martes, 15 de mayo de 2018

Exequias ante la urna de las cenizas.

Ritual de Exequias. Extracto (2017)

CAPÍTULO IV. CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS ANTE LA URNA DE LAS CENIZAS

1. Recibimiento de las cenizas en el atrio de la iglesia

El ministro, junto a la puerta de la iglesia, saluda a los familiares del difunto con las siguientes palabras u otras parecidas:
Queridos familiares [y amigos]: En este momento de dolor en que os ha sumido la muerte de N., con quien habéis convivido largos años y a quien tanto amabais, la Iglesia os recibe y quiere reanimar y fortalecer vuestra esperanza. Confiad en Dios, que él os ayudará; esperad en él, y os allanará el camino.

A continuación, se introduce en la iglesia con la urna de las cenizas y se pone ante el altar; junto a la urna, se puede colocar el cirio pascual. Situados los fami­liares del difunto en sus lugares, el ministro saluda a la asamblea, diciendo:
El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Luego, se dirige a los fieles reunidos en la iglesia con las siguientes palabras u otras parecidas:
Hermanos: Nos hemos reunido hoy, en un momento especial­mente triste y doloroso, en primer lugar para confesar, ante las cenizas de nuestro hermano (nuestra hermana) N., nuestra fe en que la vida no termina con la muerte del cuerpo. Y tam­bién para rodear con nuestro afecto y con nuestra plegaria a unos amigos que están tristes por la muerte de aquel (aquella) a quien amaban. Y, finalmente, para pedir a Dios que perdone las culpas que, durante su vida, cometió nuestro hermano (nuestra hermana) que acaba de morir. Que el Señor escuche nuestras plegarias y se compadezca ante las lágrimas de los que lloran.

El que preside puede encender en este momento el cirio pascual, diciendo la siguiente fórmula:
Junto a las cenizas
de nuestro hermano (nuestra hermana) N.,
encendemos, oh, Cristo Jesús, esta llama,
símbolo de tu cuerpo glorioso y resucitado;
que el resplandor de esta luz ilumine nuestras tinieblas
y alumbre nuestro camino de esperanza,
hasta que lleguemos a ti, oh, Claridad eterna,
que vives y reinas, inmortal y glorioso,
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Luego, se reza la siguiente letanía por el difunto:

Tú, que liberaste a tu pueblo de la esclavitud de Egipto:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que abriste el mar Rojo ante los israelitas
que caminaban hacia la libertad prometida:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que diste a tu pueblo
posesión de una tierra que manaba leche y miel:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que quisiste que tu Hijo
llevara a realidad la antigua Pascua de Israel:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que por la muerte de Jesús
iluminas las tinieblas de nuestra muerte:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que en la resurrección de Jesucristo
has inaugurado la vida nueva de los que han muerto:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

Tú, que en la ascensión de Jesucristo
has querido que tu pueblo vislumbrara su entrada
en la tierra de promisión definitiva:
R. Recibe a tu siervo (sierva) en el paraíso.

En lugar de las letanías precedentes, puede leerse también el salmo 113, en el que el pueblo puede ir intercalando la antífona Dichosos los que mueren en el Señor.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó;
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa; mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor, estremécete, tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, los que vivimos,
bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

2. Misa exequial o liturgia de la Palabra

Terminadas las letanías, o el salmo 113, y, sí se celebra la misa, omitido el acto penitencial y el Señor, ten piedad, se dice la oración colecta:

Oremos.
Oh, Dios,
siempre dispuesto a la misericordia y al perdón,
escucha nuestras súplicas por tu siervo (sierva) N.,
a quien has llamado hoy a tu presencia,
y, porque en ti creyó y esperó,
condúcelo (condúcela) a la patria verdadera
para que goce contigo de las alegrías eternas.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

O bien:

Oremos.
No seas severo en tu juicio, Señor,
con este siervo tuyo (esta sierva tuya),
que acaba de salir de este mundo,
pues ningún hombre es inocente frente a ti,
si tú mismo no perdonas sus culpas;
te pedimos, pues, que escuches las súplicas de tu Iglesia
y le concedas un lugar entre tus santos y elegidos,
pues en esta vida ya estuvo marcado (marcada)
con el sello de la Santa Trinidad.
Él, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

La celebración prosigue, como habitualmente, con la liturgia de la Palabra.

Después de la homilía, se hace la oración universal con el siguiente formulario u otro parecido:
Oremos a Dios, Padre de todos, por nuestro hermano difunto (nuestra hermana difunta) y pidámosle que escuche nuestra oración.
Para que el Señor, que se compadece de toda criatura, pu­rifique con su misericordia y conceda los gozos del paraíso a nuestro hermano (nuestra hermana) N. Roguemos al Señor.
Para que el Señor, que lo (la) creó de la nada, y lo (la) honró haciéndolo (haciéndola) imagen de su Hijo, le devuelva en el reino eterno la primitiva hermosura del hombre. Roguemos al Señor.
Para que le conceda el descanso eterno y lo (la) haga gozar en la asamblea de los santos. Roguemos al Señor.
Para que el Señor, consuelo de los que lloran y fuerza de los que se sienten abatidos, alivie la tristeza de los que lo (la) lloran y les conceda encontrarlo (encontrarla) nuevamente en el reino de Dios. Roguemos al Señor.
Si en las exequias se celebra la misa, la oración universal concluye con la siguiente colecta:
Señor, que nuestra oración suplicante
sirva de provecho a tu hijo (hija) N.,
para que, libre de todo pecado,
participe ya de tu redención.
Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Si las exequias se celebran sin misa, la oración universal concluye con la siguiente fórmula:
Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el mismo Jesucristo, pidiendo que se haga siempre la voluntad del Señor: Padre nuestro.

Si se celebra la misa, esta prosigue, como habitualmente, hasta la oración después de la comunión.

3. Último adiós al cuerpo del difunto

Dicha la oración después de la comunión y omitida la bendición o, si no se ha celebrado la misa, acabada la oración de los fieles, se procede al rito del último adiós al difunto. El que preside, colocado cerca de la urna, se dirige a los fieles con las siguientes palabras u otras parecidas:
Después de haber orado por nuestro hermano (nuestra herma­na) N., vamos ahora a despedirnos de sus cenizas, la última presencia sensible que de él (ella) tenemos. Este nuestro último adiós, aunque no nos quita la tristeza de la separación, nos da, sin embargo, el consuelo de la esperanza. Vendrá un día en que podremos alegrarnos de nuevo con su presencia. Por eso, es­peramos que esta asamblea, que hoy en esta iglesia se despide con aires de tristeza, se reunirá de nuevo un día en la alegría del reino de Dios. Consolémonos, pues, mutuamente con esta esperanza cristiana.

Todos oran unos momentos en silencio.
Luego, el que preside continúa, diciendo:
El agua que vamos a derramar ahora sobre las cenizas de este hermano nuestro (esta hermana nuestra) nos recuerda que en el bautismo fue hecho (hecha) miembro del cuerpo de Jesucristo, que murió y fue sepultado, pero que con su gloriosa resurrec­ción venció la muerte. [El incienso con que luego las perfuma remos nos traerá a la memoria que lo que ahora solo son sus cenizas fueron templo del Espíritu y están llamadas a ser, por la resurrección, piedras vivas del templo de la Jerusalén celestial.]

Después, el que preside da la vuelta a la urna asperjándola con agua bendita. Luego, pone incienso, lo bendice y da una segunda vuelta perfumándola con incienso. Mientras tanto, si es posible, se entona un cantos o bien uno de los pre­sentes puede recitar las siguientes invocaciones, a las que el pueblo responde: Señor, ten piedad, o bien, Kyrie, eléison.

Que el Padre, que te invitó
a comer la carne inmaculada de su Hijo,
te admita ahora en la mesa de su reino.
R. Señor, ten piedad (Kyrie, eléison).

Que Cristo, vid verdadera,
en quien fuiste injertado (injertada) por el bautismo,
te haga participar ahora de su vida gloriosa.
R. Señor, ten piedad (Kyrie, eléison).

Que el Espíritu de Dios,
con cuyo fuego ardiente fuiste madurado (madurada),
revista tu cuerpo de inmortalidad.
R. Señor, ten piedad (Kyrie, eléison).

Después, el que preside añade la siguiente oración. Si se han hecho las invoca­ciones se omite la invitación Oremos.
[Oremos.]
Señor Jesucristo, redentor del género humano,
te pedimos que des entrada en tu paraíso
a nuestro hermano (nuestra hermana) N.,
que acaba de cerrar sus ojos a la luz de este mundo
y los ha abierto para contemplarte a ti, Luz verdadera;
líbralo (líbrala), Señor, de la oscuridad de la muerte
y haz que contigo goce en el festín de las bodas eternas;
que se alegre en tu reino, su verdadera patria,
donde no hay ni tristeza ni muerte,
donde todo es vida y alegría sin fin,
y contemple tu rostro glorioso
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

En este momento, uno de los familiares o amigos puede hacer una breve biografía del difunto y agradecer a los presentes su participación en las exequias.

Después, el que preside añade:
Que el Señor abra las puertas de la salvación
a nuestro hermano (nuestra hermana),
para que, terminado el duro combate
de su vida mortal,
entre como vencedor (vencedora)
por las puertas de los justos
y en sus tiendas entone cantos de victoria
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Y a todos nosotros nos dé la certeza
de que no está muerto (muerta), sino que duerme,
de que no ha perdido la vida, sino que reposa,
porque ha sido llamado (llamada)
a la vida eterna por los siglos de los siglos.
R. Amén.

El que preside termina la celebración, diciendo:
Señor, + dale el descanso eterno.
R. Y brille sobre él (ella) la luz eterna.
Descanse en paz.
R. Amén.
Su alma y las almas de todos los fieles difuntos,
por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
Se concluye el rito con la fórmula habitual de despedida:
Podéis ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.