domingo, 7 de febrero de 2016

Ordenación General del Misal Romano n. 273-385.

De la Ordenación General del Misal Romano

ALGUNAS NORMAS GENERALES PARA CUALQUIER FORMA DE MISA

Veneración al altar y al Evangeliario

273. Según la costumbre tradicional, la veneración del altar y del Evangeliario se expresa con el beso. Sin embargo, donde este signo no concuerda plenamente con las tradiciones culturales de alguna región, corresponde a la Conferencia de los Obispos determinar otro en su lugar, con el asentimiento de la Sede Apostólica.

El beso en la liturgia -como signo de veneración- se hace a lo que significa a Jesucristo, por eso se hace al altar, al principio y al final de la Misa, y al Evangelio, después de su proclamación.

274. La genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta el suelo, es un signo de adoración; por eso, se reserva al Santísimo Sacramento, y a la santa Cruz, desde la adoración solemne en la Acción litúrgica del Viernes en la Pasión del Señor, hasta el inicio de la Vigilia pascual.
En la Misa el sacerdote celebrante hace tres genuflexiones: después de la ostensión del pan consagrado, después de la ostensión del cáliz y antes de la Comunión. Las peculiaridades que se deben observar en la Misa concelebrada se señalan en su lugar correspondiente (cf. nn. 210-251).
Pero si el sagrario con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio, el sacerdote, el diácono y los demás ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y se retiran de él, pero no durante la celebración de la Misa. Por el contrario, todos hacen genuflexión cuando pasan por delante del Santísimo Sacramento, salvo que lo hagan procesionalmente.
Los ministros que llevan la cruz procesional o los ciriales, en lugar de genuflexión, hacen inclinación de cabeza.

El signo litúrgico de adoración a la Eucaristía, por excelencia, es la genuflexión. Cuando el sagrario con la reserva eucarística está en el lugar central de la iglesia al empezar la Misa, al subir al presbiterio, y antes de bajar, al final de la Misa, el celebrante y sus ministros hacen genuflexión. También la hace 3 veces el celebrante, cuando está prescrito, durante la celebración. Los fieles hacen siempre genuflexión al pasar frente al sagrario que contiene la Eucaristía, excepto cuando se acercan procesionalmente para recibir la comunión, o en el caso de que haya procesión de las ofrendas.

275. Por medio de la inclinación se expresa la reverencia y el honor que se tributa a las personas o a sus signos. Hay dos clases de inclinación: de cabeza y de cuerpo:
a) La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran las tres Personas Divinas a la vez, a los nombres de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa;
b) La inclinación de cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar; a las oraciones: Purifica mi corazón, y Acepta, Señor, nuestro corazón contrito; en el Símbolo, a las palabras Y por obra del Espíritu Santo, o que fue concebido; en el Canon romano, al decir la oración Te pedimos humildemente. La misma inclinación hace el diácono cuando pide la bendición antes de proclamar el Evangelio. El sacerdote se inclina además un poco cuando, durante la consagración, pronuncia las palabras del Señor.

La inclinación de cabeza se hace inclinando el cuello desde los hombros, y la inclinación del cuerpo inclinando el tronco desde la cintura. La inclinación profunda se hace ante Dios invisible, a veces significado, por ejemplo, en el altar o el celebrante principal.

Incensación

276. La incensación expresa la reverencia y la oración, como se significa en la Sagrada Escritura (cf. Sal 140, 2; Ap 8, 3).
El incienso puede libremente usarse en cualquier forma de Misa:
a) Durante la procesión de entrada;
b) Al comienzo de la Misa, para incensar la cruz y el altar;
c) Para la procesión y proclamación del Evangelio;
d) Cuando ya están colocados sobre el altar el pan y cáliz, para incensar las ofrendas, la cruz y el altar, el sacerdote y el pueblo;
e) En la ostensión de la hostia y del cáliz después de la consagración.

277. Cuando el sacerdote pone el incienso en el turíbulo, lo bendice con la señal de la cruz, sin decir nada.
Antes y después de la incensación se hace una profunda inclinación a la persona o al objeto que se inciensa, a excepción del altar y los dones para el sacrificio de la Misa.
Se inciensan con tres movimientos dobles del turíbulo: el Santísimo Sacramento, las reliquias de la santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas a la veneración pública, los dones para el sacrificio de la Misa, la cruz del altar, el Evangeliario, el cirio pascual, el sacerdote y el pueblo.
Se inciensan con dos movimientos dobles del turíbulo las reliquias e imágenes expuestas a la veneración pública y sólo al principio de la celebración, después de incensar el altar.
La incensación del altar se hace con sencillos balanceos de este modo:
a) Si el altar está separado de la pared, el sacerdote lo inciensa rodeándolo;
b) Pero si el altar no está separado de la pared, el sacerdote, mientras pasa, inciensa primero la parte derecha, luego la parte izquierda del altar. Si la cruz está sobre el altar o junto a él, se inciensa antes que el mismo altar. En otro caso, el sacerdote la incensará cuando pase ante ella.
El sacerdote inciensa los dones con tres movimientos dobles de turíbulo, antes de incensar la cruz y el altar, o bien haciendo la señal de la cruz con el incensario sobre los dones.

El modo de la incensación depende si lo que se inciensa es la presencia de Cristo en la Eucaristía o hace referencia a Cristo (3 veces); o, si, en cambio, hace referencia a los santos (2 veces).

Las purificaciones

278. Siempre que algún fragmento del pan consagrado quede adherido a los dedos, sobre todo después de la fracción o de la Comunión de los fieles, el sacerdote debe limpiar los dedos sobre la patena y, si es necesario, lavarlos. De modo semejante, si quedan fragmentos fuera de la patena, los recoge.

279. Los vasos sagrados los purifica el sacerdote, el diácono o el acólito instituido, después de la Comunión o después de la Misa, siempre que sea posible en la credencia. La purificación del cáliz se hace con agua o con agua y vino, que sumirá el mismo que purifica. La patena se limpia, de ordinario, con el purificador.
Cuídese de que la Sangre de Cristo que pueda quedar después de haber distribuido la Comunión se tome al instante e íntegramente en el altar.

280. Si el pan consagrado o alguna partícula del mismo llega a caerse, se recogerá con reverencia. Si se derrama algo de la Sangre del Señor, el sitio en que haya caído, lávese con agua y luego échese esta agua en la piscina situada en la sacristía.

La Iglesia siempre ha tratado con máxima reverencia los fragmentos o restos de las especies sacramentales, donde se encuentra Cristo. Se llama purificación a la manera de modificar los restos de las especies sacramentales, mediante la ablución de agua, de tal manera que al haber ligado Jesucristo su presencia a las especies de pan y de vino, al dejar de ser dichas especies, ya no hay presencia sacramental del Señor. Estas purificaciones se hacen al acabar la distribución de la comunión eucarística, o inmediatamente al acabar la Misa, por el sacerdote o un ministro autorizado. 

Comunión bajo las dos especies

281. La sagrada Comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. En esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico, y se expresa más claramente la voluntad divina con que se ratifica en la Sangre del Señor la Alianza nueva y eterna, y se ve mejor la relación entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del Padre [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 32: A.A.S. 59 (1967), p. 558].

El Señor consagró la Eucaristía bajo las dos especies, y así la dio a los apóstoles: "Tomad y comed..., Tomad y bebed...". La comunión bajo las dos especies es una expresión más plena del signo sacramental.

282. Procuren los sagrados pastores recordar a los fieles que participan en el rito o intervienen en él, y del modo mejor posible, la doctrina católica sobre esta forma de la sagrada Comunión, según el Concilio Ecuménico de Trento. Adviertan, en primer lugar, a los fieles como la fe católica enseña que, aun bajo una cualquiera de las dos especies, está Cristo entero, y que se recibe un verdadero Sacramento, y que, por consiguiente, en lo que respecta a los frutos de la Comunión, no se priva de ninguna de las gracias necesarias para la salvación al que sólo recibe una especie [Cf. CONC. ECUM. DE TRENTO, Sesión XXI, del 16 de julio de 1562, Decreto sobre la Comunión eucarística, cap. 1-3: DS 1725-1729].
Enseñen, además, que la Iglesia tiene poder, en lo que corresponde a la administración de los Sacramentos, de determinar o cambiar, dejando siempre intacta su sustancia, lo que considera más oportuno para ayudar a los fieles en su veneración y en la utilidad de quien los recibe, según la variedad de circunstancias, tiempos y lugares [Cf. ibidem, cap. 2: DS 1728]. Y adviértaseles al mismo tiempo que se interesen en participar con el mayor empeño en el sagrado rito, en la forma en que más plenamente brilla el signo del banquete eucarístico.

La comunión bajo una sola de las especies, normalmente la del pan (excepto en el caso de los celíacos), no priva a los fieles de las gracias del sacramento. La Iglesia es la que establece, con la autoridad recibida del Señor, el modo más adecuado de comulgar, según las circunstancias. 

283. Se permite la Comunión bajo las dos especies, además de los casos expuestos en los libros rituales:
a) A los sacerdotes que no pueden celebrar o concelebrar la Eucaristía;
b) Al diácono y a los demás que cumplen algún oficio en la Misa;
c) A los miembros de las comunidades en la Misa conventual o en aquella que se llama «de comunidad», a los alumnos de los seminarios, a todos los que se hallan realizando ejercicios espirituales o participan en alguna reunión espiritual o pastoral.
El Obispo diocesano puede establecer normas para su diócesis sobre la Comunión bajo las dos especies, que habrán de observarse también en las iglesias de religiosos y en las pequeñas comunidades. Se concede al mismo Obispo la facultad de permitir la Comunión bajo las dos especies cada vez que al sacerdote, a quien se le ha confiado una comunidad como su pastor propio, le parezca oportuno, siempre que los fieles hayan sido bien instruidos y se excluya todo peligro de profanación del Sacramento, o de que el rito resulte más complejo debido al número elevado de los participantes u otra causa.
Las Conferencias de los Obispos pueden dictar normas, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, sobre el modo de distribuir la Comunión a los fieles bajo las dos especies y sobre la extensión de la facultad.

Parece claro que la distribución de la comunión bajo las dos especies requiere: 1) una debida instrucción sobre la doctrina eucarística; 2) que no haya peligro de profanación en el modo de distribuirla; 3) el número de fieles a los que se distribuya no sea excesivo.

284. Cuando se distribuye la Comunión bajo las dos especies:
a) El diácono ayuda, de ordinario, con el cáliz, o, en caso de no haber un diácono, ayuda un presbítero; también puede ayudar el acólito instituido u otro ministro extraordinario de la sagrada Comunión; o un fiel a quien, en caso de necesidad, se le encomienda ese oficio para esa determinada ocasión;
b) Lo que pueda quedar de la Sangre de Cristo lo sume el sacerdote en el altar, o el diácono, o el acólito instituido que ha asistido con el cáliz, y luego purifica los vasos sagrados, los seca y los recoja como de costumbre.
A los fieles que tal vez desean comulgar sólo con la especie de pan, se les administra la sagrada Comunión de esa forma.

285. Para distribuir la Comunión bajo las dos especies, prepárese:
a) Si la Comunión del cáliz se va a hacer bebiendo directamente del cáliz, o bien uno de tamaño suficiente, o varios, previendo siempre que no quede una excesiva cantidad de Sangre de Cristo que haya de tomarse al final de la celebración;
b) Si se hace por intinción, téngase cuidado de que las hostias no sean ni demasiado delgadas ni demasiado pequeñas, sino un poco más gruesas de lo acostumbrado, para que se puedan distribuir fácilmente cuando se han mojado parcialmente en la Sangre del Señor.

286. Si la Comunión del Sanguis se hace bebiendo del cáliz, el que comulga, después de recibir el Cuerpo de Cristo, se sitúa de pie frente al ministro del cáliz. El ministro dice La Sangre de Cristo, y el que va a comulgar responde Amén. El ministro le da el cáliz y el que va a comulgar lo lleva con sus manos a los labios, sume un poco del cáliz, se lo devuelve al ministro, y se retira; el ministro limpia con el purificador el borde del cáliz.

287. Si la Comunión del cáliz se hace por intinción, el que va a comulgar, sujetando la bandeja debajo de la barbilla, accede al sacerdote que sostiene el copón o patena con las sagradas partículas y a cuyo lado permanece un ministro que sostiene el cáliz. El sacerdote toma la sagrada hostia, la moja parcialmente en el cáliz y mostrándola dice El Cuerpo y la Sangre de Cristo; el que va a comulgar responde Amén, recibe en la boca el Sacramento de manos del sacerdote y después se retira.

CAPÍTULO V. DISPOSICIÓN Y ORNATO DE LAS IGLESIAS PARA LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA. I. PRINCIPIOS GENERALES

288. Para la celebración de la Eucaristía el pueblo de Dios se congrega generalmente en la iglesia, o cuando no la hay o resulta insuficiente, en algún lugar honesto que sea digno de tan gran misterio. Las iglesias, por consiguiente, o los demás lugares, sean aptos para la realización de la acción sagrada y para que se obtenga una activa participación de los fieles. Además, los edificios sagrados y los objetos que pertenecen al culto divino sean, en verdad, dignos y bellos, signos y símbolos de las realidades celestiales [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 122-124; Decr. sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 90: A.A.S. 56 (1964), p. 897; Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 24: A.A.S. 59 (1967), p. 554; Código de Derecho Canónico, can. 932 § 1].

El lugar para la celebración de la Misa es ordinariamente la Iglesia. Si fuera otro lugar, tiene que estar acorde con la dignidad de la celebración. El lugar de la celebración es símbolo del Cielo, lugar donde habita Dios, digno de la presencia del Cordero inmaculado, y con las condiciones necesarias para que los fieles participen activamente de la Liturgia divina.

289. De ahí que la Iglesia busque siempre el noble servicio de las artes, y acepte toda clase de expresiones artísticas de los diversos pueblos y regiones[Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 123]. Más aún, así como se esfuerza por conservar las obras de arte y los tesoros elaborados en siglos pretéritos [S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 24: A.A.S. 59 (1967), p. 554], y, en cuanto es necesario, adaptarlos a las nuevas necesidades, trata también de promover las nuevas formas de arte adaptadas a cada tiempo [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 123, 129; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 septembris 1964, n. 13 e: A.A.S. 56 (1964), p. 880].
Por eso, al impartir una formación a los artistas y al elegir las obras destinadas a las iglesias, búsquese un auténtico valor artístico que sirva de alimento a la fe y a la piedad y responda auténticamente al significado y fines para los que se destina [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 123].

El lugar y los objetos relacionados con la celebración eucarística han de estar enmarcados en el "ars celebrandi", han de tener un valor artístico al servicio de la fe y la piedad de los fieles, para favorecer su participación activa en la Liturgia.

290. Todas las iglesias han de ser dedicadas, o, al menos, bendecidas. Pero las catedrales y las iglesias parroquiales han de ser dedicadas con rito solemne.

291. Para la construcción, reconstrucción y adaptación de los edificios sagrados, los interesados en ello consulten a la Comisión diocesana de sagrada Liturgia y de Arte sacro. El Obispo diocesano sírvase del consejo y ayuda de esa Comisión, siempre que se trate de dar normas en este campo o de aprobar los planos de nuevos edificios o de dar un parecer sobre cuestiones de una cierta importancia [ Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 126; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 91: A.A.S. 56 (1964), p. 898].

El rito de la dedicación hace del la construcción un signo permanente de la Iglesia, templo de Dios. Es lógico que el proyecto, construcción o reforma de una iglesia requiera de un profundo estudio y seguimiento por parte de los organismos diocesanos competentes.

292. El ornato de la iglesia ha de contribuir a su noble sencillez más que al esplendor fastuoso. En la selección de los elementos ornamentales se ha de procurar la verdad de las cosas, buscando que contribuya a la formación de los fieles y a la dignidad de todo el lugar sagrado.

293. Para que la idónea disposición de la iglesia y sus lugares adyacentes responda a las necesidades de nuestro tiempo, se requiere que se preste atención no sólo a lo que más directamente atañe a las celebraciones sagradas, sino que se prevea también lo que tiende a una conveniente comodidad de los fieles y a todo aquello que se suele prever habitualmente en los lugares donde el pueblo se congrega.

Sencillez, reflejo de la verdad, catequesis, dignidad, son los elementos claves que debe reflejar el lugar donde se celebra la Eucaristía. Al mismo tiempo se señala el cuidado de todos los elementos humanos y técnicos necesarios para que el lugar sea habitable, seguro y que facilite la participación activa de los fieles

294. El pueblo de Dios, que se congrega para la Misa, lleva en sí una coherente y jerárquica ordenación, que se expresa en la diversidad de ministerios y de acción, mientras se desarrollan las diversas partes de la celebración. Por consiguiente, la disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reunida, que facilite un proporcionado orden de todas sus partes y que favorezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios.
Los fieles y la schola ocuparán, por consiguiente, el lugar que pueda hacer más fácil su activa participación [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, nn. 97-98: A.A.S. 56 (1964), p. 899].
El sacerdote celebrante, el diácono y los demás ministros ocuparán un lugar en el presbiterio. Allí mismo se colocarán los asientos de los concelebrantes; si su número es elevado, las sillas se dispondrán en otra parte de la iglesia, pero cerca del altar.
Todo esto, que debe poner de relieve la disposición jerárquica y la diversidad de ministerios, debe también constituir una unidad íntima y coherente, a través de la cual se vea con claridad la unidad de todo el pueblo santo. La estructura y belleza del lugar y de todos los utensilios sagrados fomenten la piedad y manifiesten la santidad de los misterios que se celebran.

La iglesia tiene que distribuirse en dos zonas muy claras: presbiterio -más elevado- y nave. En el presbiterio están el sacerdote -o sacerdotes en la concelebración- y los ministros; en la nave los demás fieles. El coro debe estar en un lugar apropiado para poder realizar bien su tarea. Todos los demás objetos deben ser acordes con la santidad del lugar, o de su función.

II. DISPOSICIÓN DEL PRESBITERIO PARA LA CELEBRACIÓN SAGRADA

295. El presbiterio es el lugar donde está el altar, se proclama la palabra de Dios y el sacerdote, el diácono y los demás ministros ejercen su oficio. Se diferencia oportunamente con respecto a la nave de la iglesia, bien por una cierta elevación, bien por una estructura y ornato peculiar. Sea de tal capacidad que pueda cómodamente desarrollarse y verse la celebración de la Eucaristía [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 9 1: A.A.S. 56 (1964), p. 898].

En el presbiterio está el altar -centro de la liturgia eucarística-, el ambón -centro de la liturgia de la palabra-, la sede -lugar del sacerdote celebrante en los ritos iniciales y de conclusión, y desde donde escucha la palabra de Dios, a no se que él mismo la proclame-. En el presbiterio están y actúan el sacerdote y sus ministros, salvo en la distribución de la comunión, si hay que hacerla en la nave. Por esto, el presbiterio ha de ser visible al resto de la asamblea de los fieles congregada para la celebración eucarística.

El altar y su ornato

296. El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es, además, la mesa del Señor, para cuya participación es convocado en la Misa el pueblo de Dios; es también el centro de la acción de gracias que se realiza en la Eucaristía.
297. La celebración de la Eucaristía en lugar sagrado debe realizarse sobre un altar; fuera del lugar sagrado, puede también celebrarse sobre una mesa idónea, empleando siempre el mantel, el corporal, la cruz y los candeleros.
298. Es conveniente que en toda iglesia haya un altar fijo, que significa de modo claro y permanente a Cristo Jesús, Piedra viva (1 P 2, 4; cf. Ef 2, 20); el altar puede ser móvil en los demás lugares dedicados a las celebraciones sagradas. Un altar se llama fijo cuando está construido sobre el pavimento de manera que no se pueda mover; móvil, si se puede trasladar.

El altar es signo de Jesucristo, y el lugar central de la liturgia eucarística, en torno al cual se reúnen los fieles para la celebración de la Misa. En el templo sagrado ocupa el lugar primordial, inamovible, y visible para todos los fieles que participan en la acción litúrgica, revestido dignamente por, al menos, un mantel, sobre el que, en la liturgia eucarística se coloca el corporal. Sobre el altar (o junto a él) se coloca la cruz, y los candeleros: 2 en las celebraciones diarias, y 4 o 6 en las fiestas y solemnidades.

299. El altar se ha de construir separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y celebrar de cara al pueblo, que es lo mejor, donde sea posible. Ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles [Cf. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 91: A.A.S. 56 (1964), p. 898]. De ordinario será fijo y dedicado.

300. Tanto el altar fijo como el móvil se dedican según el rito que figura en el Pontifical romano; el altar móvil puede sólo bendecirse.

301. Según la costumbre tradicional de la Iglesia y su significado, la mesa del altar fijo sea de piedra; en concreto, de piedra natural. Con todo, puede también emplearse otro material digno, sólido y bien trabajado, a juicio de la Conferencia de los Obispos. Los pies o el basamento de la mesa pueden ser de cualquier materia, con tal que sea digna y sólida.
El altar móvil puede construirse con cualquier clase de materiales, nobles y sólidos, que sirvan para el uso litúrgico, según las diversas tradiciones y costumbres de los pueblos.

Parece claro que el modelo de altar que se tiene presente es el de las basílicas romanas: altar central, en un presbiterio elevado, fijo, de piedra, donde se pueda celebrar cara al pueblo, al que converja la mirada de los fieles, y que ha de estar dedicado.

302. Es oportuno conservar el uso de poner bajo el altar que se va a dedicar reliquias de Santos, aunque no sean Mártires. Cuídese, con todo, de que conste con certeza la autenticidad de tales reliquias.

303. Cuando se construya una iglesia nueva, conviene erigir un único altar, que signifique ante la asamblea de los fieles al único Cristo y a la única Eucaristía de la Iglesia.
En las iglesias ya construidas, cuando el antiguo altar está colocado de tal modo que haga difícil la participación del pueblo y no pueda trasladarse sin detrimento de su valor artístico, constrúyase otro altar fijo, artísticamente confeccionado y que se ha de dedicar debidamente, y las acciones sagradas se realizarán exclusivamente sobre él. Para que la atención de los fieles no se aparte del altar nuevo, el antiguo no recibirá un especial ornato.

Respecto a colocación de las reliquias junto al altar, se extienden a todo tipo de santos, y no sólo mártires, siempre que conste la auténtica. Al mismo tiempo se señala la importancia del altar más apto para la celebración, por encima de otros altares que pueda haber en la iglesia.

304. Por reverencia a la celebración del memorial del Señor y al banquete en que se distribuye el Cuerpo y Sangre del Señor, póngase sobre el altar en el que se celebra por lo menos un mantel de color blanco, que, en forma, medida y ornamentación, cuadre bien con la estructura del mismo altar.

305. En la ornamentación del altar se guardará moderación.
Durante el Adviento adornen las flores el altar con la moderación que conviene a la índole de este tiempo, sin alcanzar la plenitud de alegría característica del Nacimiento del Señor. Se prohíbe adornar el altar con flores durante el tiempo de Cuaresma. Se exceptúa el domingo Laetáre (domingo IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas.
El empleo de las flores como adorno para el altar ha de ser siempre moderado y se colocarán, más que sobre la mesa del altar, en torno a él.

Cuando se dice "por lo menos" quiere decir que pueden ser varios. Es frecuente que se coloque sobre la mesa del altar uno corto que cubre sólo la mesa, y encima otro largo, cuyos extremos caen a los lados hasta casi tocar el suelo, estos extremos suelen estar bordados con frases o motivos eucarísticos, bíblicos o litúrgicos y que se suele cambiar, según las celebraciones. Sobre este mantel se coloca, cuando no hay celebraciones, un cubremantel, para evitar que se ensucie. Respecto a las flores se recomienda un uso moderado como adorno (y se prohíbe en Cuaresma), aunque las flores pueden ser ofrenda, además de adorno.

306. Sobre la mesa del altar se puede poner tan sólo aquello que se requiere para la celebración de la Misa, es decir, el Evangeliario desde el inicio de la celebración hasta la proclamación del Evangelio; y desde la presentación de los dones hasta la purificación de los vasos, el cáliz, con la patena, la píxide, en caso de que sea necesario, y el corporal, el purificador, la palia y el misal.
Colóquese también de un modo discreto lo que pueda ser necesario para amplificar la voz del sacerdote. 

307. Los candeleros, que en cada acción litúrgica se requieren como expresión de veneración o de celebración festiva (cf. n. 117), colóquense en la forma más conveniente, o sobre el altar o alrededor de él o cerca del mismo, teniendo en cuenta la estructura del altar y del presbiterio, de modo que todo forme una armónica unidad y no impida a los fieles ver fácilmente lo que sobre el altar se hace o se coloca.

308. También sobre el altar o junto a él debe haber una cruz, con la imagen de Cristo crucificado, de modo que resulte bien visible para el pueblo congregado. Conviene que esa cruz permanezca junto al altar también en los momentos en que no se celebran acciones litúrgicas, con el fin de traer a la mente de los fieles el recuerdo de la pasión salvífica del Señor.

Hay que observar que, cuando no hay acólito o monaguillo, es mejor colocar una mesa credencia cerca del altar los vasos sagrados, vinageras y lavabo, de tal manera que el sacerdote pueda colocarlos en el altar sin largos desplazamientos. Esa mesa credencia parece mejor solución que poner todos esos objetos sobre el altar desde el principio de la Misa, o al final de ella. Los candeleros sobre el altar, si no son muy aparatosos, dejan normalmente ver a los fieles lo que se hace en el altar. También parece muy conveniente que se coloque una cruz sobre el altar (cfr. Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice).

El ambón

309. La dignidad de la palabra de Dios exige que en la iglesia haya un lugar adecuado para su proclamación, hacia el que, durante la liturgia de la palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 96: A.A.S. 56 (1964), p. 899].
Conviene que en general este lugar sea un ambón estable, no un facistol portátil. El ambón, según la estructura de cada iglesia, debe estar colocado de tal modo que permita al pueblo ver y oír bien a los ministros ordenados y a los lectores.
Desde el ambón únicamente se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden también hacerse desde él la homilía y las intenciones de la oración universal. La dignidad del ambón exige que a él sólo suba el ministro de la palabra.
Conviene que el ambón nuevo sea bendecido, antes de ser destinado al uso litúrgico, según el Ritual romano [Cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición con ocasión de la inauguración de un nuevo ambón, nn. 900-918 [ed. española, nn. 1002-1021].

El lugar propio de la liturgia de la palabra es el ambón, que es un elemento fijo en la iglesia, y que no debe ser usado para otros fines, de la misma manera que el altar.

La sede para el sacerdote celebrante y otros asientos

310. La sede del sacerdote celebrante debe significar su oficio de presidir la asamblea y dirigir la oración. Por consiguiente, su puesto más apropiado será de cara al pueblo al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio o alguna otra circunstancia lo impida; por ejemplo, si, a causa de la excesiva distancia, resulta difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada o si el sagrario ocupa un lugar central detrás del altar. Evítese toda apariencia de trono [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 92: A.A.S. 56 (1964), p. 898]. Es conveniente que la sede, antes de recibir su destino litúrgico, se bendiga según el Ritual romano [Cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición con ocasión de la inauguración de una cátedra o sede presidencial, nn. 880-899 [ed. española, nn. 978-1001]].
En el presbiterio se colocan las sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros que, revestidos de hábito coral, se hallan presentes en la concelebración, pero no concelebran.
El asiento del diácono se sitúa cerca de la sede del celebrante. Los asientos para los otros ministros se disponen de modo que se distingan de las sillas del clero y les permitan cumplir con facilidad el oficio que se les ha confiado [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Inter Œcumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 92: A.A.S. 56 (1964), p. 898].

El lugar de la sede parece claro que es distinto e inconfundible con el altar, el ambón y el sagrario. Al mismo tiempo ha de ser visible y cara al pueblo, que no tenga apariencia de trono, y ha de bendecirse. Por tanto ha de tener ese uso exclusivo, reservado al sacerdote celebrante principal de la acción litúrgica. Hay que distinguir los asientos de concelebrantes, o de los sacerdotes que asisten, situados todos ellos en el presbiterio (y el del diácono, junto a la sede), de los asientos que ocupan los demás ministros. 

III. DISPOSICIÓN DE LA IGLESIA

El lugar de los fieles

311. Esté bien estudiado el lugar reservado a los fieles, de modo que les permita participar con la vista y con el espíritu en las sagradas celebraciones. En general, es conveniente que se dispongan para su uso bancos o sillas. Sin embargo, la costumbre de reservar asientos a personas privadas debe reprobarse [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 32]. La disposición de bancos y sillas, sobre todo en las iglesias recientes, sea tal que los fieles puedan adoptar las distintas posturas recomendadas para los diversos momentos de la celebración y puedan acercarse con facilidad a recibir la sagrada Comunión.
Procúrese que los fieles no sólo puedan ver al sacerdote, al diácono y a los lectores, sino que, valiéndose de los modernos instrumentos técnicos, dispongan de una perfecta audición.

Una nave orientada hacia el presbiterio, donde los fieles tengan una buena visibilidad del mismo, con bancos con reclinatorio, y una buena megafonía, facilita la participación de todos.

El lugar de la schola y de los instrumentos musicales

312. Los cantores, según la disposición de cada iglesia, se colocan donde más claramente se vea lo que son en realidad, a saber, parte de la comunidad de los fieles y que en ella tienen un oficio particular; donde al mismo tiempo sea más fácil el desempeño de su función litúrgica; facilítesele a cada uno de los miembros de la schola la plena participación sacramental en la Misa [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 23: A.A.S. 59 (1967), p. 307].

313. El órgano y los demás instrumentos musicales legítimamente aprobados estén en su propio lugar, es decir, donde puedan ayudar a cantores y pueblo, y donde, cuando intervienen solos, puedan ser bien oídos por todos. Es conveniente que el órgano sea bendecido según el Ritual romano antes de su destino para el uso litúrgico [Cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición del órgano, nn. 1052-1067 [ed. española, nn. 1163-1179]].
Durante el tiempo de Adviento, el órgano y los demás instrumentos musicales se emplean con la moderación que conviene la naturaleza de este tiempo, sin anticipar el pleno gozo de la Natividad del Señor.
Durante el tiempo de Cuaresma se permite el uso del órgano y de los demás instrumentos musicales sólo para sostener el canto. Se exceptúan el domingo Laetáre (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas.

El coro es grupo de fieles que participan plenamente de la acción litúrgica, y que tienen un ministerio propio y, por lo tanto, su lugar es el de los fieles, pero también desde donde puedan ejercitar bien su función. Los instrumentos musicales estarán donde esté el coro, para coordinar bien los cantos con la música. Es muy recomendable que esté cerca del órgano, donde lo haya.

El lugar de la reserva de la Santísima Eucaristía

314. Según la estructura de cada iglesia y las costumbres legítimas de cada lugar, el Santísimo Sacramento se reserva en el sagrario, en una parte de la iglesia muy digna, distinguida, visible, bien adornada y apta para la oración [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 54: A.A S. 59 (1967), p. 568; Instr. Inter Œcumenici, del 26 septiembre de 1964, n. 95: A.A.S. 56 (1964), p. 898].
El sagrario habitualmente ha de ser único, inamovible, de material sólido, e inviolable, no transparente, y cerrado de manera que se evite al máximo el peligro de profanación [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 52: A.A.S. 59 (1967), p. 568; Instr. Inter Œcumenici, del 26 septiembre de 1964, n. 95: A.A.S. 56 (1964), p. 898; S. CONGR. DE SACRAMENTOS, Instr. Nullo umquam tempore, del 28 mayo de 1938, n. 4: A.A.S. 30 (1938), pp. 199-200; RITUAL ROMANO, Ritual de la sagrada Comunión y del culto eucarístico fuera de la Misa, edición típica 1973, nn. 10-11; Código de Derecho Canónico, can. 938 § 3]. Es conveniente, además, que sea bendecido antes de su destino para el uso litúrgico, según el Ritual romano [Cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición con ocasión de la inauguración de un nuevo sagrario, nn. 919-929 [ed. española, nn. 1022-1032]].

Normalmente el sagrario está colocado en el lugar central de la iglesia, o en una capilla específica, para favorecer la adoración de los fieles, CIC 938, 2:2 "El sagrario en el que se reserva la santísima Eucaristía ha de estar colocado en una parte de la iglesia u oratorio verdaderamente noble, destacada, convenientemente adornada y apropiada para la oración".

315. Por razón del signo, es más conveniente que el sagrario en el que se reserva la Santísima Eucaristía no esté en el altar donde se celebra la Misa [Cf. S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 55: A.A.S. 59 (1967), p. 569].
Conviene, pues, que el sagrario se coloque, a juicio del Obispo diocesano:
a) O en el presbiterio, fuera del altar de la celebración, en la forma y en el lugar más convenientes, sin excluir el altar antiguo que ya no se usa para la celebración (cf. n. 303);
b) O también en alguna capilla idónea para la adoración privada y para la plegaria de los fieles [Ibidem, n. 53: A.A.S. 59 (1967), p. 568; RITUAL ROMANO, Ritual de la sagrada Comunión y del culto eucarístico fuera de la Misa, edición típica 1973, n. 9; Código de Derecho Canónico, can. 938 § 2; JUAN PABLO II, Carta Dominicae Cenae, del 24 de febrero de 1980, n. 3: A.A.S. 72 (1980), pp. 117-1190], que se halle estructuralmente unida con la iglesia y a la vista de los fieles.

316. Según una costumbre tradicional, junto al sagrario permanezca siempre encendida una lámpara especial, alimentada con aceite o con cera, con la que se indica y se honra la presencia de Cristo [Cf. Código de Derecho Canónico, can. 940; S. CONGR. DE RITOS, Instr. Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 57: A.A.S. 59 (1967), p. 569; cf. RITUAL ROMANO, Ritual de la sagrada Comunión y del culto eucarístico fuera de la Misa, edición típica 1973, n. 11]. 

317. Se han de observar también todas las demás disposiciones que, según la norma del derecho, están prescritas para la reserva de la Santísima Eucaristía [Cf. sobre todo, S. CONGR. DE SACRAMENTOS, Instr. Nullo umquam tempore, del 28 mayo de 1938: A.A.S. 30 (1938), pp. 198-207; Código de Derecho Canónico, can. 934-944].

Si el sagrario preside la iglesia, es bueno que esté suficientemente elevado o que se cierre mediante alguna puerta durante la celebración de la Misa, para evitar que el celebrante le dé la espalda durante la acción litúrgica.

Las imágenes sagradas

318. En la Liturgia terrena, la Iglesia participa, pregustándola, de la Liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la que tiende como peregrina, donde Cristo se halla sentado a la diestra de Dios, y, venerando la memoria de los Santos, espera tener parte con ellos y ser admitida en su asamblea [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 8].
Por eso, las imágenes del Señor, de la Santísima Virgen y de los Santos, según una tradición antiquísima de la Iglesia, se han de exponer a la veneración de los fieles en los edificios sagrados [Cf. PONTIFICAL ROMANO, Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, edición típica 1973, cap. IV, n. 10; RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984. Bendición de imágenes que se exponen a la pública veneración de los fieles, nn. 984-1031 [ed. española, nn. 1091-1141]] y se han de colocar en ellos de modo que lleven como de la mano a los fieles hacia los misterios de la fe que allí se celebran. Por consiguiente, téngase cuidado de que no aumente indiscretamente su número y de que en su colocación se guarde un justo orden para que no distraigan la atención de los fieles en la celebración misma [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 125]. No haya habitualmente más de una imagen del mismo Santo. En general, la ornamentación y disposición de la iglesia en lo referente a las imágenes procure favorecer, además de la belleza y dignidad de las imágenes, la piedad de toda la comunidad.

Las imágenes del Señor, la Santísima Virgen y los Santos, nos recuerdan que la Iglesia tiene parte de sus miembros en el Cielo, y ayudan a la piedad y a la catequesis. Es muy bueno promover el culto a los santos en sus imágenes, que han de ser digna y con calidad artística.

CAPÍTULO VI. COSAS NECESARIAS PARA LA CELEBRACIÓN DE LA MISA

I. EL PAN Y EL VINO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

319. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha usado siempre, para celebrar el banquete del Señor, pan y vino mezclado con agua.

320. El pan para la celebración de la Eucaristía debe ser exclusivamente de trigo, confeccionado recientemente y, según una antigua tradición de la Iglesia latina, ázimo.

321. La naturaleza misma del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ázimo y hecho de la forma tradicional, se haga de tal modo que el sacerdote, en la Misa celebrada con el pueblo, pueda realmente partirlo en partes diversas y distribuirlas, al menos, a algunos fieles. No se excluyen de ninguna manera las hostias pequeñas, cuando así lo exige el número de los que van a recibir la sagrada Comunión y otras razones pastorales. Pero el gesto de la fracción del pan, que era el que servía en los tiempos apostólicos para denominar sencillamente la Eucaristía, manifestará mejor la fuerza y la importancia del signo de la unidad de todos en un solo pan y de la caridad, por el hecho de que un solo pan se distribuye entre hermanos.

El pan ácimo como materia de la eucaristía se remonta a una tradición que tiene su origen en la última cena, celebrada por el Señor, que se correspondía con el tiempo judío de los ácimos. El mismo origen tiene la fracción del pan, gesto de nuestro Señor Jesucristo, y primera denominación de la Misa en los tiempos apostólicos. Por eso tiene un gran valor de signo que el pan esté confeccionado de tal manera que sea visible el rito.

322. El vino para la celebración eucarística debe ser «del fruto de la vid» (cf. Lc 22, 18), es decir, vino natural y puro, sin mezcla de sustancias extrañas.

323. Póngase sumo cuidado en que el pan y el vino destinados a la Eucaristía se conserven en perfecto estado: es decir, que el vino no se avinagre y que el pan no se corrompa ni se endurezca tanto como para que sea difícil luego partirlo.

324. Si después de la consagración o en el momento de la Comunión el sacerdote cae en la cuenta de que no se había puesto vino en el cáliz, sino agua, dejando ésta en un vaso, pondrá vino y agua en el cáliz, y lo consagrará, diciendo la parte de la narración que corresponde a la consagración del cáliz, sin que por eso se considere obligado a repetir la consagración del pan.

El pan y el vino que se destinan a la celebración eucarística deben ser seleccionados y tratados con esmero, así como su renovación con la debida frecuencia, procurando que el pan sea de la semana o, al menos de la quincena, y el vino se tenga siempre en un recipiente cerrado, y en un lugar adecuado para evitar que se deteriore.

II. UTENSILIOS SAGRADOS EN GENERAL

325. Como para la edificación de las iglesias, así también, para todo su mobiliario, la Iglesia acepta el estilo artístico de cada región y admite todas las adaptaciones que cuadren con el modo de ser y tradiciones de cada pueblo, con tal que todo responda de una manera adecuada al uso sagrado para el que se destinan [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 128].
También en este campo búsquese con cuidado aquella noble sencillez que tan bien le cae al arte auténtico.

326. En la selección de materiales para los utensilios sagrados, se pueden admitir no sólo los tradicionales, sino también otros que, según la mentalidad de nuestro tiempo, se consideran nobles, son duraderos y se acomodan bien al uso sagrado. En este campo será juez la Conferencia de los Obispos en cada región (cf. n. 390).

El estilo y el material de los objetos sagrados han de responder siempre al carácter religioso de los mismos, y a la tradición litúrgica del rito romano. En ese marco cabe la innovación.

III. LOS VASOS SAGRADOS

327. Entre las cosas que se requieren para la celebración de la Misa merecen especial honor los vasos sagrados, y, entre éstos, el cáliz y la patena, en los que se ofrecen, consagran y toman el vino y el pan.

328. Los vasos sagrados se deben confeccionar con metales nobles. Si se fabrican con metales oxidables o bien menos nobles que el oro, se deberán ordinariamente dorar del todo por dentro.

329. Ajuicio de la Conferencia de los Obispos, con decisiones reconocidas por la Sede Apostólica, pueden confeccionarse también los vasos sagrados con otros materiales sólidos y considerados nobles, de acuerdo con la común valoración de cada país, por ejemplo, de ébano, o de alguna madera dura, con tal que sean aptos para el uso sagrado. En este caso, se han de preferir siempre materiales que no se rompan fácilmente ni se corrompan. Esto es válido para todos los vasos destinados a recibir las hostias, como la patena, la píxide, la teca, el ostensorio y otros vasos análogos.

330. Por lo que respecta a los cálices y demás vasos destinados a contener la Sangre del Señor, tengan la copa de tal material que no absorba los líquidos. El pie, en cambio, puede hacerse de otros materiales sólidos y dignos.

Los vasos sagrados son, por excelencia, el cáliz, en el que se consagra la Sangre de Cristo, y la patena que contiene el Cuerpo de Cristo, y, además todos aquellos que pueden contener las hostias consagradas. Su relación con la Eucaristía hace que se cuide especialmente su  belleza y arte de formas, y la nobleza y solidez de los materiales. La razón de este cuidado remite a la alabanza de Jesús a María de Betania, que le había ungido con un perfume caro, y por ello había sido criticada de despilfarro por algunos discípulos: "ha hecho una obra buena conmigo" (Mt 26, Cf. Jn 12, 1-8).

331. Para el pan que se va a consagrar puede convenientemente usarse una patena más grande, en la que se colocan el pan tanto para el sacerdote y el diácono, como para los demás ministros y fieles.

332. Por lo que toca a la forma de los vasos sagrados, corresponde al artista confeccionarlos, según el modo que mejor corresponda a las costumbres de cada región, siempre que cada vaso sea adecuado para el uso litúrgico a que se destina y se distinga nítidamente de los que se destinan al uso cotidiano.

333. Respecto a la bendición de los vasos sagrados, obsérvense los ritos prescritos en los libros litúrgicos [Cf. PONTIFICAL ROMANO, Ritual de la Dedicación de iglesias y, de altares, edición típica 1977: Bendición del cáliz y de la patena; RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición de objetos que se usan en las celebraciones litúrgicas, nn. 1068-1084 [ed. española, nn. 1180-1211]].

334. Consérvese la tradición de construir en la sacristía una piscina donde verter el agua de las abluciones de los vasos y lienzos sagrados (cf. n. 280).

Se permiten el uso de patenas grandes, que contengan también las formas de los demás fieles que van a comulgar. Estas patenas son muy prácticas en las misas de diario en las que asisten pocos fieles. En cuanto al estilo de los vasos sagrados, además de la belleza y el arte de sus formas, y la nobleza y solidez de los materiales, se señala su funcionalidad adecuada al uso litúrgico, y -es importante- su distinción de objetos semejantes que tengan un uso profano, o un significado religioso distinto al de la Iglesia católica. Han de estar bendecidos convenientemente antes de su uso litúrgico. Por último, se indica la conveniencia de una pila o piscina en la sacristía de uso exclusivo para las abluciones.

IV. LAS VESTIDURAS SAGRADAS

335. En la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, no todos los miembros desempeñan un mismo oficio. Esta diversidad de funciones en la celebración de la Eucaristía se manifiesta exteriormente por la diversidad de las vestiduras sagradas, que, por consiguiente, deben constituir un distintivo propio del oficio que desempeña cada ministro. Por otro lado, estas vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción sagrada. Las vestiduras con que se revisten los sacerdotes y diáconos, así como los ministros laicos, conviene bendecirlas oportunamente, según el Ritual romano antes de ser destinadas al uso litúrgico [Cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, Bendición de objetos que se usan en las celebraciones litúrgicas, n. 1070 [ed. española, n. 1182]].

La distinción del oficio litúrgico y el decoro de la celebración son las dos finalidades de las vestiduras sagradas. Es, por tanto, importante tener las necesarias para cada celebración, y que estén limpias y cuidadas, y adecuadas a cada ministro (altura, por ejemplo). Es un deber del sacerdote, párroco o rector, estar muy pendiente de su cuidado, con la ayuda de las personas cualificadas en esta tarea. Es una muy buena tradición tener el llamado "ropero" litúrgico: grupo de personas que se encargan del cuidado de las vestiduras, manteles y demás lienzos. 

336. La vestidura sagrada común para todos los ministros ordenados e instituidos de cualquier grado es el alba, que se ciñe con el cíngulo a la cintura, a no ser que esté hecha de tal modo que se ajuste al cuerpo sin cíngulo. Antes de ponerse el alba, si ésta no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito. No se puede sustituir el alba por la sobrepelliz ni siquiera sobre el traje talar cuando se ha de revestir la casulla o la dalmática o, a tenor de las normas, sólo la estola sin casulla o sin dalmática.

337. La vestidura propia del sacerdote celebrante, en la Misa y en otras acciones sagradas que directamente se relacionan con ella, es la casulla, mientras no se diga lo contrario, puesta sobre el alba y la estola.

338. El vestido propio del diácono es la dalmática, que se pone sobre el alba y la estola; la dalmática, sin embargo, puede omitirse bien por necesidad, bien cuando se trate de un grado menor de solemnidad.

El alba es la vestidura propia de todos los ministros ordenados (obispo, presbítero diácono) e instituidos (acólito, lector, y los demás que se instituyen con un rito propio) y, por lo tanto siempre ha de usarse en toda celebración litúrgica. Debe ir ceñida con cíngulo, a no ser que por la misma confección (lo que no suele ser muy corriente) se ciña al cuerpo; no se debe usar, por tanto, el alba suelta a modo de camisón. Si el alba deja visible el cuello del traje que va debajo (cuello de la sotana, o de la camisa con alzacuellos, u otro) ha de utilizarse el amito para cubrir ese cuello de tal manera que no se vea. Cuando el sacerdote va a celebrar la Misa u otro rito unido a la Misa usa siempre la casulla, salvo en las concelebraciones en las que no se dispone de casullas para todos los concelebrantes. El uso de la casulla va siempre unido a el alba y la estola, que va siempre sobre el alba. No está permitido usar la casulla sin estola debajo. La dalmática propia del diácono, puede no utilizarse en las celebraciones menos solemnes, cuando no se dispone de ella.

339. Los acólitos, lectores y los otros ministros laicos pueden vestir alba u otra vestidura legítimamente aprobada por la Conferencia de los Obispos en cada región (cf. n. 390).

340. La estola la lleva el sacerdote alrededor del cuello y pendiendo ante el pecho; en cambio, el diácono la lleva cruzada, desde el hombro izquierdo, pasando sobre el pecho, hacia el lado derecho del cuerpo, donde se sujeta.

341. La capa pluvial la lleva el sacerdote en las procesiones y en algunas otras acciones sagradas, según las rúbricas de cada rito particular.

Como se señala antes los ministros instituidos acólitos o lectores, sobre todo si son seminaristas -como es lo más frecuente- han de llevar alba. Pero si son otros ministros laicos suelen ir con un digno traje de calle, excepto en el caso de los monaguillos, que cada iglesia suele tener un vestido apropiado a su función litúrgica. Es también frecuente que en celebraciones litúrgicas ligadas con la vida universitaria o educativa, o militar, o profesional de cualquier tipo se use las indumentarias, vestiduras o uniformes característicos de la profesión. 
El Obispo, presbítero o diácono siempre llevan la estola en los actos litúrgicos en los que participan activamente, según su orden. Cuando presiden los actos litúrgicos más solemnes, no ligados a la celebración de la Misa, llevan la capa pluvial en vez de casulla o dalmática.

342. Por lo que toca a la forma de las vestiduras sagradas, las Conferencias de los Obispos pueden determinar y proponer a la Sede Apostólica las acomodaciones que respondan mejor a las necesidades y costumbres de las diversas regiones [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 128].

343. Para la confección de las vestiduras sagradas, aparte de los materiales tradicionales, pueden emplearse las fibras naturales propias de cada lugar o algunas fibras artificiales que respondan a la dignidad de la acción sagrada y de la persona. De esto juzgará la Conferencia de los Obispos [Cf. ibidem.].

344. Conviene que la belleza y nobleza de cada vestidura se busque no en la abundancia de los adornos sobreañadidos, sino en el material que se emplea y en su corte. La ornamentación lleve figuras, imágenes o símbolos que indiquen el uso sagrado, suprimiendo todo lo que a ese uso sagrado no corresponda.

Me parece de particular importancia esa función de vigilancia que tiene la Sede Apostólica, como depositaria de la tradición litúrgica del rito romano, de cuidar que las "novedades" de diseño, etc., de las vestiduras sagradas sean concordes con esa tradición. Especial importancia se da a las figuras, bordadas o tejidas, para que tengan siempre un simbolismo sagrado. 

345. La diversidad de colores en las vestiduras sagradas tiene como fin expresar con más eficacia, aun exteriormente, tanto las características de los misterios de la fe que se celebran como el sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico.

346. Por lo que toca al color de las vestiduras sagradas, obsérvese el uso tradicional, es decir:
a) El blanco se emplea en los Oficios y Misas del Tiempo Pascual y de Navidad; además, en las celebraciones del Señor que no sean de su Pasión, de la Santísima Virgen, de los Santos Ángeles, de los Santos no mártires, en las solemnidades de Todos los Santos (1 de noviembre) y de san Juan Bautista (24 de junio), y en las fiestas de san Juan Evangelista (27 de diciembre), de la Cátedra de san Pedro (22 de febrero) y de la Conversión de san Pablo (25 de enero).
b) El rojo se emplea el domingo de Pasión y el Viernes Santo, el domingo de Pentecostés, en las celebraciones de la Pasión del Señor, en las fiestas natalicias de Apóstoles y Evangelistas y en las celebraciones de los Santos mártires.
c) El verde se emplea en los Oficios y Misas del tiempo ordinario.
d) El morado o violeta se emplea en el tiempo de Adviento y de Cuaresma. Puede también usarse en los Oficios y Misas de difuntos.
e) El negro puede usarse, donde sea tradicional, en las Misas de difuntos.
f) El rosa puede emplearse, donde sea tradicional, en los domingos Gaudéte (III de Adviento) y Laetáre (IV de Cuaresma).
g) En los días más solemnes pueden emplearse vestiduras sagradas festivas o más nobles, aunque no correspondan al color del día.
Por lo que respecta a los colores litúrgicos, las Conferencias de los Obispos pueden con todo estudiar y proponer a la Sede Apostólica las adaptaciones que respondan mejor a las necesidades y modos de ser de los pueblos. 

347. En las Misas rituales se emplea el color propio, o blanco o festivo; en las Misas por diversas necesidades, el color propio del día o del tiempo, o el color morado, si expresan índole penitencial (por ejemplo, las Misas nn. 31, 33, 38); y en las Misas votivas, el color conveniente a la Misa elegida o el color propio del día o del tiempo.

El color litúrgico tiene un valor significativo y pedagógico de la fe que se profesa. El blanco es el color litúrgico por excelencia, que admite su versión más dorada según la solemnidad de la celebración, y significa la santidad y la gloria. Es sustituido por el rojo en las celebraciones del Espíritu Santo, o en aquellas que significan la pasión del Señor o de los santos (mártires). El verde significa la esperanza y el peregrinar en la historia de la Iglesia y sus miembros. El morado es el color penitencial. Sólo en las misas de difuntos se puede usar el negro, donde sea una costumbre arraigada.

V. OTRAS COSAS DESTINADAS AL USO DE LA IGLESIA

348. Además de los vasos sagrados y de las vestiduras sagradas, para los que se determina un material concreto, todas las otras cosas que se destinan o al mismo uso litúrgico [Lo que se refiere a la bendición de las cosas que en las iglesias se destinan al uso litúrgico, cf. RITUAL ROMANO, Bendicional, edición típica 1984, tercera parte] o de alguna otra manera a la iglesia, distínganse por su dignidad y por su adecuación al fin al que se destinan.

349. Cuídese de modo particular que los libros litúrgicos —especialmente el Evangeliario y el Leccionario, destinados a la proclamación de la palabra de Dios y que, en consecuencia, merecen una particular veneración—, sean verdaderamente en la acción litúrgica signos y símbolos de realidades, sobrenaturales y, por tanto, verdaderamente dignos, nobles y bellos.

350. También se ha de cuidar con todo esmero cuanto se relaciona directamente con el altar y con la celebración eucarística, como son, por ejemplo, la cruz del altar y la cruz procesional.

351. Hágase un serio esfuerzo para que, aun en cosas de menor importancia, se tengan en cuenta las exigencias del arte y queden conjuntadas la noble sencillez con la limpieza.

Aparte de los vasos y vestiduras sagradas, todos los demás objetos o cosas de uso litúrgico han de ser dignos, de acuerdo con la tradición artística del rito romano y sencillos. Además, han de estar limpios. Especial cuidado requieres los libros, tanto el Misal, como los leccionarios, o el Evangeliario, si se usa, por lo que representa la veneración que merece la Palabra de Dios y la oración eucarística de la Iglesia.

CAPÍTULO VII. ELECCIÓN DE LA MISA Y DE SUS PARTES

352. La eficacia pastoral de la celebración aumentará, sin duda, si se saben elegir, dentro de lo que cabe, los textos apropiados de las lecturas, oraciones y cantos que mejor respondan a las necesidades y a la preparación espiritual y modo de ser de quienes participan en el culto. Esto se obtendrá si se sabe utilizar adecuadamente la amplia libertad de elección que en seguida se describe.
El sacerdote, por consiguiente, al preparar la Misa, mirará más al bien espiritual común del pueblo de Dios que a su personal inclinación. Tenga además presente que una elección de este tipo hay que hacerla de común acuerdo con los que intervienen de alguna manera en la celebración junto con él, sin excluir a los fieles en las partes que a ellos más directamente les atañen.
Y, puesto que las combinaciones elegibles son tan diversas, es menester que, antes de la celebración, el diácono, los lectores, el salmista, el cantor, el comentarista y el coro, cada uno por su parte, sepa claramente qué textos le corresponden, y nada se deje a la improvisación. En efecto, la armónica sucesión y ejecución de los ritos contribuye en gran manera a disponer el espíritu de los fieles a la participación eucarística.

La elección de las partes de la Misa la tiene que hacer el sacerdote teniendo como finalidad el bien espiritual de los fieles. Los Padres llamaban Mistagogia a la transmisión de los misterios de la  fe a los fieles. La liturgia tiene un papel primordial en esta tarea, y en esa línea tiene el sacerdote que orientar la elección de las partes de la Misa, para que los fieles se identifiquen con los misterios que se celebran, y participen más plenamente de la liturgia eucarística.

I. LA ELECCIÓN DE LA MISA

353. En las solemnidades, el sacerdote está obligado a seguir el calendario de la iglesia en que celebra.

354. Los domingos, las ferias de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, en las fiestas y memorias obligatorias:
a) si la Misa se celebra con participación del pueblo, el sacerdote debe seguir el calendario de la iglesia en que celebra;
b) si la Misa se celebra con la participación de un solo ministro, el sacerdote puede elegir el calendario de la iglesia o el suyo propio.

Se entiende por iglesia el lugar donde celebra, sea catedral, parroquia, iglesia, oratorio o capilla (por ejemplo de un hospital, colegio, etc.) o, incluso por razones pastorales, cuando celebra fuera de un lugar sagrado (al aire libre, a enfermos, etc.). En todos estos casos, cuando celebra con participación del pueblo, a un grupo más o menos numeroso de fieles, sigue siempre el calendario de la diócesis, o el propio de la institución de la que depende canónicamente el templo o la actividad pastoral (ordinariato o prelatura personal, congregación religiosa o institución con calendario litúrgico propio).

355. En las memorias libres:
a) En las ferias de Adviento desde el 17 a1 24 de diciembre, durante la octava de Navidad y en las ferias de Cuaresma, excepto el miércoles de Ceniza y las ferias de Semana Santa, el sacerdote dice la Misa del día litúrgico propio; de la memoria que puede estar señalada para ese día en el calendario general puede tomar la colecta, con tal que no coincida con el miércoles de Ceniza o con una feria de Semana Santa. En las ferias del Tiempo Pascual pueden celebrarse íntegramente las memorias de los Santos.
b) En las ferias de Adviento antes del 17 de diciembre, en las ferias del tiempo de Navidad desde el 2 de enero y en las ferias del Tiempo Pascual, se puede elegir o la Misa de feria o la Misa del Santo, o de uno de los Santos de los que se hace memoria, o la Misa de algún Santo inscrito ese día en el Martirologio.
c) En las ferias del tiempo ordinario, se puede elegir o la Misa de feria, o la Misa de la memoria libre que pueda ocurrir, o la Misa de algún Santo inscrito ese día en el Martirologio, o una Misa votiva o por diversas necesidades.
Si celebra con el pueblo, el sacerdote procurará no omitir habitualmente y sin causa suficiente las lecturas que, día tras día, están indicadas en el leccionario ferial, ya que la Iglesia desea que la mesa de la palabra de Dios se prepare con una mayor abundancia para los fieles [141].
Por la misma razón, será moderado en preferir las Misas de difuntos, ya que cualquier Misa se ofrece por los vivos y por los difuntos, y en cualquier formulario de la Plegaria eucarística se contiene el recuerdo de los difuntos.
Donde los fieles tienen particular devoción a una memoria libre de la Santísima Virgen o de algún Santo, se ha de dar cauce a su legítima piedad.
Cuando se da la posibilidad de elegir entre una memoria del calendario general y otra del calendario diocesano o religioso, prefiérase, en igualdad de condiciones, y según la tradición, la memoria particular.

La elección de una memoria libre se hace cuando el santo tiene alguna relevancia en la iglesia donde se celebra.
Si esa memoria libre está inscrita en el calendario universal y es el Tiempo Ordinario, que es el tiempo litúrgico de los santos, pienso que es bueno priorizar la memoria para mostrar la riqueza de la santidad de la Iglesia, que se manifiesta en la diversidad de los santos. Esto me parece una buena guía para la elección de la memoria, salvo que haya un motivo pastoral para celebrar la de la feria, una votiva, o una por diversas necesidades. 
Me parece que en los Tiempos de Adviento, Navidad o Pascua, en que cada feria de estos tiempos tiene un formulario propio, es mejor celebrar la misa de la feria a una memoria libre, salvo que ésta tenga una cierta relevancia pastoral. En caso de que coincidan varias memorias libres, es más conveniente la que esté en el calendario particular, y si no hay una memoria particular, se pueden alternar las distintas memorias cada año.

II. LA ELECCIÓN DE LOS ELEMENTOS DE LA MISA

356. Al escoger los textos de las diversas partes de la Misa, del tiempo o de los Santos, obsérvense las normas que siguen.
Las lecturas

357. Para los domingos y solemnidades se señalan tres lecturas, es decir, Profeta, Apóstol y Evangelio, con las que se educa al pueblo cristiano para que viva la continuidad de la obra de salvación, según la admirable pedagogía divina. Estas lecturas han de hacerse estrictamente. En el Tiempo Pascual, según la tradición de la Iglesia, en lugar del Antiguo Testamento, la lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles.
Para las fiestas se asignan dos lecturas. Pero si la fiesta es elevada según las normas al grado de solemnidad, entonces se le añade una tercera lectura, que se toma del Común.
En las memorias de los Santos, si carecen de lecturas propias, se hacen normalmente las lecturas asignadas a la feria. En algunos casos se proponen lecturas apropiadas que ilustran un aspecto particular de la vida espiritual o de la actuación del Santo. Pero no se debe urgir el uso de estas lecturas si no lo aconseja una auténtica razón pastoral.

Las lecturas son propias en los Domingos y Solemnidades (3 lecturas), y en las Fiestas (2 lecturas). En las memorias se hacen las lecturas del ciclo ferial (lecturas continuadas), salvo que por razones pastorales se elijan las señaladas para la memoria. En el caso de una memoria de un santo mencionado en el Nuevo Testamento, es bueno preferir la lectura propia que hace referencia al santo.

358. En el leccionario ferial se proponen lecturas para todos los días de cualquier semana a lo largo de todo el año; por consiguiente, se tomarán ordinariamente esas lecturas en los mismos días para los que están señaladas, a no ser que coincidan con una solemnidad o fiesta o una memoria que tenga lecturas propias del Nuevo Testamento, en las que se haga mención del Santo celebrado.
Sin embargo, si alguna vez la lectura continua se interrumpe dentro de la semana por alguna solemnidad, fiesta o alguna celebración particular, le está permitido al sacerdote, teniendo a la vista el orden de lecturas de toda la semana, o juntar con las otras lecturas la que tuvo que omitirse, o determinar qué textos han de llevarse la preferencia.
En las Misas para grupos peculiares se le permite al sacerdote escoger las lecturas más acomodadas a esta celebración particular, con tal que estén tomadas de un leccionario aprobado.

La Iglesia, como maestra en la Liturgia, nos propone a lo largo del año la lectura continuada de la palabra de Dios, por ello tiene preferencia este orden de las lecturas a nos ser que la celebración requiera unas lecturas propias del misterio o de los santos que se celebran. En celebraciones para grupos por razón de algún acontecimiento, se pueden escoger las lecturas más apropiadas al evento, por ejemplo en las celebraciones de los difuntos, misas rituales o por diversas necesidades, etc.

359. En el Leccionario, además, se da una selección particular de textos de la sagrada Escritura para las Misas rituales, en las que se celebra algún sacramento o sacramental, o para las Misas que se celebran por diversas necesidades.
Estos leccionarios se han hecho para que los fieles, oyendo una lectura más acomodada de la palabra de Dios, puedan llegar a entender mejor el misterio en el que toman parte y sean formados en una mayor estima de la [MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, segunda edición típica 1981, Prenotandos, n. 80] palabra de Dios.
Por consiguiente, los textos que se leen en una celebración se han de determinar teniendo presentes no sólo los oportunos motivos pastorales, sino también la libertad de elección concedida para estos casos.

El leccionario tiene una elenco de lecturas de libre elección para las diversas celebraciones, y cuando éstas tienen cierta importancia es muy bueno ilustrarlas con las lecturas de la palabra de Dios más apropiadas. Es muy buena experiencia que el sacerdote muestre a las personas que van  a participar más activamente en la Misa (cónyuges, padres, padrinos,  organizadores, etc.), sobre todo si tienen cierta formación cristiana, las distintas posibilidades, para que muestren sus preferencias, de tal manera que puedan aprovechar mejor a los fieles que asisten. 

360. En ocasiones se da una forma más larga y una forma más breve de un mismo texto. En la elección entre ambas formas téngase presente un criterio pastoral. Hay que considerar la capacidad de los fieles de escuchar con fruto una lectura más larga o más breve y también su capacidad de escuchar un texto más completo que se deberá explicar por medio de la homilía.

361. Cuando se da opción de elegir entre dos textos ya establecidos o propuestos como facultativos, habrá que tener presente la utilidad de los que participan y elegir el texto que resulte más fácil y conveniente a la asamblea reunida, o bien repetir u omitir un texto que está asignado como propio para una determinada celebración y facultativo para otra, cuantas veces la utilidad pastoral lo aconseje [MISAL ROMANO, Ordenación de las lecturas de la Misa, segunda edición típica 1981, Prenotandos, n. 81].
Esto puede suceder o cuando un mismo texto se deba leer de nuevo en días próximos, por ejemplo, un domingo y un lunes, o cuando se tiene el temor de que un texto vaya a crear alguna dificultad para algún grupo de fieles. No obstante, se debe evitar que al elegir los textos de la Sagrada Escritura queden excluidas de modo constante algunas de sus partes.

362. Además de las facultades arriba mencionadas de elegir algunos textos más apropiados, se faculta a las Conferencias de los Obispos en circunstancias especiales para que señalen algunas adaptaciones referentes a las lecturas, con la condición de que los textos se elijan de un leccionario debidamente aprobado.

En la elección de textos, me parece que cuando va haber homilía o en las misas en días laborables es bueno escoger el texto más breve. Cuando hay que optar entre textos diversos se pueden alternar cada año, o escoger el que no se va a repetir en un día cercano.

Las oraciones

363. En cualquier Misa, mientras no se indique lo contrario, se dicen las oraciones propias de esa Misa.
En las memorias de los Santos se dice la colecta propia o, si carece de ella, la del Común correspondiente; en cambio, la oración sobre las ofrendas y la de después de la Comunión, si no son propias, se pueden tomar o del Común o de la feria del tiempo correspondiente.
En los días feriales del tiempo ordinario, aparte de las oraciones del domingo precedente, se pueden tomar o las oraciones de cualquier otro domingo del tiempo ordinario o una de las oraciones de las Misas por diversas necesidades, que se encuentran en el Misal. En todo caso, siempre está permitido tomar de esas Misas sólo la colecta.
De este modo, se ofrece una mayor riqueza de textos, con los que se alimenta con mayor abundancia la oración de los fieles.
Con todo, en los tiempos más importantes del año, esta acomodación ya está prácticamente hecha en las oraciones que se señalan para cada día en el Misal.

Las oraciones de la Misa son expresión del alma de la Iglesia en el misterio que se celebra. La elección de las oraciones se ejercita cuando sólo hay como propia la oración colecta, como suele ocurrir en las memorias de los santos, en los que hay que elegir las otras dos oraciones (oración sobre las ofrendas y oración después de la comunión) del común, que ofrece una gran riqueza de textos en los distintos formularios. Para las ferias del tiempo ordinario, en las que no se hace memoria de un santo, sólo hay un formulario común que es el del domingo anterior, pero si ya se utilizado el domingo, se puede elegir un formulario de una misa votiva o de una misa por diversas necesidades, a no ser que el domingo no se haya podido utilizar el formulario propio por ser una solemnidad o una fiesta del Señor, en ese caso pienso que es bueno utilizar en la primera feria libre el formulario del domingo del tiempo ordinario de esa semana.

La Plegaria eucarística

364. La mayor parte de los prefacios con que ha sido enriquecido el Misal Romano miran a que los temas de la acción de gracias brillen en la Plegaria eucarística con mayor plenitud y a que los diversos aspectos del misterio de la salvación se vayan exponiendo con más claridad.

365. La elección de una u otra de las Plegarias eucarísticas que figuran en el Ordinario de la Misa, se rige de modo oportuno por estas normas:

a) la Plegaria eucarística I, o Canon romano, que se puede emplear siempre, se dirá de preferencia en los días en que existe Reunidos en comunión propio o en las Misas que tienen también su propio Acepta, Señor, en tu bondad; también en las celebraciones de los Apóstoles y de los Santos que se mencionan en la misma Plegaria; de igual modo, los domingos, a no ser que por motivos pastorales se prefiera la Plegaria eucarística tercera;

El prefacio forma la primera parte de la Plegaria eucarística, la introduce y le da nombre, porque es una oración esencialmente de acción de gracias. Tanto la Plegaria eucarística I como la III permiten mucha variedad de prefacios relacionados con el misterio que se celebra. La Plegaria I o Canon Romano, como indica su nombre es la más genuina del rito romano y, por lo tanto se puede usar siempre, y permite, por ejemplo los días laborables, omitir los textos entre paréntesis, para hacerla más breve. En determinadas solemnidades se enriquece el Communicantes o el Hanc igitur; nombra a los apóstoles y determinados santos de la Iglesia romana antigua. Por eso es muy apropiada los domingos, memorias de los santos que se mencionan, y solemnidades.

b) la Plegaria eucarística II, por sus características propias, se emplea con preferencia en los días ordinarios de entre semana, o en particulares circunstancias. Aunque tiene su prefacio propio, puede también usarse con prefacios distintos, sobre todo con los que presentan en forma más resumida el misterio de la salvación; por ejemplo, con los prefacios comunes. Cuando la Misa se celebra por un determinado difunto, se puede emplear una fórmula particular, que figura ya en su respectivo lugar, antes de Acuérdate también;

La antigua plegaria atribuida a san Hipólito, convenientemente adaptada, es la más utilizada actualmente, sobre todo por su brevedad. Está aconsejada los días laborables, y tiene un prefacio propio, que se puede sustituir por otro. Me parece importante señalar que la elección de las plegarias no ha de hacerse en función de su brevedad, sino del misterio que se celebra. Así, esta plegaria no debería ser la única que se use los días entre semana, como tampoco parece conveniente que se use con cualquier prefacio, sino con aquellos que tienen una cierta semejanza con el que le es propio.

c) la Plegaria eucarística III puede usarse con cualquier prefacio. Su uso se recomienda los domingos y las fiestas. Si esta plegaria se utiliza en las Misas de difuntos, se puede emplear una fórmula particular para el difunto, que está ya en su propio lugar; es decir, después de las palabras Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo;

d) La Plegarla eucarística IV tiene un prefacio fijo y da un sumario más completo de la historia de la salvación. Se puede emplear cuando la Misa no tiene un prefacio propio y en los domingos del tiempo ordinario. En esta Plegaria, por razón de su propia estructura, no se puede introducir una fórmula peculiar por un difunto.

La plegaria III, basada en la liturgia antigua hispana y galicana, se utiliza los domingos, alternándola con la I (o en tiempo ordinario también con la IV), y en las fiestas, especialmente de los santos, ya que se puede mencionar dentro de la plegaria, por este motivo también se suele utilizar en las memorias más relevantes del martirologio, así como en exequias o misas de difuntos más solemnes. De todas formas se puede utilizar también cualquier día. 
La plegaria IV tiene un prefacio que nunca se puede sustituir por otro, y tiene un carácter más teológico y de inspiración más basado en las liturgias antiguas del oriente cristiano. Se suele utilizar en los domingos del tiempo ordinario (alternada con la I y la III), y en las ferias de tiempo de Cuaresma, también encaja muy bien en las misas de la Virgen que no tienen prefacio propio.

Los cantos

366. Los cantos establecidos en el Ordinario de la Misa, por ejemplo, el Cordero de Dios, no pueden substituirse por otros cantos.

367. En la elección de los cantos entre las lecturas y los cantos de entrada, de ofertorio y de Comunión, obsérvense las normas establecidas en su lugar (cf. nn. 40-41, 47-48, 61-64, 74, 86-88).

Se señala que el Cordero de Dios es insustituible porque es un abuso litúrgico omitirlo por hacer algún canto en el rito de la paz. No hay que olvidar que es lo más apropiado en este rito, pues acaba con el "danos la paz" ("dona nobis pacem"). Es la paz de Cristo la que desciende y es causa de la paz entre los hombres. Este carácter insustituible hay que aplicarlo a las partes fijas del ordinario cuando son cantadas como el Señor Ten piedad, Gloria, Santo y Padrenuestro. En la elección de otros cantos hay que privilegiar la participación de los fieles, sobre todo domingos y solemnidades. Especial importancia tiene en este campo el canto de entrada y el de la comunión. Pienso que al menos se debe cantar el Aleluya y la aclamación después de la consagración, para dar mayor relieve a los dos momentos culmen de la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística. Es muy conveniente que se cante al menos la respuesta del salmo responsorial. 

MISAS Y ORACIONES POR DIVERSAS NECESIDADES
368. Puesto que la liturgia de los sacramentos y sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 61], y puesto que la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos, el Misal proporciona modelos de Misas y oraciones que pueden emplearse en las diversas ocasiones de la vida cristiana, por las necesidades de todo el mundo o de la Iglesia, universal o local.

369. Teniendo en cuenta la amplia facultad de elegir lecturas y oraciones, conviene que las Misas por motivos diversos se usen más bien con moderación, es decir, cuando las circunstancias lo pidan.

370. En todas las Misas por motivos diversos, si no se dice expresamente nada en contrario, se pueden usar las lecturas feriales y los cantos que hay entre ellas, si concuerdan con la misma celebración.

Las Misas por diversas necesidades se usan con moderación. Las votivas y las propiamente por diversas necesidades se pueden adecuar a las distintas ferias del tiempo ordinario en las que no se celebra una memoria.

371. Entre estas Misas se cuentan las Misas rituales, por diversas necesidades y votivas.

372. Las Misas rituales están relacionadas con la celebración de algunos sacramentos o sacramentales. Se prohíben en los domingos de Adviento, de Cuaresma y de Pascua, en las solemnidades, en los días de la octava de Pascua, en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, en el miércoles de Ceniza y en las ferias de Semana Santa, observando además las normas expuestas en los Rituales o en las mismas Misas.

373. Las Misas por diversas necesidades, se escogen en ciertas circunstancias que se dan, bien ocasionalmente, bien en tiempos determinados. De entre ellas, la autoridad competente puede escoger las diversas súplicas que la Conferencia de los Obispos establecerá a lo largo del año.

Los días que no se pueden celebrar misas rituales no quiere decir que no se puedan celebrar ritos sacramentales. Por ejemplo en tiempo pascual es muy conveniente celebrar los sacramentos, pero se celebran con la misa del domingo o solemnidad. En cambio no es muy propio hacerlo en los domingos de Cuaresma o Adviento, aunque, si es necesario se puede celebrar con misa ritual un día entre semana, como el sábado o viernes anterior. Las misas por diversas necesidades o las votivas se celebran por mandato del ordinario cuando hay una ocasión que lo requiera, pero cualquier sacerdote puede celebrarlas por motivos pastorales o, incluso, para mostrar las riqueza litúrgica de la Iglesia, en ausencia de memorias de santos, durante el tiempo ordinario.

374. Si se presenta alguna grave necesidad o utilidad pastoral, puede celebrarse la Misa más conveniente por mandato o con permiso del Obispo diocesano; y eso cualquier día, exceptuando las solemnidades y los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días de la octava de Pascua, la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el miércoles de Ceniza y las ferias de Semana Santa.

375. Las Misas votivas de los misterios del Señor o en honor de la bienaventurada Virgen María o de los Ángeles o de algún Santo o de todos los santos se pueden celebrar para fomentar la piedad de los fieles en las ferias del tiempo ordinario, aunque coincidan con una memoria libre. Pero no pueden celebrarse como votivas las Misas que se refieren a los misterios de la vida del Señor y de la bienaventurada Virgen María, a excepción de la Misa de la Inmaculada Concepción, ya que su celebración está en armonía con el curso del año litúrgico.

El Obispo diocesano tiene la potestad de permitir cualquier misa cualquier día excepto los que son inamovibles. Las misas votivas pueden celebrarse en las ferias del tiempo ordinario que estén libres o coincidan con una memoria libre.

376. Los días en que hay una memoria obligatoria, o en una feria de Adviento hasta el 16 de diciembre inclusive, o del tiempo de Navidad desde el 2 de enero, o del Tiempo Pascual fuera de la octava de Pascua, son días en los que, por ley general, se prohíben de por sí las Misas por diversas necesidades y las votivas. Pero si alguna verdadera necesidad o utilidad pastoral así lo pide, en la celebración con el pueblo podrán emplearse la Misa que mejor responda a esa necesidad o utilidad, a juicio del rector de la iglesia o del mismo sacerdote celebrante.

377. En las ferias del tiempo ordinario en que hay alguna memoria libre o se celebra el Oficio ferial, se puede celebrar cualquier Misa y emplear cualquier oración por diversas necesidades, exceptuando, sin embargo, las Misas rituales.

378. Se recomienda de modo particular la memoria de Santa María «en sábado» porque en la Liturgia de la Iglesia se tributa singular veneración, por encima de todos los Santos, a la Madre del Redentor [Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 54; PABL0 VI, Exhort. Ap. Marialis cultus, del 2 de febrero de 1974, n. 9: A.A.S. (1974), pp. 122-123].

En las ferias de Adviento, Navidad y Pascua, excepto las ferias "fuertes" (octava anterior o posterior a Navidad y octava de Pascua) el sacerdote celebrante puede celebrar la misa por una especial necesidad, por razones pastorales (se entiende en las misas con pueblo). En las ferias o memorias libres del tiempo ordinario se puede celebrar una misa votiva o por cualquier necesidad. La memoria de Santa María en sábado se considera que está por encima de cualquier memoria libre o una misa por cualquier necesidad.

LAS MISAS DE DIFUNTOS

379. El sacrificio eucarístico de la Pascua de Cristo lo ofrece la Iglesia por los difuntos, a fin de que, por la comunión entre todos los miembros de Cristo, lo que a unos consigue ayuda espiritual, a otros les otorgue el consuelo de la esperanza.

380. Entre las Misas de difuntos, la más importante es la Misa exequial que se puede celebrar todos los días, excepto las solemnidades de precepto, el Jueves Santo, el Triduo pascual y los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, observando, además, cuanto debe observarse según la norma del derecho [Cf. sobre todo Código de Derecho Canónico, can. 1176-1185; RITUAL ROMANO, Ritual de exequias, edición típica 1969].

381. La Misa de difuntos, después de recibida la noticia de la muerte, o con ocasión de la sepultura definitiva o la del primer aniversario, puede celebrarse aun en la octava de Navidad, y en los días en que hay una memoria obligatoria o en una feria que no sea el miércoles de Ceniza o una feria de Semana Santa.
Otras Misas de difuntos, o Misas «cotidianas», se pueden celebrar en las ferias del tiempo ordinario en que cae alguna memoria libre o se celebra el Oficio de la feria, con tal que realmente se apliquen por los difuntos.

Todas las misas se ofrecen siempre por los vivos y los difuntos. Se entiende por misa exequial la que se hace por el difunto de cuerpo presente antes de su entierro, por eso goza su formulario de una prioridad litúrgica, excepto en las mayores solemnidades litúrgicas o días fuertes con una liturgia inamovible. La llamada misa funeral no es propiamente de exequias, y por eso ha de escogerse un día litúrgicamente hábil para su celebración. Las demás misas de difuntos no se equiparan a las votivas o por diversas necesidades, pues han de ofrecerse obligatoriamente por los difuntos, pero su celebración sólo puede hacerse en las ferias del tiempo ordinario o en las memorias libres, excepto en los días en que, por motivos pastorales (siempre en las misas con pueblo), el ordinario o el sacerdote puede elegir la misa.

382. En las Misas exequiales hágase regularmente una breve homilía, excluyendo todo género de elogio fúnebre.

383. Exhórtese a los fieles, sobre todo a los familiares del difunto, a que participen en el sacrificio eucarístico ofrecido por él, también acercándose a la Comunión. 

384. Si la Misa exequial está directamente unida con el rito de las exequias, una vez dicha la oración después de la sagrada Comunión, se omite todo el rito conclusivo y en su lugar se reza la última recomendación o despedida; este rito solamente se hace cuando está presente el cadáver.

385. Al ordenar y seleccionar las partes de la Misa de difuntos, sobre todo la Misa exequial, que pueden ser unas u otras (por ejemplo: oraciones, lecturas, oración universal), ténganse presentes, como es debido, los motivos pastorales respecto al difunto, a su familia, a los presentes.
Tengan, además, los pastores especial cuidado por aquellas personas que, con ocasión de los funerales, asisten a las celebraciones litúrgicas y oyen el Evangelio: personas que pueden no ser católicas o que son católicos que nunca o casi nunca participan en la Eucaristía, o que incluso parecen haber perdido la fe; los sacerdotes son ministros del Evangelio de Cristo para todos.

La Misa de exequias requiere una breve homilía que no debe omitirse. En la participación de los fieles tienen un especial protagonismo los familiares. Es una ocasión privilegiada de anuncio del Evangelio por la presencia de personas alejadas de la práctica de la fe.