domingo, 3 de junio de 2018

Domingo 8 julio 2018, XIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B.

SOBRE LITURGIA

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 30 de mayo de 2018


Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el argumento de la Confirmación o Crismación, deseo hoy poner el foco en la «íntima conexión de este sacramento con toda la iniciación cristiana» (Sacrosanctum Concilium, 71).

Antes de recibir la unción espiritual que confirma y refuerza la gracia del bautismo, quienes se van a confirmar están llamados a renovar las promesas hechas un día por padres y padrinos.

Entonces son ellos mismos quienes profesan la fe de la Iglesia, listos para responder «creo» a las preguntas dirigidas por el obispo; listos, en particular, a creer «en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida y que hoy, por medio del sacramento de la confirmación está de un modo especial conferido a ellos, como lo fue a los Apóstoles en el día de Pentecostés». (Rito de la confirmación n. 26).

Puesto que la venida del Espíritu Santo reclama corazones recogidos en oración (cf. Hechos 1, 14) después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, manteniendo las manos extendidas sobre los que van a confirmarse, suplica a Dios que infunda en ellos su Santo Espíritu.

El Espíritu es el mismo (cf. I Corintios 12, 4), pero viniendo a nosotros lleva consigo la riqueza de dones: sabiduría, intelecto, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, nn. 28-29).

Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que lleva el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11, 2) estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para que cumpla su misión. También san Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gálatas 5, 22).

El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen la única Iglesia: es el autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas pero del mismo modo crea la armonía, es decir, la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros cristianos.

Por tradición, atestiguado por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de manos (cf. Hechos 8, 15-17; 19, 5-6; Hebreos 6, 2). A este gesto bíblico, para expresar mejor el derramamiento del Espíritu que impregna a quienes lo reciben, se ha agregado una unción de aceite perfumado, llamado crisma, que ha permanecido en uso hasta nuestros días, tanto en Oriente como en Occidente (cf. Catecismo de Iglesia Católica, 1289).

El aceite —el crisma— es una sustancia terapéutica y cosmética que entrando en los tejidos del cuerpo medica las heridas y perfuma las extremidades; por esas cualidades fue asumido por la simbología bíblica y litúrgica para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas.

El sacramento se confiere mediante la unción del crisma en la frente, llevada a cabo por el obispo con la imposición de la mano y mediante las palabras: «Recibe el sello del Espíritu Santo que se te ha dado como don». El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es el sello invisible. Recibiendo en la frente el signo de la cruz con el óleo perfumando, el confirmando recibe una huella espiritual indeleble, el «carácter», que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracias de propagar entre los hombres su «buen perfume» (cf. 2 Corintios 2,15).

Escuchamos de nuevo la invitación de san Ambrosio a los nuevos confirmandos. Dice así: «Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu» (De mysteriis 7,42: csel 73,106; cf. ccc, 1303).

Es un don inmerecido del Espíritu, para acoger con gratitud, haciendo espacio a su creatividad inagotable. Es un don para custodiar con premura, para secunda con docilidad, dejándose plasmar, como cera, por su ardiente caridad, «que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 23).

CALENDARIO

8 + XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. I (B).
- Ez 2, 2-5. Son un pueblo rebelde y reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.
- Sal 122. R. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
- 2 Cor 12, 7b-10. Me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo.
- Mc 6, 1-6. No desprecian a un profeta más que en su tierra.
Evangelizar no es una tarea fácil y tiene muchas dificultades; pero todo ello sufrido por Cristo, no nos debe desanimar, pues así reside en nosotros la fuerza de Cristo que es la fuente de la fe y de la gracia que queremos dar evangelizando (cf. 2 lect.). Nos encontramos con que en muchos hay resistencia a la Palabra de Dios. Son un pueblo rebelde, pero no por ello podemos dejar de anunciar los que dice el Señor (cf. 1 lect.). Esa dificultad la sintió Jesús en la sinagoga de su pueblo, donde se extrañó de la falta de fe de sus paisanos. Pidámosle al Señor que nos dé la fe que necesitamos para vivir su Evangelio.

* Hoy no se permiten las misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 9 de julio, pág. 406.

TEXTOS MISA

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINICA XIV PER ANNUM.
Antífona de entrada Sal 47, 10-11
Oh, Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu nombre, oh, Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra. Tu diestra está llena de justicia.
Antiphona ad introitum Cf. Ps 47, 10-11
Suscépimus, Deus, misericórdiam tuam in médio templi tui. Secúndum nomen tuum, Deus, ita et laus tua in fines terrae; iustítia plena est déxtera tua.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria
Oración colecta
Oh, Dios, que en la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles una santa alegría, para que disfruten del gozo eterno los que liberaste de la esclavitud del pecado. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, qui in Fílii tui humilitáte iacéntem mundum erexísti, fidélibus tuis sanctam concéde laetítiam, ut, quos eripuísti a servitúte peccáti, gáudiis fácias pérfrui sempitérnis. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (Lec. I B).

PRIMERA LECTURA Ez 2, 2-5
Son un pueblo rebelde y reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos
Lectura de la profecía de Ezequiel.

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:
«Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 122, 1b-2b. 2cdefg. 3-4 (R.: cf 2)
R.
Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia. Oculi nostrum ad Dóminum, donec misereátur nostri.

V. A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R.
Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia. Oculi nostrum ad Dóminum, donec misereátur nostri.

V. Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R.
Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia. Oculi nostrum ad Dóminum, donec misereátur nostri.

V. Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R.
Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia. Oculi nostrum ad Dóminum, donec misereátur nostri.

SEGUNDA LECTURA 2 Cor 12, 7b-10
Me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos:
Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido:
«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad».
Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo.
Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Lc 4, 18
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado a evangelizar a los pobres. R. Spíritus Dómini super me: evangelizáre paupéribus misit me.

EVANGELIO Mc 6, 1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 19 de agosto de 2015.
La vida de la familia: el trabajo
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Después de reflexionar sobre el valor de la fiesta en la vida de la familia, hoy nos centramos en el elemento complementario, que es el trabajo. Ambos forman parte del proyecto creador de Dios, la fiesta y el trabajo.
El trabajo, se dice comúnmente, es necesario para mantener a la familia, criar a los hijos y asegurar una vida digna a los seres queridos. De una persona seria, honrada, lo más hermoso que se puede decir es: Es un trabajador, se trata precisamente de alguien que trabaja, que en la comunidad no vive a expensas de los demás. He visto que hay muchos argentinos, y lo diré como lo decimos nosotros: No vive de arriba.
El trabajo, en efecto, en sus mil formas, comenzando por la labor de ama de casa, se ocupa también del bien común. Y, ¿dónde se aprende este estilo de vida laborioso? Ante todo se aprende en la familia. La familia educa al trabajo con el ejemplo de los padres: el papá y la mamá que trabajan por el bien de la familia y de la sociedad.
En el Evangelio, la Sagrada Familia de Nazaret se presenta como una familia de trabajadores, y Jesús mismo era conocido como el hijo del carpintero (Mt 13, 55) o incluso el carpintero (Mc 6, 3). Y san Pablo no duda en poner en guardia a los cristianos: Si alguno no quiere trabajar, que no coma (2Ts 3, 10) –es una buena receta para adelgazar: no trabajas, no comes–. El apóstol se refiere explícitamente al falso espiritualismo de algunos que, de hecho, viven a expensas de sus hermanos y hermanas sin hacer nada (2Ts 3, 11). El compromiso del trabajo y la vida del espíritu, en la concepción cristiana, no están de ninguna manera en contraste entre sí. Es importante comprender bien esto. Oración y trabajo pueden y deben ir de la mano, en armonía, como enseña san Benito. La falta de trabajo perjudica al espíritu, como la ausencia de oración hace daño también a la actividad práctica.
Trabajar –repito, de mil maneras– es propio de la persona humana y expresa su dignidad de ser creada a imagen de Dios. Por ello se dice que el trabajo es sagrado. Y por este motivo la gestión del trabajo es una gran responsabilidad humana y social, que no se puede dejar en manos de unos pocos o de un mercado divinizado. Causar una pérdida de puestos de trabajo significa provocar un grave daño social. Me entristece cuando veo que hay gente sin trabajo, que no encuentra trabajo y no tiene la dignidad de llevar el pan a casa. Y me alegro mucho cuando veo que los gobernantes hacen numerosos esfuerzos para crear puestos de trabajo y tratar que todos tengan un trabajo. El trabajo es sagrado, el trabajo da dignidad a una familia. Tenemos que rezar para que no falte el trabajo en una familia.
Por lo tanto, también el trabajo, como la fiesta, forma parte del proyecto de Dios Creador. En el libro del Génesis, el tema de la tierra como casa-jardín, confiada al cuidado y al trabajo del hombre (Gn 2, 8.15), lo anticipa un pasaje muy conmovedor: El día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo; pero un manantial salía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo (Gn 2, 4b-6). No es romanticismo, es revelación de Dios; y nosotros tenemos la responsabilidad de comprenderla y asimilarla en profundidad. La encíclica Laudato si?, que propone una ecología integral, contiene también este mensaje: la belleza de la tierra y la dignidad del trabajo fueron hechas para estar unidas. Ambas van juntas: la tierra llega a ser hermosa cuando el hombre la trabaja. Cuando el trabajo se separa de la alianza de Dios con el hombre y la mujer, cuando se separa de sus cualidades espirituales, cuando es rehén de la lógica del beneficio y desprecia los afectos de la vida, el abatimiento del alma contamina todo: también el aire, el agua, la hierba, el alimento... La vida civil se corrompe y el hábitat se arruina. Y las consecuencias golpean sobre todo a los más pobres y a las familias más pobres. La organización moderna del trabajo muestra algunas veces una peligrosa tendencia a considerar a la familia un estorbo, un peso, una pasividad para la productividad del trabajo. Pero preguntémonos: ¿qué productividad? ¿Y para quién? La así llamada ciudad inteligente es indudablemente rica en servicios y organización; pero, por ejemplo, con frecuencia es hostil a los niños y a los ancianos.
En algunas ocasiones, quien proyecta se interesa en la gestión de la fuerza-trabajo individual, que se ha de acoplar y utilizar o descartar según la conveniencia económica. La familia es un gran punto de verificación. Cuando la organización del trabajo la tiene como rehén, o incluso dificulta su camino, entonces estamos seguros de que la sociedad humana ha comenzado a trabajar en contra de sí misma.
Las familias cristianas reciben de esta articulación un gran desafío y una gran misión. Ellas llevan en sí los valores fundamentales de la creación de Dios: la identidad y el vínculo del hombre y la mujer, la generación de los hijos, el trabajo que cuida la tierra y hace habitable el mundo. La pérdida de estos valores fundamentales es una cuestión muy seria, y en la casa común ya hay demasiadas grietas. La tarea no es fácil. A las asociaciones de las familias a veces les puede parecer que están como David ante Goliat... ¡pero sabemos cómo acabó ese desafío! Se necesita fe y astucia. Que Dios nos conceda acoger su llamada con alegría y esperanza, en este momento difícil de nuestra historia, la llamada al trabajo para dar dignidad a sí mismos y a la propia familia.

Del Papa Benedicto XVI
ÁNGELUS, Domingo 8 de julio de 2012
Queridos hermanos y hermanas:
Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "quedaban asombrados" por su sabiduría y, dado que lo conocían como el "hijo de María", el "carpintero" que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf. Mc 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret "ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos" (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús –como se dice– se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús "se admiraba de su falta de fe" (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.
Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo B. Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario
Los profetas y la conversión del corazón
2581 Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser el lugar donde aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de "la proposición", todos estos signos de la Santidad y de la Gloria de Dios, Altísimo pero muy cercano, eran llamadas y caminos de la oración. Sin embargo, el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del Destierro.
2582 Elías es el padre de los profetas, "de la raza de los que buscan a Dios, de los que persiguen su Faz" (Sal 24, 6). Su nombre, "El Señor es mi Dios", anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el Monte Carmelo (cf 1R 18, 39). Santiago nos remite a él para incitarnos a orar: "La oración ferviente del justo tiene mucho poder" (St 5, 16b-18).
2583 Después de haber aprendido la misericordia en su retirada al torrente de Kérit, aprende junto a la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la viuda (cf 1R 17, 7-24).
En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto "a la hora de la ofrenda de la tarde": "¡Respóndeme, Señor, respóndeme!" son las palabras de Elías que repiten exactamente las liturgias orientales en la epíclesis eucarística (cf 1R 18, 20-39).
Finalmente, repitiendo el camino del desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se recoge como Moisés "en la hendidura de la roca" hasta que "pasa" la presencia misteriosa de Dios (cf 1R 19, 1-14; Ex 33, 19-23). Pero solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de Dios está en la rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf 2Co 4, 6).
2584 En el "cara a cara" con Dios, los profetas sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un litigio o una queja, siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cf Am 7, 2. 5; Is 6, 5. 8. 11; Jr 1, 6; Jr 15, 15 - 18; Jr 20, 7–18).
Cristo, el profeta
436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo "Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de él. Este era el caso de los reyes (cf. 1S 9, 16; 1S 10, 1; 1S 16, 1. 12-13; 1R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; Za 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
La perseverancia en la fe
162 La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1Tm 1, 18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9, 24; Lc 17, 5; Lc 22, 32); debe "actuar por la caridad" (Ga 5, 6; cf. St 2, 14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15, 13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.
El poder se hace perfecto en la debilidad
268 De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que es esa omnipotencia universal, porque Dios, que ha creado todo (cf. Gn 1, 1; Jn 1, 3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6, 9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando "se manifiesta en la debilidad" (2Co 12, 9; cf. 1Co 1, 18).
273 Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2Co 12, 9; Flp 4, 13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que "nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) y pudo proclamar las grandezas del Señor: "el Poderoso ha hecho en mi favor maravillas, Santo es su nombre" (Lc1, 49).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1Co 12, 9. 28. 30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Co 12, 9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).

Se dice Credo Dicitur Credo
Oración de los fieles
218. Oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre.
- Por la santa Iglesia, extendida por todo el universo: para que Dios le conceda la paz, la libertad y la unidad. Roguemos al Señor.
- Por nuestra patria y por los gobernantes de todas las naciones: para que Dios dirija sus pensamientos y decisiones hacia la paz verdadera. Roguemos al Señor.
- Por todos los hombres: para que Dios Padre todopoderoso purifique el mundo de todo error, proteja a los pobres, cure las enfermedades, aleje el hambre, conceda el retorno a los desterrados, empleo a los parados y puerto seguro a los navegantes. Roguemos al Señor.
- Por los que todavía no creen en Cristo: para que, iluminados por el Espíritu Santo, encuentren el camino de salvación. Roguemos al Señor.
- Por nuestros familiares amigos y enfermos, y cuantos no han podido acudir con nosotros a esta santa asamblea: para que Dios nuestro Señor escuche sus súplicas y cumpla sus deseos, y así ellos experimenten la alegría de la divina misericordia. Roguemos al Señor.
Dios todopoderoso y eterno, que salvas a todos los hombres y no quieres que ninguno perezca; escucha la oración de tu pueblo y haz que el mundo avance por los caminos de la justicia y que tu Iglesia te sirva en paz. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Que la oblación consagrada a tu nombre nos purifique, Señor, y nos lleve, de día en día, a participar en la vida del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Oblátio nos, Dómine, tuo nómini dicáta puríficet, et de die in diem ad caeléstis vitae tránsferat actiónem. Per Christum.
PREFACIO IV DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO
Las etapas de la historia de la salvación en Cristo
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque él, con su nacimiento, renovó la vieja condición humana; con su pasión destruyó nuestro pecado; al resucitar de entre los muertos, nos aseguró el acceso a la vida eterna; y en su ascensión al Padre, abrió las puertas del cielo.
Por eso, con los ángeles y la multitud de los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO IV DE DOMINICIS PER ANNUM
De historia salutis
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Ipse enim nascéndo vetustátem hóminum renovávit, patiéndo delévit nostra peccáta, aetérnae vitae áditum praestitit a mórtuis resurgéndo, ad te Patrem ascendéndo caeléstes iánuas reserávit.
Et ídeo, cum Angelórum atque Sanctórum turba, hymnum laudis tibi cánimus, sine fine dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. PREX EUCHARÍSTICA III.
Antífona de comunión Sal 33, 9
Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.
O bien: Cf. Mt 11, 28
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.
Antiphona ad communionem Ps 33, 9
Gustáte et vidéte, quóniam suávis est Dóminus; beátus vir, qui sperat in eo.
Vel: Mt 11, 28
Veníte ad me, omnes qui laborátis et oneráti estis, et ego refíciam vos, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Colmados de tan grandes bienes, concédenos, Señor, alcanzar los dones de la salvación y no cesar nunca en tu alabanza. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Tantis, Dómine, repléti munéribus, praesta, quaesumus, ut et salutária dona capiámus, et a tua numquam laude cessémus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 9 de julio
S
antos Agustín Zhao Rong, presbítero, Pedro Sans i Jordá, obispo, y compañeros, mártires
, que en distintos lugares de China y en distintos tiempos fueron testigos del Evangelio de Cristo con sus palabras y con sus obras, y, por haber predicado y confesado la fe, sufrieron persecución, mereciendo por ello pasar al banquete eterno de la gloria (ss. XVII/XVIII). (Los nombres de los compañeros son: santos obispos Luis Versiglia, Antonio Fantosati, Francisco Fogolla, Gabriel Taurino Dufresse y Gregorio Grassi; los presbíteros Cesidio Giacomantonio, Elía Facchini, Juan de Triora (Francisco María) Lantrua, José María Gambaro, Teodorico Balat, de la Orden de Hermanos Menores; Francisco Díaz del Rincón, Francisco Fernández de Capillas, Francisco Serrano, Joaquín Royo, Juan Alcober, de la Orden de Predicadores; León Ignacio Mangín, Modesto Andlauer, Pablo Denn, Remigio Isoré, de la Compañía de Jesús; Alberico Crescitelli, del Instituto Pontificio de Misiones Extranjeras; Augusto Chapdelaine y Juan Pedro Néel, de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París; Calisto Calavario, salesiano; Francisco Regis Clet, de la Congregación de la Misión; Pablo Liu Hanzuo y Tadeo Liu Ruiting; también María Paz (María Ana) Giulani, María de Santa Natalia (Juana María) Kerguin, María de San Justo (Ana Francisca) Moreau, María Adolfina (Ana Catalina) Dierk, María Amandina (Paulina) Jeuris, María Clara (Clelia) Nanetti, María Emellina de Jesús (Irma) Grivot, vírgenes del Instituto de Franciscanas Misioneras de María; José Zhang Wenlan y Pablo Chen Chagpin, seminaristas; Juan Wang Rui, Juan Zhang Huan, Juan Zhang Jingguang, Patricio Donng Bodi, Felipe Zhang Zhihe, Andrés Bauer, Francisco Zhang Rong, Matías Feng De, Pedro Wu Anpeng, Pedro Zahang Banniu, Simón Chen Ximan, Tomás Shen Jihe, religiosos; Jerónimo Lu Tingmei, Joaquín He Kaizhi, Juan Chen Xianheng, Juan Zhang Tianshen, José Zhang Dapeng, Lorenzo Wang Bing, Lucía Yi Zhenmei, Martín Wu Xuesheng, Pedro Liu Wenyuan, Pedro Wu Guosheng, catequistas; y Águeda Lin Zhao, Inés Cao Kuiying, Andrea Wang Tianquing, Ana An Jiaozhi, Ana An Xinzhi, Ana Wang, Bárbara Cui Lianzhi, Isabel Qin Bianzhi, Santiago Yan Guodong, Santiago Zhao Quanxin, Juan Bautista Lou Tingyin , Juan Bautista Wu Mantang, Juan Bautista Zhao Mingxi, Juan Bautista Zhou Wurui, Juan Wang Guixin, Juan Wu Weniyin, José Ma Taishun, José Wang Guiji, José Wang Yumei, José Yuan Gengyin, José Yuan Zaide, Lang Yangzhi, Lorenzo Bai Xiaoman, Lucía Wang Cheng, Lucía Wang Wangzhi, Magdalena Du Fengju, Marcos Ji Tianxiang, María An Guozhi, María An Lihua, María Du Tianshi, María Du Zhaozhi, María Fan Kun, María Fu Guilin, María Guo Lizhi, María Qi Yu, María Wang Lizhi, María Zhao Guozhi, María Zhao, María Zheng Xu, María Zhou Wuzhi, Marta Wang Louzhi, Pablo Ke Tingzhu, Pablo Lang Fu, Pablo Liu Jinde, Pablo Wu Juan, Pablo Wu Wanshu, Pedro Li Quanhui, Pedro Liu Ziyu, Pedro Wang Erman, Pedro Wang Zuolong, Pedro Zhao Mingzhen, Pedro Zhou Rixin, Ramón Li Quanzhen, Rosa Chen Aixie, Rosa Fan Hui, Rosa Zhao, Simón Qin Chunfu, Teresa Chen Jinxie, Teresa Zhang Hezhi, Xi Guizi y Zhang Huailu, seglares.)
2*. En Reggio, de la Emilia, beata Juana Scopelli, virgen, de la Orden Carmelitana, que, con los donativos recibidos de sus conciudadanos, fundó un monasterio y con su oración consiguió proporcionar pan a sus hermanas en el refectorio (1491).
3*. En Londres, en Inglaterra, beato Adriano Fortescue, mártir, padre de familia y caballero, que, habiendo sido acusado calumniosamente de traición, fue encarcelado dos veces y finalmente decapitado, siendo rey Enrique VIII (1539).
4. En Brielle, a orillas del río Mosa, en Holanda, pasión de los santos mártires Nicolás Pieck, presbítero, y de sus diez compañeros religiosos de la Orden de los Hermanos Menores y ocho del clero diocesano o regular, todos los cuales, por defender la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la autoridad de la Iglesia Romana, fueron sometidos por los calvinistas a toda clase de escarnios y tormentos, terminando ahorcados finalmente su combate (1572). (El nombre del resto son: santos Jerónimo de Weert, Teodorico van der Eem, Nicasio de Heeze, Willechadus de Dania, Godefrido Coart de Melveren, Antonio d'Hoornaert, Antonio de Weert y Francisco de Roye, presbíteros de la Orden de los HermanosMenores, y Pedro van der Slagmolen d´Assche y Cornelio de Wijk-bij-Duurstede, religiosos de la misma Orden; Juan Lenaerts, canónigo regular de San Agustín; Juan Coloniense, presbítero de la Orden de Predicadores; Adriano d´Hilvarenbeek, Santiago Lacops, presbítero de la Orden Premostratense; Leonardo Vechel, Nicolás Poppel, Godefrido van Duynen, Andrés Wouters, presbíteros.)
5. En Città del Castello, de la Umbría, santa Verónica Giuliani, abadesa de la Orden de las Clarisas Capuchinas, quien, dotada de singulares carismas, participó corporal y espiritualmente de la pasión de Cristo, siendo por ello encerrada y vigilada durante cincuenta días, dando siempre pruebas de admirable paciencia y obediencia (1685).
6*. En Orange, ciudad de la Provenza, en Francia, beatas Melania y María Ana Magdalena de Guilhermier y María Ana Margarita de los Ángeles de Rocher, vírgenes de la Orden de Santa Úrsula, mártires durante la Revolución Francesa (1794).
7. En la ciudad de Kouy-Yang, en la provincia de Guizhou, en China, san Joaquín He Kaizhi, catequista y mártir, estrangulado por mantener su fe en Cristo (1839).
8. En la ciudad de Tai-Juan-Fou, en la provincia de Shanxi, también en China, pasión de los santos mártires Gregorio Grassi y Francisco Fogolla, obispos de la Orden de los Hermanos Menores, y de otros veinticuatro compañeros, que durante la persecución llevada a cabo por el movimiento de los Yihetuan fueron asesinados en odio al nombre cristiano (1900). (Los nombres de los 24 compañeros son: santos Elías Facchini, Teodorico Balat, presbíteros, y Andrés Bauer, religioso, de la Orden de los Hermanos Menores; María Ermellina de Jesús (Irma) Grivot, María Paz (María Ana) Giuliani, María Clara (Clelia) Nanetti, María de Santa Natalia (Juana María) Kerguin, María de San Justo (Ana Francisca) Moreau, María Adolfina (Ana Catalina) Dierk, María Amandina (Paulina) Jeuris, Religiosas del Instituto de las Franciscanas Misioneras de María; y también Juan Zhang Huan, Patricio Dong Bodi, Felipe Zhang Zhihe, Juan Zhang Jingguang, Juan Wang Rui, Tomás Shen Jihe, Simón Chen Ximan, Pedro Wu Anpeng, Francisco Zhang Rong, Matías Feng De, Santiago Yan Guodong, Pedro Zhang Banniu, Santiago Zhao Quanxin y Pedro Wang Erman.)
9*. En Paulópolis, ciudad de Brasil, beata Paulina del Corazón de Jesús Agonizante (Amábilis) Wisenteiner, virgen, la cual, habiendo venido de Italiaal Brasil siendo aún niña, abrazada la vida religiosa fundó la Congregación de Hermanitas de la Inmaculada Concepción, para atender a enfermos y pobres, a los que, pasando muchos trabajos y penalidades, sirvió con gran humildad y en asidua oración (1942).
10*. En el campo de concentración de Dachau, cercano a Munich, de Baviera, en Alemania, beato Fidel Chijnacki, religioso de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, mártir, el cual, expatriado de Polonia en tiempo de guerra, fue internado en dicho campo por haber confesado a Cristo, siendo martirizado con terribles tormentos, por lo que mereció la gloria eterna (1942).
11*. En Roma, beata María de Jesús Crucificado Petkovic, virgen, que habiendo nacido en Blato, en la isla de Korcula, en Croacia, se dedicó a la oración y a las obras de misericordia, y para servir especialmente a los pobres, enfermos y abandonados, fundó la Congregación de las Hijas de la Misericordia, que agregó a la Tercera Orden de San Francisco (1966).