S. AMBROSIO, De Sacramentis, 4, 25: "Sources chrétiennes" 25 bis, p. 116.
6 Cf. JUAN PABLO II, Carta Dominicae cenae, de 24 de febrero de 1980, n. 11.
7 Cf. S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre fragmentos eucarísticos, de 2 de mayo de 1972 (Prot. n. 89/71): Notitiae 8 (1972), p. 227.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Sábado 7 octubre 2017, Lecturas Sábado XXVI semana del Tiempo Ordinario, año impar.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Sábado de la XXVI semana del Tiempo Ordinario, año impar (Lec. III-impar).

PRIMERA LECTURA Bar 4, 5-12. 27-29
El que os mandó las desgracias os mandará el gozo

Lectura del libro de Baruc.

Animo, pueblo mío,
que llevas el nombre de Israel!
Os vendieron a naciones extranjeras,
pero no para ser aniquilados.
Por la cólera de Dios contra vosotros,
os entregaron en poder del enemigo,
porque irritasteis a vuestro Creador,
sacrificando a demonios, no a Dios;
os olvidasteis del Señor eterno,
del Señor que os había alimentado,
y afligisteis a Jerusalén que os criaba.
Cuando ella vio que el castigo
de Dios se avecinaba, dijo:
Escuchad, habitantes de Sion,
Dios me ha cubierto de aflicción.
He visto que el Eterno ha mandado
cautivos a mis hijos y a mis hijas;
los había criado con alegría,
los despedí con lágrimas de pena.
Que nadie se alegre cuando vea
a esta viuda abandonada de todos.
Si ahora me encuentro desierta,
es por los pecados de mis hijos,
que se apartaron de la ley de Dios.
¡Ánimo, hijos! Gritad a Dios,
os castigó pero se acordará de vosotros.
Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios,
volveos a buscarlo con redoblado empeño.
El mismo que os mandó las desgracias
os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 68, 33-35. 36-37 (R.: 34a)
R.
El Señor escucha a sus pobres. Exaudívit páuperes Dóminus.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R.
El Señor escucha a sus pobres. Exaudívit páuperes Dóminus.

V. Dios salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella. R.
El Señor escucha a sus pobres. Exaudívit páuperes Dóminus.

Aleluya Cf. Mt 11, 25
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R. Benedíctus es, Pater, Dómine cæli et terræ, quia mystéria regni párvulis revelásti.

EVANGELIO Lc 10, 17-24
Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad:
os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno.
Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium 21. 
La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10, 17). La vive Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10, 21). La sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2, 6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido» (Mc 1, 38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Indulto para usar el «Misal Romano» de 1962 (3-octubre-1984).

Indulto para usar el «Misal Romano» de 1962

Indulto de la Sagrada Congregación para el Culto divino para usar el Misal Romano según la edición típica de 1962, a juicio del Obispo diocesano, de 3 de octubre de 1984.

Edición latina:AAS 76 (1984). pp. 1088-1089; Not 21 (1985). pp. 9-10

Traducción española: Past Lit 139-140 (1984), pp. 10-11.

Hace cuatro años, por voluntad del Sumo Pontífice Juan Pablo II, se invitó a los Obispos de toda la Iglesia a presentar un informe sobre:
‐ cómo los sacerdotes y fieles, cumpliendo adecuadamente las decisiones del Concilio Vaticano II, habían acogido en sus diócesis el Misal promulgado por el Papa Pablo VI;
‐ dificultades surgidas en la aplicación de la reforma litúrgica;
‐ resistencias que acaso habría que superar.

El resultado de la consulta se dio a conocer a todos los Obispos [Cf. Notitiae 17 (1981), pp. 589ss]. Según las respuestas dadas, parecía casi completamente resuelto el problema de los sacerdotes y fieles que seguían vinculados al llamado «rito tridentino».

Pero como el problema subsiste, el Sumo Pontífice, con el deseo de ayudar a estos grupos, concede a los Obispos diocesanos la facultad de otorgar un indulto para que los sacerdotes y los fieles expresamente indicados en la solicitud que habrá de presentarse al propio Obispo, puedan celebrar la misa utilizando el Misal Romano, según la edición típica del ano 1962, pero ateniéndose a las normas siguientes:

a) Conste públicamente, sin ambigüedad alguna, que dicho sacerdote y los respectivos fieles en nada comparten la actitud de los que ponen en duda la legitimidad y exactitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI el año 1970.

b) Esta celebración sea sólo para utilidad de los grupos que la pidan; en las iglesias y oratorios señalados por el Obispo diocesano (pero no en iglesias parroquiales, a no ser que el Obispo lo conceda en casos extraordinarios); y en los días y condiciones fijados por el Obispo de forma habitual o para cada caso.

c) Dicha celebración se hará según el Misal del año 1962 y en lengua latina.

d) Debe evitarse cualquier tipo de mezcla entre ritos y textos de ambos Misales.

e) Cada Obispo informará a esta Congregación sobre las concesiones otorgadas por él y, al terminar el año de la concesión de este Indulto, presentará una relación sobre el resultado de su aplicación.

Esta concesión, signo de la solicitud del Padre común hacia todos sus hijos, habrá de usarse de manera que no ocasione perjuicio alguno a la observancia fiel de la reforma litúrgica en la vida de cada una de las comunidades eclesiales.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Miércoles 4 octubre 2017, Lecturas Miércoles XXVI semana del Tiempo Ordinario, año impar.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Miércoles de la XXVI semana del Tiempo Ordinario, año impar (Lec. III-impar).

PRIMERA LECTURA Neh 2, 1-8
Si le parece bien al rey, permítame ir a la ciudad de mis padres para reconstruirla
Lectura del libro de Nehemías.

En el mes de nisán del año veinte del rey Artajerjes, siendo yo el responsable del vino, lo tomé y se lo serví al rey. Yo estaba muy triste en su presencia.
El rey me dijo:
«¿Por qué ese semblante tan triste? No estás enfermo, pero tu corazón parece estar afligido».
Entonces, con mucho miedo, dije al rey:
«¡Larga vida al rey! ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante, cuando la ciudad donde se encuentran las tumbas de mis padres está destruida y sus puertas han sido devoradas por el fuego?».
El rey me dijo:
“¿Qué quieres?».
Yo, encomendándome al Dios del cielo, le dije:
«Si le parece bien al rey y quiere contentar a su siervo, permítame ir a Judá, a la ciudad de las tumbas de mis padres, para reconstruirla».
El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó:
«¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás?».
Yo le fijé un plazo que le pareció bien y me permitió marchar. Después dije al rey:
«Si le parece bien al rey, redácteme unas cartas para los gobernadores de Transeufratina, para que me dejen el paso libre hasta Judá, y una carta dirigida a Asaf, el guarda del parque real, para que me proporcione madera para construir las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y la casa donde voy a vivir».
El rey las mandó redactar, porque la mano de Dios me protegía.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6 (R.: 6ab)
R.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti. Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui.

V. Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti. Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui.

V. Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión». R.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti. Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui.

V. ¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti. Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui.

V. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti. Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui.

Aleluya Flp 3, 8-9
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por él lo perdí todo, y todo lo conidero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él. R. Omnia detriméntum feci et árbitror ut stércora, ut Christum lucrifáciam et invéniar in illo.

EVANGELIO Lc 9, 57-62
Te seguiré adondequiera que vayas
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
El respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 160.
No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás (cfr Lc 9, 62): el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los demás y superar nuestros propios errores.

sábado, 19 de agosto de 2017

Bendicional, Decretos, Orientaciones generales, 31-mayo-1984.

Bendicional, 31 de mayo de 1984 (ed. española 19-marzo-2020)

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO

Prot. n. 1200/84

DECRETO

Entre los sacramentales instituidos por la Iglesia para el bien pastoral del pueblo de Dios, la celebración de las bendiciones ocupa un lugar característico. Éstas, en efecto, en cuanto que son acciones litúrgicas, conducen a los fieles a la alabanza divina, los preparan para recibir el fruto principal de los sacramentos y santifican adecuadamente las diversas circunstancias de la vida.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, al ordenar la revisión de los sacramentales, determinó que en su celebración se atendiera en gran manera a la participación consciente, activa y fácil de los fieles, y que se suprimiera todo aquello que en el transcurso del tiempo había desdibujado la naturaleza y finalidad de los sacramentales.

El mismo Concilio decretó, además, que las bendiciones reservadas fueran pocas, y que lo fueran únicamente en favor de los Obispos y Ordinarios, y que se previera la posibilidad de que algunos sacramentales, por lo menos en determinadas circunstancias y a criterio del Ordinario, pudieran ser administrados por laicos adornados de las debidas cualidades.

Teniendo en cuenta estas directrices, esta Congregación para el Culto divino ha preparado el nuevo título del Ritual romano, que el Supremo Pontífice Juan Pablo II, con su autoridad apostólica, ha aprobado y mandado publicar.

Por tanto, esta Congregación, por especial mandato del Supremo Pontífice, hace del dominio público el Ritual de bendiciones, el cual, en su edición latina, entra en vigor desde el momento mismo de su publicación; las ediciones en lenguas vernáculas, después que su traducción haya sido revisada por la Sede Apostólica, entrarán en vigor en la fecha que determinen las Conferencias de los obispos.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Congregación para el Culto divino, día 31 de mayo de 1984.

+ AGUSTÍN MAYER, O.S.B.
Arzobispo titular de Satriano
Proprefecto


+ VIRGILIO NOÉ
Arzobispo titular de Voncaria
Secretario

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO


Prot. n. 338/86

PAÍSES DE HABLA ESPAÑOLA

El Congreso de las Comisiones Nacionales de Liturgia, que se celebró en Roma en el mes de octubre de 1984, ha sido para los países de lengua española la ocasión para reemprender felizmente la colaboración en el campo de las traducciones y de las ediciones de los libros litúrgicos.

El primer fruto de tal colaboración ha sido el volumen en lengua española titulado: Bendicional. El texto, preparado en colaboración por el Departamento de Liturgia del CELAM y la Comisión Episcopal Española de Liturgia, ha sido aprobado por varias Conferencias Episcopales de América Latina y por la Conferencia Episcopal Española.

Por tanto, esta Congregación, en virtud de las facultades que le han sido concedidas por el Sumo Pontífice Juan Pablo II, confirma gustosamente el texto español del Bendicional, de tal modo que pueda emplearse, según el ejemplar enviado a este Dicasterio y previa aprobación de la respectiva Conferencia Episcopal —confirmada por esta Congregación—, en todos los países de lengua española: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Guatemala, Guinea Ecuatorial, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

En la impresión del texto hágase mención de la confirmación concedida por la Sede Apostólica. De la edición impresa envíense dos ejemplares a esta Congregación.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino, día 7 de mayo de 1986.

PABLO AGUSTÍN, Card. MAYER
Prefecto

+ VIRGILIO NOÉ
Arzobispo titular de Voncaria
Secretario


CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO

Prot. N. 602/86

A LAS DIÓCESIS DE ESPAÑA

A instancia del Excelentísimo Señor D. Gabino Díaz Merchán, Arzobispo de Oviedo, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, por carta del día 20 de marzo de 1986, en virtud de las facultades concedidas a esta Congregación por el Sumo Pontífice JUAN PABLO II, gustosamente concedemos que, en las diócesis españolas, sea aplicado como válido el texto en español sobre las bendiciones, según consta en el volumen que tiene por titulo Bendicional, y que ya ha sido confirmado por este Dicasterio el 7 de mayo de 1986 (Prot. N. 338/86).

En el texto impreso hágase mención de la concesión de esta confirmación por parte de la Sede Apostólica. Envíense dos ejemplares del texto impreso mencionado anteriormente a esta Congregación.

Sin que obste nada en contrario.

En la sede de la Congregación para el Culto Divino, día 14 de mayo de 1986.

VIRGILIO NOÈ
Arzobispo titular de Voncaria
Secretario

PIERO MARINI
Subsecretario

ORIENTACIONES GENERALES

I. LA BENDICIÓN EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN


1. La fuente y origen de toda bendición (1) es Dios bendito, que está por encima de todo (2), el único bueno, que hizo bien todas las cosas para colmarlas de sus bendiciones (3) y que, aun después de la caída del hombre, continúa otorgando esas bendiciones, como un signo de su misericordia.

2. Pero cuando se cumplió el tiempo, el Padre envió a su Hijo y, en él —al asumir la condición humana—, nos bendijo de nuevo con toda clase de bienes espirituales (4). De esta suerte, la antigua maldición se nos convirtió en bendición, cuando «nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que, borrando la maldición, nos trajo la bendición» (5).

3. Cristo, la máxima bendición del Padre, apareció en el Evangelio bendiciendo a los hermanos, principalmente a los más humildes (6), y elevando al Padre una oración de bendición (7). Finalmente, glorificado por el Padre y habiendo ascendido al cielo, derramó sobre los hermanos, adquiridos con su sangre, el don de su Espíritu, para que, impulsados por su fuerza, alabaran en todo a Dios Padre, lo glorificaran, le dieran gracias y, ejercitando las obras de caridad, pudieran ser un día contados entre los elegidos de su reino (8).

4. Por el Espíritu Santo, la bendición de Abrahán (9) se va cumpliendo cada vez más en Cristo, a medida que va pasando a los hijos que han sido llamados a una vida nueva en «la plenitud de las bendiciones divinas» (10); así, convertidos en miembros del cuerpo de Cristo, difunden los frutos del mismo Espíritu, y el mundo queda restablecido por la bendición divina.

5. El Padre, teniendo en su mente divina a Cristo Salvador, había confirmado ya la primera alianza de su amor para con los hombres con la efusión de múltiples bendiciones. Así preparó al pueblo elegido para recibir al Redentor y lo iba haciendo cada día más digno de la alianza. El pueblo, por su parte, caminando por los senderos de la justicia, pudo honrar a Dios con el corazón y con los labios, hasta convertirse, en medio del mundo, en signo y sacramento de la bendición divina.

6. Dios, del que desciende toda bendición, concedió ya en aquel tiempo a los hombres, principalmente a los patriarcas, los reyes, los sacerdotes, los levitas, los padres (11), que bendijeran su nombre en la alabanza, y en ese mismo nombre colmaran de bendiciones divinas a los demás hombres y a las cosas creadas.

Cuando es Dios quien bendice, ya sea por sí mismo, ya sea por otros se promete siempre la ayuda del Señor, se anuncia su gracia, se proclama su fidelidad a la alianza. Cuando son los hombres los que bendicen, lo alaban proclamando su bondad y su misericordia.

Dios, en efecto, imparte su bendición comunicando o anunciando su bondad. Los hombres bendicen a Dios cantando sus alabanzas, dándole gracias, tributándole culto y adoración, y, cuando bendicen a otros hombres, invocan la ayuda de Dios sobre cada uno de ellos o sobre las asambleas reunidas.

7. Como consta en la sagrada Escritura, todo lo que Dios ha creado y continúa conservando en el mundo con su gracia providente nos da fe de la bendición de Dios y nos invita e impulsa a bendecirlo (12). Esto vale principalmente después que el Verbo encarnado comenzó a santificar todas las cosas del mundo gracias al misterio de su encarnación.

Las bendiciones miran primaria y principalmente a Dios, cuya grandeza y bondad ensalzan; pero, en cuanto que comunican los beneficios de Dios, miran también a los hombres, a los que Dios rige y protege con su providencia; pero también se dirigen a las cosas creadas, con cuya abundancia y variedad Dios bendice al hombre (13).

1 Cf. Misal romano, reformado por mandato del Concilio Vaticano II y promulgado por su Santidad el papa Pablo VI. Edición típica aprobada por la Conferencia episcopal española y confirmada por la sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto divino, Coeditores litúrgicos 1978: Bendiciones solemnes, núm. 3, Primer día del año.
2 Cf. Rm 9, 5.
3 Cf. Misal romano, Plegaria eucarística IV, núm. 117.
4 Cf. Ga 4, 4; Ef 1, 3.
Oficio divino, reformado por mandato del Concilio Vaticano II y promulgado por su Santidad el papa Pablo VI. Edición típica aprobada por la Conferencia episcopal española y confirmada por la sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto divino. Liturgia de las Horas según el rito romano, vol. IV, Coeditores litúrgicos 1981, La Natividad de la santísima Virgen María, 8 de septiembre, antífona del Benedictus.
6 Cf. Hch 3, 26; Me 10, 16; 6, 41; Le 24, 50, etc.
7 Cf. Mt 9, 31; 14, 19; 26, 26; Me 6, 41; 8, 7. 9; 14, 22; Le 9, 16; 24, 30; Jn 6, 11.
8 Cf. Misal romano, Común de santos y santas: 9. Santos que se han consagrado a una actividad caritativa, oración colecta.

9 Cf. Gn 12, 3.
10 S. BASILIO, Sobre el Espíritu Santo, cap. 15, 36: PG 32, 131; cf. S. AMBROSIO, Sobre el Espíritu Santo, I, 7, 1, 7, 89: PL 16, 755; CSEL 79, 53.
11 Cf. Gn 14, 19-20 — H b 7, 1; Gn 27, 27-29. 38-40 — Hb 11, 20; Gn 49, 1-28 — Hb 11, 21; Dt 21, 5; 33; Jos 14, 13; 22, 6; 2Cro 30, 27; Lv 9, 22-23; Ne 8, 6; Si 3, 9-11.
12 Cf., por ejemplo, Dn 3, 57-88; Sal 65 (66), 8; 102 (103); 134 (135); lTm 4, 4-5.
13 Cf. Gn 27, 27; Ex 23, 25; Dt 7, 13; 28, 12; Jb 1, 10; Sal 64 (65), 11; Jr 31, 23.


II. LAS BENDICIONES EN LA VIDA DE LA IGLESIA

8. Fiel a la recomendación del Salvador, la Iglesia participa del cáliz de la bendición (14), dando gracias a Dios por su don inefable, adquirido por primera vez en el Misterio Pascual, comunicado luego a nosotros en la Eucaristía. Efectivamente, en el misterio eucarístico la Iglesia recibe la gracia y la fuerza que hacen de ella misma bendición para el mundo y, como un sacramento universal de salvación (15), ejerce siempre entre los hombres y para los hombres la obra de santificación, glorificando al Padre en el Espíritu Santo, unida a Cristo, su cabeza.

9. La Iglesia, movida por la fuerza del Espíritu Santo, expresa de diversas maneras este ministerio suyo y por esto ha instituido diversas formas de bendecir. Con ellas invita a los hombres a alabar a Dios, los anima a pedir su protección, los exhorta a hacerse dignos de su misericordia merced a una vida santa y utiliza ciertas plegarias para impetrar sus beneficios y obtener un feliz resultado en aquello que solicitan.

A ello hay que añadir las bendiciones instituidas por la Iglesia, que son signos sensibles que «significan y cada uno a su manera realizan» (16) aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios que constituyen el fin hacia el cual tienden todas las demás actuaciones de la Iglesia (17).

10. Las bendiciones, en cuanto que son signos que se apoyan en la palabra de Dios y se celebran bajo el influjo de la fe, pretenden ilustrar y deben manifestar la vida nueva en Cristo, vida que tiene su origen y crecimiento en los sacramentos del nuevo Testamento instituidos por el Señor. Además, las bendiciones, que han sido instituidas imitando en cierto modo a los sacramentos, significan siempre unos efectos, sobre todo de carácter espiritual, pero que se alcanzan gracias a la impetración de la Iglesia (18).

11. Con esta convicción, la Iglesia trata de que la celebración de la bendición redunde verdaderamente en alabanza y glorificación de Dios y se ordene al provecho espiritual de su pueblo.

Para que esto se vea más claro, las fórmulas de bendición, según la antigua tradición, tienden como objetivo principal a glorificar a Dios por sus dones, impetrar sus beneficios y alejar del mundo el poder del maligno.

12. Glorificando a Dios en todas las cosas y buscando principalmente la manifestación de su gloria ante los hombres —tanto los renacidos como los que han de renacer por la gracia—, la Iglesia, valiéndose de las bendiciones, alaba al Señor por ellos y con ellos en las diversas circunstancias de la vida, invocando la gracia divina sobre cada uno de ellos. A veces la Iglesia bendice asimismo las cosas y lugares relacionados con la actividad humana o con la vida litúrgica y también con la piedad y devoción, pero teniendo siempre presentes a los hombres que utilizan aquellas cosas y actúan en aquellos lugares. El hombre, en efecto, en cuyo favor Dios lo quiso y lo hizo todo bien, es el receptáculo de su sabiduría y por eso, con los ritos de la bendición, el hombre trata de manifestar que utiliza de tal manera las cosas creadas que, con su uso, busca a Dios, ama a Dios y le sirve con fidelidad como único ser supremo.

13. Los cristianos, guiados por la fe, fortalecidos por la esperanza y espoleados por la caridad, no sólo son capaces de discernir sabiamente los vestigios de la bondad divina en todas las cosas creadas, sino que también buscan implícitamente el reino de Cristo en las obras de la actividad humana. Es más, consideran todos los acontecimientos del mundo como signos de aquella providencia paternal con que Dios dirige y sustenta todas las cosas. Por tanto, siempre y en todo lugar se nos ofrece la ocasión de alabar a Dios por Cristo en el Espíritu Santo, de invocarlo y darle gracias, a condición de que se trate de cosas, lugares o circunstancias que no contradigan la norma o el espíritu del Evangelio. Por eso, cuando se celebra una bendición se ha de someter siempre al criterio pastoral, sobre todo si puede surgir un peligro de admiración o extrañeza entre los fieles o los demás.

14. Esta manera pastoral de considerar las bendiciones está en sintonía con las palabras del Concilio ecuménico Vaticano II: «La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder, y hace también que el uso honesto de casi todas las cosas materiales pueda ordenarse a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios» (19). Así, con los ritos de las bendiciones, los hombres se disponen a recibir el fruto superior de los sacramentos, y quedan santificadas las diversas circunstancias de su vida.

15. «Para asegurar esta plena eficacia, es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo» (20). Por esto, los que piden la bendición de Dios por medio de la Iglesia han de afianzar sus disposiciones internas en aquella fe para la cual nada hay imposible (21); han de apoyarse en aquella esperanza que no defrauda (22); y sobre todo han de estar vivificados por aquella caridad que apremia a guardar los mandamientos de Dios (23). Así es como los hombres que buscan el beneplácito divino (24) entenderán plenamente y alcanzarán realmente la bendición del Señor.

14 Cf. ICo 10, 16.
15 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 48.
16 Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 7.
17 Ibidem, núms. 7 y 10.
18 Cf. ibidem, núm. 60.

19 Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 61.
20 Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 11.
21 Cf. Me 9, 23.
22 Cf. Rm 5, 5.
23 Cf. Jn 14, 21.
24 Cf. Rm 12, 2;'Ef 5, 17; Mt 12, 50; Me 3, 35.


III. OFICIOS Y MINISTERIOS

16.
Las bendiciones son acciones litúrgicas de la Iglesia y, por esto, la celebración comunitaria que a veces se exige en ellas responde mejor a la índole de la plegaria litúrgica, y así, mientras la verdad viene expuesta a los fieles por medio de la oración de la Iglesia, los allí presentes se sienten inducidos a unirse con el corazón y con los labios a la voz de la Madre.

Para las bendiciones más importantes, que afectan a la Iglesia local, es conveniente que se reúna la comunidad diocesana o parroquial, presidida por el Obispo o el párroco.

Pero también en las demás bendiciones es recomendable la presencia de los fieles, ya que lo que se realiza en favor de un grupo cualquiera redunda de alguna manera en bien de toda la comunidad.

17. Cuando no esté presente ningún grupo de fieles, tanto el que quiere bendecir a Dios o pide la bendición divina como el ministro que preside la celebración deben recordar que ya representan a la Iglesia celebrante, de modo que por su oración en común y su petición la bendición desciende «por medio del hombre, aunque no desde el hombre» (25), en cuanto que es «el deseo de la comunicación de la santificación y de las gracias» (26).

Normalmente, la celebración de la bendición de cosas o de lugares no debe hacerse sin la participación de por lo menos algún fiel.

18. El ministerio de la bendición está unido a un peculiar ejercicio del sacerdocio de Cristo y, según el lugar y el oficio propio de cada cual en el pueblo de Dios, se ejerce del modo siguiente:

a) Compete al Obispo principalmente presidir aquellas celebraciones que atañen a toda la comunidad diocesana y se hacen con particular solemnidad y gran concurrencia del pueblo; por eso puede reservarse algunas celebraciones (27), principalmente cuando se realizan de forma más solemne.

b) Compete a los presbíteros, como requiere la naturaleza de su servicio al pueblo de Dios, presidir las bendiciones, sobre todo aquellas que se refieren a la comunidad a cuyo servicio están destinados; por tanto, pueden celebrar todas las bendiciones contenidas en este libro, con tal de que no esté presente un Obispo que las presida.

c) Compete a los diáconos, en cuanto que prestan su ayuda al Obispo y a su presbiterio en calidad de ministros de la palabra, del altar y de la caridad, presidir algunas celebraciones, como se indica en su lugar correspondiente. Pero siempre que esté presente algún sacerdote, es mejor que se le ceda a él la presidencia, y que el diácono le sirva en la acción litúrgica, ejerciendo sus funciones propias.

d) A los acólitos y lectores, que por la institución que se les ha conferido desempeñan una peculiar función en la Iglesia, con razón se les concede, de preferencia a los demás laicos, la facultad de impartir algunas bendiciones, a juicio del Ordinario del lugar.

También los otros laicos, hombres y mujeres, por la eficacia del sacerdocio común, del que se han hecho partícipes por el bautismo y la confirmación, ya sea en virtud de su propio cargo (como los padres con respecto a sus hijos), ya sea en virtud de un ministerio extraordinario, ya sea porque desempeñan una función peculiar en la Iglesia, como los religiosos o los catequistas en algunos lugares, a juicio del Ordinario del lugar (28), cuando conste de su debida formación pastoral y su prudencia en el ejercicio del propio cargo apostólico, pueden celebrar algunas bendiciones, con el rito y las fórmulas previstos para ellos, según se indica en cada una de las bendiciones.

Pero en presencia del sacerdote o del diácono, deben cederles a ellos la presidencia.

19. La participación de los fieles será tanto más activa cuanto más profunda sea la instrucción que se les dé sobre la importancia de las bendiciones. Por esto los presbíteros y ministros, en las mismas celebraciones, así como en la predicación y en la catequesis, han de explicar a los fieles el significado y la eficacia de las bendiciones.

Es muy importante, en efecto, que el pueblo de Dios sea instruido acerca del verdadero significado de los ritos y preces que emplea la Iglesia en las bendiciones, para que en la celebración sagrada no se introduzca ningún elemento de tipo supersticioso o de vana credulidad que pueda lesionar la pureza de la fe.

25 Cf. S. CESÁREO DE ARLES, Sermo 11, 5; CCL 103, 321.
26 S. AMBROSIO, De Benedictionibus patriarcharum, 2, 7: PL 14, 709; CSEL De Patriarchis, 32, 2, 18.

27 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 79.
28 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 79.


IV. LA CELEBRACIÓN DE LA BENDICIÓN

Estructura típica

20. La celebración típica de la bendición consta de dos partes: la primera es la proclamación de la palabra de Dios, la segunda la alabanza de la bondad divina y la impetración del auxilio celestial.

Normalmente, la celebración se abre y se concluye con unos breves ritos.

21. La primera parte tiende a que la bendición sea realmente un signo sagrado, que toma su pleno sentido y eficacia de la proclamación de la palabra de Dios (29).

Por tanto, el centro de esta primera parte es la proclamación de la palabra de Dios, a la cual se subordinan tanto la monición introductoria como la breve explicación o la exhortación u homilía que pueden añadirse, según se estime oportuno.

Para avivar en los que participan una fe más intensa, se puede intercalar un salmo, un canto o un silencio sagrado, máxime si se hacen varias lecturas.

22. La segunda parte tiene por objeto alabar a Dios, con los ritos y las preces, y obtener su ayuda por Cristo en el Espíritu Santo. El núcleo central de esta parte lo constituye la fórmula de bendición, u oración de la Iglesia, acompañada con frecuencia de un signo determinado.

Para fomentar la oración de los presentes, puede añadirse la plegaria común, que normalmente precede a la fórmula de bendición, y a veces la sigue.

23. En las celebraciones propuestas, al preparar la celebración, hay que distinguir cuidadosamente los elementos principales, que son la proclamación de la palabra de Dios y la oración de la Iglesia —que nunca se han de omitir, ni siquiera en los Ritos breves—, de los demás elementos.

24, Por consiguiente, al preparar la celebración, hay que tener en cuenta sobre todo lo siguiente:
a) generalmente hay que preferir la forma comunitaria (30), de manera que en ella el diácono, el lector, el salmista, el coro ejerzan sus funciones propias;
b) hay que atender a las normas generales sobre la consciente, activa y adecuada participación de los fieles (31);
c) conviene sopesar las circunstancias de las cosas y de los asistentes (32), observando los principios que inspiran la reforma de estos ritos y las normas dadas por la autoridad competente.

29 Cf. Missale romanum, Ordo Lectionum Missae, Ed. typ. altera, Roma, 1981, Prenotandos, núms. 3-9.
30 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 27.
31 Ibidem, núm. 79.
32 Ibidem, núm. 38.


Signos que se emplean

25. Los signos visibles que con frecuencia acompañan a las oraciones tienen la finalidad principal de evocar las acciones salvadoras del Señor, mostrar una cierta conexión con los principales sacramentos de la Iglesia, y, de este modo, alimentar la fe de los allí presentes, captando así su atención para que participen en el rito (33).

26. Los principales signos que se emplean son los siguientes: extensión, elevación o unión de las manos, imposición de las manos, señal de la cruz, aspersión del agua bendita e incensación.
a) Cuando la fórmula de bendición es fundamentalmente una «oración», el ministro de la bendición, según se indica en cada rito, extiende las manos, las eleva o las junta.
b) Entre los signos de bendición ocupa un lugar destacado la imposición de manos, como acostumbraba a hacer el mismo Cristo, el cual, refiriéndose a los discípulos, dijo: «Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Me 16,18), y continúa realizando este signo en la Iglesia y por la Iglesia.
c) Con frecuencia, según una antigua tradición de la Iglesia, se propone también el signo de la cruz.
d) En algunos ritos se alude a la aspersión con el agua bendita. En este caso, los ministros han de exhortar a los fieles a que recuerden el Misterio Pascual y renueven la fe de su bautismo.
e) En algunos ritos se usa la incensación, que es un signo de veneración y honor, y a veces simboliza la oración de la Iglesia.

27. Aunque los signos empleados en las bendiciones, y principalmente el signo de la cruz, expresan una cierta evangelización y comunicación de la fe, para hacer más activa la participación y evitar el peligro de superstición, normalmente no está permitido dar la bendición de cosas y lugares con el solo signo externo, sin ningún acompañamiento de la palabra de Dios o de alguna plegaria.

33 Ibidem, núms. 59-60.

Manera de unir la celebración de la bendición con otras celebraciones o con otras bendiciones

28. Algunas bendiciones incluyen una especial conexión con los sacramentos y por ello pueden a veces unirse a la celebración de la Misa.

En el Ritual de Bendiciones se indica cuáles son estas bendiciones, en qué parte o con qué rito se han de unir, y para cada caso se dan unas normas rituales que hay que observar. Las otras bendiciones de ningún modo han de unirse a la celebración eucarística.

29. Algunas bendiciones pueden unirse a otras celebraciones, como se indica en el rito correspondiente.

30. A veces puede resultar oportuno efectuar varias bendiciones en una sola celebración. Al preparar esta bendición hay que tener presente lo siguiente: se emplea el rito que contiene la bendición principal, añadiendo en la monición y en las preces aquellas palabras y signos que mejor expresen la intención de dar también las otras bendiciones.

Función del ministro en la preparación y ordenación de la celebración

31. El ministro ha de recordar que las bendiciones miran principalmente a los fieles, aunque pueden celebrarse también en favor de los catecúmenos y, teniendo en cuenta las normas del canon 1170, a no ser que obste alguna prohibición de la Iglesia, también en favor de los no católicos.

En cuanto a las bendiciones que se hayan de celebrar comunitariamente con los hermanos separados hay que observar en cada caso las normas dadas por el Ordinario del lugar.

32. El celebrante o ministro, habida cuenta de todas las circunstancias y tras escuchar también las sugerencias de los fieles, aprovechará según convenga las posibilidades que ofrecen los diversos ritos, pero respetando la estructura, y sin cambiar en modo alguno el orden de sus elementos principales.

33. En la celebración comunitaria hay que procurar que todos, tanto ministros como fieles, cumpliendo su propia función, realicen todo lo que les corresponde, con decoro, orden y piedad.

34. Se tendrá en cuenta también la índole peculiar del tiempo litúrgico, para que las moniciones y oraciones de los fieles guarden relación con el ciclo anual de los misterios de Cristo.

Las vestiduras litúrgicas

35. El Obispo, cuando preside las celebraciones más importantes, ha de usar las vestiduras que indica el Ceremonial de Obispos.

36. El presbítero y el diácono, cuando presiden las celebraciones en forma comunitaria, principalmente en la iglesia o con alguna solemnidad externa, han de revestirse de alba y estola. Cuando se lleva traje talar, el alba puede substituirse por el sobrepelliz. En las celebraciones más solemnes puede usarse la capa pluvial.

37. El color de los ornamentos será el blanco o el que esté en consonancia con el tiempo o la fiesta litúrgica.

38. Los ministros debidamente instituidos, cuando presiden las celebraciones de la comunidad, deberán emplear las vestiduras prescritas por la Conferencia episcopal o por el Ordinario del lugar para las celebraciones litúrgicas.

V. ADAPTACIONES QUE COMPETEN A LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

39. Incumbe a las Conferencias episcopales, en virtud de la Constitución sobre la sagrada liturgia (34), confeccionar un Ritual particular correspondiente a este título del Ritual romano, acomodándolo a las necesidades de cada lugar, para que, una vez que las actas hayan sido aprobadas por la Sede Apostólica (35), pueda usarse en los lugares pertinentes. En esta materia, corresponde a las Conferencias episcopales:
a) Definir las adaptaciones, según los principios establecidos en este libro, respetando la estructura propia de los ritos.
b) Considerar, con diligencia y prudencia, qué es lo que puede oportunamente admitirse de las tradiciones e idiosincrasia de cada pueblo y, en consecuencia, proponer otras adaptaciones que se estimen útiles o necesarias (36).
c) Conservar las bendiciones propias que ya existen en los Rituales particulares, si las hay, o las del antiguo Ritual romano, si todavía están en uso, a condición de que concuerden con la mente de la Constitución sobre la sagrada liturgia, con los principios expuestos en el presente título y con las necesidades del tiempo actual; o bien adaptarlas.
d) En los diversos ritos de bendición, sobre todo cuando existen varias fórmulas de libre elección, añadir también otras fórmulas de la misma índole, además de las que contiene el Ritual romano.
e) No sólo traducir íntegramente las Introducciones de este libro, tanto las generales como las particulares de cada bendición, sino también, si el caso lo requiere, completarlas, de suerte que los ministros entiendan más plenamente el significado de los ritos y los fieles puedan participar en ellos de forma consciente y activa.
f) Completar aquellas partes que se hallen en falta en el libro, por ejemplo, introducir otras lecturas que se consideren útiles o señalar los cantos más adecuados.
g) Preparar las traducciones de los textos, de modo que se acomoden a la índole de las diversas lenguas y a la idiosincrasia de las diversas culturas.
h) En las ediciones del libro ordenar el material a tenor de lo que parezca más apto para el uso pastoral, editar por separado las distintas partes del libro, haciéndolas preceder siempre de las principales introducciones.

34 Cf. Concilio Vaticano 11, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 63, b).
35 Cf. Código de Derecho canónico, canon 838 §§ 2 y 3; cf. Código de Derecho canónico, canon 1167 § 1.
36 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núms. 37-40; 65.