domingo, 10 de junio de 2018

Domingo 15 julio 2018, XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B.

SOBRE LITURGIA

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro, Miércoles, 6 de junio de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo la reflexión sobre el sacramento de la confirmación, consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a convertirse, a su vez, en don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unción con el óleo, dice: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y hace fructificar, para que nosotros podamos darlo a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y tener las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dar a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo, por tanto, descentrarse de nuestro yo para abrirse al «nosotros» de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: nosotros somos un instrumento de ese don para los demás.

Completando en los bautizados la similitud con Cristo, la confirmación les une más fuertemente como miembros vivos al cuerpo místico de la Iglesia (cf. Rito de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la aportación de todos aquellos que son parte. Alguno piensa que en la Iglesia hay patrones: el Papa, los obispos, los sacerdotes, y después está el resto. No: ¡la Iglesia somos todos! Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de cuidar de los demás. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. De hecho debemos pensar en la Iglesia como un organismo vivo, compuesto por personas que conocemos y con las que caminamos, y no como una realidad abstracta y lejana.

La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que hoy estamos en esta plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La confirmación vincula a la Iglesia universal dispersa por toda la tierra, implicando activamente a los confirmados en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, con el obispo a la cabeza, que es el sucesor de los apóstoles. Y por esto el obispo es el ministro originario de la confirmación (cf. Lumen gentium, 26), porque él incluye en la Iglesia al confirmado. El hecho de que, en la Iglesia latina, este sacramento sea ordinariamente conferido por el obispo pone de relieve que «tiene como efecto unir a los que lo reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1313). Y esta incorporación eclesial está bien significada por el signo de paz que concluye el rito de la crismación. El obispo dice, de hecho, a cada confirmado: «La paz sea contigo». Recordando el saludo de Cristo a los discípulos la tarde de Pascua, colmada de Espíritu Santo (cf. Juan 20, 19-23) —hemos escuchado—, estas palabras iluminan un gesto que «expresa la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles» (cf. CIC, 1301). Nosotros, en la confirmación, recibimos al Espíritu Santo y la paz: aquella paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: cada uno que piense en la propia comunidad parroquial, por ejemplo. Está la ceremonia de la confirmación y después nos damos la paz: el obispo la da al que se confirma y después en la misa, la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero después, ¿qué sucede? Salimos y comenzamos a hablar mal de los demás, a «despellejar» a los demás. Comenzamos los chismorreos. Y los chismorreos son guerras. ¡Esto no funciona! Si nosotros hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, debemos ser hombres y mujeres de paz y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo, el trabajo que tiene con nosotros, con esta costumbre del chismorreo! Pensad bien: el chisme no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chisme destruye lo que hace Dios.

Pero por favor: ¡paremos de chismorrear! La confirmación se recibe una sola vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo.

No terminaremos nunca de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen perfume de una vida santa, inspirada por la fascinante sencillez del Evangelio. Nadie recibe la confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar en el crecimiento espiritual de los demás.

Solo así, abriéndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrar a los hermanos, podemos realmente crecer y no solo engañarnos con hacerlo. Cuanto recibimos como don de Dios debe ser, de hecho, donado —el don es para donar— para que sea fecundo y que no sea, en cambio, sepultado por temores egoístas, como enseña la parábola de los talentos (cf. Mateo 25, 14-30). También la semilla, cuando tenemos la semilla en la mano pero no está para meterlo allí, en el armario, dejarlo allí: está para sembrarlo.

El don del Espíritu Santo debemos darlo a la comunidad. Exhorto a los que se van a confirmar a que no «enjaulen» al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. Que el Espíritu Santo nos conceda a todos nosotros el coraje apostólico de comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras a cuantos encontramos en nuestro camino.

Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: aquellas que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen.

Por favor, cuando salgáis de la iglesia pensad que la paz recibida es para darla a los demás: no para destruirla con el chismorreo.

No olvidéis esto.

CALENDARIO

15 + XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. I (B).
- Am 7, 12-15. Ve, profetiza a mi pueblo.
- Sal 84. R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
- Ef 1, 3-14. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo.
- Mc 6, 7-13. Los fue enviando.

Dios nos eligió en Cristo antes de crear el mundo para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor y nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos (2 lect.). Esta cercanía de nosotros con el Señor la mantendremos por la oración, los sacramentos y la caridad con el prójimo. Jesús escogió a los apóstoles para que estuvieran siempre con Él y enviarlos a predicar. Es lo que nos presenta el Ev. de hoy, cuando los fue enviando de dos en dos, desde la pobreza de llevar lo imprescindible, para no distraerse de su misión de predicar la conversión, echando demonios y curando enfermos al ungirlos con aceite. Aquí encontramos el origen del sacramento de la unción de los enfermos.

* Hoy no se permiten las misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 16 de julio, pág. 422.
CALENDARIOS: Canarias-Fuerteventura: San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia (S).
Cuenca: Aniversario de la muerte de Mons. José Guerra Campos, obispo, emérito (1997).

TEXTOS MISA

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINICA XV PER ANNUM
Antífona de entrada Cf. Sal 16, 15
Yo aparezco ante ti con la justicia, y me saciaré mientras se manifestará tu gloria.
Antiphona ad introitum Cf. Ps 16, 15
Ego autem cum iustítia apparébo in conspéctu tuo; satiábor dum manifestábitur glória tua.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excelsis.
Oración colecta
Oh, Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al camino, concede a todos los que se profesan cristianos rechazar lo que es contrario a este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, qui errántibus, ut in viam possint redíre, veritátis tuae lumen osténdis, da cunctis qui christiána professióne censéntur, et illa respúere, quae huic inimíca sunt nómini, et ea quae sunt apta sectári. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B (Lec. I B).

PRIMERA LECTURA Am 7, 12-15
Ve, profetiza a mi pueblo
Lectura de la profecía de Amós.

En aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, dijo a Amós:
«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino». Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 84, 9abc y 10. 11-12. 13-14 (R.: 8)
R.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Osténde nobis, Dómine, misericórdiam tuam, et salutáre tuum da nobis.

V. Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Osténde nobis, Dómine, misericórdiam tuam, et salutáre tuum da nobis.

V. La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Osténde nobis, Dómine, misericórdiam tuam, et salutáre tuum da nobis.

V. El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Osténde nobis, Dómine, misericórdiam tuam, et salutáre tuum da nobis.

SEGUNDA LECTURA (forma larga) Ef 1, 3-14
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él, por su sangre, tenemos la redención,
el perdón de los pecados,
conforme a la riqueza de la gracia
que en su sabiduría y prudencia
ha derrochado sobre nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad:
el plan que había proyectado realizar por Cristo,
en la plenitud de los tiempos:
recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
En él hemos heredado también los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías.
En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad —el evangelio de vuestra salvación—, creyendo en él habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido. Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

SEGUNDA LECTURA (forma breve) Ef 1, 3-10
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él, por su sangre, tenemos la redención,
el perdón de los pecados,
conforme a la riqueza de la gracia
que en Su sabiduría y prudencia
ha derrochado sobre nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad:
el plan que había proyectado realizar por Cristo,
en la plenitud de los tiempos:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Cf. Ef 1, 17-18
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama. R. Pater Dómini nostri Iesu Christi illúminet óculos cordis nostri, ut scíamus quæ sit spes vocatiónis nostræ.

EVANGELIO Mc 6, 7-13
Los fue enviando
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos». Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
Homilía en santa Marta, Jueves 5 de febrero de 2015
Yo cuidaré de ti
La verdadera misión de la Iglesia no es poner en funcionamiento una eficiente máquina de ayudas, siguiendo el modelo de una ONG. El perfil del apóstol -que anuncia con sencillez y pobreza el Evangelio con el único auténtico poder que viene de Dios- se reconoce, en cambio, en la clara expresión de Jesús a los discípulos que volvían felices de la misión: «somos siervos inútiles». Y, así, el Papa -en la misa celebrada el jueves 5 de febrero, en la capilla de la Casa Santa Marta- reafirmó que la verdadera «misión de la Iglesia es curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, perdona todo, es padre, Dios es afectuoso y nos espera siempre».
En el pasaje evangélico de Marcos (Mc 6, 7-13) propuesto por la liturgia, recordó el Pontífice, «hemos escuchado cómo Jesús llama a sus discípulos» y los envía a «llevar el Evangelio: es Él quien llama». El Evangelio dice «que los llamó, los envió y les dio autoridad: en la vocación de los discípulos, el Señor da el poder: el poder de expulsar los espíritus impuros para liberar, para curar. Este es el poder que da Jesús». Él, en efecto, «no da el poder de proyectar o hacer grandes empresas»; sino «el poder, el mismo poder que tenía Él, el poder que Él había recibido del Padre, se lo entrega». Y lo hace con un «consejo claro: id en comunidad, pero para el viaje no llevéis nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero: ¡siendo pobres!».
«El Evangelio -afirmó el Papa Francisco- es tan rico y tan poderoso que no necesita formar grandes compañías, grandes empresas para ser anunciado». Porque el Evangelio «se debe anunciar siendo pobres, y el verdadero pastor es el que va como Jesús: pobre, a anunciar el Evangelio, con ese poder». Y «cuando el Evangelio se custodia con esta sencillez, con esta pobreza, se ve claramente que la salvación no es una teología de la prosperidad» sino que «es un don, el mismo don que Jesús había recibido para darlo».
El Papa Francisco volvió a proponer «esa escena tan hermosa de la sinagoga, cuando Jesús se presenta a los suyos: “He sido enviado para traer la salvación, para traer la buena noticia a los pobres, a los presos la liberación, a los ciegos el don de la vista. La liberación a todos los que están oprimidos y para anunciar el año de gracia, el año de alegría”». Precisamente este, dijo, «es el objetivo del anuncio evangélico, sin muchas cosas extrañas, mundanas». Jesús «envía así».
Y -se preguntó- «¿qué manda hacer» a los discípulos? ¿Cuál es su programa pastoral?». Sencillamente el de «atender, curar, levantar, liberar, expulsar los demonios: este es el programa sencillo». Que coincide, destacó el Papa Francisco, con «la misión de la Iglesia: la Iglesia que atiende, que cura». Tanto es así, recordó, que «algunas veces hablé de la Iglesia como de un hospital de campaña: ¡es verdad! ¡Cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas!».
Por lo tanto, continuó el Papa, «esta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es padre, que Dios es afectuoso, que Dios nos espera siempre».
De su misión, destacó el Pontífice refiriéndose al Evangelio de Lucas (Lc 10, 17-20), «los discípulos volvieron felices» porque «no creían ser capaces de poder lograrlo». Y «decían al Señor: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”». Estaban justamente «felices porque este poder de Jesús, realizado con sencillez, con pobreza, con amor, daba buen resultado».
Precisamente la frase que los discípulos felices dirigieron a Jesús, según lo relatado en el Evangelio, «nos explica todo». Ellos decían: «Hemos hecho esto, y esto, y esto, y esto...». Así, después de escucharlos, Jesús cerró los ojos y dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo». Un frase que revela cuál es «la guerra de la Iglesia: es verdad, tenemos que recoger ayudas y formar organizaciones que ayuden porque el Señor nos da los dones para esto»; pero, advirtió el Papa, «cuando olvidamos esta misión, olvidamos la pobreza, olvidamos el celo apostólico y ponemos la esperanza en estos medios, la Iglesia lentamente cae hacia una ONG y se convierte en una hermosa organización: poderosa pero no evangélica, porque falta ese espíritu, esa pobreza, esa fuerza de sanar».
Hay algo más: al regresar, Jesús lleva consigo a los discípulos «a descansar un poco, a pasar un día en el campo, a comer bocadillos con un refresco». En definitiva, el Señor quería «pasar juntos un poco de tiempo para festejar». Y juntos hablan de la misión que acababan de realizar. Pero Jesús no les dice: «Sois geniales. En la próxima salida, ahora, organizad mejor las cosas». Se limita a recomendar: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “somos siervos inútiles”» (Lc 17, 10).
En estas palabras del Señor, destacó el Papa Francisco, está el perfil del apóstol. Y, en efecto, «¿cuál sería la alabanza más bella para un apóstol?». He aquí la respuesta: «Ha sido un obrero del reino, un trabajador del reino». Precisamente «esta es la alabanza más grande, porque va por este camino del anuncio de Jesús, va a curar, a custodiar, a proclamar esta buena noticia y este año de gracia. A hacer que el pueblo vuelva a encontrar al Padre, a llevar la paz al corazón de la gente».
Como conclusión, el Papa invitó a leer este pasaje del Evangelio, subrayando «cuáles son las cosas más importantes para Jesús, para el anuncio del Evangelio: son estas, estas pequeñas virtudes». Y «luego es Él, es el Espíritu Santo quien lo hace todo».

Del Papa Benedicto XVI
Ángelus, Domingo 15 de julio de 2012
Queridos hermanos y hermanas:
Veo que me habéis perdonado el retraso. He celebrado la santa misa en Frascati y nos hemos alargado un poco, tal vez..., y por eso llego con retraso.
En el calendario litúrgico el 15 de julio es la memoria de san Buenaventura de Bagnoregio, franciscano, doctor de la Iglesia, sucesor de san Francisco de Asís en la guía de la Orden de los Frailes Menores. Escribió la primera biografía oficial del "Poverello" y al final de su vida fue también obispo de esta diócesis de Albano. En una carta suya, Buenaventura escribe: "Confieso ante Dios que la razón que me ha hecho amar más la vida del beato Francisco es que ésta se parece a los inicios y al crecimiento de la Iglesia" (Epistula de tribus quaestionibus, in Opere di San Bonaventura. Introducción general, Roma 1990, p. 29). Estas palabras nos remiten directamente al Evangelio de este domingo, que nos presenta el primer envío en misión de los doce apóstoles por parte de Jesús: "Llamó a los Doce –narra san Marcos– y los fue enviando de dos en dos... Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto" (Mc 6, 7-9). Francisco de Asís, después de su conversión, practicó a la letra este Evangelio, llegando a ser un testigo fidelísimo de Jesús; y asociado de modo singular al misterio de la Cruz, fue transformado en "otro Cristo", como lo presenta precisamente san Buenaventura. Toda la vida de san Buenaventura, igual que su teología, tienen como centro inspirador a Jesucristo. Esta centralidad de Cristo la encontramos en la segunda lectura de la misa de hoy (cf. Ef 1, 3-14), el célebre himno de la carta de san Pablo a los Efesios, que comienza así: "Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo". El apóstol muestra entonces cómo se ha realizado este proyecto de bendición en cuatro pasajes que empiezan todos con la misma expresión "en Él", referida a Jesucristo. "En Él" el Padre nos ha elegido antes de la creación del mundo; "en Él" hemos sido redimidos por su sangre; "en Él" hemos sido constituidos herederos, predestinados a ser "alabanza de su gloria"; "en Él" cuantos creen en el Evangelio reciben el sello del Espíritu Santo. Este himno paulino contiene la visión de la historia que san Buenaventura contribuyó a difundir en la Iglesia: toda la historia tiene como centro a Cristo, quien garantiza también novedad y renovación en cada época. En Jesús, Dios ha dicho y dado todo, pero dado que Él es un tesoro inagotable, el Espíritu Santo jamás termina de revelar y de actualizar su misterio. Por ello la obra de Cristo y de la Iglesia no retrocede nunca, sino que siempre progresa.
Queridos amigos: invoquemos a María Santísima, a quien mañana celebraremos como la Virgen del Carmen, para que nos ayude, como san Francisco y san Buenaventura, a responder generosamente a la llamada del Señor para anunciar su Evangelio de salvación con las palabras y ante todo con la vida.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo B. Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario.
Los discípulos comparten la misión curativa de Cristo
"Sanad a los enfermos… "
1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz (cf Mt 10, 38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: "Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6, 12 - 13).
1507 El Señor resucitado renueva este envío ("En mi nombre… impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien"; Mc 16, 17 - 18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre (cf. Hch 9, 34; Hch 14, 3). Estos signos manifiestan de una manera especial que Jesús es verdaderamente "Dios que salva" (cf Mt 1, 21; Hch 4, 12).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1Co 12, 9. 28. 30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Co 12, 9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).
1509 "¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10, 8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf Jn 6, 54. 58) y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1Co 11, 30).
La Iglesia está llamada a proclamar y testimoniar
El Espíritu Santo y la Iglesia
737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):
"Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí … y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él. Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual" (San Cirilo de Alejandría, Jo 12).
739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la segunda parte del Catecismo).
740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del Catecismo).
741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la cuarta parte del Catecismo).
Origen y amplitud de la misión de la Iglesia
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia
849 El mandato misionero. "La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser 'sacramento universal de salvación', por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres" (AG 1): "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20).
850 El origen la finalidad de la misión. El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: "La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre" (AG 2). El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RMi 23).
851 El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos apremia… " (2Co 5, 14; cf AA 6; RMi 11). En efecto, "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.
852 Los caminos de la misión. "El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial" (RMi 21). Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella "continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres… impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección" (AG 5). Es así como la "sangre de los mártires es semilla de cristianos" (Tertuliano, apol. 50).
853 Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también "hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio" (GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino "de la conversión y la renovación" (LG 8; cf 15) y "por el estrecho sendero de Dios" (AG 1) es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo (cf RMi 12-20). En efecto, "como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (LG 8).
854 Por su propia misión, "la Iglesia… avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios" (GS 40, 2). El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf RMi 42-47), continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, "signo de la presencia de Dios en el mundo" (AG 15), y en la fundación de Iglesias locales (cf RMi 48-49); se implica en un proceso de inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos (cf RMi 52-54), en este proceso no faltarán también los fracasos. "En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica" (AG 6).
855 La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos (cf RMi 50). En efecto, "las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida" (UR 4).
856 La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio (cf RMi 55). Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor "cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios" (AG 9). Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal "para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre" (AG 9).
La vocación para la misión
1122 Cristo envió a sus Apóstoles para que, "en su Nombre, proclamasen a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados" (Lc 24, 47). "De todas las naciones haced discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). La misión de bautizar, por tanto la misión sacramental está implicada en la misión de evangelizar, porque el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra:
"El pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo… necesita la predicación de la palabra para el ministerio de los sacramentos. En efecto, son sacramentos de la fe que nace y se alimenta de la palabra" (PO 4).
1533 El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir según el Espíritu en esta vida de peregrinos en marcha hacia la patria.
El Espíritu Santo, la promesa y el sello de Dios
693 Además de su nombre propio, que es el más empleado en el libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en San Pablo se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa(Ga 3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del Señor (2Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm 8, 9. 14; Rm 15, 19; 1Co 6, 11; 1Co 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de gloria (1P 4, 14).
698 El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto, es Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello" (Jn 6, 27) y el Padre nos marca también en él con su sello (2Co 1, 22; Ef 1, 13; Ef 4, 30). Como la imagen del sello ["sphragis"] indica el carácter indeleble de la Unción del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones teológicas para expresar el "carácter" imborrable impreso por estos tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
706 Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del Espíritu Santo formará "la unidad de los hijos de Dios dispersos" (cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32; Jn 3, 16) y al don del "Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda … para redención del Pueblo de su posesión" (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
1107 El poder transformador del Espíritu Santo en la Liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del Misterio de la salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que escucha la epíclesis de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo acogen, y constituye para ellos, ya desde ahora, "las arras" de su herencia (cf Ef 1, 14; 2Co 1, 22).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (cf Jn 6, 27). El cristiano también está marcado con un sello: "Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2Co 1, 22; cf Ef 1, 13; Ef 4, 30). Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap 7, 2-3; Ap 9, 4; Ez 9, 4-6).
María, elegida antes de la creación del mundo
492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

Se dice Credo. Dicitur Credo.
Oración de los fieles
219. Oremos en paz al Señor nuestro Dios.
- Por nuestro Santo Padre el papa N.: para que Dios le conceda vida y seguridad en el pastoreo de su pueblo. Roguemos al Señor.
- Por nuestro obispo N., por todos los obispos, sacerdotes y diáconos, por las vírgenes consagradas, por los matrimonios cristianos y por todo el pueblo santo de Dios. Roguemos al Señor.
- Por los que están en camino de conversión y por los catecúmenos de la santa Iglesia: para que Dios nuestro Señor les abra la puerta de su misericordia y los introduzca por el bautismo en la vida nueva de Cristo Jesús. Roguemos al Señor.
- Por los cristianos separados de la Iglesia, por todos los que creen en Cristo: para que Dios nuestro Señor los reúna y proteja en su única Iglesia. Roguemos al Señor.
- Por el pueblo judío: para que Dios nuestro Señor haga brillar su rostro sobre él y pueda reconocer a Jesucristo como redentor de todos los hombres. Roguemos al Señor.
Recibe, Dios eterno, las oraciones de tu Iglesia; y da cumplimiento a las peticiones de los que te suplican. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Mira Señor, los dones de tu Iglesia suplicante y concede que sean recibidos para crecimiento en santidad de los creyentes. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Réspice, Dómine, múnera supplicántis Ecclésiae, et pro credéntium sanctificatiónis increménto suménda concéde. Per Christum.
PREFACIO V DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO.
Las maravillas de la Creación
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque creaste el universo entero y estableciste el continuo retorno de las estaciones, y al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo, para que, en tu nombre, dominara la creación
y, al contemplar tus grandezas, en todo momento te alabara, por Cristo, Señor nuestro.
Por eso, te alabamos con todos los ángeles, aclamándote llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo…
PRAEFATIO V DE DOMINICIS PER ANNUM.
De creatione.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus:
Qui ómnia mundi eleménta fecísti, et vices disposuísti témporum variári; hóminem vero formásti ad imáginem tuam, et rerum ei subiecísti univérsa mirácula, ut vicário múnere dominarétur ómnibus quae creásti, et in óperum tuórum magnálibus iúgiter te laudáret, per Christum Dóminum nostrum.
Unde et nos cum ómnibus Angelis te laudámus, iucúnda celebratióne clamántes:
Santo, Santo, Santo...
PLEGARIA EUCARÍSTICA I o CANON ROMANO. PREX EUCHARÍSTICA I seu CANON ROMANUS.
Antífona de la Comunión Cf. Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.
O bien: Cf. Jn 6, 56
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor.
Antiphona ad communionem Cf. Ps 83, 4-5
Passer invénit sibi domum et turtur nidum, ubi repónat pullos suos. Altária tua, Dómine virtútum, Rex meus, et Deus meus! Beáti qui hábitant in domo tua, in saeculum saeculi laudábunt te.
Vel: Jn 6, 57
Qui mandúcat meam carnem et bibit meum sánguinem, in me manet et ego in eo, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Después de recibir estos dones, te pedimos, Señor, que aumente el fruto de nuestra salvación con la participación frecuente en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Sumptis munéribus, quaesumus, Dómine, ut, cum frequentatióne mystérii, crescat nostrae salútis efféctus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 16 de julio
M
emoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, monte en el que Elías consiguió que el pueblo de Israel volviese a dar culto al Dios vivo y en el que, más tarde, algunos, buscando la soledad, se retiraron para hacer vida eremítica, dando origen con el correr del tiempo a una orden religiosa de vida contemplativa, que tiene como patrona y protectora a la Madre de Dios.
2. En Anastasiópolis, de Galacia, san Antíoco, mártir, hermano de san Platón (s. III/IV).
3. En Sebaste, de Armenia, san Atenógenes, corepíscopo y mártir, que dejó a sus discípulos un himno en el que habla de la divinidad del Espíritu Santo, y que fue arrojado al fuego por ser cristiano (c. 305).
4*. En la isla de Jersey, en el mar Británico, san Helerio, ermitaño, martirizado por unos piratas, según la tradición (s. VI).
5*. En Maastricht, en la ribera del Mosa, de Brabante, en Austrasia, santos Monulfo y Gondulfo, obispos (s. VI/VII).
6. En Saintes (o Xantes), en Hainaut, santos mártires Reinildis, virgen, Grimoaldo y Gondulfo, los cuales, según cuenta la tradición, fueron asesinados por unos salteadores (c. 680).
7. En la ciudad de Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, san Sisenando, diácono y mártir, decapitado por los sarracenos por su fe en Cristo (651).
8*. En el monasterio de Frauenwörth, junto al lago Chiemsee, en Baviera, beata Irmengardis, abadesa, que desde su más tierna infancia, despreciando el esplendor de la corte, se entregó al servicio de Dios, consiguiendo que otras muchas vírgenes siguieran al Cordero (866).
9*. Pasión del beato Simón da Costa, hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, que fue martirizado por odio a la Iglesia en la nave “San Jacobo”, un día después que los otros religiosos con los que iba (1570).
10*. En el monasterio de la Santa Cruz de Viana do Castelo, en Portugal, beato Bartolomé de los Mártires Fernandes, obispo de Braga, que eximio por la integridad de su vida, se distinguió por la caridad en el cuidado pastoral de su grey, dejando muchos escritos de sólida doctrina (1590).
11*. En Warwick, en Inglaterra, beatos Juan Sugar, presbítero, y Roberto Grissold, mártires, el primero de ellos por haber entrado en Inglaterra siendo sacerdote, y el segundo por haberle prestado ayuda, por lo cual ambos fueron cruelmente atormentados, alcanzaron la palma del martirio en tiempo de Jacobo I (1604).
12*. En la ciudad de Cunhaú, cerca de Natal, en Brasil, beatos Andrés de Soveral, presbítero de la Compañia de Jesús, y Domingo Carvalho, mártires, que dolosamente encerrados en la iglesia cuando celebraban la Misa, tanto ellos como un grupo de fieles fueron cruelmente asesinados por unos soldados (1645).
13*. Frente a Rochefort, en la costa de Francia, beatos Nicolás Savou-ret, de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, y Claudio Béguignot, cartujo, presbíteros y mártires, que durante la Revolución Francesa, por odio al sacerdocio, fueron encerrados en una nave convertida en cárcel, en la que enfermaron y murieron (1794).
14*. En Orange, también en Francia, beatas Aimée de Jesús (María Rosa) de Gordon y otras seis religiosas (Sus nombres son: beatas María de Jesús (Margarita Teresa) Charansol, María Ana de San Joaquín Béguin-Royal, María Ana de San Miguel Doux, María Rosa de San Andrés Laye, Dorotea del Corazón de María y Magdalena del Santísimo Sacramento) de Justamont., vírgenes y mártires, que durante la misma revolución fueron decapitadas por haberse negado a renunciar a la vida religiosa, recibiendo con alegría la palma del martirio (1794).
15. En Saint-Sauveur-le-Vicomte, pueblo de Normandía, en Francia, santa María Magdalena Postel, virgen, la cual, durante la misma revolución, al haber sido expulsados todos los sacerdotes, prestó toda clase de servicios a los enfermos y, en general, a todos los fieles. Vuelta la paz, fundó en la más completa pobreza la Congregación de las Hijas de la Misericordia, para la formación de las jóvenes pobres (1846).
16. En Lüjiapo, lugar de Qinghe, en la provincia china de Hebei, santos Lang Yangzhi, catecúmena, y su hijo Pablo Lang Fu, mártires, que en la persecución desencadenada por el movimiento de los Yihetuan, a causa de haber profesada públicamente su fe cristiana, ambos murieron consumidos por el fuego dentro de su casa, que había sido incendiada (1900).
17. En Zhangjiaji, pueblo de Ningjin, también en la provincia china de Hebei, santa Teresa Zhang Hezhi, mártir, que durante la misma persecución, habiendo sido llevada a una pagoda pagana, se negó a adorar a los ídolos, por lo que ella y sus dos hijos fueron alanceados (1900).