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martes, 16 de febrero de 2016

Benedicto XVI, En la Eucaristía está la nueva Jerusalén, la tienda de Dios: el Cuerpo de Cristo (2010).

Textos de Benedicto XVI 

En la Eucaristía está la nueva Jerusalén, la tienda de Dios: el Cuerpo de Cristo

Encuentro con el clero de la diócesis de Roma: “Lectio divina”, 18 de febrero de 2010.

(...) Todavía unas pocas palabras, al menos sobre Melquisedec. Es una figura misteriosa que entra en la historia sagrada en Génesis 14: después de la victoria de Abraham sobre algunos reyes, aparece el rey de Salem, de Jerusalén, Melquisedec, y lleva pan y vino. Un episodio no comentado y un poco incomprensible, que sólo aparece de nuevo en el Salmo 110, como ya hemos dicho, pero se entiende que, después el judaísmo, el agnosticismo y el cristianismo hayan querido reflexionar profundamente sobre esta palabra y hayan creado sus interpretaciones. La carta a los Hebreos no especula, sino que refiere solamente lo que dice la Escritura y son varios elementos: es rey de justicia, vive en la paz, es rey de donde está la paz, venera y adora al Dios Altísimo, al Creador del cielo y de la tierra, y lleva pan y vino (cf. Hb 7, 1-3; Gn 14, 18-20). No se comenta que aquí aparece el sumo sacerdote del Dios Altísimo, rey de la paz, que adora con pan y vino al Dios Creador del cielo y de la tierra. Los Padres han subrayado que es uno de los santos paganos del Antiguo Testamento y esto muestra que también desde el paganismo existe un camino hacia Cristo y los criterios son: adorar al Dios Altísimo, al Creador, cultivar la justicia y la paz, y venerar a Dios de modo puro. Así, con estos elementos fundamentales, también el paganismo está en camino hacia Cristo, en cierto modo hace presente la luz de Cristo.

En el canon romano, después de la consagración, tenemos la oración supra quae, que menciona algunas prefiguraciones de Cristo, de su sacerdocio y de su sacrificio: Abel, el primer mártir, con su cordero; Abraham, que sacrifica en la intención a su hijo Isaac, sustituido por el cordero que da Dios; y Melquisedec, sumo sacerdote del Dios Altísimo, que lleva pan y vino. Esto significa que Cristo es la novedad absoluta de Dios y, al mismo tiempo, está presente en toda la historia, a través de la historia, y la historia va hacia el encuentro con Cristo. Y no sólo la historia del pueblo elegido, que es la verdadera preparación querida por Dios, en la que se revela el misterio de Cristo, sino también desde el paganismo se prepara el misterio de Cristo, existen caminos hacia Cristo, el cual lleva todo en sí mismo.

Esto me parece importante en la celebración de la Eucaristía: aquí está recogida toda la oración humana, todo el deseo humano, toda la verdadera devoción humana, la verdadera búsqueda de Dios, que se encuentra finalmente realizada en Cristo. Por último, es preciso decir que ahora el cielo está abierto, el culto ya no es enigmático, en signos relativos, sino que es verdadero, porque el cielo está abierto y no se ofrece algo, sino que el hombre se convierte en uno con Dios y este es el verdadero culto. Así dice la carta a los Hebreos: “Nuestro sacerdote está a la derecha del trono, del santuario, de la tienda verdadera, que el Señor Dios mismo ha construido” (cf. 8, 1-2).

Volvamos al dato de que Melquisedec es rey de Salem. Toda la tradición davídica se ha referido a esto diciendo: “Este es el lugar, Jerusalén es el lugar del culto verdadero, la concentración del culto en Jerusalén viene ya de los tiempos de Abraham, Jerusalén es el lugar verdadero de la auténtica veneración de Dios”.

Demos otro paso: la verdadera Jerusalén, el Salem de Dios, es el Cuerpo de Cristo; la Eucaristía es la paz de Dios con el hombre. Sabemos que san Juan, en el Prólogo, llama a la humanidad de Jesús “la tienda de Dios”, eskenosen en hemin (Jn 1, 14). Aquí Dios mismo ha creado su tienda en el mundo y esta tienda, esta Jerusalén nueva y verdadera está al mismo tiempo en la tierra y en cielo, porque este Sacramento, este sacrificio se realiza siempre entre nosotros y llega siempre hasta el trono de la Gracia, a la presencia de Dios. Aquí está la verdadera Jerusalén, al mismo tiempo celestial y terrestre: la tienda que es el Cuerpo de Dios, que como Cuerpo resucitado sigue siendo siempre Cuerpo y abraza la humanidad; y, al mismo tiempo, al ser Cuerpo resucitado, nos une a Dios. Todo esto se realiza siempre de nuevo en la Eucaristía. Y nosotros como sacerdotes estamos llamados a ser ministros de este gran Misterio, en el Sacramento y en la vida. Roguemos al Señor que nos haga entender este Misterio cada vez mejor, vivir cada vez mejor este Misterio y ofrecer así nuestra ayuda para que el mundo se abra a Dios, para que el mundo sea redimido. Gracias.