domingo, 13 de agosto de 2017

Domingo 17 septiembre 2017, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

SOBRE LITURGIA

INSTRUCCIÓN SOBRE ALGUNAS CUESTIONES ACERCA DE LA COLABORACIÓN DE LOS FIELES LAICOS EN EL SAGRADO MINISTERIO DE LOS SACERDOTES (15-Agosto-1997)

2. Unidad y diversidad en las funciones ministeriales


Las funciones del ministerio ordenado, tomadas en su conjunto, constituyen, en razón de su único fundamento, (36) una indivisible unidad. Una y única, en efecto, como en Cristo, (37) es la raíz de acción salvífica, significada y realizada por el ministro en el desarrollo de las funciones de enseñar, santificar y gobernar a los fieles. Esta unidad cualifica esencialmente el ejercicio de las funciones del sagrado ministerio, que son siempre ejercicio, bajo diversas prospectivas, de la función de Cristo, Cabeza de la Iglesia.

Si, por tanto, el ejercicio de parte del ministro ordenado del munus docendi, sanctificandi et regendi constituye la sustancia del ministerio pastoral, las diferentes funciones de los sagrados ministros, formando una indivisible unidad, no se pueden entender separadamente las unas de las otras, al contrario, se deben considerar en su mutua correspondencia y complementariedad. Sólo en algunas de esas, y en cierta medida, pueden colaborar con los pastores otros fieles no ordenados, si son llamados a dicha colaboración por la legítima Autoridad y en los debidos modos. «En efecto, El mismo conforta constantemente su cuerpo, que es la Iglesia, con los dones de los ministerios, por los cuales, con la virtud derivada de El, nos prestamos mutuamente los servicios para la salvación». (38) «El ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor: en realidad no es la tarea la que constituye un ministro, sino la ordenación sacramental. Solo el Sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado de los Obispos y presbíteros una peculiar participación al oficio de Cristo Cabeza y Pastor y a su sacerdocio eterno. La función que se ejerce en calidad de suplente, adquiere su legitimación, inmediatamente y formalmente, de la delegación oficial dada por los pastores, y en su concreta actuación es dirigido por la autoridad eclesiástica». (39)

Es necesario reafirmar esta doctrina porque algunas prácticas tendentes a suplir a las carencias numéricas de ministros ordenados en el seno de la comunidad, en algunos casos, han podido influir sobre una idea de sacerdocio común de los fieles que tergiversa la índole y el significado específico, favoreciendo, entre otras cosas, la disminución de los candidatos al sacerdocio y oscureciendo la especificidad del seminario como lugar típico para la formación del ministro ordenado. Se trata de fenómenos íntimamente relacionados, sobre cuya interdependencia se deberá oportunamente reflexionar para llegar a sabias conclusiones operativas.

(36) Cfr. ibid., n. 1581.
(37) Cfr. Juan Pablo II, Carta Nuovo incipiente (8 abril 1979), n. 3: AAS 71 (1979), p. 397.
(38) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 7.
(39) Juan Pablo II, Exhort. ap. Chritifidelis laici, n. 23: l.c., p. 430.


CALENDARIO

17 + XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. I (A).
- Eclo 27, 30 — 28, 7. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
- Sal 102. R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
- Rom 14, 7-9. Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor.
- Mt 18, 21-35. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

El perdón de las ofensas centra la liturgia de la Palabra de hoy. Así en la primera lectura: «Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados». Y el Evangelio nos dice: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». El perdón que pidamos a Dios está ligado al perdón que demos a los demás. Así, en el padrenuestro diremos: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». De esa manera, perdonando, imitaremos y viviremos en nuestra vida la inapreciable misericordia de Dios (salmo resp.). En la celebración de la Eucaristía Cristo sigue derramando su Sangre para el perdón de nuestros pecados.

* Hoy no se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 18 de septiembre, pág. 560.
CALENDARIOS: Pamplona y Tudela: Aniversario de la muerte de Mons. José María Cirarda Lachiondo, arzobispo, emérito (2008).

TEXTOS MISA

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. DOMINICA XXIV PER ANNUM.
Antífona de entrada Cf. Eclo 36, 15
Señor, da la paz a los que esperan en ti, y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos y de tu pueblo Israel.
Antiphona ad introitum Cf. Qo 36, 18
Da pacem, Dómine, sustinéntibus te, ut prophétae tui fidéles inveniántur; exáudi preces servi tui, et plebis tuae Israel.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excelsis.
Oración colecta
Míranos, oh, Dios, creador y guía de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Réspice nos, rerum ómnium Deus creátor et rector, et, ut tuae propitiatiónis sentiámus efféctum, toto nos tríbue tibi corde servíre. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A (Lec. I A).

PRIMERA LECTURA Eclo 27, 33 – 28, 9
Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados
Lectura del libro del Eclesiástico.

Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)
R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Miserátor et miséricors Dóminus, longánimis et multæ misericórdiæ.

V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Miserátor et miséricors Dóminus, longánimis et multæ misericórdiæ.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te coima de gracia y de ternura.
R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Miserátor et miséricors Dóminus, longánimis et multæ misericórdiæ.

V. No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Miserátor et miséricors Dóminus, longánimis et multæ misericórdiæ.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Miserátor et miséricors Dóminus, longánimis et multæ misericórdiæ.

SEGUNDA LECTURA Rom 14, 7-9
Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Jn 13, 34
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Os doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que os améis unos a otros, como yo os he amado.
Mandátum novum do vobis, dicit Dóminus, ut diligátis ínvicem, sicut diléxi vos.

EVANGELIO Mt 18, 21-35
No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
El misterio del perdón
Martes 21 de marzo de 2017
Todas las lecturas de hoy nos hablan del perdón. Y el perdón es un misterio difícil de entender. Con la Palabra de hoy, la Iglesia nos hace entrar en ese misterio del perdón, que es la gran obra de misericordia de Dios.
Y el primer paso es la vergüenza de nuestros pecados, una gracia que no podemos obtener solos. Es capaz de sentirla el pueblo de Dios triste y humillado por sus culpas (...); mientras que el protagonista del Evangelio de hoy (Mt 18, 21-35) no logra hacerlo. Se trata del siervo a quien el dueño le perdona todo a pesar de sus grandes deudas, pero que a su vez luego es incapaz de perdonar a sus deudores. No ha comprendido el misterio del perdón. Si yo os pregunto: ¿Todos vosotros sois pecadores? -Sí, padre, todos. ¿Y qué hacéis para obtener el perdón de los pecados? -Nos confesamos. ¿Y cómo vas a confesarte? -Pues voy, digo mis pecados, el cura me perdona, me pone tres Avemarías de penitencia y me voy en paz. ¡Pues no lo has entendido! Tú solo has ido al confesionario como el que va a realizar una operación bancaria, a hacer una gestión administrativa. No has ido allí avergonzado por lo que has hecho. Has visto unas manchas en tu conciencia, pero te has equivocado porque has creído que el confesionario es una tintorería para quitar las manchas. Has sido incapaz de avergonzarte de tus pecados.
Vergüenza pues, pero también conciencia del perdón. El perdón recibido de Dios, la maravilla que ha hecho en tu corazón, debe poder entrar en la conciencia; de lo contario, sales, te encuentras a un amigo o una amiga, y empiezas a criticar a otro, y sigues pecando. Solo puedo perdonar si me siento perdonado. Si no tienes conciencia de ser perdonado, nunca podrás perdonar, nunca. Siempre tenemos la tentación de querer pedir cuentas a los demás. Pero el perdón es total. Y solo se puede hacer cuando siento mi pecado, me arrepiento, me da vergüenza y pido perdón a Dios y me siento perdonado por el Padre, y así puedo perdonar. Si no, no se puede perdonar, somos incapaces. Por eso, el perdón es un misterio.
El siervo, protagonista del Evangelio, tiene la sensación de “haberlo logrado”, de haber sido astuto; en cambio, no ha entendido la generosidad del dueño. Y cuántas veces, saliendo del confesionario sentimos eso, sentimos que “lo hemos conseguido”. Eso no es recibir el perdón, sino la hipocresía de robar un perdón, un falso perdón. Pidamos hoy al Señor la gracia de comprender ese “setenta veces siete”. Pidamos la gracia de la vergüenza ante Dios. ¡Es una gran gracia! Avergonzarse de los propios pecados y así recibir el perdón y la gracia de la generosidad de darlo a los demás, porque si el Señor me ha perdonado tanto, ¿quién soy yo para no perdonar?
La ecuación del perdón
Martes 1 de marzo de 2016
La misericordia es el «eje» de la liturgia del martes 1 de marzo. Es la «palabra más repetida» y en ella se centró la reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta.
También en el pasaje del Evangelio de Mateo (Mt 18, 21-25) se afronta el mismo tema. Aquí el protagonista es Pedro, quien «había escuchado muchas veces al Señor hablar del perdón, de la misericordia». El apóstol, evidentemente, en su sencillez -«no había cursado muchos estudios, no tenía títulos: era un pescador»- no había comprendido plenamente el significado de esas palabras. Por ello «se acercó a Jesús y le dijo: "Pero, dime, Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Te parece que hasta siete veces?"». Siete veces: tal vez le pareció haber sido incluso «generoso». Pero «Jesús lo detiene y dice: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"».
Para explicarse mejor, Jesús relata la parábola del rey «que quiso ajustar cuentas con sus siervos». A este, se lee en la Escritura, le fue presentado «uno que le debía diez mil talentos», una cantidad enorme para la cual, «según la ley de esos tiempos», se hubiese visto obligado a vender «todo, también la esposa, los hijos y los campos». Ante esta situación, dijo el Papa retomando el relato evangélico, el deudor «comenzó a llorar, a pedir misericordia, perdón», hasta que «su señor tuvo "compasión"».
«Compasión», explicó el Pontífice, es otra palabra que se aproxima fácilmente al concepto de misericordia. Cuando en los Evangelios se habla de Jesús y cuando se describe su encuentro con un enfermo, se lee, en efecto, que Él «tuvo "compasión" de él».
La parábola continúa con el propietario que «dejó marchar» al siervo «le perdonó la deuda». Se trataba de «una deuda grande». El siervo, en cambio, al encontrarse «con uno de sus compañeros, que tenía una pequeña deuda con él, quería mandarlo a la cárcel». Ese hombre, explicó el Papa, «no había comprendido lo que su rey había hecho con él» y así se «comportó de forma egoísta». Como conclusión del relato, el rey llama al siervo al cual había perdonado la deuda y lo mandó a la cárcel porque no había sido «generoso». Es decir, no había hecho «con su compañero lo que Dios había hecho con él».
Para sacar una enseñanza válida para todos, Francisco recordó la frase del Padrenuestro que dice: «Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Y afirmó que se trata de «una ecuación», o sea: «Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios?». El Señor, añadió el Papa, «quiere perdonarte, pero no podrá hacerlo si tú tienes el corazón cerrado, y la misericordia no puede entrar». Alguien podría objetar: «Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar el mal que me ha hecho…». La respuesta es: «Pide al Señor que te ayude a olvidar». En todo caso, añadió el Pontífice, si es verdad que «se puede perdonar, pero olvidar no siempre se logra», seguramente no se puede aceptar la actitud del «"perdonar" y "me la pagarás"». Es necesario, en cambio, «perdonar como perdona Dios», quien «perdona al máximo».
Concluyendo su meditación el Papa se centró en nuestras dificultades de cada día: «No es fácil perdonar; no es fácil» reconoció, y recordó cómo en muchas familias hay «hermanos que pelean por la herencia de los padres y no se saludan nunca más en la vida; muchas parejas pelean y crece, crece el odio, y esa familia acaba destruida». Estas personas «no son capaces de perdonar. Y este es el mal».
Que la Cuaresma, fue el deseo de Francisco, «nos prepare el corazón para recibir el perdón de Dios. Pero recibirlo y luego hacer lo mismo con los demás: perdonar de corazón». Es decir, tener una actitud que nos lleve a decir: «Tal vez no me saludas nunca, pero en mi corazón yo te he perdonado».
Es esta la mejor forma, concluyó, para acercarnos «a esta cosa tan grande, de Dios, que es la misericordia». En efecto, «perdonando abrimos nuestro corazón para que la misericordia de Dios entre y nos perdone a nosotros». Y todos tenemos motivos para pedir el perdón de Dios: «Perdonemos y seremos perdonados».
Puerta abierta
Martes 10 de marzo de 2015
"Pedir perdón no es un simple pedir disculpas". No es fácil, así como "no es fácil recibir el perdón de Dios: no porque Él no quiera dárnoslo, sino porque nosotros cerramos la puerta no perdonando" a los demás. (...)
El pasaje del evangelio de san Mateo (Mt 18, 21-35) llevó al Papa Francisco a afrontar la otra cara del perdón: del perdón que se pide a Dios al perdón que se ofrece a los hermanos. Pedro plantea una pregunta a Jesús: "Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?". En el Evangelio "no son muchos los momentos en los que una persona pide perdón", explicó el Papa, recordando algunos de estos episodios. Está, por ejemplo, "la pecadora que llora sobre los pies de Jesús, lava los pies con sus lágrimas y los seca con sus cabellos": en ese caso, dijo el Pontífice, "la mujer había pecado mucho, había amado mucho y pide perdón". Luego se podría recordar el episodio en el que Pedro, "tras la pesca milagrosa, dice a Jesús: "Aléjate de mí, que soy un pecador"": allí él "se da cuenta de que no se había equivocado, que había otra cosa dentro de él". También, se puede volver a pensar en el momento en el que "Pedro llora, la noche del Jueves santo, cuando Jesús lo mira".
En todo caso, son "pocos los momentos en los que se pide perdón". Pero en el pasaje propuesto por la liturgia Pedro pregunta al Señor cuál debe ser la medida de nuestro perdón: "¿Sólo siete veces?". Jesús responde al apóstol "con un juego de palabras que significa "siempre": setenta veces siete, es decir, tú debes perdonar siempre". Aquí, subrayó el Papa Francisco, se habla de "perdonar", no simplemente de pedir disculpas por un error: perdonar "a quien me ha ofendido, a quien me hizo mal, a quien con su maldad hirió mi vida, mi corazón".
He aquí entonces la pregunta para cada uno de nosotros: "¿Cuál es la medida de mi perdón?". La respuesta puede venir de la parábola relatada por Jesús, la del hombre "a quien se le perdonó mucho, mucho, mucho, mucho dinero, mucho, millones", y que luego, bien "contento" con su perdón, salió y "encontró a un compañero que tal vez tenía una deuda de 5 euros y lo mandó a la cárcel". El ejemplo es claro: "Si yo no soy capaz de perdonar, no soy capaz de pedir perdón". Por ello "Jesús nos enseña a rezar así al Padre: "Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden"".
¿Qué significa en concreto? El Papa Francisco respondió imaginando el diálogo con un penitente: "Pero, padre, yo me confieso, voy a confesarme... -¿Y qué haces primero de confesarte? -Pienso en las cosas que hice mal. -Está bien. -Luego pido perdón al Señor y prometo no volver hacerlo... -Bien. ¿Y luego vas al sacerdote?". Pero antes "te falta una cosa: ¿has perdonado a los que te han hecho mal?". Si la oración que se nos ha sugerido es: "Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los demás", sabemos que "el perdón que Dios te dará" requiere "el perdón que tú das a los demás".
Como conclusión, el Papa Francisco resumió así la meditación: ante todo, "pedir perdón no es un simple pedir disculpas" sino que "es ser consciente del pecado, de la idolatría que construí, de las muchas idolatrías"; en segundo lugar, "Dios siempre perdona, siempre", pero pide que también yo perdone, porque "si yo no perdono", en cierto sentido es como si cerrase "la puerta al perdón de Dios". Una puerta, en cambio, que debemos mantener abierta: dejemos entrar el perdón de Dios a fin de que podamos perdonar a los demás.

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo A. Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario.
Dios es amor
218 A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4, 37; Dt 7, 8; Dt 10, 15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43, 1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).
219 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62, 4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16).
220 El amor de Dios es "eterno" (Is 54, 8). "Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is 54, 10). "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31, 3).
221 Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es Amor" (1Jn 4, 8. 16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1Co 2, 7-16; Ef 3, 9-12); él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.
Dios manifiesta su gloria por medio de su bondad
294 La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros "hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1, 5-6): "Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios" (S. Ireneo, haer. 4, 20, 7). El fin último de la creación es que Dios, "Creador de todos los seres, se hace por fin `todo en todas las cosas' (1Co 15, 28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad" (AG 2).
Perdónanos nuestras ofensas”
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, - "perdona nuestras ofensas" - podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es "para la remisión de los pecados". Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: "como".
2839 Perdona nuestras ofensas
Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; Mt 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero "todo es posible para Dios" (Mt 19, 26).
2842 … como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Este "como" no es el único en la enseñanza de Jesús: "Sed perfectos 'como' es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48); "Sed misericordiosos, 'como' vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36); "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que 'como' yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida "del fondo del corazón", en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es "nuestra Vida" (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, "perdonándonos mutuamente 'como' nos perdonó Dios en Cristo" (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: "Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano". Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de "pecados" según Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: "Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor" (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1Jn 3, 19 - 24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel" (San Cipriano, Dom. orat. 23: PL 4, 535C-536A).

Se dice Credo. Dicitur Credo.
Oración de los fieles
228. Elevemos, hermanos, nuestras súplicas a Dios Padre misericordioso, y oremos por todos los hombres.
- Por el Papa, por nuestro obispo y por todos los obispos del mundo. Roguemos al Señor.
- Por la humanidad: para que el mundo camine por sendas de justicia y se consoliden las bases de una paz estable. Roguemos al Señor.
- Por los moribundos, los que carecen de familia o de fortuna, por los difuntos, por todos los que sufren. Roguemos al Señor.
- Por todos nosotros, por nuestros familiares y conocidos: para que Dios abra nuestros corazones a su gracia, abandonemos el pecado y, practicando la justicia, caminemos hacia la vida. Roguemos al Señor.
Escucha, Dios de misericordia, la oración de tu pueblo; que tu bondad nos conceda lo que nuestras acciones no merecen. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe complacido estas ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Propitiáre, Dómine, supplicatiónibus nostris, et has oblatiónes famulórum tuórum benígnus assúme, ut, quod sínguli ad honórem tui nóminis obtulérunt, cunctis profíciat ad salútem. Per Christum.
PREFACIO IV DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO.
Las etapas de la historia de la salvación en Cristo.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque él, con su nacimiento, renovó la vieja condición humana; con su pasión destruyó nuestro pecado; al resucitar de entre los muertos, nos aseguró el acceso a la vida eterna; y en su ascensión al Padre, abrió las puertas del cielo.
Por eso, con los ángeles y la multitud de los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO IV DE DOMINICIS PER ANNUM.
De historia salutis.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Ipse enim nascéndo vetustátem hóminum renovávit, patiéndo delévit nostra peccáta, aetérnae vitae áditum praestitit a mórtuis resurgéndo, ad te Patrem ascendéndo caeléstes iánuas reserávit.
Et ídeo, cum Angelórum atque Sanctórum turba, hymnum laudis tibi cánimus, sine fine dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. PREX EUCHARÍSTICA III.
Antífona de la comunión Sal 35, 8
Qué inapreciable es tu misericordia, oh, Dios. Los humanos se acogen a la sombra de tus alas.
O bien: Cf. 1 Cor 10, 16
El cáliz de la bendición que bendecimos es comunión de la Sangre de Cristo; el pan que partimos es participación en el Cuerpo del Señor.
Antiphona ad communionem Cf. Ps 35, 8
Quam pretiósa est misericórdia tua, Deus! Fílii hóminum sub umbra alárum tuárum confúgient.
Vel: Cf. 1Co 10, 16
Calix benedictiónis, cui benedícimus, communicátio Sánguinis Christi est; et panis, quem frángimus, participátio Córporis Dómini est.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Señor, que el fruto del don del cielo penetre nuestros cuerpos y almas, para que sea su efecto, y no nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Mentes nostras et córpora possídeat, quaesumus, Dómine, doni caeléstis operátio, ut non noster sensus in nobis, sed eius praevéniat semper efféctus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 18 de septiembre

1. En Nicomedia, de Bitinia (hoy Turquía), san Océano, mártir (s. inc.).
2. En Prymnesso, de Frigia, santa Ariadna, mártir (s. inc.).
3. En el territorio de la Galia Vienense, san Ferréolo, mártir, que, según tradición, gozando de la potestad propia de los tribunos, rehusó detener cristianos, por lo cual, detenido por orden del prefecto, fue cruelmente azotado y encarcelado, y evadido y capturado de nuevo por sus perseguidores, fue decapitado, recibiendo así la palma del martirio (s. III).
4. En Milán, en la provincia de Liguria, san Eustorgio, obispo, a quien san Atanasio elogia por confesar la verdadera fe contra el error arriano (ante 355).
5*. En Avranches, en el límite de la Bretaña Menor, san Senario, obispo (s. VI).
6*. En Limoges, de Aquitania (hoy Francia), san Ferréolo, obispo, que libró de un inminente peligro a Marcos, refrendario del rey Childeberto, a quien quería matar el populacho (s. VI ex.).
7. En Gortina, en la isla de Creta, san Eumenio, obispo (c. s. VII).
8*. En Andlau, de la Baja Lotaringia (Alsacia), santa Ricarda, quien, siendo reina, despreció el poder terreno por servir a Dios en el monasterio fundado por ella misma (c. 895).
9. En Osimo, en la región Picena, en Italia, san José de Cupertino, presbítero de la Orden de Hermanos Menores Conventuales, célebre, en circunstancias difíciles, por su pobreza, humildad y caridad para con los necesitados de Dios (1663).
10. En la ciudad de Nam Dinh, en Tonquín, de Indochina (hoy Vietnam), santo Domingo Trach, presbítero de la Orden de Predicadores y mártir, decapitado en tiempo del emperador Minh Mang por preferir la muerte a pisotear la cruz (1840).
11*. En la aldea Paimol, cerca de la misión de Kalongi, en Uganda, beatos David Okelo y Gildo Irwa, catequistas y mártires, que habiéndose ofrecido espontáneamente para anunciar el Evangelio al pueblo, fueron atravesados por lanzas, manifestando así en el martirio la fuerza de Cristo (1918).
12*. En Ciudad Real, en España, beato Carlos Eraña Guruceta, religioso de la Compañía de María y mártir, que, detenido por milicianos, fue fusilado sin juicio durante la violenta persecución contra sacerdotes y religiosos (1936).
13*. Cerca de la ciudad de Gandía, en la provincia de Valencia, también en España, beatos Fernando García Sendra y José García Mas, presbíteros y mártires, que confirmaron su fidelidad al Señor durante la misma persecución religiosa (1936).
14*. En el lugar llamado Montserrat, en la región de Valencia, de nuevo en España, beatos mártires Ambrosio (Salvador) Chuliá Ferrandis y Valentín (Vicente) Jaunzarás Gómez, presbíteros, y Francisco (Justo) Lerma Martínez, Ricardo (José) López Mora y Modesto (Vicente) Gay Zarzo, religiosos, de los Terciarios Capuchinos de la Virgen de los Dolores, todos ellos coronados por su testimonio de Cristo durante la misma contienda (1936).
15*. En el campo de concentración de Dachau, cerca de Munich, en Baviera, de Alemania, beato José Kut, presbítero y mártir, que, oriundo de Polonia y sometido a dura custodia, bien cimentado en la fe, voló al cielo víctima de crueles tormentos (1942).