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martes, 22 de noviembre de 2016

Unción de enfermos. Orientaciones doctrinales y pastorales del Episcopado Español.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (ed. española abril-1974)

COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA DE LITURGIA
PRESENTACIÓN

La Iglesia, fiel al mandato y al ejemplo de Cristo, ha mostrado siempre especial celo y delicadeza por la atención a los enfermos.

Esta preocupación pastoral se ha plasmado en la publicación de un nuevo Ritual que, siguiendo las orientaciones y doctrina del Concilio Vaticano II, ordena y canaliza los diferentes ritos y acciones pastorales, que van desde la visita al enfermo hasta la reco­mendación del alma en su agonía.

El nuevo Ritual de la Unción será un adecuado instrumento de acción pastoral en manos de sacerdotes de parroquias, capellanes de hospitales, religiosas y religiosos hospitalarios, enfermeras y familiares de los enfermos.

Según se prevé en el n. 38 e), del Ritual, los «Praenotanda» de la edición latina han sido enriquecidos con un nuevo capítulo titulado «Orientaciones Doctrinales y Pastorales de la Conferencia Episcopal Española». Es como un Directorio de pastoral de los enfermos que señala las pautas de acción en este campo para las diócesis españolas.

Tanto las traducciones como las adaptaciones y las orientacio­nes doctrinales y pastorales, preparadas por una comisión de especialistas, han sido sometidas a la aprobación del Episcopado Español y confirmadas por la Sagrada Congregación para el Culto Divino (Prot. n. 165/74).
Aunque puede ser utilizado este Ritual a partir de su publica­ción, la fecha de entrada en vigor se deja a la ulterior determinación del Ordinario de cada diócesis.

Madrid, 12 de abril de 1974.
Narciso Jubany Arnáu
Cardenal Arzobispo de Barcelona
Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN (1984).
Esta nueva edición del «Ritual de la Unción y de la Pastoral de los enfermos» se publica en tamaño manual por sus características es­peciales, ya que normalmente es un libro que no es utilizado en la iglesia, sino en la casa del enfermo o en clínicas u hospitales. Esta es la razón de que se edite en formato más manejable y fácil de llevar.
Se ha añadido un apéndice con el Ordinario de la Misa y la Plega­ria Eucarística II para facilitar la celebración de la Eucaristía junto al enfermo (Orientaciones doctrinales y pastorales del Episcopado Español n. 80).

ORIENTACIONES DOCTRINALES Y PASTORALES DEL EPISCOPADO ESPAÑOL

I. SENTIDO Y ALCANCE DEL RITUAL

42. «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt 22, 33). Jesús ha venido para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). La Iglesia continúa esta obra de Je­sús y, como él y sus primeros Apóstoles, se inclina ante la humanidad dolorida para, «en nombre de Jesucristo Nazareno», le­vantarla y hacerla caminar (cf. Hch 3, 6).

43. Todo el inmenso esfuerzo de los hombres de todas las culturas por superar la enfermedad, el progreso de la medicina y los avances insospechados de la cirugía, son reconocidos por la Iglesia como el cumplimiento de un designio de salvación plena trazado por Dios, si bien los trasciende, al mismo tiempo, al ilu­minar a la luz de la fe el verdadero y último destino del hombre.

44. El Ritual se sitúa, pues, no tanto en un contexto de muerte cuanto en una perspectiva de vida, sobre todo en el sa­cramento de la Unción de los enfermos, cuya administración re­ducida en la práctica a los moribundos, es considerada, desde el Concilio Vaticano II, como una limitación que hay que corregir. Por lo demás, el Ritual sigue con atención las múltiples y va­riadas situaciones y etapas por las que puede pasar el hombre enfermo —que muchas veces desembocarán en la muerte— y para cada momento le ofrece la fuerza consoladora del Espíritu y la presencia fraternal de la Iglesia.

45. Cierto que la enfermedad y el dolor humanos continúan siendo un misterio, como lo son, en mucho mayor grado, el su­frimiento y la muerte del Hijo de Dios hecho Hombre. Nuestra fe en él tiene la fuerza de transformar nuestros sufrimientos y enfermedades, al sentirnos miembros de su Cuerpo, continua­dores de su Pasión y cooperadores de su Redención. Pero, a la vez, sabemos que él ha triunfado de la muerte y que es capaz de comunicar su energía vivificadora a todo nuestro ser, corporal y espiritual (cf. 1 Ts 5, 23). Nuestra fe en su señorío universal sobre la creación entera alienta nuestra esperanza de una salva­ción en plenitud y no pone límites a nuestros deseos de alcanzarla para nosotros y para nuestros hermanos. Para conseguir los frutos de esa fe y esa esperanza, en la realización de los sig­nos sacramentales instituidos por Cristo, pone hoy la Iglesia en nuestras manos este Ritual.

46. Pero muy exiguos serían los resultados que se alcanzarían con él si intentásemos aplicar sus directrices pastorales sólo en los momentos críticos. La utilidad y eficacia de la reforma que supone este Ritual sólo puede garantizarse mediante la práctica de una pastoral que comienza mucho antes de la situa­ción de crisis, se desarrolla dentro de la misma y, en caso de salud recuperada, se prolonga tras la enfermedad. A estas tres situaciones deberá corresponder, por lo tanto, una pastoral adecuada, cuyo contenido, finalidad y aplicación, se describen a continuación.

II. LOS ENFERMOS EN LA PASTORAL DE LA IGLESIA

47. Todos los cristianos deben ser instruidos diligentemente sobre el misterio de la enfermedad y sobre sus obligaciones para con los enfermos, así como sobre el sentido cristiano de la muerte, para que, en cada circunstancia, puedan participar ac­tiva e inteligentemente en los sacramentos que la Iglesia pone a su disposición. La catequesis insistirá principalmente en estos puntos:
a) La comunidad cristiana tiene unas obligaciones muy concretas para con sus enfermos. Los discípulos de Cristo reci­bieron el encargo del Señor de representarlo y de perpe­tuar su solicitud por ellos, como miembros de su Cuerpo. Si es verdad que los Obispos, presbíteros y diáconos, por razón de su ministerio, deben manifestar su preferencia por los enfermos, la obligación de atenderlos es cometido de todos y cada uno de los componentes de la comunidad cris­tiana.
b) La enfermedad, a la luz de la Biblia y de la Tradición, es consecuencia de la condición pecadora del hombre. Sin embargo, los hombres, uniendo sus dolores a los padeci­mientos de Jesús, colaboran en la edificación del pueblo de Dios y completan lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1, 24). Por lo tanto, si bien cada enfermo debe luchar para recuperar la salud, no podrá olvidar nunca que también es llamado a abrirse a esta nueva intervención de Cristo en su vida y asociarse más profunda y personalmente al Misterio Pascual.
c) La santa Unción está destinada a los que se encuentran se­riamente afectados por la enfermedad y no a los moribun­dos. Descúbrase cómo, en esa especial situación de ansie­dad y prueba, el hombre necesita verse robustecido con el sacramento de la Unción y ayudado con la gracia del Espí­ritu Santo, para vencer las tentaciones del enemigo, superar la angustia de la muerte y recuperar, tal vez, la salud per­dida.

48. Además de la catcquesis propiamente dicha, la acción pastoral estará orientada también a suscitar equipos que, como inmediatos colaboradores de los pastores, visiten, consuelen y ayuden a los enfermos. A estos equipos se les dará una forma­ción más amplia y profunda sobre la significación de cada uno de los sacramentos de los enfermos y sobre su celebración litúr­gica.

49. El proceso de mentalización del pueblo de Dios es siem­pre lento y dificultoso, pero es necesario emprender esta tarea con ánimo y constancia. Los pastores que tienen cura de almas deben ser los primeros en asimilar el espíritu del Ritual para aplicarlo luego convenientemente en la práctica.

50. De todos modos, es urgente iniciar y proseguir una ac­ción amplia, dirigida a todos, y una mayor profundización en el conocimiento de los sacramentos de enfermos por parte de al­gunos miembros de la comunidad más directamente vinculados con el cuidado material y espiritual de los que sufren. Esta actividad pastoral, que puede revestir muy variadas formas, encon­trará cauces muy adecuados:
a) En la predicación ordinaria de la Iglesia, aprovechando los tiempos litúrgicos y los textos bíblicos más apropiados, que pueden ofrecer la oportunidad de hablar sobre el cuidado de los enfermos.
b) En reuniones de estudio y reflexión de pequeñas comuni­dades, de movimientos apostólicos y de asociaciones de ca­ridad, muy especialmente en las que se preocupan de la asistencia a los enfermos.
c) Teniendo un recuerdo especial para los enfermos de la co­munidad en la oración de los fieles de la celebración eucarística y en las preces de Laudes y Vísperas, especialmente cuando alguno de ellos haya recibido algún sacramento a lo largo de la semana.
d) En las celebraciones comunitarias por los enfermos o con los enfermos en santuarios, peregrinaciones, reuniones pe­riódicas de enfermos, etc.
e) Convocando y admitiendo a la celebración de la Eucaristía en casa del enfermo (cuando se vea oportuna y conve­niente) a familiares, vecinos y amigos.

51. Hágase ver que la situación en que se encuentran los en­fermos puede ser muy diversa. Solamente cuando llegue el mo­mento de entrar en un contacto personal y frecuente, se podrán captar las formas precisas por las que puede manifestarse una verdadera solidaridad cristiana.

52. Aunque durante todo el año la comunidad cristiana debe tener particular preocupación, bajo todos los aspectos, por sus miembros enfermos y hacer llegar hasta ellos sus cuidados en todos los sentidos, es conveniente dedicar algún tiempo del año para tenerlos presentes de una manera más viva y especial. Con­vendrá mantener y revitalizar la tradición, muy extendida en Es­paña, de llevar la comunión a los ancianos y enfermos el do­mingo de la octava de Pascua, y aprovechar los días precedentes a esa fecha para prepararlos a una celebración en la que puedan vivir el misterio pascual los que no pudieron participar, entre la comunidad de los sanos, en la comunión en la Muerte y Resurección de Cristo.

III. PASTORAL INMEDIATA

Necesidad y contenido de esta pastoral

53. La enfermedad y la vejez siempre han sido situaciones personales especialmente delicadas, pero puede afirmarse, con razón, que, a pesar de las mejoras sociales de nuestro tiempo, en el mundo actual —especialmente en las regiones desarrolladas— constituyen una situación crítica que se ha agudizado por el am­biente materialista.

54. Los aspectos somáticos, psicológicos, sociales y religio­sos que se entremezclan en un mismo enfermo, dan lugar a si­tuaciones diferenciadas dentro de una misma enfermedad.
Entre los aspectos somáticos y psicológicos habrá que tener en cuenta la distinta situación de un anciano, un enfermo a corto o a largo plazo, los enfermos crónicos o los que precisan una intervención quirúrgica. En unos, la esperanza de curación es grande, en otros se ha perdido totalmente; hay quien padece ansiedad, otros soledad. A ello habrá que sumar la formación cul­tural que, según los casos, será alivio o tortura para el enfermo. Y no faltará quien necesite ayuda material para poder sanar.

55. Sin olvidar estos aspectos, siempre condicionantes, se tendrán muy presentes, sobre todo los distintos niveles de fe cristiana, para actuar siempre gradualmente, con discreción y pudor, evitando todo lo que pueda provocar dolor, resenti­miento o alejamiento.
No debe faltar, a lo largo del doloroso itinerario que recorre el enfermo, la presencia alentadora de la Iglesia que le ayuda a vivir con pleno sentido cristiano cada una de las etapas de su enfermedad, y, en todo momento, la acción primordial del sacerdote irá dirigida a crear y favorecer un clima de paz no sólo en el enfermo, sino también en la familia.

56. No se puede olvidar que, en la enfermedad, el cuerpo, le­jos de ser olvidado y menospreciado, es objeto de atención, cui­dado y esfuerzo, juntam ente con el alma: es el hombre entero, «cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad», el que se quiere salvar y recuperar para la vida.
Convencidos de esta unidad sustancial en el hombre (alma-cuerpo) y de la interdependencia de ambos, la pastoral del enfermo procura crear el clima propicio para superar la prueba del alma y del cuerpo a fin de conseguir la salud de ambos, o, en su caso, para ayudar al enfermo a la entrega humilde y confiada en manos del Padre.

Responsables de la pastoral

57. Entre los múltiples responsables de esta pastoral, cabe destacar:

a) El Obispo
A él incumbe la obligación de promover y dirigir la pastoral de toda la diócesis, manifestando una atención especial hacia los más pobres y desamparados. Su presencia cerca de los enfer­mos, ya para presidir una celebración, ya para una visita de consuelo, será un testimonio claro de su oficio de Padre y Pastor de todos. Por lo demás, como m oderador de las celebraciones en las que se congregan enfermos de varias parroquias o de diversos sanatorios para recibir la santa Unción, procurará facilitar este tipo de celebración colectiva y orientarla de forma conve­niente.

b) Los presbíteros
La presencia del presbítero junto al enfermo es signo de la presencia de Cristo, no sólo porque es ministro de los sacra­mentos de la Unción, la Penitencia y la Eucaristía, sino porque es especial servidor de la paz y del consuelo de Cristo. La presencia humilde y servicial junto al enfermo o anciano en un apostolado nada brillante es testimonio de su fe. Por lo demás, el respeto y la discreción le sugerirán los momentos más oportunos de ayuda para que el enfermo vaya progresando en su identificación con Cristo paciente.

Responsabilidad especial corresponde a los Párrocos y sus colaboradores, a los capellanes de clínicas y a los superiores de comunidades religiosas, para quienes el cuidado de los enfer­mos debe ser considerado como una importante obligación de su ministerio.

c) Las comunidades religiosas sanitarias
Las comunidades religiosas que tienen como misión el servi­cio a los enfermos, en los hospitales y en otras organizaciones sanitarias, deben dar especialmente testimonio de fe y de espe­ranza teologal, en medio de un mundo cada vez más tecnificado y materialista.

La capacitación y competencia profesional serán medios para un mejor servicio de caridad, teniendo la preocupación cons­tante de educar en la fe a enfermos y familiares, y de humanizar la técnica para hacer de ella el vehículo del amor de Cristo. Cui­dar a los enfermos en nombre de la Iglesia, como testigos de la compasión y ternura del Señor, es el carisma propio de las co­munidades religiosas en las instituciones sanitarias.

d) Los laicos
Una de las grandes ocasiones para testimoniar que la Parro­quia es una comunidad de amor, la ofrece la enfermedad de uno de sus miembros, durante la cual, los lazos que vinculan a una y otro (parroquia y enfermo) no sólo no se rompen, sino que ad­quieren un sentido nuevo que debe ser robustecido por el amor, pues, como dice el Apóstol, «si padece un miembro, todos los miembros padecen con él» (1 Co 1 2, 26). Una manera de hacer palpable y visible esta fraterna solidaridad puede ser usar, de acuerdo con lo prescrito en cada diócesis, la facultad concedida a los laicos de llevar la sagrada comunión a los enfermos. Por lo demás, será necesario coordinar los esfuerzos individuales para evitar que unos enfermos se vean privados de las ayudas más elementales mientras otros son visitados, confortados y ayudados, acaso con exceso.

Asimismo, la comunidad parroquial atenderá las necesidades de los enfermos sin ningún tipo de discriminación y alentará la promoción de las asociaciones y fraternidades de enfermos, ya que son éstos los que, por sintonizar de manera más directa con otros enfermos, podrán realizar una gran labor pastoral en este campo. De este modo será patente que es una comunidad cató­lica, esto es, abierta a las necesidades de todos los hombres.

Convendrá tener en cuenta que, si bien hay que dar razón de la fe y la esperanza cristianas, ha de evitarse todo tipo de proselilismo o coacción, opuesto a la dignidad de la persona humana y a la libertad religiosa. También se tendrán en cuenta las especiales circunstancias de cada enfermo, a fin de ser utilidad y no estorbo.

El laico que trabaja en el campo sanitario no sólo ejercita una de las más nobles profesiones, sino que ejerce, de hecho, un apostolado frecuentemente misionero. La honradez y la compe­tencia profesional son sin duda una condición indispensable que difícilmente puede ser suplida por ningún otro tipo de celo apostólico.

La familia cristiana, como Iglesia doméstica, sometida a prueba por la enfermedad de uno de los suyos, ha de manifestar que es una comunidad natural de am or humano y cristiano, no sólo en la abnegación y entrega personal y en la solidaridad de todos, sino atendiendo al bien espiritual del enfermo. A los fa­miliares, como creyentes, les debe preocupar llamar a los pres­bíteros de la Iglesia, o a cualquiera que tenga la responsabilidad de la pastoral de la enfermedad. Ellos son genuina representa­ción de la Iglesia en todo el itinerario del enfermo.

Coordinación necesaria

58. Se impone, dentro del mismo centro sanitario, una coor­dinación entre la actividad del capellán, las religiosas, los laicos sanitarios y la familia, para que ninguna de las necesidades de los enfermos quede desatendida y a todos ellos llegue la ayuda y el consuelo. Y ello no sólo por razón de una buena organiza­ción, sino porque como creyentes forman una comunidad cris­tiana. Todos colaborarán para que los servicios religiosos de la casa estén pensados y realizados en función de una atención a los enfermos y no de una comodidad particular.

Igualmente ha de procurarse la mayor coordinación entre los capellanes y las parroquias. De esta manera, el centro sanitario será una prolongación de la parroquia de donde procede el en­fermo y adonde ha de volver.

A nivel diocesano, la creación de secretariados de apostolado sanitario hará posible una pastoral de conjunto en coordinación con la pastoral caritativa de la Iglesia.

IV. PASTORAL SACRAMENTAL

59. Toda la pastoral de los enfermos encuentra plena culmi­nación en la celebración de los sacramentos. Conviene subrayar que una buena celebración en la que participen activamente el presbítero, el enfermo, la familia y la comunidad cristiana, será siempre la mejor catcquesis para el pueblo de Dios y superará en eficacia toda otra actividad en este campo.

Por eso será necesario revisar una pastoral exclusivamente «sacramentalista», reducida al empeño de hacer aceptar los sacramentos, y una pastoral exclusivamente orientada «al bien morir», que sólo lograría que los fieles vieran al sacerdote como mensajero de la muerte.

60. Para las varias y sucesivas etapas que recorra el hombre en el camino de su enfermedad, el Ritual prevé la adecuada ayuda sacramental. Esta progresiva asistencia espiritual responde a la naturaleza misma de los sacramentos de los enfer­mos, a la vez que se acomoda mejor a los avances técnicos de la medicina que logra, en muchos casos, retrasar la muerte.

Los sacramentos de los enfermos

1) La Penitencia

61. La actitud de conversión, el deseo del perdón de Dios y su celebración son una condición esencial de toda la vida cris­tiana. Hay que reconocer que un momento crítico en la vida hu­mana, como es la enfermedad, puede ser ocasión propicia para oír la llamada de Dios a la conversión.

62. En cuanto a la celebración, es importante evitar la mez­cla y confusión de Sacramentos. El Ritual prefiere que la Penitencia sea recibida, si es posible, con anterioridad a la celebra­ción de los demás Sacramentos de enfermos.

2) Comunión de enfermos

63. La Eucaristía, sin ser un sacramento específico de la en­fermedad, tiene estrecha relación con ella. Primero, porque el enfermo, que ya vive en la fe la incorporación de su enfermedad a la Pasión de Cristo, puede tener el deseo de celebrarla sacra­mentalmente. En segundo lugar, porque la Eucaristía servirá para descubrir al enfermo, tentado de encerrarse egoístamente en sí mismo, el sentido de comunión total con Dios y los hom­bres que Cristo da a la vida.

64. Ciertos elementos del rito (el acto penitencial, las lectu­ras, la homilía, etcétera) sirven para clarificar algunas de las exigencias de la celebración entre las que cabe destacar las siguientes:

a) La celebración debe ser signo en que se reconozca que la Eucaristía es un momento fuerte de la vida del enfermo y de la de aquellos que le acompañan, a los cuales se ha de procurar asociar a la recepción del Sacramento. Evítese, en la medida de lo posible, una distribución de la Eucaristía que, por la rutina u otras causas, no revista el carácter de
una verdadera celebración.

b) Por lo mismo ha de preferirse, siempre que sea posible, la comunión dentro de la misa, que pone de relieve su dimen­sión comunitaria y su relación con la acción eucarística. Cuando no sea posible la celebración en casa del enfermo, podría preceder una misa en la parroquia o centro hospita­lario. No se olvide, sin embargo, que el fin primario y prin­cipal de la reserva eucarística consiste en la posibilidad de llevar la comunión a los enfermos que no han podido parti­cipar en la misa.

c) También convendrá escoger el momento más oportuno para el enfermo, evitando la coincidencia con los cuidados médicos, horas de comidas, etc., con el fin de que disponga de un momento de calma suficiente para atender al don que recibe y a la plegaria personal.

3) La Santa Unción

65. La Unción de los enfermos es el sacramento específico de la enfermedad y no de la muerte. De acuerdo con la doctrina del Concilio Vaticano II, el Rito de la Unción está concebido y dispuesto para tal situación, como lo demuestra el cambio de la fórmula sacramental y el resto de las oraciones, orientadas, con­forme a la más genuina Tradición, hacia la salud y restableci­miento del enfermo. La neta distinción establecida con el Viá­tico, como sacramento del tránsito de esta vida, ayuda a situar la santa Unción en su justo momento.

66. La Unción es sacramento de enfermos y sacramento de Vida, expresión ritual de la acción liberadora de Cristo que in­vita y al mismo tiempo ayuda al enfermo a participar en ella. La catequesis a todos los niveles ha de insistir en esto. Pero será poco eficaz o inútil la catequesis, si la práctica sacramental vi­niese a desmentirla dejando su celebración para última hora. Es muy aconsejable, al menos alguna vez durante el año, y siempre que sea posible, la celebración comunitaria y colectiva, si hay varios enfermos capaces de trasladarse a un mismo lugar. Tales celebraciones, bien organizadas, valdrían por muchos sermones para el cambio de mentalidad que se desea.

67. Es importante evitar el contraste del sacramento con los cuidados sanitarios, empeñados solamente en la recuperación de la salud. La Santa Unción no es, de ningún modo, el anuncio de la muerte cuando la medicina no tiene ya nada que hacer. Más aún, la Unción no es ajena al personal sanitario y asistencial, pues es expresión del sentido cristiano del esfuerzo técnico. Por todo ello, sería muy de desear que el personal sanitario participara en la celebración para que pudiera abrir mejor el con­junto de su acción terapéutica a la vertiente sobrenatural, propia del sacramento.

68. La lucha por la salud no agota el sentido de la Unción. Sacramento de Vida en tal situación, debe ayudar a vivir la en­fermedad conforme al sentido de la fe; lo cual es bien distinto de ayudar a bien morir. El enfermo ha de ver en la Unción no la garantía de un milagro, sino la fuente de una esperanza.

69. Como sacramento del restablecimiento, la pastoral de la Unción debe preparar al enfermo para su reintegración a la vida ordinaria. El enfermo que ha recorrido el itinerario sacramental de la enfermedad y ha recobrado la salud, se reincorpora a su actividad normal tras haber vivido un peculiar encuentro con Cristo. Una pastoral postsacramental le hará descubrir la urgen­cia de vivir más evangélicamente sus relaciones con Dios y con los hermanos y le vinculará más estrechamente con la comuni­dad cristiana, a la que, con gratitud al consuelo que de ella recibió durante la enfermedad, tratará de dar ahora un testimonio más claro de su fe.

a) Sujetos del sacramento de la Unción

70. El Ritual determina claramente quiénes son los destina­tarios de la Santa Unción. Entre ellos, se enumera a los ancia­nos. Los responsables de asilos y residencias destinados a aten­der a personas de avanzada edad recordarán que la mayor parte de los ancianos acogidos en esas instituciones son sujeto de la Unción.

Asimismo, los comatosos y amentes no de nacimiento son también sujetos de la Unción, siempre que se pueda presumir razonablemente que la habrían solicitado si tuvieran expedito el uso de sus facultades.

Los moribundos, en caso de súbito peligro de muerte, son también sujeto de la Santa Unción. En cambio, no lo son nunca los muertos: sólo en caso de duda de muerte, es potestativo pero no obligatorio ungirles bajo condición.

Aun en estas circunstancias, no deberá faltar una oración di­rigida por el sacerdote pidiendo a Dios que perdone los pecados de quien acaba de fallecer. Dios es siempre misericordioso, y la Iglesia, a la que representa también en este momento el ministro, es portadora de la salvación en Cristo.

b) La celebración de la Santa Unción

71. La bendición del óleo ha sido puesta de relieve en el Ri­tual, al permitir al presbítero que lo bendiga en caso necesario o, si ya está bendecido, al hacerle pronunciar una oración de ac­ción de gracias, de modo semejante a como se hace con el agua bautismal. A esta especial atención en torno al santo óleo debe corresponder un trato noble y digno tanto en la conservación y custodia de la materia del sacramento como en su aplicación al enfermo, que deberá hacerse con cantidad suficiente de óleo para que aparezca visiblemente como una verdadera Unción.

72. Una celebración digna y cuidada hará descubrir la es­tructura y dinámica de todo el rito que, al igual que sucede con los otros sacramentos, encierra diversos elementos. En efecto, los ritos iniciales vienen a crear un clima sagrado para constituir la comunidad en oración; la liturgia de la Palabra intenta ilumi­nar el conjunto de la celebración a la luz de la revelación; la litur­gia del signo subraya la importancia de la oración de la fe, la im­posición de manos, y la propia Unción como un momento culmi­nante de la celebración; finalmente, los ritos conclusivos tratan de vincular a la comunidad en el cuidado de los enfermos.

73. El rito, tal como está presentado, puede parecer excesivo para un enfermo. Por eso, lo primero que hay que tener en cuenta es su estado de salud y de fuerzas. El ministro puede, por esta razón, abreviarlo. El nivel de fe es asimismo importante para elegir la forma del rito y los diversos elementos. También habrán de ser tenidas en cuenta las personas que le rodean, sea la familia, sean otros enfermos, que tal vez ocupan la misma sala en su sanatorio.

74. La celebración comunitaria, en cuanto sea posible, ha de manifestar el sentido eclesial del sacramento. En ciertos casos, será factible la presencia de algunos miembros de la comunidad; en otros muchos, la comunidad se verá reducida a la presencia de la familia; incluso, no faltarán ocasiones en las que se hallarán solos el ministro y el enfermo, en cuyo caso se hará comprender a este último que allí está la Iglesia representada.

75. Además del Rito continuo para casos muy excepciona­les, existe la posibilidad de dos tipos de celebración: el Rito ordinario sin misa o con misa, y el rito con una gran asamblea, también con o sin misa. Lo que distingue, pues, a este segundo Rito del primero no es el número de enfermos (que, en ambos casos, puede ser uno solo), sino la presencia de una amplia asamblea de fieles.

Si bien deberá preferirse una celebración con una asamblea numerosa de fieles, más amplia que la propia comunidad fami­liar, el responsable de la Unción de los enfermos elegirá, entre las varias opciones que le ofrece el Ritual, aquel modo de cele­bración que, consideradas todas las circunstancias externas y teniendo en cuenta el nivel de fe del paciente, le parezca más oportuno. Este mismo criterio le aconsejará administrar el sa­cramento dentro o fuera de la celebración eucarística.

76. Son muy aconsejables las celebraciones en las que, a ser posible, bajo la dirección del Obispo, enfermos provenientes de distintos centros hospitalarios o de diversas parroquias se con­greguen en un determinado lugar, para recibir el sacramento de la Unción. Si ha precedido una buena catequesis, este tipo de ce­lebración puede ayudar en gran manera a descubrir la plena sig­nificación del sacramento, a situar su recepción en su debido momento y a subrayar el papel que corresponde a todos y cada uno de los miembros de la comunidad cristiana en la pastoral de la enfermedad. Si se hallan presentes varios presbíteros, podrán imponer las manos y realizar las unciones, acompañadas de sus respectivas fórmulas, sobre distintos enfermos, pero dejando al celebrante principal la recitación de las oraciones presidencia­les.

Los sacramentos de los moribundos

a) El Viático

77. El Viático es el sacramento del tránsito de la vida, fun­ción específica que ahora, en el Ritual, ha quedado más clara­mente subrayada.

78. La comunión en forma de Viático no se diferencia esen­cialmente de otra participación en la Eucaristía, si bien, tal como señala la fórmula del rito, marca la última etapa de la pe­regrinación que inició el cristiano en su Bautismo. Es, pues, una circunstancia especialísima que será subrayada por el ministro, haciendo ver al enfermo que, con esta comunión solemne, viene a completar un itinerario eucarístico comenzado el día de su primera comunión.

79. Para que, por un lado, el Viático pueda expresar toda esta significación y, por otro, sea una aceptación consciente de la muerte como paso con Cristo a la Vida, el enfermo debe reci­birlo en plena lucidez.

80. Siempre que sea posible, el Viático debe recibirse dentro de la misa y esto, no sólo para dar posibilidad de recibir la co­munión bajo las dos especies, sino, sobre todo, para hacer más clara y visible la participación sacramental en el Misterio de Muerte y Resurrección de Cristo, que se renueva en la misa. Esta celebración puede tenerse en casa del enfermo.

La Profesión de fe sigue a las lecturas, supliendo incluso al Credo de la misa. Con esta profesión realizada en la cercanía de la muerte, el fiel aviva y actualiza la fe que recibió en el Bau­tismo y la proclama ante la Iglesia.

b) Rito continuo

81. La realidad desborda muchas veces las previsiones y desbarata los cuadros teóricos. El peligro de muerte repentina se puede presentar inesperadamente. Para esta circunstancia está pensando el llamado Rito continuo.

El pastor de alm as hará un uso inteligente y no indiscrimi­nado de las posibilidades del Rito continuo, no extendiéndolo más allá del caso para el que está hecho.

V. LA IGLESIA ENCOMIENDA Y ENTREGA EL MORIBUNDO A DIOS: EL TRÁNSITO DEFINITIVO

82. La Iglesia ha estado presente a lo largo de toda la enfer­medad, y al llegar el momento de la muerte, no abandona al cristiano, sino que le ayuda a hacer su tránsito a la Vida eterna en unión con Cristo, y lo entrega a la Iglesia celeste, por medio de la oración. Su presencia allí, en esos momentos, es, cierta­mente, compañía, consuelo y plegaria. Pero, sobre todo, es un signo: Si el cristiano se salva form ando parte del Pueblo de Dios, a la hora de alcanzar la salvación, también lo hace dentro del Pueblo de Dios peregrinante que lo entrega a su porción glo­riosa ya en el cielo. Por eso, es más significativa en este mo­mento la presencia del sacerdote a su lado.

83. Mientras el moribundo es consciente, la Iglesia ora con él y por él, para ayudarle a vencer la angustia natural de la muerte, uniendo su muerte a la de Cristo, que por su muerte venció la nuestra. Cuando el enfermo no puede ya rezar, la Iglesia ora por él y le entrega a la Iglesia celeste, al mismo tiempo que ella misma se consuela con el sentido pascual de la muerte.

84. Teniendo en cuenta las actuales dificultades para lograr una presencia personal del sacerdote o del diácono, será muy recomendable la formación de laicos para este ministerio. Ellos tendrán que ejercer, no pocas veces, los oficios concernientes a la muerte cristiana.

85. Puesto que los hombres mueren cada vez en mayor número dentro de las instituciones sanitarias y lejos de sus co­munidades naturales, los capellanes de esos centros hospitala­rios prestarán un gran servicio pastoral con su esfuerzo por ro­dear los últimos momentos de la vida humana de un clima de comunidad. En este mundo en que el hombre respira un aire de soledad insoportable, los capellanes trabajarán por crear, al me­nos, lazos fraternales en torno a los moribundos.

APÉNDICE. LA CONFIRMACIÓN

86. Todo cuanto se dice en el ritual sobre la Confirmación debe ser una ocasión propicia para recordar el empeño de la Iglesia en lograr que todo bautizado complete el itinerario de su iniciación cristiana, aunque sea en esta ocasión tan particular. Pero debe quedar siempre claro que la Confirmación no es un sacramento de enfermos.