jueves, 21 de enero de 2016

Benedicto XVI, La participación con el corazón en las grandes celebraciones litúrgicas (2008).

Textos de Benedicto XVI 

La participación con el corazón en las grandes celebraciones litúrgicas

Encuentro con párrocos y clero de diócesis de Roma, 7 de febrero de 2008

Don Alberto Orlando, vicario parroquial: El año pasado, en el encuentro con los jóvenes en Loreto, viví con ellos una experiencia muy hermosa, pero noté cierta distancia entre usted y los jóvenes. Mi grupo estaba muy lejos; casi no lográbamos ver ni escuchar; y los jóvenes necesitan cercanía, calor. Además, hubo dificultades en la liturgia de la misa. A pesar del fuerte calor, se alargaban mucho los cantos. ¿Por qué esa distancia entre usted y ellos? y ¿cómo conciliar el tesoro de la liturgia con la emotividad de los jóvenes?

El primer punto que me propone se refiere a la organización: yo me encontré con una organización ya establecida; por tanto, no sé si se podía haber organizado de otra manera. Considerando las miles de personas que había, me parece que era imposible lograr que todos pudieran estar cerca de la misma manera. Más aún, por eso hice un recorrido con el coche, para acercarme un poco a cada persona. Sin embargo, tendremos en cuenta esto y veremos si en el futuro, en otros encuentros con cientos de miles de personas, es posible hacerlo de otra manera. Con todo, me parece importante que crezca el sentimiento de una cercanía interior, que encuentre el puente que nos une, aunque físicamente estemos distantes.

Un gran problema es, en cambio, el de las liturgias en las que participan multitudes de personas. Recuerdo que en 1960, durante el gran congreso eucarístico internacional de Munich, se trataba de dar una nueva fisonomía a los congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo actos de adoración. Se quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de la presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente se planteó la pregunta: ¿Cómo se puede hacer? Adorar, se decía, es posible también a distancia; pero para celebrar la misa es necesaria una comunidad limitada, que pueda participar activamente en el misterio; por tanto, una comunidad que debía ser asamblea en torno a la celebración del misterio.

Muchos eran contrarios a la celebración de la Eucaristía en público con cien mil personas. Decían que no era posible precisamente por la estructura misma de la Eucaristía, que exige la comunidad para la comunión. También grandes personalidades, muy respetables, eran contrarias a esta solución. Luego el profesor Jungmann, gran liturgista, uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de statio orbis, es decir, se refirió a la statio Romae, donde precisamente en el tiempo de Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio. Por tanto, se encuentran en statio como los soldados por Cristo; y luego van juntos a la Eucaristía. Si así era la statio de la ciudad de Roma –dijo–, donde la ciudad de Roma se reunía, entonces esta es la statio orbis. Y desde ese momento tenemos las celebraciones eucarísticas con la participación de grandes multitudes.

Para mí, queda un problema, porque la comunión concreta en la celebración es fundamental; por eso, creo que de ese modo aún no se ha encontrado realmente la respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado suscité esta pregunta, pero no encontró respuesta. También hice que se planteara otra pregunta sobre la concelebración multitudinaria, porque si por ejemplo concelebran mil sacerdotes, no se sabe si se mantiene aún la estructura querida por el Señor. Pero en cualquier caso son preguntas.

Así, a usted se le presentó la dificultad al participar en una celebración multitudinaria durante la cual no es posible que todos estén igualmente implicados. Por tanto, se debe elegir cierto estilo, para conservar la dignidad siempre necesaria para la Eucaristía; de ese modo, la comunidad no es uniforme, y es diversa la experiencia de la participación en el acontecimiento; para algunos, ciertamente, es insuficiente. Pero no dependió de mí, sino más bien de quienes se encargaron de la preparación.

Por consiguiente, es preciso reflexionar bien sobre qué conviene hacer en esas situaciones, cómo responder a los desafíos de esa situación. Si no me equivoco, era una orquesta de discapacitados la que ejecutaba la música, y tal vez la idea era precisamente la de dar a entender que los discapacitados pueden ser animadores de la celebración sagrada y precisamente ellos no deben quedar excluidos, sino que han de ser protagonistas. De este modo, todos, amándolos, no se sintieron excluidos, sino más bien involucrados. Me parece una reflexión muy respetable, y la comparto.

Sin embargo, naturalmente, sigue existiendo el problema fundamental. Pero creo que también aquí, sabiendo qué es la Eucaristía, aunque no se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se desearía para sentirse plenamente partícipes, se entra en ella con el corazón, como dice el antiguo imperativo en la Iglesia, tal vez creado para los que estaban detrás en la basílica: «¡Levantemos el corazón! Ahora todos salgamos de nosotros mismos, así todos estaremos con el Señor y estaremos juntos». Como he dicho, no niego el problema, pero si realmente aplicamos estas palabras: «¡Levantemos el corazón!», todos encontraremos la verdadera participación activa, aunque sea en situaciones difíciles y a veces discutibles.