viernes, 24 de marzo de 2017

Ritual de Enfermos: Salmos responsoriales.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO IX. LECCIONARIO PARA EL RITUAL DE ENFERMOS

SALMOS RESPONSORIALES

I.
290. Is 38, 10.11. 12 abcd. 16 (R.: 17b)
R. Tú, Señor, detuviste mi alma ante la tumba va­cía.
Yo pensé: «En medio de mis días
tengo que marchar hacia las puertas del Abismo;
me privan del resto de mis años.» R.
Yo pensé: «Ya no veré más al Señor
en la tierra de los vivos,
ya no miraré a los hombres
entre los habitantes del mundo.» R.
«Levantan y enrollan mi vida
como una tienda de pastores.
Como un tejedor, devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama.» R.
Los que Dios protege, viven
y entre ellos vivirá mi espíritu:
me has curado, me has hecho revivir. R.

II.
291. Sal 6, 2-4a. 4b-6. 9-10 (R.: 3a)
R. Misericordia, Señor, que desfallezco
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco,
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio. R.
Y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame, por tu misericordia:
porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el Abismo, ¿quién te alabará? R.
Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración. R.

III
292. Sal 24, 4bc-5ab. 6 y 7bc. 8-9. 10 y 14. 15-16 (R.: 1b)
R. A tí, Señor, levanto mi alma.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas;
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.
Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.
Las sendas del Señor son misericordia y lealtad,
para los que guardan su alianza y sus man­datos.
El Señor se confía con sus fieles
y les da a conocer su alianza. R.
Tengo los ojos puestos en el Señor,
porque él saca mis pies de la red.
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido. R.

IV.
293. Sal 26, 1.4. 5. 7-8a. 8b-9ab. 9cd-10 (R.: 14)
R. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.
El me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R.
Escúchame, Señor, que te llamo,
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo. R.
Que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.
Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá. R.

V.
294. Sal 33, 2-3, 4-5. 6-7. 10-11. 12-13. 17 y 19 (R.: 19a; o bien: 9a)
R. El Señor está cerca de los atribulados.
O bien: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.
Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias. R.
Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor
no carecen de nada. R.
Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor;
¿hay alguien que ame la vida
y desee días de prosperidad? R.
Pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R.

VI.
295. Sal 41, 3. 5; Sal 42, 3. 4 (R.: Sal 41,2)
R. Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R.
Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
como marchaba a la cabeza del grupo
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta. R.
Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R.
Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R.

VII.
296. Sal 62, 2-3. 4-6. 7-9 (R.: 2b)
R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria! R.
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y dé manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.
En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti
y tu diestra me sostiene. R.

VIII.
297. Sal 70,1-2. 5-6ab. 8 -9 .14-15ab (R.: 12b; o bien: 23)
R. Dios mío, ven aprisa a socorrerme.
O bien: Te aclamarán mis labios, Señor,
mi alma, que tú redimiste.
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame. R.
Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno, tú me sostenías. R.
Llena estaba mi boca de tu alabanza
y de tu gloria, todo el día.
No me rechaces ahora en la vejez,
me van faltando las fuerzas,
no me abandones. R.
Yo, en cambio, seguiré esperando,
redoblaré tus alabanzas;
mi boca contará tu auxilio,
y todo el día tu salvación. R.

IX.
298. Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6. 11. 12-13. 15-16ab (R.: 1a; o bien: 15a y 16a)
R. Inclina tu oído, Señor, escúchame.
O bien: Dios clemente y misericordioso, mírame y ten compasión de mí.
Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo,
salva a tu siervo, que confía en ti. R.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti. R.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.
Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad,
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre. R.
Te alabaré de todo corazón, Dios mío,
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu gran piedad para conmigo,
porque me salvaste del Abismo profundo. R.
Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí,
da fuerza a tu siervo. R.

X.
299. Sal 89, 2. 3-4. 5-6. 9-10ab. 10cd y 12. 14 y 16 (R.: 1)
R. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Antes que naciesen los montes,
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios. R.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó,
una velada nocturna. R.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.
Y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta. R.
La mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
Enséñame a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato. R.
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria. R.

XI.
300. Sal 101, 2-3. 24-25. 26-28. 19-21 (R.: 2)
R. Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti:
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí,
cuando te invoco, escúchame en seguida. R.
El agotó mis fuerzas en el camino,
acortó mis días;
y yo dije: «Dios mío, no me arrebates
en la mitad de mis días.»
Tus años duran por todas las generaciones. R.
Al principio cimentaste la tierra,
y el cielo es obra de tus manos;
ellos perecerán, tú permaneces,
se gastarán como la ropa,
serán como un vestido que se muda.
Tú, en cambio, eres siempre el mismo,
tus años no se acabarán. R.
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su escelso san­tuario.
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos,
y librar a los condenados a muerte. R.

XII.
301. Sal 102, 1-2. 3-4. 11-12. 13-14. 15-16. 17-18 (R.: 1a, o bien: 8)
R. Bendice, alma mía, al Señor.
O bien: El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
El perdona todas tus culpas,
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro. R.
Los días del hombre duran lo que la hierba,
florecen como flor del campo,
que el viento la roza, y ya no existe,
su terreno no volverá a verla. R.
Pero la misericordia del Señor dura siempre,
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza
y recitan y cumplen sus mandatos. R.

XIII.
302. Sal 122, 1-2a. 2bcd (R.:2)
R. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
A ti levanto mis ojos,
a ti, que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R.
Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R.


XIV.
303. Sal 142, 1-2. 5-6. 10 (R.: 1a, o bien: 11a)
R. Señor, escucha mi oración.
O bien: Por tu nombre, Señor, consérvame vivo.
Señor, escucha mi oración,
tú que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú que eres justo, escúchame.
No llames ajuicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo
es inocente frente a ti. R.
Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos,
y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca. R.
Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana. R.