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Domingo 14 febrero 2016, I Domingo de Cuaresma, ciclo C.

sábado, 13 de febrero de 2016

Sábado 19 marzo 2016, San José, esposo de la Virgen María, solemnidad.

SOBRE LITURGIA

DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA

San José


218. Dios, en su providente sabiduría, para realizar el plan de la salvación, asignó a José de Nazaret, "hombre justo" (cfr. Mt 1,19), esposo de la Virgen María (cfr. ibid.; Lc 1,27), una misión particularmente importante: introducir legalmente a Jesús en la estirpe de David de la cual, según la promesa (2 Sam 7,5-16; 1 Cro 17,11-14), debía nacer el Mesías Salvador, y hacer de padre y protector para Él.

En virtud de esta misión, san José interviene activamente en los misterios de la infancia del Salvador: recibió de Dios la revelación del origen divino de la maternidad de María (cfr. Mt 1,20-21) y fue testigo privilegiado del nacimiento de Cristo en Belén (cfr. Lc 2,6-7), de la adoración de los pastores (cfr. Lc 2,15-16) y del homenaje de los Magos venidos de Oriente (cfr. Mt 2,11); cumplió con su deber religioso respecto al Niño, al introducirlo mediante la circuncisión en la alianza de Abraham (cfr. Lc 2,21) y al imponerle el nombre de Jesús (cfr. Mt 1,21); según lo prescrito en la Ley, presentó al Niño en el Templo, lo rescató con la ofrenda de los pobres (cfr. Lc 2,22-24; Ex 13,2.12-13) y, lleno de asombro, escuchó el cántico profético de Simeón (cfr. Lc 2,25-33); protegió a la Madre y al Hijo durante la persecución de Herodes, refugiándose en Egipto (cfr. Mt 2,13-23); se dirigía todos los años a Jerusalén con la Madre y el Niño, para la fiesta de Pascua, y sufrió, turbado, la pérdida de Jesús, a sus doce años, en el Templo (cfr. Lc 2,43-50); vivió en la casa de Nazaret, ejerciendo su autoridad paterna sobre Jesús, que le estaba sometido (cfr. Lc 2,51), instruyéndolo en la Ley y en la profesión de carpintero.

219. A lo largo de los siglos, especialmente en los tiempos más recientes, la reflexión eclesial ha puesto de manifiesto las virtudes de san José, entre las que destacan: la fe, que en él se traduce en adhesión plena y valerosa al designio salvífico de Dios; obediencia solícita y silenciosa ante las manifestaciones de su voluntad; amor y observancia fiel de la Ley, piedad sincera, fortaleza en las pruebas; el amor virginal a María, el debido ejercicio de la paternidad, el trabajo escondido.

220. La piedad popular comprende la validez y la universalidad del patrocinio de san José, "a cuya atenta custodia Dios quiso confiar los comienzos de nuestra redención" y "sus tesoros más preciados". Al patrocinio de san José se confían: toda la Iglesia, que el beato Pío IX quiso poner bajo la especial protección del santo Patriarca; los que se consagran a Dios eligiendo el celibato por el Reino de los cielos (cfr. Mt 19,12): estos "en san José tienen...un modelo y un defensor de la integridad virginal"; los obreros y los artesanos, de los cuales el humilde carpintero de Nazaret se considera un especial modelo; los moribundos, porque, según una piadosa tradición, san José fue asistido por Jesús y María, en la hora de su tránsito .

221. La Liturgia, al celebrar los misterios de la vida del Salvador, sobre todo los de su nacimiento e infancia, recuerda con frecuencia la figura y el papel de san José: en el tiempo de Adviento; en el tiempo de Navidad, especialmente en la fiesta de la Sagrada Familia; en la solemnidad del 19 de Marzo; en la memoria del 1º de Mayo.

El nombre de san José aparece en el Communicantes del Canon Romano y en las Letanías de los Santos. En la Recomendación de los moribundos se sugiere la invocación al santo Patriarca y, en la misma circunstancia, la comunidad ora para que el alma del difunto, que ha partido ya de este mundo, encuentre su morada "en la paz de la santa Jerusalén, con la Virgen María, Madre de Dios, con san José, con todos los Ángeles y los Santos".

222. También en la piedad popular la veneración de san José tiene un amplio espacio: en numerosas expresiones de genuino folclore; en la costumbre, establecida al menos desde el siglo XVII, de dedicar los miércoles al culto de san José, costumbre sobre la que se desarrollan algunos ejercicios de piedad como los Siete miércoles en su honor; en las jaculatorias que brotan de los labios de los fieles;en oraciones, como la compuesta por el Papa León XIII, Ad te, beate Ioseph, que no pocos fieles recitan diariamente; en las Letanías de san José, aprobadas por san Pío X; en el ejercicio de piedad de la corona de los Siete dolores y los siete gozos de san José.

223. El hecho de que la solemnidad de san José (19 de Marzo) caiga en Cuaresma, en la que la Iglesia se dedica totalmente a la preparación bautismal y a la memoria de la Pasión del Señor, provoca ciertas dificultades de armonización entre la Liturgia y la piedad popular. Por lo tanto, las prácticas tradicionales del "mes de San José" se deben poner en sintonía con el tiempo litúrgico. La renovación litúrgica ha conseguido que el significado del periodo cuaresmal sea más profundo en los fieles. Con las debidas adaptaciones en las expresiones de la piedad popular, se debe favorecer y difundir la devoción a san José, teniendo siempre presente "el insigne ejemplo... que va más allá de los diversos estados de vida y se propone a toda la comunidad cristiana, sea cual sea la condición y tareas de cada fiel".

CALENDARIO

19 SÁBADO. Hasta la hora nona:
+ SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA, solemnidad


Solemnidad de San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre para con el Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José, y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia (elog. del Martirologio Romano).

Misa de la solemnidad (blanco).
bl MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. prop. «en la solemnidad», conveniente PE I. No se puede decir la PE IV.
LECC.: vol. V.
- 2 Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
- Sal 88. R. Su linaje será perpetuo.
- Rom 4, 13. 16-18. 22. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza.
- Mt 1, 16. 18-21. 24a. José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
o bien: Lc 2, 41-51a. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

José, el hombre justo y fiel. Las tres lecturas de la solemnidad de hoy presentan a tres personajes. David quiere construir una casa para Dios y Dios le promete una descendencia que permanecerá para siempre (1 Letc.). José colabora con Dios permaneciendo en silencio y aceptando la palabra divina (Ev.). José, como nuevo Abrahán, es el hombre creyente, justo y fiel, que creyó contra toda esperanza (2 Lect.).

* Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.
* Hoy puede utilizarse la música instrumental y se puede adornar el altar con flores.
* DÍA Y COLECTA DEL SEMINARIO: Liturgia del día, alusión en la mon. de entrada y en la hom., intención en la orac. univ., colecta. Puede celebrarse también el domingo 13 de marzo.

Liturgia de las Horas: oficio de la solemnidad. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elog. prop. del Dom. de Ramos en la Pasión del Señor, pág. 44, y elogs. del 20 de marzo, pág. 214.
CALENDARIOS: Santo Padre: Aniversario de la inauguración del Pontificado del papa Francisco (2013).
Sigüenza-Guadalajara: Aniversario de la ordenación episcopal de Mons. José Sánchez González, obispo, emérito (1980).
Tarazona: Aniversario de la ordenación episcopal de Mons. Eusebio Hernández Sola, obispo (2011).

19 SÁBADO. Después de la hora nona:
SEMANA SANTA
Segunda semana del salterio
Misa
vespertina del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (rojo).
Liturgia de las Horas: I Vísp. del oficio dominical. Comp. Dom. I.

TEXTOS MISA

Elogio del martirologio
Solemnidad de San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre para con el Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José, y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia.

19 de marzo
SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA
Solemnidad
Die 19 martii
S. IOSEPH SPONSI BEATAE MARIAE VIRGINIS
Sollemnitas
Antífona de entrada Cf. Lc 12, 42
Éste es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia.
Antiphona ad introitum Cf. Lc 12,42
Ecce fidélis servus et prudens, quem constítuit Dóminus super famíliam suam.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excélsis.
Oración colecta
Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José; haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Praesta, quaesumus, omnípotens Deus, ut humánae salútis mystéria, cuius primórdia beáti Ioseph fidéli custódiae commisísti, Ecclésia tua, ipso intercedénte, iúgiter servet implénda. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas de la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María (Lecc. ant. V).

PRIMERA LECTURA 2 Sam 7, 4-5a. 12-14a. 16
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre

Lectura del segundo libro de Samuel

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
-«Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo.
Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre."»

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 (R.: 37)
R.
Su linaje será perpetuo. Semen eius in aetérnum manébit.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.
Su linaje será perpetuo. Semen eius in aetérnum manébit.

Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.» R.
Su linaje será perpetuo. Semen eius in aetérnum manébit.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R.
Su linaje será perpetuo. Semen eius in aetérnum manébit.

SEGUNDA LECTURA Rom 4, 13. 16-18. 22
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos

Hermanos:
No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo.
Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.»
Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que, no existe, Abrahán creyó.
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.»
Por lo cual le valió la justificación.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Versículo antes del Evangelio Sal 83, 5
Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre. Beáti qui hábitat in domo tua, Dómine, in perpétuum laudábunt te.

EVANGELIO Mt 1, 16. 18-21. 24a
José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le habla mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

O bien:
EVANGELIO Lc 2, 41-51a
Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados
Lectura del santo Evangelio según San Lucas.
R. Gloria a Ti, Señor.

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
- «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
Él les contestó:
- «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Palabra del Señor.
R. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Del Catecismo de la Iglesia Católica
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11). Desde el principio él es "a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo"(Jn 10, 36), concebido como "santo" (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para "tomar consigo a María su esposa" encinta "del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2Tm 2, 8; Ap 22, 16).

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL, Plaza de San Pedro, Miércoles 19 de marzo de 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, 19 de marzo, celebramos la fiesta solemne de san José, esposo de María y patrono de la Iglesia universal. Dedicamos, por lo tanto, esta catequesis a él, que se merece todo nuestro reconocimiento y nuestra devoción por el modo en que supo custodiar a la Virgen Santa y al Hijo Jesús. Ser custodio es la característica de san José: es su gran misión, ser custodio.
Hoy quisiera retomar el tema de la custodia según una perspectiva especial: la dimensión educativa. Miremos a José como el modelo del educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento «en sabiduría, edad y gracia», como dice el Evangelio. Él no era el padre de Jesús: el padre de Jesús era Dios, pero él hacía de papá de Jesús, hacía de padre de Jesús para ayudarle a crecer. ¿Cómo le ayudó a crecer? En sabiduría, edad y gracia.
Partamos de la edad, que es la dimensión más natural, el crecimiento físico y psicológico. José, junto con María, se ocupó de Jesús ante todo desde este punto de vista, es decir, lo «crio», preocupándose de que no le faltase lo necesario para un desarrollo sano. No olvidemos que la custodia atenta de la vida del Niño comportó también el exilio en Egipto, la dura experiencia de vivir como refugiados —José fue un refugiado, con María y Jesús— para escapar de la amenaza de Herodes. Después, una vez que volvieron a su patria y se establecieron en Nazaret, está todo el largo periodo de la vida de Jesús en su familia. En esos años José enseñó a Jesús incluso su trabajo, y Jesús aprendió a ser carpintero con su padre José. Así, José ayudó a crecer a Jesús.
Pasemos a la segunda dimensión de la educación: la «sabiduría». José fue para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se alimenta de la Palabra de Dios. Podemos pensar en cómo José educó al pequeño Jesús en la escucha de las Sagradas Escrituras, sobre todo acompañándolo el sábado a la sinagoga de Nazaret. Y José lo acompañaba para que Jesús escuchase la Palabra de Dios en la sinagoga.
Y, por último, la dimensión de la «gracia». Dice san Lucas refiriéndose a Jesús: «La gracia de Dios estaba con Él» (2, 40). Aquí ciertamente la parte reservada a san José es más limitada respecto a los ámbitos de la edad y de la sabiduría. Pero sería un grave error pensar que un padre y una madre no pueden hacer nada para educar a los hijos en el crecimiento en la gracia de Dios. Crecer en edad, crecer en sabiduría, crecer en gracia: éste es el trabajo que hizo José con Jesús, ayudarle a crecer en estas tres dimensiones, ayudarle a crecer.
Queridos hermanos y hermanas, la misión de san José es ciertamente única e irrepetible, porque absolutamente único es Jesús. Y, sin embargo, al custodiar a Jesús, educándolo en el crecimiento en edad, sabiduría y gracia, él es modelo para todo educador, en especial para todo padre. San José es el modelo del educador y del papá, del padre. Encomiendo, por lo tanto, a su protección a todos los padres, a los sacerdotes —que son padres—, y a quienes tienen una tarea educativa en la Iglesia y en la sociedad. De modo especial, quiero saludar hoy, día del padre, a todos los padres, a todos los papás: os saludo de corazón. Veamos: ¿hay algunos padres en la plaza? ¡Levanten la mano los papás! ¡Pero cuántos papás! ¡Felicidades, felicidades en vuestro día! Pido para vosotros la gracia de estar siempre muy cerca de vuestros hijos, ayudándoles a crecer, pero cercanos, cercanos. Ellos necesitan de vosotros, de vuestra presencia, de vuestra cercanía, de vuestro amor. Sed para ellos como san José: custodios de su crecimiento en edad, sabiduría y gracia. Custodios de su camino; educadores, y caminad con ellos. Y con esta cercanía seréis auténticos educadores. Gracias por todo lo que hacéis por vuestros hijos: gracias. A vosotros, muchas felicidades y feliz fiesta del padre a todos los papás que están aquí, a todos los padres. Que san José os bendiga y os acompañe. Y algunos de nosotros hemos perdido al papá, se marchó, el Señor lo llamó; muchos de los que están en la plaza no tienen papá. Podemos rezar por todos los padres del mundo, por los papás vivos y también por los difuntos y por los nuestros, y podemos hacerlo juntos, cada uno recordando a su padre, si está vivo o si está muerto. Y recemos al gran Papá de todos nosotros, el Padre. Un «Padrenuestro» por nuestros padres: Padrenuestro...
¡Y muchas felicidades a los papás!

Se dice Credo. Dicitur Credo.
Oración de los fieles
319. Con la misma fe de san José, y por su intercesión, presentamos a Dios nuestras peticiones.
- Por el Papa, los obispos y cuantos participan de su ministerio jerárquico: para que sigan el ejemplo de José en el cuidado de la familia de Jesús. Roguemos al Señor.
Si se celebra el Día del Seminario
- Por los seminaristas que se preparan al ministerio sacerdotal: para que descubran pronto, como Jesús, que están llamados a ocuparse solamente de las cosas de Dios Padre. Roguemos al Señor.
- Por la paz de las naciones y por sus gobernantes: para que todos los hombres del mundo podamos sentirnos libres y respetados. Roguemos al Señor.
- Por los padres de familia: para que, con el apoyo de Dios, sean ejemplo de fe y santidad para sus hijos. Roguemos al Señor.
- Por las familias que sufren la falta de trabajo o la desunión: para que encuentren la ayuda y paz que necesitan. Roguemos al Señor.
- Por nuestra comunidad (parroquia): para que todos lleguemos a ser una verdadera familia cristiana. Roguemos al Señor.
Dios Padre buenos, que encomendaste a san José el cuidado de Jesús y María; haz que siga cuidando de tu familia en la tierra para que lleguemos a heredar tus promesas. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Señor, que podamos servirte en el altar con un corazón puro como san José, que se entregó por entero a servir a tu Hijo, nacido de la Virgen María. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Quaesumus, Dómine, ut, sicut beátus Ioseph Unigénito tuo, nato de María Vírgine, pia devotióne desérviit, ita et nos mundo corde tuis altáribus mereámur ministráre. Per Christum.
Prefacio LA MISIÓN DE SAN JOSÉ
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria en la solemnidad de san José.
Porque él es el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios; el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu Familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, Señor nuestro.
Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales celebran tu gloria, unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo...
Praefatio: De missione sancti Ioseph.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: Et te in sollemnitáte beáti Ioseph débitis magnificáre praecóniis, benedícere et praedicáre.
Qui et vir iustus, a te Deíparae Vírgini Sponsus est datus, et fidélis servus ac prudens, super Famíliam tuam est constitútus, ut Unigénitum tuum, Sancti Spíritus obumbratióne concéptum, patérna vice custodíret, Iesum Christum Dóminum nostrum.
Per quem maiestátem tuam laudant Angeli, adórant Dominatiónes, tremunt Potestátes. Caeli caelorúmque Virtútes, ac beáta Séraphim, sócia exsultatióne concélebrant. Cum quibus et nostras voces ut admítti iúbeas, deprecámur, súpplici confessióne dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA I o CANON ROMANO. PREX EUCHARÍSTICA I seu CANON ROMANUS.
Antífona de comunión
Siervo fiel y cumplidor, pasa al banquete de tu Señor.
Antiphona ad communionem Mt 25,21
Euge, serve bone et fidélis: intra in gáudium Dómini tui.
Oración después de la comunión
Señor, protege sin cesar a esta familia tuya, que ha celebrado con gozo la festividad de san José participando en la eucaristía; y conserva en ella los dones que con tanta bondad le concedes. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Famíliam tuam, quaesumus, Dómine, quam de beáti Ioseph sollemnitáte laetántem ex huius altáris alimónia satiásti, perpétua protectióne defénde, et tua in ea propitiátus dona custódi. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogio propio del Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos.
Elogios del día 20 de marzo
1. Conmemoración de san Arquipo, compañero en los combates del apóstol san Pablo, que lo recuerda en las cartas a Filemón y a los Colosenses (s. I).
2. En Antioquía, de Siria, santos Pablo, Cirilo y otros, mártires (s. inc).
3. En Metz, en la Galia Bélgica, san Urbicio, obispo (c. 450).
4*. En Braga, en Portugal, san Martín, obispo, que siendo oriundo de Panonia, rigió primero la sede de Dumio y después la de Braga, y con su celo y predicación los suevos abandonaron la herejía arriana y abrazaron la fe católica (c. 579).
5. En la isla de Farne, en Northumbria, tránsito de san Cutberto, obispo de Lindisfarne, que en el ministerio pastoral se distinguió por la diligencia que antes demostró en el monasterio y en el eremo, armonizando pacíficamente las austeridades y género de vida de los celtas con las costumbres romanas (687).
6. En el monasterio de Fantanelle, en Neustria (hoy Francia), sepultura de san Vulframno, el cual, siendo monje, fue elegido obispo de Sens y se dedicó a evangelizar a los frisios. Finalmente, vuelto al citado monasterio, allí descansó en paz (c. 700).
7. Conmemoración de san Nicetas, obispo de Apolonia, en Macedonia, que por dar culto a las santas imágenes fue desterrado por el emperador León el Armenio (733).
8. En la laura de San Sabas, en Palestina, martirio de veinte santos monjes, que fueron ahogados con humo en la iglesia de la Madre de Dios por los sarracenos que habían invadido el monasterio (797).
9*. En Siena, en la Toscana, beato Ambrosio Sansedonio, presbítero de la Orden de Predicadores, que fue discípulo de san Alberto Magno, y aunque eximio en doctrina y predicación, se mostró al mismo tiempo sencillo para con todos (1287).
10. En Praga, en Bohemia, san Juan Nepomuceno, presbítero y mártir, que por defender la Iglesia sufrió muchas injurias por parte del rey Venceslao IV y, expuesto a tormentos y torturas, aún respirando fue arrojado al río Moldava (1393).
11*. En Mantua, en Lombardía, beato Bautista Sapgnoli, presbítero de la Orden de los Carmelitas, que fomentó la paz entre los príncipes y reformó la misma Orden, de la cual fue nombrado prepósito por el papa León X (1516).
12*. En Florencia, en la Toscana, beato Hipólito Galantino, fundador de la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que realizó una egregia labor en la instrucción catequética de los niños y de la gente sencilla (1619).
13*. En Erenée, en la región de Mayenne, en Francia, beata Juana Véron, virgen y mártir, que se entregó al cuidado de niños y enfermos, y por haber ocultado de los perseguidores a sacerdotes durante la Revolución Francesa, fue guillotinada (1794).
14*. En Tarragona, en España, beato Francisco de Jesús, María y José Palau y Quer, presbítero de la Orden de Carmelitas Descalzos, que en el ministerio soportó graves persecuciones y, acusado falsamente, fue relegado a la isla de Ibiza y abandonado por todos (1872).
15. En Bilbao, del País Vasco, en España, santa María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, virgen, que fundó la Congregación de las Hermanas Siervas de Jesús y las formó especialmente para el cuidado de los enfermos y de los pobres (1912).
16*. En Lviv, en Ucrania, beato José Bilczewski, obispo de los latinos, que se dedicó con gran caridad a la formación de las costumbres y de la doctrina del clero y del pueblo latinos, y durante la guerra hizo de todo para ayudar a los pobres y necesitados (1923).

Para redescubrir el "Ritual de la Penitencia" ("Notitiae" 2015/2)

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
"NOTITIAE"
2015/2

PARA REDESCUBRIR EL "RITUAL DE LA PENITENCIA"

El interés suscitado por el Jubileo de la Misericordia ha encontrado una multiplicidad de expresiones. También la revista Notitiae quiere contribuir con una serie de artículos que quieren manifestar la relevancia de la misericordia de Dios anunciada, celebrada y vivida en las acciones litúrgicas.

Si toda la economía sacramental está penetrada por la misericordia divina, comenzando por el bautismo «para el perdón de los pecados», la obra reconciliadora de Dios se ofrece y manifiesta continuamente en el sacramento de la Penitencia [1]. Por eso, en la Bula de convocación del Jubileo Misericordiae vultus, el Papa ha pedido que pongamos de nuevo en el centro «el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia» (MV 17).

Celebrar la misericordia de Dios ayuda al hombre a ponerse con honestidad ante su propia conciencia y reconocerse necesitado de ser reconciliado con el Padre, que con paciencia sabe esperar al pecador para darle un abrazo que le devuelva su dignidad. Reconocer los propios pecados y arrepentirse no es una humillación; al contrario, es volver a descubrir el verdadero rostro de Dios, abandonándose confiadamente a su designio de amor y, al mismo tiempo, redescubrir el verdadero rostro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. El fruto más hermoso de la misericordia que se experimenta en el sacramento de la Penitencia es volver a descubrir a Aquél que es el origen y el fin de la propia vida.

En este espíritu, se desea ofrecer unas reflexiones sobre el Ordo Paenitentiae, deteniéndonos, sobre todo, en algunos aspectos teológico-litúrgicos y, más ampliamente, sobre la dinámica celebrativa del Rito mismo.

Es muy pedagógico retomar este libro litúrgico, releer los Praenotanda, acercarse a sus textos y gestos, asimilar las actitudes sugeridas y comprender cómo la Iglesia dispensa la misericordia de Dios, a través de los ritos y oraciones.

1. CONTRICIÓN Y CONVERSIÓN DEL CORAZÓN

El 2 de diciembre de 1973 fue promulgado el Ordo Paenitentiae que, obedeciendo al mandato conciliar, revisó el rito y las fórmulas «de manera que expresen más claramente la naturaleza y el efecto del sacramento» (SC 72). A distancia de algunos decenios, se debe constatar que frecuentemente son ignoradas, quizás porque son juzgadas inoportunas y demasiado pesadas, algunas sugerencias celebrativas, que aunque no son esenciales para la validez del sacramento, sin embargo, constituyen una riqueza para una celebración en la que se actualiza aquella plena, consciente y activa participación de ministro y fieles que «hay que tener en cuenta al reformar y fomentar la sagrada Liturgia » (SC 14).

Pérdida del sentido de pecado

Muchos obispos manifiestan con preocupación una permanente desafección de los fieles y sacerdotes hacia el sacramento de la Reconciliación en todo el mundo, como se confirma con ocasión de las Visitas ad limina. En la raíz está, sin duda alguna, una desorientación, más allá de un genérico reconocerse pecadores, para especificar la naturaleza del pecado y confesarlo solicitando el perdón de Dios. Hace más de cincuenta años, el beato Pablo VI hacía esta observación en una homilía suya: «No encontraréis ya en el lenguaje de la gente de bien actual, en los libros, en las cosas que hablan de los hombres, la tremenda palabra que, por otro lado, es tan frecuente en el mundo religioso, en el nuestro, particularmente en el cercano a Dios: la palabra pecado. Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores. Son catalogados como sanos, enfermos, malos, buenos, fuertes, débiles, ricos, pobres, sabios, ignorantes; pero la palabra pecado no se encuentra jamás. Y no retorna porque, distanciado el intelecto humano de la sabiduría divina, se ha perdido el concepto de pecado. Una de las palabras más penetrantes y graves del Sumo Pontífice Pío XII, de venerable memoria, es ésta: “el mundo moderno ha perdido el sentido del pecado”; es decir, la ruptura de la relación con Dios, causada por el pecado» [2]. El Año Jubilar de la Misericordia puede ser un tiempo propicio para recuperar el verdadero sentido del pecado a la luz del sacramento del perdón, teniendo presente que esto se inserta en el marco de la dialéctica entre el misterio del pecado del hombre y el misterio de la infinita misericordia de Dios, que recorre toda la historia bíblica.

Conversión del corazón

Para volver a descubrir el valor del Ritual de la Penitencia [3] sería necesario apreciar algunos elementos de la teología del sacramento, tal como pueden ser leídos en los Praenotanda del mismo Ritual. «El pecado es una ofensa a Dios, que rompe nuestra amistad con él, la finalidad última de la penitencia consiste en lograr que amemos intensamente a Dios y nos consagremos a él» (RP 5). Por otra parte, el pecado de uno perjudica a todos «por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación con los hermanos» (RP 5). No se puede olvidar que la experiencia sacramental exige, sobre todo, la acogida de la invitación precisa con la que Jesús inició su ministerio: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

El concilio de Trento enumera cuatro actos de la penitencia: tres actos del penitente (contrición, confesión, satisfacción) y la absolución dada por el ministro, y considera esta última la parte más importante del sacramento [4]. El Ritual de la Penitencia retoma la doctrina de Trento poniendo en particular evidencia los actos del penitente, entre los cuales el primero y más relevante es la contrición o «la íntima conversión del corazón» (RP 6). El hijo pródigo es un ejemplo de todo esto, cuando, con corazón contrito y arrepentido, decide volver a la casa paterna. El sacramento se explica en directa continuidad con la obra de Cristo, ya que él anunciaba la metanoia como condición para acceder al Reino. En ausencia de la conversión/metanoia, disminuyen para el penitente los frutos del sacramento, porque: «de esta contrición del corazón depende la verdad de la penitencia» (RP 6). Adviértase que los Praenotanda, incluso citando el texto tridentino que entiende la contrición como dolor del alma y reprobación del pecado cometido, interpreta la contrición en el sentido más rico y bíblico de conversión del corazón: «La conversión debe penetrar en lo más íntimo del hombre para que le ilumine cada día más plenamente y lo vaya conformando cada vez más a Cristo» (RP 6).

En la antropología global y concreta de la Biblia, el corazón del hombre es la fuente misma de su personalidad consciente, inteligente y libre, el centro de sus operaciones decisivas y de la acción misteriosa de Dios. El justo camina con «rectitud de corazón» (Sal 101,2), pero «de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Por eso Dios no desprecia «un corazón quebrantado y humillado» (Sal 51,19). El corazón es el lugar en el que el hombre se encuentra con Dios. El corazón, en el lenguaje bíblico, indica la totalidad de la persona humana, diferente de cada una de las facultades y de los actos de la persona misma; su ser íntimo e irrepetible; el centro de la existencia humana, la confluencia de la razón, voluntad, carácter y sensibilidad, donde la persona encuentra su unidad y orientación interior, de la mente y del corazón, de la voluntad y de la afectividad. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (= CCE), «la tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de “lo más profundo del ser”, donde la persona se decide o no por Dios» (n. 368). El corazón es, pues, el alma indivisa con la que amamos a Dios y a los hermanos.

La conversión del corazón no es sólo el elemento principal, es también el que unifica entre sí todos los actos del penitente constitutivos del sacramento, dado que cada elemento es definido en orden a la conversión del corazón: «Esta íntima conversión del corazón, que incluye la contrición del pecado y el propósito de una vida nueva, se expresa por la confesión hecha a la Iglesia, por la adecuada satisfacción y por el cambio de vida» (RP 6). La conversión del corazón no hay que entenderla como un acto único, en sí mismo, cumplido una vez para siempre, sino como un decidido alejamiento del pecado para emprender un camino progresivo y continuo de adhesión a Cristo y de amistad con él. Los diversos elementos del Ritual de la Penitencia son, por decir de algún modo, la expresión de varios momentos o etapas de un camino que no acaba en el momento de la celebración del sacramento, sino que conforma toda la vida del penitente.

En este contexto, hay que valorar las celebraciones penitenciales no sacramentales. En efecto, si en la base del sacramento de la Penitencia está la conversión del corazón, es necesario dar la máxima relevancia a tales celebraciones que, como leemos en los Praenotanda «son reuniones del pueblo de Dios para oír la palabra de Dios, por la cual se invita a la conversión y a la renovación de vida, y se proclama, además, nuestra liberación del pecado por la muerte y resurrección de Cristo» (RP 36). Estas celebraciones no sacramentales pueden hacerse antes o después del sacramento de la Penitencia, porque la conversión del corazón presupone el conocimiento de lo que es pecado y de los pecados cometidos. Recordemos el papel que la palabra de Dios tuvo en la conversión de san Agustín: «… Domine, amo te. Percussisti cor meum verbo tuo, et amavi te» [5]. Al amor misericordioso de Dios, se responde con amor.

El ministro del Sacramento

Es importante también considerar la tarea del ministro del sacramento que, según la Bula Misericordiae vultus, debería ser «verdadero signo de la misericordia del Padre» (MV 17). También él, siendo pecador, no olvida hacerse penitente, experimentando en el sacramento la alegría del perdón. La tradición católica ha señalado cuatro figuras que expresan la tarea propia del sacerdote confesor. Es doctor y juez -para indicar la objetividad de la ley-, pero también padre y médico –para significar la caridad pastoral hacia el penitente. Estas figuras se han destacado, una vez una y otras veces otra, según las diversas épocas históricas y las diversas tendencias teológicas. El concilio de Trento afirma que los sacerdotes ejercen la función de perdonar pecados «como ministros de Cristo», cumpliendo esta tarea «a modo de un acto judicial» (ad instar actus iudicialis) [6]. También el Ritual de la Penitencia habla del confesor como juez y médico, cuando dice: «Para que el confesor pueda cumplir su ministerio con rectitud y fidelidad, aprenda a conocer las enfermedades de las almas y a aportarles los remedios adecuados; procure ejercitar sabiamente la función de juez» (RP 10). Más adelante se subraya que el confesor «cumple su función paternal, revelando el corazón del Padre a los hombres y reproduciendo la imagen de Cristo Pastor» (RP 10). El confesor es testigo de la misericordia de Dios hacia el pecador arrepentido [7]. En el Antiguo Testamento, la misericordia es el sentimiento compasivo y también materno de Dios por sus criaturas, a pesar de su infidelidad (cf. Éx 34,6;Sal 51,3;Sal 130;Jer 12,15; 30,18). En el Nuevo Testamento, Jesús es presentado como el «sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo» (Cf. Heb 2,17).

El Catecismo de la Iglesia Católica resume muy bien todas estas tareas del confesor: «Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (n. 1465). Las fórmulas y los gestos rituales de la celebración del sacramento denotan la presencia misericordiosa del Padre, el don oblativo del Hijo, el amor purificante y sanador del Espíritu Santo. El confesor debe ser la expresión y el medio humano de este amor, que por medio de él se difunde en el penitente y lo conduce nuevamente a la vida, a la esperanza, a la alegría.

Las reflexiones expuestas hasta aquí encuentran su realización concreta en la celebración misma del sacramento, queper ritus et preces, guían a penitentes y ministros en la experiencia de la misericordia de Dios. En efecto, cada celebración del sacramento es un «Jubileo de la Misericordia». Hay otros ámbitos de carácter espiritual, disciplinar, pastoral vinculados a la celebración del sacramento, no considerados en estas reflexiones pero merecedores de atención. Pensemos, por ejemplo, en el cuidado que hay que prestar tanto a la formación permanente del clero, como a la inicial de los seminarios e institutos de formación. También en la observancia de la disciplina sobre las absoluciones colectivas (cf. CIC can. 961-963) y prestar atención a los riesgos relacionados con la discreción y reserva, la protección del anonimato y del secreto, amenazados en la actualidad por la fácil y sacrílega interceptación, grabación y difusión del contenido de las confesiones (cf. CIC can. 983).

2. PARA UNA MISTAGOGIA DEL ORDO PAENITENTIAE


Al fijar nuestra atención en una lectura mistagógica del «Rito para reconciliar a un solo penitente» (cap. I) se debe tener presente también la dimensión eclesial, puesta de mayor relieve en el capítulo II: «Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual». La naturaleza profundamente personal del sacramento de la Penitencia se asocia estrechamente a la eclesial, siendo un acto que reconcilia con Dios y con la Iglesia (cf. CCE 1468-1469). Desde este punto de vista, los Praenotanda afirman que «la celebración común manifiesta más claramente la naturaleza eclesial de la penitencia» (RP 22). Según la enseñanza conciliar, «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia […]. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (SC 26).

El Año Jubilar de la Misericordia representa una oportunidad significativa para volver a descubrir el «Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual» en las comunidades diocesanas y parroquiales. [8] El orden ritual que encontramos en este capítulo segundo del Ritual de la Penitencia ayuda a poner de relieve dos aspectos importantes de la naturaleza eclesial de su celebración. Sobre todo, la escucha de la palabra de Dios, que asume la estructura de una Liturgia de la Palabra, por tanto, de un verdadero y propio acto de culto (cf. SC 56). Aquí el anuncio evangélico de la misericordia y la llamada a la conversión resuenan en una asamblea en la cual «los fieles oyen juntos la palabra de Dios, la cual, al proclamar la misericordia divina, les invita a la conversión; juntos, también examinan su vida a la luz de la misma palabra de Dios y se ayudan mutuamente con la oración» (RP 22). También el apóstol Santiago invita: «Confesaos mutuamente los pecados y rezad unos por otros para que os curéis» (Sant 5,16).

Si la escucha habitual de la Palabra, que «enciende el corazón», y el recíproco apoyo de la oración son importantes, no lo son menos la alabanza y la acción de gracias común con las que se concluye el rito (cf. RP 29). En efecto, «después que cada uno ha confesado sus pecados y recibido la absolución, todos a la vez alaban a Dios por las maravillas que ha realizado en favor del pueblo que adquirió para sí con la sangre de su Hijo» (RP 22).

Estas breves alusiones al capítulo II del Ritual de la Penitencia descubren la dinámica social y personal tanto del pecado como de la conversión. La dimensión eclesial y personal se funden, de modo particular, en este sacramento, poniendo de relieve que «la penitencia, por tanto, no se puede entender como puramente interna y privada. Porque (no: ¡aunque!) es un acto personal, tiene también una dimensión social. Este punto de vista es también de importancia para la fundamentación del aspecto eclesial y sacramental de la penitencia» [9].

Recorremos ahora los diversos elementos rituales del capítulo I «Rito para reconciliar a un solo penitente» para favorecer no sólo una renovada comprensión del sacramento, sino también una celebración más auténtica, conscientes de que en los actos del penitente y del sacerdote, en los gestos y en las palabras, se comunica la gracia del perdón. Precisamente porque mens concordet voci es necesaria una digna celebración, convencidos de la importancia de la forma ritual, porque en la liturgia, la palabra precede a la escucha, la acción configura la vida [10].

Acogida del penitente

La rúbrica n. 83 del Ritual indica cómo debe ser escuchado el penitente: «El sacerdote acoge con bondad al penitente y le saluda con palabras de afecto». Esta es la apertura que introduce en la acción ritual. El Ritual de la Penitencia se preocupa de que el ministro del sacramento, representante de Cristo, actúe de tal manera que este momento inicial sea vivido por el penitente del modo más fácil y confiado posible. Todos sabemos lo difícil que puede ser acercarse a la confesión. Cuando se consigue dar el primer paso, ya está actuando la gracia. Por eso, el sacerdote ha de acoger a quien acude a él con la misma actitud del padre del hijo pródigo, que corre al encuentro de su hijo arrepentido en cuanto lo ve de lejos. Los sacerdotes deben prepararse para desempeñar este ministerio, conscientes de representar a Cristo que, en la parábola, nos descubre el rostro del Padre celestial que hace fiesta y se alegra por el que retorna a él (cf. Lc 15,11-32). El inicio del Ritual de la Penitencia nos ayuda a comprender que Dios Padre celebra un «Jubileo» cada vez que un pecador viene a este sacramento: «Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15, 7).

Después de haber sido acogido, el penitente hace la señal de la cruz diciendo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (RP 84). Es un acto de fe distintivo del cristiano [11]. Esta apertura es importante por una razón tanto práctica como teológica. Este signo ritual tan familiar, unido a las palabras, subraya el momento en el que inicia verdaderamente la liturgia. Incluso al final del rito, en la absolución penitencial, estará presente el signo de la cruz. La fórmula trinitaria además de recordar el Bautismo, en el que hemos renacido a la vida divina, nos orienta hacia la celebración de la Eucaristía, que conserva, incrementa y renueva la vida de gracia en nosotros.

Este momento ritual prepara progresivamente lo que sigue. El sacerdote no debe decir simplemente al penitente: «Ahora dime tus pecados». Por el contrario, sus palabras de acogida deberían establecer inmediatamente una atmósfera de profunda seriedad y al mismo tiempo suscitar la confianza en Dios. El sacerdote dice: «Dios, que ha iluminado nuestros corazones, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su misericordia» (RP 84). ¡Qué intensas y dulces resuenan estas palabras en el corazón del penitente si el sacerdote las pronuncia con convicción y desde lo profundo del corazón, consciente del ministerio que la Ordenación le capacitó para cumplir!

Los parágrafos 85-86 del Ritual de la Penitencia presentan fórmulas alternativas para el inicio del rito, ricas en resonancias bíblicas y teología. En estas fórmulas podrían inspirarse nuestra predicación y catequesis para invitar a celebrarlo con alegría, seriedad y serenidad. Pensemos, por ejemplo, en el impacto que tiene el penitente al sentir decir al sacerdote las palabras del profeta Ezequiel: «Acércate confiadamente al Señor, que no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva» (cf. 33,11). El sacerdote habla aquí con la autoridad de la palabra de Dios y no simplemente con palabras de cumplimiento.

Lectura de la Palabra de Dios

Aunque la sagrada Escritura resuena ya en las diferentes fórmulas de invitación a la confesión de los pecados, el rito continua con la escucha de la palabra de Dios. A pesar de que en el Ritual esto sea ad libitum, solo debería omitirse en caso de verdadero impedimento. En la economía del Ritual de la Penitencia, la proclamación de la palabra de Dios aparece como un momento importante de la celebración (cf. RP 17). Los versículos escriturísticos que se ofrecen están caracterizados por expresiones que anuncian la misericordia de Dios e invitan a la conversión (cf. RP 87). El Ritual sugiere doce citas bíblicas (cf. RP 88-93) y otras lecturas alternativas (cf. RP 160-165), pero se puede recurrir también a otros textos de la sagrada Escritura que el sacerdote o el penitente consideren oportunos.

En la forma ritual, la precedencia dada a la escucha de la palabra de Dios reclama el hecho de que cuanto viene proclamado se cumple, aquí y ahora, en la celebración. Lo que se anuncia es experimentado por el penitente con absoluta novedad y frescura, porque la Palabra resuena enriquecida con un significado nuevo, gracias al momento sacramental que vive con fe. El Jubileo de la Misericordia es una ocasión propicia para que sacerdotes y fieles valoren de verdad el recurso a la palabra de Dios. En cada uno de los textos propuestos por el Ritual, los sacerdotes podrán descubrir la grandeza del ministerio a ellos confiado y los penitentes podrán vislumbrar con admiración la luz que les guía hacia el encuentro con Cristo en el sacramento.

Por ejemplo, la elección del texto de Ezequiel 11, 19-20 (cf. RP 88), permite sentir al penitente que es a él a quien se dirige el oráculo divino: «Les daré un corazón íntegro e infundiré en ellos un espíritu nuevo; les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne…». Cuando el penitente se da cuenta que tal promesa es para él, en ese mismo momento, su corazón puede abrirse al consuelo y a la confianza y confesar sus pecados. Si se elige el texto de Marcos 1,14-15 (cf. RP 90), tanto el sacerdote como el penitente, experimentan que Cristo mismo está presente, aquí y ahora, para anunciar con fuerza a quien se confiesa: «Está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia». La respuesta a la presencia de Cristo y a sus palabras será la confesión de los pecados. O bien, con la elección del pasaje de Lucas 15,1-7 (cf. RP 162), el penitente deberá comprender que Jesús se defiende de las acusaciones de comer con los pecadores también por él. De hecho, en la celebración, Jesús está junto al penitente -un pecador- y manifiesta que quiere restablecer la comunión con él, volver a buscarlo como hace el pastor con la oveja perdida. La palabra de Dios, ¿no está quizás anunciando aquí un Jubileo de Misericordia, dándonos la valentía de confesar nuestros pecados con esperanza y confianza?

Confesión de los pecados y aceptación de la satisfacción

El momento ritual siguiente es una parte esencial de la celebración sacramental: la confesión de los pecados por parte del penitente y la aceptación de un acto de satisfacción propuesto por el sacerdote (cf. RP 94). Merecen ser subrayados algunos aspectos sobre el valor ritual de la confesión y la forma que asume. A diferencia de otros momentos, aquí no se indican textos ni palabras para ser dichos, sino que el penitente es llamado a confesar los propios pecados. Lo que ha precedido ritualmente, sobre todo la proclamación de la palabra de Dios, muestra que la confesión de los pecados no surge solo por iniciativa del penitente. En verdad, se fundamenta en la gracia de haber escuchado la palabra de Dios, dando como resultado el sentirse animado al arrepentimiento y a la contrición.

En este momento, no se indican textos específicos, sino solamente rúbricas, redactadas con sumo cuidado, para expresar su profundo significado teológico. No se trata simplemente, por parte del penitente, de pronunciar en voz alta un elenco de pecados en el vacío, como si nadie estuviera presente. Se confiesa delante del sacerdote. Al sacerdote, por su parte, se le pide entrar en profunda relación con quien se confiesa: «El sacerdote ayuda al penitente a hacer una confesión íntegra, le da los consejos oportunos» (RP 94). Este paso constante del penitente al sacerdote, no es más que la forma ritual que hace posible el encuentro del penitente con Cristo a través del sacerdote. Por eso el confesor es invitado a ayudar al penitente a comprender el sentido profundo de este encuentro: «Lo exhorta [el sacerdote al penitente] a la contrición de sus culpas, recordándole que el cristiano por el sacramento de la penitencia, muriendo y resucitando con Cristo, es renovado en el misterio pascual» (RP 94). Es un elemento teológico esencial para comprender correctamente el sacramento. Todo lo que sucede en él se fundamenta en el misterio pascual. El penitente es renovado según el modelo original del bautismo, donde muere con Cristo al pecado y resucita con él a la vida nueva.

Es deseable que, ayudados por el Año Jubilar, tanto los sacerdotes como los penitentes puedan celebrar este sacramento con una mayor conciencia de la profundidad de este encuentro. Recordemos las fuertes palabras de san Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor hominis: «La Iglesia, pues, observando fielmente la praxis plurisecular del Sacramento de la Penitencia -la práctica de la confesión individual, unida al acto personal de dolor y al propósito de la enmienda y satisfacción- defiende el derecho particular del alma. Es el derecho a un encuentro del hombre más personal con Cristo crucificado que perdona, con Cristo que dice, por medio del ministro del sacramento de la Reconciliación: “tus pecados te son perdonados”; “vete y no peques más”» (n. 20). Es inusual y muy incisivo que el Papa defina el encuentro entre penitente y sacerdote como un “derecho” humano. Con esto se refiere a algo que está en lo profundo del corazón herido de la humanidad pecadora. Hablando del Redentor del hombre afirma que cada persona desea un encuentro intenso, personal con Cristo, «con Cristo crucificado que perdona». La estructura litúrgica del sacramento intenta dar forma a este deseo y satisfacerlo.

Después que el penitente ha confesado los pecados, el sacerdote «le propone una obra de penitencia que el fiel acepta para satisfacción por sus pecados y para enmienda de su vida» (RP 94). De este modo, la rúbrica subraya de nuevo el significado del profundo encuentro e intercambio que se produce entre sacerdote y penitente. En lo que hace, el sacerdote es invitado a «acomodarse en todo a la condición del penitente, tanto en el lenguaje como en los consejos que le dé». El penitente encuentra, aquí y ahora, a «Cristo crucificado que perdona» y que muestra también el camino para la enmienda y un nuevo estilo de vida.

Oración del penitente

El sacerdote continua su diálogo con el penitente invitándolo «a que manifieste su contrición» con una oración (RP95). Esto pone, de nuevo, en primer plano, la dimensión litúrgica del sacramento. El rito reclama manifestar claramente la contrición en forma de oración, ofreciendo una vasta posibilidad de fórmulas. En efecto, se ofrecen en el Ritual siete posibles oraciones (cf. RP 95-101). Aunque, como para las perícopas bíblicas, solo se usa una en cada celebración, meditar todos y cada uno de los textos propuestos puede ayudar a vislumbrar las múltiples caras de la piedra preciosa insertada en este momento del sacramento. La meditación ayudará a las personas a prepararse para la confesión y para pronunciar, de corazón, tales palabras durante la celebración sacramental.

La fórmula indicada en el RP 101 es una tradicional oración que muchos conocen como “Acto de dolor”. Ha superado el paso de los siglos y quizás no tiene necesidad de comentario. El Jubileo es pues la ocasión para poner de manifiesto las palabras y la profundidad teológica que encierra esta oración en su formulación latina. Quien ora suplica: «Per merita passionis Salvatoris nostri Iesu Christi, Domine, miserere». La Misericordia que celebramos se fundamenta en los méritos de la Pasión de Jesucristo.

Las demás opciones propuestas (cf. RP 95-100) están claramente inspiradas en la Sagrada Escritura. En efecto, dos de ellas (RP 96,97) ponen directamente en los labios del penitente algunos versículos de los salmos: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas…»; o bien: «Lava del todo mi delito, Señor…». Como respuesta a la invitación del sacerdote para manifestar la propia contrición, el penitente pronuncia las mismas palabras usadas durante milenios por Israel y la Iglesia. Orando hoy con tales fórmulas, los penitentes experimentan que su historia de pecado y el perdón de Dios forman parte del gran drama narrado en las páginas de la Biblia. El drama del pecado y del perdón continua ahora en nuestra existencia, y las mismas oraciones suscitadas por el Espíritu Santo iluminan perfectamente este momento.

Lo mismo se puede decir de la oración que pone en los labios del penitente las palabras que el hijo pródigo dirige al padre nada más llegar a casa: «Padre, he pecado contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Ten compasión de este pecador» (RP 98). Alentados por la parábola a no tener miedo y animados a la contrición, los penitentes manifiestan la conversión del corazón pronunciando las palabras del hijo, que retorna con fe a la casa paterna.

Otra fórmula de especial valor es una oración dirigida a cada Persona de la Trinidad, con imágenes tomadas del Nuevo Testamento, de tal forma que los penitentes puedan reconocerse en ellas (cf. RP 95). Esta oración se dirige sobre todo al «Padre lleno de clemencia» y utiliza nuevamente las palabras del hijo pródigo, introducidas por una explícita referencia a la parábola: «…como el hijo pródigo…». Después se dirige a «Cristo Jesús, Salvador del mundo», y el penitente invoca que le suceda ahora a él lo mismo que le sucedió al buen ladrón, cuando se le abrieron las puertas del paraíso, mientras Jesús moría. El penitente hace suyas las mismas palabras del malhechor arrepentido: «Acuérdate de mí, Señor, en tu reino». La última invocación se dirige al Espíritu Santo, denominado «fuente de amor». El penitente pide al Espíritu Santo «purifícame, y haz que camine como hijo de la luz».

El Ritual ofrece al penitente también otras fórmulas que ahora no comentamos. Sin embargo es deseable que, alentados también por el Año Jubilar, sean más conocidas y usadas. Con ellas aprendemos a orar con las mismas palabras e imágenes de la Escritura, expresando nuestra contrición y pidiendo perdón. Con ellas aprendemos que también nosotros estamos implicados en los admirables acontecimientos de misericordia narrados en la Biblia. Como el publicano, alabado por Jesús en la parábola, también nosotros nos golpeamos el pecho y oramos: «Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador» (RP 100, inspirado en Lc 18, 13).

Absolución

En el Ritual de la Penitencia, la oración del penitente y la absolución del sacerdote figuran bajo un único título. Las hemos diferenciado para facilitar un comentario, sin olvidar que es importante captar el profundo vínculo entre los dos momentos. En la oración a Dios, el penitente expresa la contrición y pide misericordia. La inmediata respuesta a esta súplica se da rápidamente por parte de Dios, a través del ministerio del sacerdote.

La atmósfera litúrgica se intensifica. El sacerdote extiende las manos sobre la cabeza del penitente y comienza a pronunciar las palabras. Este gesto debe ser realizado con la misma atención e intensidad que cualquier otro gesto similar de una acción litúrgica. El penitente ha de ser capaz de percibir, a través del cambio de postura corporal y del gesto del sacerdote, que se va a realizar un acto sacramental solemne. Las manos extendidas indican que la misericordia de Dios -invisible, pero inmensamente poderosa y presente- va a irrumpir sobre el penitente arrepentido.

También las palabras pronunciadas por el sacerdote para la absolución merecen una justa atención. Aunque son breves, tienen un gran valor teológico y expresan el significado central de este sacramento. El Ritual de la Penitenciaexpone claramente los elementos teológicos esenciales de la fórmula (cf. RP 19). Ante todo, se señala la evidente estructura trinitaria. La reconciliación, otorgada en este sacramento, viene de Dios, llamado «Padre misericordioso», y expresa lo que ya ha realizado: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo». Tal reconciliación se ha realizado «por la muerte y la resurrección de su Hijo», que la fórmula pone en relación inmediata con la efusión del «Espíritu Santo para la remisión de los pecados». En esta primera parte de la fórmula se encuentra la anámnesis litúrgica, es decir, se recuerda, proclama y anuncia la muerte y resurrección de Jesús. La anámnesis se expresa en términos trinitarios y con un lenguaje que indica inmediatamente la importancia de este solemne acto de Dios que ahora se va a realizar en favor del penitente. Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha infundido sobre nosotros el Espíritu Santo para la remisión de los pecados.

La fórmula continua en el tiempo de presente, y el sacerdote se dirige directamente al penitente. Este paso del pasado al presente indica que el gran acontecimiento obrado por Dios en el misterio pascual se derrama, con todos sus frutos, sobre este penitente concreto, aquí y ahora, por medio de las palabras del sacerdote. Al mismo tiempo, la fórmula explicita que cuanto está realizando Dios adquiere una fuerte dimensión eclesial «ya que la reconciliación con Dios se pide y se otorga por el ministerio de la Iglesia» (RP 19).

Dirigiéndose al penitente el sacerdote dice, ante todo, Dios «te conceda el perdón y la paz». Es un lenguaje que se caracteriza por ser una invocación o bendición; el verbo está en subjuntivo con valor exhortativo (tribuat), característico de muchas invocaciones y bendiciones de la Iglesia, siempre eficaces. Después cambia el estilo del lenguaje y el sacerdote continua pronunciando lo que el Ritual llama la «parte esencial» (RP 19). Dirigiéndose directamente al penitente y haciendo la señal de la cruz, dice: «Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Con las palabras: «Yo te absuelvo», el sacerdote manifiesta que actúa in persona Christi.

A través de los gestos y de las palabras del sacerdote, en virtud del poder dado por Cristo a la Iglesia para perdonar pecados (cf. Jn 20,23), el pecador es devuelto a la inocencia original del bautismo. El penitente ve cumplido, de este modo, su deseo de un encuentro personal y profundo con Cristo crucificado y dispuesto al perdón. El Señor ha venido y se ha encontrado con ese pecador, en ese momento clave de su vida, marcado por la conversión y el perdón. ¡Un encuentro como éste constituye la verdadera esencia del Jubileo de la Misericordia, un jubileo para los pecadores arrepentidos y un jubileo para Cristo mismo!

Acción de gracias y despedida del penitente

Las leyes del lenguaje ritual imponen que un momento tan intenso y rico, como es la absolución, necesita un epílogo. Sería raro salir de un ámbito tan espiritual como éste para volver a la vida de cada día sin un momento de tránsito. Con todo, a veces, sin respetar el evidente sentido litúrgico, la celebración sacramental puede terminar de forma precipitada: «Hemos terminado, vete en paz». El Ritual de la Penitencia dice con claridad lo que se ha de hacer: «El penitente proclama la misericordia de Dios y le da gracias con una breve aclamación tomada de la Sagrada Escritura; después el sacerdote lo despide en la paz del Señor» (RP 20).

Esta sobria ritualidad se encuentra en RP 103. Sacerdote y penitente no dicen palabras suyas, sino expresiones tomadas de la Escritura. Citando las palabras inspiradas en el Salmo 118,1, el sacerdote exclama: «Dad gracias al Señor, porque es bueno». El penitente concluye con el versículo siguiente del mismo Salmo: «Porque es eterna su misericordia» (también Sal 136,1). Estas palabras de alabanza usadas por el pueblo de Israel y por la Iglesia durante milenios se han cumplido de nuevo y de forma concreta, aquí y ahora, con admirable fuerza y absoluta novedad.

Toda liturgia de la Iglesia termina enviando al mundo a cuantos han participado en ella, llenos de renovada fuerza divina, destinada a vivificar la humanidad. La despedida no es otra cosa que la forma ritual del envío de Cristo mismo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», dice el Señor Resucitado a sus discípulos (cf. Jn 20,21). Esto es lo que se hace en el Ritual de la Penitencia con fórmulas concisas: «El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz», o bien: «Vete en paz y anuncia a los hombres las maravillas de Dios, que te ha salvado». El sacerdote las pronuncia como ministro de Cristo y el penitente se da cuenta que es enviado por la Iglesia.

“Misericordiosos como el Padre”

El Papa Francisco invita continuamente a la Iglesia a redescubrir la alegría del Evangelio y a estar “en salida”, a ser misionera, capaz de arriesgarse, de tomar iniciativa sin miedo, mostrando vivir «un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza» [12].

La vocación de la Iglesia es también la de todo discípulo de Cristo, fortalecido por el sacramento del perdón. La misericordia celebrada per ritus et preces compromete a poner en práctica la enseñanza de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).

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NOTAS

[1] «Como sabemos, los sacramentos son el lugar de la cercanía y de la ternura de Dios por los hombres; son el modo concreto que Dios ha pensado, ha querido para salir a nuestro encuentro, para abrazarnos sin avergonzarse de nosotros y de nuestro límite. Entre los sacramentos, ciertamente el de la Reconciliación hace presente con especial eficacia el rostro misericordioso de Dios: lo hace concreto y lo manifiesta continuamente, sin pausa. No lo olvidemos nunca, como penitentes o como confesores: no existe ningún pecado que Dios no pueda perdonar. Ninguno. Sólo lo que se aparta de la misericordia divina no se puede perdonar, como quien se aleja del sol no se puede iluminar ni calentar»: FRANCISCO, Audiencia a los participantes en el Curso promovido por la Penitenciaria Apostólica, 12 de marzo de 2015.

[2] PABLO VI, Homilía, 20 de septiembre de 1964. Cf. también JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et Paenitentia, 2 de diciembre de 1984, 18.

[3] Ritual de la Penitencia, Barcelona 1975 (en adelante se cita con la abreviatura RP seguido del número del parágrafo).

[4] Cf. CONCILIO DI TRENTO, Sessione XIV, Il sacramento della Penitenza, cap. IV-VI: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Dehoniane, Bologna 1991, 705-708.

[5] «Señor, yo te amo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé»: S. AGUSTIN, Confesiones 10,8: CCL 27,158s.

[6] Conciliorum Oecumenicorum Decreta, 707.

[7] «Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva» (MV 17).

[8] «La segunda forma de celebración, precisamente por su carácter comunitario y por la modalidad que la distingue, pone de relieve algunos aspectos de gran importancia: la Palabra de Dios escuchada en común tiene un efecto singular respecto a su lectura individual, y subraya mejor el carácter eclesial de la conversión y de la reconciliación. Esta resulta particularmente significativa en los diversos tiempos del año litúrgico y en conexión con acontecimientos de especial importancia pastoral»: Reconciliatio et Paenitentia, 32.

[9] COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La reconciliación y la penitencia, 29 de junio de 1983, A,II,2.

[10] «Dios nos dio la palabra, y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar dentro de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, semejantes a Dios»: BENEDICTO XVI, Catequesis en la audiencia general, 26 de septiembre de 2012.

[11] «La cruz es un signo de la Pasión y es, a la vez, signo de la resurrección; es, por así decir, el báculo de salvación que Dios nos ofrece, el puente que nos permite atravesar el abismo de la muerte y todas las asechanzas del mal para, finalmente, llegar a Él. […] la señal de la cruz con la invocación trinitaria resume la esencia toda del cristianismo, representa lo específicamente cristiano»: J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia, en Obras completas, XI, BAC, Madrid 2012, 102.

[12] FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, 24.

viernes, 12 de febrero de 2016

Viernes 18 marzo 2016, Viernes V semana de Cuaresma, feria.

SOBRE LITURGIA

CEREMONIAL DE LOS OBISPOS
(14-septiembre-1984)

Celebración del Bautismo fuera de la Misa

449. El Obispo reviste el alba, la cruz pectoral, la estola y la capa pluvial de color blanco.

Los presbíteros revisten la sobrepelliz sobre la sotana, o alba y estola.

Es aconsejable que el diácono revista la dalmática.

450. Una vez concluida en la forma habitual la entrada a la iglesia, cuando el Obispo llega al altar, le hace reverencia, va a la cátedra y desde allí saluda al pueblo. Luego se sienta.

451. El rito de recibir a los niños en la puerta, lo hace un presbítero, tal como se describe en el Ritual del Bautismo de niños.

452. Cuando ya todos están ubicados en sus sitios, se celebra la liturgia de la palabra, con homilía del Obispo.

Lo demás se realiza como se dijo en los nn. 435-445.

453. Cuando el Obispo llega al altar, dejada la mitra, dice la introducción al Padrenuestro, el cual dice juntamente con todos.

454. Luego, con la mitra puesta, da la bendición como se dijo en el n. 447.

La celebración concluye con el cántico Proclama mi alma la grandeza del Señor, o con otro canto apropiado.

CALENDARIO

18 VIERNES DE LA V SEMANA DE CUARESMA, feria o SAN CIRILO DE JERUSALÉN, obispo y doctor, conm.
Abstinencia

Misa
de feria (morado).
mo MISAL: ants. y oracs. props., para la conmem. 1ª orac. prop. y el resto de la feria, Pf. Cuaresma.
LECC.: vol. VII (o bien: vol. II de las nuevas ediciones).
La Cuaresma: El Señor está con nosotros.
- Jer 20, 10-13. El Señor está conmigo, como fuerte soldado.
- Sal 17. R. En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
- Jn 10, 31-42. Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos.

Liturgia de las Horas: oficio de feria. Se puede hacer conmemoración del santo.

Martirologio: elogs. del 19 de marzo, pág. 212.
CALENDARIOS: Gerona, Tortosa y Familia Franciscana: San Salvador de Horta, religioso (conm.).
Servitas: Santa María al pie de la cruz (F).

18 VIERNES. Después de la hora nona:
Misa
vespertina de la solemnidad de san José (blanco).
Liturgia de las Horas: I Vísp. del oficio de la solemnidad. Comp. Dom. I.

TEXTOS MISA

Viernes de la V Semana de Cuaresma. Feria sexta. Hebdómada V Quadragésimae.
Antífona de entrada Sal 30, 10. 16. 18
Piedad, Señor, que estoy en peligro, líbrame de los enemigos que me persiguen; Señor, que no me avergüence de haberte invocado.
Antiphona ad introitum Ps 30, 10. 16. 18
Miserére mihi, Dómine, quóniam tríbulor; líbera me et éripe me de mánibus inimicórum meórum, et a persequéntibus me. Dómine, non confúndar, quóniam invocávi te.
Oración colecta
Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Absólve, quaesumus, Dómine, tuórum delícta populórum, ut a peccatórum néxibus, quae pro nostra fragilitáte contráximus, tua benignitáte liberémur. Per Dóminum.
Vel:
Deus, qui Ecclésiae tuae in hoc témpore tríbuis benígne, beátam Maríam in passióne Christi contemplánda devóte imitári, da nobis, quaesumus, eiúsdem Vírginis intercessióne, Unigénito Fílio tuo fírmius in dies adhaerére et ad plenitúdinem grátiae eius demum perveníre. Qui tecum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Viernes de la V semana de Cuaresma (Lecc. II).

PRIMERA LECTURA Jer 20, 10-13
El Señor es mi fuerte defensor

Lectura del libro de Jeremías.

OÍA la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7 (R.: cf. 7)
R.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó. In tribulatione mea invocávi Dóminum, et exaudívit me.

V. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó. In tribulatione mea invocávi Dóminum, et exaudívit me.

V. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó. In tribulatione mea invocávi Dóminum, et exaudívit me.

V. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó. In tribulatione mea invocávi Dóminum, et exaudívit me.

V. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R.
En el peligro invoqué al Señor, y él me escuchó. In tribulatione mea invocávi Dóminum, et exaudívit me.

Versículo antes del Evangelio Jn 6, 63c. 68c
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna. Verba tua, Dómine, spíritus et vita sunt; verba vitae aetérnae habes.

EVANGELIO Jn 10, 31-42
Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos

Lectura del santo Evangelio según san Juan.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Elles replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó:
«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Crisóstomo, in Joanem hom 60
Mira qué razonamientos tan irrecusables hacen ellos. Juan, dicen, no hizo ningún milagro, pero Este los ha hecho; lo cual demuestra la preeminencia de Este. Después, para que no se rehúse el testimonio de Juan, so pretexto de que no hizo ningún milagro, añaden: "Mas todas las cosas que Juan dijo de Este eran verdaderas". Si hemos de creer en el testimonio de Juan, con mucha mayor razón debemos creer en el testimonio de Aquel que tiene a su favor la prueba de los milagros. "Y muchos creyeron en El".

Oración de los fieles
129. hermanos, al acercarse la solemnidad de la Pascua, oremos con más insistencia a Dios para que todos nosotros, la muchedumbre de los bautizados, y el mundo entero nos preparemos a participar con más abundancia de este sagrado misterio.
- Por los catecúmenos que van a recibir el bautismo en la próxima solemnidad de la Pascua: para que se afiancen en la fe y en el conocimiento de los misterios. Roguemos al Señor.
- Por los pueblos que necesitan la ayuda de los demás: para que se afirme en ellos la paz, la seguridad y el bienestar. Roguemos al Señor.
- Por todos los afligidos y tentados: para que se fortalezcan con la gracia divina. Roguemos al Señor.
- Por todos nosotros: para que aprendamos a privarnos de algo en bien de los pobres. Roguemos al Señor.
Ten misericordia, Señor, de tu Iglesia suplicante y atiende propicio a los corazones que se inclinan a ti, para que al participar de los divinos misterios, gocemos siempre de tus auxilios. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad, y participando en él frecuentemente danos la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Praesta nobis, miséricors Deus, ut digne tuis servíre semper altáribus mereámur, et eórum perpétua participatióne salvári. Per Christum.
PLEGARIA EUCARÍSTICA IV. PREX EUCHARISTICA IV.
Antífona de comunión 1 Pe 2, 24
Jesús, cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado.
Antiphona ad communionem 1P 2, 24
Iesus peccáta nostra pértulit in córpore suo super lignum, ut, peccátis mórtui, iustítiae vivámus; cuius livóre sanáti sumus.
Oración después de la comunión
Este don que hemos recibido, Señor, nos proteja siempre y aleje de nosotros todo mal. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Sumpti sacrifícii, Dómine, perpétua nos tuítio non relínquat, et nóxia semper a nobis cuncta depéllat. Per Christum.


Oratio super populum (ad libitum adhibenda)
Concéde, quaesumus, omnípotens Deus, ut, fámuli tui, qui protectiónis tuae quaerunt grátiam, liberáti a malis ómnibus, secúra tibi mente sérviant. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 19 de marzo

Solemnidad de san José, esposo de la bienaventurada Virgen María, varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre al Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. La Iglesia lo venera con especial honor como patrón, a quien el Señor constituyó sobre su familia.
2. En Spoleto, en la Umbría, san Juan, abad de Parrano, que fue padre de muchos siervos de Dios (s. VI).
3*. En Pavía, de Lombardía, beato Isnardo de Chiampo, presbítero de la Orden de Predicadores, que en esta ciudad fundó un convento de su Orden (1244).
4*. En Siena, de la Toscana, beato Andrés Gallerani, que visitó y consoló con diligencia a enfermos y afligidos y congregó a los Hermanos de la Misericordia, laicos sin votos, para atender a pobres y enfermos (1251).
5*. En Camerino, del Piceno, en Italia, beato Juan de Parma Buralli, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, a quien el papa Inocencio IV envió como legado a los griegos, para restaurar su comunión con los latinos (1289).
6*. En Pavía, en Lombardía, beata Sibilina Biscossi, virgen, la cual, ciega a los doce años, transcurrió sesenta y cinco recluida junto a la iglesia de la Orden de Predicadores, alumbrando con su luz interior a muchos que acudían a ella (1367).
7*. En Vicenza, en el territorio de Venecia, beato Marcos de Marchio de Montegallo, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que creó la obra llamada Monte de Piedad, para aliviar la indigencia de los pobres (1496).
8*. Cerca de Munich, en Baviera, de Alemania, beato Narciso Turchan, presbítero de la Orden de Hermanos Menores y mártir, que deportado a causa de la fe desde Polonia, que estaba sometida a un régimen malvado, a los campos de concentración de Dachau, allí murió agotado por las torturas (1942).
9*. En el lugar de Mauthausen, en Austria, beato Marcelo Callo, mártir, que siendo un joven oriundo de la región de Rennes, en Francia, durante la guerra confortaba en la fe, con cristiano ardor, a los compañeros de cautiverio, que se hallaban agotados por los duros trabajos, y por este motivo se le hizo morir en un campo de exterminio (1945).