domingo, 26 de marzo de 2017

Ritual de enfermos: Evangelios.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO IX. LECCIONARIO PARA EL RITUAL DE ENFERMOS

EVANGELIOS

I. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

311. Las bienaventuranzas son una buscada y total contraposi­ción al deseo de dicha inmediata que invade al hombre. Constitu­yen la quintaesencia del programa de Jesús y sólo se comprenden cuando se las considera practicadas por Jesús. Es su punto de vista sobre la existencia humana, que él convirtió en norma y vida de su propia existencia.

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándolos:
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos.los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán conso­lados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos ve­rán a Dios.Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios»
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Palabra del Señor.


II. Señor, si quieres, puedes limpiarme

312. Una fe profunda en la omnipotencia de Dios alienta la oración del leproso: »Si quieres, puedes limpiarme.» Basta que él, que todo lo puede, lo quiera. Pero sigue siendo libre Dios, Señor de la historia y de la naturaleza, para dejar seguir a ésta su curso.

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 1-4

Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
—Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Extendió la mano y lo tocó diciendo:
—¡Quiero, queda limpio!
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
—No se lo digas a nadie, pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.

Palabra del Señor.


III. El cargó con nuestras enfermedades

313. No se oponen una personalidad consciente de la propia valía y una aceptada humildad ante Dios. El centurión sabe ejer­citar la autoridad (v. 9) y, sin embargo, se siente indigno de la vi­sita de Jesús (v. 8). Su súplica está llena de fe (v. 10) y de delica­deza (v. 8): que no entre Jesús —judío — en casa de un pagano y pierda la pureza ritual).

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 5-17; o bien: 5-13; o bien: 14-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó diciéndole:
—Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.
El le contestó:
—Voy yo a curarlo.
Pero el centurión le replicó:
—Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi te­cho? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes: y le digo a uno «ve», y va; al otro, «ven», y viene; a mi criado, «haz esto», y lo hace.
Cuando Jesús lo oyó quedó admirado y dijo a los que le seguían:
—Os aseguro que en Israel no he encontrado en na­die tanta fe. Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; en cambio, a los ciudadanos del Reino los echarán afuera, a las tinieblas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes.Y al centurión le dijo:
—Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
[Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la sue­gra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre, se levantó y se puso a servirles.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él con su palabra expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías:
«El tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades».]

Palabra del Señor.


IV. Venid a mí todos los que estáis cansados

314. Las cargas y fatigas de nuestra vida se transforman en carga y yugo de Cristo (vv. 29-30) cuando nos sentimos identificados con él y continuadores de su vida y programa (v. 28). Sólo el que tiene el corazón humilde recibe la revelación de Dios (v. 25), que supera todo conocimiento y es fuente de aguante y energía.

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó:
—Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y enten­didos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Pa­dre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.Venid a mí todos los que estáis cansados y agobia­dos, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encon­traréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Palabra del Señor.


V. Jesús curó a muchos

315. Precede a las curaciones la humildad suplicante de los enfermos que se postran a sus pies (v. 30). Y sigue a la curación la alabanza a Dios (v. 31), el reconocimiento de que es de Dios, de donde vino la salvación.

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 15, 29-31

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Gali­lea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y él los curaba.
La gente se admiraba al ver hablar a los mudos sa­nos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a lo ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Palabra del Señor.


VI. Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis

316. Al final nos examinarán del amor. Se nos preguntará cómo nos portamos con los enfermos y cuantos necesitaron nues­tra ayuda y no cómo y cuándo confesamos y reconocimos explícitamente al Señor. Eso demuestra la pregunta extrañada de los co­locados a la derecha: «¿ Cuándo te vimos enfermo a ti?»

+ Lectura del santo Evangelio según San Mateo 25, 31-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, y to­dos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.
El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
—Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo:
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestísteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.
Entonces los justos le contestarán:
—Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimen­tamos, o con sed y te dimos de beber?, ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?, ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?
Y el rey les dirá:
—Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Palabra del Señor.


VII. Viendo la fe que tenían, dijo: tus pecados quedan perdonados

317. La fe (v. 5) que remueve montañas es la que está dis­puesta a remover cualquier obstáculo (v. 4), la que cree contra toda esperanza. La fe verdadera es activa y nos pide poner de nuestra parte todo lo que esté a nuestro alcance. Jesús no desecha sino aprecia (v. 5) este esfuerzo personal.

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 2, 1-12

En aquel tiempo, volvió Jesús a Cafarnaún, y se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta.
El les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
—Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:—¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
—¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados» o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados... enton­ces le dijo al paralítico:
—Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos.
Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios di­ciendo:
—Nunca hemos visto una cosa igual.

Palabra del Señor.


VIII. ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

318. Querríamos, como los apóstoles, que la presencia de Je­sús en nosotros ahuyentase de nuestra vida todo temor y zozobra. Y nos sorprende la indiferencia de Dios, que parece dormir (v. 38) ante el peligro de la vida en que nos encontramos. Dios es incompatible con el naufragio, pero no con la inseguridad y embates que amenazan nuestra vida. Pensar lo contrario es tener poca fe (v. 40).

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:
—Vamos a la otra orilla.
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.
Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
El estaba a popa, dormido sobre un almohadón.
Lo despertaron, diciéndole:
—Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:
—¡Silencio, cállate!
El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo:
—¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
Se quedaron espantados y se decían unos a otros:
—¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Palabra del Señor.


IX. Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí

319. El ciego logra su curación después de haber vencido el respeto humano. A las increpaciones para que se calle responde confesando con voz más alta la mesianidad de Jesús (v. 48). A sí merece que Jesús le llame (v. 49) y le cure. Bartimeo vence tam­bién la tentación egoísta de la ingratitud y, curado, sigue a Jesús (v. 52) como le había seguido enfermo.

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus dis­cípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
—Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
—Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
—Llamadlo.
Llamaron al ciego, diciéndole:
—Animo, levántate, que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
—¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
—Maestro, que pueda ver.
Jesús le dijo:
—Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el ca­mino.

Palabra del Señor.


X. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos 

320. El Evangelio es una noticia de salvación con hechos y palabras. Por eso comienza a veces esa salvación por la curación de enfermedades (v. 18) y de toda clase de males fv. 17). Son las señales con que el Señor va prestando su confirmación a la palabra predicada (v. 20). Y, sin embargo, Ia adhesión de nuestra fe (v. 14) no debe depender de que existan o no esas señales.

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once, y les dijo:
—Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos:
echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

Palabra del Señor.


XI. Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oido

321. Juan, que había anunciado a Jesús como el Mesías, duda de ello en la cárcel, porque no se está cumpliendo una de las esperanzas proféticas: «Liberará de la prisión a los cautivos». Jesús le comunica las otras esperanzas que con él se están cum­pliendo, entre las cuales no figura la que a Juan más interesa. La acción de Dios no llenará siempre nuestros anhelos y no por eso deberá desfallecer nuestra esperanza.

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 7, 19-23

En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor:
—¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que espe­rar a otro?
Los hombres se presentaron a Jesús y le dijeron:
—Juan el Bautista nos ha mandado a preguntarte:
«¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»
Y en aquella ocasión Jesús curó a muchos de enfer­medades, achaques y malos espíritus, y a muchos cie­gos les otorgó la vista.
Después contestó a los enviados:
—Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí.

Palabra del Señor.


XII. Curad a los enfermos

322. Los mensajeros del Reino (v. 9) deberán ser mensajeros de paz (v. 5) y de salvación (v. 9), tratando por su parte de dar concreción material a ese mensaje salvador con la salvación y ali­vio de enfermedades y dolencias.

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 10, 5-6. 8-9

En aquel tiempo, dijo Jesús:
—Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará so­bre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pue­blo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de voso­tros el Reino de Dios.»

Palabra del Señor.


XIII. ¿Quién es mi prójimo?

323. Jesús cambia, al final de la parábola (v. 36), el plantea­miento. No pregunta, ¿quién es tu prójimo? (v. 29), sino ¿quién se ha hecho prójimo del que se encontró necesitado de ayuda ? El cristiano no deberá preguntarse quien es su prójimo, sino si él se siente de verdad próximo al que padece necesidad.

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le pre­guntó a Jesús para ponerlo a prueba:
—Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo:
—¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó:
—«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».
El le dijo:
—Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo,
preguntó a Jesús:
—¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo una levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montán­dolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándo­selos al posadero, le dijo:
—Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
—El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
—Anda, haz tú lo mismo.

Palabra del Señor.


XIV. Pedid y se os dará

324. La fuerza y eficacia de la oración reside no en el que pide, sino en la bondad del padre, Dios, a quien se pide (v. 13). Eso debe hacernos confiados y persistentes en la petición fvv. 5-10), sabiendo, sin embargo, que el objeto infalible y supremo de nuestra oración es el del Espíritu de Dios que en ella se nos comu­nica.

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene du­rante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»
Y, desde dentro, el otro le responde:
«No me molestes; la puerta está cerrada;
mis años y yo estamos acostados:
no puedo levantarme para dártelos.»
Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros:
Pedid y se os dará,
buscad y hallaréis,
llamad y se os abrirá;
porque quien pide, recibe,
quien busca, halla,
y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?
¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

Palabra del Señor.


XV. Dichosos los criados a quienes el señor los encuentre en vela

325. La vida es servicio y nuestro papel respecto a Dios es el de los criados con su dueño <vv. 36-37), administradores (v. 42) que no tienen en su mano bienes propios. La vida es vela continua (v. 35. 38, etc.), responsabilidad permanente de dar lo mejor de nosotros mismos (cf. v. 48).

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 12, 35-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—Tened ceñida la cintura y encendidas las lámpa­ras. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.
Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre.
Pedro le preguntó:
—Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?
El Señor le respondió:
—¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?
Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al
frente de todos sus bienes.

Palabra del Señor.


XVI. ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador

326. La oración del que se humilla penetra las nubes. ¿ Exhi­bimos en la oración nuestros merecimientos o sirve ella para ha­cernos caer en la cuenta de nuestras faltas y limitaciones? Lo más serio y verdadero que podemos mostrar a Dios es nuestra condi­ción de pecadores.

+ Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algu­nos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás:
—Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.
Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Palabra del Señor.


XVII. (Para los moribundos) Esta es la voluntad del Padre: que no pierda nada de lo que me dio

327. Se salva y recibe la vida de Dios quien cree en el Hijo (v. 40). Esta fe en Jesús comporta un seguimiento que lleva a la imitación. El creyente deberá convertir su vida, como Jesús, en un hacer no la propia voluntad, sino la de Dios que le envía (v. 38). Convertirse, como él, en ser-de-Dios-para-los-hombres.

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
—Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed; pero como os he dicho, habéis visto y no creéis.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí, no lo echaré afuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resuci­taré en el último día.

Palabra del Señor.


XVIII. (Para los moribundos) El que come este pan vivirá para siempre

328. La Eucaristía nos identifica con Cristo (v. 56) y con su muerte. Comer la carne de Cristo y beber su sangre (v. 53) es aceptar que la muerte de Cristo, y también la nuestra, tiene sen­tido y termina en la resurrección.

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 6, 53-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
—Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Palabra del Señor.

XIX. No pecó, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios

329. Seguimos inclinados a ver en la enfermedad y en el sufrimiento un castigo de Dios por nuestros pecados (v. 2). La respuesta de Cristo («para que se manifiesten en él las obras de Dios») nos aclara, aunque sólo sea un poco, la incomprensibili­dad del dolor y de la enfermedad. También a partir de ellos puede hacer en nosotros su obra el Señor.

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 9, 17

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
—Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
—Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
El fue, se lavó, y volvió con vista.

Palabra del Señor.


XX. El buen pastor da la vida por las ovejas

330. En los momentos de dolor y soledad nada anima tanto como sentirse amado y buscado. En Cristo se tiene la seguridad de ese amor. Pastor que prefiere la vida de sus ovejas a la suya propia, es el ejemplo sublime de un amor libre (v. 18) y total: en­trega de la propia vida (v. 15) y a todos (v. 16).

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús:
—Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos, y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este re­dil; también a éstas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie.me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he reci­bido del Padre.

Palabra del Señor.