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lunes, 17 de julio de 2017

Introducción a la Dedicación de un altar.

Ritual de la dedicación de iglesias y altares (3ª edición). 

INTRODUCCIÓN DEDICACIÓN DE UN ALTAR

I. NATURALEZA Y DIGNIDAD DEL ALTAR

Cristo es el altar del nuevo Testamento


1.
Los antiguos Padres de la Iglesia, meditando la palabra de Dios, no dudaron en afirmar que Cristo fue, al mismo tiempo, la víctima, el sacerdote y el altar de su propio sacrificio (1).

En efecto, la carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo Sacerdote y, al mismo tiempo, como el Altar vivo del templo celestial (2). Y en el Apocalipsis aparece nuestro Redentor como el Cordero degollado (3), cuya oblación es llevada hasta el altar del cielo por manos del Ángel de Dios (4).

También el discípulo de Cristo es un altar espiritual

2. Si Cristo, Cabeza y Maestro, es verdadero altar, también sus miembros y discípulos son altares espirituales, en los que se ofrece a Dios el sacrificio de una vida santa. Esto lo afirman ya los santos Padres. San Ignacio de Antioquía suplica a los Romanos: «El mejor favor que podéis hacerme es dejar que sea inmolado para Dios, mientras el altar está aún preparado» (5). San Policarpo amonesta a las viudas a que vivan santamente, porque «son el altar de Dios» (6). A estas voces, se une, entre otros, san Gregorio Magno: «¿Qué es el altar de Dios sino la mente de quienes viven honestamente?... Con razón, pues, el corazón de los justos es llamado el altar de Dios» (7).

O, según otra imagen célebre entre los escritores eclesiásticos, los fieles cristianos que se dedican por completo a la oración, que ofrecen a Dios el sacrificio de sus plegarias y súplicas, son ellos mismos piedras vivas con las que el Señor Jesús edifica el altar de la Iglesia (8).

El altar es la mesa del sacrificio y del convite pascual

3. El Señor Jesucristo, al instituir, bajo la forma de un banquete sacrifi­cial, el memorial del sacrificio que iba a ofrecer al Padre en el ara de la cruz, santificó la mesa en la cual se reunirían los fieles para celebrar su Pascua. Así, pues, el altar es mesa de sacrificio y de convite en la que el sacerdote, en representación de Cristo Señor, hace lo mismo que hizo el Señor en persona y encargó a los discípulos que hicieran en conmemoración suya, todo lo cual resume admirablemente el Apóstol cuando dice: «El cáliz de nuestra Acción de gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan». (9)

El altar es signo de Cristo

4. Los hijos de la Iglesia pueden, según las circunstancias, celebrar en cualquier lugar el memorial de Cristo y acercarse a la mesa del Señor. Pero conviene al misterio eucarístico que los fieles levanten un altar estable para celebrar la Cena del Señor, como se viene haciendo desde los tiempos antiguos.

El altar cristiano es, por su misma naturaleza, la mesa peculiar del sacrificio y del convite pascual:
- Es el ara peculiar en la cual el sacrificio de la cruz se perpetúa sacramentalmente para siempre hasta la venida de Cristo.
- Es la mesa junto a la cual se reúnen los hijos de la Iglesia para dar gracias a Dios y recibir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Así, pues, en todas las iglesias el altar es el «centro de la acción de gracias que se realiza en la eucaristía», (10) y el lugar a cuyo rededor giran de un modo u otro las demás acciones litúrgicas. (11)

Por el hecho de que el memorial del Señor se celebra en el altar y allí se entrega a los fieles su cuerpo y su sangre, los escritores eclesiásticos han visto en el altar como un signo del mismo Cristo. De ahí la expresión: «El altar es Cristo».

El altar es honor de los mártires

5. Toda la dignidad del altar le viene de ser la mesa del Señor. Por eso los cuerpos de los mártires no honran el altar, sino que éste dignifica el sepulcro de los mártires. Porque, para honrar los cuerpos de los mártires y de otros santos y para significar que el sacrificio de los miembros tuvo principio en el sacrificio de la Cabeza, (12) conviene edificar el altar sobre sus sepulcros o colocar sus reliquias debajo de los altares, de tal manera que «vengan luego las víctimas triunfales al lugar en que la víctima que se ofrece es Cristo; pero él sobre el altar, ya que padeció por todos, ellos bajo el altar, ya que han sido redimidos por su pasión». (13) Esta disposición repite, en cierta manera, la visión de san Juan en el Apocalipsis: «Vi al pie del altar las almas de los asesinados por proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían». (14) Porque, aunque todos los santos son llamados, con razón, testigos de Cristo, sin embargo, el testimonio de la sangre tiene una fuerza especial que sólo las reliquias de los mártires colocadas bajo el altar expresan en toda su integridad.

1 Cf. S. Epifanio, Panario, II, 1, herejía 55: PG 41, 979; S. Cirilo de Alejandría, Sobre la adoración con espíritu y verdad, 9: PG 68, 547.
2 Cf. Hb 4, 14; 13, 10.
3 Cf. Ap 5, 6.
4 Cf. Misal romano, Ordinario de la misa, Canon romano.
5 Carta a los Romanos II, 2: Funk, 1, 255.
6 Carta a los Filipenses IV, 3: Funk, 1, 301.
7 Homilías sobre el libro de Ezequiel II, 10, 19: PL 76, 1069.
8 Cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, 9, 1: SC 71, pp. 244 y 246.
9 Cf. 1Co 10, 16-17.
10 Ordenación general del Misal romano, núm. 259.
11 Cf. Pío XII, Carta encíclica Mediator Dei: AAS 39 (1947), p. 529.
12 Cf. Misal romano, Común de mártires 8, oración sobre las ofrendas.
13 S. Ambrosio, Carta 22, 13: PL 16, 1023; cf. Pseudo Máximo de Turín, Sermón 78: PL 57, 689-690.
14 Ap 6, 9.



II. ERECCIÓN DEL ALTAR

6. Conviene que haya un altar fijo en toda iglesia; en los demás lugares dedicados a las celebraciones sagradas, un altar fijo o móvil.

Un altar se llama fijo cuando está construido sobre el pavimento, de manera que no se pueda mover; se llama móvil si se puede trasladar (15).

7. Conviene que en las nuevas iglesias no se construya sino un solo altar para que, dentro del único pueblo de Dios, el altar único exprese que uno solo es nuestro Salvador Jesucristo y que es única la eucaristía de la Iglesia.

Sin embargo, en la capilla destinada a la reserva del santísimo sacramento, que estará separada, en cuanto sea posible, de la nave de la iglesia, se podrá colocar otro altar, en el cual se pueda celebrar la misa para pequeños grupos de fieles, en los días entre semana.

Se evitará, de todas maneras, construir varios altares con el solo pretexto de adornar la iglesia.

8. El altar se construirá separado del muro, para que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y celebrar la misa de cara al pueblo. «Ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles» (16).

9. Según la costumbre tradicional de la Iglesia y el simbolismo bíblico inherente al altar, la mesa del altar fijo será de piedra natural. Sin embargo, a juicio de las Conferencias episcopales, se puede utilizar otro material artificial, digno y sólido.

Las columnas o la base para sostener la mesa pueden construirse de cualquier material con tal que sea digno y sólido (17).

10. Por su misma naturaleza, el altar se dedica sólo a Dios, puesto que el sacrificio eucarístico solamente se ofrece a él. En este sentido, debe entenderse la costumbre de la Iglesia de dedicar altares a Dios en honor de los santos, como lo expresa bellamente san Agustín: «A ninguno de los mártires, sino al mismo Dios de los mártires levantamos altares» (18).

Esto se debe explicar con toda claridad a los fieles. En las nuevas iglesias no deben colocarse sobre el altar imágenes de santos.

Tampoco se colocarán sobre la mesa del altar reliquias de santos, cuando se expongan a la veneración de los fieles.

11. Es oportuno conservar la tradición de la liturgia romana de colocar reliquias de mártires o de otros santos debajo del altar (19). Pero se tendrá en cuenta lo siguiente:
a) Las reliquias deben evidenciar, por su tamaño, que se trata de partes de un cuerpo humano. Se evitará, por tanto, colocar partículas pequeñas.
b) Debe averiguarse, con la mayor diligencia, la autenticidad de dichas reliquias. Es preferible dedicar el altar sin reliquias que colocar reliquias dudosas.
c) El cofre con las reliquias no se colocará ni sobre el altar, ni dentro de la mesa del mismo, sino debajo de la mesa, teniendo en cuenta la forma del altar.

Cuando tiene lugar el rito de colocar las reliquias, es muy conveniente celebrar una Vigilia junto a las reliquias del mártir o santo, según se dijo antes en el número 10 de la Introducción a la dedicación de una iglesia.

15 Cf. Ordenación general del Misal romano, núms. 265. 261.
16 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 262.
17 Cf. ibid., núm. 263.
18 Contra Fausto, XX, 21: PL 42. 384.
19 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 266.


III. CELEBRACIÓN DE LA DEDICACIÓN

Ministro del rito


12.
Es competencia del obispo, que tiene encomendado el cuidado pastoral de la Iglesia particular, dedicar a Dios los nuevos altares levantados en su diócesis. Si no puede hacerlo personalmente, confiará este oficio a otro obispo, en particular a quien tuviere como asociado y colaborador en el cuidado pastoral de los fieles para quienes se erige el nuevo altar; en circunstancias especialísimas, puede dar un mandato especial para ello a un presbítero.

Elección del día

13. Puesto que el altar llega a ser sagrado ante todo por la celebración eucarística, para conservar la verdad de las cosas se evitará celebrar la misa en el nuevo altar antes de su dedicación, de tal manera que la misa de la dedicación sea también la primera eucaristía que se celebra en ese altar.

14. Para dedicar un nuevo altar se elegirá un día en que sea posible gran asistencia de fieles, sobre todo el domingo, si no aconsejan otra cosa razones pastorales. Pero no se puede celebrar en la Semana santa, ni en el Miércoles de ceniza, ni en la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

Misa de la dedicación

15. La celebración eucarística está íntimamente ligada al rito de la dedicación de un altar. Se dice la misa «En la dedicación de un altar». Pero, en la Natividad del Señor, en la Epifanía, en la Ascensión, en Pentecostés y en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, se dice la misa del día, salvo la oración sobre las ofrendas y el prefacio, que están íntimamente relacionados con el rito mismo.

16. Conviene que el obispo concelebre con los presbíteros presentes, particularmente con los responsables de la parroquia o de la comunidad para la cual se ha levantado el altar.

Partes del rito de la dedicación

A. Ritos iniciales

17. Los ritos iniciales de la misa de la dedicación de un altar se hacen en la forma acostumbrada, pero, en lugar del acto penitencial, el obispo bendice el agua y rocía con ella al pueblo y el nuevo altar.

B. Liturgia de la palabra

18. En la liturgia de la palabra conviene hacer tres lecturas, tomadas, conforme a las rúbricas, sea de la liturgia del día (cf. núm. 15), sea de las que propone el Leccionario para la celebración de la dedicación de un altar.

19. Después de las lecturas, el obispo hace la homilía, en la cual explica los textos bíblicos y el significado de la dedicación del altar.

Terminada la homilía, se dice el Credo. La oración universal o de los fieles se omite, ya que en su lugar se cantan las letanías de los santos.

C. Oración de dedicación y unción del altar

Colocación de las reliquias de los santos

20. Después del canto de las letanías, si es del caso, se colocan bajo el altar las reliquias de mártires o de otros santos, para expresar que todos los que han sido bautizados en la muerte de Cristo, y especialmente los que han derramado su sangre por el Señor, participan de la pasión de Cristo (cf. núm. 5).

La oración de dedicación

21. La celebración de la eucaristía es el rito máximo y el único necesario para dedicar un altar; no obstante, de acuerdo con la común tradición de la Iglesia, tanto oriental como occidental, se dice también una peculiar oración de dedicación, en la que se expresa la voluntad de dedicar para siempre el altar al Señor y se pide su bendición.

Unción, incensación, revestimiento e iluminación

22. Los ritos de unción, incensación, revestimiento e iluminación del altar expresan con signos visibles algo de aquella acción invisible que Dios realiza por medio de la Iglesia cuando ésta celebra los sagrados misterios, en especial la eucaristía.

a) Unción del altar: En virtud de la unción con el crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que es llamado y es, por excelencia, el «Ungido», puesto que el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo Sacerdote para que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación de todos.

b) Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el trono de Dios (20).

c) El revestimiento del altar indica que el altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles, en una misma acción pero con funciones diversas, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso el altar, como mesa del banquete sacrificial, se viste y adorna festivamente. Ello significa claramente que es la mesa del Señor, a la cual todos los fieles se acercan alegres para nutrirse con el alimento celestial que es el cuerpo y la sangre de Cristo inmolado.

d) La iluminación del altar nos advierte que Cristo es la «luz para alumbrar a las naciones» (21), con cuya claridad brilla la Iglesia y por ella toda la familia humana.

D. Celebración de la eucaristía

23. Una vez preparado el altar, el obispo celebra la eucaristía, que es la parte principal y más antigua del rito (22). La celebración eucarística se relaciona íntimamente con él. En efecto:

Con la celebración del sacrificio eucarístico se alcanza y se manifiesta el fin para el cual el altar ha sido construido

Además, la eucaristía, que santifica los corazones de quienes la reciben, consagra en cierta manera el altar, como lo afirman repetidas veces los antiguos Padres de la Iglesia: “Este altar es admirable porque, siendo piedra por su naturaleza, ha llegado a ser cosa santa después que recibió el cuerpo de Cristo” (23).

También se hace evidente el nexo profundo que relaciona la dedicación de un altar con la celebración eucarística por el hecho de que la misa de dedicación tiene prefacio propio, estrechamente vinculado al rito.

20 Cf. Ap 8, 3-4: Un ángel «vino con un incensario de oro, y se puso junto al altar. Le entregaron muchos perfumes, para que aromatizara las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro situado delante del trono. Y por manos del ángel subió a la presencia de Dios el aroma de los perfumes, junto con las oraciones de los santos.»
21 Lc 2, 32
22 Cf. Vigilio, papa, Carta al obispo Profuturo, 4: PL 84, 832.
23 S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre la segunda carta a los Corintios, 20, 3: PG 61, 540.



IV. ADAPTACIÓN DEL RITO

Adaptaciones que competen a las Conferencias episcopales


24. Las Conferencias episcopales pueden adaptar este ritual a las costumbres de cada país, pero sin quitarle nada de su nobleza y solemnidad. Con todo, se observarán estas normas:

a) Nunca se omitirá la celebración de la misa, con su prefacio propio, ni la oración de dedicación.

b) Se conservarán aquellos ritos que, por tradición litúrgica, tienen un peculiar significado y fuerza expresiva (cf. núm. 22), a no ser que obsten graves razones, adaptando adecuadamente las fórmulas, si el caso lo requiere.

Al hacer las adaptaciones, la competente autoridad eclesiástica consultará a la Sede apostólica y con su aprobación introducirá las adaptaciones (24).

Acomodaciones que competen a los ministros

25.
Concierne al obispo y a quienes preparan la celebración del rito resolver sobre la oportunidad de colocar o no reliquias de santos, buscando ante todo el bien espiritual de los fieles y el verdadero sentido litúrgico, y observando lo prescrito en el número 11.

Corresponde al rector de la iglesia, en qué se va a dedicar el altar, con la ayuda de los que cooperan en la actuación pastoral, determinar y preparar todo lo referente a las lecturas y cantos, así como los recursos encaminados a fomentar una provechosa participación del pueblo y a promover una decorosa celebración.

24 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, número 40.

V. PREPARACIÓN PASTORAL

26. Se informará oportunamente a los fieles sobre la dedicación del nuevo altar, preparándolos además para que participen activamente en el rito. Con este fin, se les instruirá sobre el significado y ejecución de cada una de sus partes. Para esta catequesis puede servir lo que se dijo antes sobre la naturaleza y dignidad del altar y sobre el sentido y valor de los ritos. Así los fieles quedarán imbuidos del amor que se debe al altar.

VI. LO QUE DEBE PREPARARSE PARA LA DEDICACIÓN DE UN ALTAR

27. Para la dedicación de un altar, se preparará lo siguiente:
- el Misal romano, el Leccionario y el Pontifical romano;
- la cruz y el libro de los evangelios que se llevarán en la procesión;
- agua para bendecir y el hisopo;
- recipiente con el santo crisma;
- toallas para secar la mesa del altar;
- si es del caso, un mantel de lino encerado o un lienzo impermeable a la medida del altar;
- jarra y palangana con agua, toallas y todo lo necesario para lavar las manos del obispo;
- un gremial;
- un brasero para quemar incienso o aromas; o granos de incienso y cerillas para quemar sobre el altar;
- un incensario y la naveta con la cucharilla;
- cáliz, corporal, purificadores y manutergio;
- pan, vino y agua para la misa;
- la cruz del altar, a no ser que ya haya una cruz situada en el presbiterio o que la cruz que se llevará en la procesión de entrada sea colocada luego cerca del altar;
- manteles, cirios, candelabros;
- si se quiere, flores.

28. En la misa de la dedicación de un altar se usarán vestiduras litúrgicas de color blanco o festivo. Se preparará:
a) Para el obispo: alba, estola, casulla, mitra, báculo pastoral y palio, si tiene facultad de usarlo.
b) Para los presbíteros concelebrantes: las vestiduras para concelebrar la misa.
c) Para los diáconos: albas, estolas y, si se quiere, dalmáticas.
d) Para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

29. Si se van a colocar debajo del altar reliquias de santos, se preparará lo siguiente:
a) En el lugar de donde sale la procesión:
- el cofre con las reliquias, rodeado de flores y antorchas;
- según las circunstancias, se puede colocar el cofre en un lugar apropiado del presbiterio, antes de comenzar el rito;
- para los diáconos que llevarán las reliquias: alba, estola de color rojo, si se trata de reliquias de mártires, o de color blanco, en los demás casos, y dalmáticas, si las hay disponibles; si las reliquias las llevan presbíteros, en lugar de las dalmáticas, se les prepararán casullas.

Pueden llevar las reliquias también otros ministros, revestidos con al­bas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

b) En el presbiterio: una mesa pequeña para colocar las reliquias mientras se realiza, la primera parte del rito de la dedicación.

c) En la sacristía: mezcla de cemento para tapar la cavidad; ha de haber también un albañil que, a su tiempo, tapará el sepulcro de las reliquias.

30. Conviene conservar la costumbre de incluir dentro del cofre de las reliquias un pergamino en el cual se mencionarán el día, mes y año de la dedicación del altar, el nombre del obispo celebrante que preside la celebración, el titular de la iglesia y los nombres de los mártires o santos cuyas reliquias se colocan bajo el altar.

Se escribirán, también, las actas de la dedicación del altar en dos ejemplares, firmados por el obispo, el rector de la iglesia y delegados de la comunidad local. Un ejemplar se guardará en el archivo diocesano, otro en el de la iglesia.



Capítulo VII. Bendición del cáliz y de la patena

NORMAS GENERALES


1. El cáliz y la patena, en los cuales se ofrecen, se consagran y se reciben el vino y el pan, por estar destinados de manera exclusiva y estable a la celebración de la eucaristía, llegan a ser «vasos sagrados».

2. El propósito de reservar estos vasos únicamente para la eucaristía se manifiesta ante la comunidad de los fieles mediante una bendición especial que es aconsejable hacer dentro de la misa.

3. Cualquier sacerdote puede bendecir el cáliz y la patena con tal que estén fabricados según las normas indicadas en los números 290-295 de la Ordenación general del Misas Romano.

4. Si sólo se bendice el cáliz o sólo la patena se adaptarán los textos.

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