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viernes, 13 de octubre de 2017

San Pablo VI, Constitución Apostólica "Indulgentiarum doctrina" (1-enero-1967).

Manual de indulgencias (4ª ed. 16-julio-1999; ed. española 2007)

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA INDULGENTIARUM DOCTRINA

PABLO OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS,
PARA MEMORIA PERPETUA DE ESTE ACTO

I

1. La doctrina y el uso de las indulgencias, vigentes en la Iglesia Católica desde hace muchos siglos, se basan en el sólido fundamento de la revelación divina (1), la cual, transmitida por los apóstoles, «se desenvuelve en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo», mientras «la Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad divina, hasta que se cumplan plenamente en ella las palabras de Dios» (2).

Mas para entender debidamente esta doctrina y su uso saludable, conviene recordar algunas verdades que toda la Iglesia, iluminada por la palabra de Dios, ha creído siempre, y que los obispos, sucesores de los apóstoles, en primer lugar los Romanos Pontífices, sucesores de san Pedro, han ensenado y continúan enseñando en el transcurso de los siglos, a través de la práctica pastoral y de sus documentos doctrinales.

(1) Cf. Concilio Tridentino, sesión XXV, Decretum de indulgentiis: «Puesto que Cristo ha otorgado a la Iglesia la potestad de conceder indulgencias, y que ella desde tiempos remotos ha usado de esta potestad que le ha sido dada por Dios...»: DS 1835; cf. Mt 28, 18.

(2) Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum, sobre la revelación divina, núm. 8: AAS, 58 (1966), p. 821; Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, sobre la fe católica, cap. 4, sobre la fe y la razón: DS 3020.

2. Tal como nos enseña la revelación divina, los pecados tienen como consecuencia las penas infligidas por la santidad y la justicia divinas, penas que se han de sufrir, ya sea en este mundo, por los dolores y tribulaciones de la vida presente, y principalmente con la muerte (3), ya sea también por el fuego o las penas purificadoras en el mundo futuro (4). Por esto los fieles cristianos han de estar siempre convencidos de que el mal camino contiene muchos tropiezos y de que es áspero, espinoso y nocivo para quienes lo siguieren (5).

Estas penas las impone el justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y para restablecer la gloria de Dios en su plena majestad. Todo pecado, en efecto, implica una perturbación del orden universal que Dios restableció con inefable sabiduría e infinita caridad, así como la destrucción de un cúmulo de bienes, tanto respecto al pecador mismo como respecto de la comunidad humana. Los cristianos de todos los tiempos siempre han tenido claro que el pecado no sólo es una transgresión de la ley divina, sino también, aunque no siempre de manera directa y manifiesta, un desprecio u olvido de la amistad personal entre Dios y el hombre (6) y una verdadera y nunca suficientemente valorada ofensa de Dios, más aún, un ingrato rechazo del amor de Dios que se nos ha ofrecido en Cristo, ya que Cristo ha llamado a sus discípulos amigos, no siervos (7).

(3) Cf. Gn 3, 16-19: «A la mujer le dijo Dios: Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominara. Al hombre le dijo: Porque le hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que te prohibí comer, maldito el suelo por tu culpa: comerás de el con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas... con sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; porque eres polvo y al polvo volverás».
    Cf. también Lc 19, 41-44; Rm 2, 9 y 1Co 11, 30.
    Cf. S. AGUSTIN, Enarr. in Ps. LVIII, 1, 13: «Todo pecado, sea grande o pequeño, debe ser castigado, o por el mismo hombre penitente, o por la justicia de Dios»; CCL 39, p. 739; PL 36, 701.
    Cf. STO. TOMÁS, S. Th. 1-24. 87, a. 1: «Puesto que el pecado es un acto desordenado, todo el que peca actúa contra algún orden. Por lo tanto, ese mismo orden exige que se restaure el equilibrio. Y esta restauración del equilibrio es el castigo».

(4) Cf. Mt 25, 41-42: «Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer». Véase también Mc 9, 42-43; Jn 5, 28-29; Rm 2, 9; Ga 6, 6-8.
    Cf. II Concilio de Lyon, Sesión IV, Profesión de fe del emperador Miguel Paleologo: DS 856-858.
    Cf. Concilio de Florencia, Decretum pro Graecis: DS 1304-1306.
    C. AGUSTIN, Enchiridion, 66, 17: «Parece como si muchas cosas meran aquí perdonadas y quedaran sin castigo; pero es que este castigo queda reservado para más tarde. No sin razón aquel dia se llama con propiedad dia del juicio, cuando vendrá el juez de vivos y muertos. Como por el contrario, son castigadas aquí y, si quedan perdonadas, ya no habrá que responder por ellos en el mundo futuro. Por eso, refiriéndose a algunos castigos temporales que sufren en esta vida los pecadores, a ellos, cuyos pecados ya han sido borrados, para que no sean reservados para el castigo final, les dice el Apóstol (1 Co 11, 31-32): " Si nos hiciésemos la debida autocrítica, no seriamos condenados. De cualquier manera, el Señor, al castigarnos, nos corrige para que no seamos condenados junto con el mundo"»: ed. Scheel, Tubinga 1930, p. 42: PL 40, 263.

(5) Cf. Hermae pastor: Mand. 6, 1, 3: Funk, Patres Apostolici 1. p. 487.

(6) Cf. Is 1, 2-3: «Hijos he criado y educado, y ellos se han rebelado contra mi. Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre del dueño. Israel no conoce, mi pueblo no recapacita», cf. también Dt 8, 11 y 32, 15 ss; Sal 105, 21 y 118, passim; Sb 7, 14; Is 17, 10 y 44, 21; Jr 33, 88; Ez 20, 27.
    Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum, sobre la revelación divina, núm. 2: «En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), por la abundancia de su caridad, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15) y convive con ellos (cf. Ba 3, 38), para invitarlos y recibirlos en su compañía»: AAS, 58 (1966) p. 818. Cf. también ibid., núm. 21; 1. c. pp. 827-828.

(7) Cf. Jn 15, 14-15.
    Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núm. 22: AAS, 58 (1966) p. 1042, y Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, núm. 13: AAS, 58 (1966) p. 962.

3. Por consiguiente, es necesario, para la plena remisión y reparación, como se dice, de los pecados, no sólo que se restablezca la amistad con Dios por medio de una sincera conversión interior y que se expíen las ofensas inferidas a su sabiduría y bondad, sino también que se retornen a su primitiva integridad todos los bienes tanto personales como sociales, como los que pertenecen al mismo orden universal, disminuidos o destruidos por el pecado, y esto por medio de la reparación voluntaria, que comporta siempre una pena, o por medio del sufrimiento de las penas establecidas por la justa y santísima sabiduría de Dios, de manera que quede patente a los ojos del mundo entero la santidad y el esplendor de la gloria de Dios. En efecto, por la existencia y gravedad de las penas, se descubre la insensatez y la malicia del pecado y sus malas consecuencias.

Que es posible y que en realidad pasa muchas veces que, aún después de que la culpa ya ha sido perdonada, quedan las penas no satisfechas o las secuelas de los pecados no purificadas (8), lo demuestra de manera diáfana la doctrina sobre el purgatorio: en él, efectivamente, las almas de los difuntos que «verdaderamente arrepentidos, han muerto en el amor de Dios, antes de que hayan satisfecho con dignos frutos de penitencia sus acciones y omisiones» (9), después de la muerte son purificadas con penas purgadoras. Las mismas preces litúrgicas son suficiente indicio de la misma realidad, ya que desde tiempos muy remotos la comunidad cristiana, cuando se reúne para la Eucaristía, pide en ellas: «pues estamos afligidos por nuestros pecados, líbranos con amor para gloria de tu nombre» (10).

En efecto, todos los hombres que peregrinan en este mundo cometen pecados por lo menos leves y los llamados cotidianos (11), de manera que todos necesitamos de la misericordia de Dios para vernos libres de las secuelas punibles de los pecados.

(8) Cf. Nm 20, 12: «El Señor dijo a Moisés y a Aarón: Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar».
    Cf. Nm 27, 13-14: «Después de verla, te reunirás también tú con los tuyos, como ya Aarón, tu hermano, se ha reunido con ellos. Porque os rebelasteis en el desierto de Sin, cuando la comunidad protestó, y no les hicisteis ver mi santidad junto a la fuente».
    Cf. 2R 12, 13-14: «David respondió a Natán: ¡He pecado contra el Señor! Natán le dijo: El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. Pero por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá».
    Cf. INOCENCIO IV, Instructio pro Graecis: DS 838.
    Cf. Concilio Tridentino, sesión VI, canon 30: «Si alguien dijere que a cualquier pecador arrepentido, después de haber recibido la gracia de la justificación, se le remite la culpa y se le borra el reato de la pena eterna, de modo que no queda reato de pena temporal por satisfacer en este mundo o en el futuro en el purgatorio, antes de que se pueda abrir la entrada en el reino de los cielos: sea anatema»: DS 1580; cf. también DS 1689,1693.
    Cf. S. AGUSTÍN, In Io. ev. tr. 124, 5: «El hombre se ve obligado a soportar (esta vida) incluso después de que se le han perdonado los pecados, aunque el pecado sea la causa que lo ha llevado a esta miseria. Y por eso o para la manifestación de la propia miseria, o para la enmienda de la frágil vida, o para la necesaria penitencia, retiene temporalmente la pena al hombre, al que ya no retiene la culpa como reo de condenación eterna». CCL 36, pp. 683-684; PL 35, 1972-1973.

(9) Concilio de Lyon II, sesión IV: DS 856.

(10) Cf. Misal Romano (1962). Oración colecta del Domingo de Septuagésima: «Escucha, Señor, las oraciones de tu pueblo: para que, los que somos afligidos justamente a causa de nuestros pecados, seamos liberados misericordiosamente por la gloria de tu nombre».
    Cf. ibid., Oración sobre el pueblo del lunes de la I semana de Cuaresma: «Rompe, Señor, las cadenas de nuestros pecados, y aparta de nosotros el castigo que por ellos merecemos».
    Cf. ibid., Oración después de la comunión del Domingo III de Cuaresma: «Libra, Señor, de toda falta y de todo peligro a quienes hemos participado de tan gran misterio».

(11) Cf. St 3, 2: «Todos faltamos a menudo».
    Cf. 1 Jn, 1, 8: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros». El Concilio Cartaginense comenta así este texto: «Asimismo se ha decidido que aquello de San Juan apóstol: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros: si alguien pensare que hay que entender que lo dice por razón de humildad, no porque sea así realmente, sea anatema»: DS 228.
    Cf. Concilio Tridentino, sesión VI, Decr. de iustificatione, cap. II: DS 1537.
    Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 40: «Puesto que todos faltamos a menudo (cf. St 3, 2), necesitamos continuamente de la misericordia de Dios y debemos pedir cada dia: "Perdona nuestras ofensas" (Mt 6, 12): AAS, 57 (1965) p. 45.

II

4. Por un recóndito y benigno misterio de la disposición divina, los hombres están unidos entre sí por un vinculo sobrenatural, por el cual el pecado de uno perjudica también a los demás, como también la santidad de uno aporta a los demás un beneficio (12). De este modo, los fieles cristianos se ayudan mutuamente en la consecución del fin sobrenatural. Encontramos un testimonio de esta comunión en el mismo Adán, cuyo pecado pasa a todos los hombres por propagación. Pero el máximo y más perfecto principio, fundamento y ejemplar de este vínculo sobrenatural es el mismo Cristo, a cuya unión Dios nos ha llamado (13).

(12) Cf. S. AGUSTÍN De baptismo contra Donatistas 1, 28: PL 43, 124.

(13) Cf. Jn 15,5: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante».
    Cf. 1 Co 12, 27: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro». Cf. también 1 Co 1,9 y 10, 17; Ef 1, 20-23 y 4, 4.
    Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 7: AAS, 57 (1965) pp. 10-11.
    Cf. Pío XII, Carta encíclica Mystici Corporis: «La comunicación del Espíritu de Cristo hace que... la Iglesia venga a ser como la plenitud y el complemento del Redentor, y que Cristo, en cierto modo, sea complementado en todo por la Iglesia (cf. STO. TOMAS, Comm. in epist. ad Eph. 1. Lect. 8). Por estas palabras comprendemos la razón por la que la Cabeza mística, que es Cristo, y la Iglesia, que en la tierra, como otro Cristo, representa a su persona, constituyen un hombre nuevo, en el que se unen el cielo y la tierra al perpetuar la obra salvadora de la cruz: llamamos Cristo a la cabeza y al Cuerpo, al Cristo total»: DS 3813: AAS, 35 (1943) pp. 230-231.
    Cf. S. AGUSTÍN, Enarr. 2 in Ps XC, 1: «Nuestro Señor Jesucristo, como hombre consumado y completo, es cabeza y es cuerpo: reconocemos la cabeza en el hombre concreto que nació de la Virgen María... ésta es la cabeza de la Iglesia. El cuerpo de esta cabeza es la Iglesia, no la que se halla en este lugar, sino la que está en este lugar y en todo el orbe de la tierra; ni tampoco la de este tiempo, sino la que va desde Abel hasta los que nacerán hasta el fin y creerán en Cristo, todo el pueblo de los santos, que pertenecen a una misma ciudad; ciudad que es el cuerpo de Cristo, que tiene a Cristo por Cabeza»: CCL 39, p. 1266; PL 37, 1159.

5. Cristo, en efecto, que «no cometió pecado», «padeció por nosotros» (14); «fue herido por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes... sus cicatrices nos curaron» (15).

Siguiendo las huellas de Cristo (16), los fieles cristianos siempre se han esforzado en ayudarse mutuamente en el camino hacia el Padre celestial, con la oración, con el testimonio de los bienes espirituales y con la expiación penitencial; cuanto más fervorosa era la caridad que los movía, más iban en pos de Cristo paciente, llevando su propia cruz en expiación de los pecados suyos y de los demás, convencidos de que podían ayudarlos ante Dios, Padre misericordioso, a conseguir la salvación (17). Éste es el antiquísimo dogma de la comunión de los santos (18), en virtud del cual la vida de cada uno de los hijos de Dios, en Cristo y por Cristo, está unida con un nexo admirable con la vida de los demás hermanos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, formando como una sola mística persona (19).

De este modo, se explica el «tesoro de la Iglesia» (20). Éste, ciertamente, no es como un cúmulo de bienes a la manera de las riquezas materiales, que va aumentando a través del tiempo, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y merecimientos de Cristo Señor, ofrecidas para que toda la humanidad sea liberada del pecado y llegue a la comunión con el Padre; es el mismo Cristo redentor, en el cual se hallan con toda su eficacia las satisfacciones y merecimientos de su redención (21).

Además, a este tesoro pertenece también el valor realmente inmenso e inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de santa María Virgen y de todos los santos, los cuales, siguiendo los pasos de Cristo el Señor, por su gracia se santificaron a sí mismos y cumplieron la misión recibida del Padre; de este modo, llevando a término su propia salvación, contribuyeron también a la salvación de sus hermanos, en la unidad del Cuerpo místico.

«En efecto, todos los que son de Cristo, por poseer su Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en él (cf. Ef 4, 16). La unión de los vivos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente toda la Iglesia en la santidad... y contribuyen de múltiples maneras a su más amplia edificación (cf. 1 Co 12, 12-27). Porque ellos, habiendo llegado a la patria y viviendo junto al Señor (cf. 2 Co 5, 8), no cesan de interceder por él, con él y en él en favor nuestro ante el Padre, presentando los méritos que en la tierra consiguieron por el mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús (cf. 1 Tm 2,5), como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber completado en su carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24). Su fraterna solicitud contribuye, pues, a remediar nuestra debilidad» (22).

Por tanto, entre los fieles, tanto los que ya gozan de la patria celestial, como los que expían sus culpas en el purgatorio, o los que aún peregrinan en el mundo, existe ciertamente un perenne vínculo de caridad y un abundante intercambio de todos los bienes, con lo cual se expían todos los pecados de todo el cuerpo místico y se aplaca la justicia divina; la misericordia de Dios incita al perdón, y así los pecadores, arrepentidos, llegan más pronto a la plena fruición de los bienes de la familia de Dios.


(14) Cf. 1P 2, 22 y 21.

(15) Cf. Is 53, 4-6, con 1 P 2, 21-25; cf. también Jn 1, 29; Rm 4, 25; 5, 9ss.; 1 Co 15, 3; 2 Co 5, 21; Ga 1, 4; Ef 1, 7ss.; Hb 1, 3, etc.; 1 Jn 3, 5.

(16) Cf. 1 P 2,21.

(17) Cf. Col 1, 24: «Me alegro de sufrir por vosotros, así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia».
Cf. S. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Lib. Quis dives salvetur (42): San Juan apóstol exhorta al joven ladrón a que se convierta, exclamando: «Yo responderé de ti ante Cristo. Si es necesario sufriré de buena gana tu muerte, del mismo modo que el Señor sufrió la muerte por nosotros. Daré mi vida en vez de la tuya» CGS Clemens 3, p. 190: PG 9 ,650.
    Cf. S. CIPRIANO, De lapsis 17; 36: «Creemos ciertamente que los mártires y las obras de los justos pesan mucho ante el juez, pero cuando llegue el dia del juicio, cuando después del ocaso de este mundo y esta tierra se presente ante el tribunal de Cristo su pueblo». «Puede perdonar con clemencia al que se arrepiente, al que se esfuerza, al que ruega, puede transferir en su favor lo que por ellos pidan los mártires y hagan los sacerdotes»: CSEL 31, pp. 249-250 y 263; PL 4, 495 y 508.
    Cf. S. JERÓNIMO, Contra Vigilantium 6: «Dices en tu opúsculo que, mientras vivimos, podemos orar los unos por los otros, pero que cuando hayamos muerto ninguna oración a favor de otro será escuchada, sobre todo si tenemos en cuenta que los mártires no han podido lograr que su sangre sea vengada (Ap 6, 10). Si los apóstoles y los mártires cuando aún vivian corporalmente pudieron orar por los demás, a pesar de que todavía debían preocuparse por sí mismos, ¿cuánto más después de haber alcanzado la corona, la victoria y el triunfo?»: PL 23, 359.
    Cf. S. BASILIO MAGNO, Homilía in martyrem Julittam 9: «Conviene, por tanto, llorar con los que lloran. Cuando veas a un hermano que llora por el dolor de sus pecados, llora con él y compadécete de él. Así podrás corregir tus males a la vista de los ajenos. Porque quien derrama ardientes lágrimas por el pecado del prójimo, al llorar por su hermano, se pone remedio a sí mismo. Llora por el pecado. El pecado es la enfermedad del alma, es la muerte del alma inmortal, el pecado es digno de llanto y de lamento inconsolable»: PG 31, 258-259.
    Cf. S. Juan CRISÓSTOMO, In epist. ad Philipp. 1 hom. 3, 3: «Por tanto, no lloremos indistintamente por los que mueren, ni nos alegremos indistintamente por los que viven. ¿Qué haremos pues? Lloremos por los pecadores, no sólo por los que mueren, sino también por los que viven: alegrémonos por los justos, no sólo mientras viven, sino también después que ellos han muerto»: PG 62, 223.
    Cf. STO. TOMÁS, S. Th. 1-2, q. 87, a. 8: «Si nos referimos a la pena satisfactoria que uno voluntariamente asume, se da el caso de que uno cargue con la pena del otro, en cuanto que son como una misma cosa... Pero si nos referimos a la pena infringida por el pecado, en cuanto considerada como pena, entonces sólo es castigado cada uno por su propio pecado, ya que el acto pecaminoso es algo personal. Y si nos referimos a la pena de carácter medicinal, entonces se da el caso de que uno es castigado por el pecado del otro. Ya se ha dicho, en efecto, que el deterioro de las cosas corporales, o incluso del mismo cuerpo, es una pena medicinal ordenada a la salvación del alma. Nada, pues, impide que alguien sea castigado con tales penas por el pecado de otro, o por Dios o por el hombre».

(18) Cf. LEON XIII, Carta encíclica Mirae caritatis: «La comunión de los santos no es otra cosa... que la mutua comunicación de ayuda, de expiación, de preces, de beneficios, entre los fieles que ya gozan de la patria celestial, o los que están sometidos al fuego purificador, o los que aún peregrinan en la tierra, ya que todos tienden a reunirse en una misma ciudad, cuya cabeza es Cristo, cuya forma es la caridad»: Acta Leonis XIII, 22 (1902) p. 129; DS 3363.

(19) Cf. 1 Co 12, 12-13: «Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo espíritu para formar un solo cuerpo».
    Cf. Pio XII, Carta encíclica Mystici Corporis: «Así, (Cristo) en cierta manera vive en la Iglesia, de tal modo que ésta sea como otra persona de Cristo. Es lo que afirma el Maestro de los gentiles escribiendo a los Corintios, cuando llama a la Iglesia "Cristo" sin más (cf. 1 Co 12, 12), imitando en esto al divino Maestro, que le había dicho desde el cielo cuando perseguía encarnizadamente a la Iglesia: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (cf. Hch 9, 4; 22, 7; 26, 14). Más aún, si hemos de creer al Niseno, repetidamente el Apóstol designa a la Iglesia con el nombre de Cristo (cf. De vita Moysis: PG 44, 385) ni os es desconocida, venerables hermanos, aquella expresión de san Agustín: "Cristo predica a Cristo"» (Sermones 354, 1: PL 39, 1563), AAS, 35 (1943) p. 218.
    Cf. STO. TOMÁS, S. Th. 3, q. 48, a. 2 ad 1 y q. 49, a. 1.

(20) Cf. CLEMENTE VI, Bula del jubileo Unigenitus Dei Filius: «El Hijo único de Dios... ganó un tesoro para la Iglesia militante... Tesoro que... encargó que fuera distribuido saludablemente a los fieles por medio de san Pedro, guardián de las llaves del cielo, y de sus sucesores, vicarios suyos en la tierra... Es sabido que los méritos de la santa Madre de Dios y de todos los elegidos, desde el primero al último justo contribuyen a reforzar la magnitud de este tesoro...»: (DS 1025, 1026, 1027).
    Cf. SIXTO IV, Carta encíclica Romani Pontificis: «Nos, que hemos recibido de lo alto la plenitud de la potestad, deseando llevar a las almas del purgatorio ayuda y sufragio del tesoro de la Iglesia universal a Nos encomendado, que consta de los méritos de Cristo y de los santos...»: DS 1406.
    Cf. LEON X, Decreto Cum postquam a Cayetano de Vio, legado papal: «...distribuir el tesoro de los méritos de Jesucristo y de los santos...»: DS 1448, cf. DS. 1467 y 2641.

(21) Cf. Hb 7, 23-25, 9, 11-28.

(22) Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 49: AAS, 57 (1965) pp. 54-55.

III

6.
La Iglesia, consciente de estas verdades ya desde tiempo remoto, tuvo en cuenta y puso en práctica diversos métodos para que se aplicaran a todos los fieles los frutos de la redención del Señor y para que los fieles contribuyeran a la salvación de los hermanos, y así todo el cuerpo de la Iglesia se fuera disponiendo en la justicia y la santidad para la perfecta venida del reino de Dios, cuando Dios lo será todo para todos.

Los mismos apóstoles exhortaban a sus discípulos a orar por la salvación de los pecadores
(23), costumbre antiquísima que la Iglesia conservó santamente (24), máxime cuando los penitentes imploraban la intercesión de toda la comunidades (25), y en el hecho de ayudar a los difuntos con sufragios, sobre todo con la oblación del sacrificio eucarístico (26). También, ya desde tiempos antiguos, en la Iglesia se ofrecían a Dios buenas obras, en especial aquellas que resultaban difíciles para la fragilidad humana, por la salvación de los pecadores (27). Puesto que eran tenidos en gran estima los tormentos que los mártires sufrían por la fe y por la ley de Dios, los penitentes acostumbraban pedirles que, ayudados por sus méritos, obtuvieran más pronto la reconciliación de parte de los obispos (28). Es que las oraciones y las buenas obras de los justos eran tenidas en tan gran estima que se afirmaba que el penitente era lavado, limpiado y redimido con la ayuda de todo el pueblo cristiano (29).

En todas estas cosas, se consideraba que no era cada fiel, sólo con sus propias fuerzas, quien trabajaba por la remisión de los pecados ajenos, se tenía la convicción de que era la misma Iglesia, como un solo cuerpo, unido a Cristo, su cabeza, quien satisfacía en cada uno de sus miembros (30). La Iglesia de la edad patrística estaba firmemente persuadida de que realizaba su obra salvadora en comunión y bajo la autoridad de los pastores que el Espíritu Santo ha puesto para apacentar a la Iglesia de Dios (31). Así, los obispos, después de una prudente reflexión, establecían el modo y la medida de la satisfacción que se había de cumplir, más aún, permitían también que las penitencias canónicas fueran redimidas con otras obras, quizá más fáciles, provechosas para el bien común o favorecedoras de la piedad, realizadas por los mismos penitentes, e incluso a veces por otros fieles (32).

(23) Cf. St 5, 16: «Así, pues, confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros, para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo».
    Cf. 1 Jn 5, 16: «Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y se le dará vida, a los que cometan pecados que no sean de muerte».

(24) Cf. S. CLEMENTE ROMANO, Ad Cor. 56, 1: «Oremos pues nosotros por los que están implicados en algún pecado, para que les sea concedida la moderación y la humildad, y así se sometan, no a nosotros, sino a la voluntad divina. De este modo, la mención que de ellos se hace con misericordia ante Dios y los santos les será provechosa y perfecta»: Funk, Patres Apostolici 1, p. 171.
    Cf. Martyrium S. Polycarpi 8, 1: «Cuando por fin terminó su oración, en la que había hecho mención de todos los que con él se habían relacionado alguna vez, tanto pequeños como mayores, tanto ilustres como desconocidos, y de toda la Iglesia católica por doquier de la tierra...»: Funk, Patres Apostolici 1. p. 321-323.

(25) Cf. SOZOMENO, Hist. Eccl. 7, 16: En la penitencia pública terminada ya la misa, los penitentes, en la Iglesia romana, con gemidos y lamentos se postran en tierra. Entonces el obispo, con lágrimas en los ojos, se dirige hacia ellos desde el lado opuesto y se postra él también en el suelo; y toda la multitud de la Iglesia, uniéndose a su confesión, se baña en lágrimas. Después de esto, se levanta primero el obispo, hace levantar a los postrados y, dicha la conveniente oración por los pecadores que hacen penitencia, los despide»: PG 67, 1462.

(26) Cf. S. CIRILO DE JERUSALÉN, Catechesis 23 (mystag. 5), 9; 10: «Luego (oramos) por los santos padres y obispos difuntos y en general por todos los que han muerto entre nosotros, porque creemos firmemente que con la oración podemos ayudar a aquellas almas por las que se ofrece la plegaria, mientras está depositada sobre el altar la sagrada y muy venerada víctima». Confirmando la cuestión con el ejemplo de la corona que se trenza para el emperador para que perdone a los exiliados, el mismo santo doctor concluye su razonamiento, diciendo: «De modo semejante, nosotros, ofreciendo plegarias a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores, no trenzamos una corona, sino que ofrecemos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, buscando alcanzar el favor del Dios clemente y que nos sea propicio tanto a ellos como a nosotros): PG 33, 1115, 1118.
    Cf. S. AGUSTÍN, Confessiones 9, 12, 32; PL 32, 777; y 9, 11, 27: PL 32, 775; Sermones 172, 2: PL 38, 936; De cura pro mortuis gerenda I, 3: PL 40, 593.

(27) Cf. S. CLEMENTE DE ALEJANDRIA, Lib. Quis dives salvetur 42: (San Juan Apóstol, en la conversión del joven ladrón) «Después de esto, invocando a Dios con repetidas oraciones por una parte, practicando junto con el joven continuos ayunos por otra, mirando finalmente de influir en su ánimo con palabras llenas de dulzura, no cejó, según dicen, hasta que, con firme constancia, lo introdujo en el seno de la Iglesia...» CGS 17, pp. 189-190: PG 9, 651.

(28) Cf. TERTULIANO, Ad martyres 1, 6: «Algunos que no estaban reconciliados con la Iglesia, introdujeron la costumbre de suplicar a los mártires que se hallaban en la cárcel»: CCL 1, p. 3: PL 1,695.
    Cf. S. CIPRIANO, Epist, 18 (alias: 12), 1: «Pienso que hay que ir al encuentro de nuestros hermanos, de manera que los que han obtenido documentos de los mártires... después de habérseles impuesto la mano en señal de penitencia, vayan al Señor con la reconciliación que los mártires han recomendado en las cartas que nos han escrito»: CSEL 3 (2), p. 523-524; PL 4, 265; cf. ibid., Epist 19 (alias: 13), 2: CSEL 3 (2), p. 525; PL 4, 267.
    Cf. EUSEBIO DE CESAREA, Hist. Eccle. 1, 6, 42: CGS Eus. 2, 2, 610: PG 20, 614-615.

(29) Cf. S. AMBROSIO, De paenitentia 1, 15: «...del mismo modo que es purificado por determinadas obras de todo el pueblo, y es lavado por las lágrimas del pueblo, aquel que es librado del pecado por las oraciones y lágrimas del pueblo y es limpiado en su interior. Cristo, en efecto, ha concedido a su Iglesia el que uno sea redimido por todos, ella que ha merecido la venida de Jesús, el Santo, para que todos fueran redimidos por uno»: PL 16,511.

(30) Cf. TERTULIANO, De paenitentia 10, 5-6: «No puede el cuerpo alegrarse de la humillación de un miembro; todo el debe dolerse y ayudar a remediarlo. En uno y en otro está la Iglesia, y la Iglesia es Cristo: por tanto, cuando acudes a la oración de los hermanos, entras en contacto con Cristo, ruegas a Cristo; del mismo modo, cuando ellos lloran por ti, Cristo implora al Padre. Fácilmente se alcanza siempre lo que pide el Hijo»: CCL 1, p. 337; PL 1, 1356.
    Cf. S. AGUSTIN, Enarr: in Ps LXXXV, 1: CCL 39, pp. 1176-1177; PL 37, 1082.

(31) Cf. Hch 20, 28. Cf. también Concilio Tridentino, sesión XXIII. Decr. de sacramento ordinis, c. 4; DS 1768; Concilio Vaticano I, sesión IV, Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Pastor æternus, sobre la Iglesia c. 3: DS 3061; Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 20: AAS, 57 (1965) p. 23.
    Cf. S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ad Smyrnaeos 8, 1: «Nadie haga nada con independencia del obispo, en las cosas que atañen a la Iglesia...»: Funk, Patres Apostolici 1, p. 283.

(32) Cf. Concilio Niceno I, canon 12: «... todos los que con su temor, sus lagrimas, su paciencia y sus buenas obras hayan dado muestras de conversión en sus costumbres y en sus actos, éstos, una vez terminado el tiempo establecido para su institución, tendrán derecho a beneficiarse de la comunión de oraciones, y ello hará posible una mayor benignidad por parte del obispo...): MANSI, SS. Conciliorum collectio, 2, 674.
    Cf. Concilio de Neocesarea, can. 3: 1. c. 540.
    Cf. INOCENCIO I, Epist. 25, 7, 10: PL 20, 559.
    Cf. LEÓN MAGNO, Epist. 159, 6: PL 54, 1138.
    Cf. S. BASILIO MAGNO, Epist. 217 (canónica 3), 74: «Y si alguno de los que están implicados en los pecados antes mencionados hace penitencia y se corrige, si aquel a quien la benignidad de Dios le ha confiado el poder de atar y desatar, considerando la magnitud de la penitencia practicada por el que ha pecado, se inclina a la clemencia y le abrevia el Tiempo de las penas, no será digno de condena, ya que la historia bíblica nos enseña que quienes hacen penitencia con mayor rigor pronto alcanzan la misericordia de Dios»: PG 32, 803.
    Cf. S. AMBROSIO, De paenitentia, 1, 15 (véase antes, en la Nota 29).

IV

7.
La convicción vigente en la Iglesia de que los pastores del rebaño del Señor pueden liberar a cada fiel de las secuelas de los pecados mediante la aplicación de los méritos de Cristo y de los santos, introdujo progresivamente, bajo la inspiración del Espíritu Santo, que alienta constantemente al pueblo de Dios, la práctica de las indulgencias, la cual representó un progreso, no un cambio
(33), en la misma doctrina y disciplina de la Iglesia, y un nuevo bien, sacado de la raíz de la revelación, para aprovechamiento de los fieles y de toda la Iglesia.

La práctica de las indulgencias, propagada progresivamente, se manifestó como un hecho destacado en la historia de la Iglesia, principalmente cuando los Romanos Pontífices decretaron que ciertas obras, convenientes para el bien común de la Iglesia, «habían de ser consideradas como substitutivas de cualquier penitencia»
(34), y que a los fieles «verdaderamente arrepentidos y confesados), que realizaban alguna de estas obras «apoyados en la misericordia de Dios todopoderoso yen los méritos y autoridad de sus apóstoles», «con plenitud de la autoridad apostólica», concedían «no sólo un pleno y amplio, sino más bien un plenísimo perdón de los pecados» (35).

En efecto, «el Hijo único de Dios...adquirió un tesoro para la Iglesia militante... Este tesoro...por mediación de Pedro, encargó que fuera distribuido en provecho de los fieles y, por causas propias y razonables, para la remisión, ora total, ora parcial, de la pena temporal debida por los pecados, de manera tanto general como especial (según vieran que convenía ante Dios), para ser aplicado misericordiosamente a los verdaderamente arrepentidos y confesados. A este tesoro acumulado...es sabido que contribuyen los méritos de la bienaventurada Madre de Dios y de todos los elegidos» (36).

(33) Cf. S. VICENTE DE LERINS, Commonitorium primum 23; PL 50, 667-668.

(34) Cf. Concilio de Claromontano, can. 2: «A todo aquel que, sólo por devoción, no para conseguir honores o riquezas, se ponga en marcha para liberar a la Iglesia de Dios de Jerusalén, su marcha le será considerada como substitutiva de cualquier penitencia»: MANSI, SS. Conciliorum collectio 20, 816.

(35) Cf. BONIFACIO VIII, Bula Antiquorum habet: «Según consta por una fiable relación de los antepasados, se concedieron grandes remisiones e indulgencias de los pecados a los que accedían a la honorable basílica del príncipe de los Apóstoles, en la Urbe; Nos, por tanto, teniendo por ratificadas y conformes todas y cada una de estas remisiones e indulgencias, las confirmamos y aprobamos con la autoridad apostólica... Nos, apoyados en la misericordia de Dios todopoderoso y en los méritos y autoridad de sus Apóstoles, en el beneplácito de Nuestros hermanos y en la plenitud de la autoridad apostólica, a todos los que entren con reverencia en dichas basílicas, verdaderamente arrepentidos y confesados.... en el año presente y en los centenarios que vendrán, concederemos y concedemos, no sólo un pleno y amplio, sino más bien un plenísimo perdón de todos sus pecados...»: DS 868.

(36) CLEMENTE VI, Bula del jubileo Unigenitus Dei Filius: DS 1025, 1026 y 1027.

8. Esta remisión de la pena temporal debida por los pecados ya borrados en cuanto a la culpa, es lo que se llama propiamente «indulgencias» (37).

Estas indulgencias en algunos casos coinciden con otros sistemas empleados para quitar las secuelas de los pecados, pero al mismo tiempo se distinguen claramente de dichas maneras.

En la indulgencia, en efecto, la Iglesia, usando de su potestad de administradora de la redención de Cristo Señor, no sólo ruega, sino que otorga autoritativamente al fiel cristiano, debidamente dispuesto, el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos, para la remisión de la pena temporal
(38).

La finalidad que se propone la autoridad eclesiástica, al conceder indulgencia, consiste no sólo en ayudar a los fieles cristianos a satisfacer las penas debidas, sino también en inducirlos a realizar obras de piedad, de penitencia y de caridad, principalmente aquellas que conducen a un aumento de fe y al bien común
(39).

Y si los fieles cristianos transfieren las indulgencias en sufragio de los difuntos, practican la caridad de un modo excelente, y así, pensando en las cosas celestiales, enderezan con más rectitud las terrenales.

El magisterio de la Iglesia ha reivindicado y explicado esta doctrina a través de varios documentos
(40). En la práctica de las indulgencias, efectivamente, se han introducido a veces algunos abusos, ya sea porque «a causa de unas indulgencias indiscriminadas y superfluas» el poder de las llaves que tiene la Iglesia era despreciado y perdía fuerza la satisfacción sacramental (41), ya sea porque, debido a unas «torcidas ganancias», era vilipendiado el nombre de indulgencias (42). La Iglesia, enmendando y corrigiendo los abusos, «enseña y manda que la práctica de las indulgencias, tan saludable para el pueblo cristiano y aprobada por la autoridad de los sagrados concilios, ha de conservarse en la Iglesia, y condena con anatema a los que afirman que son inútiles o niegan que la Iglesia tenga el poder de concederlas» (43).

(37) Cf. LEON X, Decreto Cum postquam: «... hemos creído oportuno hacerte saber que la Iglesia romana, a la que las demás deben seguir como a una madre, ha enseñado por tradición: que el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, guardián de las llaves, y vicario de Jesucristo en la tierra, por el poder de las llaves, al que pertenece abrir el reino de los cielos, quitando en los fieles de Cristo los impedimentos de este reino (a saber, la culpa y la pena merecida por los pecados actuales, la culpa, mediante el sacramento de la penitencia, la pena temporal debida a los pecados actuales, según la justicia divina, mediante la indulgencia eclesiástica), puede, por causas razonables, conceder a los fieles de Cristo, que son miembros de Cristo por la caridad que los une, ya estén en esta vida, ya en el purgatorio, indulgencias procedentes de la sobreabundancia de los méritos de Cristo y de los santos; y que al conceder indulgencia por su autoridad apostólica tanto por los vivos como por los difuntos, ha observado la costumbre de distribuir el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos, de conceder la indulgencia a manera de absolución, o de transferirla a manera de sufragio. Y que por esto todos, vivos y difuntos, los que ganan de verdad estas indulgencias, quedan liberados de la pena temporal, merecida según la justicia divina por sus pecados actuales, equivalentes a la indulgencia concedida y ganada»: DS 1447-1448

(38) Cf. PABLO VI, Carta Sacrosancta Portiunculae: «La indulgencia, que la Iglesia concede a los penitentes, es una manifestación de aquella admirable comunión de los santos que, con un mismo vinculo de la caridad de Cristo, une místicamente a la santísima Virgen María y a la asamblea de los fieles cristianos que triunfan en el cielo, que se hallan en el purgatorio, o que peregrinan en la tierra. En efecto, por la indulgencia concedida por el poder de la Iglesia, se disminuye o se suprime del todo la pena que impide en cierto modo que el hombre alcance una más intima unión con Dios, por esto el fiel penitente actual encuentra ayuda, en esta singular forma de caridad eclesial, para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo" (Col 3, 10)»: AAS, 59 (1966) pp. 633-634.

(39) Cf. PABLO VI, Carta citada: «A aquellos fieles cristianos que, movidos por el arrepentimiento, se esfuerzan por alcanzar esta "metanoia" en cuanto después del pecado aspiran a aquella santidad con la que antes fueron revestidos en Cristo por el bautismo, la Iglesia les sale al encuentro, ya que ella, con la concesión de indulgencias, sostiene a sus hijos endebles y débiles con una especie de abrazo maternal y con su ayuda. La indulgencia, por tanto, no es un camino más fácil con el que podamos evitar la necesaria penitencia por los pecados, sino más bien un apoyo que todos los fieles, humildemente conscientes de su debilidad, encuentran en el cuerpo mistico de Cristo, el cual, todo él, "coopera a su conversión con la caridad, el ejemplo y la oración"» (Constitución dogmática Lumen gentium, núm. 11): AAS, 58 (1966) p. 632.

(40) CLEMENTE VI, Bula del Jubileo Unigenitus Dei Filius: DS 1026. CLEMENTE VI, Carta Super quibusdam: DS 1059; MARTÍN V, Bula Inter cunctas: DS 1266; SIXTO IV, Bula Salvator noster: DS 1398; SIXTO IV, Carta Encíclica Romani Pontificis provida: «Nos, queriendo salir al paso de estos escándalos y errores... hemos escrito a los prelados por medio de nuestros Breves, para que declaren a los fieles que la indulgencia plenaria por las almas del purgatorio a manera de sufragio fue concedida Por Nos, no para que estos fieles dejaran de lado, por causa de esta indulgencia, las obras piadosas y buenas, sino para que sirvan para la salvación de las almas a manera de sufragio, y para que esta indulgencia sea beneficiosa del mismo modo que si se dijeran y ofrecieran devotas oraciones y piadosas limosnas por la salvación de estas almas..., no que pretendiéramos, como no hemos pretendido, ni queremos tampoco insinuar, que la indulgencia es más provechosa o eficaz que las oraciones o las limosnas, o que las limosnas y oraciones son tan provechosas y eficaces como la indulgencia a manera de sufragio, ya que sabemos que media una gran distancia entre las oraciones y limosnas y la indulgencia a manera de sufragio; lo que dijimos es que la indulgencia es eficaz "del mismo modo", esto es, de la misma manera "que si', esto es, por la cual, son eficaces las oraciones y limosnas. Y, puesto que las oraciones y limosnas tienen eficacia en cuanto sufragio aplicado a las almas, Nos, a quien se nos ha concedido de lo alto la plenitud de la potestad, con el deseo de aportar ayuda y sufragio a las almas del purgatorio, del tesoro, a Nos encomendado, de la Iglesia universal antes mencionada.»: DS 1405-1406.
    LEÓN X, Bula Exsurge Domine: DS 1467-1472.
    PÍO VI, Constitución Auctorem fidei, proposición 40: «La proposición que afirma que "la indulgencia, en su significado exacto, no es otra cosa que la remisión de una parte de la penitencia que los cánones establecían para el pecador", en el sentido de que la indulgencia, fuera de la mera remisión de la pena canónica, no es también eficaz para la remisión de la pena temporal merecida ante la justicia divina por los pecados actuales: -falsa, temeraria, injuriosa para los méritos de Cristo, condenada hace algún tiempo en el artículo 19 de Lutero: DS 2640. Ibid., proposición 41: «Así mismo, en lo que se añade, que "los escolásticos, excediéndose en sus subtilidades, introdujeron un tesoro mal entendido de los méritos de Cristo y de los santos, y substituyeron la clara noción de la absolución de la pena canónica por la noción confusa y falsa de la aplicación de los méritos”, en el sentido de que los tesoros de la Iglesia, de donde el Papa da las indulgencias, no son los méritos de Cristo y de los santos: -falsa, temeraria, injuriosa para los méritos de Cristo y de los santos, condenada hace algún tiempo en el artículo 17 de Lutero»: DS 2641. Ibid., proposición 42: «Así mismo, en aquello que añade luego, que "es más lamentable todavía que esta quimérica aplicación se haya querido transferir a los difuntos": -falsa, temeraria, ofensiva para los oídos piadosos, injuriosa para los Romanos Pontífices y para la práctica y el sentir de la Iglesia universal, inductora al error tachado de herético en Pedro de Osma, condenado también en el artículo 22 de Lutero»: DS 2642.
    PÍO XI, Promulgación del Año Santo Quod nuper: «...concedemos e impartimos misericordiosamente en el Señor una indulgencia plenísima de toda la pena, que deben expiar por los pecados, obtenida antes la remisión y el perdón de los mismos»: AAS, 25 (1933), p. 8.
    PÍO XII, Promulgación del jubileo universal Iubilaeum maximum: «En el transcurso de este año expiatorio, a todos... los fieles cristianos que, debidamente purificados por el sacramento de la penitencia y alimentados por la sagrada comunión... visiten piadosamente... las basílicas... y.. oren, concedemos e impartimos misericordiosamente en el Señor una plenísima indulgencia y perdón de toda la pena que deben expiar por los pecados»: AAS 41 (1949), PP. 258-259.

(41) Concilio Lateranense IV, capitulo 62: DS 819.

(42) Concilio de Trento, Decreto sobre las indulgencias: DS 1835.

(43) Cf. Concilio de Trento, Decreto sobre las indulgencias: DS 1835.

9. La Iglesia, aún hoy, invita a todos sus hijos a que ponderen y consideren el gran valor de la práctica de las indulgencias para la vida de cada uno, más aún, para la vida de toda la sociedad cristiana.

Para recordar en pocas palabras los aspectos principales de la cuestión, esta práctica saludable nos recuerda en primer lugar que «es cosa mala y amarga apartarse...del Señor Dios»
(44). Los fieles, en efecto, cuando ganan indulgencias, comprenden que con sus propias fuerzas no pueden expiar el mal que al pecar se han hecho a sí mismos e incluso a toda la comunidad, y ello los lleva a una saludable humildad.

(44) Jr 2, 19.

10. Asimismo, el culto de las indulgencias levanta los ánimos hacia la confianza y la esperanza de la plena reconciliación con Dios Padre; pero lo hace de manera que no da ocasión a negligencia alguna ni disminuye en modo alguno el interés por las disposiciones requeridas para la plena comunión con Dios. Las indulgencias, en efecto, aunque son beneficios gratuitos, sin embargo, tanto para los vivos como para los difuntos, sólo se conceden si se cumplen unas determinadas condiciones, ya que para conseguirlas se requiere de un lado que se realicen determinadas obras buenas y de otro que el fiel esté dotado de las debidas disposiciones: a saber, que ame a Dios, y crea firmemente que la comunión de los santos le es de gran utilidad.

Y no hay que olvidar que los fieles, al ganar indulgencias, contribuyen a su manera a presentar ante Cristo una Iglesia sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada
(45), unida admirablemente a Cristo con el vínculo sobrenatural de la caridad. En efecto, gracias a las indulgencias, los miembros de la Iglesia purgante se incorporan antes a la Iglesia celestial, y así, por medio de las indulgencias, el reino de Cristo se instaura con mayor intensidad y prontitud, «hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (46).

(45) Cf. Ef 5, 27

(46) Ef 4, 13.

11. Apoyada en estas verdades, la santa madre Iglesia, al mismo tiempo que una vez más recomienda a sus fieles la práctica de las indulgencias, tan gratas al pueblo cristiano durante muchos siglos, e incluso en nuestro tiempo como demuestra la experiencia, en modo alguno pretende menoscabar otros procedimientos de santificación y purificación, en especial el santo sacrificio de la misa y los sacramentos, principalmente el sacramento de la penitencia, la importante ayuda derivada de aquellos actos comprendidos bajo el nombre común de sacramentales, у finalmente las  obras de piedad de penitencia y de caridad. Todas estas ayudas tienen en común el que realizan la santificación y la purificación con tanta más eficacia cuanto más estrecha sea la unión por la caridad con Cristo cabeza y con la Iglesia, su cuerpo. Las indulgencias reafirman también la supremacía de la caridad, ya que las indulgencias no pueden ganarse sin una sincera metanoia y unión con Dios, a las que se añade el cumplimiento de las obras prescritas. No se pierde, por tanto, el orden de la caridad, en el cual se inserta la remisión de las penas por la distribución del tesoro de la Iglesia.

La Iglesia, al exhortar a sus fieles a que no abandonen ni tengan en menos las santas tradiciones de los padres, sino que las acojan piadosamente, como un valioso tesoro de la familia católica, y que se sometan a ellas, permite, sin embargo, que cada cual se sirva de estos medios de purificación y de santificación con la santa y justa libertad de los hijos de Dios: pero les recuerda sin cesar aquellas cosas a las que hay que dar preferencia porque son necesarias, mejores o más eficaces
(47).

Pero con el fin de proveer a una mayor dignidad y estima de la práctica de las «indulgencias», la santa madre Iglesia ha creído oportuno introducir alguna innovación en la disciplina de las mismas y ha decretado dar nuevas normas.

(47) Cf. STO. TOMÁS, In 4 Sentencias dist. 20. q. 1 a. 3. q. 1a 2. ad 2 (S. Th. Suppl. q. 25, a2, ad2): «...aunque las indulgencias tengan mucho valor para la remisión de la pena, no obstante, existen también otras obras de satisfacción más meritorias por lo que atañe al premio esencial, y esto es infinitamente mejor que el perdón de la pena temporal».

V

12.
Las normas que siguen, introducen las variaciones oportunas en la disciplina de las indulgencias, después de haber asumido también los deseos de las asambleas episcopales.

Las disposiciones del Código de Derecho Canónico y de los decretos de la Santa Sede, relativos a las indulgencias, continúan en vigor mientras concuerden con las nuevas normas.

Al preparar las normas, se han tenido en cuenta principalmente tres aspectos: establecer una nueva medida para la indulgencia parcial, introducir una adecuada reducción en las indulgencias plenarias y, en lo referente a las indulgencias llamadas reales y locales, restablecer y ajustar una forma más simple y más digna. En lo que atañe a la indulgencia parcial, dejando de lado la antigua delimitación de días y años, se ha buscado una nueva norma o medida, según la cual lo que se toma en consideración es la acción misma del fiel cristiano que realiza la obra enriquecida con indulgencias.

Ahora bien, puesto que el fiel cristiano con su acción puede obtener-además del mérito, que es el fruto principal de la acción- una remisión de la pena temporal, tanto mayor cuanto mayor sea la caridad del que actúa y la importancia de la obra, ha parecido bien tomar como medida de la remisión de pena que la autoridad añade generosamente con la indulgencia parcial, aquella misma remisión de pena que obtiene el fiel cristiano con su acción.

En lo referente a la indulgencia plenaria, ha parecido oportuno reducir adecuadamente su número, para que los fieles cristianos estimen en su justa medida la indulgencia plenaria y puedan ganarla con las debidas disposiciones. En efecto, las cosas repetidas con frecuencia pierden interés y las que se conceden en abundancia se tienen en poca estima; la mayoría de los fieles cristianos necesitan un determinado espacio de tiempo para prepararse adecuadamente a ganar la indulgencia plenaria.

En cuanto a las indulgencias reales y locales, no sólo se ha reducido mucho su número, sino que se ha suprimido esta misma denominación, para que se vea más claramente que lo que se enriquece con indulgencias son las acciones de los cristianos, no las cosas o los lugares, que son únicamente ocasiones de ganar indulgencias. Más aún, los miembros de las asociaciones piadosas pueden ganar las indulgencias que les son propias cumpliendo las obras prescritas, sin que se requiera el uso de las insignias.

NORMAS

1.
La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya borrados en cuanto a la culpa, que el fiel cristiano, debidamente dispuesto y cumpliendo unas ciertas y determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos.

2. La indulgencia es parcial o plenaria, según libre en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

3. Las indulgencias, tanto parciales como plenarias, pueden aplicarse siempre a los difuntos a modo de sufragio.

4. La indulgencia parcial, en adelante, se designará sólo con estas palabras indulgencia parcial, sin añadir ninguna determinación de días o años.

5. Al fiel cristiano que, al menos arrepentido interiormente, realiza una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede, por medio de la Iglesia, una remisión de la pena temporal equivalente a la que ya recibe él mismo con su acción.

6. La indulgencia plenaria sólo puede ganarse una vez al día, salvo lo prescrito en la norma 18 para los que se hallan en peligro de muerte inminente.
La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al dia, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

7. Para ganar una indulgencia plenaria, se requiere la ejecución de la obra enriquecida con indulgencia y el cumplimiento de tres condiciones, que son: la confesión sacramental, la comunión eucarística у la oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Se requiere, además, la exclusión de todo afecto a cualquier pecado, incluso venial.

Si falta esta plena disposición o no se cumplen las condiciones antes mencionadas, salvo lo prescrito en el número 11 para los que tienen un legítimo impedimento, la indulgencia será sólo parcial.

8. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita, pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra.

9. Con una sola confesión sacramental pueden ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio, con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Sumo Pontífice, sólo se gana una indulgencia plenaria.

10. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple plenamente si se reza a su intención un solo Padrenuestro y una sola Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de rezar cualquier otra formula, Según su piedad y devoción al Romano Pontífice.

11. Sin menoscabo de la facultad que el canon 935 del CIC otorga a los confesores, de conmutar para los que tiene un legítimo impedimento la obra prescrita o las condiciones, los Ordinarios del lugar pueden conceder, a los fieles sobre los cuales ejercen su autoridad según las normas del derecho, si viven en lugares donde de ningún modo o, por lo menos, no sin gran dificultad pueden acceder a la confesión o la comunión, que puedan ganar indulgencia plenaria sin confesión o la comunión actuales, a condición de que estén interiormente arrepentidos y hagan el propósito de recibir, tan pronto como puedan, los mencionados sacramentos.

12. La división de las indulgencias en personales, reales y locales ya no se se aplica, para que conste con más claridad que lo que se enriquece con indulgencias son los actos de los fieles cristianos, aunque algunas veces estén relacionados con algún objeto o lugar.

13. Se revisará el Enchiridion de las indulgencias con el criterio de que sólo se enriquezcan con indulgencias las principales preces y las principales obras de piedad.

14. Se revisarán lo antes posible las listas y sumarios de indulgencias de las órdenes, congregaciones religiosas, sociedades de vida común sin votos, institutos seculares y asociaciones piadosas de fieles, de manera que la indulgencia plenaria sólo pueda ganarse en unos días especiales, que determinará la Santa Sede, a propuesta del máximo superior o, si se trata de asociaciones piadosas, del Ordinario del lugar.

15. En todas las iglesias, oratorios públicos o -por parte de quienes los utilizan legítimamente- semipúblicos, puede ganarse indulgencia plenaria, aplicable sólo a los difuntos, el 2 de noviembre.

En las iglesias parroquiales puede ganarse, además, indulgencia plenaria dos veces al año: en el día de la fiesta titular y el día 2 de agosto, en que coincide la indulgencia de la Porciúncula, u otro día oportuno que determinará el Ordinario.

Todas las indulgencias antes mencionadas pueden ganarse en los días antes designados, o, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior.

Las demás indulgencias anejas a iglesias u oratorios se revisarán lo antes posible.

16. La obra prescrita para la obtención de una indulgencia plenaria aneja a una iglesia u oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo.

17. El fiel cristiano que usa con devoción algún objeto de piedad (crucifijo, cruz, rosario, escapulario, medalla), debidamente bendecido por cualquier sacerdote, gana indulgencia parcial.

Si el objeto de piedad ha sido bendecido por el sumo Pontífice o por cualquier obispo, el fiel cristiano que lo usa con sentimientos de piedad puede también ganar indulgencia plenaria en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, pero añadiendo la profesión de fe con cualquier fórmula legítima.

18. La piadosa Madre Iglesia, si no es posible la presencia de un sacerdote que administre los sacramentos y la bendición apostólica con la adjunta indulgencia plenaria, de la que se trata en el canon 468 $ 2 del CIC, a un fiel cristiano que se halla en peligro de muerte, le concede benignamente indulgencia plenaria, para ganar en peligro de muerte, si está debidamente dispuesto, con tal de que, durante su vida, haya rezado habitualmente algunas oraciones. Para ganar esta indulgencia plenaria es aconsejable utilizar un crucifijo o una cruz.

Esta indulgencia plenaria en peligro de muerte inminente, el fiel cristiano podrá ganarla aunque en el mismo día ya haya ganado otra indulgencia plenaria.

19. Las normas promulgadas sobre las indulgencias plenarias, especialmente las que se relacionan con la norma 6, se aplican también a las indulgencias plenarias que hasta ahora se acostumbraban llamar toties quoties (tantas cuantas veces).

20. La piadosa Madre Iglesia, que tiene una gran solicitud por los fieles difuntos, abrogando todo privilegio en esta materia, determina que cualquier sacrificio de la misa proporciona a los difuntos un amplísimo sufragio.

*************************

Las nuevas normas en que se basa la adquisición de indulgencias entrarán en vigor una vez cumplidos tres meses desde el día en que esta Constitución se publicará en Acta Apostolicae Sedis.

Las indulgencias anejas al uso de objetos de piedad no mencionadas antes, cesan una vez cumplidos tres meses desde el día en que esta Constitución se publicará en Acta Apostolicae Sedis.

Las revisiones de que se habla en los números 14 y 15 deben presentarse a la Sagrada Penitenciaria Apostólica antes de un año; una vez cumplimentados dos años desde el día de esta Constitución, las indulgencias que no hayan sido confirmadas perderán todo vigor.

Queremos que estos nuestros estatutos y prescripciones sean firmes y eficaces ahora y en el futuro, sin que obsten, si se da el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas promulgadas por nuestros antecesores, ni las demás prescripciones, aún las dignas de especial mención o derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 1 del mes de enero, octava de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, del año MCMLXVII, cuarto de Nuestro Pontificado.

PABLO PP. VI

martes, 10 de octubre de 2017

San Pablo VI, Const. Ap. "Missale Romanum" (3-abril-1969).

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA «MISSALE ROMANUM» (3 de abril de 1969)

CON LA QUE SE PROMULGA EL MISAL ROMANO REFORMADO POR MANDATO DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
EN MEMORIA PERPETUA DE ESTE ACTO

El MISAL ROMANO, promulgado en 1570 por Nuestro Predecesor san Pío V, por decisión del Concilio de Trento [1], ha sido siempre considerado como uno de los numerosos y admirables beneficios que se derivaron de aquel sacrosanto Concilio para toda la Iglesia de Cristo. En efecto, durante cuatro siglos constituyó la norma de la celebración del sacrificio eucarístico para los sacerdotes de rito latino y fue llevado, además, a casi todas las naciones del mundo por los misioneros, heraldos del Evangelio. Ni se debe olvidar que innumerables santos alimentaron su piedad y su amor a Dios con las lecturas bíblicas y las oraciones de este Misal, cuya parte más importante remontaba, en lo esencial, a san Gregorio Magno.

Pero, desde que comenzó a afirmarse y a extenderse en el pueblo cristiano el movimiento litúrgico, que -como afirmaba Nuestro Predecesor Pío XII, de venerada memoria- debe ser considerado como un signo de las disposiciones providenciales de Dios sobre nuestra época y como un paso saludable del Espíritu Santo por la Iglesia [2], se percibió claramente que los textos del Misal Romano necesitaban ser revisados y enriquecidos. El mismo Predecesor Nuestro, Pío XII, inició esta obra de revisión con la restauración de la Vigilia pascual y de la Semana Santa, que constituyeron el primer paso de la adaptación del Misal Romano a las exigencias de la mentalidad contemporánea [3].

El reciente Concilio Ecuménico Vaticano II, con la Constitución Sacrosanctum Concilium, ha puesto los fundamentos para la revisión general del Misal Romano: en efecto, ha establecido, en primer lugar, que «los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan» [4], luego, que «se revise el Ordinario de la Misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión, y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fieles» [5]; después, que «se abran con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, a fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fíeles» [6]; finalmente, que «se elabore el nuevo rito de la concelebración y se incluya en el Pontifical y en el Misal Romano» [7].

No se debe pensar, sin embargo, que esta revisión del Misal Romano sea algo improvisado, ya que los progresos realizados por la ciencia litúrgica en los últimos cuatro siglos le han preparado el camino. Después del Concilio de Trento, el estudio de los «antiguos códices de la Biblioteca Vaticana y de otros, reunidos de distintas procedencias» -como asegura la Constitución Apostólica Quo primum, de Nuestro Predecesor san Pío V- sirvió no poco para la revisión del Misal Romano. Pero, desde entonces, han sido descubiertas y publicadas antiquísimas fuentes litúrgicas; y, además, los textos litúrgicos de la Iglesia Oriental han sido conocidos e investigados más profundamente. Todo esto ha determinado que aumentara cada día el número de los que deseaban que estas riquezas doctrinales y espirituales no permanecieran en la oscuridad de las bibliotecas, sino que, por el contrario, se sacaran a la luz para iluminar y nutrir las inteligencias y el ánimo de los cristianos.

Presentamos ahora, en sus líneas generales, la nueva estructura del Misal Romano. En primer lugar, figura la Ordenación general que constituye como el proemio de todo el libro; en ella se exponen las nuevas formas para la celebración del sacrificio eucarístico, sea en lo que se refiere a los ritos y a la función propia de cada uno de los participantes, sea en lo que concierne a los objetos y lugares sagrados.

La principal innovación de esta reforma afecta a la llamada Plegaria eucarística. Aunque en el rito romano la primera parte de esta Plegaria, es decir, el prefacio, asumió a lo largo de los siglos muchas formas, la segunda parte, en cambio, llamada Canon Actionis, a partir de los siglos IV-V adquirió una forma invariable. Por su parte, las liturgias orientales admitieron siempre una cierta variedad de Anáforas. Así pues, aparte del hecho de que la Plegaria eucarística haya sido enriquecida con un considerable número de prefacios, procedentes de la antigua tradición romana o de nueva composición –prefacios que presentan con mayor claridad las principales etapas del misterio de la salvación y que ofrecen numerosos y ricos motivos de acción de gracias -, hemos establecido que a dicha Plegaria eucarística se añadan tres nuevos Cánones. Sin embargo, por razones de carácter pastoral y para facilitar la concelebración, hemos ordenado que las palabras del Señor sean idénticas en cada uno de los formularios del Canon. Por tanto, establecemos que en cada Plegaria eucarística se pronuncien las siguientes palabras:

Sobre el pan: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.
Sobre el cáliz: TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

La expresión ÉSTE ES EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE, sacada fuera del contexto de las palabras del Señor y dicha por el sacerdote, sirve de introducción a la aclamación de los fíeles.

Por lo que se refiere al Ordinario de la Misa, «los ritos, conservando intacta la sustancia, han sido simplificados» [8]. Se han omitido, en efecto, «aquellas cosas que, con el correr del tiempo, se duplicaron o fueron añadidas sin particular utilidad» [9], lo que se verificaba sobre todo en los ritos del ofertorio, de la fracción del pan y de la Comunión.

A esto se añade que «se han restablecido, de acuerdo con la primitiva norma de los santos Padres, algunas cosas que habían desaparecido a causa del tiempo» [10], entre las que figuran la homilía [11], la oración universal o de los fieles [12] y el rito penitencial o de reconciliación con Dios y con los hermanos, al inicio de la Misa; rito al que, como era conveniente, ha sido restituida su importancia.

Además, según la prescripción del Concilio Vaticano II, de que «en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» [13], el conjunto de las lecturas dominicales ha sido distribuido en un ciclo de tres años. Los domingos y los días festivos a la lectura de la Epístola y del Evangelio se antepondrá una lectura tomada del Antiguo Testamento o, en el tiempo pascual, de los Hechos de los Apóstoles. De esta manera tendrá mayor relieve el progreso ininterrumpido del misterio de la salvación, presentado con los textos mismos de la revelación divina. Esta considerable abundancia de lecturas bíblicas, que permite presentar a los fieles en los días festivos las partes más significativas de la Sagrada Escritura, se completa con las otras lecturas de los Libros Sagrados, previstas para los días laborables.

Todo esto ha sido ordenado de tal manera que estimule cada vez más en los fieles el hambre de la palabra de Dios [14], y, bajo la acción del Espíritu Santo, impulse al pueblo de la nueva Alianza hacia la perfecta unidad de la Iglesia. Vivamente confiamos que la nueva ordenación del Misal permitirá a todos, sacerdotes y fieles, preparar sus corazones a la celebración de la Cena del Señor con renovado espíritu religioso y, al mismo tiempo, sostenidos por una meditación más profunda de la las Sagradas Escrituras, alimentarse cada día más. Y con mayor abundancia de la palabra del Señor. De aquí se seguirá que, según los deseos del Concilio Vaticano II, la divina Escritura constituya para todos una fuente perenne de vida espiritual, un instrumento de incomparable valor para la enseñanza de la doctrina cristiana y, finalmente, un compendio sustancial de formación teológica.

En esta revisión del Misal Romano, además de los cambios aportados a las tres partes de las que ya hemos tratado, es decir, la Plegaria eucarística, el Ordinario de la Misa y el Leccionario, otras secciones han sido también revisadas y considerablemente modificadas: el Propio del tiempo, el Propio y Común de los Santos, las Misas rituales y las Misas votivas. Una atención particular se ha dedicado a las oraciones, cuyo número ha sido aumentado -de modo que a las nuevas necesidades correspondan fórmulas nuevas- y cuyo texto ha sido críticamente establecido a la luz de los antiguos códices. En este punto, cabe señalar que todas las ferias de los principales tiempos litúrgicos -Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua- han sido dotadas de oración propia.

Hemos sólo de añadir que, aunque el Gradual Romano no haya sido cambiado -al menos por lo que al canto se refiere-, la conveniencia de lograr una mayor comprensión ha conducido a restaurar el salmo responsorial, que san Agustín y san León Magno mencionan con frecuencia, y a adaptar, según la oportunidad, las antífonas de entrada y de comunión para las Misas rezadas.

Para terminar, Nos queremos dar fuerza de ley a cuanto hemos expuesto hasta ahora acerca del nuevo Misal Romano. Cuando Nuestro Predecesor san Pío V promulgó la edición oficial del Misal Romano, lo presentó al pueblo cristiano como un instrumento de unidad litúrgica y como un documento de la pureza del culto en la Iglesia. De modo análogo Nos, acogiendo en el nuevo Misal, según la prescripción del Concilio Vaticano II, las «variaciones y adaptaciones legítimas» [15], confiamos que los fieles lo recibirán como un instrumento para testimoniar y confirmar la mutua unidad: de tal manera, no obstante la gran variedad de lenguas, una e idéntica oración, más fragante que el incienso, subirá al Padre de los cielos por la mediación del sumo Sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, y en la unidad del Espíritu Santo.

Ordenamos que las prescripciones contenidas en esta Constitución entren en vigor el día 30 del próximo mes de noviembre del corriente año, primer domingo de Adviento.

Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si fuere el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas emanadas de Nuestros Predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso digna de especial mención y derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día de Jueves Santo, 3 de abril de 1969, año sexto de Nuestro Pontificado.

PABLO VI, P. P. VI

[1] Const. Apost. Quo primum, del 14 de julio de 1570.
[2] Cf. PÍO XII, Allocutio iis, qui primo Conventui ex omni natione de Liturgia pastorali, Assisii habito, interfuerunt, del 22 de sept. de 1956: A.A.S. 48 (1956), p. 712.
[3] Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Decreto Dominica Resurrectionis, del 9 de febr. de 1951: A.A.S. 43 (1951), pp. 128 ss.; Decreto general Máxima redemptionis nostrae mysteria, del 16 de nov. de 1955: A.A.S. 47 (1955), pp. 838 ss.
[4] CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, a. 21: A.A.S. 56 (1964), p. 106.
[5] Cf. ibíd., n. 50, p. 114.
[6] Cf. ibíd., n. 51, p. 114.
[7] Cf. ibíd., n. 57, p. 115.

[8] Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Conclium, n. 50: A.A.S. 56 . (1964), p. 114.
[9] Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanclum Concilium, n. 50, p. 114.
[10] Cf. ibíd., n. 50, p. 114.
[11] Cf. ibíd., n. 52, p. 114.
[12] Cf. ibíd., n. 53, p. 114.
[13] Cf. ibíd., n. 51, p. 114.


[14] Cf. Amos 8, 11.
[15] Cf. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. nn. 38-40: A.A.S. 56(1964), p. 110.

domingo, 1 de octubre de 2017

Domingo 5 noviembre 2017, XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, Lecturas ciclo A.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A (Lec. I A).

PRIMERA LECTURA Mal 1, 14b — 2, 2b. 8-10
Os habéis separado del camino recto y habéis hecho que muchos tropiecen en la ley
Lectura del libro del profeta Malaquías.

Yo soy un gran rey,
dice el Señor del universo,
y todas las naciones temen mi nombre.
Esto es lo que os mando, sacerdotes:
Si no escucháis y no ponéis todo vuestro corazón en glorificar mi nombre, dice el Señor del universo, os enviaré la maldición.
Os habéis separado del camino recto y habéis hecho que muchos tropiecen en la ley, invalidando la alianza de Leví, dice el Señor del universo.
Pues yo también os voy a hacer despreciables y viles para todo el pueblo, ya que vuestra boca no ha guardado el camino recto y habéis sido parciales en la aplicación de la ley.
¿No tenemos todos un mismo padre?
¿No nos creó el mismo Dios?
¿Por qué entonces nos traicionamos unos a otros profanando la alianza de nuestros padres?

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Sal 130, 1.2.3
R.
Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Custódi ánimam meam in pace apud te, Dómine.

V. Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad. R.
Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Custódi ánimam meam in pace apud te, Dómine.

V. Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí. R.
Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Custódi ánimam meam in pace apud te, Dómine.

V. Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre. R.
Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Custódi ánimam meam in pace apud te, Dómine.

SEGUNDA LECTURA 1 Tes 2, 7b-9. 13
Deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

Hermanos:
Nos portamos con delicadeza entre vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos.
Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.
Recordad, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios.
Por tanto, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Mt 23, 9b. 10b
R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. Uno solo es vuestro Padre, el del cielo; y uno solo es vuestro maestro, el Mesías. R. Unus est Pater vester, cæléstis; et Magíster vester unus est, Christus.

EVANGELIO Mt 23, 1-12
Ellos dicen, pero no hacen
Lectura del santo Evangelio según san Mateo
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, homilía en santa Marta, 18 de marzo de 2014
Dios es Padre; nos espera para perdonarnos. Y nos da un consejo: "No seáis como los hipócritas"". "Lo hemos leído en el Evangelio: este tipo de acercamiento el Señor no lo quiere. Él quiere un acercamiento sincero, auténtico. En cambio, ¿qué hacen los hipócritas? Se maquillan. Se maquillan de buenos. Ponen cara de estampa, rezan mirando al cielo, haciéndose ver, se sienten más justos que los demás, despreciando a los demás". Y presumen de ser buenos católicos porque tienen conocidos entre bienhechores, obispos y cardenales.
"Esto es la hipocresía. Y el Señor dice no", porque nadie debe sentirse justo por su juicio personal. "Todos necesitamos ser justificados y el único que nos justifica es Jesucristo. Por ello debemos acercarnos: para no ser cristianos maquillados". Cuando la apariencia se desvanece "se ve la realidad y éstos no son cristianos. ¿Cuál es la piedra de toque? "Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien"". Esta, repitió, es la invitación.
Pero, "¿cuál es la señal de que estamos en el buen camino? Lo dice la Escritura: socorrer al oprimido, cuidar al prójimo, al enfermo, al pobre, a quien tiene necesidad, al ignorante. Esta es la piedra de toque". Y aún más: "Los hipócritas no pueden hacer esto, porque están tan llenos de sí mismos que son ciegos para mirar a los demás". Pero "cuando uno camina un poco y se acerca al Señor, la luz del Padre hace ver estas cosas y va a ayudar a los hermanos. Este es el signo de la conversión".
Cierto, esta "no es toda la conversión; porque la conversión es el encuentro con Jesucristo. Pero la señal de que estamos con Jesús es precisamente esta: atender a los hermanos, a los pobres, a los enfermos como el Señor nos enseña en el Evangelio".
(...) Mientras que la hipocresía es "el signo de que estamos lejos del Señor". El hipócrita "se salva por sí mismo, al menos así piensa". Así, la conclusión: "Que el Señor nos dé a todos luz y valor: luz para conocer lo que sucede dentro de nosotros y valor para convertirnos, para acercarnos al Señor. Es hermoso estar cerca del Señor".

Del Papa Benedicto XVI
ÁNGELUS, Domingo 30 de octubre de 2011
Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de este domingo, el apóstol san Pablo nos invita a considerar el Evangelio "no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios" (1Ts 2, 13). De este modo podemos acoger con fe las advertencias que Jesús dirige a nuestra conciencia, para asumir un comportamiento acorde con ellas. En el pasaje de hoy, amonesta a los escribas y fariseos, que en la comunidad desempeñaban el papel de maestros, porque su conducta estaba abiertamente en contraste con la enseñanza que proponían a los demás con rigor. Jesús subraya que ellos "dicen, pero no hacen" (Mt 23, 3); más aún, "lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar" (Mt 23, 4). Es necesario acoger la buena doctrina, pero se corre el riesgo de desmentirla con una conducta incoherente. Por esto Jesús dice: "Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen" (Mt 23, 3). La actitud de Jesús es exactamente la opuesta: él es el primero en practicar el mandamiento del amor, que enseña a todos, y puede decir que es un peso ligero y suave precisamente porque nos ayuda a llevarlo juntamente con él (cf. Mt 11, 29-30).
Pensando en los maestros que oprimen la libertad de los demás en nombre de su propia autoridad, san Buenaventura indica quién es el auténtico Maestro, afirmando: "Nadie puede enseñar, ni obrar, ni alcanzar las verdades conocibles sin que esté presente el Hijo de Dios" (Sermo I de Tempore, Dom. XXII post Pentecosten, Opera omnia, IX, Quaracchi, 1901, p. 442). "Jesús se sienta en la "cátedra" como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a todos los pueblos" (Jesús de Nazaret, p. 93). ¡Él es nuestro verdadero y único Maestro! Por ello, estamos llamados a seguir al Hijo de Dios, al Verbo encarnado, que manifiesta la verdad de su enseñanza a través de la fidelidad a la voluntad del Padre, a través del don de sí mismo. Escribe el beato Antonio Rosmini: "El primer maestro forma a todos los demás maestros, del mismo modo que forma a los discípulos, porque [tanto unos como otros] existen sólo en virtud de ese tácito pero poderosísimo magisterio" (Idea della Sapienza, 82, en: Introduzione alla filosofia, vol. II, Roma 1934, p. 143). Jesús condena enérgicamente también la vanagloria y asegura que obrar "para que los vea la gente" (Mt 23, 5) pone a merced de la aprobación humana, amenazando los valores que fundan la autenticidad de la persona.
Queridos amigos, el Señor Jesús se presentó al mundo como siervo, se despojó totalmente de sí mismo y se rebajó hasta dar en la cruz la más elocuente lección de humildad y de amor. De su ejemplo brota la propuesta de vida: "El primero entre vosotros será vuestro servidor" (Mt 23, 11). Invoquemos la intercesión de María santísima y pidamos, de modo especial, por aquellos que en la comunidad cristiana están llamados al ministerio de la doctrina, para que testimonien siempre con obras las verdades que transmiten con la palabra.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo A. Trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario.
La acción moral y el testimonio cristiano
2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. "El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios" (AA 6).
El sacerdocio es un servicio; la fragilidad humana de los jefes
876 El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente de Cristo que da misión y autoridad, los ministros son verdaderamente "esclavos de Cristo" (Rm 1, 1), a imagen de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros "la forma de esclavo" (Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente esclavos de todos (cf. 1Co 9, 19).
1550 Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.
1551 Este sacerdocio es ministerial. "Esta Función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio" (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica "un poder sagrado", que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10, 43-45; 1P 5, 3). "El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a él" (S. Juan Crisóstomo, sac. 2, 4; cf. Jn 21, 15-17).

San Pablo VI, Carta encíclica "Mysterium fidei", sobre la doctrina y culto de la Sagrada Eucaristía (3-septiembre-1965).

CARTA ENCÍCLICA MYSTERIUM FIDEI 
DE SU SANTIDAD PABLO VI
SOBRE LA DOCTRINA Y CULTO DE LA SAGRADA EUCARISTÍA

(3-SEPTIEMBRE-1965)

1. El misterio de fe, es decir, el inefable don de la Eucaristía, que la Iglesia católica ha recibido de Cristo, su Esposo, como prenda de su inmenso amor, lo ha guardado siempre religiosamente como el tesoro más precioso, y el Concilio Ecuménico Vaticano II le ha tributado una nueva y solemnísima profesión de fe y culto. En efecto, los Padres del Concilio, al tratar de restaurar la Sagrada Liturgia, con su pastoral solicitud en favor de la Iglesia universal, de nada se han preocupado tanto como de exhortar a los fieles a que con entera fe y suma piedad participen activamente en la celebración de este sacrosanto misterio, ofreciéndolo, juntamente con el sacerdote, como sacrificio a Dios por la salvación propia y de todo el mundo y nutriéndose de él como alimento espiritual.

Porque si la Sagrada Liturgia ocupa el primer puesto en la vida de la Iglesia, el Misterio Eucarístico es como el corazón y el centro de la Sagrada Liturgia, por ser la fuente de la vida que nos purifica y nos fortalece de modo que vivamos no ya para nosotros, sino para Dios, y nos unamos entre nosotros mismos con el estrechísimo vínculo de la caridad.

Y para resaltar con evidencia la íntima conexión entre la fe y la piedad, los Padres del Concilio, confirmando la doctrina que la Iglesia siempre ha sostenido y enseñado y el Concilio de Trento definió solemnemente juzgaron que era oportuno anteponer, al tratar del sacrosanto Misterio de la Eucaristía, esta síntesis de verdades:

«Nuestro Salvador, en la Ultima Cena, la noche en que él era traicionado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrifico de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» [1].

Con estas palabras se enaltecen a un mismo tiempo el sacrificio, que pertenece a la esencia de la misa que se celebra cada día, y el sacramento, del que participan los fieles por la sagrada comunión, comiendo la carne y bebiendo la sangre de Cristo, recibiendo la gracia, que es anticipación de la vida eterna y la medicina de la inmortalidad, conforme a las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día» [2].

Así, pues, de la restauración de la sagrada liturgia Nos esperamos firmemente que brotarán copiosos frutos de piedad eucarística, para que la santa Iglesia, levantando esta saludable enseña de piedad, avance cada día más hacia la perfecta unidad [3] e invite a todos cuantos se glorían del nombre cristiano a la unidad de la fe y de la caridad, atrayéndolos suavemente bajo la acción de la divina gracia.

Nos parece ya entrever estos frutos y como gustar ya sus primicias en la alegría manifiesta y en la prontitud de ánimo con que los hijos de la Iglesia católica han acogido la Constitución de la sagrada liturgia restaurada; y asimismo en muchas y bien escritas publicaciones destinadas a investigar con mayor profundidad y a conocer con mayor fruto la doctrina sobre la santísima Eucaristía, especialmente en lo referente a su conexión con el misterio de la Iglesia.

Todo esto nos es motivo de no poco consuelo y gozo, que también queremos de buen grado comunicaros, venerables hermanos, para que vosotros, con Nos, deis también gracias a Dios, dador de todo bien, quien, con su Espíritu, gobierna a la Iglesia y la fecunda con crecientes virtudes.

[1] Const. De sacra liturgia c. 2. n. 47: AAS 56 (1964) 113.
[2] Jn 6, 55.
[3] Cf. Jn 17, 23.


Motivos de solicitud pastoral y de preocupación

2. Sin embargo, venerables hermanos, no faltan, precisamente en la materia de que hablamos, motivos de grave solicitud pastoral y de preocupación, sobre los cuales no nos permite callar la conciencia de nuestro deber apostólico.

En efecto, sabemos ciertamente que entre los que hablan y escriben de este sacrosanto misterio hay algunos que divulgan ciertas opiniones acerca de las misas privadas, del dogma de la transustanciación y del culto eucarístico, que perturban las almas de los fieles, causándoles no poca confusión en las verdades de la fe, como si a cualquiera le fuese lícito olvidar la doctrina, una vez definida por la Iglesia, o interpretarla de modo que el genuino significado de las palabra o la reconocida fuerza de los conceptos queden enervados.

En efecto, no se puede —pongamos un ejemplo— exaltar tanto la misa, llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada; ni insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento; ni tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el Concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización; como, finalmente, no se puede proponer y aceptar la opinión, según la cual en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio de la misa, ya no se halla presente Nuestro Señor Jesucristo.

Todos comprenden cómo en estas opiniones y en otras semejantes, que se van divulgando, reciben gran daño la fe y el culto de la divina Eucaristía.

Así, pues, para que la esperanza suscitada por el Concilio de una nueva luz de piedad eucarística que inunda a toda la Iglesia, no sea frustrada ni aniquilada por los gérmenes ya esparcidos de falsas opiniones, hemos decidido hablaros, venerables hermanos, de tan grave tema y comunicaros nuestro pensamiento acerca de él con autoridad apostólica.

Ciertamente, Nos no negamos a los que divulgan tales opiniones el deseo nada despreciable de investigar y poner de manifiesto las inagotables riquezas se tan gran misterio, para hacerlo entender a los hombres de nuestra época; más aún; reconocemos y aprobamos tal deseo; pero no podemos aprobar las opiniones que defienden, y sentimos el deber de avisaros sobre el grave peligro que esas opiniones constituyen para la recta fe.

La sagrada Eucaristía es un Misterio de fe

3. Ante todo queremos recordar una verdad, por vosotros bien sabida, pero muy necesaria para eliminar todo veneno de racionalismo; verdad, que muchos católicos han sellado con su propia sangre y que celebres Padres y Doctores de la Iglesia han profesado y enseñado constantemente, esto es, que la Eucaristía es un altísimo misterio, más aún, hablando con propiedad, como dice la sagrada liturgia, el misterio de fe. Efectivamente, sólo en él, como muy sabidamente dice nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, se contienen con singular riqueza y variedad de milagros todas las realidades sobrenaturales [4].

Luego es necesario que nos acerquemos, particularmente a este misterio, con humilde reverencia, no siguiendo razones humanas, que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la Revelación divina.

San Juan Crisóstomo, que, como sabéis, trató con palabra tan elevada y con piedad tan profunda el misterio eucarístico, instruyendo en cierta ocasión a sus fieles acerca de esta verdad, se expresó en estos apropiados términos: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos, aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia; que su palabra prevalezca sobre nuestra razón e inteligencia. Observemos esta misma conducta respecto al misterio [eucarístico], no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras, porque su palabra no puede engañar» [5].

Idénticas afirmaciones han hecho con frecuencia los doctores escolásticos. Que en este sacramento se halle presente el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, no se puede percibir con los sentidos —como dice Santo Tomás—, sino sólo con la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios. Por esto, comentando aquel pasaje de San Lucas 22, 19: «Hoc est corpus meum quod pro vobis tradetur», San Cirilo dice: «No dudes si esto es verdad, sino más bien acepta con fe las palabras del Salvador: porque, siendo Él la verdad, no miente» [6].

Por eso, haciendo eco al Doctor Angélico, el pueblo cristiano canta frecuentemente: Visus tactus gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur: Credo quidquid dixit Dei Filius, Nil hoc Verbo veritatis verius. [«En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; sólo el oído cree con seguridad. Creo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues nada hay más verdadero que este Verbo de la verdad»].

Más aún, afirma San Buenaventura: «Que Cristo está en el sacramento como signo, no ofrece dificultad alguna; pero que esté verdaderamente en el sacramento, como en el cielo, he ahí la grandísima dificultad; creer esto, pues, es muy meritorio» [7].

Por lo demás, esto mismo ya lo insinúa el Evangelio, cuando cuenta cómo muchos de los discípulos de Cristo, luego de oír que habían de comer su carne y beber su sangre, volvieron las espaldas al Señor y le abandonaron diciendo: «¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?». En cambio Pedro, al preguntarle el Señor si también los Doce querían marcharse, afirmó con pronta firmeza su fe y la de los demás apóstoles, con esta admirable respuesta: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» [8].

Y así es lógico que al investigar este misterio sigamos como una estrella el magisterio de la Iglesia, a la cual el divino Redentor ha confiado la Palabra de Dios, escrita o transmitida oralmente, para que la custodie y la interprete, convencidos de que aunque no se indague con la razón, aunque no se explique con la palabra, es verdad, sin embargo, lo que desde la antigua edad con fe católica veraz se predica y se cree en toda la Iglesia [9].

Pero esto no basta. Efectivamente, aunque se salve la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar no sea que, con el uso de palabras inexactas, demos origen a falsas opiniones —lo que Dios no quiera— acerca de la fe en los más altos misterios. Muy a propósito viene el grave aviso de San Agustín, cuando considera el diverso modo de hablar de los filósofos y el de los cristianos: «Los filósofos —escribe— hablan libremente y en las cosas muy difíciles de entender no temen herir los oídos religiosos. Nosotros, en cambio, debemos hablar según una regla determinada, no sea que el abuso de las palabras engendre alguna opinión impía aun sobre las cosas por ellas significadas» [10].

La norma, pues, de hablar que la Iglesia, con un prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los concilios, norma que con frecuencia se ha convertido en contraseña y bandera de la fe ortodoxa, debe ser religiosamente observada, y nadie, a su propio arbitrio o so pretexto de nueva ciencia, presuma cambiarla. ¿Quién, podría tolerar jamás, que las fórmulas dogmáticas usadas por los concilios ecuménicos para los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación se juzguen como ya inadecuadas a los hombres de nuestro tiempo y que en su lugar se empleen inconsideradamente otras nuevas? Del mismo modo no se puede tolerar que cualquiera pueda atentar a su gusto contra las fórmulas con que el Concilio Tridentino ha propuesto la fe del misterio eucarístico. Porque esas fórmulas, como las demás usadas por la Iglesia para proponer los dogmas de la fe, expresan conceptos no ligados a una determinada forma de cultura ni a una determinada fase de progreso científico, ni a una u otra escuela teológica, sino que manifiestan lo que la mente humana percibe de la realidad en la universal y necesaria experiencia y lo expresa con adecuadas y determinadas palabras tomadas del lenguaje popular o del lenguaje culto. Por eso resultan acomodadas a todos los hombres de todo tiempo y lugar.

Verdad es que dichas fórmulas se pueden explicar más clara y más ampliamente con mucho fruto, pero nunca en un sentido diverso de aquel en que fueron usadas, de modo que al progresar la inteligencia de la fe permanezca intacta la verdad de la fe. Porque, según enseña el Concilio Vaticano I, en los sagrados dogmas se debe siempre retener el sentido que la Santa Madre Iglesia ha declarado una vez para siempre y nunca es lícito alejarse de ese sentido bajo el especioso pretexto de una más profunda inteligencia [11].

[4] Enc. Mirae caritatis, AL 22, 122.
[5] In Mat. hom. 82, 4 PG. 58, 743.
[6] Sum. theol. 3, 75, 1 c.
[7] In IV Sententiarum 10, 1, 1; Opera omnia 4, ad Claras Aquas 1889, p. 217.
[8] Jn 6, 61-69.
[9] S. Aug. Contra Iulianum 6, 5, 11 PL 44, 829.
[10] De civ. Dei 10, 23 PL 41, 300.
[11] Const dogm. De fide cathol. c. 4.


El misterio eucarístico se realiza en el sacrificio de la misa

4. Y para edificación y alegría de todos, nos place, venerables hermanos, recordar la doctrina que la Iglesia católica conserva por la tradición y enseña con unánime consentimiento.

Ante todo, es provechoso traer a la memoria lo que es como la síntesis y punto central de esta doctrina, es decir, que por el misterio eucarístico se representa de manera admirable el sacrificio de la Cruz consumado de una vez para siempre en el Calvario, se recuerda continuamente y se aplica su virtud salvadora para el perdón de los pecados que diariamente cometemos [12]. Nuestro Señor Jesucristo, al instituir el misterio eucarístico, sancionó con su sangre el Nuevo Testamento, cuyo Mediador es Él, como en otro tiempo Moisés había sancionado el Antiguo con la sangre de los terneros [13]. Porque, como cuenta el Evangelista, en la última cena, «tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Este es mi Cuerpo, entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo tomó el cáliz, después de la cena, diciendo: Este es el cáliz de la nueva Alianza en mi sangre, derramada por vosotros» [14]. Y así, al ordenar a los Apóstoles que hicieran esto en memoria suya, quiso por lo mismo que se renovase perpetuamente. Y la Iglesia naciente lo cumplió fielmente, perseverando en la doctrina de los Apóstoles y reuniéndose para celebrar el sacrificio eucarístico: «Todos ellos perseveraban —atestigua cuidadosamente San Lucas— en la doctrina de los apóstoles y en la comunión de la fracción del pan y en la oración» [15]. Y era tan grande el fervor que los fieles recibían de esto, que podía decirse de ellos: «la muchedumbre de los creyentes era un solo corazón y un alma sola» [16].

Y el apóstol Pablo, que nos transmitió con toda fidelidad lo que el Señor le había enseñado [17], habla claramente del sacrificio eucarístico, cuando demuestra que los cristianos no pueden tomar parte en los sacrificios de los paganos, precisamente porque se han hecho participantes de la mesa del Señor. «El cáliz de bendición que bendecimos —dice— ¿no es por ventura la comunicación de la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es acaso la participación del Cuerpo de Cristo?... No podéis beber el cáliz de Cristo y el cáliz de los demonios, no podéis tomar parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios»[18]. La Iglesia, enseñada por el Señor y por los apóstoles ha ofrecido siempre esta nueva oblación del Nuevo Testamento, que Malaquías había preanunciado [19], no sólo por los pecados de los fieles aún vivos y por sus penas, expiaciones y demás necesidades, sino también por los muertos en Cristo, no purificados aún del todo [20].

Y omitiendo otros testimonios, recordamos tan sólo el de San Cirilo de Jerusalén, el cual, instruyendo a los neófitos en la fe cristiana, dijo estas memorables palabras: «Después de completar el sacrificio espiritual, rito incruento, sobre la hostia propiciatoria, pedimos a Dios por la paz común de las Iglesias, por el recto orden del mundo, por los emperadores, por los ejércitos y los aliados, por los enfermos, por los afligidos, y, en general, todos nosotros rogamos por todos los que tienen necesidad de ayuda y ofrecemos esta víctima... y luego [oramos] también por los Santos Padres y obispos difuntos y, en general, por todos los que han muerto entre nosotros, persuadidos de que les será de sumo provecho a las almas por las cuales se eleva la oración mientras esté aquí presente la Víctima Santa y digna de la máxima reverencia». Confirmando esto con el ejemplo de la corona entretejida para el emperador a fin de que perdone a los desterrados, el mismo santo Doctor concluye así su discurso: «Del mismo modo también nosotros ofrecemos plegarias a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores; no le entretejemos una corona, pero le ofrecemos en compensación de nuestros pecados a Cristo inmolado, tratando de hacer a Dios propicio para con nosotros y con ellos» [21]. San Agustín atestigua que esta costumbre de ofrecer el sacrificio de nuestra redención también por los difuntos estaba vigente en la Iglesia romana [22], y al mismo tiempo hace notar que aquella costumbre, como transmitida por los Padres, se guardaba en toda la Iglesia [23].

Pero hay otra cosa que, por ser muy útil para ilustrar el misterio de la Iglesia, nos place añadir; esto es, que la Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa, y toda entera se ofrece en él. Nos deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres [24], recientemente expuesta por nuestro predecesor Pío XII, de inmortal memoria [25], y últimamente expresada por el Concilio Vaticano II en la Constitución De Ecclesia a propósito del pueblo de Dios [26], se explique con frecuencia y se inculque profundamente en las almas de los fieles, dejando a salvo, como es justo, la distinción no sólo de grado, sino también de naturaleza que hay entre el sacerdocio de los fieles y el sacerdocio jerárquico [27]. Porque esta doctrina, en efecto, es muy apta para alimentar la piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles y para estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad, que no consiste sino en entregarse por completo al servicio de la divina Majestad con generosa oblación de sí mismo.

Conviene, además, recordar la conclusión que de esta doctrina se desprende sobre la naturaleza pública y social de toda misa [28]. Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz.

Pues cada misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo.

De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente, según las prescripciones y tradiciones de la Iglesia, por un sacerdote con sólo el ministro que le ayuda y le responde; porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de otra la Iglesia, y aun de todo el mundo: gracias que no se obtienen en igual abundancia con la sola comunión.

Por lo tanto, con paternal insistencia, recomendamos a los sacerdotes —que de un modo particular constituyen nuestro gozo y nuestra corona en el Señor— que, recordando la potestad, que recibieron del obispo que los consagró para ofrecer a Dios el sacrificio y celebrar misas tanto por los vivos como por los difuntos en nombre del Señor [29], celebren cada día la misa digna y devotamente, de suerte que tanto ellos mismos como los demás cristianos puedan gozar en abundancia de la aplicación de los frutos que brotan del sacrificio de la Cruz. Así también contribuyen en grado sumo a la salvación del genero humano.

[12] Cf. Conc. Trid. De s. missae sacrif., c. 1.
[13] Cf. Ex 24, 8.
[14] Lc 22, 19-20; cf. Mt 26, 26-28; Mc 14, 22-24.
[15] Hch 2, 42.
[16] Ibid. 4, 32.
[17] 1Cor 11, 23 ss.
[18] Ibid. 10, 16.
[19] Mal 1, 11.
[20] Conc. Trid. De s. missae sacrif., c. 2.
[21] Catecheses 23 (myst. 5), 8-18 PG 33, 1115-18.
[22] Cf. Confess. 9, 12, 32 PL 32, 777; cf. ibid. 9, 11, 27 PL 32, 775.
[23] Cf. Serm. 172, 2 PL 38, 936; cf. De cura gerenda pro mortuis 13 PL 40, 593.
[24] Cf. S. Agustín, De civ. Dei. 10, 6 PL 41, 284.
[25] Cf. Enc. Mediator Dei, AAS 39, 552.
[26] Cf. Const. dogm. De Ecclesia c. 2 n. 11 AAS 57, 15.
[27] Cf. ibíd. c. 2, n. 10 AAS 57, 14.
[28] Const. De sacra liturgia c. 1 n. 27 AAS 56, 107.
[29] Cf. Pontificale Romanum.



En el sacrificio de la misa, Cristo se hace sacramentalmente presente

5. Cuanto hemos dicho brevemente acerca del sacrificio de la misa nos anima a exponer algo también sobre el sacramento de la Eucaristía, ya que ambos, sacrificio y sacramento, pertenecen al mismo misterio sin que se pueda separar el uno del otro. El Señor se inmola de manera incruenta en el sacrificio de la misa, que representa el sacrifico de la cruz, y nos aplica su virtud salvadora, cuando por las palabras de la consagración comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies del pan y del vino.

Bien sabemos todos que son distintas las maneras de estar presente Cristo en su Iglesia. Resulta útil recordar algo más por extenso esta bellísima verdad que la Constitución De Sacra Liturgia expuso brevemente [30]. Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a El oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a El oramos como a Dios nuestro [31]. Y El mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» [32].

Presente está El en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo [33], sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad. Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque El habita en nuestros corazones por la fe [34] y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que El nos ha dado [35].

De otra forma, muy verdadera, sin embargo, está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor [36].

Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo,Pastor de los pastores [37], asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles. Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. A propósito de la presencia de Cristo en el ofrecimiento del sacrificio de la misa, nos place recordar lo que san Juan Crisóstomo, lleno de admiración, dijo con verdad y elocuencia: «Quiero añadir una cosa verdaderamente maravillosa, pero no os extrañéis ni turbéis. ¿Qué es? La oblación es la misma, cualquiera que sea el oferente, Pablo o Pedro; es la misma que Cristo confió a sus discípulos, y que ahora realizan los sacerdotes; esta no es, en realidad, menor que aquélla, porque no son los hombres quienes la hacen santa, sino aquel que la santificó. Porque así como las palabras que Dios pronunció son las mismas que el sacerdote dice ahora, así la oblación es la misma» [38].

Nadie ignora, en efecto, que los sacramentos son acciones de Cristo, que los administra por medio de los hombres. Y así los sacramentos son santos por sí mismos y por la virtud de Cristo: al tocar los cuerpos, infunden gracia en la almas.

Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de estupor y dan a contemplar el misterio de la Iglesia. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido [39]; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos [40].

Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro [41]. Falsamente explicaría esta manera de presencia quien se imaginara una naturaleza, como dicen, «pneumática» y omnipresente, o la redujera a los límites de un simbolismo, como si este augustísimo sacramento no consistiera sino tan sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los fieles del Cuerpo místico [42].

Verdad es que acerca del simbolismo eucarístico, sobre todo con referencia a la unidad de la Iglesia, han tratado mucho los Padres y Doctores escolásticos. El Concilio de Trento, al resumir su doctrina, enseña que nuestro Salvador dejó en su Iglesia la Eucaristía como un símbolo... de su unidad y de la caridad con la que quiso estuvieran íntimamente unidos entre sí todos los cristianos, y por lo tanto, símbolo de aquel único Cuerpo del cual El es la Cabeza [43].

Ya en los comienzos de la literatura cristiana, a propósito de este asunto escribió el autor desconocido de la obra llamada Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles: «Por lo que toca a la Eucaristía, dad gracias así... como este pan partido estaba antes disperso sobre los montes y recogido se hizo uno, así se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino» [44].

Igualmente San Cipriano, defendiendo la unidad de la Iglesia contra el cisma, dice: «Finalmente, los mismos sacrificios del Señor manifiestan la unanimidad de los cristianos, entrelazada con sólida e indisoluble caridad. Porque cuando el Señor llama cuerpo suyo al pan integrado por la unión de muchos granos, El está indicando la unión de nuestro pueblo, a quien El sostenía; y cuando llama sangre suya al vino exprimido de muchos granos y racimos y que unidos forman una cosa, indica igualmente nuestra grey, compuesta de una multitud reunida entre sí» [45].

Por lo demás, a todos se había adelantado el Apóstol, cuando escribía a los Corintios: «Porque el pan es uno solo, constituimos un solo cuerpo todos los que participamos de un solo pan» [46].

Pero si el simbolismo eucarístico nos hace comprender bien el efecto propio de este sacramento, que es la unidad del Cuerpo místico, no explica, sin embargo, ni expresa la naturaleza del sacramento por la cual éste se distingue de los demás. Porque la perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos, el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento, y las mismas palabras de Cristo, al instituir la santísima Eucaristía, nos obligan a profesar que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado [47]. A estas palabras de san Ignacio de Antioquía nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: «Porque el Señor no dijo: Esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto un símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con la acción de gracias y las palabras pronunciadas sobre ella se ha cambiado en su carne y sangre» [48].

Apoyado en esta fe de la Iglesia, el Concilio de Trento abierta y simplemente afirma que en el benéfico sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene bajo la apariencia de estas cosas sensibles, verdadera, real y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, según el modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el sacramento de la Eucaristía con un modo de existir que si bien apenas podemos expresar con las palabras podemos, sin embargo, alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que para Dios es posible [49].

[30] Const. De sacra liturgia c. 1 n. 7 A. A. S. 56, 100-1.
[31] S. Agustín, In Ps. 85, 1 PL 37, 1081.
[32] Mt 18, 20.
[33] Cf. Mt 25, 40.
[34]. Cf. Ef 3, 17.
[35] Cf. Rom. 5, 5.
[36] S. Agustín, Contr. litt. Petiliani 3, 10, 11 PL 43, 353.
[37] Idem In Ps. 86, 3 PL 37, 1102.
[38] San Juan Crisóstomo, In ep. 2 ad Tim. hom. 2, 4 PG 62, 612.
[39] Egido Romano, Theoremata de corp. Christi th. 50 (Venecia 1521) 127.
[40] S. Th. Sum. theol. 3, 73, a. 3 c.
[41] Cf. Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia c. 3.
[42] Pío XII, Enc. Humani generis, AAS 42, 578.
[43] Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia pr. y c. 2.
[44] Didaché 9,1: F. X. Funk, Patres 1, 20.
[45] San Cipriano, Epist. ad Magnum, 6 PL 3, 1189.
[46] 1Cor 10, 17.
[47] S. Ignacio de A., Ad Smyrn. 7, 1 PG 5, 714.
[48] Teodoro de Mopsuestia, In Mat. comm. c. 26 PG 66, 714.
[49] Cf. Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia c. 1.



Cristo Señor está presente en el sacramento de la Eucaristía por la transustanciación

6. Mas para que nadie entienda erróneamente este modo de presencia, que supera las leyes de la naturaleza y constituye en su género el mayor de los milagros [50], es necesario escuchar con docilidad la voz de la iglesia que enseña y ora. Esta voz que, en efecto, constituye un eco perenne de la voz de Cristo, nos asegura que Cristo no se hace presente en este sacramento sino por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y de toda la sustancia del vino en su sangre; conversión admirable y singular, que la Iglesia católica justamente y con propiedad llama transustanciación [51]. Realizada la transustanciación, las especies del pan y del vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, y signo de un alimento espiritual; pero ya por ello adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica.

Porque bajo dichas especies ya no existe lo que antes había, sino una cosa completamente diversa; y esto no tan sólo por el juicio de la fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino tan sólo las especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar.

Por ello los Padres tuvieron gran cuidado de advertir a los fieles que, al considerar este augustísimo sacramento creyeran no a los sentidos que se fijan en las propiedades del pan y del vino, sino a las palabras de Cristo, que tienen tal virtud que cambian, transforman, transelementan el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre; porque, como más de una vez lo afirman los mismos Padres, la virtud que realiza esto es la misma virtud de Dios omnipotente, que al principio del tiempo creó el universo de la nada.

«Instruido en estas cosas —dice san Cirilo de Jerusalén al concluir su sermón sobre los misterios de la fe— e imbuido de una certísima fe, para lo cual lo que parece pan no es pan, no obstante la sensación del gusto, sino que es el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca al gusto, sino que es la Sangre de Cristo...; confirmar tu corazón y come ese pan como algo espiritual y alegra la faz de tu alma» [52].

E insiste san Juan Crisóstomo: «No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas» [53]. Y con el obispo de Constantinopla Juan, está perfectamente de acuerdo el obispo de Alejandría Cirilo, cuando en su comentario al Evangelio de san Mateo, escribe: «[Cristo], señalando, dijo: Esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, para que no creas que son simples figuras las cosas que se ven, sino que las cosas ofrecidas son transformadas, de manera misteriosa pero realmente por Dios omnipotente, en el cuerpo y en la sangre de Cristo, por cuya participación recibimos la virtud vivificante y santificadora de Cristo» [54].

Y Ambrosio, obispo de Milán, hablando con claridad sobre la conversión eucarística, dice: «Convenzámonos de que esto no es lo que la naturaleza formó, sino lo que la bendición consagró y que la fuerza de la bendición es mayor que la de la naturaleza, porque con la bendición aun la misma naturaleza se cambia». Y queriendo confirmar la verdad del misterio, propone muchos ejemplos de milagros narrados en la Escritura, entre los cuales el nacimiento de Jesús de la Virgen María, y luego, volviéndose a la creación concluye: «Por lo tanto, la palabra de Cristo, que ha podido hacer de la nada lo que no existía, ¿no puede acaso cambiar las cosas que ya existen, en lo que no eran? Pues no es menos dar a las cosas su propia naturaleza, que cambiársela»[55].

Ni es necesario aducir ya muchos testimonios. Más útil es recordar la firmeza de la fe con que la Iglesia, con unánime concordia, resistió a Berengario, quien, cediendo a dificultades sugeridas por la razón humana, fue el primero que se atrevió a negar la conversión eucarística. La Iglesia le amenazó repetidas veces con la condena si no se retractaba. Y por eso san Gregorio VII, nuestro predecesor, le impuso prestar un juramento en estos términos: «Creo de corazón y abiertamente confieso que el pan y el vino que se colocan en el altar, por el misterio de la oración sagrada, y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y que después de la consagración está el verdadero cuerpo de Cristo, que nació de la Virgen, y que ofrecido por la salvación del mundo estuvo pendiente de la cruz, y que está sentado a la derecha del Padre; y que está la verdadera sangre de Cristo, que brotó de su costado, y ello no sólo por signo y virtud del sacramento, sino aun en la propiedad de la naturaleza y en la realidad de la sustancia» [56].

Acorde con estas palabras, dando así admirable ejemplo de la firmeza de la fe católica, está todo cuanto los concilios ecuménicos Lateranense, Constanciense, Florentino y, finalmente, el Tridentino enseñaron de un modo constante sobre el misterio de la conversión eucarística, ya exponiendo la doctrina de la Iglesia, ya condenando los errores.

Después del Concilio de Trento, nuestro predecesor Pío VI advirtió seriamente contra los errores del Sínodo de Pistoya, que los párrocos, que tienen el deber de enseñar, no descuiden hablar de la transubstanciación, que es uno de los artículos de la fe [57].

También nuestro predecesor Pío XII, de feliz memoria, recordó los límites que no deben pasar todos los que discuten con sutilezas sobre el misterio de la transubstanciación [58]. Nos mismo, en el reciente Congreso Nacional Italiano Eucarístico de Pisa, cumpliendo Nuestro deber apostólico hemos dado público y solemne testimonio de la fe de la Iglesia [59].

Por lo demás, la Iglesia católica, no sólo ha enseñado siempre la fe sobre a presencia del cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía, sino que la ha vivido también, adorando en todos los tiempos sacramento tan grande con el culto latréutico que tan sólo a Dios es debido. Culto sobre el cual escribe san Agustín: «En esta misma carne [el Señor] ha caminado aquí y esta misma carne nos la ha dado de comer para la salvación; y ninguno come esta carne sin haberla adorado antes..., de modo que no pecamos adorándola; antes al contrario, pecamos si no la adoramos» [60].

[50] Cf. Enc. Mirae caritatis, AL 22, 123.
[51] Cf. Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia c. 4 y can. 2.
[52] San Cirilo de Jerusalén, Catecheses 22, 9 (myst. 4) PG 33, 1103.
[53] San Juan Crisóstomo, De prodit. Iudae hom. 1, 6 PG 49, 380; cf. In Mat. hom. 82, 5 PG 58, 744.
[54] In Mat. 26, 27 PG 72, 451.
[55] San Ambrosio, De myster. 9, 50-52 PL 16, 422-424.
[56] Mansi Coll. ampliss. Concil. 20, 524 D.
[57] Pío VI, Const. Auctorem fidei, 28 de agosto de 1794.
[58] Alocución del 22 sept. 1956 AAS 48, 720.
[59] Pablo VI, Alocución al Congreso Nac. Eucar. Italiano: AAS 57, 588-592.
[60] San Agustín, In Ps. 98, 9 PL 37, 1264.



Del culto latréutico debido al sacramento eucarístico

7. La Iglesia católica rinde este culto latréutico al sacramento eucarístico, no sólo durante la misa, sino también fuera de su celebración, conservando con la máxima diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos, llevándolas en procesión con alegría de la multitud del pueblo cristiano.

De esta veneración tenemos muchos testimonios en los antiguos documentos de la Iglesia. Pues los Pastores de la Iglesia siempre exhortaban solícitamente a los fieles a que conservaran con suma diligencia la Eucaristía que llevaban a su casa. En verdad, el Cuerpo de Cristo debe ser comido y no despreciado por los fieles, amonesta gravemente san Hipólito [61].

Consta que los fieles creían, y con razón, que pecaban, según recuerda Orígenes, cuando, luego de haber recibido [para llevarlo] el Cuerpo del Señor, aun conservándolo con todo cuidado y veneración, se les caía algún fragmento suyo por negligencia [62].

Que los mismos Pastores reprobaban fuertemente cualquier defecto de debida reverencia, lo atestigua Novaciano digno de fe en esto, cuando juzga merecedor de reprobación a quien, saliendo de la celebración dominical y llevando aún consigo, como se suele, la Eucaristía..., lleva el Cuerpo Santo del Señor de acá para allá, corriendo a los espectáculos y no a su casa [63].

Todavía más: san Cirilo de Alejandría rechaza como locura la opinión de quienes sostenían que la Eucaristía no sirve nada para la santificación, cuando se trata de algún residuo de ella guardado para el día siguiente: Pues ni se altera Cristo, dice, ni se muda su sagrado Cuerpo, sino que persevera siempre en él la fuerza, la potencia y la gracia vivificante [64].

Ni se debe olvidar que antiguamente los fieles, ya se encontrasen bajo la violencia de la persecución, ya por amor de la vida monástica viviesen en la soledad, solían alimentarse diariamente con la Eucaristía, tomando la sagrada Comunión aun con sus propias manos, cuando estaba ausente el sacerdote o el diácono [65].

No decimos esto, sin embargo, para que se cambie el modo de custodiar la Eucaristía o de recibir la santa comunión, establecido después por las leyes eclesiásticas y todavía hoy vigente, sino sólo para congratularnos de la única fe de la Iglesia, que permanece siempre la misma.

De esta única fe ha nacido también la fiesta del Corpus Christi, que, especialmente por obra de la sierva de Dios santa Juliana de Mont Cornillon, fue celebrada por primera vez en la diócesis de Lieja, y que nuestro predecesor Urbano IV extendió a toda la Iglesia; y de aquella fe han nacido también otras muchas instituciones de piedad eucarística que, bajo la inspiración de la gracia divina, se han multiplicado cada vez más, y con las cuales la Iglesia católica, casi a porfía, se esfuerza en rendir homenaje a Cristo, ya para darle las gracias por don tan grande, ya para implorar su misericordia.

[61] San Hipólito, Tradit. apostolica, ed. Botte: La tradition apostolique de St. Hippolyte, Munster, 1963, 84.
[62] Orígenes, In Exodum fragm. PG 12, 391.
[63] Novaciano, De spectaculis: CSEL 3, 8.
[64] San Cirilo de Alej., Epist. ad Calosyrium PG 76, 1075.
[65] Cf. S. Basilio, Ep. 93 PG 32, 483-6.



Exhortación para promover el culto eucarístico

8. Os rogamos, pues, venerables hermanos, que custodiéis pura e íntegra en el pueblo, confiado a vuestro cuidado y vigilancia, esta fe que nada desea tan ardientemente como guardar una perfecta fidelidad a la palabra de Cristo y de los Apóstoles, rechazando en absoluto todas las opiniones falsas y perniciosas, y que promováis, sin rehuir palabras ni fatigas, el culto eucarístico, al cual deben conducir finalmente todas las otras formas de piedad.

Que los fieles, bajo vuestro impulso, conozcan y experimenten más y más esto que dice San Agustín: «El que quiere vivir tiene dónde y de dónde vivir. Que se acerque, que crea, que se incorpore para ser vivificado. Que no renuncie a la cohesión de los miembros, que no sea un miembro podrido digno de ser cortado, ni un miembro deforme de modo que se tenga que avergonzar: que sea un miembro hermoso, apto, sano; que se adhiera al cuerpo, que viva de Dios para Dios; que trabaje ahora en la tierra para poder reinar después en el cielo» [66]. Diariamente, como es de desear, los fieles en gran número participen activamente en el sacrificio de la Misa se alimenten pura y santamente con la sagrada Comunión, y den gracias a Cristo Nuestro Señor por tan gran don.

Recuerden estas palabras de nuestro predecesor San Pío X: «El deseo de Jesús y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete, consiste sobre todo en esto: que los fieles, unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de él fuerza para dominar la sensualidad, para purificar de las leves culpas cotidianas y para evitar los pecados graves a los que está sujeto la humana fragilidad» [67].

Además, durante el día, que los fieles no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que ha de estar reservado con el máximo honor en el sitio más noble de las iglesias, conforme a las leyes litúrgicas, pues la visita es señal de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente.

Todos saben que la divina Eucaristía confiere al pueblo cristiano una dignidad incomparable. Ya que no sólo mientras se ofrece el sacrificio y se realiza el sacramento, sino también después, mientras la Eucaristía es conservada en las iglesias y oratorios, Cristo es verdaderamente el Emmanuel, es decir, «Dios con nosotros». Porque día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad [68]; ordena las costumbres, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles, incita a su imitación a todos que a El se acercan, de modo que con su ejemplo aprendan a ser mansos y humildes de corazón, y a buscar no ya las cosas propias, sino las de Dios. Y así todo el que se vuelve hacia el augusto sacramento eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar a su vez con prontitud y generosidad a Cristo que nos ama infinitamente, experimenta y comprende a fondo, no sin gran gozo y aprovechamiento del espíritu, cuán preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios [69] y cuánto sirve estar en coloquio con Cristo: nada más dulce, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad.

Bien conocéis, además, venerables hermanos, que la Eucaristía es conservada en los templos y oratorios como centro espiritual de la comunidad religiosa y de la parroquial, más aún, de la Iglesia universal y de toda la humanidad, puesto que bajo el velo de las sagradas especies contiene a Cristo, Cabeza invisible de la Iglesia, Redentor del mundo, centro de todos los corazones, por quien son todas las cosas y nosotros por El [70].

De aquí se sigue que el culto de la divina Eucaristía mueve muy fuertemente el ánimo a cultivar el amor social [71], por el cual anteponemos al bien privado el bien común; hacemos nuestra la causa de la comunidad, de la parroquia, de la Iglesia universal, y extendemos la caridad a todo el mundo, porque sabemos que doquier existen miembros de Cristo.

Venerables hermanos, puesto que el Sacramento de la Eucaristía es signo y causa de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo y en aquellos que con mayor fervor lo veneran excita un activo espíritu eclesial, según se dice, no ceséis de persuadir a vuestros fieles, para que, acercándose al misterio eucarístico, aprendan a hacer suya propia la causa de la Iglesia, a orar a Dios sin interrupción, a ofrecerse a sí mismos a Dios como agradable sacrificio por la paz y la unidad de la Iglesia, a fin de que todos los hijos de la Iglesia sean una sola cosa y tengan el mismo sentimiento, y que no haya entre ellos cismas, sino que sean perfectos en una misma manera de sentir y de pensar, como manda el Apóstol [72]; y que todos cuantos aún no están unidos en perfecta comunión con la Iglesia católica, por estar separados de ella, pero que se glorían y honran del nombre cristiano, lleguen cuanto antes con el auxilio de la gracia divina a gozar juntamente con nosotros aquella unidad de fe y de comunión que Cristo quiso que fuera el distintivo de sus discípulos.

Este deseo de orar y consagrarse a Dios por la unidad de la Iglesia lo deben considerar como particularmente suyo los religiosos, hombres y mujeres, puesto que ellos se dedican de modo especial a la adoración del Santísimo Sacramento, y son como su corona aquí en la tierra, en virtud de los votos que han hecho.

Pero queremos una vez mas expresar el deseo de la unidad de todos los cristianos, que es el más querido y grato que tuvo y tiene la Iglesia, con las mismas palabras del Concilio Tridentino en la conclusión del Decreto sobre la santísima Eucaristía: «Finalmente, el Santo Sínodo advierte con paterno afecto, ruega e implora por las entrañas de la misericordia de nuestro Dios [73] que todos y cada uno de los cristianos lleguen alguna vez a unirse concordes en este signo de unidad, en este vínculo de caridad, en este símbolo de concordia y considerando tan gran majestad y el amor tan eximio de Nuestro Señor Jesucristo, que dio su preciosa vida como precio de nuestra salvación y nos dio su carne para comerla [74], crean y adoren estos sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre con fe tan firme y constante, con tanta piedad y culto, que les permita recibir frecuentemente este pan supersustancial [75], y que éste sea para ellos verdaderamente vida del alma y perenne salud de la mente, de tal forma que, fortalecidos con su vigor [76], puedan llegar desde esta pobre peregrinación terrena a la patria celestial para comer allí, ya sin velo alguno, el mismo pan de los ángeles [77] que ahora "comen bajo los sagrados velos"»[78].

¡Ojalá que el benignísimo Redentor que, ya próximo a la muerte rogó al Padre por todos los que habían de creer en El para que fuesen una sola cosa, como El y el Padre son una cosa sola [79], se digne oír lo más pronto posible este ardentísimo deseo Nuestro y de toda la Iglesia, es decir, que todos, con una sola voz y una sola fe, celebremos el misterio eucarístico, y que, participando del cuerpo de Cristo, formemos un solo cuerpo [80], unido con los mismos vínculos con los que él quiso quedase asegurada su unidad!

Nos dirigimos, además, con fraterna caridad a todos los que pertenecen a las venerables Iglesias del Oriente, en las que florecieron tantos celebérrimos Padres cuyos testimonios sobre la Eucaristía hemos recordado de buen grado en esta nuestra carta. Nos sentimos penetrados por gran gozo cuando consideramos vuestra fe ante la Eucaristía que coincide con nuestra fe; cuando escuchamos las oraciones litúrgicas con que celebráis vosotros un misterio tan grande; cuando admiramos vuestro culto eucarístico y leemos a vuestros teólogos que exponen y defienden la doctrina sobre este augustísimo sacramento.

La Santísima Virgen María, de la que Cristo Señor tomó aquella carne, que en este Sacramento, bajo las especies del pan y del vino, se contiene, se ofrece y se come [81], y todos los santos y las santas de Dios, especialmente los que sintieron más ardiente devoción por la divina Eucaristía, intercedan junto al Padre de las misericordias, para que de la común fe y culto eucarístico brote y reciba más vigor la perfecta unidad de comunión entre todos los cristianos. Impresas están en el ánimo la palabras del santísimo mártir Ignacio, que amonesta a los fieles de Filadelfia sobre el mal de las desviaciones y de los cismas, para los que es remedio la Eucaristía: «Esforzaos, pues —dice—, por gozar de una sola Eucaristía: porque una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo, y uno solo es el cáliz en la unidad de su Sangre, uno el alta, como uno es el obispo...»[82].

Confortados con la dulcísima esperanza de que del acrecentado culto eucarístico se han de derivar muchos bienes para toda la Iglesia y para todo el mundo, a vosotros, venerables hermanos, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los que os prestan su colaboración, a todos los fieles confiados a vuestros cuidados, impartimos con gran efusión de amor, y en prenda de las gracias celestiales, la bendición apostólica.

Dado en Roma junto a San Pedro, en la fiesta de San Pío X, el 3 de septiembre del año 1965, tercero de Nuestro Pontificado.

PAULUS PP. VI

[67] Decr. S. Congr. Concil. 20 dec. 1905, approb. a S. Pío X: ASS 38, 401.
[68] Cf. Jn 1, 14.
[69] Cf. Col 3, 3.
[70] 1Cor 8, 6.
[71] Cf. S. Agustín, De Gen. ad litt. 11, 15, 20 PL 34, 437.
[72] Cf. 1Cor 1, 10.

[73] Lc. 1, 78.
[74] Jn 6, 48 ss.
[75] Mt 6, 11.
[76] 3 Re 19, 8.
[77] Sal 77, 25.
[78] Decr. De S. Eucharistia c. 8.
[79] Cf. Jn 17, 20-1.
[80] Cf. 1Cor 10, 17.
[81] C. I. C. can. 801.

[82] San Ignacio de A., Ep. ad Philadelph. 4 PG 5, 700.