jueves, 23 de marzo de 2017

Ritual de Enfermos: Lecturas del Nuevo Testamento.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO IX. LECCIONARIO PARA EL RITUAL DE ENFERMOS

LECTURAS DEL NUEVO TESTAMENTO

I. En nombre de Jesús, echa a andar

269. Dios responde, por medio de Pedro y Juan, a la petición del tullido, y responde curándole y yendo así más allá de la misma petición, que es la de una mera limosna (v. 3). No es tan importante lo que se pide cuanto el hecho mismo de pedir. Orar a Dios es fundamentalmente exponer nuestra indigencia, darle cuenta y damos cuenta de nuestra limitación.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 1-10

En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de media tarde, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la Puerta Hermosa del templo para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo:
—Míranos.
Clavó los ojos en ellos esperando que le darían algo;
Pedro le dijo:
—No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar.
Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. La gente lo vio andar alabando a Dios; al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sen­tado en la Puerta Hermosa, quedaron estupefactos ante lo sucedido.

Palabra de Dios.


II. La fe en quien Dios resucitó le ha restituido completamente la salud

270. Pedro explica en su discurso las razones últimas de la curación que acaba de realizar con el tullido. Toda acción cura­tiva y salvadora es en primer lugar una mediación del poder sana­dor de Dios (vv. 12-13), y en segundo lugar un reflejo y anticipo de la salvación plena y verdadera que tenemos en Jesús por la fe (v. 16).

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3, 11-16

En aquellos días, mientras el paralítico curado se­guía aún con Pedro y Juan, la gente, asombrada, acudió corriendo al Pórtico de Salomón donde ellos esta­ban. Pedro, al ver a la gente, les dirigió la palabra:
—Israelitas, ¿qué os llama la atención?, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos tes­tigos. Como éste que veis aquí y que conocéis ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vo­sotros.

Palabra de Dios.


III. No se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos

271. Todos sentimos desde nuestra indigencia y desde nuestro dolor la necesidad de salvación. Ante esa necesidad apremiante surgen en nuestra vida diversos salvadores que ocupan nuestra esperanza. Pedro nos repite que sólo en Cristo está la verdadera sal­vación (v. 12). Sólo él ha vencido de verdad la muerte.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4, 8-12

En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo:
—Jefes del pueblo y senadores, escuchadme; porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre. Pues quede bien claro, a vosotros y a todo Is­rael, que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, éste se presenta sano ante vosotros.
Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los ar­quitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar y, bajo el cielo, no se nos hadado otro nombre que pueda salvarnos.

Palabra de Dios.


IV. Aquel a quien Dios resucitó, no ha conocido la corrupción

272. La religión judía era una religión fundada en la promesa (vv. 32, 34). La cristiana, a pesar de reconocer cumplidas en Cristo aquellas promesas, no pierde por ello su carácter funda­mental de esperanza: el cristiano cree y espera, contra toda espe­ranza, que también en él se realizará la plena salvación del dolor y de la muerte realizada en Cristo.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 32-39

En aquellos días, Pablo dijo:
—Nosotros os anunciamos que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo:
«Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy».
Su resurrección para no volver a morir la anunció diciendo:
«Os cumpliré la promesa que aseguré a David»; y así dice en otro lugar:
«No dejarás a tu fiel conocer la corrupción».
David murió después de haber cumplido la misión que Dios le dio para su época; se juntó con sus padres y conoció la corrupción. Pero aquél a quien Dios resu­citó no ha conocido la corrupción. Sabedlo, herma­nos: os anunciamos que por él se os perdonan los pe­cados, que él justificará, al que crea, de lo que no pudo justificarlo la ley de Moisés.

Palabra de Dios.


V. El compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos su gloria

273. El Espíritu de Dios es energía interior que continúa en nosotros la obra de Cristo y nos va configurando con él. Ese Espíritu nos impulsa a ver en Dios a nuestro Padre (w. 14-16) y nos lleva a padecer como Cristo para así ser como él glorificados (v. 17).

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 14-17

Hermanos:
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios,
ésos son hijos de Dios.
Habéis recibido no un espíritu de esclavitud,
para recaer en el temor,
sino un espíritu de hijos adoptivos,
que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre).
Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde:
que somos hijos de Dios;
y si somos hijos, también herederos,
herederos de Dios y coherederos con Cristo;
pues el compartir sus sufrimientos
es señal de que compartiremos su gloria.

Palabra de Dios.


VI. Aguardando la redención de nuestro cuerpo

274. Los dolores de parto son punto de partida de una vida nueva, están henchidos de esperanza y convergen en la cruz, donde se vence a la muerte. El sufrimiento forma parte del camino que conduce a otra patria, donde nuestra condición que­dará radical y divinamente transformada.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 18-27

Hermanos:
Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifes­tación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.
Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.
Porque en esperanza fuimos salvados. Y una espe­ranza que se ve, ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia.
Así también el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es se­gún Dios.

Palabra de Dios.


VII. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?

275. Cristo es la Palabra («yo os amo») que el Padre pronun­cia y nos entrega. El que da lo más está dispuesto a dar todo lo de­más (v. 32). Por eso no puede haber ni sufrimientos ni enfermedad ni muerte que pueda separarnos de ese amor que está sobre noso­tros. Sólo huyendo voluntariamente de ese Amor, que se ha entre­gado por nosotros y a nosotros, lograríamos separamos de él.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 31b-35, 37-39

Hermanos:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra no­sotros?
El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo en­tregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?
Dios es el que justifica.
¿Quién condenará?
¿Será acaso Cristo que murió, 
más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, 
y que intercede por nosotros?
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifiestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Palabra de Dios.


VIII. Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres

276. Pablo recuerda, y se lo recuerda a los cristianos de Co­rinto, cómo llegó a su ciudad, al barrio de los desechados por la sociedad, que entusiásticamente se habían abierto a la fe. Venía de Atenas (Hch 17), donde había podido comprobar por con­traste cómo la sabiduría enorgullecía al hombre y cerraba su ac­ceso a la fe en Dios.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1, 18-25

Hermanos:
El mensaje de la cruz es necedad
para los que están en vías de perdición;
pero para los que están en vías de salvación
—para nosotros— es fuerza de Dios.
Dice la Escritura:
«Destruiré la sabiduría de los sabios,
frustaré la sagacidad de los sagaces».
¿Dónde está el sabio?
¿Dónde está el letrado?
' ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos?
¿No ha convertido Dios en necedad
la sabiduría del mundo?
Y como, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación
para salvar a los creyentes.
Porque los judíos exigen signos,
los griegos buscan sabiduría;
pero nosotros predicamos a Cristo crucificado:
escándalo para los judíos,
necedad para los griegos;
pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—:
fuerza de Dios
y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres;
y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios.


IX. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él

277. No estamos solos. Saberse formando parte de un cuerpoda sentido a nuestros triunfos y a nuestros sufrimientos. Todo ad­quiere un significado en el conjunto, incomprensible desde la es­trecha mira individual. Eso llevará a los demás miembros a sinto­nizar con tus sufrimientos (v. 26) y a ti a sintonizar con los de los otros.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 12-22, 24b-27

Hermanos:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.
Si el pie dijera: «No soy mano, luego no forma parte
del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo?
Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte
del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo?
Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría?
Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería?
Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso.
Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano:
«No te necesito»;
y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito».
Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios.
Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados.
Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.
Cuando un miembro sufre, todos sufren con él;
cuando un miembro es honrado, todos le felicitan.
Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.

Palabra de Dios.


X. (Para los moribundos) Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado

278. La fe se vive en comunidad. Ahí se animan y exigen los creyentes a creer y esperar. La palabra que se predica y se cree es entonces el mejor argumento de nuestra esperanza. Esa palabra dice: Cristo ha resucitado, luego es posible la resurrección del cuerpo mortal, luego es también posible nuestra resurrección. Animémonos mutuamente con esa palabra (1 Ts 4, 18).

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 12-20

Hermanos:
Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan?
Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resu­citó; y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo.
Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le atribui­mos falsamente haber resucitado a Cristo, cosa que no ha hecho si es verdad que los muertos no resucitan.
Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido.
Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.
¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Palabra de Dios.


XI. Nuestro interior se renueva día a día

279. Sigue siendo válida y luminosa la distinción paulina en­tre hombre exterior e interior. Llevamos nuestro tesoro en vasos de arcilla. Importa poco que el vaso exterior visible (v. 18) se vaya deteriorando si nuestra atención y cuidado se centra en mantener y acrecentar el tesoro interior.

Lectura de la segunda carta dél Apóstol San Pablo a los Corintios 4, 16-18

Hermanos:
No nos desanimamos.
Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo,
nuestro interior se renueva día a día.
Y una tribulación pasajera y liviana
produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria.
No nos fijamos en lo que se ve,
sino en lo que no se ve.
Lo que se ve, es transitorio;
lo que no se ve, es eterno.

Palabra de Dios.


XII. (Para los moribundos) Tenemos una casa eterna en los cielos

280. Caminar en la vida es peregrinar. La mejor morada es más posada que hogar. El Hogar del Padre al que van caminando sus hijos alienta nuestra esperanza y relativiza al tiempo todos los lazos que nos unen al lugar de nuestras tareas.

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 1.6-10

Hermanos:
Es cosa que ya sabemos: Si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio cons­truido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene duración eterna en los cielos.
Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor.
Caminamos sin verlo, guiados por la fe.
Y es tal nuestra confianza, que preferimos deste­rrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.
Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.
Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Palabra de Dios.


XIII. Os anuncié el Evangelio con motivo de una enfermedad mia

281. Pablo empezó enfermo su evangelización en Galacia (v. 13) y lleno de dolores siguió predicando después (v. 19) con su palabra y ejemplo. Podemos hacer mucho a pesar de nuestra en­fermedad. E l dolor y la muerte podrá ir haciendo su obra en nosotros mientras conseguimos que hagan su obra la alegría y la vida en cuantos nos rodean.

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Gálatas 4, 12-19

Poneos en mi lugar, hermanos, por favor, que yo me puse en el vuestro. En nada me ofendisteis. Recordáis que la primera vez os anuncié el Evangelio con motivo de una enfermedad mía, pero no me despreciasteis ni sentisteis asco de mí, aunque era una prueba para vo­sotros por mi estado físico; al contrario, me recibisteis como a un mensajero de Dios, como a Jesucristo en persona.
¿Habéis olvidado lo felices que os sentíais? Puedo afirmar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos para dármelos. ¿Y ahora me he hecho enemigo vuestro por ser sincero con vosotros?
El afecto que ésos os tienen no es bueno, quieren aislaros para acaparar vuestro afecto. Sería bueno, en cambio, que os interesarais por lo bueno siempre, y no sólo cuando estoy ahí con vosotros. Hijos míos, otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros.

Palabra de Dios.


XIV. Estuvo enfermo, pero Dios tuvo misericordia de él

282. Pablo, que tantas veces afirma su deseo de morir para gozar de lleno del Señor, se entristece, sin embargo, con sólo el pensamiento de que su ayudante y amigo pueda morir (vv. 26-27). Por eso quiere que todos participen como él de la alegría de verle sano de nuevo (v. 29).

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 25-30

Hermanos:
He creído necesario enviaros a Epafrodito, nuestro hermano, cooperador y camarada mío, vuestro en­viado y ministro en mis necesidades, puesto que está suspirando por todos vosotros y está angustiado, por­que ha llegado a noticia vuestra que estuvo enfermo.
Ciertamente que estuvo a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no sólo de él, sino también de mí, para que yo no tuviera tristeza sobre tristeza.
Así pues, le envío más prestamente, para que, vién­dole de nuevo, os alegréis y yo quede menos triste. Re­cibidle, pues, en el Señor con toda alegría y honrad a los que son como él, que por el servicio de Cristo es­tuvo a la muerte, habiendo puesto en peligro su vida para suplir en mi servicio vuestra ausencia.

Palabra de Dios.


XV. Completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo

283. Los sufrimientos que Pablo padece están llenos para él de sentido. Los sufre pensando en otros («por vosotros»; v. 24) y ve en ellos el modo de prolongar la acción salvadora de Cristo (v. 24), que se ciñó a un espacio y tiempo muy reducidos. Siente además que el mismo Cristo es energía que obra poderosamente en él (v. 29) para llevara cabo esa continuación de su obra.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 1, 22-29

Hermanos:
Ahora, gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados y Dios puede admitiros a su presencia como a un pueblo santo sin mancha y sin reproche.
La condición es que permanezcáis cimentados y es­tables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio.
Es el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, y yo, Pablo, fui asignado a su servicio. Me alegro de sufrir por vosotros:
así completo en mi carne los dolores de Cristo,
sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia,
de la cual Dios me ha nombrado ministro,
asignándome la tarea de anunciaros a vosotros
su mensaje completo:
el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos
y generaciones
y que ahora ha revelado a su pueblo santo.
Dios ha querido dar a conocer a los suyos
la gloria y riqueza que este misterio
encierra para los gentiles:
es decir, que Cristo es para vosotros
la esperanza de la gloria.
Nosotros anunciamos a ese Cristo;
amonestamos a todos, enseñamos a todos,
con todos los recursos de la sabiduría,
para que todos lleguen a la madurez
en su vida cristiana:
ésta es mi tarea,
en la que lucho denodadamente
con la fuerza poderosa que él me da.

Palabra de Dios.


XVI. No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas

284. No es el menor fruto de la enfermedad el de experimen­tar en la propia carne el sufrimiento y el dolor que a tantos her­manos nuestros afecta (v. 15). El dolor, como la alegría, puede encerrarnos en nosotros mismos y hacernos olvidar que debemos compartirlos. La solidaridad en el dolor une, impulsa a la súplica (vv. 16. 7) y enseña la aceptación y la obediencia.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos:
Tenemos un Sumo Sacerdote que penetró los cielos —Jesús, el Hijo de Dios—, Mantengamos firmes la fe que profesamos.
Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado. Acer­quémonos, por tanto, confiadamente al trono de gra­cia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno.
Cristo, en los días de su vida mortal,
a gritos y con lágrimas,
presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente.
El, a pesar de ser Hijo,
aprendió, sufriendo, a obedecer.
Y, llevado a la consumación,
se ha convertido para todos los que le obedecen
en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.


XVII. La oración de fe salvará al enfermo

285. El espíritu entonado deberá volverse a Dios para ala­barle (v. 13b), el espíritu abatido, para orar, presentando su aflic­ción y su limitación (v. 13a). Esa oración personal del enfermo le une más fuertemente con Dios. La oración de unos por otros no sólo aumentará la unión con Dios, sino la unión y solidaridad de todos.

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 5, 13-16

Queridos hermanos:
¿Sufre alguno de vosotros? Rece.
¿Está alegre alguno? Cante cánticos.
¿Está enfermo alguno de vosotros?
Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él,
después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor.
Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo
curará,y, si ha cometido pecado, lo perdonará.
Así, pues, confesaos los pecados unos a otros,
y rezad unos por otros, para que os curéis.
Mucho puede hacer la oración intensa del justo.

Palabra de Dios.


XVIII. Alegraos, aunque de momento tengáis que sufrir un poco

286. El gozo de aquello en que esperamos (v. 3) deberá hacer superar las pruebas y tristezas de que está lleno el camino (v. 6). Esas pruebas servirán para acrisolar nuestra fe y nuestra espe­ranza (v. 7). La prueba hace peor al m al dispuesto, pero mejor al bueno.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que en su gran misericordia,
por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva,
para una herencia incorruptible, pura, impere­cedera,
que os está reservada en el cielo.
La fuerza de Dios os custodia en la fe 
para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.
Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comrobación de vuestra fe
—de más precio que el oro que, aunque perece­dero, lo aquilatan a fuego—
llegará a ser alabanza y gloria y honor
cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis;
no lo veis, y creéis en él;
y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado,
alcanzando así la meta de vuestra fe:
vuestra propia salvación.

Palabra de Dios.


XIX. Aún no se ha manifestado lo que seremos

287. El que ama no descansa hasta elevar al amado y hacerlo semejante a él. Esa es nuestra esperanza: que el amor que Dios nos tiene, experimentado ya en nuestra vida (v. I), no cesará hasta ha­cernos semejante a él.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 3, 1-2

Queridos hermanos:
Mirad que amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios,
pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce
porque no le conoció a él.
Queridos: ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es.

Palabra del Señor.


XX. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor

288. No debemos dejarnos atar y limitar por un pasado y un presente dolorosos (v. 4), sino afirmarnos con renovada fe en la absoluta novedad de lo que nos espera (w. 1 y 4). Debemos estar abiertos a la súbita aparición de *lo nuevo» en nuestra vida y a la profunda transformación que ello es capaz de realizar en nosotros.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-7

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, 
porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe.
Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén,
que descendía del cielo, enviada por Dios,
arreglada como una novia que se adorna para su esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el trono:
—Esta es la morada de Dios con los hombres:
acampará entre ellos.
Ellos serán su pueblo
y Dios estará con ellos.
Enjugará las lágrimas de sus ojos.
Ya no habrá muerte, ni luto,
ni llanto, ni dolor.
Porque el primer mundo ha pasado.
Y el que estaba sentado en el trono dijo:
—«Ahora hago el universo nuevo.»
Y volvió a decirme:
—Escribe: estas palabras son verdaderas y fidedignas.
Y añadió:
—Está hecho:Yo soy el Alfa y la Omega,
el Principio y el Fin.
Los sedientos beberán de balde
de la fuente de agua viva.
El que ha vencido es heredero universal:
Yo seré su Dios y él será mi hijo.

Palabra de Dios.


XXI. (Para los moribundos) ¡Ven, Señor Jesús!

289. La vida es un camino que no hacemos solos. Lo recorre­mos caminando hacia un Dios que está viniendo a nuestro en­cuentro. El cristiano que exclama «Ven, Jesús», está pidiendo que se intensifique y actualice en su espíritu esa presencia del Espíritu de Jesús que es ya realidad. «Amén» es la palabra confiada, llena de esperanza, de que así será.

Lectura del libro del Apocalipsis 22, 17. 20-21

El Espíritu y la novia dicen: ¡Ven!
El que lo oiga, que repita: ¡Ven!
El que tenga sed y quiera,
que venga a beber de balde el agua de la vida.
El que atestigua esto responde:
«Sí, vengo en seguida.»
—Amén. ¡Ven, Señor Jesús!
La gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.

Palabra de Dios.