miércoles, 22 de marzo de 2017

Ritual de Enfermos: Lecturas del Antiguo Testamento.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO IX. LECCIONARIO PARA EL RITUAL DE ENFERMOS

LECTURAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO


I. Elías, desfallecido por el camino, es confortado por el Señor 

260. Viático es la comida para la vía o camino. En la angustia de muerte (v. 4) que el hombre de Dios, Elías, experimenta, el viático de pan y agua que Dios le depara, le permite seguir un duro camino de 40 días (como los 40 años del desierto) y poder llegar así al monte donde Dios se le revelará.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 1-8

En aquellos días, Ajab contó a Jezabel lo que había hecho Elías, cómo había pasado a cuchillo a los profetas. Entonces Jezabel mandó a Elías este recado:
—Que los dioses me castiguen si mañana a estas ho­ras no hago contigo lo mismo que has hecho tú con cualquiera de ellos.
Elías temió y emprendió la marcha para salvar la vida.
Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado.El caminó por el desierto una jornada de camino, y
al final se sentó bajo una retama, y se deseó la muerte diciendo:
—Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres.
Se echó debajo de la retama y se quedó dormido.
De pronto un ángel lo tocó y le dijo:
—Levántate, come.
Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y una jarra de agua. Comió, bebió y volvió a echarse. Pero el ángel del Señor le tocó por segunda vez diciendo:
—Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas.
Se levantó Elías, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta no­ches, hasta el Horeb, el monte de Dios.

Palabra de Dios.


II. ¿Por qué dio luz a un desgraciado?

261. El dolor y enfermedad de Job le llevan a una crisis pro­funda que pone en entredicho el sentido de una existencia tan llena de dolor y de miseria. La visión de Dios que se manifiesta al fin del libro, le llevará a aceptar —aunque no lo comprenda— su dolor y bendecir la mano que le hiere.

Lectura del libro de Job 3, 1-3. 11-17. 20-23

Job abrió la boca y maldijo su día, diciendo:
—¡Muera el día en que nací,
la noche que dijo: «Se ha concebido un varón»!
¿Por qué al salir del vientre no morí,
o perecí al salir de las entrañas?
¿Por qué me recibió un regazo
y unos pechos me dieron de mamar?
Ahora dormiría tranquilo,
descansaría en paz,
lo mismo que los reyes de la tierra
que se alzan mausoleos;
o como los nobles que amontonan oro
y plata en sus palacios.
Ahora sería un aborto enterrado,
una criatura que no llegó a ver la luz.
Allí acaba el tumulto de los malvados,
allí reposan los que están rendidos.
¿Por qué dio luz a un desgraciado
y vida al que la pasa en amargura,
al que ansia la muerte que no llega
y escarba buscándola, más que un tesoro,
al que se alegraría ante la tumba
y gozaría al recibir sepultura,
al hombre que no encuentra camino
porque Dios le cerró la salida?

Palabra de Dios


III. Recuerda que mi vida es un soplo

262. Junto a momentos de intensa plenitud la vida ofrece al hombre otros de angustia y desengaño. Por eso es normal que desde el fracaso y la enfermedad vea Job así su propia vida: dura como la lucha y el trabajo (v. 1), rápida como un soplo (v. 7), in­cierta como una nube (v. 9).

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-11

En aquellos días, habló Job diciendo:
El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio,
sus días son los de un jornalero.
Como el esclavo, suspira por la palabra,
como el jornalero, aguarda el salario.
Mi herencia son meses baldíos,
me asignan noches de fatiga;
al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré?
Se alarga la noche
y me harto de dar vueltas hasta el alba.
Mis días corren más que la lanzadera
y se consumen sin esperanza.
Recuerda que mi vida es un soplo,
y que mis ojos no verán más la dicha,
los ojos que me ven no me miran,
y cuando me mires tú, habré desaparecido.
Como la nube pasa y se deshace,
el que baja a la tumba no sube ya;
no vuelve a su casa,
su morada no vuelve a verlo.
Por eso no frenaré mi lengua,
hablará mi espíritu angustiado
y mi alma amargada se quejará.

Palabra de Dios.


IV. ¿Qué es el hombre para que le des importancia?

263. A toda fe en la resurrección acompaña la duda del ani­quilamiento y de la no supervivencia (w. 16, 21). Esta duda profunda se mantiene en Job junto con el vivo sentimiento de la cer­canía de Dios que le busca (v. 20), le mira (v. 19), le visita (v. 18) y le atiende hasta la propia sorpresa (v. 17).

Lectura del libro de Job 7, 12-21

En aquellos días, habló Job diciendo:
¿Soy el monstruo marino o el Dragón
para que me pongas un guardián?
Cuando pienso que el lecho me aliviará
y la cama soportará mis quejidos,
entonces me espantas con sueños
y me aterrorizas con pesadillas.
Prefería morir asfixiado,
y la muerte, a estos miembros que odio.
No he de vivir por siempre:
déjame, que mis días son un soplo.
¿Qué es el hombre para que le des importancia,
para que te ocupes de él,
para que le pases revista por la mañana
y lo examines a cada momento?
¿Por qué no apartas de mí la vista
y no me dejas ni tragar saliva?
Si he pecado, ¿qué te he hecho?
Centinela del hombre,
¿por qué me has tomado como blanco,
y me he convertido en carga para ti?
¿Por qué no me perdonas mi delito
y no alejas mi culpa?
Muy pronto me acostaré en el polvo,
me buscarás y ya no existiré.

Palabra de Dios.


V. (Para los moribundos) Yo sé que está vivo mi Vengador

264. El pensamiento de que Dios nos está castigando y persi­guiendo (w. 21-22): •me ha herido la mano de Dios, que me per­sigue») nos asalta a nosotros como a Job en los momentos de sufrimiento inexplicable. Sin embargo, eso debe coexistir con la fuerte convicción de que él es el verdadero y último fiador y salva­dor que nos lleva a ver a Dios (v. 26; cf. Jn 1, 18).

Lectura del libro de Job 19, 1. 23-27a

Respondió Job:
¡Ojalá se escribieran mis palabras,
ojalá se grabaran en cobre,
con cincel de hierro y en plomo
se escribieran para siempre en la roca!
«Yo sé que está vivo mi Vengador
y que al final se alzará sobre el polvo:
después que me arranquen la piel,
ya sin carne, veré a Dios;
yo mismo lo veré, y no otro,
mis propios ojos lo verán.»

Palabra de Dios.


VI. ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría?

265. Si ya le es difícil al hombre predecir acontecimientos futuros intraterrenos (v. 14), cuánto más saber qué es lo que le puede pasar una vez terminada esta vida (v. 16). Para ello necesitamos sabiduría, consejos y espíritu de lo alto (v. 17). A si nos identificaremos con Dios hasta conocer lo que él conoce de noso­tros y querer lo que él quiere hacer de nosotros.

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 9-11. 13-18

Señor misericordioso,
contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.
Mándala de tus santos cielos,
y de tu trono de gloria envíala,
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.
Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras
y me guardará en su esplendor.
¿Qué hombre conoce el designio de Dios,
quién comprende lo que Dios quiere?
Los pensamientos de los mortales son mezquinos
y nuestros razonamientos son falibles;
porque el cuerpo mortal es lastre del alma
y la tienda terrestre abruma la mente que medita.
Apenas conocemos las cosas terrenas
y con trabajo encontramos lo que está a mano:
pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo,
quién conocerá tu designio,
si tú no le das sabiduría
enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?
Sólo así serán rectos los caminos de los terrestres,
los hombres aprenderán lo que te agrada;
y se salvarán con la sabiduría
los que te agradan, Señor, desde el principio.

Palabra de Dios.


VII. Fortaleced las manos débiles

266. El destierro operó en el pueblo judío, como tremenda enfermedad, una total frustración de sus ideales en cuanto a su propio destino histórico y religioso. Desde ese desánimo y frustración surge una esperanza renovada en el poder de Dios, que hará resurgir para el pueblo una vida de paz y de gozo, completamente renovada.

Lectura del Profeta Isaías 35, 1-10

Esto dice el Señor:
El desierto y el yermo se regocijarán,
se alegrarán el páramo y la estepa,
florecerá como flor de narciso,
se alegrará con gozo y alegría.
Tiene la gloria del Líbano,
la belleza del Carmelo y del Sarión.
Ellos verán la gloria del Señor,
la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles,
robusteced las rodillas vacilantes,
decid a los cobardes de corazón:
Sed fuertes, no temáis.
Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite;
viene en persona, resarcirá y os salvará.
Se despegarán los ojos del ciego,
los oídos del sordo se abrirán,
saltará como un ciervo el cojo,
la lengua del mundo cantará.
Porque han brotado aguas en el desierto,
torrentes en la estepa;
el páramo será un estanque,
lo reseco, un manantial.
En el cubil donde se tumbaban los chacales
brotarán cañas y juncos.
Lo cruzará una calzada
que llamarán Vía Sacra:
no pasará por ella el impuro
y los inexpertos no se extraviarán.
No habrá por allí leones,
ni se acercarán las bestias feroces,
sino que caminarán los redimidos
y volverán por ella los rescatados del Señor.
Vendrán a Sión con cánticos:
en cabeza, alegría perpetua;
siguiéndolos, gozo y alegría.
Pena y aflicción se alejarán.

Palabra de Dios.


VIII. El soportó nuestros sufrimientos

267. Ya sabe el profeta que no le van a creer (53, 1). ¿Cómo va a poder considerarse bendecido por Dios aquel a quien Dios mismo ha humillado (v. 4) y triturado (v. 10)? Y, sin embargo, lo afirma sin vacilar, lleno de esperanza: con su dolor, aceptado sin rechistar, intercediendo por los pecadores entre los que se le cuenta, parecía morir para siempre (Sb 3, 2-4), pero no es así. Tendrá éxito. Sus cicatrices nos curan. No sufrió en vano.

Lectura del Profeta Isaías 52, 13—53, 12

Mirad, mi siervo tendrá éxito,
subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él,
porque desfigurado no parecía hombre,
ni tenía aspecto humano,
así asombrará a muchos pueblos:
ante él los reyes cerrarán la boca,
al ver algo inenarrable
y contemplar algo inaudito.
¿Quién creyó nuestro anuncio?
¿A quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acos­tumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.
El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado,
traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba y no habría la boca; como un cordero llevado al mata­dero, 
como oveja ante el esquilador, enmudecía y no habría la boca.
Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron.
¿Quién meditó en su destino?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malechores;
porque murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará;
con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.
Por eso le daré una parte entre los grandes,
con los poderosos tendrá parte en los despojos;
porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios.


IX. El Espíritu del Señor me ha enviado para consolar a los afligidos

268. El espíritu de Dios presente y operante en nosotros es un espíritu que obra en nuestro interior esperanza, salvación, gracia y consuelo. Se trata de dejarle obrar, abandonando la mirada egoísta y preocupada hacia nosotros mismos, y permitiendo que él transforme en gozo nuestro luto, en alabanza nuestro abati­miento.

Lectura del Profeta Isaías 61, 1-3a

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, 
para vendar los corazones desgarrados,
para proclamar la amnistía a los cautivos
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar el año de gracia del Señor,
el día del desquite de nuestro Dios;
para consolar a los afligidos,
los afligidos de Sión;
para cambiar su ceniza en corona,
su traje de luto en perfume de fiesta,
su abatimiento en cánticos.

Palabra de Dios.