domingo, 17 de enero de 2016

Carta sobre la catequesis de la Plegarias Eucarísticas (2-junio-1968).

CARTA SOBRE LA CATEQUESIS DE LAS PLEGARIAS EUCARÍSTICAS (1968)

Firmada por el Cardenal Benno Gut, Presidente del Consilium, a los presidentes de las Conferencias Episcopales, el 2 de junio de 1968, con ocasión de la publicación de las nuevas plegarias eucarísticas del Misal Romano.

INTRODUCCIÓN

En los últimos meses las Conferencias Episcopales, en casi todas las partes del mundo, han usado de la facultad de recitar el canon en las lenguas modernas. Ahora, con la introducción de tres anáforas en la liturgia romana, se da un nuevo paso adelante. Todo este movimiento tiene un fin eminentemente espiritual y pastoral. En primer lugar abrir abundantemente al clero y al pueblo los tesoros bíblicos y tradicionales, patrimonio de la Iglesia universal, que encuadran la celebración de la Eucarística; luego, facilitar la comprensión y asimilación vital de los mismos. Los nuevos textos harán sin duda más asequible el alcance de aquel ideal de participación activa, completa, interior y exterior, que constituye la meta indicada por el Concilio a la restauración litúrgica. La Iglesia, con la nueva disciplina que regula el uso de las anáforas, desea sobre todo ofrecer una ayuda para que en cada sacerdote, en cada bautizado, en cada comunidad de fieles la celebración del sacrificio eucarístico sea realmente fuente y culminación de todo el culto de la Iglesia y de toda la vida cristiana».

Es por tanto esencial que una intensa catequesis y una adecuada preparación espiritual precedan a la introducción de la nueva disciplina sobre las anáforas; preparación que debe comenzar en el clero mismo, proseguir en grupos especializados y alcanzar finalmente a todo el pueblo.

La preparación del clero deberá comprender incluso detalles de naturaleza técnica, pero será orientada principalmente a facilitarle su tarea pastoral. En la catequesis al pueblo, en cambio, se evitarán las cuestiones meramente históricas y los intrincados problemas teológicos, aún no resueltos y que son objeto de viva discusión entre los mismos teólogos; lo importante es determinar en seguida el significado de las nuevas plegarias eucarísticas, así como se presentan hoy día, y mostrar su incidencia en la vida cotidiana.

Los puntos principales sobre los que se deberá concentrar la catequesis sobre las anáforas, son los siguientes:

1. SIGNIFICACIÓN GENERAL DE LA ANÁFORA

Habrá que explicar al pueblo la terminología adoptada en cada idioma para indicar la anáfora (plegaria eucarística, canon, anáfora, etc.), pues para la mayor parte de los fieles resultarán términos nuevos.

La anáfora constituye la parte central de la misa; empieza con el diálogo: «El Señor esté con vosotros»... «Levantemos el corazón»... y termina con la doxología: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.»

Se trata de una plegaria de jubilosa «acción de gracias» y de alabanza al Padre, pero también de ferviente súplica; plegaria pronunciada sobre el pan y el vino, en el curso de la cual, a imitación de Cristo y obedeciendo su mandato, se repite y se actualiza lo que él hizo en la última Cena, y luego se entra en comunión íntima con él recibiendo su Cuerpo y su Sangre.

II. LOS ELEMENTOS ESENCIALES DE LA ANÁFORA

La anáfora consta de un núcleo esencial y de elementos añadidos en sucesivos desarrollos.

a) El núcleo esencial consiste en la narración‐actualización de lo que Jesús hizo en la última Cena, excepto la fracción del pan y la comunión, que tienen lugar en la última parte de la misa.
Jesús, en efecto, habiendo tomado el pan: 1. pronunció sobre el mismo una plegaria de «acción de gracias» y de alabanza al Padre; 2. lo partió y lo distribuyó; 3. dijo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros»; 4. y añadió: «Haced esto en conmemoración mía», es decir, como celebración que recuerde y contenga lo que yo soy y lo que he hecho por vosotros.
Y asimismo hizo con el cáliz.
Estos elementos constituyen aun hoy día el núcleo de la anáfora, que comprende:
1. Un himno de acción de gracias y de alabanza al Padre por los beneficios que nos ha dispensado, ante todo por nuestra redención en Cristo (en el canon romano: el prefacio).
2. La narración de los gestos y de las palabras pronunciadas por Jesús en la institución de la Eucaristía (en el canon romano: Qui pridie).
3. Pero no se trata de un simple relato de cosas pasadas, sino de una narración que actualiza lo que hizo Jesús. Por eso, se eleva al Padre la súplica de que haga eficaz dicha narración santificando el pan y el vino, es decir, convirtiéndolos en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo (en el canon romano: Quam oblationem), para que cuantos reciban esos dones sean santificados por la acción de los mismos (en el canon romano: Supra quae ... ).
4. Jesús añadió que todo esto tendríamos que hacerlo «en conmemoración» de él; es decir, como una celebración que recuerde y contenga lo que él hizo por nosotros « Ahora bien, esta referencia a nuestra redención implica ante todo una referencia a la muerte redentora en la cruz, porque lo que él hizo fue sobre todo ofrecer su cuerpo por nosotros y derramar su sangre por nuestros pecados. Por tanto, la celebración eucarística, en cuanto «memorial» que hace presente el cuerpo entregado por nosotros y la sangre derramada por nuestros pecados, implica una ofrenda sacrificial. Por esto, la anáfora incluye una plegaria de ofrecimiento de los dones santos «en memoria» de la pasión, muerte y resurrección (y, prácticamente, de toda la economía redentora de Cristo). Esta sección, en el canon romano, está constituida por: Unde et memores.. offerimus.
5. La anáfora se concluye con una doxología a la que todo el pueblo se asocia contestando: «Amén.»

b) A dicho núcleo central se añadieron sucesivamente tres elementos:
1. El Sanctus como conclusión del himno de júbilo o de acción de gracias (prefacio), en el que toma parte todo el pueblo.
2. Las plegarias de intercesión por aquellos por quienes se ofrece el sacrificio; esta ampliación deriva con toda naturalidad del concepto según el cual el sacrificio se ofrece en beneficio especial de alguien (en el canon romano: In primis quae tibi offerimus, Memento de vivos, Hanc igitur, y, después de la narración de la institución, el Memento de difuntos y Nobis quoque).
3. La conmemoración de los santos, que se desarrolló a partir de las preces de intercesión.

III. VARIEDAD DE TEXTOS PARA LA ANÁFORA

En las diversas familias litúrgicas, especialmente orientales, existe una gran variedad de textos para la plegaria eucarística. Comparándolos, se notan elementos comunes y también algunas diferencias, a veces considerables, en puntos secundarios:

1. Algunos elementos comunes tienen, a veces, una colocación diferente en la estructura de las diversas plegarias eucarísticas. Por ejemplo, en el canon romano, la súplica al Padre para que convierta el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo está colocada antes de la narración de la institución (Quam oblationem); en las anáforas derivadas de la liturgia de Antioquía, se encuentra después de la narración; en la antigua liturgia de Alejandría estaba probablemente antes (como en el canon romano), si bien los textos posteriores contienen dos veces dicha súplica: antes y después de la narración de la institución.

Otro ejemplo. En el canon romano, las intercesiones por los vivos y difuntos están colocadas de modo que una parte se encuentra antes y otra después de la narración de la institución; en la tradición alejandrina, se encuentran todas antes; en la antioquena, en cambio, todas después de la narración. De ahí se deduce que la estructura de la anáfora puede variar en algunos puntos y resultar más o menos clara.

2. Un segundo factor de diferenciación estriba en el hecho de que en algunas tradiciones litúrgicas casi todos los elementos de la anáfora son fijos, sin que cambien según las fiestas: así en Oriente. En otras, al contrario, diversos elementos importantes cambian según las fiestas: en el canon romano son variables el prefacio y más raramente el Communicantes y el Hanc igitur; en la tradición hispánica y en la galicana, todo el texto cambia según las fiestas, excepto la narración de la institución.

3. Tercer factor de diferenciación: la mayor o menor acentuación de determinados aspectos doctrinales.

4: Cuarto factor de diferenciación: la variedad de estilos literarios, que pueden ser concisos o prolijos, solemnes, metafóricos, embebidos de Sagrada Escritura, etc.
Las Iglesias de Oriente tienen ordinariamente varias anáforas, a veces incluso muchas, y, según las circunstancias, usan una u otra. Esta variedad de textos constituye una verdadera riqueza de la Iglesia universal. De este modo unas anáforas se completan con otras, que expresan mejor determinados conceptos, ya que no es posible que todas las anáforas expresen toda la teología eucarística y de la misma manera.

IV. NUEVAS ANÁFORAS EN LA LITURGIA ROMANA

Atendiendo al deseo formulado por muchos Obispos y confirmado por el reciente Sínodo Episcopal, la Santa Sede ha introducido tres nuevas anáforas en la liturgia romana. Esta introducción mira sobre todo a proporcionar mayores posibilidades de proclamar en la parte central de la celebración eucarística los beneficios de Dios y las etapas de la historia de la salvación.

Con el canon romano (llamado ahora anáfora l), la liturgia romana dispondrá de ahora en adelante de cuatro anáforas.

¿Por qué esta novedad? Quien considera la variedad de anáforas en la tradición de la Iglesia universal y los valores de cada una, se percata fácilmente de que una sola anáfora no puede contener todas las anheladas riquezas pastorales, espirituales y teológicas. Es necesario suplir con la pluralidad de textos a los límites de cada una. Excepto la Iglesia romana, las demás Iglesias cristianas han procedido siempre de esta manera. Todas han poseído y poseen una considerable variedad de anáforas. La Iglesia, introduciendo en el rito romano tres nuevas anáforas, ha querido dotarlo de una mayor riqueza pastoral, espiritual y litúrgica en este sector tan importante.

V. CARACTERÍSTICAS DE LAS ANÁFORAS DE LA LITURGIA ROMANA

1. El canon romano


Desde el punto de vista de la colocación de los varios elementos y, por tanto, de la estructura, el canon romano se distingue ante todo porque sitúa la súplica al Padre para que convierta el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo (Quam oblationem) antes de la narración de la institución; luego, porque dispone una parte de las intercesiones y una lista de santos antes de dicha narración, mientras otra serie de intercesiones y una segunda lista de santos las coloca después; finalmente, porque en él es variable según las fiestas ‐y en esto concuerda con las tradiciones hispánica y galicana‐ la primera parte del canon o sea el prefacio (raramente el Communicantes y el Hanc igitur).

En el actual canon romano, no se perciben fácilmente y en seguida la unidad y el desarrollo lógico de las ideas. Deja más bien la impresión de que está formado por una serie de oraciones independientes y simplemente yuxtapuestas. Para percibir la unidad, se requiere una cierta reflexión.

Por otra parte, la variabilidad del prefacio, según las celebraciones del año litúrgico, permite una gran riqueza y variedad en la primera sección del canon. Los nuevos prefacios, introducidos por la actual reforma litúrgica, facilitaran aun más la utilización de estas ventajas espirituales y pastorales.

Desde el punto de vista del contenido, es típico del canon romano la insistencia en la idea de la oblación de los dones y en la petición a Dios de que se digne aceptarlos en nuestro favor. Su estilo, en fin, es muy particular: se siente notablemente el gusto romano, solemne y redundante, y, a la vez, admirablemente breve y conciso.

El valor del canon romano, como documento teológico, litúrgico y espiritual de la Iglesia latina, es inmenso. Ciertamente existía ya a principios del siglo V y, prácticamente, ha permanecido inmutado desde los primeros años del siglo VII. Más tarde, pasó a ser el único canon de toda la Iglesia latina.

2. Las tres nuevas anáforas

Han sido compuestas con los siguientes criterios:

a) Estructura clara y lógica, lograda mediante el pasaje natural y fácilmente perceptible de una parte de la anáfora a otra, de una a otra idea.
La estructura es esencialmente la misma en las tres:
I. Prefacio (variable en las anáforas II y III, fijo en la IV), con el Sanctus al final.
II. Pasaje del Sanctus a la epíclesis consacratoria, es decir, a la súplica para que el Padre, mediante la acción del Espíritu Santo, convierta el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. El pasaje es brevísimo en la anáfora II, breve en la III, amplio en la IV.
III. Epíclesis consacratoria.
IV. Narración de la institución.
V. Anámnesis, o sea, «memorial», de la muerte‐resurrección y del conjunto del «ministerio» de Cristo, y ofrecimiento de la víctima divina.
VI. Oración por la aceptación de la oblación y por una comunión fructuosa.
VII y VIII. Conmemoración de los santos e intercesiones (anáfora III), o bien, intercesiones y conmemoración de los santos (anáforas II y IV).
IX. Doxología final.

La principal diferencia entre esta estructura y la del actual canon romano consiste en el hecho de que en las tres nuevas anáforas la conmemoración de los santos y las intercesiones están reunidas en la segunda parte de la anáfora, mientras en el canon romano una parte se encuentra antes y otra parte después de la narración de la institución. Esta agrupación, modelada sobre la de las anáforas antioquenas, da a las nuevas composiciones una claridad mucho mayor, que se funda en la natural trabazón y concatenación de las varias partes. Sin embargo, las nuevas anáforas pertenecen fundamentalmente al tipo romano, sobre todo por la colocación de la epíclesis consacratoria antes de la narración de la institución.

b) La variedad. Dentro de dicha estructura, común a las tres, cada una de las nuevas anáforas tiene sus propias características espirituales, pastorales y literarias. De esta manera, se evita, en lo posible, la repetición de conceptos, palabras y frases del actual canon romano, o de repetir en una anáfora lo que ya se encuentra en otra.

Con estas tres nuevas anáforas, la liturgia romana queda notablemente enriquecida en no pocos puntos: en la presentación de la teología eucarística, de la historia de la salvación en general, y del pueblo de Dios y de la Iglesia en particular‐, de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y especialmente en la Eucaristía. Las perspectivas universalistas y ecuménicas del Concilio Vaticano II y las de la denominada «teología de las realidades humanas y terrenas» se encuentran representadas de una manera discreta y de entonación bíblica. Todo esto no quita, sin embargo, que el carácter tradicional de los nuevos textos sea muy marcado y fácilmente comprobable.

La anáfora II es intencionalmente breve y expone conceptos muy sencillos. En el estilo y en muchas expresiones recuerda a la anáfora de Hipólito (principios del siglo III).

La anáfora III, de amplitud media, ofrece una estructura clara, con pasajes de una parte a otra fácilmente perceptibles. Su estructura y su estilo han sido estudiados de modo que pueda ser utilizada con cualquiera de los prefacios romanos, tradicionales o nuevos.

La anáfora IV se caracteriza por presentar ordenadamente, antes de la narración de la institución, una síntesis bastante amplia de la historia de la salvación, según el modelo típico de la tradición antioquena; esto exige que en el prefacio se anuncien sólo los temas de la creación en general y de la creación de los ángeles en particular, o sea, las dos primeras etapas de la historia de la salvación; las demás etapas, desde la creación del hombre en adelante, se desarrollan en la sección que va desde el Sanctus a la epíclesis. Por tanto, en esta anáfora el prefacio debe ser siempre el mismo, porque, si variase según las fiestas, inevitablemente se perjudicaría la característica principal: la exposición sintética, completa y ordenada de la historia de la salvación, sin repeticiones ni anticipaciones.

No hay duda que motivos de orden pastoral aconsejan que el pueblo escuche, de cuando en cuando, una síntesis semejante, ordenada y completa, que constituya como el marco donde colocar mentalmente los numerosos detalles de la historia de la salvación que oye en otras ocasiones.

VI. INDICACIONES PARA EL USO DE LAS ANÁFORAS

No es posible determinar, con criterios inspirados únicamente en las fiestas y tiempos del año litúrgico, qué anáfora se deba utilizar en cada caso. En efecto, han sido compuestas según la tradición romana, que no desarrolla a lo largo de toda la anáfora un tema relacionado con el misterio que se celebra, sino que se limita a exponer en el prefacio un solo aspecto.

Por tanto, deben ser criterios de orden pastoral los que determinen la elección de una u otra anáfora, es decir: la efectiva aptitud del texto para la capacidad intelectual y espiritual de los fieles, y la conveniencia de usar con las nuevas plegarias los textos ya existentes, propios de las grandes solemnidades.

He aquí algunas líneas directrices, emanadas de los dos principios enunciados:

1. El canon romano, que puede ser usado en todas las ocasiones, debería obtener la preferencia en aquellas fiestas o tiempos litúrgicos que tienen textos relacionados con la anáfora, es decir, el prefacio, el Communicantes y el Hanc igitur. Son los textos que, según la tradición romana, dan a la anáfora la nota característica del día. Debería además usarse en los días en que se conmemoran los santos recordados en el canon.

2. La segunda plegaria eucarística, caracterizada por su concisión y relativa sencillez, podrá útilmente ser usada en los días laborables, en las misas para niños y para jóvenes o para pequeños grupos. Su sencillez constituye una buena base inicial para la catequesis sobre los varios elementos de la plegaria eucarística.

Tiene un prefacio propio, que normalmente debería ser usado junto con el resto de la plegaria eucarística. Sin embargo, puede ser substituido por un prefacio análogo, es decir, que exprese de una manera concisa el misterio de la salvación: por ejemplo, los nuevos prefacios para los domingos del tiempo ordinario o los nuevos prefacios comunes.

3. La tercera plegaria eucarística puede usarse con cualquiera de los prefacios del Misal Romano. Su uso podría alternarse con el del canon los domingos.

4. La cuarta plegaria eucarística debe usarse integralmente, sin posibilidad de sustituir sus partes. El prefacio es también invariable. Además, dado que presenta un compendio bastante amplio de la historia de la salvación (que supone un conocimiento bastante profundo de la Sagrada Escritura), debería utilizarse en ambientes ya preparados desde el punto de vista bíblico. Los días más indicados serían aquellos que carecen de prefacio u otras partes propias en el canon.

A imitación del canon romano, que presenta algunos elementos propios en determinadas celebraciones (el Hanc igitur), las nuevas anáforas prevén el uso de una especie de embolismo en las misas de difuntos. Dicho embolismo puede ser insertado en las anáforas II y III; no en la IV, porque rompería su estructura unitaria.

CONCLUSIÓN

Las líneas expuestas son las que han dirigido el trabajo de composición de las nuevas plegarias eucarísticas. Ha parecido oportuno presentarlas para que puedan servir de guía en la explicación de los nuevos textos. Así se podrán comprender más fácilmente su verdadera finalidad y su naturaleza. Todo esto contribuirá ‐cabe esperarlo‐ a alimentar la piedad de los fieles y su participación en el misterio eucarístico, incrementando además, cual fruto concreto, su formación y su vida cristianas.