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domingo, 31 de enero de 2016

Domingo 6 marzo 2016, IV Domingo de Cuaresma, Lecturas ciclo C.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del IV Domingo de Cuaresma, ciclo C.

PRIMERA LECTURA Jos 5, 9a.10-12
El pueblo de Dios, tras entrar en la tierra prometida, celebra la Pascua
Lectura del libro de Josué.

En aquellos días, dijo el Señor a Josué:
«Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto». Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la
Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.
Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de ¡os productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.
Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 9a)
R.
Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gustáte et vidéte quóniam suávis est Dóminus.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
R.
Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gustáte et vidéte quóniam suávis est Dóminus.

V. Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias.
R.
Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gustáte et vidéte quóniam suávis est Dóminus.

V. Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.
R.
Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gustáte et vidéte quóniam suávis est Dóminus.

SEGUNDA LECTURA 2 Cor 5, 17-21
Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos:
Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Versículo antes del Evangelio Lc 15, 18
Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Surgam et ibo ad patrem meum et dicam ei: Pater peccavi in caelum et coram te.

EVANGELIO Lc 15, 1-3. 11-32
Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
ÁNGELUS, Domingo, 15 de septiembre de 2013
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la liturgia de hoy se lee el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida (Lc 15, 4), la de la moneda extraviada (Lc 15, 8) y después la más larga de las parábolas, típica de san Lucas, la del padre y los dos hijos, el hijo "pródigo" y el hijo que se cree "justo", que se cree santo (Lc 15, 11). Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es "buenismo". Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del "cáncer" que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.
Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Cada uno de nosotros, cada uno de nosotros, es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón.
¿El peligro cuál es? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarles a muerte, en lugar de perdonar. Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre. Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enfada con el padre que le ha acogido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay la misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios, su alegría: perdonar. ¡Nos espera siempre! Tal vez alguno en su corazón tiene algo grave: "Pero he hecho esto, he hecho aquello...". ¡Él te espera! Él es padre: ¡siempre nos espera!
Si nosotros vivimos según la ley "ojo por ojo, diente por diente", nunca salimos de la espiral del mal. El Maligno es listo, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar el mundo. En realidad sólo la justicia de Dios nos puede salvar. Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez por todas al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36). Os pido algo, ahora. En silencio, todos, pensemos... que cada uno piense en una persona con la que no estamos bien, con la que estamos enfadados, a la que no queremos. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, oremos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona. [Silencio de oración]
Invoquemos ahora la intercesión de María, Madre de la Misericordia.

Del Papa Benedicto XVI
ÁNGELUS, Domingo 14 de marzo de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los dos hijos, más conocido como parábola del "hijo pródigo" (Lc 15, 11-32). Este pasaje de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos. Este texto evangélico tiene, sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos; después reivindica su propia autonomía; y por último –si se da un desarrollo positivo– llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor auténtico.
En estas etapas podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios. Puede haber una fase que es como la infancia: una religión impulsada por la necesidad, por la dependencia. A medida que el hombre crece y se emancipa, quiere liberarse de esta sumisión y llegar a ser libre, adulto, capaz de regularse por sí mismo y de hacer sus propias opciones de manera autónoma, pensando incluso que puede prescindir de Dios. Esta fase es muy delicada: puede llevar al ateísmo, pero con frecuencia esto esconde también la exigencia de descubrir el auténtico rostro de Dios. Por suerte para nosotros, Dios siempre es fiel y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí. En la parábola los dos hijos se comportan de manera opuesta: el menor se va y cae cada vez más bajo, mientras que el mayor se queda en casa, pero también él tiene una relación inmadura con el Padre; de hecho, cuando regresa su hermano, el mayor no se muestra feliz como el Padre; más aún, se irrita y no quiere volver a entrar en la casa. Los dos hijos representan dos modos inmaduros de relacionarse con Dios: la rebelión y una obediencia infantil. Ambas formas se superan a través de la experiencia de la misericordia. Sólo experimentando el perdón, reconociendo que somos amados con un amor gratuito, mayor que nuestra miseria, pero también que nuestra justicia, entramos por fin en una relación verdaderamente filial y libre con Dios.
Queridos amigos, meditemos esta parábola. Identifiquémonos con los dos hijos y, sobre todo, contemplemos el corazón del Padre. Arrojémonos en sus brazos y dejémonos regenerar por su amor misericordioso. Que nos ayude en esto la Virgen María, Mater misericordiae.

San Juan Pablo II, Audiencia General, 8 de septiembre de 1999
"Creo en el perdón de los pecados"
1. Continuando la profundización en el sentido de la conversión, hoy trataremos de comprender también el significado del perdón de los pecados que nos ofrece Cristo a través de la mediación sacramental de la Iglesia.
Y en primer lugar queremos tomar conciencia del mensaje bíblico sobre el perdón de Dios: mensaje ampliamente desarrollado en el Antiguo Testamento y que encuentra su plenitud en el Nuevo. La Iglesia ha insertado este contenido de su fe en el Credo mismo, donde precisamente profesa el perdón de los pecados: "Credo in remissionem peccatorum".
2. El Antiguo Testamento nos habla, de diversas maneras, del perdón de los pecados. A este respecto, encontramos una terminología muy variada: el pecado es "perdonado", "borrado" (Ex 32, 32), "expiado" (Is 6, 7) "echado a la espalda" (Is 38, 17). Por ejemplo, el Salmo 103 dice: "Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades" (v. 3); "no nos trata como merecen nuestros pecados; ni nos paga según nuestras culpas" (v. 10); "como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles" (v. 13).
Esta disponibilidad de Dios al perdón no atenúa la responsabilidad del hombre ni la necesidad de su esfuerzo por convertirse. Pero, como subraya el profeta Ezequiel, si el malvado se aparta de su conducta perversa, su pecado ya no será recordado, y vivirá (cf. Ez 18, espec. vv. 1922).
3. En el Nuevo Testamento, el perdón de Dios se manifiesta a través de las palabras y los gestos de Jesús. Al perdonar los pecados, Jesús muestra el rostro de Dios Padre misericordioso. Tomando posición contra algunas tendencias religiosas caracterizadas por una hipócrita severidad con respecto a los pecadores, explica en varias ocasiones cuán grande y profunda es la misericordia del Padre para con todos sus hijos (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1443).
Culmen de esta revelación puede considerarse la sublime parábola normalmente llamada "del hijo pródigo", pero que debería denominarse "del padre misericordioso" (cf. Lc 15, 11-32). Aquí la actitud de Dios se presenta con rasgos realmente conmovedores frente a los criterios y las expectativas del hombre. Para comprender en toda su originalidad el comportamiento del padre en la parábola es preciso tener presente que, en el marco social del tiempo de Jesús, era normal que los hijos trabajaran en la casa paterna, como los dos hijos del dueño de la viña, de la que nos habla en otra parábola (cf. Mt 21, 28-31). Este régimen debía durar hasta la muerte del padre, y sólo entonces los hijos se repartían los bienes que les correspondían como herencia. En cambio, en nuestro caso, el padre accede a la petición del hijo menor, que quiere su parte de patrimonio, y reparte sus haberes entre él y su hijo mayor (cf. Lc 15, 12).
4. La decisión del hijo menor de emanciparse, dilapidando los bienes recibidos del padre y viviendo disolutamente (cf. Lc 15, 13), es una descarada renuncia a la comunión familiar. El hecho de alejarse de la casa paterna indica claramente el sentido del pecado, con su carácter de ingrata rebelión y sus consecuencias, incluso humanamente, penosas. Frente a la opción de este hijo, la racionalidad humana, expresada de alguna manera en la protesta del hermano mayor, hubiera aconsejado la severidad de un castigo adecuado, antes que una plena reintegración en la familia.
El padre por el contrario, al verlo llegar de lejos, le sale al encuentro, conmovido (o, mejor, "conmoviéndose en sus entrañas", como dice literalmente el texto griego: Lc 15, 20), lo abraza con amor y quiere que todos lo festejen.
La misericordia paterna resalta aún más cuando este padre, con un tierno reproche al hermano mayor, que reivindica sus propios derechos (cf. Lc 15, 29   ss), lo invita al banquete común de alegría. La pura legalidad queda superada por el generoso y gratuito amor paterno, que va más allá de la justicia humana e invita a ambos hermanos a sentarse una vez más a la mesa del padre.
El perdón no consiste sólo en recibir nuevamente en el hogar paterno al hijo que se había alejado, sino también en acogerlo en la alegría de una comunión restablecida, llevándolo de la muerte a la vida. Por eso, "convenía celebrar una fiesta y alegrarse" (Lc 15, 32).
El Padre misericordioso que abraza al hijo perdido es el icono definitivo del Dios revelado por Cristo. Dios es, ante todo y sobre todo, Padre. Es el Dios Padre que extiende sus brazos misericordiosos para bendecir, esperando siempre sin forzar nunca a ninguno de sus hijos. Sus manos sostienen, estrechan, dan fuerza y al mismo tiempo confortan, consuelan y acarician. Son manos de padre y madre a la vez.
El padre misericordioso de la parábola contiene en sí, trascendiéndolos, todos los rasgos de la paternidad y la maternidad. Al arrojarse al cuello de su hijo, muestra la actitud de una madre que acaricia al hijo y lo rodea con su calor. A la luz de esta revelación del rostro y del corazón de Dios Padre se comprenden las palabras de Jesús, desconcertantes para la lógica humana: "Habrá más alegria en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión" (Lc 15, 7). Así mismo: "Se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte" (Lc 15, 10).
5. El misterio de la "vuelta a casa" expresa admirablemente el encuentro entre el Padre y la humanidad, entre la misericordia y la miseria, en un círculo de amor que no atañe sólo al hijo perdido, sino que se extiende a todos.
La invitación al banquete, que el padre dirige al hijo mayor, implica la exhortación del Padre celestial a todos los miembros de la familia humana para que también ellos sean misericordiosos.
La experiencia de la paternidad de Dios conlleva la aceptación de la "fraternidad", precisamente porque Dios es Padre de todos, incluso del hermano que yerra.
Al narrar la parábola, Jesús no solamente habla del Padre; también deja vislumbrar sus propios sentimientos. Frente a los fariseos y escribas, que lo acusan de recibir a los pecadores y comer con ellos (cf.Lc 15, 2), demuestra que prefiere a los pecadores y publicanos que se acercan a él con confianza (cf. Lc 15, 1) y así revela que fue enviado a manifestar la misericordia del Padre. Es la misericordia que resplandece sobre todo en el Gólgota, en el sacrificio que Cristo ofrece para el perdón de los pecados (cf. Mt 26, 28).

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo C. Cuarto domingo de Cuaresma.
El Hijo pródigo
1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo centro es "el Padre misericordioso" (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.
1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón: "Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén."
1700 La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo 1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad.
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
Dios es fiel a sus promesas
207 Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado ("Yo soy el Dios de tus padres", Ex 3, 6) como para el porvenir ("Yo estaré contigo", Ex 3, 12). Dios que revela su nombre como "Yo soy" se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.
212 En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de él no hay dioses (cf. Is 44, 6). Dios transciende el mundo y la historia. El es quien ha hecho el cielo y la tierra: "Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan… pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años" (Sal 102, 27-28). En él "no hay cambios ni sombras de rotaciones" (St 1, 17). El es "El que es", desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.
214 Dios, "El que es", se reveló a Israel como el que es "rico en amor y fidelidad" (Ex 34, 6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. "Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad" (Sal 138, 2; cf. Sal 85, 11). El es la Verdad, porque "Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna" (1Jn 1, 5); él es "Amor", como lo enseña el apóstol Juan (1Jn 4, 8).
Dios perdona los pecados; los pecadores son reintegrados a la comunidad
1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2, 7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2, 10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5; Lc 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20, 21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19, 9).
La puerta del perdón está siempre abierta para los que se arrepienten
982 No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero" (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).
El pan cotidiano de Israel es el fruto de la Tierra prometida
1334 En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8, 3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1Co 10, 16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

Se dice Credo.

Oración de los fieles
113. Oremos a Dios padre. Él escucha al afligido que lo invoca, y lo salva de sus angustias.
- Por la Iglesia, que ha recibido del Señor la misión de reconciliar: para que en medio de las tensiones y las actitudes agresivas, sea fermento de unidad y de paz. Roguemos al Señor.
- Por nuestro mundo, dividido por el odio, la guerra, la segregación; en ricos y pobres, dominadores y dominados, vencedores y vencidos: para que sea posible la paz, fruto de la justicia y del amor fraterno. Roguemos al Señor.
- Por los que se indignan, como el hijo mayor de la parábola, contra los que perdonan y son perdonados: para que depongan su actitud intransigente y sepaqn comprender. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, pecadores, que queremos hacer nuestra la actitud de conversión del hijo menor de la parábola y acogernos a la misericordia y el perdón de Dios: para que valoremos el sacramento de la penitencia y nos preparemos para celebrar nuestra reconciliación con Cristo. Roguemos al Señor.
Dios, Padre nuestro, a tu Hijo Jesús, que no había pecado, le hiciste expiar nuestros pecados, para que, unidos a él, recibiéramos el perdón; escucha nuestras súplicas y alégranos con el gozo de su salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

Benedicto XVI, En la Eucaristía está presente el sacrificio de la cruz (2010).

Textos de Benedicto XVI

En la Eucaristía está presente el sacrificio de la cruz.

Homilía Santa Misa, Catedral de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, City of Westminster, 18 de septiembre de 2010

Me alegra especialmente que nuestro encuentro tenga lugar en esta catedral dedicada a la Preciosísima Sangre, que es el signo de la misericordia redentora de Dios derramada en el mundo por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. De manera particular, saludo al Arzobispo de Canterbury, quien nos honra con su presencia.

Quien visita esta Catedral no puede dejar de sorprenderse por el gran crucifijo que domina la nave, que reproduce el cuerpo de Cristo, triturado por el sufrimiento, abrumado por la tristeza, víctima inocente cuya muerte nos ha reconciliado con el Padre y nos ha hecho partícipes en la vida misma de Dios. Los brazos extendidos del Señor parecen abrazar toda esta iglesia, elevando al Padre a todos los fieles que se reúnen en torno al altar del sacrificio eucarístico y que participan de sus frutos. El Señor crucificado está por encima y delante de nosotros como la fuente de nuestra vida y salvación, “sumo sacerdote de los bienes definitivos”, como lo designa el autor de la Carta a los Hebreos en la primera lectura de hoy (Hb 9,11).

A la sombra, por decirlo así, de esta impactante imagen, deseo reflexionar sobre la palabra de Dios que se acaba de proclamar y profundizar en el misterio de la Preciosa Sangre. Porque ese misterio nos lleva a ver la unidad entre el sacrificio de Cristo en la cruz, el sacrificio eucarístico que ha entregado a su Iglesia y su sacerdocio eterno. Él, sentado a la derecha del Padre, intercede incesantemente por nosotros, los miembros de su cuerpo místico.

Comencemos con el sacrificio de la Cruz. La efusión de la sangre de Cristo es la fuente de la vida de la Iglesia. San Juan, como sabemos, ve en el agua y la sangre que manaba del cuerpo de nuestro Señor la fuente de esa vida divina, que otorga el Espíritu Santo y se nos comunica en los sacramentos (Jn 19,34; cf. 1 Jn 1,7; 5,6-7). La Carta a los Hebreos extrae, podríamos decir, las implicaciones litúrgicas de este misterio. Jesús, por su sufrimiento y muerte, con su entrega en virtud del Espíritu eterno, se ha convertido en nuestro sumo sacerdote y “mediador de una alianza nueva” (Hb 9,15). Estas palabras evocan las palabras de nuestro Señor en la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía como el sacramento de su cuerpo, entregado por nosotros, y su sangre, la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados (cf. Mc 14,24; Mt 26, 28; Lc 22,20).

Fiel al mandato de Cristo de “hacer esto en memoria mía” (Lc 22,19), la Iglesia en todo tiempo y lugar celebra la Eucaristía hasta que el Señor vuelva en la gloria, alegrándose de su presencia sacramental y aprovechando el poder de su sacrificio salvador para la redención del mundo. La realidad del sacrificio eucarístico ha estado siempre en el corazón de la fe católica; cuestionada en el siglo XVI, fue solemnemente reafirmada en el Concilio de Trento en el contexto de nuestra justificación en Cristo. Aquí en Inglaterra, como sabemos, hubo muchos que defendieron incondicionalmente la Misa, a menudo a un precio costoso, incrementando la devoción a la Santísima Eucaristía, que ha sido un sello distintivo del catolicismo en estas tierras.

El sacrificio eucarístico del Cuerpo y la Sangre de Cristo abraza a su vez el misterio de la pasión de nuestro Señor, que continúa en los miembros de su Cuerpo místico, en la Iglesia en cada época. El gran crucifijo que aquí se yergue sobre nosotros, nos recuerda que Cristo, nuestro sumo y eterno sacerdote, une cada día a los méritos infinitos de su sacrificio nuestros propios sacrificios, sufrimientos, necesidades, esperanzas y aspiraciones. Por Cristo, con Él y en Él, presentamos nuestros cuerpos como sacrificio santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1). En este sentido, nos asociamos a su ofrenda eterna, completando, como dice San Pablo, en nuestra carne lo que falta a los dolores de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24). En la vida de la Iglesia, en sus pruebas y tribulaciones, Cristo continúa, según la expresión genial de Pascal, estando en agonía hasta el fin del mundo (Pensées, 553, ed. Brunschvicg).

Vemos este aspecto del misterio de la Sangre Preciosa de Cristo actualizado de forma elocuente por los mártires de todos los tiempos, que bebieron el cáliz que Cristo mismo bebió, y cuya propia sangre, derramada en unión con su sacrificio, da nueva vida a la Iglesia. También se refleja en nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo que aun hoy sufren discriminación y persecución por su fe cristiana. También está presente, con frecuencia de forma oculta, en el sufrimiento de cada cristiano que diariamente une sus sacrificios a los del Señor para la santificación de la Iglesia y la redención del mundo. Pienso ahora de manera especial en todos los que se unen espiritualmente a esta celebración eucarística y, en particular, en los enfermos, los ancianos, los discapacitados y los que sufren mental y espiritualmente.

sábado, 30 de enero de 2016

Sábado 5 marzo 2016, Sábado III semana de Cuaresma.

TEXTOS MISA

Sábado de la III Semana de Cuaresma. Sabbato. Hebdomada III Quadragesimae.
Antífona de entrada Sal 102, 2-3
Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas.
Antiphona ad introitum Ps 102, 2-3
Bénedic, ánima mea, Dómino, et noli oblivísci omnes retributiónes eius, qui propitiátur ómnibus iniquitátibus tuis.
Oración colecta
Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales, y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Observatiónis huius ánnua celebritáte laetántes, quaesumus, Dómine, ut, paschálibus sacraméntis inhaeréntes, plenis eórum efféctibus gaudeámus. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Sábado de la III semana de Cuaresma (Lecc. II).

PRIMERA LECTURA Os 6, 1-6
Quiero misericordia, y no sacrificios

Lectura de la profecía de Oseas.

Vamos, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 50, 3-4. 18-19. 20-21ab (R.: Os 6, 6a)
R.
Quiero misericordia, y no sacrificio. Misericórdiam vólui, et non sacrifícium.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
Quiero misericordia, y no sacrificio. Misericórdiam vólui, et non sacrifícium.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R.
Quiero misericordia, y no sacrificio. Misericórdiam vólui, et non sacrifícium.

V. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R.
Quiero misericordia, y no sacrificio. Misericórdiam vólui, et non sacrifícium.

Versículo antes del Evangelio Cf. Sal 94, 8a. 7d
No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor. Hódie, nolíte obduráre corda vestra, sed vocem Dómini audíte.

EVANGELIO 18, 9-14
El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Catecismo de la Iglesia Católica
2559 "La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes"(San Juan Damasceno, f. o. 3, 24). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde "lo más profundo" (Sal 130, 1-4) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9 - 14). La humildad es la base de la oración. "Nosotros no sabemos pedir como conviene"(Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf San Agustín, serm 56, 6, 9).

Oración de los fieles
110. En este tiempo de Cuaresma, roguemos, hermanos, a Dios nuestro Padre, para que escuche nuestras humildes peticiones.
- Para que Dios nuestro Señor purifique a la Iglesia en la sangre de Cristo y le conceda el don de la unidad. Roguemos al Señor.
- Para que dé la paz, la justicia, la libertad y el amor fraterno a cuantos viven en el mundo. Roguemos al Señor.
- Para que infunda valor a cuantos por la enfermedad, tentación o trabajo, pobreza o humillación participan de la pasión de Cristo. Roguemos al Señor.
- Para que el Señor, por intercesión de María, la madre de los afligidos, fortalezca a los desesperados y confirme la fe de los que vacilan y dudan. Roguemos al Señor.
- Para que todos nosotros, por la pasión y cruz de Jesucristo, lleguemos a la gloria de la resurrección. Roguemos al Señor.
Escucha, Dios de bondad, al pueblo que te suplica, para que lo que no se atreve a esperar por sus propios méritos, lo alcance gracias a la pasión de tu Hijo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Señor, tú que nos purificas con tu gracia para que nos acerquemos dignamente a tus santos misterios, concédenos que al celebrar esta eucaristía que has entregado a tu Iglesia, podamos rendirte una alabanza perfecta. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Deus, de cuius grátia venit, ut ad mystéria tua purgátis sénsibus accedámus, praesta, quaesumus, ut, in eórum traditióne sollémniter honoránda, cómpetens deferámus obséquium. Per Christum.
PLEGARÍA EUCARÍSTICA IV. PREX EUCHARISTICA IV.
Antífona de comunión Lc 18, 13
El publicano, quedándose atrás, se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.
Antiphona ad communionem Lc 18, 13
Publicánus, stans a longe, percutiébat pectus suum dicens: Deus, propítius esto mihi peccatóri.
Oración después de la comunión
Concédenos, Dios de misericordia, venerar con sincero respeto la santa eucaristía que nos alimenta, y recibirla siempre con un profundo espŕitu de fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Da nobis, quaesumus, miséricors Deus, ut sancta tua, quibus incessánter explémur, sincéris tractémus obséquiis, et fidéli semper mente sumámus. Per Christum.


Oratio super populum (ad libitum adhibenda)
Praeténde, Dómine, fidélibus tuis déxteram caeléstis auxílii, ut te toto corde perquírant, et quae digne póstulant cónsequi mereántur. Per Christum.

Celebración de la Confirmación fuera de la Misa.

Ritual de la Confirmación

CELEBRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN FUERA DE LA MISA

RITO DE ENTRADA

46. Una vez reunidos los confirmandos juntamente con sus padres y padrinos y con todo el pueblo, el Obispo, con los presbíteros que lo ayudan en la celebración de este sacramento, los diáconos y los demás ministros entran en la iglesia y se dirigen al presbiterio.

Mientras tanto, los fieles, si parece oportuno, pueden cantar algún salmo o canto apropiado.

Una vez llegado ante el altar, el Obispo lo venera según las rúbricas y se dirige a la sede.

El Obispo:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.

El Obispo:
La paz esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

El Obispo:
Oremos.

Y todos oran en silencio durante unos momentos.

Después, con las manos extendidas, el Obispo dice:

Te pedimos, Dios de poder y misericordia, que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

---------------------------------------------------------------
O bien:
Cumple, Señor, en nosotros tu Promesa: derrama tu Espíritu Santo para que nos haga ante el mundo testigos valientes del Evangelio de Jesucristo, Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

O bien:
Envíanos, Señor, tu Espíritu Santo para que, caminando en la unidad de la fe y fortalecidos con su amor, contribuyamos a que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, alcance su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

O bien:
El Espíritu Santo que procede de ti, Señor, ilumine nuestras mentes y nos dé a conocer toda la verdad como lo prometió Jesucristo, tu Hijo, Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
----------------------------------------------------------------

El pueblo responde:
Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA

47. Luego se hace la celebración de la Palabra de Dios, proclamando, por lo menos, una de las lecturas que se indican en el leccionario propio para las Misas de Confirmación (cap. V, núms. 67-107).

Si se proclaman dos o tres lecturas, sígase el orden habitual, es decir, proclámese primero el Antiguo Testamento, luego las lecturas apostólicas y finalmente el Evangelio. Terminada la primera y segunda
lectura, debe cantarse un salmo u otro canto apropiado, a menos que se prefiera dejar un rato de silencio.

Presentación de los confirmandos

48. Después del Evangelio el Obispo y los concelebrantes se sientan. Entonces el párroco u otro presbítero o diácono, o bien el catequista que preparó a los confirmandos, presenta al Obispo a los que han de ser confirmados, según las costumbres del lugar.

Si es posible, cada uno de los confirmandos es llamado por su nombre y sube al presbiterio; si los confirmandos son niños, les acompaña uno de los padrinos o uno de los padres y se quedan de pie ante el celebrante.

Si los confirmandos son muchos no es necesario llamar a cada uno de ellos por su nombre, sino que es suficiente que se coloquen en un lugar oportuno ante el Obispo.

Quien les presenta puede decir estas o semejantes palabras:

Reverendísimo Padre:
Estos niños (jóvenes) fueron bautizados un día, con la promesa de que serían educados en la fe, y de que un día recibirían por la Confirmación la plenitud del Espíritu Santo.

Como responsable de la acción catequética, tengo la satisfacción de manifestar, ante la comunidad reunida, que han recibido la catequesis adecuada a su edad.

Homilía

49. Luego el Obispo hace una breve homilía, explicando las lecturas proclamadas a fin de preparar a los confirmandos, a sus padres y padrinos y a toda la asamblea de los fieles a una inteligencia más profunda del significado del sacramento de la Confirmación.

Esta homilía la puede hacer con las siguientes o semejantes palabras:

Queridos hijos:
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que los Apóstoles, según la promesa del Señor, recibieron en el día de Pentecostés el Espíritu Santo, y que tenían la misión de llevar a plenitud la consagración bautismal por medio del don del Espíritu. Así lo hizo san Pablo al imponer las manos sobre los que habían sido bautizados, y sobre ellos vino entonces el Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas y profetizar.

Los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, hemos recibido también esta misión y así, ahora (personalmente y con la ayuda de los presbíteros) vamos a comunicar el Espíritu Santo a los que en el Bautismo han renacido como hijos de Dios.

En nuestros días la venida del Espíritu Santo no se manifiesta por el don de lenguas, pero la fe nos dice que este mismo Espíritu de amor se derrama también sobre nosotros y en nosotros actúa invisiblemente. Él nos lleva, a través de carismas y vocaciones diversas, a la confesión de una misma fe y hace progresar a todo el cuerpo de la Iglesia en la unidad y santidad.

El don del Espíritu Santo que ahora, queridos hijos, vais a recibir, os marcará con un sello espiritual y os hará miembros más perfectos de la Iglesia, configurándoos más plenamente con Cristo, que fue ungido también en su Bautismo por el Espíritu Santo, y enviado para que el mundo entero ardiera con el fuego del Espíritu.

Vosotros, que ya fuisteis bautizados en el Espíritu, vais a recibir ahora toda la fuerza del Espíritu Santo y seréis marcados en vuestras frentes con la gloriosa cruz de Cristo. Con ello se os quiere dar a entender que desde ahora tendréis la misión de ser ante el mundo, a través de vuestra vida, testigos de la muerte y resurrección de Cristo. Esto lo debéis realizar de tal forma que, como dice el apóstol, vuestro vivir cotidiano sea ante los hombres como el buen olor de Cristo. De él recibe constantemente la Iglesia aquella diversidad de dones que el Espíritu Santo distribuye entre los miembros del pueblo de Dios, para que el Cuerpo de Cristo vaya creciendo en la unidad y el amor.

Procurad, pues, hijos queridos, ser siempre miembros vivos de la Iglesia y, llevados por el impulso del Espíritu Santo, esforzaos en ser los servidores de todos los hombres, a semejanza de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir.

50. El Obispo, leída la exhortación precedente o pronunciada una homilía propia, concluye con estas palabras u otras parecidas:

Y ahora, antes de recibir el don del Espíritu Santo, conviene que renovéis ante mí, pastor de la Iglesia, y ante los fieles aquí reunidos, testigos de vuestro compromiso, la fe que vuestros padres y padrinos, en unión de toda la Iglesia, profesaron el día de vuestro Bautismo.

Renovación de las promesas del Bautismo

51. Los confirmandos se ponen de pie, y el Obispo les pregunta:

Los confirmandos se ponen de pie, y el Obispo les pregunta:
¿Renunciáis a Satanás y a todas sus obras y seducciones?
Los confirmandos:
Sí, renuncio.

------------------------------------------------------------------------
O bien:
El Obispo:
¿Renunciáis a Satanás?
Los confirmandos:
Sí, renuncio.

El Obispo:
¿Y a todas sus obras?
Los confirmandos:
Sí, renuncio.

El Obispo:
¿Y a todas sus seducciones?
Los confirmandos:
Sí, renuncio.
------------------------------------------------------------------------

El Obispo:
¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?
Los confirmandos:
Sí, creo.

El Obispo:
¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos, y está sentado a la derecha del Padre?
Los confirmandos:
Sí, creo.

El Obispo:
¿Creéis en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés?
Los confirmandos:
Sí, creo.

El Obispo:
¿Creéis en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna?
Los confirmandos:
Sí, creo.

El Obispo asiente a la profesión de fe diciendo:
Ésta es nuestra fe.
Ésta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Y los fieles, a su vez, asienten también diciendo:
Amén.

En lugar de la fórmula Esta es nuestra fe, se puede cantar un canto con el que los fieles proclamen su fe.

Otro formulario para la renovación, ver nn. 108-110.

CELEBRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN

Imposición de manos

52. El diácono o un ministro puede decir una monición con estas palabras u otras semejantes:

El día de Pentecostés, los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo que Cristo les había prometido. Ahora el Obispo, repitiendo el gesto que usaban los Apóstoles para transmitir este don, va a imponer sus manos sobre los confirmandos, pidiendo que el Espíritu los llene de sus dones. Oremos en silencio al Señor.

53. El Obispo (teniendo a ambos lados a los presbíteros que junto con él administrarán la Confirmación) de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, dice:

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, y pidámosle que derrame el Espíritu Santo sobre estos hijos de adopción que renacieron ya a la vida eterna en el Bautismo, para que los fortalezca con la abundancia de sus dones, los consagre con su unción espiritual y haga de ellos imagen perfecta de Jesucristo.

Todos oran en silencio unos instantes.

Después el Obispo (y los presbíteros que junto con él administrarán la Confirmación) impone(n) las manos sobre todos los confirmandos.

54. Mientras tanto el Obispo dice:

Dios todopoderoso,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo,
a estos siervos tuyos
y los libraste del pecado;
escucha nuestra oración y envía sobre ellos
el Espíritu Santo Paráclito;
llénalos de espíritu de sabiduría
y de inteligencia,
de espíritu de consejo y de fortaleza,
de espíritu de ciencia y de piedad,
y cólmalos del espíritu de tu santo temor.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Crismación

55. El diácono o un ministro puede decir una monición con estas palabras u otras semejantes:

Hemos llegado al momento culminante de la celebración. El Obispo les impondrá la mano y los marcará con la cruz gloriosa de Cristo para significar que son propiedad del Señor. Los ungirá con óleo perfumado. Ser crismado es lo mismo que ser Cristo, ser mesías, ser ungido. Y ser mesías y Cristo comporta la misma misión que el Señor: dar testimonio de la verdad y ser, por el buen olor de las buenas obras, fermento de santidad en el mundo.

56. Seguidamente el diácono presenta el santo Crisma al Obispo.

Se acercan al Obispo los confirmandos, o bien el propio Obispo va pasando ante cada uno de ellos. El que presenta al confirmando coloca su mano derecha sobre el hombro de éste y dice al Obispo el nombre del presentado, a no ser que el mismo confirmando diga su nombre.

El Obispo moja el dedo pulgar de su mano derecha en el santo Crisma y hace con él la señal de la cruz sobre la frente del confirmando diciendo:

N., recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo.

Y el confirmando responde:

Amén.

El Obispo añade:
La paz sea contigo.

El confirmando responde:
Y con tu espíritu.

Si ayudan algunos presbíteros a administrar el sacramento de la Confirmación, los diáconos o los ministros dan al Obispo todos los vasos del santo Crisma a fin de que el Obispo entregue personalmente el Crisma a cada uno de los presbíteros; así aparece visiblemente que los presbíteros actúan en nombre del Obispo.

Los confirmandos se acercan al Obispo o a los presbíteros, o bien si se prefiere el Obispo y los presbíteros van pasando ante cada uno de los confirmandos, los cuales son ungidos del modo que se ha indicado más arriba. Terminada la unción el Obispo se lava las manos.

Mientras dura la unción de los confirmandos puede cantarse algún canto apropiado.

Oración universal

57. Terminada la unción de todos los confirmandos, se hace la Oración universal, con el siguiente formulario u otro parecido y debidamente aprobado.

El Obispo:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso y, ya que es una misma la fe, la esperanza y el amor que el Espíritu Santo ha infundido en todos nosotros, que nuestra oración sea también unánime ante la presencia de nuestro Padre común.

El diácono, o bien un ministro (o uno de los confirmandos) añade las siguientes peticiones.

Si hace las invocaciones el diácono o un ministro:

Por estos hijos suyos, a quienes el don del Espíritu Santo ha confirmado hoy como miembros más perfectos del pueblo de Dios, para que, arraigados en la fe y cimentados en el amor, den siempre con su vida testimonio de Cristo, roguemos al señor.
R. Te rogamos, óyenos.

Por sus padres y padrinos, para que con su palabra y ejemplo ayuden a seguir fielmente a Cristo a estos confirmados, de cuya fe se han hecho responsables, roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos.

---------------------------------------------------------------------
58. Si las peticiones las hace uno de los confirmandos, las dos invocaciones precedentes se sustituyen por las siguientes:

Por nosotros, los que acabamos de ser confirmados, para que el don del Espíritu Santo que nos ha hecho miembros más perfectos del pueblo de Dios nos arraigue en la fe y nos haga crecer en el amor, y así demos con nuestra vida testimonio de Jesucristo, roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos.

- Por nuestros padres y padrinos, para que con su palabra y ejemplo nos ayuden a seguir a Cristo y a ser fieles a la fe, roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos.
---------------------------------------------------------------------

59. Tanto si hace las invocaciones uno de los confirmandos como si las hace el diácono o un ministro, se continúa:

Por la santa Iglesia de Dios, para que, congregada por el Espíritu Santo en la confesión de una misma fe, crezca en el amor y se dilate por el mundo entero hasta el día de la venida de Cristo, bajo la guía del Papa N., de nuestro Obispo N.(que preside esta celebración) y de todos los Obispos de la Iglesia, roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos.

- Por los hombres de todos los pueblos y de todas las razas, hijos de un único Padre y Creador, para que se reconozcan mutuamente hermanos y trabajen por la llegada del reino de Dios, que es paz
y gozo en el Espíritu Santo, roguemos al Señor.
R. Te rogamos, óyenos.

El Obispo:
Señor, Dios nuestro,
que diste a los apóstoles el Espíritu Santo,
y quisiste que por ellos y sus sucesores
fuera transmitido a todos los fieles,
atiende nuestras súplicas y concédenos
que lo que tu amor realizó
en los comienzos de la Iglesia
se realice también hoy
en el corazón de los creyentes.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Oración dominical

60. El Obispo, con las manos juntas, introduce la oración dominical con estas o parecidas palabras:

Ahora, hermanos, concluyamos nuestra oración y uniéndola a la plegaria que nos enseñó el Señor, digamos todos juntos:

Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa diciendo la oración del Padre nuestro.

RITO DE CONCLUSIÓN

Bendición solemne

61. Al final de la Celebración, en lugar de la bendición habitual, se bendice al pueblo con la siguiente fórmula o bien con la oración sobre el pueblo que se indica a continuación.

El Obispo:
El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

El diácono o uno de los ministros puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el Obispo, con las manos extendidas sobre el pueblo, dice:
Dios, Padre todopoderoso,
que os adoptó como hijos,
haciéndoos renacer
del agua y del Espíritu Santo,
os bendiga y os haga siempre dignos de su amor.
R. Amén.

V. El Hijo unigénito de Dios,
que prometió que el Espíritu de verdad
estaría siempre en la Iglesia,
os bendiga y os fortalezca.
R. Amén.

V. El Espíritu Santo,
que encendió en el corazón de los discípulos
el fuego del amor,
os bendiga y, congregándoos en la unidad,
os conduzca a los gozos del reino eterno.
R. Amén.

Y, a continuación, añade:
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre +, Hijo + y Espíritu + Santo,
descienda sobre vosotros.
R. Amén.

Y se despide al pueblo de la forma acostumbrada.

Oración sobre el pueblo

62. En lugar de la bendición anterior puede usarse, si se prefiere, la siguiente Oración sobre el pueblo.

El Obispo:
El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

El diácono o uno de los ministros puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:

Inclinaos para recibir la bendición.

Luego, el Obispo, con las manos extendidas sobre el pueblo, dice:
Confirma, oh Dios,
lo que has realizado en nosotros
y conserva los dones del Espíritu Santo
en el corazón de tus fieles,
para que nunca se avergüencen
de dar testimonio de Cristo crucificado,
y cumplan siempre con amor tu voluntad.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Y, a continuación, añade:
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre +, Hijo + y Espíritu + Santo,
descienda sobre vosotros.
R. Amén.

Y se despide al pueblo de la forma acostumbrada.

viernes, 29 de enero de 2016

Misa ritual en la administración de la Confirmación (formularios A, B y C).

Misa ritual de la Confirmación

Esta misa se dice, con vestiduras de color rojo o blanco, cuando en la misma celebración eucarística o inmediatamente antes o después de ella, se administra el sacramento de la confirmación.
Puede utilizarse cualquier día del año, fuera de los domingos de Adviento, de Cuaresma y de Pascua, de las solemnidades, del Miércoles de Ceniza y de la Semana Santa.
Haec Missa adhibetur, cum colore rubro, vel albo, vel festivo, in collatione Confirmationis, diebus quibus Missae rituales permittuntur.
Dicitur Gloria in excélsis. Symbolum vero omittitur.


EN LA ADMINISTRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN A IN CONFERENDA CONFIRMATIONE A
Antífona de entrada Ez 36, 25-26
Dice el Señor: Derramaré sobre vosotros un agua pura y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo.
Antiphona ad introitum Ez 36, 25-26
Dicit Dóminus: Effúndam super vos aquam mundam, et dabo vobis cor novum, et spíritum novum ponam in médio vestri (T.P. allelúia).
Oración colecta
Te pedimos, Dios de poder y misericordia, que envíes el Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.
O bien:
Cumple, Señor, en nosotros tu promesa: derrama tu Espíritu Santo para que nos haga ante el mundo testigos valientes del Evangelio de Jesucristo. Que vive y reina contigo.
Collecta
Praesta, quaesumus, omnípotens et miséricors Deus, ut Spíritus Sanctus advéniens templum nos glóriae suae dignánter inhabitándo perfíciat. Per Dóminum.
Vel:
Promissiónem tuam, quaesumus, Dómine, super nos propitiátus adímple, ut Spíritus Sanctus advéniens nos coram mundo testes effíciat Evangélii Dómini nostri Iesu Christi. Qui tecum.

Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las ofrendas de estos hijos tuyos, configurados hoy más perfectamente con Cristo, que por su muerte nos mereció el don del Espíritu, y concédeles que la participación en la eucaristía, memorial de la Pascua del Señor, les impulse a dar testimonio de Jesucristo tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Super oblata
Famulórum tuórum, quaesumus, Dómine, súscipe vota cleménter, et praesta, ut, Fílio tuo perféctius configuráti, in testimónium eius indesinénter accréscant, memoriále participántes redemptiónis eius, qua Spíritum tuum nobis ipse proméruit. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
Prefacio de la Confirmación
Marcados con el sello del Espíritu
En verdad es justo darte gracias, es bueno cantar tu gloria, Padre santo, fuente y origen de todo bien.
Tú, en el Bautismo, das nueva vida a los creyentes y los haces partícipes del misterio pascual de tu Hijo.
Tú los confirmas con el sello de tu Espíritu, mediante la imposición de manos y la unción real del crisma.
Así, renovados a imagen de Cristo, el ungido por el Espíritu Santo y enviado para anunciar la buena nueva de la salvación, los haces tus comensales en el banquete eucarístico y testigos de la fe en la Iglesia y en el mundo.
Por eso, nosotros, reunidos en esta asamblea festiva para celebrar los prodigios de un renovado Pentecostés, y unidos a los ángeles y a los santos, cantamos el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…
Adhiberi potest Praefatio I de Spiritu Sancto, vel II.
Cuando se utiliza el Canon romano, se dice Acepta, Señor, en tu bondad propio:
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por quienes, renacidos en el bautismo, han sido confirmados hoy por el Espíritu Santo; recíbela en tu bondad y conserva en tus hijos el don que les has dado. [Por Cristo, nuestro Señor. Amén].
Quando adhibetur Canon romanus, dicitur Hanc ígitur proprium:
Hanc ígitur oblatiónem servitútis nostrae, sed et cunctae famíliae tuae, quam tibi offérimus pro iis quoque, quos, Baptísmate regenerátos, confirmáre dignátus es donatióne Spíritus Sancti, quaesumus, Dómine, ut placátus accípias, et propitiátus in eis tuam grátiam custódias. (Per Christum Dóminum nostrum. Amen.)
En las intercesiones de la plegaria eucarística II:
...llévala a su perfección por la caridad.
Acuérdate también de tus hijos que, regenerados en el Bautismo, hoy has confirmado, marcándolos con el sello del Espíritu Santo; custodia en ellos el don de tu amor.
Acuérdate también de nuestros hermanos...
Quando adhibetur Prex eucharistica II post verba ...univérso clero additur:
Recordáre quoque, Dómine, famulórum tuórum, quos hódie donatióne Spíritus Sancti confirmáre dignátus es, et eos in grátia tua consérva.
En las intercesiones de la plegaria eucarística III:
...y a todo el pueblo redimido por ti.
Ayuda a tus hijos, que hoy has confirmado marcándolos con el sello del Espíritu Santo; custodia en ellos el don de tu amor.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia...
Quando adhibetur Prex eucharistica III post verba ...pópulo acquisitiónis tuae additur:
Meménto étiam, Dómine, famulórum tuórum, quos, Baptísmate regenerátos, confirmáre dignátus es donatióne Spíritus Sancti, et propitiátus in eis tuam grátiam custódi.
Antífona de la comunión Cf. Heb 6, 4
Alegraos en el Señor los que habéis sido iluminados, habéis gustado del don celestial, y habéis sido hechos partícipes del Espíritu Santo.
Antiphona ad communionem Cf. He 6, 4
Quicúmque illumináti estis, qui gustavístis donum caeléste, et partícipes facti estis Spíritus Sancti, gaudéte omnes in Dómino (T.P. allelúia).
Oración después de la comunión
Te pedimos, Señor, que continúes favoreciendo a estos hijos tuyos a quienes has ungido con el don del Espíritu Santo y has alimentado con el sacramento de tu Hijo; haz que superando las dificultades de la vida, alegren con su santidad a la Iglesia y, por medios de sus obras y de su amor, la hagan crecer en el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Spíritu Sancto, Dómine, perúnctos tuíque Fílii sacraménto nutrítos tua in pósterum benedictióne proséquere, ut, ómnibus adversitátibus superátis, Ecclésiam tuam sanctitáte laetíficent, eiúsque in mundo increménta suis opéribus et caritáte promóveant. Per Christum.
Bendición solemne
Al final de la misa, en lugar de la bendición habitual, se bendice al pueblo con la siguiente fórmula o bien con la oración sobre el pueblo, que se indica a continuación.
Dios Padre todopoderoso, que os adoptó como hijos, haciéndoos renacer del agua y del Espíritu Santo, os bendiga y os haga siempre dignos de su amor.
R. Amén.
El Hijo unigénito de Dios, que prometió que el Espíritu de verdad estaría siempre en la Iglesia, os bendiga y os fortalezca.
R. Amén.
El Espíritu Santo, que encendió en el corazón de los discípulos el fuego del amor, os bendiga y, congregándoos en la unidad, os conduzca a los gozos del reino eterno.
R. Amén.
Y, a continuación añade:
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén.
Oración sobre el pueblo
En lugar de la bendición anterior puede usarse, si se prefiere, la siguiente oración sobre el pueblo.
El diácono o uno de os ministros puede amonestar a los fieles con estas palabras u otras parecidas:
Inclinaos para recibir la bendición.
Luego, el obispo, con las manos extendidas sobre el pueblo, dice:
Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros y conserva los dones del Espíritu Santo en el corazón de tus fieles, para que nunca se avergüencen de dar testimonio de Cristo crucificado, y cumplan siempre con amor tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Y, a continuación, añade:
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
Benedictio in fine Missae
Episcopus, manibus super nuper confirmatos extensis, dicit:
Benedícat vos Deus Pater omnípotens, qui vos, ex aqua et Spíritu Sancto renátos, fílios suae adoptiónis effécit, et dignos sua patérna dilectióne custódiat.
R. Amen.
Benedícat vos Fílius eius Unigénitus, qui Spíritum veritátis in Ecclésiam mansúrum esse promísit, et vos in confessióne verae fídei sua virtúte confírmet.
R. Amen.
Benedícat vos Spíritus Sanctus, qui ignem caritátis in córdibus discipulórum accéndit, et vos, in unum congregátos, ad gáudium regni Dei sine offensióne perdúcat.
R. Amen.
Et universum populum benedicit subiungens:
Et vos omnes, qui hic simul adéstis, benedícat omnípotens Deus, Pater, + et Fílius, + et Spíritus + Sanctus.
R. Amen.
Vel:
Oratio super populum
Episcopus, manibus super nuper confirmatos et populum extensis, dicit:
Confírma hoc, Deus, quod operátus es in nobis, et Spíritus Sancti dona in córdibus tuórum custódi fidélium, ut et Christum crucifíxum coram mundo confitéri non erubéscant, et mandáta eius devóta caritáte perfíciant. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
R. Amen.
Et benedíctio Dei omnipoténtis, Patris, + et Fílii, + et Spíritus + Sancti. descéndat super vos et máneat semper.
R. Amen.


EN LA ADMINISTRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN B IN CONFERENDA CONFIRMATIONE B
Antífona de entrada Cf. Rom 5, 5; 8, 11
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros.
Antiphona ad introitum Cf. Rm 5, 5; 8,11
Cáritas Dei diffúsa est in córdibus nostris per inhabitántem Spíritum eius in nobis (T.P. allelúia).
Oración colecta
Envíanos, Señor, tu Santo Espíritu para que, caminando en la unidad de la fe y fortalecidos con su amor, contribuyamos a que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, alcance su plenitud. Por Jesucristo nuestro Señor.
Collecta
Spíritum Sanctum tuum, quaesumus, Dómine, super nos dignánter effúnde, ut omnes, in unitáte fídei ambulántes, et caritátis eius fortitúdine roboráti, ad mensúram aetátis plenitúdinis Christi occurrámus. Qui tecum.

Oración sobre las ofrendas
Con el mismo amor paternal con que contemplas a tu Hijo, mira también, Señor, a estos siervos tuyos; y concede los dones del Espíritu Santo a los que han sido marcados con la cruz y la unción de Cristo y con él se ofrecen en esta eucaristía. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Hos fámulos tuos, Dómine, una cum Unigénito tuo benígnus admítte, ut, qui eius cruce spiritalíque sunt unctióne signáti, se tibi cum ipso iúgiter offeréntes, largiórem in dies effusiónem tui Spíritus mereántur. Per Christum.
Prefacio de la Confirmación (como en A). Adhiberi potest Praefatio I de Spiritu Sancto, vel II.
En las Plegarias eucarísticas se utilizan la intercesiones propias (como en A). In Precibus eucharisticis: Intercessione propriae (vid. A).
Antífona de la comunión Sal 33, 6. 9
Contemplad al Señor y quedaréis radiantes; gustad y ved qué bueno es el Señor.
Antiphona ad communionem Cf. Ps 33, 6. 9
Accédite ad Dóminum et illuminámini: gustáte et vidéte quóniam suávis est (T.P. allelúia).
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso, mira con bondad a los que has enriquecido con los dones de tu Espíritu y alimentado con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo; concédeles también vivir en el amor, plenitud de tu ley, manifestar la libertad gloriosa de los hijos de Dios y, por la santidad de su vida, cumplir su misión profética en el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.
Post communionem
Quos tui Spíritus, Dómine, cumulásti munéribus, tuíque auxísti Unigéniti nutriménto, fac étiam in plenitúdine legis instrúctos, ut coram mundo tuae libertátem adoptiónis iúgiter maniféstent, et prophéticum tui pópuli munus sua váleant sanctitáte praebére. Per Christum.
La bendición solemne o la oración sobre el pueblo (como en A). Benedictio sollemnis vel Oratio super populum (vid. A).


EN LA ADMINISTRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN C
Otras oraciones, para utilizar según convenga
IN CONFERENDA CONFIRMATIONE C
Aliae orationes, pro opportunitate adhibendae
Oración colecta
El Espíritu Santo que procede de ti, Señor, ilumine nuestras mentes y nos dé a conocer toda la verdad como lo prometió Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.
Collecta
Mentes nostras, quaesumus, Dómine, Paráclitus qui a te procédit illúminet, et indúcat in omnem, sicut tuus promísit Fílius, veritátem. Qui tecum.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Padre santo, las ofrendas de tu familia, para que, quienes acaban de recibir el don del Espíritu Santo, conserven siempre lo que han recibido y alcancen un día los premios eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Súscipe, quaesumus, Dómine, oblatiónem famíliae tuae, ut, qui donum Spíritus Sancti suscepérunt, et colláta custódiant, et ad aetérna praemia pervéniant. Per Christum.
Oración después de la comunión
Derrama, Señor, sobre nosotros tu espíritu de caridad, para que vivamos siempre unidos en tu amor los que hemos participado de un mismo sacramento pascual. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Spíritum nobis, Dómine, tuae caritátis infúnde, ut, quos uno pane caelésti satiásti, una fácias pietáte concórdes. Per Christum.