martes, 23 de febrero de 2016

Ordenación General del Misal Romano nn. 112-170.

Ordenación General del Misal Romano

CAPÍTULO IV. DIVERSAS FORMAS DE CELEBRAR LA MISA

112. En una Iglesia local corresponde evidentemente el primer puesto, por su significado, a la Misa presidida por el Obispo, rodeado de su presbiterio, diáconos y ministros laicos [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 41], y en la que el pueblo santo de Dios participa plena y activamente. En ésta, en efecto, es donde se realiza la principal manifestación de la Iglesia.
En la Misa que celebra el Obispo, o que él preside sin que celebre la Eucaristía, obsérvense las normas que se encuentran en el Ceremonial de Obispos [Cf. Ceremonial de los Obispos, nn. 119-186].

113. Téngase también en gran estima la Misa que se celebra con una determinada comunidad, sobre todo con la parroquial, puesto que representa a la Iglesia universal en un tiempo y lugar definidos, sobre todo en la Celebración comunitaria del domingo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 42; Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 28; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 26: A.A.S. 59 (1967), p. 555].

114. Entre las Misas celebradas por determinadas comunidades, ocupa un puesto singular la Misa conventual, que es una parte del Oficio cotidiano, o la Misa que se llama «de comunidad». Y aunque estas Misas no exigen ninguna forma peculiar de celebración, con todo es muy conveniente que sean cantadas, y sobre todo con la plena participación de todos los miembros de la comunidad, religiosos o canónigos. Por consiguiente, en esas Misas ejerza cada uno su propio oficio, según el Orden o ministerio recibido. Conviene, pues, en estos casos, que todos los sacerdotes que no están obligados a celebrar en forma individual por alguna utilidad pastoral de los fieles, a ser posible, concelebren en estas Misas. Más aún, todos los sacerdotes pertenecientes a una comunidad, que tengan la obligación de celebrar en forma individual por el bien pastoral de los fieles, pueden concelebrar el mismo día en la Misa conventual o «de comunidad» [Cf. S. CONGR. DE RITOS, lnstr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 47: A.A.S. 59 (1967), p. 565]. Porque es preferible que los presbíteros que asisten a la celebración eucarística, a no ser que una causa justa les excuse, ejerzan el ministerio propio de su orden y, en consecuencia, participen como concelebrantes, revestidos con los ornamentos sagrados. Si no concelebran, llevan el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre el traje talar.

Respecto a la Misa de "comunidad", pienso que hay que presuponer y entender lo indicado en el n. 199 de esta misma Ordenación.

I. LA MISA CON PUEBLO

115. Por «Misa con pueblo» se entiende la que se celebra con participación de los fieles. Conviene que, mientras sea posible, sobre todo los domingos y fiestas de precepto, tenga lugar esta celebración con canto y con el número adecuado de ministros [Cf. ibidem, n. 26: A.A.S. 59 (1967), p. 555; Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, nn. 16, 27: A.A.S. 59 (1967), pp. 305, 308]; sin embargo, puede también celebrarse sin canto y con un solo ministro.

116. En toda celebración de la Misa, si asiste un diácono, éste ha de ejercer su ministerio. Conviene que al sacerdote celebrante le asista de ordinario un acólito, un lector y un cantor. Pero el rito que se describe a continuación prevé la posibilidad de un número mayor de ministros.

Los párrocos y rectores deben cuidar que los domingos y días de precepto las Misas con pueblo sean celebraciones modélicas en cuanto a la participación de los fieles, mediante el canto y los ministros que ayudan. En concreto hay 3 ministerios capitales: los acólitos, los lectores y los que dirigen los cantos.

117. Cúbrase el altar al menos con un mantel de color blanco. Sobre el altar, o cerca del mismo, colóquese en cada celebración un mínimo de dos candeleros con sus velas encendidas o incluso cuatro o seis, especialmente si se trata de la misa dominical, o festiva de precepto, y si celebra el Obispo diocesano, siete. También sobre el altar o cerca del mismo ha de haber una cruz con la imagen de Cristo crucificado. Los candeleros y la cruz, con la imagen de Cristo crucificado, pueden llevarse en la procesión de entrada. Sobre el altar puede ponerse, a no ser que también éste se lleve en la procesión de entrada, el Evangeliario, distinto del libro de las restantes lecturas.

Se trata aquí de lo que hay que preparar para la Misa relacionado con el altar: al menos un mantel blanco (está claro que pueden ser más de uno, y que conviene que estén blancos, limpios). Al menos dos candeleros con las velas encendidas (los días de diario) y que sean 4 o 6 los domingos y fiestas o celebraciones más solemnes. Respecto al Crucifijo hay que remitirse a las recientes indicaciones de la Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice, que subrayan la importancia de su colocación en el centro del altar.

118. Prepárese también:
a) Junto a la sede del sacerdote: el misal y, según convenga, el libro de los cantos;
b) En el ambón: el leccionario;
c) En la credencia: el cáliz, el corporal, el purificador, la palia, si se usa; la patena y los copones si son necesarios; el pan para la Comunión del sacerdote que preside, del diácono, de los ministros y del pueblo; las vinajeras con el vino y el agua, a no ser que lo vayan a ofrecer los fieles en la procesión del ofertorio; el recipiente de agua que se va a bendecir, si se realiza la aspersión; la bandeja para la Comunión de los fieles y todo lo que hace falta para la ablución de las manos.
Es loable cubrir el cáliz con un velo, que podrá ser o del color del día o de color blanco.

En España existe el libro de la sede que facilita que el Misal sólo se use en el altar, y no tener que trasladarlo de la sede al altar y viceversa. También en España existe un libro de cantos oficial, aprobado por la Conferencia Episcopal Española, el Cantoral Litúrgico Nacional (en abreviaturas CLN). Es evidente que tanto el libro de la sede, como el de cantos, y el Misal han de estar, antes de la celebración, previamente señalizados para agilizar su uso durante la Misa. En la celebración habitual, si hay un acólito, en la credencia estará el cáliz, sobre él -inmediatamente- el purificador, y encima de éste la patena con la forma grande del sacerdote, encima se puede poner la palia -si se usa, muy recomendable para que no caigan insectos u otras cosas en el vino-, y el corporal (muchos lo tienen dentro de una carpeta o funda, para evitar que se ensucie con su uso frecuente), y todo ello cubierto con el velo del cáliz del color del día, o blanco, que es el color de la Eucaristía. En el caso de que no haya acólito todo ello se puede colocar a un extremo del altar. También en la credencia estarán los copones o píxides para la comunión de los fieles, las vinajeras, el lavabo y las bandejas para la comunión. 

119. Prepárense en la sacristía, según las diversas formas de celebración, las vestiduras sagradas (cf. nn. 337-341) del sacerdote, del diácono y de los otros ministros:
a) Para el sacerdote: el alba, la estola y la casulla;
b) Para el diácono: el alba, la estola y la dalmática. Esta última, por necesidad o por grado inferior de solemnidad, puede omitirse;
c) Para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas [Cf. Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 6: A.A.S. 89 (1997), p. 869].
Todos los que usan el alba, empleen el cíngulo y el amito, a no ser que la forma del alba no lo exija.
Cuando se hace procesión de entrada se prepara también el Evangeliario; en los domingos y días festivos, si se va a emplear el incienso, se preparan también el incensario y la naveta con incienso, la cruz procesional y los ciriales con las velas encendidas.

La casulla, sobre la estola y el alba -ceñida con el cíngulo-, es la vestidura propia del sacerdote celebrante en la Misa, y se ha de usar siempre. El amito, el paño blanco que alrededor del cuello (a modo de sudario) cubre la camisa y el alzacuellos, es necesario cuando el alba no los cubre y tiene, además, una función higiénica, especialmente cuando hace calor, que impide que se estropeen y ensucien las demás vestiduras.

A) Misa sin Diácono

Ritos iniciales

120. Reunido el pueblo, el sacerdote y los ministros, revestidos cada uno con sus vestiduras sagradas, avanzan hacia el altar por este orden:
a) El turiferario con el incensario humeante, si se emplea el incienso;
b) Los ministros que llevan los ciriales encendidos, y, en medio de ellos, el acólito u otro ministro con la cruz;
c) Los acólitos y otros ministros;
d) El lector, que puede llevar el Evangeliario, no el Leccionario, algo elevado;
e) El sacerdote que va a presidir la Misa.
Si se emplea el incienso, el sacerdote lo pone en el incensario antes de que la procesión se ponga en marcha y lo bendice con el signo de la cruz sin decir nada.

Empezamos con la Misa dominical o ferial, como es costumbre en la mayoría de las iglesias. El incienso se puede reservar para las celebraciones más solemnes. Si no hay diácono el uso del Evangeliario puede reservarse para concelebraciones y solemnidades. En cuanto a ministros, los acólitos pueden ir en la procesión, mientras que los lectores y cantores pueden estar en sus sitios en la iglesia hasta que realicen su ministerio, desde el ambón u otro lugar apropiado del presbiterio.

121. Mientras se hace la procesión hacia el altar, se entona el canto de entrada (cf. nn. 47-48).

122. Cuando han llegado al altar, el sacerdote y los ministros hacen una profunda inclinación.
La cruz, con la imagen de Cristo crucificado, si se lleva en procesión, puede colocarse junto al altar, para que sea la cruz del altar, que debe ser única; de otro modo, se coloca en un lugar digno; los candeleros se colocan sobre el altar o junto a él; conviene depositar el Evangeliario sobre el altar.

123. El sacerdote accede al altar y lo venera con un beso. Luego, según la oportunidad, inciensa la cruz y el altar rodeándolo.

La Misa dominical empieza con la PROCESIÓN y el CANTO DE ENTRADA. El sacerdote ha de procurar que a una señal comience el CORO, o los cantores, a incoar el canto, para que el pueblo lo siga, pues todo el pueblo ha de participar cantando. Para eso hay que tener previstos los cantos y que el pueblo pueda disponer antes de la Misa de los textos que se van a cantar en hojas, folletos o libros de cantos.
Es muy recomendable que el sacerdote vaya precedido -al menos- por ACÓLITOS o MONAGUILLOS. Éstos se pueden seleccionar de entre los chicos que han hecho la Primera Comunión. Alimentar ese grupo de monaguillos, formarlos, animarles mediante actividades diversas apropiadas a su edad, ha sido tradicionalmente un fermento de vocaciones sacerdotales.
El hecho de que los monaguillos o acólitos sean sólo varones no debe de considerarse una discriminación para las chicas. Las MUJERES, a partir de las edades posteriores a la Primera comunión pueden y deben colaborar en las celebraciones como lectoras, cantoras o azafatas. Esta última función ha tenido mucho éxito en iglesias y parroquias: colocan a la gente en sus sitios, cuidan de los más pequeños para que los padres puedan participar con más atención en la Misa, distribuyen las hojas o folletos de cantos, acompañan a los ancianos, cuidan del orden en la nave de la iglesia, etc.

124. Terminado esto, el sacerdote va a su sede. Una vez concluido el canto de entrada, todos, sacerdote y fieles, de pie, hacen la señal de la cruz. El sacerdote empieza: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El pueblo responde: Amén.
Luego el sacerdote, de cara al pueblo y extendiendo las manos, saluda a la asamblea usando una de las fórmulas propuestas. Puede también, él u otro ministro, introducir a los fieles a la Misa del día con brevísimas palabras.

125. Sigue el acto penitencial. Después se canta o se recita el Señor, ten piedad según las rúbricas (cf. n. 52).

126. En determinadas celebraciones, se canta o se recita el Gloria (cf. n. 53).

127. Luego el sacerdote con las manos juntas invita al pueblo a orar diciendo: Oremos. Todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante breve tiempo. Entonces el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración colecta, y cuando ésta termina, el pueblo aclama: Amén.

Los ritos iniciales introducen a todos los fieles para que la celebración lleve a la unión con Dios en un clima de oración, por eso tanto el canto de entrada como la monición del sacerdote deben favorecer ese clima.

Liturgia de la palabra

128. Terminada la oración colecta, todos se sientan. El sacerdote puede introducir a los fieles en la liturgia de la palabra con brevísimas palabras. El lector se dirige al ambón, y, del leccionario, colocado allí antes de iniciarse la Misa, proclama la primera lectura, que todos escuchan. Al final, el lector pronuncia la aclamación: Palabra de Dios y todos responden: Te alabamos, Señor.
En este momento puede guardarse, si conviene, un breve tiempo de silencio para que todos mediten lo que han escuchado.

129. Después, el salmista o el mismo lector recita los versículos del salmo, y el pueblo va diciendo la respuesta del modo acostumbrado.

130. Si hay una segunda lectura antes del Evangelio, el lector la proclama desde el ambón, mientras todos escuchan, y al final responden a la aclamación como se indica más arriba (n. 128). Luego, si se ve oportuno, puede guardarse un breve tiempo de silencio.

131. Después todos se ponen en pie y se canta el Aleluya u otro canto, según las exigencias del tiempo litúrgico (cf. nn. 62-64).

Los lectores, si suben al presbiterio desde la nave, hacen reverencia al altar (o genuflexión al Santísimo) al subir y antes de retirarse, y hacen las lecturas desde el ambón, con voz alta y clara (si es necesario ensayan antes de empezar la Misa) pronunciando bien, especialmente si hay micrófono, los finales de las palabras. En el canto o recitación del salmo responsorial, el salmista canta o recita la respuesta junto con el pueblo, para que el pueblo pueda proclamar fácilmente la estrofa de respuesta. Es importante cantar el aleluya o el versículo antes del Evangelio, para anunciar la importancia de la proclamación del Evangelio.

132. Mientras se canta el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario y lo bendice. Luego, con las manos juntas y profundamente inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón.

133. Después toma el Evangeliario, si está en el altar, y precedido por los ayudantes laicos, que pueden llevar el incensario y los ciriales, se acerca al ambón llevando el Evangeliario algo elevado. Los presentes se vuelven hacia el ambón manifestando así una especial reverencia al Evangelio de Cristo.

134. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El Señor esté con vosotros, y el pueblo responde: Y con tu espíritu, y después: Lectura del santo Evangelio..., trazando la cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho, lo cual también hacen todos los demás. El pueblo aclama, diciendo: Gloria a ti, Señor. El sacerdote, si se utiliza el incienso, inciensa el libro (cf. nn. 276-277). Después proclama el Evangelio y al final pronuncia la aclamación Palabra del Señor y todos responden Gloria a ti, Señor Jesús. El sacerdote besa el libro diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio. 
135. Si no hay lector, el mismo sacerdote hará todas las lecturas y el salmo de pie en el ambón. Allí mismo, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario y lo bendice, y profundamente inclinado dice: Purifica mi corazón.

El sacerdote antes de proclamar el Evangelio, se inclina delante del altar y recita en secreto "Munda cor meum...." ("Purifica mi corazón..."). Este gesto, visible al pueblo -aunque no se use incienso- señala la importancia del Evangelio sobre todas lecturas bíblicas.

136. El sacerdote, de pie en la sede o en el mismo ambón, o en otro lugar idóneo, si conviene, pronuncia la homilía; una vez terminada, puede guardarse un tiempo de silencio.

137. El Símbolo lo canta o lo recita el sacerdote juntamente con el pueblo (cf. n. 68), estando todos de pie. A las palabras: Y por obra del Espíritu Santo se encarnó..., etc., o que fue concebido..., etc., todos se inclinan profundamente; pero en las solemnidades de la Anunciación y de la Natividad del Señor, se arrodillan.

138. Una vez dicho el símbolo, el sacerdote, de pie junto a la sede, con las manos juntas, invita a los fieles a la oración universal con una breve monición. Después el cantor o el lector u otro, propone, vuelto al pueblo, las intenciones desde el ambón o desde otro lugar conveniente y, por su parte, el pueblo responde suplicante. Al final, el sacerdote, con las manos extendidas, concluye la súplica con la oración.

La homilía requiere una esmerada preparación teniendo en cuenta la debida comprensión por parte de los fieles que asisten a la celebración, también por eso es muy conveniente que dure alrededor de 10 minutos. En Pascua está aconsejado utilizar el llamado símbolo de los Apóstoles. Hay que procurar que todos los fieles vivan la inclinación profunda cuando se confiesa el misterio de la Encarnación. En la oración de los fieles está indicado que haya un sólo lector, salvo que se hagan las peticiones en varios idiomas.

Liturgia eucarística

139. Terminada la oración universal, todos se sientan y comienza el canto del ofertorio (cf. n. 74).
El acólito u otro ministro laico colocan en el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.

140. Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y del vino para la celebración de la Eucaristía o de otros dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres.
Las ofrendas de los fieles las recibe el sacerdote, ayudado por el acólito u otro ministro. El pan y el vino para la Eucaristía se llevan al celebrante, que los pone sobre el altar y el resto de los dones se colocan en un lugar apropiado (cf. n. 73).

Empieza la Liturgia eucarística con el rito de la presentación de la ofrendas, también llamado ofertorio (este nombre no se usa ya para no confundir con el verdadero ofrecimiento de la Misa, que es Cristo mismo, y tiene lugar en la plegaria eucarística). Empieza con la preparación del altar, que hace el acólito instituido, y cuando no lo hay lo hace el mismo sacerdote con la ayuda de los monaguillos, o del laico que le asiste. Si hay procesión de las ofrendas, lo más importante -y que no debe faltar- es la presentación del pan y el vino llevado por dos fieles y que recibe el sacerdote al pie del altar, y que se dejan inmediatamente sobre él, luego ya vienen las demás ofrendas que se pueden colocar junto al altar (y no encima de él), en un sitio apropiado.

141. El sacerdote, en el altar, toma la patena con el pan, y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar mientras dice en secreto: Bendito seas, Señor. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.

142. A continuación, el sacerdote, situado en un lado del altar, mientras el ministro le ofrece las vinajeras, vierte el vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto: El agua unida al vino. Vuelto al centro del altar, toma con ambas manos el cáliz, lo eleva un poco y dice en secreto: Bendito seas, Señor y a continuación deja el cáliz sobre el corporal y lo cubre, si conviene, con la palia.
Pero si no hay canto para el ofertorio ni toca el órgano, en la presentación del pan y del vino el sacerdote puede pronunciar en voz alta las fórmulas de bendición, a las que el pueblo responde con la aclamación: Bendito seas por siempre, Señor.

Mientras todo el coro, preferiblemente junto con el pueblo, canta el canto del ofertorio, el sacerdote reza las oraciones en la presentación separadas, primero del pan, y luego del vino mezclado con un poco de agua (signo de unión de la humanidad y la divinidad). El canto del ofertorio debe reflejar en su contenido lo que se realiza en el rito de la presentación, si no es así es mejor que el sacerdote rece en voz alta las oraciones prescritas, y el pueblo responda con la aclamación. El acto de poner el vino y el agua en cáliz se hace en un extremo del altar.

143. Colocado el cáliz sobre el altar, el sacerdote profundamente inclinado dice en secreto: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito.

144. Luego, si se emplea el incienso, el sacerdote lo pone en el incensario, lo bendice sin decir nada e inciensa los dones, la cruz y el altar. El ministro, de pie al lado del altar, inciensa al celebrante y después al pueblo.

145. Después de la oración Acepta, Señor, nuestro corazón contrito o después de la incensación, el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en secreto Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado, mientras le sirve el agua el ministro.

146. Vuelto al centro del altar y de pie cara al pueblo, el sacerdote extiende y junta las manos e invita al pueblo a orar, diciendo: Orad, hermanos. El pueblo se pone de pie y responde: El Señor reciba de tus manos. El sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración sobre las ofrendas, y al final el pueblo aclama: Amén.

Conviene que los gestos y signos respondan a lo que significan de manera visible al pueblo: la inclinación profunda de la oración "Acepta, Señor... ("in spiritu humiliatatis..."); el lavabo de las manos echando agua de la jarra, y secándose bien; el gesto de la invitación a orar, para que sea en ese momento cuando el pueblo se ponga de pie. 

147. Entonces comienza el sacerdote la Plegaria eucarística. Según las rúbricas (cf. n. 365), elige una de las que se encuentran en el Misal Romano o de las aprobadas por la Sede Apostólica. La naturaleza de la Plegaria eucarística exige que sólo el sacerdote lo pronuncie en virtud de su ordenación. El pueblo se unirá al sacerdote en la fe y con el silencio, también con las intervenciones establecidas a lo largo de la Plegaria eucarística que son: las respuestas al diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación del Amén después de la doxología, junto con otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de los Obispos y reconocidas por la Santa Sede.
Es muy conveniente que el sacerdote cante las partes de la Plegaria eucarística musicalizadas.

La Plegaria Eucarística es la oración sacerdotal por excelencia, que el celebrante reza en nombre de toda la Iglesia, por ello reza las establecidas, que se encuentran en el Misal, el pueblo se une a  la oración del sacerdote en silencio, salvo en los momentos prescritos. El canto refuerza los momentos especiales de la Plegaria. Entre las distintas plegarias el sacerdote escoge la más apropiada al misterio que se celebra, y no en razón del tiempo que dure.

148. Al comienzo de la Plegaria eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice El Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu. Cuando continúa Levantemos el corazón, alza las manos. El pueblo responde Lo tenemos levantado hacia el Señor. Después el sacerdote, con las manos extendidas, añade: Demos gracias al Señor, nuestro Dios, y el pueblo responde: Es justo y necesario. Después, el sacerdote, con las manos extendidas, sigue con el Prefacio; cuando lo termina, junta las manos y canta o dice en voz clara, junto con todos los presentes el Santo (cf. n. 79 b).

El prefacio, con su diálogo previo, es ya el comienzo de la Plegaria eucarística. Es muy recomendable que se cante, al menos en las celebraciones más solemnes, y si no se canta ha de pronunciarse en voz alta y clara. En las celebraciones dominicales es bueno que, al menos, todos canten el "Santo, Santo, Santo..." ("Sanctus...").

149. El sacerdote prosigue la Plegaria eucarística según las rúbricas que se exponen en cada una de ellas.
Si el celebrante es Obispo, en las Plegarias, después de las palabras: con tu servidor el Papa N., añade: conmigo, indigno siervo tuyo; o después de las palabras: el Papa N., añade: de mí, indigno siervo tuvo. Si un Obispo celebra fuera de su diócesis, tras las palabras con tu servidor el Papa N., añade: conmigo, indigno siervo tuyo, con mi hermano N., Obispo de esta Iglesia de N..
El Obispo diocesano o el que en derecho se le equipara, debe ser nombrado con esta fórmula: con tu servidor el Papa N., con nuestro Obispo (o bien: Vicario, Prelado, Prefecto, Abad) N.
En la Plegaria eucarística se puede mencionar a los Obispos Coadjutor y Auxiliares, pero no a otros Obispos que pudieran estar presentes. Si son muchos los que se han de mencionar, se utiliza la forma general: con nuestro Obispo N. y sus Obispos auxiliares.
En cada Plegaria eucarística hay que adaptar las fórmulas precedentes a las reglas gramaticales.

En toda Misa está toda la Iglesia universal y local. Por eso se menciona siempre en la Plegaria eucarística a la Cabeza de la Iglesia universal y de la Iglesia local.

150. Un poco antes de la consagración, el ministro, si se cree conveniente, avisa a los fieles mediante un toque de campanilla. Puede también, de acuerdo con la costumbre de cada lugar, tocar la campanilla cuando el sacerdote muestra la hostia y el cáliz a los fieles.
Si se utiliza el incienso, el ministro inciensa la hostia y el cáliz cuando se muestran tras la consagración.

151. Después de la consagración, una vez que el sacerdote dice: Éste es el Sacramento de nuestra fe, el pueblo pronuncia la aclamación empleando una de las fórmulas prescritas.
Al final de la Plegaria eucarística, el sacerdote, tomando la patena con la hostia y el cáliz y elevando ambos, pronuncia él solo la doxología: Por Cristo. Al concluir, el pueblo aclama: Amén. Después el sacerdote pone la patena y el cáliz sobre el corporal.

En la Misa dominical especialmente el toque de la campanilla además de avisar a los fieles favorece la especial atención que requiere el cenit del misterio eucarístico y embellece la adoración, y en las celebraciones más solemnes se enriquece con el signo del incienso. Es muy recomendable, incluso en la celebración diaria cantar la aclamación para dar mayor énfasis al momento, lo que vale también para el final de la plegaria eucarística (se debería cantar al menos los domingos y fiestas).

152. Terminada la Plegaria eucarística, el sacerdote, con las manos juntas, hace la monición preliminar a la Oración dominical, y luego la recita, con las manos extendidas, juntamente con el pueblo.

153. Concluida la Oración dominical, el sacerdote, con las manos extendidas, dice él solo el embolismo: Líbranos de todos los males; al terminarlo, el pueblo aclama: Tuyo es el reino.

154. A continuación, el sacerdote, con las manos extendidas y en voz alta, dice la oración: Señor Jesucristo, que dijiste, y, al terminarla, extendiendo y juntando las manos, anuncia la paz, vuelto al pueblo, mientras dice: la paz del Señor esté siempre con vosotros, y el pueblo le responde: Y con tu espíritu. Luego, si se juzga oportuno, el sacerdote añade: Daos fraternalmente la paz.
El sacerdote puede dar la paz a los ministros, pero siempre permaneciendo dentro del presbiterio para no perturbar la celebración. Haga lo mismo si, por alguna causa razonable, desea dar la paz a algunos pocos fieles. Y todos se intercambian un signo de paz, comunión y caridad, según lo que haya establecido la Conferencia de los Obispos. Mientras se da la paz puede decirse: La paz del Señor esté siempre contigo, a lo que se responde: Amén.

El Padrenuestro es bueno cantarlo con frecuencia los domingos. Es importante saber que el rito de la paz el en rito romano forma parte del rito de la comunión. Es por ello que el celebrante principal no abandona el presbiterio para dar la paz. Si es oportuno que la de a algunos fieles, éstos suben al presbiterio. Hay que tener en cuenta que la respuesta al intercambiar el gesto de dar la paz es "Amén" (y no "y con tu espíritu", que es lo propio de la contestación de todo el pueblo al saludo del sacerdote celebrante). 

155. A continuación, el sacerdote toma el pan consagrado, lo parte sobre la patena, y deja caer una partícula en el cáliz diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre. Mientras tanto, el coro y el pueblo cantan o recitan: Cordero de Dios (cf. n. 83).

156. Entonces el sacerdote dice en secreto y con las manos juntas la oración para la Comunión: Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo.

157. Terminada esta oración, el sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado en esa misma Misa y, teniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice: Éste es el Cordero de Dios, y, a una con el pueblo, añade una sola vez: Señor, no soy digno.

Llega la preparación inmediata de la comunión con la fracción del pan, gesto del Señor, y la mezcla de la partícula de la hostia con el "sanguis", que simboliza la unidad de Cristo. Es muy bueno que mientras tanto el pueblo cante el "Cordero de Dios". El sacerdote, en secreto, se prepara para la comunión con una de las dos oraciones previstas. Luego invita a la comunión de los fieles mostrando la hostia consagrada diciendo: "Este es el Cordero..." y a una con el pueblo confiesa: "Señor no soy digno..."   

158. Luego, de pie y vuelto hacia el altar, el sacerdote dice en secreto: El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna, y, con reverencia, toma el Cuerpo de Cristo. Después, coge el cáliz, y dice en secreto: La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna, y, con reverencia, sume la Sangre de Cristo. 

159. Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, se empieza el canto de Comunión (cf. n. 86).

160. El sacerdote toma después la patena o la píxide y se acerca a los que van a comulgar, quienes, de ordinario, se acercan procesionalmente.
A los fieles no les es lícito tomar por sí mismos ni el pan consagrado ni el sagrado cáliz y menos aún pasárselos entre ellos de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo haya establecido la Conferencia de los Obispos. Cuando comulgan de pie, se recomienda que, antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia del modo que determinen las citadas normas.

Pienso que es importante señalar la "reverencia" al comulgar el sacerdote, sobre todo cuando lo hace a la vista de todo el pueblo. Lo mismo hay que decir de la comunión de los fieles: la "reverencia" es una confesión de fe y de adoración, que está incluida en la postura de rodillas, pero no cuando se recibe de pie, y está indicado que se haga una inclinación, como signo de reverencia. Es bueno recordarlo con la frecuencia necesaria a los fieles. Es también una señal de amor a la libertad facilitar que el que quiera pueda comulgar de rodillas.

161. Si la Comunión se administra sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la hostia un poco elevada, se la muestra a cada uno diciéndole: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento en la boca o, en los lugares en que se ha concedido, en la mano, según prefiera. En cuanto recibe la sagrada hostia, el que comulga la consume íntegramente.
Para la Comunión bajo las dos especies obsérvese el rito descrito en su lugar (cf. nn. 284-287).

162. Si están presentes otros presbíteros, pueden ayudar al sacerdote a distribuir la Comunión. Si no están disponibles y el número de comulgantes es muy elevado, el sacerdote puede llamar para que le ayuden, a los ministros extraordinarios, es decir, a un acólito instituido o también a otros fieles que para ello hayan sido designados [Cf. S. CONGR. PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO, Instr. Inaestimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 10: A.A.S. 72 (1980), p. 336; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los lideres laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 8: A.A.S. 89 (1997), p. 871]. En caso de necesidad, el sacerdote puede designar para esa ocasión a fieles idóneos [Cf. infra, Apéndice, Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada Comunión].
Estos ministros no acceden al altar antes de que el sacerdote haya comulgado y siempre han de recibir de manos del sacerdote el vaso que contiene la Santísima Eucaristía para administrarla a los fieles.

Tocan estos dos números aspectos importantes de la comunión sobre el modo de recibirla y su distribución. en ambos casos hay una norma general y, luego, una norma particular que en el caso de la comunión en la mano es una concesión a las iglesias locales de la Santa Sede (sobre la comunión de rodillas y en la boca: "La comunione..."), y en el caso de la distribución de la comunión una situación extraordinaria, que hace que sea necesario que actúen los llamados ministros extraordinarios de la distribución de la comunión (sobre este tema ver un estudio reciente: "El ministro extraordinario...").

163. Una vez distribuida la Comunión, el sacerdote consume enseguida en el altar todo el vino consagrado que haya podido quedar; en cambio, las hostias consagradas que hayan sobrado las consume en el altar o las lleva al lugar destinado a la reserva eucarística.
El sacerdote, vuelto al altar, recoge los fragmentos, si los hay; luego, en el altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; purifica el cáliz diciendo en secreto: Haz, Señor, que recibamos, y lo seca con el purificador. Si los vasos son purificados en el altar, los lleva un ministro a la credencia. Está, sin embargo, permitido dejar los vasos que se han de purificar, sobre todo si son muchos, en el altar o en la credencia, convenientemente cubiertos sobre un corporal, para luego purificarlos inmediatamente después de la Misa, cuando ya se ha despedido al pueblo.

La purificación es una manifestación de fe y amor a la presencia eucarística del Señor y se hace con delicadeza (sin falsos escrúpulos), por eso el orden que se indica, el lugar -sobre un corporal, ya en el altar o la credencia-, y el cubrirlos cuando la purificación se hace terminada la Misa.

164. Después, el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede observar un espacio de silencio sagrado o también entonar un salmo u otro cántico o himno de alabanza (cf. n. 88).

165. Luego, en pie junto a la sede o el altar, el sacerdote, vuelto al pueblo, dice, con las manos juntas: Oremos, y con las manos extendidas recita la oración después de la Comunión, a la que puede preceder también un breve silencio, a no ser que ya se haya hecho después de la Comunión. Al final de la oración, el pueblo aclama: Amén.

El silencio después de la comunión de los fieles es para favorecer la oración íntima con Jesús de tal manera que se produzca la comunión del alma -de mente, de amor, de afecto- con Cristo. A favorecer esa comunión estará -si es conveniente- el canto escogido. El rito de la comunión acaba con la oración después de la comunión, donde la Iglesia pide determinados frutos espirituales para los que han recibido sacramentalmente al Señor.

Rito de conclusión

166. Terminada la oración después de la Comunión, se hacen, si es necesario, y con brevedad, los oportunos avisos al pueblo.

167. Después, el sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros, a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu, y el sacerdote, uniendo de nuevo las manos, y colocando luego la mano izquierda sobre el pecho y elevando la derecha añade: La bendición de Dios todopoderoso, y haciendo la señal de la cruz sobre el pueblo prosigue: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros; todos responden: Amén.
En ciertos días y ocasiones, esta bendición se enriquece y se expresa, según las rúbricas, mediante la oración sobre el pueblo u otra fórmula más solemne.
El Obispo bendice al pueblo con la fórmula propia, haciendo tres veces la señal de la cruz sobre el pueblo [Cf. Ceremonial de los Obispos, nn. 1118-1121].

168. Enseguida, el sacerdote, con las manos juntas, añade: Podéis ir en paz, y todos responden: Demos gracias a Dios.

169. Entonces, el sacerdote, según costumbre, venera el altar con un beso y, haciendo junto con los ministros laicos una profunda inclinación, se retira con ellos.

170. Si a la Misa sigue alguna otra acción litúrgica se omite el rito de conclusión, es decir, el saludo, la bendición y la despedida.

Al acabar el rito de la comunión con la oración, y antes de comenzar el rito de conclusión -"si es necesario"- es el momento para decir algunos avisos, siempre brevemente, por lo que es bueno que estén convenientemente redactados, para evitar alargarse. La bendición final se hace solemne en las celebraciones más señaladas (así vienen aconsejadas, por ejemplo, en la "tertia editio" del Misal Romano en latín). También en esa edición la oración sobre el pueblo es preceptiva los domingos de cuaresma, y aconsejada en las ferias de ese mismo tiempo litúrgico. Si el sagrario con el Santísimo ocupa el lugar central de la iglesia, el sacerdote y los ministros hacen genuflexión antes de retirarse del presbiterio.