lunes, 17 de julio de 2017

Ritual de la dedicación de iglesias y de altares (29-mayo-1977)

Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, 29 de mayo de 1977

COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA
PRESENTACIÓN


Con este Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares se completa la revisión de todos los rituales, conforme a la renovación litúrgica pro­pugnada por el Concilio Vaticano II. Para ser fieles al principio de que «los ritos deben resplandecer por su noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones», este Ritual necesitaba una profun­da revisión. La dedicación de una iglesia suponía, en otros tiempos, tal despliegue de elementos, una preparación tan costosa y complicada, una complejidad de ritos y una duración tan desmesuradas, que había lle­gado a ser algo anormal, prefiriéndose casi siempre, a la hora de elegir, la simple bendición. Aunque en la revisión de 1961 se había simplifica­do notablemente el rito, evitando las repeticiones, la verdadera reforma se ha realizado con el nuevo Ordo dedicationis ecclesiae et altaris de 1977.

El rito actual sobresale por su estructura modélica, dentro de la celebración eucarística, con una línea litúrgica muy clara, sobria y ló­gica, según la tradición romana y conforme a la restauración litúrgica del Vaticano II. Se ha querido destacar que la iglesia-edificio representa y significa la Iglesia-asamblea, formada por «piedras vivas», que son los cristianos, consagrados a Dios por su bautismo. La iglesia-edificio no es sólo la morada de Dios: la mesa del altar y la fuente bautismal; el sagrario y el cofre de las reliquias de los santos, las imágenes, y, sobre todo, la palabra que se proclama y la acción sacramental que se celebra.

La inauguración de la iglesia supone para la comunidad cristiana local el coronamiento de una larga empresa de esfuerzos compartidos por todos. Es un día de fiesta popular, que no puede pasar desapercibi­da, sino que debe marcar un hito importante en la vida eclesial de la co­munidad, en la cual todos se sienten y participan como «piedras vivas», según la diversidad de órdenes y funciones, por la oración, el servicio y el testimonio. Y el aniversario de la Dedicación debe aprovecharse para una concienciación más responsable del papel activo que todos tenemos en la Iglesia.

El nuevo Ordo dedicationis ecclesice et áltaris, puesto ahora a dis­posición de todos en lengua vernácula, y que podrá ser utilizado desde el momento mismo de su publicación, no es un libro destinado únicamente al Obispo oficiante y a los ministros que tienen que preparar el rito sino a todos los fieles; debe ser un texto que siempre se tenga a la vista; y, a partir de sus oraciones y símbolos, se debe realizar la formación y pastoral de «Iglesia».

Madrid, 9 de noviembre de 1978, fiesta de la Dedicación de la basílica de Letrán.

+ Narciso Card. Jubany Arnau
Arzobispo de Barcelona Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO
Prot. n. CD 300/77

DECRETO

El rito de la dedicación de iglesias y de altares es, con razón, una de las más solemnes acciones litúrgicas. El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios, y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, es imagen peculiar de la Iglesia, templo de Dios, edificado con piedras vivas; también el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete ce­leste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacri­ficio.

Estos ritos, que se encuentran en el segundo libro del Pontifical Romano, fueron revisados y simplificados el año 1961. Sin embargo, en atención a las normas para la instauración de la liturgia, que el Concilio Vaticano II suscitó y favoreció, fue necesario examinar de nuevo el rito para adaptarlo a las condiciones de nuestro tiempo.

El Sumo Pontífice Pablo VI aprobó, con su autoridad, el nuevo Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, preparado por la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, y mandó que fuera divulgado, determinando que sustituyese, en su lugar, a los ritos que están en el segundo libro del Pontifical Romano.

Por lo cual, esta Sagrada Congregación, por mandato del Sumo Pontífice, publica este Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares que, en lengua latina, empieza a tener vigencia inmediatamente, pero, en las lenguas vernáculas, después que las versiones hayan sido confir­madas y aprobadas por la Sede Apostólica, en el día en que las Con­ferencias Episcopales lo establecieran.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, día 29 de marzo de 1977, domingo de Pentecostés.

Jacobo R. Card. Knox
prefecto

+ Antonio Innocenti
Arzobispo titular de Eclano
Secretario

SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO
Prot. CD 1080/78

A LAS DIÓCESIS DE ESPAÑA

A instancias del Eminentísimo Señor Cardenal Narciso Jubany Arnau. Arzobispo de Barcelona y Presidente de la Comisión de liturgia de la Conferencia Episcopal Española, en carta de fecha del 11 de octubre de 1978, y en virtud de las facultades concedidas a esta Sagrada Congre­gación por el Sumo Pontífice Juan Pablo II, gustosamente aprobamos y confirmamos la versión española del Ritual de la Dedicación de iglesias y de altares, según consta en el adjunto ejemplar.

En la impresión del texto hágase mención de la confirmación conce­dida por la Sede Apostólica. De la edición impresa envíense dos ejempla­res a esta Sagrada Congregación.

Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, día 26 de octubre de 1978.

Virgilio Noé
Secretario A.

L. Alessio
Subsecretario

CAPÍTULO I. COLOCACIÓN DE LA PRIMERA PIEDRA O COMIENZO DE LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IGLESIA

NORMAS GENERALES


1. Cuando se empieza la construcción de una nueva iglesia conviene celebrar un rito para implorar la bendición de Dios sobre la obra y para recordar a los fieles que el edificio de piedras materiales es signo visible de aquella Iglesia viva o edificación de Dios for­mada por ellos mismos (1).

Según el uso litúrgico, este rito consta de bendición del terreno de la nueva iglesia y de bendición y colocación de la primera piedra.

Si por alguna razón de tipo artístico o estructural no se coloca la primera piedra, con­viene, con todo, celebrar el rito de bendición del terreno de la nueva iglesia, para con­sagrar a Dios el comienzo de la obra.

2. El rito de colocación de la primera piedra o del comienzo de la nueva iglesia puede rea­lizarse en cualquier día y hora, excepto en el Triduo pascual, pero se escogerá un día de gran afluencia de fieles.

3. Conviene que el obispo diocesano celebre el rito. Si él no puede hacerlo, encomendará este oficio a otro obispo o presbítero, sobre todo al que tenga como asociado y colabo­rador en el cuidado pastoral de la diócesis o de la comunidad para la cual se edifica la Iglesia.

4. Se avisará con tiempo a los fieles el día y la hora de la celebración, y el párroco u otros encargados de ello los instruirán sobre el sentido del rito y sobre la veneración que merece la iglesia que para ellos se construye. Conviene invitar también a los fieles a que ayuden gustosamente en la construcción de la iglesia.

5. En cuanto sea posible, procúrese que el terreno de la futura iglesia esté bien delimi­tado y que se pueda circundar.

6. En el lugar del futuro altar se clavará una cruz de madera de altura conveniente.

7. Para este rito se preparará lo siguiente:
a) el Pontifical romano y el Leccionario;
b) la sede para el obispo;
c) la primera piedra, si es del caso, la cual, según costum­bre, será cuadrada y angular; además el cemento y las herramientas para colocar la piedra en los cimientos;
d) agua bendita con el hisopo;
e) el incensario y la naveta;
f) la cruz procesional y los ciriales para los ministros.

Se utilizará un buen equipo de sonido, para que el pueblo congregado pueda oír fácil­mente las lecturas, oraciones y moniciones.

8. Se usarán vestiduras de color blanco o festivo:
a) para el obispo: alba, estola, capa pluvial, mitra y báculo;
b) para el presbítero, si es él quien preside la celebración: alba, estola y capa pluvial;
c) para los diáconos: alba, estola y, si se quiere, la dalmáti­ca ;
d) para los demás ministros: alba u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

(1) Cf, I Co 3, 9; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, num. 6.


CAPÍTULO II. DEDICACIÓN DE UNA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

I. NATURALEZA Y DIGNIDAD DE LAS IGLESIAS

1. Cristo, por su muerte y resurrección, se convirtió en el verdadero y per­fecto templo de la nueva Alianza (2) y reunió al pueblo adquirido por Dios. Este pueblo santo, unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es la Iglesia (3), o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre con espíritu y verdad (4).

Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó «iglesia» el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos y celebrar la eucaristía.

2. Por el hecho de ser un edificio visible, esta casa es un signo peculiar de la Iglesia que peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia celestial.

Y porque la iglesia se construye como edificio destinado de manera fija y exclusiva a reunir al pueblo de Dios y celebrar los sagrados misterios, con­viene dedicarla al Señor con un rito solemne, según la antiquísima costum­bre de la Iglesia.

3. La iglesia, como lo exige su naturaleza, debe ser apta para las celebracio­nes sagradas, hermosa, con una noble belleza que no consista únicamente en la suntuosidad, y ha de ser un auténtico símbolo y signo de las realida­des sobrenaturales. «La disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reuni­da, que consienta un proporcionado orden de todas sus partes y que favo­rezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios.» En lo que se refiere al presbiterio, el altar, la sede, el ambón y el lugar de la reserva del Santísimo Sacramento, se observará lo prescrito por las normas que esta­blece la Ordenación general del Misal romano (5).

Se observará también cuidadosamente lo pertinente a las cosas y luga­res destinados a los demás sacramentos, especialmente al bautismo y la pe­nitencia (6).

2 Cf. Jn 2, 21.
3 Cf. S. Cipriano, Sobre la oración del Señor, 23: PL 4, 553; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, ntm, 4.
4 Cf. Jn4, 23.
5 Cf. Ordenación general del Misal romano, núms. 253. 257. 258. 259-267. 271. 272. 276-277. Cf. Ritual romano: La sagrada comunión y el culto del misterio eucarístico fuera de la misa, núms. 6 y 9-11.
6 Cf. Ritual romano: Bautismo de los niños, núm. 25; Ritual romano: Penitencia, núm. 12.

II. TITULAR DE LA IGLESIA Y LAS RELIQUIAS DE SANTOS QUE EN ELLA SE COLOCAN

4. Toda iglesia que se dedica debe tener un titular. Pueden figurar, para ello: la Santísima Trinidad; nuestro Señor Jesucristo, bajo la invocación de un misterio de su vida o de un nombre ya introducido en la liturgia; el Es­píritu Santo; la Virgen María, bajo una de las advocaciones admitidas en la liturgia; los santos ángeles; finalmente, los santos que figuran en el Martirologio romano o en su Apéndice debidamente aprobado. Para los bea­tos se requiere indulto de la Sede apostólica. El titular de la iglesia será uno solo, a no ser que se trate de santos que aparecen unidos en el calen­dario.

5. Es oportuno conservar la tradición de la liturgia romana de colocar reli­quias de mártires o de otros santos debajo del altar (7). Pero se tendrá en cuenta lo siguiente:

a) Las reliquias deben evidenciar, por su tamaño, que se trata de par­tes de un cuerpo humano. Se evitará, por tanto, colocar partículas pequeñas.

b) Debe averiguarse, con la mayor diligencia, la autenticidad de dichas reliquias. Es preferible dedicar el altar sin reliquias que colocar reliquias dudosas.

c) El cofre con las reliquias no se colocará ni sobre el altar, ni dentro de la mesa del mismo, sino debajo de la mesa; teniendo en cuenta la forma del altar.

7 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 266. 


III. CELEBRACIÓN DE LA DEDICACIÓN

Ministro del rito


6. Es competencia del obispo, que tiene encomendado el cuidado pastoral de la Iglesia particular, dedicar a Dios las nuevas iglesias construidas en su diócesis.

Pero, si él no puede presidir el rito, confiará este oficio a otro obispo, en particular a quien tuviere como asociado y colaborador en el cuidado pastoral de los fieles para quienes se construye la nueva iglesia; en circuns­tancias especialísimas, puede dar un mandato especial para ello a un pres­bítero.

Elección del día

7. Para dedicar una nueva iglesia se elegirá un día en que sea posible gran asistencia de fieles, sobre todo el domingo. Y, puesto que en este rito el sen­tido de la dedicación lo invade todo, no se puede realizar aquellos días en que no conviene en modo alguno dejar de lado el misterio que se conmemo­ra: Semana santa, Natividad del Señor, Epifanía, Ascensión, Pentecostés, Miércoles de ceniza y Conmemoración de todos los fieles difuntos.

Misa de la dedicación

8. La celebración de la misa está íntimamente ligada al rito de la dedica­ción; por lo tanto, en lugar de los textos del día, se utilizarán los textos pro­pios, tanto para la liturgia de la palabra como para la liturgia eucarística.

9. Conviene que el obispo concelebre con los presbíteros que con él coope­ran en la ejecución de los ritos de la dedicación y con los responsables de la parroquia o de la comunidad para la cual se ha construido la iglesia.

Oficio de la dedicación

10. El día de la dedicación de una iglesia se ha de considerar como solemni­dad en la misma iglesia que se dedica.

Se celebra el Oficio de la dedicación de la iglesia, que empieza con las primeras Vísperas. Si se van a colocar reliquias debajo del altar, es muy conveniente celebrar una Vigilia junto á las reliquias del mártir o santo, lo cual se puede hacer muy bien celebrando el Oficio de lectura, tomado del Co­mún o del Propio conveniente. Para favorecer la participación del pueblo, se adaptará la Vigilia, según las normas de la Ordenación general de la Li­turgia de las Horas (8).

8 Cf. Ordenación general de la liturgia de las Horas, núms. 70-73.

Partes del rito de la dedicación

A. Entrada en la iglesia


11. El rito empieza con la entrada en la iglesia, la cual puede hacerse de tres maneras, de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar:
a) Procesión a la iglesia que se va a dedicar: Se hace la reunión en una iglesia cercana, o en otro lugar apropiado, desde donde el obispo, los ministros y los fieles se dirigen orando y cantando hacia la iglesia que se va a dedicar.
b) Entrada solemne: Si no hay la procesión, la comunidad se reúne en la entrada de la iglesia.
c) Entrada sencilla: Los fieles se reúnen en la misma iglesia; el obis­po, los concelebrantes y los ministros salen de la sacristía en la forma acos­tumbrada.

Dos ritos sobresalen en la entrada a la nueva iglesia:
a) Entrega de la iglesia: Los delegados de quienes edificaron la igle­sia la entregan al obispo.
b) Aspersión de la iglesia: El obispo bendice agua y asperja con ella al pueblo, que es el templo espiritual, y asperja también los muros de la iglesia y el altar.

B. Liturgia de la palabra

12. En la liturgia de la palabra se hacen tres lecturas, escogidas de entre las que propone el Leccionario para la celebración de la dedicación de una iglesia.

Con todo, en la primera lectura se lee siempre, incluso en tiempo pas­cual, el texto de Nehemías que nos muestra al pueblo de Jerusalén congrega­do alrededor del escriba Esdras para escuchar la proclamación de la ley de Dios (Ne 8, 2-4a. 5-6. 8-10).

13. Después de las lecturas, el obispo hace la homilía, en la cual explica los textos bíblicos y el significado de la dedicación de la iglesia.

Se dice siempre el Credo. La oración universal o de los fieles se omi­te, ya que en su lugar se cantan las letanías de los santos.

C. Oración de dedicación y unción de la iglesia y del altar

Colocación de las reliquias de los santos

14. Después del canto de las letanías, se colocan, si es del caso, las reliquias de un mártir para significar que el sacrificio de los miembros tuvo princi­pio en el sacrificio de la Cabeza (9). Si no se dispone de reliquias de mártir, puede colocarse en el altar reliquias de otro santo.

La oración de dedicación

15. La celebración de la eucaristía es el rito máximo y el único necesario para dedicar una iglesia; no obstante, de acuerdo con la común tradición de la Iglesia, tanto oriental como occidental, se dice también una peculiar oración de dedicación, en la que se expresa la voluntad de dedicar para siempre la iglesia al Señor y se pide su bendición.

Unción, incensación, revestimiento e iluminación del altar

16. Los ritos de unción, incensación, revestimiento e iluminación del altar expresan con signos visibles algo de aquella acción invisible que Dios rea­liza por medio de la Iglesia cuando ésta celebra los sagrados misterios, en especial la eucaristía.

a) Unción del altar y de las paredes de la iglesia:

En virtud de la unción con el crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que es llamado y es, por excelencia, el «Ungido», puesto que el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo Sacerdote para que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la salva­ción de todos.

La unción de la iglesia significa que ella está dedicada toda entera y para siempre al culto cristiano. Se hacen doce unciones, según la tradición litúrgica, o cuatro, según las circunstancias, para significar que la iglesia es imagen de la ciudad santa de Jerusalén.

b) Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el trono de Dios (10).

La incensación de la nave de la iglesia indica, por su parte, que ésta, por la dedicación, llega a ser casa de oración; pero se inciensa primero al pueblo de Dios, ya que él es el templo vivo en el que cada uno de los fieles es un altar espiritual (11).

c) El revestimiento del altar indica que el altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles, en una misma acción pero con funciones di­versas, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso el altar, como mesa del banquete sacrificial, se viste y adorna festivamente. Ello significa claramente que es la mesa del Señor, a la cual todos los fieles se acercan alegres para nutrirse con el ali­mento celestial que es el cuerpo y la sangre de Cristo inmolado.

d) La iluminación del altar, seguida de la iluminación de la iglesia, nos advierte que Cristo es la «luz para alumbrar a las naciones» (12) con cuya cla­ridad brilla la Iglesia y por ella toda la familia humana.

D. Celebración de la eucaristía

17. Una vez preparado el altar, el obispo celebra la eucaristía, que es la parte principal y más antigua del rito (13). La celebración eucarística se rela­ciona íntimamente con él. En efecto:

— Con la celebración del sacrificio eucarístico se alcanza el fin princi­pal de la construcción de una iglesia y de un altar y se manifiesta con signos preclaros.

— Además, la eucaristía, que santifica los corazones de quienes la reci­ben, consagra en cierta manera el altar y el lugar de la celebración, como lo afirman repetidas veces los antiguos Padres de la Iglesia: «Este altar es ad­mirable porque, siendo piedra por su naturaleza, ha llegado a ser cosa san­ta después que recibió el cuerpo de Cristo» (14).

— También se hace evidente el nexo profundo que relaciona la dedi­cación de una iglesia con la celebración eucarística por el hecho de que la misa de dedicación tiene prefacio propio, estrechamente vinculado al rito.

9 Cf. Misal romano, Común de mártires 8, oración sobre las ofrendas; S. Ambrosio, Carta 22, 13: PL 16, 1023: «Vengan luego las víctimas triunfales al lugar en que la víctima que se ofrece es Cris­to; pero él sobre el altar, ya que padeció por todos, ellos bajo el altar, ya que han sido redimidos por su pasión.» Cf. Pseudo Máximo de TurIn, Sermón 78: PL 57, 689-690. Ap 6, 9: «Vi al pie del altar ¡as almas de los asesinados por proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían.»
10 Cf. Ap. 8, 3-4.
11 Cf. Rm 12, 1.
12 Lc 2, 32.
13 Cf. Vigilio, papa, Carta al obispo Profuturo, 4: PL 84, 832.
14 S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre la segunda carta a los Corintios, 20, 3: PG 61, 540.



IV. ADAPTACIÓN DEL RITO

Adaptaciones que competen a las Conferencias episcopales


18. Las Conferencias episcopales pueden adaptar este ritual a las costum­bres de cada país, pero sin quitarle nada de su nobleza y solemnidad.

Con todo, se observarán estas normas:
a) Nunca se omitirá la celebración de la misa, con su prefacio propio, ni la oración de dedicación.
b) Se conservarán aquellos ritos que, por tradición litúrgica, tienen un peculiar significado y fuerza expresiva (cf. núm. 16, p. 28), a no ser que obs­ten graves razones, adaptando adecuadamente las fórmulas, si el caso lo re­quiere.

Al hacer las adaptaciones, la competente autoridad eclesiástica consulta­rá a la Sede apostólica y con su aprobación introducirá las adaptaciones (15).

Acomodaciones que competen a los ministros

19. Concierne al obispo y a quienes preparan la celebración del rito lo si­guiente:
a) Establecer el modo de realizar la entrada en la iglesia (cf. núm. 11, P- 27).
b) Determinar la manera de hacer la entrega de la nueva iglesia al obis­po (cf. núm. 11, p. 27).
c) Resolver sobre la oportunidad de colocar o no reliquias de santos, buscando ante todo el bien espiritual de los fieles y observando lo prescrito en el número 5 (p. 25).

Corresponde al rector de la iglesia que se va a dedicar, con la ayuda de los que cooperan en la actuación pastoral, determinar y preparar todo lo re­ferente a las lecturas y cantos, así como los recursos encaminados a fomen­tar una provechosa participación del pueblo y a promover una decorosa ce­lebración.

V. PREPARACIÓN PASTORAL

20. Para que los fieles participen con fruto en el rito de la dedicación, es necesario que el rector de la iglesia que se va a dedicar y los peritos en pas­toral los instruyan sobre el contenido de la celebración y sobre su eficacia espiritual, eclesial y misional.

Por tanto, conviene explicar a los fieles las diversas partes de la iglesia y sus usos, el rito de la dedicación y los principales símbolos litúrgicos en él empleados, para que, con ayuda de los recursos oportunos, a través de los ritos y plegarias entiendan claramente el sentido de la dedicación de la igle­sia, y así participen de la acción litúrgica en forma consciente, piadosa y activa.

15 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 40. 

VI. LO QUE DEBE PREPARARSE PARA LA DEDICACIÓN DE UNA IGLESIA

21. Para la dedicación de una iglesia, se preparará lo siguiente:
a) En el lugar donde se reúne la comunidad:
- el Pontifical romano;
- la cruz que se llevará en la procesión;
- si se han de llevar procesionalmente las reliquias de los santos, se tendrá en cuenta lo que se dice en el número 24a (p. 32).
b) En la sacristía o en el presbiterio o en la nave de la iglesia, según el caso:
- el Misal romano y el Leccionario;
- agua para bendecir y el hisopo;
- recipiente con el santo crisma;
- toallas para secar la mesa del altar;
- si es del caso, un mantel de lino encerado o un lienzo impermeable a la medida del altar;
- jarra y palangana con agua, toallas y todo lo necesario para lavar las manos del obispo y de los presbíteros que ungirán los muros de la iglesia;
- un gremial;
- un brasero para quemar incienso o aromas; o granos de incienso y cerillas para quemar sobre el altar;
- incensarios y la naveta con la cucharilla;
- cáliz, corporal, purificadores y manutergio;
- pan, vino y agua para la misa;
- la cruz del altar, a no ser que ya haya una cruz situada en el presbi­terio o que la cruz que se llevará en la procesión de entrada sea colocada luego cerca del altar;
- manteles, cirios, candelabros;
- si se quiere, flores.

22. Conviene conservar la antigua costumbre de colocar cruces de piedra o de bronce o de otra materia conveniente, o de esculpirlas en los muros de la iglesia. Así pues, se prepararán doce o cuatro cruces, según el número de las unciones (cf. núm. 16, p. 28) y se distribuirán por las paredes de la iglesia armónicamente y a una altura conveniente. Debajo de cada cruz se colocará un pequeño candelabro con su cirio, el cual se encenderá oportu­namente.

23. En la misa de la dedicación de una iglesia se usarán vestiduras litúr­gicas de color blanco o festivo. Se preparará:
a) Para el obispo: alba, estola, casulla, mitra, báculo pastoral y palio, si tiene facultad de usarlo.
b) Para los presbíteros concelebrantes: las vestiduras para concele­brar la misa.
c) Para los diáconos: albas, estolas y, si se quiere, dalmáticas.
d) Para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

24. Si se van a colocar debajo del altar reliquias de santos, se preparará lo siguiente:
a) En el lugar donde se reúne la asamblea:
- el cofre con las reliquias, rodeado de flores y antorchas; si se hace la entrada sencilla, se puede colocar el cofre en un lugar apropiado del pres­biterio, antes de comenzar el rito;
- para los diáconos que llevarán las reliquias: alba, estola de color rojo, si se trata de reliquias de mártires, o de color blanco, en los demás casos, y dalmáticas, si las hay disponibles; si las reliquias las llevan pres­bíteros, en lugar de las dalmáticas, se les prepararán casullas.

Pueden llevar las reliquias también otros ministros, revestidos con albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

En el presbiterio: una mesa pequeña para colocar las reliquias mientras se realiza la primera parte del rito de la dedicación.

En la sacristía: mezcla de cemento para tapar la cavidad; ha de ha­ber también un albañil que, a su tiempo, tapará el sepulcro de las reliquias.

25. Se escribirán las actas de la dedicación de la iglesia en dos ejempla­res, firmados por el obispo, el rector de la iglesia y delegados de la comuni­dad local. Un ejemplar se guardará en el archivo diocesano, otro en el de la iglesia dedicada. Cuando se colocan reliquias, se hará un tercer ejemplar,
que se guardará en el mismo cofre de las reliquias.

En las actas se mencionarán el día, mes y año de la dedicación de la igle­sia, el nombre del obispo que preside la celebración, el titular de la igle­sia y, si es del caso, los nombres de los mártires o santos cuyas reliquias se colocan bajo el altar.

Además, en un sitio apropiado de la iglesia, se colocará una inscrip­ción que mencione el día, mes y año de la celebración, el titular de la igle­sia y el nombre del obispo que celebró el rito.

VII ANIVERSARIO DE LA DEDICACIÓN

A. Aniversario de la dedicación de la iglesia catedral


26. Para manifestar la importancia y dignidad de la Iglesia particular, se celebrará cada año el día aniversario de la dedicación de su iglesia cate­dral, como solemnidad en la misma iglesia catedral, como fiesta en las de­ más iglesias de la diócesis (16). Si el mismo día aniversario está perpetuamente
impedido, se asignará su celebración para el día libre más cercano.

Conviene que en este día aniversario el obispo concelebre la eucaristía en la iglesia catedral con el capítulo de los canónigos o el consejo presbite­ral y con la mayor participación posible de fieles.

B. Aniversario de la dedicación de la iglesia propia

27. Se celebra el día aniversario de la dedicación de la iglesia como solem­nidad (17)

16 Cf. Calendario romano, Tabla de los días litúrgicos, I 4 b y II 8 b.
17 Cf. ibid., I 4 b.



Capítulo III. Dedicación de una iglesia en la cual ya se celebran habitualmente los sagrados misterios

NORMAS GENERALES


1. Para que se perciba plenamente la fuerza de los símbolos y el sentido del rito, la inauguración de una nueva iglesia debe hacerse juntamente con su dedicación; por eso, como antes se dijo, se evitará, en lo posible, celebrar la misa en la nueva iglesia antes de dedicarla (cf. Introducción a la dedicación de una iglesia, núms. 8. 15. 17: pp. 26, 28 y 29). Sin embargo, cuando se dedican iglesias en las cuales ya se acostumbra celebrar los sagrados misterios, se utilizará el rito que se propone a continuación.

Además, hay que distinguir aquellas iglesias recientemente construidas, en las cuales el motivo para dedicarlas aparece más claro, de aquellas otras que se han edificado hace ya largo tiempo. Para dedicar estas últimas se requiere:
a) Que el altar no esté aún dedicado, pues tanto la costumbre como el derecho litúrgico prohíben, con razón, dedicar una iglesia sin dedicar su altar, ya que esto último es la parte principal de todo el rito.
b) Que haya tenido lugar en el edificio algo nuevo o muy cambiado, sea en su construcción material (por ejemplo, una radical restauración), sea en su estatuto jurídico (por ejemplo, su elevación a iglesia parroquial).

2. Todo lo que se ha dicho en la Introducción a la dedicación de una iglesia vale también para este rito, a no ser que algo se vea claramente que es extraño a la realidad de las cosas que precisamente este rito tiene en cuenta, o que se prescriba de otra manera.

Este rito difiere del de la dedicación de una iglesia (pp. 34-56), sobre todo en lo siguiente:
a) Se omite el rito de abrir las puertas de la iglesia (cf. p. 36, o p. 38), puesto que la iglesia ya estaba abierta a los fieles. Por eso la entrada se hace en la forma sencilla (cf. p. 39). Pero, si se trata de dedicar una iglesia que estuvo cerrada por largo tiempo y que ahora se abre de nuevo para las celebraciones sagradas sí que se puede realizar este rito, que, en este caso, conserva su fuerza y su sentido.
b) El rito de entrega de la iglesia al obispo (cf. p. 35, o p. 38, o p. 41), según las circunstancias, se conservará, se omitirá o se adaptará a la condición de la iglesia que se va a dedicar (se conservará en la dedicación de una iglesia recién edificada; se omitirá en la dedicación de una iglesia antigua que no ha sido cambiada en su estructura material; se adaptará en la dedicación de una iglesia antigua, profundamente restaurada).
c) El rito de rociar con agua bendita los muros de la iglesia (cf. pp. 41-42), que tiene una índole lustral, se omite.
d) Lo que es propio de la primera proclamación de la palabra de Dios (cf. p. 43) se omite y, por lo mismo, la liturgia de la palabra se hace en la forma acostumbrada; en lugar de la primera lectura del libro de Nehemías (8, 2-4a. 5-6. 8-10), seguida del salmo responsorial 18 B, 8-9. 10. 15 (cf. p. 43), se elige otra lectura adecuada.

CAPÍTULO IV. DEDICACIÓN DE UN ALTAR
INTRODUCCIÓN

I. NATURALEZA Y DIGNIDAD DEL ALTAR

Cristo es el altar del nuevo Testamento


1. Los antiguos Padres de la Iglesia, meditando la palabra de Dios, no dudaron en afirmar que Cristo fue, al mismo tiempo, la víctima, el sacerdote y el altar de su propio sacrificio (18).

En efecto, la carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo Sacerdote y, al mismo tiempo, como el Altar vivo del templo celestial (19). Y en el Apocalipsis aparece nuestro Redentor como el Cordero degollado (20), cuya oblación es llevada hasta el altar del cielo por manos del Ángel de Dios (21).

También el discípulo de Cristo es un altar espiritual

2. Si Cristo, Cabeza y Maestro, es verdadero altar, también sus miembros y discípulos son altares espirituales, en los que se ofrece a Dios el sacrificio de una vida santa. Esto lo afirman ya los santos Padres. San Ignacio de Antioquía suplica a los Romanos: «El mejor favor que podéis hacerme es dejar que sea inmolado para Dios, mientras el altar está aún preparado» (22). San Policarpo amonesta a las viudas a que vivan santamente, porque «son el altar de Dios» (23). A estas voces, se une, entre otros, san Gregorio Magno: «¿Qué es el altar de Dios sino la mente de quienes viven honestamente?... Con razón, pues, el corazón de los justos es llamado el altar de Dios» (24).

O, según otra imagen célebre entre los escritores eclesiásticos, los fieles cristianos que se dedican por completo a la oración, que ofrecen a Dios el sacrificio de sus plegarias y súplicas, son ellos mismos piedras vivas con las que el Señor Jesús edifica el altar de la Iglesia (25).

El altar es la mesa del sacrificio y del convite pascual

3. El Señor Jesucristo, al instituir, bajo la forma de un banquete sacrifi­cial, el memorial del sacrificio que iba a ofrecer al Padre en el ara de la cruz, santificó la mesa en la cual se reunirían los fieles para celebrar su Pascua. Así, pues, el altar es mesa de sacrificio y de convite en la que el sacerdote, en representación de Cristo Señor, hace lo mismo que hizo el Señor en per­sona y encargó a los discípulos que hicieran en conmemoración suya, todo lo cual resume admirablemente el Apóstol cuando dice: «El cáliz de nues­tra Acción de gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque co­memos todos del mismo pan». (26)

El altar es signo de Cristo

4. Los hijos de la Iglesia pueden, según las circunstancias, celebrar en cualquier lugar el memorial de Cristo y acercarse a la mesa del Señor. Pero conviene al misterio eucarístico que los fieles levanten un altar estable para celebrar la Cena del Señor, como se viene haciendo desde los tiempos an­tiguos.

El altar cristiano es, por su misma naturaleza, la mesa peculiar del sa­crificio y del convite pascual:
- Es el ara peculiar en la cual el sacrificio de la cruz se perpetúa sacramentalmente para siempre hasta la venida de Cristo.
- Es la mesa junto a la cual se reúnen los hijos de la Iglesia para dar gracias a Dios y recibir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Así, pues, en todas las iglesias el altar es el «centro de la acción de gra­cias que se realiza en la eucaristía», (27) y el lugar a cuyo rededor giran de un modo u otro las demás acciones litúrgicas. (28)

Por el hecho de que el memorial del Señor se celebra en el altar y allí se entrega a los fieles su cuerpo y su sangre, los escritores eclesiásticos han visto en el altar como un signo del mismo Cristo. De ahí la expresión: «El altar es Cristo.»

El altar es honor de los mártires

5. Toda la dignidad del altar le viene de ser la mesa del Señor. Por eso los cuerpos de los mártires no honran el altar, sino que éste dignifica el sepulcro de los mártires. Porque, para honrar los cuerpos de los mártires y de otros santos y para significar que el sacrificio de los miembros tuvo principio en el sacrificio de la Cabeza, (29) conviene edificar el altar sobre sus sepulcros o colocar sus reliquias debajo de los altares, de tal manera que «vengan lue­go las víctimas triunfales al lugar en que la víctima que se ofrece es Cristo; pero él sobre el altar, ya que padeció por todos, ellos bajo el altar, ya que han sido redimidos por su pasión». (30) Esta disposición repite, en cierta ma­nera, la visión de san Juan en el Apocalipsis: «Vi al pie del altar las almas de los asesinados por proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían». (31) Porque, aunque todos los santos son llamados, con razón, tes­tigos de Cristo, sin embargo, el testimonio de la sangre tiene una fuerza es­pecial que sólo las reliquias de los mártires colocadas bajo el altar expre­san en toda su integridad.

18 Cf. S. Epifanio, Panano, II, 1, herejía 55: PG 41, 979; S. Cirilo de Alejandría, Sobre la don con espíritu y verdad, 9: PG 68, 547.
19 Cf. Hb 4, 14; 13, 10.
20 Cf. Ap 5, 6.
21 Cf. Misal romano, Ordinario de la misa, Canon romano.
22 Carta a los Romanos II, 2: Funk, 1, 255.
23 Carta a los Filipenses IV, 3: Funk, 1, 301.
24 Homilías sobre el libro de Ezequiel II, 10, 19: PL 76, 1069.
25 Cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, 9, 1: SC 71, pp. 244 y 246.
26 Cf. I Co 10, 16-17.
27 Ordenación general del Misal romano, núm. 259.
28 Cf. Pío XII, Carta encíclica Mediator Dei: AAS 39 (1947), p. 529.
29 Cf. Misal romano, Común de mártires 8, oración sobre las ofrendas.
30 S. Ambrosio, Carta 22, 13: PL 16, 1023; cf. Pseudo Máximo de Turín, Sermón 78: PL 57, 689490.
31 Ap 6, 9.



II. ERECCIÓN DEL ALTAR

6. Conviene que haya un altar fijo en toda iglesia; en los demás lugares dedicados a las celebraciones sagradas, un altar fijo o móvil.

Un altar se llama fijo cuando está construido sobre el pavimento, de manera que no se pueda mover; se llama móvil si se puede trasladar (32).

7. Conviene que en las nuevas iglesias no se construya sino un solo altar para que, dentro del único pueblo de Dios, el altar único exprese que uno solo es nuestro Salvador Jesucristo y que es única la eucaristía de la Iglesia.

Sin embargo, en la capilla destinada a la reserva del santísimo sacra­mento, que estará separada, en cuanto sea posible, de la nave de la iglesia, se podrá colocar otro altar, en el cual se pueda celebrar la misa para peque­ños grupos de fieles, en los días entre semana.

Se evitará, de todas maneras, construir varios altares con el solo pre­texto de adornar la iglesia.

8. El altar se construirá separado del muro, para que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y celebrar la misa de cara al pueblo. «Ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la aten­ción de toda la asamblea de los fieles» (33).

9. Según la costumbre tradicional de la Iglesia y el simbolismo bíblico in­herente al altar, la mesa del altar fijo será de piedra natural. Sin embargo, a juicio de las Conferencias episcopales, se puede utilizar otro material arti­ficial, digno y sólido.

Las columnas o la base para sostener la mesa pueden construirse de cualquier material con tal que sea digno y sólido (34).

10. Por su misma naturaleza, el altar se dedica sólo a Dios, puesto que el sacrificio eucarístico solamente se ofrece a él. En este sentido, debe enten­derse la costumbre de la Iglesia de dedicar altares a Dios en honor de los santos, como lo expresa bellamente san Agustín: «A ninguno de los márti­res, sino al mismo Dios de los mártires levantamos altares» (35).

Esto se debe explicar con toda claridad a los fieles. En las nuevas igle­sias no deben colocarse sobre el altar imágenes de santos.

Tampoco se colocarán sobre la mesa del altar reliquias de santos, cuando se expongan a la veneración de los fieles.

11. Es oportuno conservar la tradición de la liturgia romana de colocar reliquias de mártires o de otros santos debajo del altar (36). Pero se tendrá en cuenta lo siguiente:
a) Las reliquias deben evidenciar, por su tamaño, que se trata de par­tes de un cuerpo humano. Se evitará, por tanto, colocar partículas pequeñas.
b) Debe averiguarse, con la mayor diligencia, la autenticidad de di­chas reliquias. Es preferible dedicar el altar sin reliquias que colocar reli­quias dudosas.
c) El cofre con las reliquias no se colocará ni sobre el altar, ni den­tro de la mesa del mismo, sino debajo de la mesa, teniendo en cuenta la forma del altar.

Cuando tiene lugar el rito de colocar las reliquias, es muy conveniente celebrar una Vigilia junto a las reliquias del mártir o santo, según se dijo antes en el número 10 de la Introducción a la dedicación de una iglesia (p. 26).

32 Cf. Ordenación general del Misal romano, núms. 265. 261.
33 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 262.
34 Cf. ibid., núm. 263.
35 Contra Fausto, XX, 21: PL 42. 384.
36 Cf. Ordenación general del Misal romano, núm. 266.


III. CELEBRACIÓN DE LA DEDICACIÓN

Ministro del rito


12. Es competencia del obispo, que tiene encomendado el cuidado pasto­ral de la Iglesia particular, dedicar a Dios los nuevos altares levantados en su diócesis. Si no puede hacerlo personalmente, confiará este oficio a otro obispo, en particular a quien tuviere como asociado y colaborador en el cui­dado pastoral de los fieles para quienes se erige el nuevo altar; en circuns­tancias especialísimas, puede dar un mandato especial para ello a un pres­bítero.

Elección del día

13. Puesto que el altar llega a ser sagrado ante todo por la celebración eucarística, para conservar la verdad de las cosas se evitará celebrar la misa en el nuevo altar antes de su dedicación, de tal manera que la misa de la dedicación sea también la primera eucaristía que se celebra en ese altar.

14. Para dedicar un nuevo altar se elegirá un día en que sea posible gran asistencia de fieles, sobre todo el domingo, si no aconsejan otra cosa razo­nes pastorales. Pero no se puede celebrar en la Semana santa, ni en el Miér­coles de ceniza, ni en la Conmemoración de todos los fieles difuntos.

Misa de la dedicación

15. La celebración eucarística está íntimamente ligada al rito de la dedica­ción de un altar. Se dice la misa «En la dedicación de un altar». Pero, en la Natividad del Señor, en la Epifanía, en la Ascensión, en Pentecostés y en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, se dice la misa del día, salvo la oración sobre las ofrendas y el prefacio, que están íntimamente relacio­nados con el rito mismo.

16. Conviene que el obispo concelebre con los presbíteros presentes, par­ticularmente con los responsables de la parroquia o de la comunidad para la cual se ha levantado el altar.

Partes del rito de la dedicación

A. Ritos iniciales


17. Los ritos iniciales de la misa de la dedicación de un altar se hacen en la forma acostumbrada, pero, en lugar del acto penitencial, el obispo bendice el agua y rocía con ella al pueblo y el nuevo altar.

B. Liturgia de la palabra

18. En la liturgia de la palabra conviene hacer tres lecturas, tomadas, conforme a las rúbricas, sea de la liturgia del día (cf. núm. 15, p. 79), sea de las que propone el Leccionario para la celebración de la dedicación de un altar.

19. Después de las lecturas, el obispo hace la homilía, en la cual explica los textos bíblicos y el significado de la dedicación del altar.

Terminada la homilía, se dice el Credo. La oración universal o de los fieles se omite, ya que en su lugar se cantan las letanías de los santos.

C. Oración de dedicación y unción del altar

Colocación de las reliquias de los santos

20. Después del canto de las letanías, si es del caso, se colocan bajo el altar las reliquias de mártires o de otros santos, para expresar que todos los que han sido bautizados en la muerte de Cristo, y especialmente los que han derramado su sangre por el Señor, participan de la pasión de Cristo (cf. núm. 5, p. 71).

La oración de dedicación

21. La celebración de la eucaristía es el rito máximo y el único necesario para dedicar un altar; no obstante, de acuerdo con la común tradición de la Iglesia, tanto oriental como occidental, se dice también una peculiar oración de dedicación, en la que se expresa la voluntad de dedicar para siem­pre el altar al Señor y se pide su bendición.

Unción, incensación, revestimiento e iluminación

22. Los ritos de unción, incensación, revestimiento e iluminación del altar expresan con signos visibles algo de aquella acción invisible que Dios reali­za por medio de la Iglesia cuando ésta celebra los sagrados misterios, en es­pecial la eucaristía.

a) Unción del altar: En virtud de la unción con el crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que es llamado y es, por excelencia, el «Un­gido», puesto que el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo Sacerdote para que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación de todos.

b) Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el trono de Dios (37).

c) El revestimiento del altar indica que el altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles, en una misma acción pero con funciones diversas, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso el altar, como mesa del banquete sacrificial, se viste y adorna festivamente. Ello significa claramente que es la mesa del Señor, a la cual todos los fieles se acercan alegres para nutrirse con el alimento celestial que es el cuerpo y la sangre de Cristo inmolado.

d) La iluminación del altar nos advierte que Cristo es la «luz para alumbrar a las naciones» (38), con cuya claridad brilla la Iglesia y por ella toda la familia humana.

D. Celebración de la eucaristía

23. Una vez preparado el altar, el obispo celebra la eucaristía, que es la parte principal y más antigua del rito (39). La celebración eucarística se rela­ciona íntimamente con él. En efecto:

— Con la celebración del sacrificio eucarístico se alcanza y se manifiesta el fin para el cual el altar ha sido construido

— Además, la eucaristía, que santifica los corazones de quienes la reciben, consagra en cierta manera el altar, como lo afirman repetidas veces los antiguos Padres de la Iglesia: “Este altar es admirable porque, siendo piedra por su naturaleza, ha llegado a ser cosa santa después que recibió el cuerpo de Cristo” (40).

— También se hace evidente el nexo profundo que relaciona la dedica­ción de un altar con la celebración eucarística por el hecho de que la misa de dedicación tiene prefacio propio, estrechamente vinculado al rito.

37 Cf. Ap 8, 3-4: Un ángel «vino con un incensario de oro, y se puso junto al altar. Le entregaron muchos perfumes, para que aromatizara las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro situado delante del trono. Y por manos del ángel subió a la presencia de Dios el aroma de los perfumes, junto con las oraciones de los santos.»
38 Lc 2, 32
39 Cf. Vigilio, papa, Carta al obispo Profuturo, 4: PL 84, 832.
40 S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre la segunda carta a los Corintios, 20, 3: PG 61, 540.



IV. ADAPTACIÓN DEL RITO

Adaptaciones que competen a las Conferencias episcopales


24. Las Conferencias episcopales pueden adaptar este ritual a las costumbres de cada país, pero sin quitarle nada de su nobleza y solemnidad. Con todo, se observarán estas normas:

a) Nunca se omitirá la celebración de la misa, con su prefacio propio, ni la oración de dedicación.

b) Se conservarán aquellos ritos que, por tradición litúrgica, tienen un peculiar significado y fuerza expresiva (cf. núm. 22 p. 81), a no ser que obsten graves razones, adaptando adecuadamente las fórmulas, si el caso lo requiere.

Al hacer las adaptaciones, la competente autoridad eclesiástica consultará a la Sede apostólica y con su aprobación introducirá las adaptaciones (41).

Acomodaciones que competen a los ministros

25. Concierne al obispo y a quienes preparan la celebración del rito resolver sobre la oportunidad de colocar o no reliquias de santos, buscando ante todo el bien espiritual de los fieles y el verdadero sentido litúrgico, y observando lo prescrito en el número 11 (p. 78).

Corresponde al rector de la iglesia, en qué se va a dedicar el altar, con la ayuda de los que cooperan en la actuación pastoral, determinar y preparar todo lo referente a las lecturas y cantos, así como los recursos encaminados a fomentar una provechosa participación del pueblo y a promover una decorosa celebración.

V. PREPARACIÓN PASTORAL

26. Se informará oportunamente a los fieles sobre la dedicación del nuevo altar, preparándolos además para que participen activamente en el rito. Con este fin, se les instruirá sobre el significado y ejecución de cada una de sus partes. Para esta catequesis puede servir lo que se dijo antes sobre la naturaleza y dignidad del altar y sobre el sentido y valor de los ritos. Así los fieles quedarán imbuidos del amor que se debe al altar.

41 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, nú­mero 40.


VI. LO QUE DEBE PREPARARSE PARA LA DEDICACIÓN DE UN ALTAR

27. Para la dedicación de un altar, se preparará lo siguiente:
- el Misal romano, el Leccionario y el Pontifical romano;
- la cruz y el libro de los evangelios que se llevarán en la procesión;
- agua para bendecir y el hisopo;
- recipiente con el santo crisma;
- toallas para secar la mesa del altar;
- si es del caso, un mantel de lino encerado o un lienzo impermeable a la medida del altar;
- jarra y palangana con agua, toallas y todo lo necesario para lavar las manos del obispo;
- un gremial;
- un brasero para quemar incienso o aromas; o granos de incienso y cerillas para quemar sobre el altar;
- un incensario y la naveta con la cucharilla;
- cáliz, corporal, purificadores y manutergio;
- pan, vino y agua para la misa;
- la cruz del altar, a no ser que ya haya una cruz situada en el presbi­terio o que la cruz que se llevará en la procesión de entrada sea colocada luego cerca del altar;
- manteles, cirios, candelabros;
- si se quiere, flores.

28. En la misa de la dedicación de un altar se usarán vestiduras litúrgicas de color blanco o festivo. Se preparará:
a) Para el obispo: alba, estola, casulla, mitra, báculo pastoral y palio, si tiene facultad de usarlo.
b) Para los presbíteros concelebrantes: las vestiduras para concele­brar la misa.
c) Para los diáconos: albas, estolas y, si se quiere, dalmáticas.
d) Para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

29. Si se van a colocar debajo del altar reliquias de santos, se preparará lo siguiente:
a) En el lugar de donde sale la procesión:
- el cofre con las reliquias, rodeado de flores y antorchas;
- según las circunstancias, se puede colocar el cofre en un lugar apro­piado del presbiterio, antes de comenzar el rito;
- para los diáconos que llevarán las reliquias: alba, estola de color rojo, si se trata de reliquias de mártires, o de color blanco, en los demás ca­sos, y dalmáticas, si las hay disponibles; si las reliquias las llevan presbí­teros, en lugar de las dalmáticas, se les prepararán casullas.

Pueden llevar las reliquias también otros ministros, revestidos con al­bas u otras vestiduras legítimamente aprobadas.

b) En el presbiterio: una mesa pequeña para colocar las reliquias mientras se realiza, la primera parte del rito de la dedicación.

c) En la sacristía: mezcla de cemento para tapar la cavidad; ha de haber también un albañil que, a su tiempo, tapará el sepulcro de las reli­quias.

30. Conviene conservar la costumbre de incluir dentro del cofre de las re­liquias un pergamino en el cual se mencionarán el día, mes y año de la dedi­cación del altar, el nombre del obispo celebrante que preside la celebra­ción, el titular de la iglesia y los nombres de los mártires o santos cuyas re­liquias se colocan bajo el altar.


Se escribirán, también, las actas de la dedicación del altar en dos ejem­plares, firmados por el obispo, el rector de la iglesia y delegados de la comu­nidad local. Un ejemplar se guardará en el archivo diocesano, otro en el de la iglesia.

Capítulo V. Bendición de una iglesia

NORMAS GENERALES


1. Conviene dedicar a Dios los lugares sagrados o iglesias destinados de manera estable para celebrar los divinos misterios, según el rito de la Dedicación de una iglesia (cf. pp. 34-56), que sobresale por la fuerza de los ritos y de los símbolos.

En cuanto a los oratorios, capillas o edificios sagrados que por circunstancias pecu­liares están destinados sólo temporalmente al culto divino, conviene bendecirlos se­gún el rito que aquí se describe.

2. En lo que se refiere a su regulación litúrgica, a la elección del titular, a la preparación pastoral de los fieles, se observará, con las oportunas adaptaciones, lo que se dice en los números 4-5, 7 y 20 de la Introducción a la dedicación de una iglesia (pp. 25, 26 y 31). La iglesia u oratorio serán bendecidos por el obispo diocesano o por un presbí­tero delegado por él.

3. Las iglesias u oratorios se pueden bendecir en cualquier día, excepto en el Triduo pas­cual, pero conviene escoger un día de gran asistencia de fieles, sobre todo el domingo, si razones pastorales no aconsejan otra cosa.

4. En los días inscritos en los números 1-4 de la Lista de los días litúrgicos (42), se dice la misa del día; en los demás, se puede celebrar sea la misa del día, sea la del titular de la iglesia u oratorio.

5. Para el rito de bendición de una iglesia u oratorio se preparará lo necesario para la celebración de la misa. Pero el altar, aunque esté ya bendito o dedicado, permanecerá desnudo hasta el comienzo de la liturgia de la eucaristía. Además, en un lugar apro­piado del presbiterio, se preparará lo siguiente:
- a) un recipiente con agua y el hisopo, además, el incensario y la naveta con la cucharilla;
- b) el Pontificial romano;
- c) la cruz del altar, a no ser que ya haya una cruz situada en el presbiterio o que la cruz que se llevará en la procesión de entrada sea colocada luego cerca del altar;
- d) manteles, cirios, candelabros y, si se quiere, flores.

6. Pero, si al mismo tiempo que la bendición de la iglesia tiene lugar la consagración del altar, se preparará todo lo que se dice en el número 27 de la Introducción a la dedica­ción de un altar (p. 83); también lo que se dice en el número 29 (p. 84), si se van a colo­car reliquias de santos debajo del altar.

7. En la misa de bendición de una iglesia se usarán vestiduras litúrgicas de color blanco o festivo. Se preparará:
- a) para el obispo: alba, estola, casulla, mitra, báculo pastoral;
- b) para un presbítero: las vestiduras para celebrar la misa;
- c) para los presbíteros concelebrantes: las vestiduras para concelebrar la misa;
- d) para los diáconos: albas estolas y dalmáticas;
- e) para los demás ministros: albas u otras vestiduras legítima­mente aprobadas.

(42) A saber: 1. Triduo pascual. 2. Navidad, Epifanía, Ascensión y Pentecostés. Domingos de Ad­viento, Cuaresma y Pascua. Miércoles de ceniza. Ferias de Semana santa. Días de la octava de Pas­cua. 3. Solemnidades del Señor, de la Virgen María y de los santos, inscritas en el calendario general. Conmemoración de todos los fíeles difuntos. 4. Solemnidades propias, esto es: a) Solem­nidad del patrono principal del lugar, pueblo o ciudad, b) Solemnidad de la dedicación y del ani­versario de la dedicación de la iglesia propia, c) Solemnidad del titular de la iglesia propia. d) Solemnidad del titular, fundador o patrono principal de la orden o congregación religiosa.


Capítulo VI. Bendición de un altar móvil

NORMAS GENERALES


1. «Un altar se llama fijo cuando está construido sobre el pavimento, de manera que no se pueda mover; se llama móvil si se puede trasladar» (43).

El altar fijo se ha de dedicar según el rito descrito en la dedicación de un altar (pp. 85-100). Pero también al altar móvil se le debe respeto y honor, porque es la mesa destinada en forma única y estable para el banquete eucarístico. Conviene, pues, que el altar móvil, si no se consagra, al menos reciba una bendición antes de ponerlo en ser­vicio, según el rito que aquí se describe (44).

2. El altar móvil se puede construir de cualquier material sólido que convenga al uso li­túrgico, según las tradiciones y costumbres de las diversas regiones (45).

3. Para erigir un altar móvil se observan, con las debidas adaptaciones, las normas pres­critas en los números 6-10 de la Introducción a la dedicación de un altar (pp. 77-78). Pero no se colocan en su base reliquias de santos.

4. Conviene que sea el obispo de la diócesis o el presbítero rector de la iglesia el que ben­diga el altar móvil.

5. El altar móvil puede bendecirse cualquier día, excepto el viernes de la Pasión del Se­ñor y el Sábado santo. Se preferirá un día de mayor asistencia de fieles y, sobre todo, el domingo, si razones pastorales no aconsejan otra cosa.

6. En el rito de bendición de un altar móvil se dice la misa del día.

43 Ordenación general del Mista romano, núm. 261.
44 Cf. ibid., núm. 265.
45 Cf. ibid., núm. 264.



Capítulo VII. Bendición del cáliz y de la patena

NORMAS GENERALES


1. El cáliz y la patena, en los cuales se ofrecen, se consagran y se reciben el vino y el pan, por estar destinados de manera exclusiva y estable a la celebración de la eucaristía, llegan a ser «vasos sagrados».

2. El propósito de reservar estos vasos únicamente para la eucaristía se manifiesta ante la comunidad de los fieles mediante una bendición especial que es aconsejable hacer dentro de la misa.

3. Cualquier sacerdote puede bendecir el cáliz y la patena con tal que estén fabricados según las normas indicadas en los números 290-295 de la Ordenación general del Misas Romano.


4. Si sólo se bendice el cáliz o sólo la patena se adaptarán los textos.