martes, 26 de diciembre de 2017

Martes 30 enero 2018, Martes de la IV semana del Tiempo Ordinario, feria (o misa votiva del Espíritu Santo).

SOBRE LITURGIA

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO DE 1979

El sacerdote, don de Cristo para la comunidad


4. Debemos considerar a fondo no solo el significado teórico, sino incluso el existencial de la mutua “relación”, que existe entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio común de los fieles. Si entre ello hay diferencia no solo de grado sino también de esencia, ello es fruto de una riqueza particular del mismo sacerdocio de Cristo, que es el único centro y la única fuente tanto de la participación que es propia de todos los bautizados como de esa otra participación a la que se llega por medio de un sacramento distinto, precisamente el sacramento del Orden. Este sacramento, queridos Hermanos, específico para nosotros, fruto de la gracia peculiar de la vocación y base de nuestra identidad, en virtud de su misma naturaleza y de todo lo que Él produce en nuestra vida y actividad, ayuda a los fieles a ser conscientes de su sacerdocio común y a actualizarlo (cfr. Ef. 4, 11s.): les recuerda que son Pueblo de Dios y los capacita para “ofrecer sacrificios Espirituales”(1 Pe 2, 5. ), mediante los cuales Cristo mismo hace de nosotros don eterno al Padre (cfr. 1 Pe 3, 18. ). Esto sucede, ante todo, cuando el sacerdote “por la potestad sagrada de que goza... realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo (in persona Christi) y lo ofrece en nombre de todo el pueblo” (Lumen gentium), como leemos en el citado texto conciliar.

Nuestro sacerdocio sacramental, pues, es sacerdocio “Jerárquico” y al mismo tiempo “ministerial”. Constituye un ministerium particular, es decir, es “servicio” respecto a la comunidad de los creyentes. Sin embargo, no tiene su origen en esta comunidad como si fuera ella la que “llama” o “delega”. Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la plenitud de su sacerdocio. Tal plenitud encuentra su expresión en el hecho de que Cristo haciéndonos a todos idóneos para ofrecer el sacrificio Espiritual, llama a algunos y los capacita para ser ministros de su mismo sacrificio sacramental, la Eucaristía, a cuya oblación concurren todos los fieles y en la que se insertan los sacrificios Espirituales del Pueblo de Dios.

Conscientes de esta realidad comprendemos de qué modo nuestro sacerdocio es “jerárquico”, es decir, relacionado con la potestad de formar y dirigir el pueblo sacerdotal (Lumen gentium) "y precisamente por esto, “ministerial”. Realizamos esta función mediante la cual Cristo mismo “sirve” incesantemente al Padre en la obra de nuestra salvación. Toda nuestra existencia está y debe estar impregnada profundamente por este servicio, si queremos realizar de manera real y adecuada el Sacrificio eucarístico in persona Christi.

El sacerdocio requiere una peculiar Integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la “disponibilidad” adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos.

Ya que el sacerdocio nos es dado para servir incesantemente a los demás, como hacía Jesucristo, no se puede renunciar al mismo a causa de dificultades que encontramos y de los sacrificios que se nos exigen. Igual que los Apóstoles, “nosotros lo, hemos dejado todo y hemos seguido a Cristo” (Mt 19, 27); debemos, por eso, perseverar junto a él en el momento de la cruz.

CALENDARIO

30 MARTES DE LA IV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa
de feria (verde).
MISAL: cualquier formulario permitido (véase pág. 65, n. 5), Pf. común.
LECC.: vol. III-par.
- 2 Sam 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 — 19, 3. ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!
- Sal 85. R. Inclina tu oído, Señor, escúchame.
- Mc 5, 21-43. Contigo hablo, niña, levántate.

Liturgia de las Horas: oficio de feria.

Martirologio: elogs. del 31 de enero, pág. 138.
CALENDARIOS: Burgos: San Lesmes, abad (MO).
Toledo-ciudad: Beato Manuel Domingo y Sol (MO). Toledo-diócesis: (ML).
HH. de las Escuelas Cristianas: San Muciano María Wiaux, religioso (MO).
Bernabitas y HH. Angélicas de San Pablo: San Francisco Javier María Bianchi, presbítero (MO).
Tortosa-ciudad: Santa Ángela de Mérici, virgen (ML-trasladada).
Congregación del Oratorio: Beato Sebastián Valfré, presbítero (ML).
Familia salesiana: Beato Bronislao Markiewicz, presbítero (ML).
TOR: Santa Jacinta de Mariscotti, virgen (ML).

TEXTOS MISA

Misa de la feria: del IV domingo del T. Ordinario (o de otro domingo del T. Ordinario).

Misa votiva:
DEL ESPÍRITU SANTO B.
Esta misa se dicen con vestiduras de color rojo.
DE SPIRITU SANCTO B.
In hac Missa adhibetur color ruber.
Antífona de entrada Cfr Jn 14, 26; 16, 13
Cuando venga el Espíritu de la verdad, os enseñará toda la verdad, dice el Señor.
Ant. ad introitum Cf. Jn 14, 26; 15, 26
Cum vénerit Spíritus veritátis, docébit vos omnem veritátem, dicit Dóminus.
Oración colecta
El Espíritu Santo que viene de ti ilumine nuestras almas, Señor, y, según la promesa de tu Hijo, nos dé a conocer toda la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.
O bien:
Oh, Dios, que penetras el corazón y los deseos de los hombres, y no hay para ti secreto alguno, purifica, por la efusión del Espíritu Santo, los pensamientos de nuestro corazón, para que merezcamos amarte de verdad y alabarte dignamente. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Mentes nostras, quaesumus, Dómine, Paráclitus qui a te procédit illúminet, et indúcat in omnem, sicut tuus promísit Fílius, veritátem. Qui tecum.
Vel:
Deus, cui omne cor patet et omnis volúntas lóquitur, et quem nullum latet secrétum, purífica per infusiónem Spíritus Sancti cogitatiónes cordis nostri, ut te perfécte dilígere, et digne laudáre mereámur. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Martes de la IV semana del Tiempo Ordinario, año par (Lec. III-par).

PRIMERA LECTURA 2 Sam 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 - 19, 3¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!
Lectura del segundo libro de Samuel.

En aquellos días, Absalón se encontró frente a los hombres de David.
Montaba un mulo y, al pasar el mulo bajo el ramaje de una gran encina, la cabeza se enganchó en la encina y quedó colgado entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que montaba siguió adelante.
Alguien lo vio y avisó a Joab:
«He visto a Absalón colgado de una encina».
Cogiendo Joab tres venablos en la mano, los clavó en el corazón de Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas.
El vigía subió a la terraza del portón, sobre la muralla. Alzó los ojos y vio que un hombre venía corriendo en solitario.
El vigía gritó para anunciárselo al rey.
El rey dijo:
«Si es uno solo, trae buenas noticias en su boca». Cuando llegó el cusita, dijo:
«Reciba una buena noticia el rey, mi señor: el Señor te ha hecho justicia hoy, librándote de la mano de todos los que se levantaron contra ti».
El rey preguntó:
«¿Se encuentra bien el muchacho Absalón?».
El cusita respondió:
«Que a los enemigos de mi señor, el rey, y a todos los que se han levantado contra ti para hacerte mal les ocurra como al muchacho».
Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir:
«¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».
Avisaron a Joab:
«El rey llora y hace duelo por Absalón».
Así, la victoria de aquel día se convirtió en duelo para todo el pueblo, al oír decir que el rey estaba apenado por su hijo.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 85, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: 1b)
R.
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Inclína, Dómine, aurem tuam et exáudi me.

V. Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R.
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Inclína, Dómine, aurem tuam et exáudi me.

V. Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R.
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Inclína, Dómine, aurem tuam et exáudi me.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Inclína, Dómine, aurem tuam et exáudi me.

Aleluya Mt 8, 17
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. R. Ipse infirmitátes nostras accépit, et ægrotatiónes nostras portávit.

EVANGELIO Mc 5, 21-43
Contigo hablo, niña, levántate
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, Audiencia general 18-octubre-2017
Somos todos pequeños e indefensos delante del misterio de la muerte. Pero, ¡qué gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó a la hija de Jairo, y repetirá una vez más: «Talitá kum», «muchacha, levántate» (Mc 5, 41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: «¡Levántate, resucita!». Yo os invito, ahora, a cerrar los ojos y a pensar en ese momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros que piense en la propia muerte, y se imagine ese momento que tendrá lugar, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: «Ven, ven conmigo, levántate». Allí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Pensad bien: Jesús mismo vendrá donde cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su mansedumbre, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: «¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resucita!».

Oración de los fieles
Ferias del Tiempo Ordinario XVII
305. Oremos a Dios Padre.
- Por los pastores de la Iglesia. Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes de las naciones. Roguemos al Señor.
- Por los que no tienen trabajo. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, aquí reunidos. Roguemos al Señor.
Socórrenos, Señor, para que podamos alegrarnos con tus beneficios. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Mira complacido, Señor, el sacrificio espiritual que se ofrece en tu altar con el sincero deseo de servirte, y concede un espíritu firme a tus siervos, para que su fe y humildad hagan agradable para ti esta oblación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Inténde, quaesumus, Dómine, spiritálem hóstiam altáribus tuis piae devotiónis stúdio propósitam, et da fámulis tuis spíritum rectum, ut fides eórum haec dona tibi concíliet, et comméndet humílitas. Per Christum.
PREFACIO IX DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO
(Prefacio II del Espíritu Santo): La acción del Espíritu en la Iglesia
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene y diriges sabiamente la nave de tu Iglesia, asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo, para que, a impulso de su amor confiado, no abandone la plegaria en la tribulación, ni la acción de gracias en el gozo, por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los cielos y la tierra, los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar:
Santo, santo Santo…
Praefatio II de Spiritu Sancto: De actione Spiritus in Ecclesia.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: Qui síngulis quibúsque tempóribus aptánda dispénsas, mirísque modis Ecclésiae tuae gubernácula moderáris.
Virtúte enim Spíritus Sancti ita eam adiuváre non désinis, ut súbdito tibi semper afféctu nec in tribulatióne supplicáre defíciat, nec inter gáudia grátias reférre desístat, per Christum Dóminum nostrum.
Et ídeo, choris angélicis sociáti, te laudámus in gáudio confiténtes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA I o CANON ROMANO. PREX EUCHARÍSTICA I o CANON ROMANUS.
Antífona de la comunión Jn 15, 26; 16, 14
El Espíritu, que procede del Padre, me glorificará, dice el Señor.
Antiphona ad communionem Jn 15, 26; 16, 14
Spíritus qui a Patre procédit, ille me clarificábit, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Señor Dios nuestro, que te has dignado vivificamos con este alimento celestial, infunde la suavidad de tu Espíritu en lo más íntimo de nuestro corazón, para que alcancemos como eterno don lo que acabamos de recibir en esta acción sagrada. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Dómine Deus noster, qui nos vegetáre dignátus es caeléstibus aliméntis, suavitátem Spíritus tui penetrálibus nostri cordis infúnde, ut, quae temporáli devotióne percépimus, sempitérno múnere capiámus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 31 de enero
M
emoria de san Juan Bosco, presbítero, el cual, después de una niñez áspera, fue ordenado sacerdote y en la ciudad de Turín, en Italia, se dedicó con todas sus fuerzas a la formación de adolescentes. Fundó la Sociedad Salesiana y, con la ayuda de santa María Dominica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, para enseñar oficios a la juventud e instruirles en la vida cristiana. Lleno de virtudes y méritos, voló al cielo en este día en la ciudad de Turín, en Italia (1888).
2. En Corinto, ciudad de la Acaya (hoy Grecia), santos mártires Victorino, Víctor, Nicéforo, Claudio, Diodoro, Serapión y Papías, que consumaron su martirio después de innumerables suplicios, en tiempo del emperador Decio (c. 250).
3. Conmemoración de san Metrano, mártir de Alejandría, en Egipto, el cual, siendo emperador Decio, por negarse a proferir palabras impías como le exigían los paganos, le atormentaron cruelmente y, llevado fuera de la ciudad, le apedrearon hasta la muerte (c. 249).
4. También en la ciudad de Alejandría, santos mártires Ciro y Juan, que, después de muchos tormentos, fueron degollados por confesar a Cristo (s. IV).
5. En Módena, ciudad de la Emilia (hoy Italia), san Geminiano, obispo, que protegió a su Iglesia del error de los arrianos y la mantuvo en la fe ortodoxa (s. IV).
6. En Persia, pasión de san Abrahán, obispo de Arbela, el cual, bajo Sapor, rey de los persas, fue degollado por negarse a adorar al sol (345).
7. En la ciudad de Novara, en la Liguria (hoy Italia), san Julio, presbítero (s. IV in.).
8. En Roma, conmemoración de santa Marcela, viuda, la cual, como recuerda san Jerónimo, abandonando sus riquezas y dignidades, se ennobleció con la pobreza y la humildad (410).
9*. En Ferns, en Irlanda, san Maedoc o Aidano, obispo, que fue el fundador del monasterio y se distinguió por su austeridad (c. 626).
10*. En el territorio de Coutances, en Neustria (hoy Francia), san Waldo o Gaudo, obispo de Évreux (s. VII).
11*. En Viktorsberg, cerca de Rangvillach, en Vorarlberg, de la región de Baviera meridional (hoy Alemania), san Eusebio, que, nacido en Irlanda, se hizo peregrino por Cristo y después fue monje en la abadía de Sankt Gall, terminando sus días como eremita (884).
12*. En Roma, beata Ludovica Albertoni, que educó cristianamente a sus hijos y, al morir su esposo, entró en la Tercera Orden de San Francisco y prestó ayuda a los necesitados hasta tal punto que de ser rica llegó a ser pobre (1533).
13. En Nápoles, ciudad de la Campania, en Italia, san Francisco Xavier María Bianchi, presbítero de la Orden de Clérigos Regulares de San Pablo, el cual, dotado de carismas místicos, convirtió a muchos a una vida según la gracia del Evangelio (1815).
14. En Corea, santos mártires Agustín Pak Chong-won, catequista, junto con cinco compañeros (Sus nombres son: santos Pedro Hong Pyong-ju, catequista; María Yi In-dog, virgen; Magdalena Son Sobyog, Águeda Yi Kyong-i y Águeda Kwon Chin-i.), todos los cuales, por mantener fielmente la profesión de su fe cristiana, después de sufrir varios tormentos fueron degollados, glorificando así a Dios (1840).