lunes, 22 de febrero de 2016

Ordenación General del Misal Romano, n. 55-111.

Ordenación General del Misal Romano

B) Liturgia de la palabra

55. Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la parte principal de la liturgia de la palabra; la homilía, la profesión de fe y la oración universal u oración de los fieles, la desarrollan y concluyen. Pues en las lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su pueblo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33], le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles [Cf. ibidem, n. 7]. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos, y muestra su adhesión a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo.

La Liturgia de la Palabra empieza con la proclamación de la Primera lectura, que hace un lector, o si no lo hay el mismo sacerdote; a continuación se canta el salmo responsorial que realiza el salmista y responde el pueblo, y si no se canta se recita por medio de un lector, que puede ser el mismo de la primera lectura o, en su defecto, el mismo sacerdote; a continuación, los domingos y solemnidades tiene lugar la segunda lectura -siempre del Nuevo testamento- que realiza un lector o, en su defecto, el mismo sacerdote. Los días feriales y fiestas sólo hay una lectura. Durante las lecturas y el salmo el pueblo permanece sentado. 
La proclamación del Evangelio reviste una mayor consideración, como culmen de la Liturgia de la Palabra: empieza con el canto del Aleluya o, en Cuaresma, el versículo anterior al Evangelio, y toda la asamblea se pone de pie para escucharlo con especial veneración, y en las celebraciones que revisten una especial solemnidad tiene lugar una procesión en la que el diácono o, en su defecto, el sacerdote, lleva el Evangeliario o el Leccionario, acompañado de acólitos y el turiferario con el incienso para incensar el Evangelio en el ambón. Después de la proclamación del Evangelio tiene lugar la homilía, si la hay, y después se hace el breve silencio para la meditación. A continuación los domingos y solemnidades se proclama la Profesión de fe o Credo. La liturgia de la Palabra acaba con la oración universal o de los fieles: la invitación y la oración final las hece el sacerdote celebrante, las peticiones las lee un sólo lector.

Silencio

56. La liturgia de la palabra se ha de celebrar de manera que favorezca la meditación y, en consecuencia, hay que evitar toda forma de precipitación que impida el recogimiento. Conviene que haya en ella unos breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea, en los que, con la gracia del Espíritu Santo, se perciba en el corazón la palabra de Dios y se prepare la respuesta a través de la oración. Estos momentos de silencio pueden observarse, por ejemplo, antes de que se inicie la misma liturgia de la palabra, después de la primera y la segunda lectura, y una vez concluida la homilía [Cf. MISAL ROMANO, Ordo lectionum Missae, segunda edición típica, n. 28].

La proclamación de la Palabra de Dios requiere todo lo que favorezca su meditación, ya sea en el modo de proclamarse pausado y en el tono adecuado al carácter de los textos, como en los silencios que faciliten su meditación. 

Lecturas bíblicas

57. En las lecturas se dispone la mesa de la palabra de Dios a los fieles y se les abren los tesoros bíblicos [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 51]. Se debe, por tanto, respetar la disposición de las lecturas bíblicas por medio de las cuales se ilustra la unidad de ambos Testamentos y la historia de la salvación. No es lícito sustituir las lecturas y el salmo responsorial, que contienen la palabra de Dios, por otros textos no bíblicos [Cf. JUAN PABLO II, Carta Ap. Vicesimus quintus annus, del 4 diciembre de 1988, n. 13: A.A.S. 81 (1989), p. 910].

58. En la Misa celebrada con la participación del pueblo, las lecturas se proclaman siempre desde el ambón.

59. Según la tradición, el oficio de proclamar las lecturas no es presidencial, sino ministerial. Así pues, las lecturas las proclama el lector, pero el Evangelio, el diácono, y, en ausencia de éste, lo ha de anunciar otro sacerdote. Si no se cuenta con un diácono o con otro sacerdote, el mismo sacerdote celebrante lee el Evangelio; y si no se dispone de otro lector idóneo, el sacerdote celebrante proclama también las otras lecturas.
Después de cada lectura, el que lee pronuncia la aclamación. Con su respuesta, el pueblo congregado rinde homenaje a la palabra de Dios acogida con fe y gratitud.

Es importante que el lector y el diácono o en su defecto, el sacerdote, conozcan antes de la Misa los textos que van a leer, de tal manera que lo hagan con la debida dignidad y sea una verdadera proclamación. El ambón fijo es el lugar desde donde se proclama la Palabra de Dios (y no desde otro lugar). En ningún modo se deben leer otros textos que los bíblicos incluidos en el leccionario.

60. La proclamación del Evangelio constituye la culminación de la liturgia de la palabra. La misma Liturgia enseña que se le debe tributar suma veneración, ya que la distingue por encima de las otras lecturas con especiales muestras de honor, sea por razón del ministro encargado de anunciarlo y por la bendición u oración con que se dispone a hacerlo, sea por parte de los fieles, que con sus aclamaciones reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla, y escuchan la lectura puestos en pie; sea, finalmente, por las mismas muestras de veneración que se tributan al Evangeliario.

Jesucristo se hace Palabra en la proclamación del Evangelio. Ante esa presencia la Iglesia muestra toda su riqueza litúrgica con especiales aclamaciones (Aleluya o verso, Gloria tibi Dómine, Laus tibi Christe -Gloria a ti Señor, Gloria a ti Señor Jesús- y especial muestra de atención (se escucha de pie). Se puede hacer más solemne con la bendición del diácono, la procesión e incensación del Evangelio).

Salmo responsorial

61. Después de la primera lectura, sigue el salmo responsorial, que es parte integrante de la liturgia de la palabra y goza de una gran importancia litúrgica y pastoral, ya que favorece la meditación de la palabra de Dios. El salmo responsorial ha de responder a cada lectura y ha de tomarse, por lo general, del Leccionario.
Se ha de procurar que se cante el salmo responsorial íntegramente o, al menos, la respuesta que corresponde al pueblo. El salmista o cantor del salmo proclama sus estrofas desde el ambón o desde otro sitio oportuno, mientras toda la asamblea escucha sentada y participa además con su respuesta, a no ser que el salmo se pronuncie de modo directo, o sea, sin el versículo de respuesta. Con el fin de que el pueblo pueda decir más fácilmente la respuesta sálmica, pueden emplearse algunos textos de respuestas y de salmos que se han seleccionado según los diversos tiempos del año o según los distintos grupos de Santos, en lugar de los textos correspondientes a la lectura, cada vez que se canta el salmo. Si el salmo no puede cantarse, se recita según el modo que más favorezca la meditación de la palabra de Dios.
En lugar del salmo asignado en el leccionario pueden cantarse también o el responsorio gradual del Gradual romano o el salmo responsorial o el aleluyático del Gradual simple, tal como figuran en estos mismos libros.

El versículo de respuesta del salmo responsorial resume el contenido de la palabra de Dios que los fieles confiesan y proclaman. Lo mejor es que el salmo sea cantado entero por el salmista o, en su defecto, el cantor. Si no se canta es muy bueno que se cante al menos el versículo de respuesta. El canto del salmo prevalece y si no se puede cantar el salmo propuesto para ese día en el leccionario, se escoge otro salmo que pueda cantarse relacionado con el tema de las lecturas que se proclaman. 

La aclamación que precede a la lectura del Evangelio

62. Después de la lectura que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya, u otro canto establecido por la rúbrica, según las exigencias del tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye de por sí un rito o un acto con el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor que les va a hablar en el Evangelio, y profesa su fe con el canto. Lo cantan todos de pie, precedidos de la schola o del cantor, y, si procede, se repite; el verso lo canta el coro o un cantor.
a) El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, fuera de la Cuaresma. Los versículos se toman del Leccionario o del Gradual.
b) En el tiempo de Cuaresma, en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el Leccionario antes del Evangelio. Puede cantarse también otro salmo o tracto, según figura en el Gradual.
63. Cuando hay una sola lectura antes del Evangelio:
a) En los tiempos litúrgicos en que se dice Aleluya se puede tomar o el salmo aleluyático o el salmo y el Aleluya con su versículo.
b) En el tiempo litúrgico en que no se ha de decir Aleluya, se puede tomar o el salmo y el versículo que precede al Evangelio o el salmo solo.
c) Si no se cantan, el Aleluya o el verso antes del Evangelio pueden omitirse.
64. La «secuencia», que, fuera de los días de Pascua y Pentecostés, es facultativa, se canta antes del Aleluya.

Parece claro que la aclamación anterior al Evangelio debe ser cantada, y se concibe como un momento para preparar a los fieles a recibir con especial solemnidad la proclamación del Evangelio. Lo ordinario es cantar el Aleluya con el verso de un texto bíblico que dispone a la escucha atenta del Evangelio. En Cuaresma no se canta el Aleluya sino el versículo bíblico, como aclamación. Los textos bíblicos son los que se proponen en el leccionario. En determinadas celebraciones más solemnes el leccionario prevé el canto de una "secuencia" que condensa la verdad de fe contenida en la proclamación de la Palabra.

Homilía

65. La homilía es parte de la Liturgia, y muy recomendada [Cf. CONC ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 52; cf. Código de Derecho Canónico, can. 767 § 1], pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario o del Propio de la Misa del día, teniendo siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 54: A.A.S. 56 (1964), p. 890].

66. La homilía la pronuncia ordinariamente el sacerdote celebrante o un sacerdote concelebrante a quien éste se la encargue o, a veces, según la oportunidad, también el diácono, pero nunca un fiel laico [Cf. Código de Derecho Canónico, can. 767 § 1; PONT. COM. PARA LA INTERPRETACIÓN AUTÉNTICA DEL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, resp. a una duda acerca del can. 767 § 1: A.A.S. 79 (1987), p. 1249; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 3: A.A.S. 89 (1997), p. 864]. En casos peculiares y con una causa justa pueden pronunciarla también un Obispo o un presbítero que asisten a la celebración pero no concelebran.
Los domingos y fiestas de precepto ha de haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave en ninguna de las Misas que se celebran con asistencia del pueblo; los demás días se recomienda, sobre todo, en los días feriales de Adviento, Cuaresma y Tiempo Pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude numeroso a la iglesia [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 53: A.A.S. 56 (1964), p. 890].
Tras la homilía es oportuno guardar un breve espacio de silencio.

El carácter litúrgico de la homilía requiere una esmerada preparación en el contenido y en la forma, de tal manera que no desdiga del "ars celebrandi". Más vale la brevedad, pero que esté bien cuidada, a su contrario. La homilía no es una charla, ni una plática, ni una clase, ni mucho menos es momento de contar vivencias, impresiones o ideas personales. Es una exhortación a vivir la fe cristiana, fundamentada en la Palabra de Dios y, de manera capital, en el Evangelio. Se hace en nombre de la Iglesia como continuadora de la misión y la predicación de Jesús a los hombres en orden a la salvación. Las dos ideas fundamentales que la configuran es el Misterio que se celebra, en primer lugar, y -a la vez- su comprensión por parte de los fieles que asisten, con el fin que puedan incorporarlo a sus vidas.

Profesión de fe

67. El Símbolo o profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda a la palabra de Dios, que ha sido anunciada en las lecturas de la sagrada Escritura y expuesta por medio de la homilía, y, para que pronunciando la regla de la fe con la fórmula aprobada para el uso litúrgico, rememore los grandes misterios de la fe y los confiese antes de comenzar su celebración en la Eucaristía.

68. El Símbolo lo ha de cantar o recitar el sacerdote con el pueblo los domingos y solemnidades; puede también decirse en peculiares celebraciones más solemnes.
Si se canta, lo inicia el sacerdote o, según la oportunidad, un cantor, o el coro, pero lo cantan todos juntos, o el pueblo alternando con la schola. Si no se canta, lo recitan todos juntos, o a dos coros alternando entre sí.

Después del silencio posterior a la homilía -si la hay- o a la proclamación del Evangelio, los domingos y solemnidades se canta o se recita el Credo niceno- constantinopolitano o -especialmente en Cuaresma y Pascua- el llamado "de los apóstoles". Se pronuncia de pie, todos juntos, e inclinándose en el momento de enunciar el misterio de la Encarnación. La profesión de fe es el gran elemento de unión entre la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística: respuesta de fe a la palabra proclamada y confesión del memorial eucarístico.

Oración universal

69. En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, responde de alguna manera a la palabra de Dios acogida en la fe y ejerciendo su sacerdocio bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga normalmente en las Misas a las que asiste el pueblo, de modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosunctum Concilium, n. 53].

70. Las series de intenciones, normalmente, serán las siguientes:
a) Por las necesidades de la iglesia;
b) Por los que gobiernan las naciones y por la salvación del mundo;
c) Por los que padecen por cualquier dificultad;
d) Por la comunidad local.
Sin embargo, en alguna celebración particular, como en la Confirmación, el Matrimonio o las Exequias, el orden de las intenciones puede amoldarse mejor a la ocasión.

71. Corresponde al sacerdote celebrante dirigir esta oración desde la sede. Él mismo la introduce con una breve monición en la que invita a los fieles a orar, y la concluye con una oración. Las intenciones que se proponen sean sobrias, formuladas con sabia libertad, en pocas palabras, y han de reflejar la oración de toda la comunidad.
Las pronuncia el diácono o un cantor o un lector o un fiel laico desde el ambón o desde otro lugar conveniente [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 56: A.A.S. 56 (1964), p. 890].
El pueblo, permaneciendo de pie, expresa su súplica bien con la invocación común después de la proclamación de cada intención, o bien rezando en silencio.

La oración de los fieles se hace siempre en las misas con pueblo, el sacerdote desde la sede y el lector de las peticiones desde el ambón. Está indicado que las peticiones las puedan hacer varios fieles cuando se hacen en idiomas distintos.

C) Liturgia eucarística

72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y convite pascual, por medio del cual el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia cuando el sacerdote, que representa a Cristo Señor, realiza lo que el mismo Señor hizo y encargó a sus discípulos que hicieran en memoria de él [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 47; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 3 a, b: A.A.S. 59 (1967), pp. 540-541].
Cristo, en efecto, tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. De ahí que la Iglesia haya ordenado toda la celebración de la liturgia eucarística según estas mismas partes que corresponden a las palabras y gestos de Cristo. En efecto:
1) En la preparación de las ofrendas se llevan al altar el pan y el vino con el agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos;
2) En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo;
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos, reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo.

El sacerdote que celebra la Liturgia eucarística realiza el mismo sacrificio de Cristo, imitando lo que él hizo en la última cena: tomó pan (rito del ofertorio o preparación de de las ofrendas), dio gracias (Plegaria Eucarística), lo partió (fracción del Pan) y lo dio a sus discípulos (rito de la comunión).

Preparación de los dones

73. Al comienzo de la liturgia eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo.
En primer lugar, se prepara el altar o mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia eucarística [S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 septiembre de 1964, n. 91: A.A.S. 56 (1964), p. 898; Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 24: A.A.S. 59 (1967), p. 554], y colocando sobre él el corporal, el purificador, el misal y el cáliz, que también se puede preparar en la credencia.
Se traen a continuación las ofrendas: es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono los recibirá en un lugar oportuno para llevarlo al altar. Aunque los fieles no traigan pan y vino de su propiedad, con este destino litúrgico, como se hacía antiguamente, el rito de presentarlos conserva su sentido y significado espiritual. También se puede aportar dinero u otras donaciones para los pobres o para la iglesia, que los fieles mismos pueden presentar o que pueden ser recolectados en la iglesia, y que se colocarán en el sitio oportuno, fuera de la mesa eucarística.

El rito del ofertorio o presentación de los dones requiere que el altar esté vacío (sólo manteles, candelabros y cruz). Primero se prepara el altar llevando el Misal, y el cáliz con el corporal, purificador, patena y, muy recomendable, la palia, todo cubierto con el velo, como se aconseja en el ceremonial pontificio. A continuación se recibe el pan y el vino, llevado por los fieles en procesión (ésta se puede hacer domingos y fiestas más solemnes. A diario basta que lo lleve el acólito al altar. Se prepara todo por parte del sacerdote (o diácono si lo hay). Mientras tanto el coro, con o sin el pueblo, puede cantar algo apropiado.

74. Acompaña a esta procesión en que se llevan las ofrendas el canto del ofertorio (cf. n. 37,b), que se alarga por lo menos hasta que los dones han sido depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de ejecutar este canto son las mismas dadas para el canto de entrada (cf. n. 48). Al rito para el ofertorio siempre se le puede unir el canto, incluso sin la procesión con los dones.

75. El sacerdote pone el pan y el vino sobre el altar mientras dice las formulas establecidas. El sacerdote puede incensar las ofrendas colocadas sobre el altar y después la cruz y el mismo altar, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso. Después son incensados, sea por el diácono o por otro ministro, el sacerdote, en razón de su sagrado ministerio, y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal.

76. A continuación, el sacerdote se lava las manos en el lado del altar. Con este rito se expresa el deseo de purificación interior.

Es muy aconsejable que el canto esté en concordancia con el rito: presentación de los dones. Si no hay canto, la participación de los fieles en el rito se enriquece con las fórmulas de presentación del pan y el vino dichas en voz alta por el sacerdote. La incensación solemniza el rito. El lavabo no debe omitirse, pues además de su carácter de purificación interior, su manifestación externa ante los fieles tiene un valor higiénico y ejemplar para ellos, sobre todo porque van a recibir luego de manos del sacerdote la comunión, y más para los para los fieles que comulgan en la mano.

Oración sobre las ofrendas

77. Terminada la colocación de las ofrendas y los ritos que la acompañan, se concluye la preparación de los dones con la invitación a orar juntamente con el sacerdote, y con la oración sobre las ofrendas, y así todo queda preparado para la Plegaria eucarística.
En la Misa se dice una sola oración sobre los dones, que termina con la conclusión breve, es decir: Por Jesucristo, nuestro Señor. Pero si en su final se menciona al Hijo, entonces se termina: Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Uniéndose a la oración, el pueblo hace suya la plegaria mediante la aclamación Amén.

El rito de la preparación de los dones, o del ofertorio acaba con una oración, en el que se pide a Dios que los acepte. Se reza con toda la asamblea de pie, donde los fieles se disponen a ofrecerse ellos mismos unidos a Cristo.

Plegaria eucarística

78. Ahora empieza el centro y la cumbre de toda la celebración, a saber, la Plegaria eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de consagración. El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre. El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. La Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con silencio y reverencia.

El corazón de la Liturgia eucarística es la Plegaria que comienza con el diálogo entre el sacerdote y el pueblo previo al prefacio. Es una larga oración presidencial que incluye el relato de la institución, con las mismas palabras de Jesús, que realizan la consagración del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, por la acción del Espíritu Santo. La plegaria la reza el sacerdote sólo en voz clara y serena, dirigiéndose a Dios Padre, mientras el pueblo se une a la oración en silencio, excepto en la aclamación y el Amén final.

79. Los principales elementos de que consta la Plegaria eucarística pueden distinguirse de esta manera:
a) Acción de gracias (que se expresa sobre todo en el prefacio): en la que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, festividad o tiempo litúrgico;
b) Aclamación: toda la asamblea, uniéndose a las jerarquías celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la proclama todo el pueblo con el sacerdote.
c) Epíclesis: la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para salvación de quienes la reciban.
d) Relato de la institución y consagración: con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los Apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio.
e) Anámnesis: la Iglesia, al cumplir este encargo que, a través de los Apóstoles, recibió de Cristo Señor, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y ascensión al cielo.
f) Oblación: la Iglesia, especialmente la reunida aquí y ahora, ofrece en este memorial al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos [CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 48; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 12: A.A.S. 59 (1967), pp. 548-549], y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo en todos [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 48; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 12: A.A.S. 59 (1967), pp. 548-549].
g) Intercesiones: dan a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus fieles, vivos y difuntos, miembros que han sido llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y Sangre de Cristo.
h) Doxología final: expresa la glorificación de Dios, y se concluye y confirma con la aclamación del pueblo Amén.

Rito de la Comunión

80. Ya que la celebración eucarística es un convite pascual, conviene que, según el encargo del Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos por los fieles, debidamente dispuestos, como alimento espiritual. A esto tienden la fracción y los demás ritos preparatorios, que conducen a los fieles a la Comunión.

La Oración dominical

81. En la Oración dominical se pide el pan de cada día, con lo que se evoca, para los cristianos, principalmente el pan eucarístico, y se implora la purificación de los pecados, de modo que, verdaderamente, «las cosas santas se den a los santos». El sacerdote invita a orar, y todos los fieles dicen, a una con el sacerdote, la oración. El sacerdote solo añade el embolismo, y el pueblo lo termina con la doxología. El embolismo, que desarrolla la última petición de la misma Oración dominical, pide para toda la comunidad de los fieles la liberación del poder del mal.
La invitación, la oración misma, el embolismo y la doxología con que el pueblo cierra esta parte, se pronuncian o con canto o en voz alta.

La liturgia eucarística acaba con el rito de la comunión. Desde que finaliza la plegaria eucarística, la Iglesia nos mueve con gestos, cantos y oraciones a prepararnos para recibir al Señor. Empieza con la invitación del sacerdote a cantar o rezar en voz alta la oración dominical. El Padrenuestro es la oración por excelencia y el pan de cada día es en primer lugar la eucaristía.

Rito de la paz

82. Sigue, a continuación, el rito de la paz, con el que la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de comulgar en el Sacramento.
Por lo que se refiere al mismo rito de darse la paz, establezcan las Conferencias de los Obispos el modo más conveniente, según el carácter y las costumbres de cada pueblo. No obstante, conviene que cada uno exprese sobriamente la paz sólo a quienes tiene más cerca.

El gesto de darse la paz - darse la mano en España- es una manifestación de amor al prójimo antes de la comunión, y debe hacerse sobriamente y sólo a los más cercanos.

La fracción del pan

83. El sacerdote parte el pan eucarístico con la ayuda, si procede, del diácono o de un concelebrante. El gesto de la fracción del pan, realizado por Cristo en la última Cena, y que en los tiempos apostólicos fue el que sirvió para denominar la íntegra acción eucarística, significa que los fieles, siendo muchos, en la Comunión de un solo pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo, se hacen un solo cuerpo (1 Co 10, 17). La fracción se inicia tras el intercambio del signo de la paz y se realiza con la debida reverencia, sin alargarla de modo innecesario ni que parezca de una importancia inmoderada. Este rito está reservado al sacerdote y al diácono.
El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El coro o un cantor canta normalmente la súplica Cordero de Dios con la respuesta del pueblo; o lo dicen al menos en voz alta. Esta invocación acompaña a la fracción del pan y, por eso, puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta que concluya el rito. La última vez se concluye con las palabras: danos la paz.

A los Apóstoles y primeros discípulos de Cristo la "fracción del pan" les recordaba el gesto de Jesús en la última cena, y así llamaban a la celebración de la Eucaristía. Este rito de la Misa anterior a la comunión tiene un gran valor de tradición apostólica, y comprende la misma fracción de la Hostia consagrada (una o varias formas grandes, según sea la celebración) por parte del sacerdote celebrante, y al mismo tiempo el sacerdote toma una partícula fraccionada y la deposita en el cáliz, y durante todo este rito se canta, y, si no es posible, se reza el "Cordero de Dios".

Comunión

84. El sacerdote se prepara con una oración en secreto para recibir con fructuosamente el Cuerpo y Sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, orando en silencio. Luego el sacerdote muestra a los fieles el pan eucarístico sobre la patena o sobre el cáliz, y los invita al banquete de Cristo; y, juntamente con los fieles, hace, usando las palabras evangélicas prescritas, un acto de humildad.

85. Es muy de desear que los fieles, como el mismo sacerdote tiene que hacer, participen del Cuerpo del Señor con pan consagrado en esa misma Misa y, en los casos previstos (cf. n. 283), participen del cáliz, de modo que aparezca mejor, por los signos, que la Comunión es una participación en el sacrificio que se está celebrando [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, nn. 31, 32: A.A.S. 59 (1967), pp. 558-559; S. CONGR. PARA LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instr. Inmensae caritatis, del 29 de enero de 1973, n. 2: A.A.S. 65 (1973), pp. 267-268].

Acabada la fracción del pan, el sacerdote reza en secreto una de las oraciones previstas de preparación de la comunión. Después el sacerdote invita a la comunión como está previsto en el Misal y reza con el pueblo: "Señor, no soy digno...". Luego, el sacerdote comulga primero el Cuerpo y después la Sangre de Cristo. A continuación distribuye la comunión. Es mejor consagrar las formas necesarias en la misma Misa para los fieles que participan que participan en ella, que tomarlas del Sagrario. Aunque lógicamente en las misas con mayor asistencia de fieles, a veces no será posible, y tampoco cuando haya que renovar las formas del sagrario. Por último hay que señalar que, en las circunstancias previstas, la comunión bajo las dos especies manifiesta mejor la participación en el sacrificio eucarístico.

86. Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, comienza el canto de Comunión, canto que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes comulgan, demostrar la alegría del corazón y manifestar claramente la índole «comunitaria» de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se administra el Sacramento a los fieles [Cf. S. CONGR. PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO, Instr. Inaestimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 17: A.A.S. 72 (1980), p. 338]. En el caso de que se cante un himno después de la Comunión, el canto de Comunión conclúyase a su tiempo.
Procúrese que también los cantores puedan comulgar cómodamente.

87. Para canto de Comunión se puede emplear o la antífona del Gradual romano, con salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Gradual simple, o algún otro canto adecuado aprobado por la Conferencia de los Obispos. Lo cantan el coro solo o también el coro o un cantor, con el pueblo.
Si no hay canto, la antífona propuesta por el Misal puede ser rezada por los fieles o por algunos de ellos o por un lector o, en último término, la recitará el mismo sacerdote, después de haber comulgado y antes de distribuir la Comunión a los fieles.

El canto de la comunión debe estar entre los aprobados por la Conferencia Episcopal, por ejemplo en España entre los incluidos en el Cantoral Litúrgico Nacional (CLN), pueden ser varios dependiendo de lo que dure la comunión de los fieles. Cuando no hay canto se reza la antífona de la comunión del formulario del día.

88. Cuando se ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un espacio de tiempo en secreto. Si se prefiere, toda la asamblea puede también cantar un salmo o algún otro canto de alabanza o un himno.

89. Para completar la plegaria del pueblo de Dios y concluir todo el rito de la Comunión, el sacerdote pronuncia la oración para después de la Comunión, en la que se ruega por los frutos del misterio celebrado.
En la Misa sólo se dice una oración después de la Comunión, que se termina con la conclusión breve, es decir:
Si se dirige al Padre: Por Jesucristo, nuestro Señor;
Si se dirige al Padre, pero al final menciona al Hijo: Él, que vive y reina por los siglos de los siglos;
Si se dirige al Hijo: Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
El pueblo hace suya esta oración con la aclamación: Amén.

Acabada la comunión de los fieles, se guarda en el sagrario la hostias sobrantes, si las hay. Luego se hacen las purificaciones y abluciones en un lado del altar o en la credencia, a no ser que se hagan al terminar la Misa. Se guarda un rato de silencio o se canta un himno o canto eucarístico, y se concluye el rito con la oración después de la comunión, con la terminación breve.

D) Rito de conclusión

90. Pertenecen al rito de conclusión:
a) Algunos avisos breves, si son necesarios;
b) El saludo y bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se amplía con la oración «sobre el pueblo» o con otra fórmula más solemne;
c) La despedida del pueblo por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a sus honestos quehaceres alabando y bendiciendo a Dios;
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono, y después una inclinación profunda del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

Acabado el rito de la comunión con la oración después de la comunión, comienza el rito de conclusión de la Misa. Es el momento en que el sacerdote, si es necesario, debe aprovechar para dar los avisos que sean necesarios, brevemente. Luego imparte la bendición, que en determinadas celebraciones puede ser más solemne (con la fórmulas previstas de bendición solemne) o, por ejemplo en cuaresma, ampliada con la oración sobre el pueblo. A la despedida se le da cada vez más contenido teológico como envío para la misión de todos los fieles de evangelizar y santificar el mundo con su vida. Por último la procesión final se inicia con el beso del altar y la reverencia al mismo, a no ser que el sagrario presida en la iglesia, pues entonces en vez de reverencia se hace genuflexión al Santísimo.

CAPÍTULO III. OFICIOS Y MINISTERIOS EN LA MISA

91. La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, un pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del Obispo. Por eso, pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta; pero afecta a cada uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y actual participación [ Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 26]. De este modo, el pueblo cristiano, «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido», manifiesta su coherente y jerárquica ordenación [Cf. ibidem n. 14]. Todos, por tanto, ministros ordenados o fieles laicos, al desempeñar su ministerio u oficio, harán todo y sólo aquello que les corresponde [Cf. ibidem, n. 28].

En la Liturgia se manifiesta la estructura jerárquica de la Iglesia, donde se plasman los distintos ministerios u oficios en función de su pertenencia al sacerdocio ministerial o al sacerdocio común de los fieles laicos.

I. OFICIOS DEL ORDEN SAGRADO

92. Toda celebración eucarística legítima es dirigida por el Obispo, ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, nn. 26, 28; Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 42].
Cuando el Obispo está presente en una Misa para la que se ha reunido el pueblo, es muy conveniente que sea él quien celebre la Eucaristía y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes. Esto se hace no para aumentar la solemnidad exterior del rito, sino para significar de una manera más clara el misterio de la Iglesia, «sacramento de unidad»[Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 26].
Pero si el Obispo no celebra la Eucaristía, sino que designa a otro para que lo haga, entonces es conveniente que sea él quien, revestido con el alba y sobre ella la cruz pectoral, la estola y la capa pluvial, presida la liturgia de la palabra y dé la bendición al final de la Misa [Cf. Ceremonial de los Obispos, nn. 175-186].

Cuando el Obispo preside la celebración litúrgica se significa de manera más clara la unidad de la Iglesia.

93. También el presbítero, que en la Iglesia, en virtud de la potestad sagrada del Orden, puede ofrecer el sacrificio, actuando en la persona de Cristo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 28; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 2] preside al pueblo fiel congregado aquí y ahora, dirige su oración, le anuncia el mensaje de salvación, asociando al pueblo en la ofrenda del sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida eterna y participa del mismo con ellos. Por consiguiente, cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, e insinuar a los fieles, en el mismo modo de comportarse y de anunciar las divinas palabras, la presencia viva de Cristo.

El presbítero celebra y preside el sacrificio de la Misa. Su ministerio es un servicio de mediación "in persona Christi" entre los fieles y Dios, que se debe hacer presente y vivo en la celebración eucarística.

94. Después del presbítero el diácono, en virtud de la sagrada ordenación recibida, ocupa el primer lugar entre los que sirven en la celebración eucarística. Ya desde los primeros tiempos apostólicos, la Iglesia tuvo en gran honor el sagrado Orden del diaconado [Cf. PABLO VI, Carta Ap. Sacrum diaconatus Ordinem, del 18 de junio de 1967: A.A.S. 59]. En la Misa, el diácono tiene su cometido propio en la proclamación del Evangelio y, a veces, en la predicación de la palabra de Dios; al enunciar las intenciones en la oración universal; al ayudar al sacerdote en la preparación del altar y sirviendo en la celebración del sacrificio; en distribuir a los fieles la Eucaristía, sobre todo bajo la especie de vino; y en las moniciones sobre posturas y gestos de la asamblea.

El servicio a la celebración litúrgica lo realiza en primer lugar el diácono. Cuando lo hay se significan mejor los ministerios instituidos en la Iglesia. 

II. MINISTERIOS DEL PUEBLO DE DIOS

95. En la celebración de la Misa, los fieles forman la nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real, para dar gracias a Dios y ofrecer no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, la víctima inmaculada, y aprender a ofrecerse a sí mismos [CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 48; S. CONGR. DE RITOS, lnstr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 12: A.A.S. 59 (1967), pp. 548-549]. Procuren, pues, manifestar eso mismo por medio de un profundo sentido religioso y por la caridad hacia los hermanos que toman parte en la misma celebración.
Eviten, por consiguiente, toda apariencia de singularidad o de división, teniendo presente que es uno el Padre común que tienen en el cielo, y que todos, por consiguiente, son hermanos entre sí.

96. Formen, pues, un solo cuerpo, escuchando la palabra de Dios, participando en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y en la común participación en la mesa del Señor. Esta unidad se hace hermosamente visible cuando los fieles observan comunitariamente los mismos gestos y actitudes corporales.

97. No rehúsen los fieles servir al pueblo de Dios con gozo cuando se les pida que desempeñen en la celebración algún determinado ministerio.

Los fieles laicos que asisten a la Misa participan y ejercitan su sacerdocio real en ella: 1) uniéndose a Cristo, sacerdote y demás fieles que asisten en el ofrecimiento al Padre; 2) considerando la Palabra de Dios que se proclama; 3) recibiendo -si es posible- la comunión; 4) cuidando, unidos con todo el pueblo presente, los gestos, palabras y cantos previstos; 5) realizando el ministerio laical encomendado.

III. MINISTERIOS PECULIARES

El ministerio del acólito y del lector instituidos

98. El acólito es instituido para el servicio del altar y como ayudante del sacerdote y del diácono. A él compete principalmente la preparación del altar y de los vasos sagrados, y, si es necesario, distribuir a los fieles la Eucaristía, de la que es ministro extraordinario [Cf. Código de Derecho Canónico, can. 910 § 2; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 8: A.A.S. 89 (1997), p. 871].
En el servicio al altar, el acólito tiene sus funciones propias (cf. nn. 187-193) que debe ejercer por sí mismo.

99. El lector es instituido para proclamar las lecturas de la sagrada Escritura, excepto el Evangelio. Puede también proponer las intenciones de la oración universal, y, a falta de salmista, proclamar el salmo responsorial. El lector tiene un ministerio propio en la celebración eucarística (cf. nn. 194-198), ministerio que debe ejercer por sí mismo.

Con la última reforma conciliar quedan dos ministerios instituidos de las antiguas órdenes menores, que ahora son ministerios laicales: el de acólito -al servicio del altar y la comunión- y el de lector -al servicio de la liturgia de la palabra-.

Otros oficios

100. Si falta un acólito instituido, se pueden designar para el servicio del altar y como ayudante del sacerdote y del diácono, ministros laicos que lleven la cruz, los ciriales, el incensario, el pan, el vino, el agua e incluso pueden recibir la facultad para distribuir, como ministros extraordinarios, la sagrada Comunión [Cf. S. CONGR. PARA LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instr. Inmensae caritatis, del 29 de enero de 1973, n. 1: A.A.S. 65 (1973), pp. 265-266; Código de Derecho Canónico, can. 230 § 3].

101. Si falta un lector instituido, desígnense otros laicos para proclamar las lecturas de la sagrada Escritura, con tal que sean verdaderamente idóneos para desempeñar este oficio y estén esmeradamente formados, de modo que los fieles, al escuchar las lecturas divinas, conciban en su corazón un suave y vivo amor a la sagrada Escritura [CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 24].

Los párrocos y rectores de las iglesias han de procurar que haya fieles laicos que puedan realizar los ministerios laicales al servicio de las celebraciones litúrgicas. En el caso del servicio al altar hay una tradición muy eficaz con los llamados monaguillos que, además, siempre ha sido una escuela de vocaciones sacerdotales. En cuanto a los lectores, es importante que sean personas idóneas, y que se preparen y ensayen adecuadamente.

102. Al salmista corresponde proclamar el salmo u otro canto bíblico interleccional. Para cumplir bien con este oficio, es preciso que el salmista posea el arte de salmodiar y tenga dotes de buena dicción y clara pronunciación.

103. Entre los fieles, la schola o coro ejerce un oficio litúrgico propio y les corresponde ocuparse de la debida ejecución de las partes reservadas a ellos, según los diversos géneros del canto, y favorecer la activa participación de los fieles en el mismo [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 19: A.A..S. 59 (1967), p. 306]. Y lo que se dice de los cantores vale también, salvadas las diferencias, para los otros músicos, sobre todo para el organista.

104. Es conveniente que haya un cantor o un director de coro, que se encargue de dirigir y mantener el canto del pueblo. Más aún, cuando falta la schola, corresponderá a un cantor dirigir los diversos cantos, participando el pueblo en aquello que le corresponde [Cf. ibidem, n. 21: A.A.S. 59 (1967), pp. 306-307].

El canto en la Liturgia favorece la oración y la participación activa de los fieles, y forma parte del "ars celebrandi". Pienso que es de vital importancia que se prepare todo con esmero, cuidando la selección de cantos y cantores que favorezcan el clima de oración y, al mismo tiempo, todos los fieles puedan participar. El canto litúrgico en la celebración es distinto de un concierto, ni es algo exclusivo de especialistas.

105. Ejercen también un oficio litúrgico:
a) El sacristán, que ha de preparar con esmero los libros litúrgicos, los ornamentos y demás cosas necesarias para la celebración de la Misa.
b) El comentarista, que hace brevemente las explicaciones y avisos a los fieles, para introducirlos en la celebración y disponerlos a entenderla mejor. Conviene que lleve bien preparados sus comentarios claros y sobrios. En el cumplimiento de su oficio, el comentarista ocupe un lugar adecuado ante los fieles, pero no el ambón.
c) Los que hacen las colectas en la iglesia.
d) Existen también, en algunas regiones, los encargados de recibir a los fieles a la puerta de la iglesia, acomodarlos en los puestos que les corresponden y ordenar las procesiones.

106. Conviene que en las catedrales y en las iglesias mayores, haya al menos un ministro competente o maestro de ceremonias, designado para la preparación adecuada de las acciones sagradas y para que los ministros sagrados y los fieles laicos las ejecuten con decoro, orden y piedad.

107. Los ministerios litúrgicos que no son propios del sacerdote ni del diácono y de los que se trata anteriormente (nn. 100-106) podrán también confiarse a laicos idóneos elegidos por el párroco o el rector de la iglesia [Cf. PONT. CONS. PARA LA INTERPRETACIÓN AUTÉNTICA DE LOS TEXTOS LEGISLATIVOS, respuesta a una duda acerca del can. 230 § 2: A.A.S. 86 (1994), p. 541], mediante una bendición litúrgica o una designación temporal. Por lo que se refiere al oficio de servir al sacerdote en el altar, obsérvense las normas del Obispo para su diócesis.

Las celebraciones litúrgicas, para su correcta celebración, requieren de distintos ministerios que realizan laicos idóneos, bajo la supervisión del párroco o el rector de la iglesia o el maestro de ceremonias de la celebración. Un buen sacristán o conserje experimentado es una gran ayuda para que no haya improvisaciones o imprevistos. Es importante que se organice todo con detalle, escogiendo las personas mejor dotadas para cada oficio.

IV. LA DISTRIBUCIÓN DE LOS OFICIOS Y LA PREPARACIÓN DE LA CELEBRACIÓN

108. Un solo sacerdote debe ejercer siempre el ministerio presidencial en todas sus partes, exceptuadas las que son propias de aquella Misa en la que participa el Obispo (cf. n. 92).
109. Si están presentes varios que pueden ejercer un mismo ministerio, nada impide el que se distribuyan entre sí las diversas partes del mismo; por ejemplo, un diácono puede encargarse de las partes cantadas y otro del ministerio del altar; si hay varias lecturas, conviene distribuirlas entre diversos lectores; y así en lo demás. Pero en ningún caso puede repartirse entre varios un mismo elemento de la celebración; por ejemplo que una misma lectura sea leída por dos, uno después de otro, salvo que se trate de la Pasión del Señor.

110. Si en la Misa celebrada con el pueblo sólo asiste un ayudante, éste ejerza los diversos oficios.

111. La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo concorde y diligente según el Misal y los otros libros litúrgicos entre todos aquellos a quienes atañe, tanto en lo que se refiere al rito como al aspecto pastoral y musical, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oído también el parecer de los fieles en lo que a ellos directamente les atañe. Pero el sacerdote que preside la celebración tiene siempre el derecho de disponer lo que concierne a sus competencias [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 22].