sábado, 10 de diciembre de 2016

Ceremonial de los Obispos. Parte II. La Misa 119-186. Parte III. La Liturgia de las Horas y celebraciones de la Palabra 187-226.

CEREMONIAL DE LOS OBISPOS
(14-septiembre-1984)

PARTE II. LA MISA
CAPÍTULO I. LA MISA ESTACIONAL DEL OBISPO DIOCESANO

NOCIONES GENERALES


119. La principal manifestación de la Iglesia local tiene lugar cuando el Obispo, gran sacerdote de su grey, celebra la Eucaristía sobre todo en la iglesia catedral, rodeado por su presbiterio y los ministros, con plena y activa participación de todo el pueblo santo de Dios.

Esta Misa, llamada estacional, manifiesta tanto la unidad de la Iglesia local, como la diversidad de ministerios alrededor del Obispo y de la Sagrada Eucaristía (1).

Por lo tanto, convóquese a ella la mayor cantidad de fieles; los presbíteros concelebren con el Obispo; los diáconos ejerzan su ministerio, los acólitos y lectores desempeñen su oficio propio (2).

(1) Cf. Conc. Vat. Il, Const. de Sagrada Liturgia. Sacrosanctum Concilium, n. 41.
(2) Cf. ibidem, nn. 26-28.


120. Esta forma de celebrar la Misa se ha de conservar sobre todo en las mayores solemnidades del año litúrgico, cuando el Obispo consagra el sagrado crisma, y en la Misa vespertina en la Cena del Señor (3), en las celebraciones del Santo Fundador de la Iglesia local o del Patrono de la diócesis; en el “día natalicio” del Obispo, en las grandes reuniones del pueblo cristiano y también en la visita pastoral.

(3) Cf. Misal Romano, Instrucción general, nn. 157-158 a.

121. La Misa estacional se celebrará con canto, según las normas que se encuentran en la Instrucción general del Misal Romano (4).

(4) Cf. ibidem, nn 12, 18, 19, 77, 313. Si es del caso, atiéndase también a la Ordenación del Canto de la Misa. Cf. Misal Romano, Disposición del Canto de la Misa, Nociones preliminares. Cf. también S. Congr. de Ritos, lnstr. Musicam sacram, 5 de marzo de 1967, nn. 7, 16, 29-31: A.A.S. 59 (1967), pp. 302, 305, 308-309 .

122. Conviene que haya por lo menos tres diáconos, que sean verdaderamente tales, uno que sirva al Evangelio y al altar, y otros dos que asistan al Obispo. Si son varios distribúyanse entre sí los diversos ministerios, y por lo menos uno de ellos preocúpese de la participación activa de los fieles.

Si no pueden ser verdaderos diáconos entonces es conveniente que su ministerio lo cumplan los presbíteros, los cuales vestidos con sus vestiduras sacerdotales, concelebren con el Obispo, aunque deban celebrar otra Misa por el bien pastoral de los fieles.

123. Si hay Capítulo en la iglesia catedral, conviene que todos los canónigos concelebren con el Obispo la Misa estacional (5), sin que por ello queden excluídos otros presbíteros.

Los Obispos que acaso se encuentren presentes, y los canónigos que no concelebren, estén con sus vestiduras corales.

(5) Cf. Misal Romano, Instrucción general, n. 157.

124. Cuando por alguna circunstancia especial no se pueda unir la Hora correspondiente de la Liturgia de las Horas a la Misa estacional del Obispo, y al Capítulo le incumbe la obligación coral, éste deberá rezarla en el momento oportuno (6).

(6) Cf. Liturgia de las Horas, Instrucción general, nn. 31 a y 93.

125. Cosas que hay que preparar:

a) En el presbiterio y en su lugar correspondiente:
- el Misal;
- el Leccionario;
- Plegarias Eucarísticas para los concelebrantes;
- texto para la oración universal, tanto para el Obispo como para el diácono;
- libro de cantos;
- cáliz de suficiente capacidad, cubierto con un velo;
- (palia);
- corporal;
- purificadores;
- palangana, jarra con agua y toalla;
- recipiente con agua para ser bendecida cuando se usa en el acto penitencial;
- patena para la comunión de los fieles.

b) En un lugar adecuado:
- pan, vino y agua (y otras ofrendas).

c) En el secretarium:
- el Evangeliario;
- incensario y la naveta con incienso;
- cruz para ser llevada en la procesión;
- siete (o por lo menos dos) candeleros con cirios encendidos;

y además:
- para el Obispo: palangana, jarra con agua y toalla; amito, alba, cíngulo, cruz pectoral, estola, dalmática, casulla (palio, para el metropolitano), solideo, mitra, anillo, báculo;
- para los concelebrantes: amitos, albas, cíngulos, estolas, casullas;
- para los diáconos: amitos, albas, cíngulos, estolas, dalmáticas;
- para los demás ministros: amitos, albas, cíngulos; o sobrepellices para revestirlas sobre la sotana; u otras vestiduras legítimamente aprobadas. Las vestiduras litúrgicas deben ser del color de la Misa que se celebra, o de color festivo (7).

(7) Cf. Misal Romano, Instrucción general, n. 310.

LLEGADA Y PREPARACIÓN DEL OBISPO

126. Después de que haya sido recibido el Obispo, según se indicó antes (n. 79), éste, ayudado por los diáconos asistentes y otros ministros, los cuales ya tienen puestas las vestiduras litúrgicas antes de que él llegue, deja en el secretarium la capa o la muceta, y según el caso, también el roquete, se lava las manos y se reviste con amito, alba, cruz pectoral, estola, dalmática y casulla.

Después uno de los dos diáconos coloca la mitra al Obispo. Pero si es Arzobispo, antes de recibir la mitra, el primer diácono le coloca el palio.

Entre tanto los presbíteros concelebrantes y los otros diáconos, que no sirven al Obispo, se ponen sus vestiduras.

127. Cuando ya todos están preparados, se acerca el acólito turiferario, uno de los diáconos le presenta la naveta al Obispo, el cual pone incienso en el incensario y lo bendice con el signo de la cruz. Luego recibe el báculo, que le presenta el ministro. Uno de los diáconos toma el Evangeliario, que lleva cerrado y con reverencia en la procesión de entrada.

RITOS INICIALES

128. Mientras se canta el canto de entrada, se hace la procesión desde el secretarium hacia el presbiterio. Se ordena de esta manera:
- el turiferario con el incensario humeante;
- un acólito que lleva la cruz, con la imagen del crucifijo puesta en la parte anterior; va entre siete, o por lo menos dos acólitos que llevan candeleros con velas encendidas;
- el clero de dos en dos;
- el diácono que lleva el Evangeliario;
- los otros diáconos, si los hay, de dos en dos;
- los presbíteros concelebrantes, de dos en dos;
- el Obispo, que va solo, lleva la mitra y el báculo pastoral en la mano izquierda, mientras bendice con la derecha:
- un poco detrás del Obispo, dos diáconos asistentes;
- por último los ministros del libro, de la mitra y del báculo.

Si la procesión pasa delante de la capilla del Santísimo Sacramento, no se detiene ni se hace genuflexión (8).

(8) Cf. supra n. 71.

129. Es recomendable que la cruz llevada procesionalmente se coloque cerca del altar, de tal manera que se constituya en la cruz del mismo altar. De lo contrario, se guarda.

Los candeleros se colocan cerca del altar, o sobre la credencia, o cerca del presbiterio.

El Evangeliario se coloca sobre el altar.

130. Todos al entrar al presbiterio, de dos en dos, hacen profunda reverencia al altar.

Los diáconos y los presbíteros concelebrantes suben al altar, lo besan y luego se dirigen a sus sitios.

131. Cuando el Obispo llega al altar, entrega al ministro el báculo pastoral, y dejada la mitra, junto con los diáconos y los otros ministros que lo acompañan, hace profunda reverencia al altar. En seguida sube al altar y, a una con los diáconos, lo besa.

Después, si es necesario, el acólito pone de nuevo incienso en el incensario y el Obispo, acompañado por los dos diáconos, inciensa el altar y la cruz (9).

Una vez incensado el altar, el Obispo acompañado por los ministros, se dirige a la cátedra por la vía más corta.

Dos diáconos se colocan de pie, uno a cada lado, cerca de la cátedra para estar preparados a servir al Obispo. Si éstos faltan, los suplen dos presbíteros concelebrantes.

(9) En lo referente al modo de incensar el altar, como también las reliquias y las imágenes que quizás estén expuestas a la veneración de los fieles, cf. Supra nn. 93,95.


132. Después el Obispo, los concelebrantes y los fieles, de pie, se signan con la señal de la cruz, mientras aquél, de cara al pueblo, dice: En el nombre del Padre.

Luego el Obispo, extendiendo las manos, saluda a la asamblea, diciendo: La paz sea con vosotros, u otra de las fórmulas que se encuentran en el Misal. Después el mismo Obispo, el diácono o uno de los concelebrantes puede hacer a los fieles una breve introducción sobre la Misa del día (10).

En seguida el Obispo invita al acto penitencial, que concluye diciendo: Dios Todopoderoso tenga misericordia. Si es necesario el ministro sostiene el libro ante el Obispo.

Cuando se emplea la tercera fórmula del acto penitencial, el Obispo, el diácono, u otro ministro idóneo dice las invocaciones.

(10) Cf. Misal Romano, Instrucción general, n. 29.

133. El domingo, en vez del acto penitencial acostumbrado, se recomienda hacer la bendición y la aspersión del agua (11).

Después del saludo, el Obispo, de pie cerca a la cátedra, de cara al pueblo y teniendo delante de sí un recipiente con agua para ser bendecida, que le llevó el ministro, invita al pueblo a orar, y después de un breve tiempo de silencio, dice la oración de bendición.

Donde la tradición del pueblo aconseje que se conserve el uso de mezclar sal al agua, el Obispo bendice también la sal, y después la vierte en el agua.

El Obispo recibe del diácono el aspersorio, se rocía a sí mismo y a los concelebrantes, a los ministros, al clero y al pueblo y, según las circunstancias, recorre la iglesia acompañado por los diáconos. Entre tanto se canta el canto que acompaña a la aspersión.

El Obispo vuelve a la cátedra, y terminado el canto, de pie y con las manos extendidas dice la oración conclusiva.

Terminado lo anterior, cuando está prescrito, se canta o reza el himno Gloria a Dios en el cielo.

(11) Cf. ibidem, Apéndice, Rito para bendecir el agua y asperjar con ella.

134. Después del acto penitencial se dice el Señor, ten piedad, a no ser que se hubiera hecho la aspersión con agua, o se hubiera empleado la tercera fórmula del acto penitencial, o las rúbricas determinen otra cosa.

135. El himno Gloria a Dios en el cielo se dice según las rúbricas. Lo puede iniciar o el Obispo, o uno de los concelebrantes, o los cantores. Mientras se dice el himno, todos están de pie.

136. Luego el Obispo, invita al pueblo a orar, y teniendo las manos juntas, canta o dice: Oremos; y luego de unos instantes de silencio, con las manos extendidas, dice la oración colecta. Para ello tiene ante sí el libro que le presenta el ministro. El Obispo junta las manos cuando concluye la oración, y dice Por nuestro Señor Jesucristo..., u otras palabras. Al final el pueblo aclama: Amén.

En seguida el Obispo se sienta y, como de costumbre, de uno de los diáconos recibe la mitra. Y todos se sientan. Los diáconos y los demás ministros se sientan según la disposición del presbiterio, pero de tal manera que se note la diferencia de grado con los presbíteros.


LITURGIA DE LA PALABRA


137. Después de terminada la oración colecta, el lector va al ambón y lee la primera lectura, la cual todos escuchan sentados. Al final canta o dice Palabra de Dios y todos responden con la aclamación.

138. Después el lector se retira. Todos en silencio meditan brevemente la lectura escuchada.

Luego, el salmista o cantor, o el mismo lector, canta o lee el salmo, según uno de los modos previstos (12).

(12) Cf. Misal Romano, Ordenación de las Lecturas de la Misa, Nociones preliminares, n. 20.

139. Otro lector desde el ambón hace la segunda lectura, como se dijo antes, estando todos sentados y escuchando.

140. Sigue el Aleluya u otro canto, según las exigencias del tiempo litúrgico. Al iniciarse el Aleluya todos se ponen de pie, menos el Obispo.

Se acerca el turiferario y uno de los diáconos le presenta la naveta. El Obispo pone incienso y lo bendice sin decir nada.

El diácono que va a proclamar el Evangelio, se inclina profundamente ante el Obispo, pide la bendición en voz baja, diciendo: Padre, dame tu bendición. El Obispo lo bendice, diciendo: El Señor esté en tu corazón. El diácono se signa con el signo de la cruz y responde: Amén.

Entonces el Obispo, dejada la mitra, se levanta.

El diácono se acerca al altar y allí van también el turiferario con el incensario humeante, y los acólitos con los cirios encendidos. El diácono hace inclinación al altar y toma reverentemente el Evangeliario, y omitida la reverencia al altar, llevando solemnemente el libro, se dirige al ambón, precedido por el turiferario y los acólitos con cirios.

141. En el ambón, el diácono, teniendo las manos juntas, saluda al pueblo. Al decir las palabras Lectura del santo Evangelio, signa el libro y luego se signa a sí mismo, en la frente, la boca y el pecho, lo cual hacen todos los demás. Entonces el Obispo recibe el báculo. El diácono inciensa el libro y proclama el Evangelio, estando todos de pie y vueltos hacia el diácono, como de costumbre. Terminado el Evangelio, el diácono lleva el libro al Obispo para que lo bese. Este dice en secreto: Por la lectura de este Evangelio; o también el mismo diácono besa el Evangeliario, diciendo en secreto la misma fórmula.

Por último, el diácono y los ministros regresan a sus sitios.

El Evangeliario se lleva a la credencia u otro lugar apropiado.

142. Luego, estando todos sentados, el Obispo, con mitra y báculo, si lo considera oportuno, y sentado en la cátedra, hace la homilía, a no ser que haya otro lugar más adecuado para ser visto y oído cómodamente por todos. Terminada la homilía, se puede tener algún momento de silencio.

143. Después de la homilía, a no ser que en este momento se celebre algún rito sacramental o consecratorio o de bendición, según las normas del Pontifical o del Ritual Romano, el Obispo deja la mitra y el báculo, se levanta y, todos de pie, se canta o se reza el Credo, según las rúbricas.

A las palabras y por obra del Espíritu Santo se encarnó ... todos se inclinan, pero en las solemnidades de la Anunciación y de Navidad, todos se arrodillan (13).

(13) Cf. Misal Romano, Instrucción general n. 98.

144. Terminado el Credo, el Obispo de pie en la cátedra, con las manos juntas, invita con la monición a los fieles a participar en la oración universal.

Después uno de los diáconos o el cantor o lector u otro, desde el ambón o desde otro lugar apropiado, dice las intenciones, y el pueblo participa según le corresponde. Por último el Obispo, con las manos extendidas, concluye las preces con la oración.

LITURGIA EUCARÍSTICA

145. Terminada la oración universal, el Obispo se sienta y recibe la mitra. Los concelebrantes y el pueblo igualmente se sientan. Entonces se comienza el canto para la presentación de los dones, que se prolonga por lo menos hasta que éstos sean colocados sobre el altar.

Los diáconos y acólitos colocan en el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el Misal.

Luego se traen las ofrendas. Es conveniente que los fieles manifiesten su participación trayendo pan y vino para la celebración de la Eucaristía, y también otros dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia y de los pobres.

Los diáconos o el mismo Obispo reciben las ofrendas de los fieles en un lugar adecuado. Los diáconos llevan el pan y el vino al altar, lo demás a un lugar apropiado, preparado con anterioridad.

146. El Obispo va al altar, deja la mitra, recibe del diácono la patena con pan, y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, diciendo en secreto la fórmula correspondiente. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.

147. Entre tanto, el diácono vierte vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto el agua unida al vino (14) . Después el Obispo presenta el cáliz, que tiene con ambas manos un poco elevado sobre el altar, dice en secreto la fórmula establecida, y luego, deja el cáliz sobre el corporal, y el diácono, si se requiere, lo cubre con la palia.

(14) El diácono puede hacer la preparación del cáliz, y la infusión del vino y del agua en la credencia. Cf. Misal Romano, Instrucción general, n. 133.

148. Después el Obispo, inclinado en medio del altar, dice en secreto acepta, Señor, nuestro corazón contrito.

149. En seguida el turiferario se acerca al Obispo, el diácono le presenta la naveta, y el Obispo pone incienso y lo bendice. Después el Obispo mismo recibe del diácono el incensario, y acompañado por éste, inciensa las ofrendas (15), el altar y la cruz, como lo hizo al principio de la Misa. Terminada esta incensación, todos se ponen de pie, el diácono desde un lado del altar inciensa al Obispo, el cual está de pie y sin mitra; luego a los concelebrantes y después al pueblo.

Téngase cuidado de que la monición Orad, hermanos, y la oración sobre las ofrendas no se digan antes de que haya terminado la incensación.

(15) Sobre el modo de incensar la oblata, cf. supra nn. 91-93.


150. Una vez incensado el Obispo, que se encuentra a un lado del altar y sin mitra, se le acercan los ministros con la jarra del agua, la palangana y la toalla. El Obispo se lava y se seca las manos. Si es necesario uno de los diáconos toma el anillo del Obispo. Mientras éste se lava las manos dice en secreto: Lávame, Señor, mis culpas. Una vez que ha secado las manos y colocado el anillo, el Obispo regresa al centro del altar.

151. El Obispo, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos invita al pueblo a orar, diciendo: Orad, hermanos.

152. Una vez dada la respuesta El Señor reciba de tus manos, el Obispo, con las manos extendidas, canta o dice la oración sobre las ofrendas. Al final el pueblo aclama: Amén.

153. Después el diácono toma el solideo del Obispo y lo entrega al ministro. Los concelebrantes se acercan al altar y están de pie cerca de él, de tal manera que no impidan el desarrollo de los ritos y que la acción sagrada pueda ser mirada atentamente por los fieles.

Los diáconos están detrás de los concelebrantes, para que cuando sea necesario, uno de ellos sirva en lo referente al cáliz o al misal. Ninguno permanezca entre el Obispo y los concelebrantes, o entre éstos y el altar.

154. Entonces el Obispo empieza la Plegaria Eucarística con el prefacio. Extendiendo las manos canta o dice: El Señor esté con vosotros, y cuando dice: Levantemos el corazón, eleva las manos, y con ellas extendidas, añade: Demos gracias al Señor nuestro Dios. Después de que el pueblo respondió: Es justo y necesario, el Obispo prosigue con el prefacio. Una vez terminado éste, junta las manos y canta juntamente con los concelebrantes, los ministros y el pueblo: Santo.


155. El Obispo prosigue la Plegaria Eucarística según lo que se dice en los nn. 171-191 de la Instrucción general del Misal Romano y en las rúbricas que se encuentran en cada una de las Plegarias.

Las partes que dicen todos los concelebrantes a la vez, con las manos extendidas, deben pronunciarlas en voz baja, de modo que la voz del Obispo se escuche claramente. En las Plegarias Eucarísticas I, II y III el Obispo, después de las palabras: con tu siervo el Papa N., añade: conmigo indigno siervo tuyo. En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras: de tu servidor el Papa N., añade: de mí indigno siervo tuyo.

Si el cáliz y el copón están cubiertos, el diácono los descubre antes de la epíclesis.

Uno de los diáconos coloca el incienso en el incensario y en cada una de las elevaciones inciensa la hostia y el cáliz.

Los diáconos permanecen de rodillas desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz.

Después de la consagración el diácono, si se juzga conveniente, vuelve a cubrir el cáliz y el copón.

Dicho por el Obispo: Este es el Sacramento de nuestra fe, el pueblo responde con la aclamación.

156. Las intercesiones particulares, sobre todo en la celebración de algún rito sacramental, bien consecratorio o de bendición, háganse según la estructura de cada una de las Plegarias Eucarísticas, empleando los textos que se encuentran en el Misal o en otros libros litúrgicos (16).

(16) Las intercesiones peculiares en el Misal Romano son:
1. En la Plegaria Eucarística I:
a) En el Memento de los vivos: por los padrinos, en la Misa de los escrutinios (MR, Misas Rituales I) y en la celebración del bautismo (MR, Misas Rituales I).
b) En el "Acepta, Señor, ...", (Hanc igitur): por los bautizandos (MR, Misas Rituales I); por los neófitos (MR, Misas Rituales I); por los confirmados (MR, Misas Rituales I); por los ordenados, diáconos, presbíteros, obispos (MR, Misas Rituales ll); por los esposos (MR, Misas Rituales IV) por las vírgenes consagradas (MR, Misas Rituales VI); por los religiosos profesos (MR, Misas Rituales VIl); en la Dedicación de una iglesia (MR, Misas Rituales VIII).
2. En las otras Plegarias Eucarísticas: por los difuntos en las Plegarias II y III (OM); por los neófitos (MR, Misas Rituales I); por las vírgenes (MR, Misas Rituales Vl); por los religiosos profesos (MR, Misas Rituales VII); en la Dedicación de una iglesia (MR, Misas Rituales VIII).


157. En la Misa crismal, antes de que el Obispo diga en la Plegaria Eucarística I: Por quien sigues creando todos los bienes, o antes de la doxología Por Cristo, en las otras Plegarias Eucarísticas, se hace la bendición del óleo de los enfermos, como se dice en el Pontifical Romano, a no ser que por razones pastorales, se haya hecho después de la Liturgia de la Palabra.

158. Para la doxología final de la Plegaria Eucarística, el diácono, de pie al lado del Obispo, tiene elevado el cáliz, mientras el Obispo eleva la patena con la hostia, hasta que el pueblo haya respondido Amén. La doxología final de la Plegaria Eucarística la dice o sólo el Obispo, o a una con todos los concelebrantes.

159. Terminada la doxología de la Plegaria Eucarística, el Obispo, con las manos juntas, hace la monición previa al Padrenuestro, que todos lo cantan o lo rezan. Tanto el Obispo como los concelebrantes están con las manos extendidas.

160. El Obispo, con las manos extendidas, dice él solo: Líbranos de todos los males. Los presbíteros concelebrantes, juntamente con el pueblo, dicen la aclamación final: Tuyo es el reino.

161. A continuación el Obispo dice la oración: Señor Jesucristo, que dijiste. Terminada ésta, el Obispo, dirigiéndose a la asamblea, anuncia la paz diciendo: La paz del Señor esté siempre con vosotros. El pueblo responde: Y con tu espíritu. Si se cree oportuno, uno de los diáconos, dirigiéndose a la asamblea, hace la invitación para la paz con estas palabras: Daos fraternalmente la paz.

El Obispo da la paz al menos a los dos concelebrantes más cercanos a él, después al primero de los diáconos. Y todos según la costumbre de cada lugar, se manifiestan mutuamente la paz y la caridad (17).

(17) En cuanto el modo de dar el ósculo de paz, cf. Supra nn. 99-103.

162. El Obispo inicia la fracción del pan y la prosiguen algunos de los presbíteros concelebrantes, y entre tanto se repite Cordero de Dios, cuantas veces sea necesario para acompañar la fracción del pan. El Obispo deja caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre.

163. Dicha en secreto la oración antes de la Comunión, el Obispo hace genuflexión y toma la patena. Los concelebrantes uno a uno se acercan al Obispo, hacen genuflexión, y de él reciben reverentemente el Cuerpo de Cristo, y teniéndolo con la mano derecha, y colocando la izquierda debajo, se retiran a sus lugares. Sin embargo, los concelebrantes pueden permanecer en sus lugares y recibir allí mismo el Cuerpo de Cristo.

Luego el Obispo toma la hostia, la sostiene un poco elevada sobre la patena, y, dirigiéndose a la asamblea, dice: Este es el Cordero de Dios, y prosigue con los concelebrantes y el pueblo diciendo: Señor, no soy digno.

Mientras el Obispo comulga el Cuerpo de Cristo, se inicia el canto de Comunión.

164. El Obispo, una vez que bebió la Sangre de Cristo, entrega el cáliz a uno de los diáconos y distribuye la Comunión a los diáconos y también a los fieles.

Los concelebrantes se acercan al altar y beben la Sangre, que los diáconos les presentan. Estos limpian el cáliz con el purificador, después de la Comunión de cada uno de los concelebrantes (18).

(18) Cf. Misal Romano, Instrucción general, nn. 201-206, donde también se describen otros modos de distribuir la Comunión bajo ambas especies.

165. Acabada la Comunión, uno de los diáconos bebe la Sangre que hubiere, lleva el cáliz a la credencia y allí, en seguida, o después de la Misa, lo purifica y arregla. El otro diácono, o uno de los concelebrantes, si hubieren quedado hostias consagradas, las lleva al tabernáculo, y en la credencia purifica la patena o el copón sobre el cáliz, antes de que éste sea purificado.

166. Cuando el Obispo, después de la Comunión regresa a la cátedra, vuelve a tomar el solideo, y, si es necesario, se lava las manos. Todos sentados, pueden guardar unos momentos de sagrado silencio, o cantar un cántico de alabanza o un salmo.

167. Después el Obispo de pie en la cátedra, y sosteniéndole el libro el ministro, o habiendo regresado al altar con los diáconos, canta o dice: Oremos y, con las manos extendidas, dice la oración después de la Comunión, a la cual puede preceder un breve tiempo de silencio, a no ser que ya lo haya habido después de la Comunión. Terminada la oración el pueblo aclama: Amen.


RITOS DE CONCLUSIÓN

168. Terminada la oración después de la Comunión, se dan, si lo hay, breves avisos al pueblo.

169. Finalmente el Obispo recibe la mitra, y extendiendo las manos, saluda al pueblo, diciendo: El Señor esté con vosotros, al cual responde el pueblo: Y con tu espíritu. Uno de los diáconos puede invitar a todos diciendo: Inclinaos para recibir la bendición, o algo similar. Y el Obispo da la bendición solemne, usando la fórmula más conveniente de entre las que se encuentran en el Misal, en el Pontifical o en el Ritual Romano. Mientras dice las primeras invocaciones, o la oración, tiene extendidas las manos sobre el pueblo. A las invocaciones todos responden: Amén. Luego recibe el báculo (19), y dice: La bendición de Dios todopoderoso, y haciendo tres veces el signo de la cruz sobre el pueblo, agrega: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Obispo puede impartir también la bendición con las fórmulas que se proponen más adelante en los nn. 1120-1121.

Pero cuando imparte la bendición apostólica, según las normas del derecho, ésta se da en vez de la bendición acostumbrada. La anuncia el diácono y se da según sus propias fórmulas (20).

(19) Cf. S. Congr. de Ritos, Instr. sobre la simplificación de los ritos e insignias pontificales, Pontificales ritus, 21 de junio de 1968, n. 36: A.A.S. 60 (1968), p. 411.
(20) En lo que respecta al rito y a las fórmulas de la bendición apostólica, cf. infra nn. 1122-1126 .


170. Dada la bendición uno de los diáconos despide al pueblo, diciendo: Podéis ir en paz; y todos responden: Demos gracias a Dios.

Después el Obispo besa el altar, como de costumbre, y le hace la debida reverencia. También los concelebrantes y todos los que están en el presbiterio, saludan el altar, como al principio, y regresan procesionalmente al secretarium, en el mismo orden en que vinieron.

Cuando llegan al secretarium todos, a una con el Obispo, hacen reverencia a la cruz. Luego los concelebrantes saludan al Obispo, y con diligencia dejan las vestiduras en sus sitios. También los ministros, conjuntamente, saludan al Obispo y dejan todo lo que utilizaron en la celebración que acaba de terminar. Luego se quitan las vestiduras litúrgicas.

Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de ánimo como la santidad de la casa de Dios.

CAPÍTULO II. OTRAS MISAS CELEBRADAS POR EL OBISPO

171. Aun cuando el Obispo celebre la Misa con menor concurrencia de pueblo y de clero, ordénese todo de tal manera que aparezca como el gran sacerdote de su grey, pastor de toda su Iglesia. Así, pues, cuando visite parroquias o comunidades de su diócesis, es conveniente que los presbíteros de la parroquia o de la comunidad concelebren con él.

172. Ayudará un diácono revestido con las vestiduras de su orden. Si no lo hay, un presbítero leerá el Evangelio y servirá al altar; y si éste no concelebra, vista alba y estola.

173. Obsérvese todo lo que en la Instrucción general del Misal Romano se describe acerca de la Misa con pueblo (21).

Además, cuando el Obispo se reviste las vestiduras, recibe también la cruz pectoral, y como de costumbre, el solideo.

Usa la mitra y el báculo, si las circunstancias así lo aconsejan.

Al inicio de la Misa saluda al pueblo, diciendo: La paz sea con vosotros, o La gracia de nuestro Señor.

El que va a leer el Evangelio, sea el diácono o el presbítero, aun si éste concelebra, pide y recibe la bendición del Obispo. Leído el Evangelio, se lleva el libro al Obispo para que lo bese, o también pueden besarlo el diácono o el presbítero.

Antes del prefacio, el diácono entrega al ministro el solideo del Obispo.

En las Plegarias Eucarísticas I, II y III, el Obispo después de las palabras: el Papa N. añade: conmigo indigno siervo tuyo. En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras: el Papa N., añade: de mí indigno siervo tuyo.

Al final de la Misa, el Obispo bendice, como se dice en los nn. 1120-1121.

(21) Cf. Misal Romano, lnstrucción general, n. 77-152.

174. El Obispo, que no es Ordinario del lugar, con el consentimiento del Obispo diocesano, puede usar en la celebración la cátedra y el báculo (cf. n. 47 y n. 59).

CAPÍTULO III. MISA PRESIDIDA POR EL OBISPO SIN QUE CELEBRE LA EUCARISTÍA

175. Como según la doctrina y la tradición de la Iglesia es propio del Obispo presidir la Eucaristía en sus comunidades, es sumamente conveniente que cuando el Obispo está presente en la Misa, él celebre la Eucaristía.

Pero si por justa causa está presente en la Misa sin celebrarla, es mejor, a no ser que otro Obispo vaya a celebrar, que él presida celebrando por lo menos la Liturgia de la Palabra y bendiciendo al final al pueblo (22). Esto vale sobre todo para aquellas celebraciones eucarísticas en las cuales se realiza algún rito sacramental, o consecratorio o de bendición.

En estos casos obsérvese lo que se dice más adelante.

(22) Cf. S. Cong. de Ritos, Instr. sobre la simplificación de los ritos e insignias pontificales, Pontificales ritos, 21 de junio de 1968, n. 24; A.A.S. 60 (1968), p. 410.

176. El Obispo, recibido según el modo descrito en el n. 79, en el secretarium, o en otro sitio conveniente, reviste sobre el alba: la cruz pectoral, la estola y el pluvial del color conveniente, y como de costumbre, recibe la mitra y el báculo. Lo asisten dos diáconos, o por lo menos uno, revestidos con las vestiduras propias de su orden. Si no hay diáconos, lo asisten dos presbíteros revestidos con pluvial.

177. En la procesión hacia el altar, el Obispo avanza detrás del celebrante o de los concelebrantes, acompañado por sus diáconos y ministros.

178. Cuando llegan al altar, el celebrante o los concelebrantes hacen profunda reverencia. Pero si el Santísimo Sacramento se conserva en el presbiterio, hacen genuflexión. Luego suben al altar, lo besan y se dirigen al asiento que se les asignó.

El Obispo entrega al ministro el báculo pastoral, y dejada la mitra, hace, junto con los diáconos y los ministros, profunda reverencia al altar, a no ser que, como en el caso anterior, se deba hacer genuflexión. Luego sube al altar y lo besa.

Si se usa incienso, el Obispo inciensa, según el modo acostumbrado, el altar y la cruz, acompañado por dos diáconos.

Luego por el camino más corto va a la cátedra con sus diáconos, los cuales se colocan a cada lado cerca de ella, para estar dispuestos a asistir al Obispo.

179. Desde el comienzo de la Misa hasta que se termina la Liturgia de la Palabra, obsérvense las normas dadas acerca de la Misa estacional del Obispo (cf. nn. 128-144). Sin embargo, si se ha de celebrar algún rito sacramental, o consecratorio o de bendición, ténganse presente las normas referentes al Credo y a la oración universal.

180. Terminada la oración universal, o celebrado el rito sacramental, o consecratorio, o de bendición, el Obispo se sienta y recibe la mitra.

Entonces un diácono y los ministros preparan el altar como de costumbre. Si los fieles traen las ofrendas, las recibe el celebrante o el Obispo.

Después el celebrante, hecha profunda reverencia al Obispo, va al altar a iniciar la Liturgia de la Eucaristía, según el Rito de la Misa.

181. Si hay incensación, el Obispo es incensado después del celebrante. Dejada la mitra, se pone de pie para recibir la incensación.

De lo contrario lo hace después del Orad, hermanos, permanece de pie en la cátedra hasta la epíclesis en la Plegaria Eucarística.

182. Desde la epíclesis hasta terminar la elevación del cáliz, el Obispo, vuelto hacia el altar, se pone de rodillas en el reclinatorio preparado para este fin, o ante la cátedra o en otro sitio conveniente. Luego nuevamente se pone de pie en la cátedra.

183. Después de la invitación del diácono: Daos fraternalmente la paz, el Obispo da la paz a sus diáconos.

Si el Obispo comulga, en el altar toma el Cuerpo y la Sangre del Señor, después del celebrante.

184. Mientras se distribuye la sagrada Comunión, el Obispo puede sentarse hasta el principio de la oración después de la Comunión, la cual dice él mismo estando de pie en el altar o en la sede.

Terminada la oración, el Obispo bendice al pueblo, como se dice en los nn. 1120-1121. Uno de los diáconos asistentes despide al pueblo (cf. n. 170).

185. Por último, el Obispo y el celebrante, como de costumbre veneran el altar con el beso. Hecha la debida reverencia todos se retiran en el mismo orden en que vinieron.

186. Si el Obispo no preside la Misa según el modo antes descrito, participe en ella vestido con muceta y roquete, pero no en la cátedra, sino en el lugar más apto, que se le haya preparado.

PARTE III. LITURGIA DE LAS HORAS Y CELEBRACIONES DE LA PALABRA DE DIOS

LITURGIA DE LAS HORAS. NOCIONES GENERALES


187. Ya que el Obispo representa la persona de Cristo de modo eminente y visible, y por ser el gran sacerdote de su grey, debe ser también el primer orante entre los miembros de su Iglesia (1).

Por tanto, se le recomienda encarecidamente que, en cuanto pueda, celebre la Liturgia de las Horas, principalmente Laudes matutinas y Vísperas con su presbiterio, sus ministros y con participación plena y activa del pueblo, sobre todo en la iglesia catedral (2).

(1) Cf. Liturgia de las Horas, lnstrucción general, n. 28.
(2) Cf. ibidem, n. 254.


188. Conviene que en las mayores solemnidades el Obispo celebre con el clero y con el pueblo congregados en la iglesia catedral, ya sea las Primeras Vísperas, ya sea Laudes matutinas o las Segundas Vísperas, según lo aconsejen las circunstancias de los lugares, y observando siempre el tiempo más aproximado al verdadero tiempo de la Hora.

189. Asimismo, conviene que el Obispo celebre en la iglesia catedral el Oficio de lectura y Laudes matutinas el Viernes Santo en la Pasión del Señor y el Sábado Santo, como también el Oficio de lectura en la noche de la Navidad del Señor.

190. Finalmente, enseñe a la grey que se le ha encomendado, tanto de palabra, como con su ejemplo, la importancia de la Liturgia de las Horas, y promueva la celebración comunitaria de ella en las parroquias, en las comunidades y en las diversas reuniones, según las normas de la Instrucción general de la Liturgia de las Horas (3).

(3) Cf. ibidem, nn. 1.5-19; 20-27; 30-32.

CAPÍTULO I. CELEBRACIÓN DE VÍSPERAS EN LAS PRINCIPALES SOLEMNIDADES

191. Para la llegada del Obispo a la iglesia, obsérvese lo que se dice en las normas generales, referidas en el número 79.

192. En el secretarium, el Obispo, ayudado por los diáconos y los otros ministros, que antes de su llegada ya se han revestido con sus vestiduras litúrgicas, deja la capa o la muceta y, según las circunstancias, también el roquete, y se reviste con amito, alba, cíngulo, cruz pectoral, estola y pluvial. Luego recibe de uno de los diáconos la mitra, y también el báculo.

Entretanto, es conveniente que los presbíteros, especialmente los canónigos, se revistan con la capa pluvial sobre la sobrepelliz o sobre el alba; los diáconos con la capa pluvial o con la dalmática.

193. Estando todos preparados, mientras suena el órgano o se canta, se hace la entrada a la iglesia en este orden:
- el acólito que lleva la cruz en medio de dos acólitos que llevan candeleros con cirios encendidos;
- el clero de dos en dos;
- los diáconos, si son varios, de dos en dos;
- los presbíteros de dos en dos;
- el Obispo avanza solo, llevando la mitra y el báculo pastoral, que tiene en la mano izquierda;
- un poco detrás del Obispo, dos diáconos que lo asisten y, si es necesario, toman a cada lado los bordes del pluvial;
- por último los ministros del libro, la mitra y el báculo.

Si la procesión pasa ante la capilla del Santísimo Sacramento, no se detiene ni se hace genuflexión (4).

(4) Cf. supra n. 71

194. Se recomienda que la cruz llevada procesionalmente se coloque cerca del altar, de tal manera que sea la cruz del altar, de lo contrario se guarda.

Los candeleros se colocan cerca del altar, o sobre la credencia, o cerca del presbiterio.

195. Todos al entrar al presbiterio, de dos en dos, hacen profunda reverencia al altar, y se dirigen a sus sitios. Pero si el Santísimo Sacramento se conserva en el presbiterio, hacen genuflexión.

196. El Obispo, al llegar al altar, entregado el báculo pastoral al ministro y dejada la mitra, hace profunda reverencia al altar, con los diáconos y los otros ministros que lo acompañan.

Después se llega al altar y lo besa, a una con los diáconos que lo asisten. Luego va a la cátedra, donde de pie y signándose con el signo de la cruz, canta el versículo: Dios mío, ven en mi auxilio. Todos responden: Señor, date prisa en socorrerme. Y se canta: Gloria al Padre y, según las rúbricas, Aleluya.

197. Los cantores, inician el himno, y lo prosigue el coro o el pueblo, según lo exija la melodía musical del himno.

198. Después del himno, el Obispo se sienta y recibe la mitra, como de ordinario. Igualmente todos se sientan.

Un cantor inicia las antífonas y los salmos.

Para la salmodia todos pueden estar de pie, según las costumbres de los lugares.

Cuando se usan las oraciones sálmicas, se repite la antífona, luego el Obispo deja la mitra, se levanta, y estando de pie, dice: Oremos. Y después de que todos hayan orado en silencio por algún espacio de tiempo, dice la oración correspondiente al salmo o al cántico.

199. Terminada la salmodia, el lector de pie en el ambón, hace la lectura, sea larga o breve, que todos escuchan sentados.

200. Según las circunstancias, si quiere el Obispo, una vez recibido el báculo, puede agregar una breve homilía para explicar la lectura. La hace con mitra y sentado en la cátedra, o desde el lugar más apto para ser visto y oído por todos.

201. Después de la lectura, o de la homilía, se pueden guardar unos minutos de silencio, si se juzga oportuno.

202. Luego, para responder a la Palabra de Dios, se canta el responsorio breve, o el canto responsorial.

203. Para la antífona del cántico evangélico, el Obispo coloca incienso en el incensario. Al empezar el coro el cántico Proclama mi alma la grandeza del Señor, el Obispo con mitra, se levanta, y todos con él.

Después de trazar sobre sí el signo de la cruz desde la frente hasta el pecho, avanza hacia el altar, y hecha la debida reverencia, junto con los ministros, sube al altar y omite el beso.

204. Mientras se canta el cántico evangélico, se hace como de costumbre la incensación del altar, de la cruz, del Obispo y de los demás como en la Misa, según se dijo en los nn. 89, 93, 96 y 131.

205. Terminado el cántico y repetida como de costumbre la antífona, se hacen las preces. El ministro presenta el libro al Obispo, quien dice la monición, y después uno de los diáconos, en el ambón o desde otro lugar conveniente, dice las intenciones, a las que el pueblo responde.

El Padrenuestro es cantado o rezado por todos. Si pareciere oportuno, el Obispo le antepone una monición.

Por último, el Obispo, con las manos extendidas, canta o dice la oración conclusiva. Todos responden: Amén.

206. En seguida el Obispo recibe la mitra y saluda al pueblo, diciendo: El Señor esté con vosotros. Luego uno de los diáconos puede hacer la monición: Inclinaos para recibir la bendición, (con éstas o palabras parecidas) y el Obispo con las manos extendidas sobre el pueblo, dice las invocaciones de la bendición solemne, empleando una fórmula adecuada de las que se encuentran en el Misal Romano.

Dichas las invocaciones, recibe el báculo y dice: La bendición de Dios todopoderoso y hace el signo de la cruz sobre el pueblo.

El Obispo puede dar la bendición también con las fórmulas propuestas en los nn. 1120-1121.

207. En seguida uno de los diáconos despide al pueblo, diciendo: Podéis ir en paz y todos responden: Demos gracias a Dios.

208. Finalmente, el Obispo se retira de la cátedra, llevando la mitra y el báculo y, según las circunstancias, besa el altar.

También los presbíteros y quienes están en el presbiterio, saludan el altar. Todos regresan al secretarium procesionalmente, en el mismo orden en que vinieron.

CAPÍTULO II. VÍSPERAS CELEBRADAS EN FORMA MAS SIMPLE

209. También cuando el Obispo preside las Vísperas fuera de las solemnidades más grandes, o cuando es menor el concurso de pueblo y del clero, o en una iglesia parroquial, es aconsejable que haya algunos presbíteros que conviene se revistan con sobrepelliz sobre la sotana, o con alba y pluvial, o dos diáconos, o por lo menos uno, que se revista con alba y dalmática. El Obispo por su parte se reviste como se dice en el n. 192, o por lo menos con alba y sobre ella la estola y el pluvial.

Todo se hace como se dice en los nn. 191-208, con las debidas adaptaciones.

210. Pero cuando el Obispo asiste a una asamblea menor, en una parroquia o en otra iglesia, puede presidir las Vísperas desde su sede, revestido con el hábito coral (5), y con algunos ministros que lo asistan.

(5) Cf. supra n. 63.

211. Si el Obispo participa en la celebración de Vísperas presididas por un presbítero, el Obispo da la bendición antes de la despedida del pueblo.

CAPÍTULO III. LAUDES MATUTINAS


212. Las laudes matutinas se pueden celebrar con el mismo rito de las Vísperas, excepto lo siguiente.

213. Si se antepone el Invitatorio, en vez del versículo: Dios mío, ven en mi auxilio, el Obispo comienza las Laudes con el versículo: Señor, abre mis labios, al cual se responde: Y mi boca proclamará tu alabanza. Mientras se dice este versículo, todos se signan la boca con el signo de la cruz. Luego, estando todos de pie, se canta el salmo invitatorio, intercalando la antífona, como se dice en el libro de la Liturgia de las Horas.

Terminado el salmo invitatorio y repetida como de costumbre la antífona, se canta el himno. La celebración de las Laudes matutinas prosigue como se dijo para la celebración de Vísperas.

CAPÍTULO IV. OFICIO DE LECTURA

214. El Obispo preside el Oficio de lectura desde la cátedra, revestido con hábito coral. El inicia el Oficio con el versículo: Señor, abre mis labios, o: Dios mío, ven en mi auxilio, según las rúbricas.

El cantor entona los himnos, las antífonas y los salmos. Un lector hace las lecturas.

Al final el Obispo canta o dice la oración conclusiva y, si hay despedida, bendice al pueblo, tal como se dice en los nn. 1120-1121.

215. Si se celebra la Vigilia prolongada, el domingo se anuncia solemnemente el Evangelio de la Resurrección, u otro Evangelio los demás días. Lo hace el diácono revestido con alba, estola y dalmática, el cual previamente pide la bendición al Obispo y va acompañado por dos acólitos con cirios encendidos, y por el turiferario con el incensario humeante, en el que el Obispo ha puesto el incienso y bendecido.

Según las circunstancias, el Obispo hace la homilía.

Después del Señor, Dios eterno, alegres te cantamos (Te Deum), si debiera decirse, el Obispo canta o dice la oración conclusiva y, si hay despedida, da la bendición.

216. Cuantas veces se celebra la Vigilia prolongada con participación del pueblo, y en forma más solemne, el Obispo, los presbíteros y los diáconos pueden revestirse como para las Vísperas.

El Obispo durante la salmodia está sentado en la cátedra y tiene puesta la mitra; pero para escuchar el Evangelio, deja la mitra, se pone de pie y recibe el báculo, el cual también mantiene mientras se canta el Señor, Dios eterno, alegres te cantamos (Te Deum). Lo demás se hace como se indica en el n. 214.

217. La noche de la Natividad del Señor, el Viernes Santo en la Pasión del Señor y el Sábado Santo, en cuanto sea posible, celébrese el Oficio de lectura con participación del pueblo, con la presencia o presidencia del Obispo, según el rito descrito en los nn. 214-216.

CAPÍTULO V. TERCIA, SEXTA, NONA

218. Las Horas de Tercia, Sexta y Nona, sea en la iglesia catedral, o en otra, las puede presidir el Obispo, revestido con hábito coral (6).

Inicia la Hora con el versículo Dios mío, ven en mi auxilio, y la concluye con la oración.

Para la salmodia todos se sientan o están de pie, según las costumbres de los lugares. Después de la salmodia, estando todos sentados, el lector desde un lugar apropiado, hace lectura breve, a la que sigue el versículo que inician los cantores. Todos están de pie y responden.

No se da la bendición. La Hora se concluye con la aclamación: Bendigamos al Señor, a la cual responden todos: Demos gracias a Dios.

(6) Cf. supra n. 63 .

CAPÍTULO VI. COMPLETAS

219. Cuando el Obispo preside las Completas en la iglesia, se reviste con el hábito coral (7), y lo asisten algunos ministros.

El Obispo inicia la Hora con el versículo: Dios mío, ven en mi auxilio.

Si se hace el examen de conciencia, o se realiza en silencio o se incluye en el acto penitencial.

Para la salmodia todos o se sientan o están de pie, según las costumbres de los lugares. Después de la salmodia, estando todos sentados, el lector de pie desde un lugar apropiado, hace la lectura breve, a la que sigue el responsorio: En tus manos, Señor. Luego se dice la antífona del cántico evangélico: Ahora, Señor, según tu promesa.

Al empezar éste, todos se levantan y se signan con el signo de la cruz.

El Obispo dice la oración conclusiva y luego bendice a los participantes, diciendo: El Señor todopoderoso nos conceda una noche.

220. La Hora concluye con la antífona de la Santísima Virgen, sin oración.

(7) Cf. supra n. 63 .

CAPÍTULO VII. CELEBRACIONES DE LA PALABRA DE DIOS. NOCIONES GENERALES

221. “La Iglesia siempre ha venerado las Divinas Escrituras, como lo ha hecho con el mismo Cuerpo de Cristo, puesto que, sobre todo en la sagrada Liturgia nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida tanto de la mesa de la Palabra de Dios, como del Cuerpo de Cristo” (8), más aún, toda celebración litúrgica se apoya y se sostiene en la Palabra de Dios (9). Por tanto, el Obispo esfuércese al máximo para que todos los fieles con una adecuada preparación espiritual previa, adquieran el sentido de escuchar y meditar el misterio de Cristo, que se propone en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

(8) Conc. Vat. ll, Const. dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, n. 21
(9) Cf. Misal Romano, Ordenación de las Lecturas de la Misa, Nociones generales, n. 3.


222. Las celebraciones sagradas de la Palabra de Dios son sumamente útiles en la vida tanto de cada uno de los fieles, como de las comunidades, para fomentar el espíritu y la vida espiritual, para establecer un amor más intenso a la Palabra de Dios y para una celebración más fructuosa tanto de la Eucaristía, como de los otros sacramentos.

223. Por lo cual, es conveniente que el Obispo presida, sobre todo en la iglesia catedral, celebraciones de la Palabra de Dios especialmente en las vigilias de las fiestas más solemnes, en algunos días de Adviento, de Cuaresma y en los domingos y en los días de fiesta.

DESCRIPCIÓN DE LAS CELEBRACIONES

224. Las celebraciones de la Palabra de Dios se asemejarán al modelo de la Liturgia de la Palabra en la Misa.

225. Una vez recibido el Obispo, según lo dicho en el n. 79, en el secretarium o en otro lugar a propósito, se reviste sobre el alba, la cruz pectoral, la estola y el pluvial del color conveniente y, como de costumbre, recibe la mitra báculo.

Lo asisten dos diáconos revestidos con las vestiduras litúrgicas propias de su orden.

Si no hay diáconos, asisten al Obispo dos presbíteros con alba o sobrepelliz sobre la sotana.

226. Después de los ritos iniciales (canto, saludo y oración) se leen una o varias lecturas de la Sagrada Escritura, a las cuales se intercalan cantos o salmos o momentos de silencio. Las lecturas se explican a los fieles reunidos y a ellos se aplican mediante la homilía.

Después de la homilía es oportuno guardar silencio para meditar la Palabra de Dios. Luego la asamblea de los fieles, con un mismo corazón y una sola voz ore, sea por medio de alguna plegaria litánica o de otra forma apta para promover la participación. Al final de la celebración se reza siempre el Padrenuestro.

El Obispo que ha presidido la celebración concluye con la oración y bendice al pueblo, como está indicado más abajo en los nn. 1120 y 1121.

En seguida uno de los diáconos o de los ministros despide al pueblo, diciendo: Podéis ir en paz, y todos responden: Demos gracias a Dios.