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Domingo 4 diciembre 2016, II Domingo de Adviento, ciclo A.

martes, 15 de noviembre de 2016

Celebraciones penitenciales para el Tiempo de Adviento.

Ritual de la Penitencia (2 de diciembre de 1973)

APÉNDICE II. ESQUEMAS DE CELEBRACIONES PENITENCIALES

II. PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO

Monición

315. Después de un canto y del saludo, en una breve monición propóngase el sentido de la celebración con éstas o semejantes palabras:

Hermanos:
El Tiempo de Adviento nos prepara para celebrar el misterio de la encarnación del Señor, con el cual se inició nuestra salvación; pero, al mismo tiempo, suscita en nosotros la esperanza de la segunda venida del Señor, con la cual la historia de nues­tra salvación llegará a su plenitud. Pero como en la hora de la muerte el Señor vendrá para cada uno de nosotros, es necesa­rio que nos encuentre vigilantes según la palabra del Evangelio: «Dichosos aquellos siervos si el Señor, al llegar, los encuentra en vela» (Le 12, 37). Que esta celebración penitencial nos haga más limpios y nos prepare mejor para esta venida del Señor, que celebramos en los sagrados misterios.

O bien:

Hermanos:
Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de es­pabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertre­chémonos con las armas de la luz. (Rm 13; 11-12)

Oración

316. Oremos, hermanos, para que la venida del Señor, cuyo misterio celebraremos en las próximas solemnidades, nos encuentre vigilantes y preparados.

Y todos oran en silencio algún tiempo. Luego, el sacerdote recita la siguiente plegaria:

Oh Dios, creador de los cielos:
te pedimos el perdón de las ofensas
para que, esperando firmemente la venida de nuestro Redentor,
merezcamos alcanzar el perdón de los pecados.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

O bien:

Señor, Hijo de Dios,
creador y Salvador del género humano,
ven pronto desde la Virgen Inmaculada,
redime al mundo,
para que sintamos que tú nos has librado del pecado,
haciéndote en todo semejante a nosotros,
excepto en la culpa.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Lecturas

PRIMERA LECTURA

317. La venida del Señor lleva consigo un juicio. Con nuestras obras reali­zamos ahora la elección del premio o del castigo. Cuando aparezca el Señor, se manifestará también entonces nuestra elección. La penitencia es el momento de la elección y de la decisión.

Lectura del profeta Malaquías. 3, 1-7a

Así dice el Señor Dios:
«Mirad, yo envío mi mensajero,
para que prepare el camino ante mí.
De pronto entrará en el santuario
el Señor a quien vosotros buscáis,
el mensajero de la alianza que vosotros deseáis.
Miradlo entrar
—dice el Señor de los Ejércitos—.
¿Quién podrá resistir el día de su venida?,
¿quién quedará en pie cuando aparezca?
Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero:
se sentará como un fundidor que refina la plata,
como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví,
y presentarán al Señor la ofrenda como es debido.
Entonces agradará al Señor
la ofrenda de Judá y de Jerusalén,
como en los días pasados, como en los años antiguos.
Os llamará a juicio.
Seré un testigo exacto
contra hechiceros y adúlteros,
y contra los que juran en falso,
contra los que defraudan el salario al obrero,
oprimen viudas y huérfanos,
hacen injusticia al forastero,
sin tenerme respeto
—dice el Señor de los Ejércitos—.
Yo, el Señor, no he cambiado,
pero vosotros, hijos de Jacob,
no habéis terminado.
Desde los tiempos de vuestros padres,
os apartáis de mis preceptos y no los observáis.
Convertios a mí y me convertiré a vosotros,
—dice el Señor de los Ejércitos—».

Palabra de Dios.

318. SALMO RESPONSORIAL Sal 84

Dios envió a su Hijo no para condenar al mundo, sino para -salvarlo. Así pues, la venida del Señor que ahora celebramos en el misterio es una venida de salvación. Esta celebración de la penitencia se inscribe en la esperanza de esta salvación, con el fin de que, llenos de alegría, celebremos la Natividad del Señor y vayamos gozosos hacia su encuentro.

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira. R.

Restáuranos, Dios salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad? R.

¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. R.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a los amigos
y a los que se convierten de corazón». R.

La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;
la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R.

SEGUNDA LECTURA

319. El Señor Jesús, por su venida, nos introducirá en una vida nueva, en un mundo nuevo. Ya desde ahora, la Iglesia es signo vivo de aquella ciudad santa que se revelará en el futuro y de la que, por el pecado, somos excluidos.

Lectura del libro del Apocalipsis. 21, 1-12

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva,
porque el primer cielo y la primera tierra han pasado,
y el mar ya no existe.
Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén,
que descendía del cielo, enviada por Dios,
arreglada como una novia que se adorna para el esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
«Ésta es la morada de Dios con los hombres:
acampará entre ellos.
Ellos serán su pueblo
y Dios estará con ellos y será su Dios.
Enjugará las lágrimas de sus ojos.
Ya no habrá muerte, ni luto,
ni llanto, ni dolor.
Porque el primer mundo ha pasado».
Y el que estaba sentado en el trono dijo:
«Todo lo hago nuevo».
Y añadió:
«Escribe, porque estas palabras son fidedignas y verídicas».
Y me dijo todavía:
«Ya son un hecho.
Yo soy el alfa y la omega,
el principio y el fin.
Al sediento,
yo le daré a beber de balde de la fuente de agua de vida.
Quien salga vencedor heredará esto,
porque yo seré su Dios, y él será mi hijo.
En cambio, a los cobardes, infieles, nefandos,
asesinos, lujuriosos, hechiceros e idólatras
y a todos los embusteros
les tocará en suerte
el lago de azufre ardiendo,
que es la segunda muerte».
Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas,
llenas de las siete plagas últimas,
y me habló así:
«Ven acá, voy a mostrarte a la novia,
a la esposa del Cordero».
Me transportó en éxtasis a un monte altísimo
y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén,
que bajaba del cielo, enviada por Dios,
trayendo la gloria de Dios.
Brillaba como una piedra preciosa,
como jaspe traslúcido.
Tenía una muralla grande y alta
y doce puertas custodiadas por doce ángeles,
con doce nombres grabados:
los nombres de las tribus de Israel.

Palabra de Dios.

320. VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Ap 22, 12. 17. 20

Dice el Señor: «Mira, llego en seguida
y traigo conmigo mi salario».
Ven, Señor Jesús.

O bien:

El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!
El que lo oiga que repita: ¡Ven!
¡Ven, Señor Jesús!

U otro canto apropiado.

EVANGELIO

321. Como en los días de Juan el Bautista, también ahora para nosotros, la venida del Señor es tiempo de conversión y de penitencia, para que, a su llegada, podamos recibir la salvación.

+ Lectura del santo Evangelio según san Mateo. 3, 1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando:
«Convertios, porque está cerca el reino de los cielos».
Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo:
«Una voz grita en el desierto:
“Preparad el camino del Señor,
allanad sus senderos”».
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
«¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?
Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz, de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego».
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

Palabra del Señor.

O bien:

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 3, 3-17

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bau­tismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto:
Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; eléven­se los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios».
Muchos iban a que Juan los bautizara; y les decía:
«¡Carnada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
Dad el fruto que la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro Padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego».
La gente le preguntaba:
«¿Entonces, qué hacemos?»
Él contestó:
«El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»
Él les contestó:
«No exijáis más de lo establecido».
Unos militares le preguntaron:
«¿Qué hacemos nosotros?»
Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie sino con­tentaos con la paga».
El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomo la palabra y dijo a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Palabra del Señor.

Examen de conciencia

322. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.

Acto penitencial

323. Después del examen de conciencia tiene lugar el acto penitencial, por ejemplo, recitando el Yo confieso u otras intercesiones (Véase n. 151). Por último, se canta o se recita la oracion dominical, que el ministro que preside la celebración concluye del siguiente modo:

Oh Dios,
que al crear en el principio la luz
disipaste las tinieblas del mundo,
te pedimos que venga el creador de la luz,
preparado antes de los siglos,
para que el pueblo, libre de la esclavitud del error,
pueda salir al encuentro de tu Hijo
con el fruto de las buenas obras.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

O bien:

Dios todopoderoso y eterno,
que has reconciliado al mundo
por medio de la encarnación de tu Hijo,
concédenos
que las tinieblas del pecado desaparezcan de nuestro corazón
y que los misterios luminosos de la natividad del Señor,
los podamos celebrar con una santa alegría.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

324. Al final, después de un canto apropiado, el pueblo es despedido con un saludo o con la bendición.