miércoles, 8 de marzo de 2017

Jueves 13 abril 2017, Misa Crismal, Jueves Santo

SOBRE LITURGIA

CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO (25 ENERO 1983)
LIBRO IV


CAPÍTULO II. DE AQUELLOS A QUIENES SE HA DE CONCEDER O DENEGAR LAS EXEQUIAS ECLESIÁSTICAS

1183
§ 1. Por lo que se refiere a las exequias, los catecúmenos se equiparan a los fieles.

§ 2. El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren exequias eclesiásticas por aquellos niños que sus padres deseaban bautizar, pero murieron antes de recibir el bautismo.

§ 3. Según el juicio prudente del Ordinario del lugar, se pueden conceder exequias eclesiásticas a los bautizados que estaban adscritos a una Iglesia o comunidad eclesial no católica, con tal de que no conste la voluntad contraria de éstos, y no pueda hacerlas su ministro propio.

1184 § 1. Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1 a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2 a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3 a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles.

§ 2. En el caso de que surja alguna duda, hay que consultar al Ordinario del lugar y atenerse a sus disposiciones.

1185 A quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se le negará también cualquier Misa exequial.

CALENDARIO

13 JUEVES. Hasta la hora nona:
JUEVES SANTO, misa crismal


La Misa crismal, que el obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo (cf. OGMR, 203). Con el Santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad.

Misa crismal (blanco).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., sin Cr., Pf. prop.
LECC.: vol. II.
- Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9. El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, y darles un perfume de fiesta.
- Sal 88. R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
- Ap 1, 5-8. Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios Padre.
- Lc 4, 16-21. El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
* Esta celebración tendrá lugar antes del Triduo Pascual, y no precederá inmediatamente a la Misa vespertina en la Cena del Señor.
* La sagrada comunión solo se puede distribuir a los fieles dentro de la Misa; a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora.
* Los fieles que han comulgado en la Misa crismal pueden también comulgar de nuevo en la Misa vespertina de la Cena del Señor.
* Hoy solo se permiten la Misa crismal y la Misa vespertina de la Cena del Señor.
* Según la costumbre tradicional en la liturgia latina, la bendición del óleo de los enfermos se hace antes del final de la plegaria eucarística; la del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma, después de la comunión. Sin embargo, por razones pastorales, está permitido hacer todo el rito de bendición después de la liturgia de la Palabra.
* Se toman y se llevan a las iglesias los nuevos óleos benditos; los viejos se queman o se dejan que ardan en la lámpara del Santísimo.

Liturgia de las Horas: oficio de feria.
* En el Oficio de lectura es aconsejable tomar el salmo 68 (viernes de la semana III del salterio).

Martirologio: hoy se omite su lectura.

TEXTOS MISA

JUEVES SANTO FERIA V HEBDOMADAE SANCTAE
1. Según una antiquísima tradición, en este día se prohíben todas las misas sin participación del pueblo. 1. Iuxta antiquissimam Ecclesiae traditionem, hac die omnes Missae sine populo interdicuntur.

Misa Crismal
2. El obispo ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo.
La misa crismal que concelebra el obispo con su presbiterio ha de ser como una manifestación de la comunión de los presbíteros con él; conviene, pues, que todos los presbíteros, en cuanto sea posible, participen en ella y comulguen bajo las dos especies. Para significar la unidad del presbiterio diocesano, conviene que los presbíteros, procedentes de las diversas zonas de la diócesis, concelebren con el obispo.
La liturgia cristiana recoge el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa «el Ungido del Señor».
Con el santo crisma consagrado por el obispo, se ungen los nuevos bautizados y los confirmados son sellados, se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y el altar en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y se disponen al bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben alivio en su enfermedad.
Del mismo modo se significa con el santo crisma que los cristianos, injertados por el bautismo en el Misterio pascual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resucitados con él, participando de su sacerdocio real y profético, y recibiendo por la confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo que se les da.

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados.
La bendición del óleo de los enfermos y del óleo de los catecúmenos, así como la consagración del crisma, ordinariamente se hacen por el obispo el día de Jueves Santo, en la misa propia que se celebra por la mañana, siguiendo el orden establecido en el Pontifical Romano.
Ad Missam chrismatis
2. Benedictio olei infirmorum, olei catechumenorum et consecratio chrismatis fit ab Episcopo, secundum Ordinem in Pontificali Romano descriptum, de more hac die, in Missa propria horis matutinis celebranda.
3. Pero si el clero y el pueblo tienen dificultad para reunirse con el obispo en este día, la misa crismal se puede anticipar a otro día, pero cercano a la Pascua. 3. Si vero ea die clerus et populus difficilius congregari possunt cum Episcopo, Missa chrismatis anticipari potest alia die, sed prope Pascha.
4. La materia apta del sacramento es el óleo de las olivas u, oportunamente, otro aceite vegetal.
El crisma se confecciona con óleo y aromas o esencias aromáticas.
El obispo puede preparar el crisma privadamente antes de la celebración o bien dentro de la misma acción litúrgica.
La consagración del crisma es de competencia exclusiva del obispo.
El óleo de los catecúmenos es bendecido por el obispo, juntamente
con los otros óleos, en la misa crismal.
Sin embargo, la facultad de bendecir el óleo de los catecúmenos se concede a los sacerdotes, cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado.
El óleo para la unción de los enfermos debe estar bendecido por el obispo o por un sacerdote que por derecho propio o por peculiar concesión de la Santa Sede goce de esta facultad.
Por derecho propio pueden bendecir el óleo de los enfermos:
a) El que, por derecho, se equipara al obispo diocesano.
b) Cualquier sacerdote, en caso de verdadera necesidad.
4. Haec Missa, quam Episcopus cum suo presbyterio concelebrat, sit veluti manifestatio communionis presbyterorum cum suo Episcopo: expedit proinde ut omnes presbyteri, quantum fieri potest, ipsam participent et in ea Communionem sumant, etiam sub utraque specie. Ad unitatem autem presbyterii diocesis significandam, presbyteri, qui cum Episcopo concelebrant, sint e diversis regionibus diocesis.
5. Según la costumbre tradicional de la liturgia latina, la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de finalizar la plegaria eucarística, mientras que la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma se hacen después de la comunión.
Pero por razones pastorales, está permitido hacer todo el rito de bendición después de la liturgia de la Palabra, observando el orden que se describe más adelante. La preparación del obispo, de los concelebrantes y demás ministros, su entrada en la iglesia y todo lo que hacen desde el comienzo de la misa hasta el final de la liturgia de la Palabra, se realiza como en la misa estacional. Los diáconos
que toman parte en la bendición de los óleos, se dirigen al altar delante de los presbíteros concelebrantes. En esta misa no se dice Credo.
La oración de los fieles, que tiene formulario propio, está unida a la renovación de las promesas sacerdotales.
Quienes comulgan en esta misa pueden volver a comulgar en la misa vespertina.
5. Iuxta morem traditum, benedictio olei infirmorum fit ante finem Precis eucharisticae, benedictio autem olei catechumenorum et consecratio chrismatis post Communionem. Attamen, propter rationes pastorales, licet universum ritum benedictionis post liturgiam verbi peragi.











Cosas que hay que preparar.
Para la bendición de los óleos, además de lo necesario para celebración de la misa estacional, prepárese lo siguiente:
En la sacristía o en otro lugar apto:
  • las vasijas de los óleos;
  • aromas para la confección del crisma, si el obispo quiere hacer la mezcla en la misma acción litúrgica;
  • pan, vino y agua para la misa, que son llevados juntamente con los óleos antes de la preparación de los dones.
En el presbiterio:
  • una mesa para colocar las ánforas de los óleos, dispuesta de tal manera que los fieles puedan ver y participar bien en toda la acción litúrgica;
  • la sede para el obispo, si la bendición se hace ante el altar.

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
Ritos iniciales y liturgia de la palabra
6. Antífona de entrada Cf. Ap 1, 6
Jesucristo nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
6. Antiphona ad introitum Ap 1, 6
Iesus Christus fecit nos regnum et sacerdótes Deo et Patri suo: ipsi glória et impérium in saecula saeculórum. Amen.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excélsis.
7. Oración colecta
Oh, Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, concede, propicio, a quienes hiciste partícipes de su consagración, ser testigos de la redención en el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.
7. Collecta
Deus, qui Unigénitum Fílium tuum unxísti Spíritu Sancto Christúmque Dóminum constituísti, concéde propítius, ut, eiúsdem consecratiónis partícipes effécti, testes Redemptiónis inveniámur in mundo. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas de la Misa Crismal (Lecc. II)

PRIMERA LECTURA Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9
El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, y darles un perfume de fiesta
Lectura del libro del profeta Isaías.

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,
para curar los corazones desgarrados,
proclamar la amnistía a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar un año de gracia del Señor,
un día de venganza de nuestro Dios,
para consolar a los afligidos,
para dar a los afligidos de Sion
una diadema en lugar de cenizas,
perfume de fiesta en lugar de duelo,
un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor»,
dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».
Les daré su salario fielmente
y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 88, 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)
R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

V. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

V. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

SEGUNDA LECTURA Ap 1, 5-8
Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios Padre
Lectura del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan

Gracia y paz a vosotros
de parte de Jesucristo,
el testigo fiel,
el primogénito de entre los muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra.
Al que nos ama,
y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre.
A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra.
Sí, amén.
Dice el Señor Dios:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Versículo antes del Evangelio Cf. Is 61, 1 (Lc 4, 18ac)
El Espíritu del Señor está sobre mí: me he enviado a evangelizar a los pobres.
Spíritus Dómini super me: evangelizáre paupéribus misit me.

EVANGELIO Lc 4, 16-21
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

SANTA MISA CRISMAL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana, Jueves Santo, 24 de marzo de 2016

Después de la lectura del pasaje de Isaías, al escuchar en labios de Jesús las palabras: «Hoy mismo se ha cumplido esto que acaban de oír», bien podría haber estallado un aplauso en la Sinagoga de Nazaret. Y luego podrían haber llorado mansamente, con íntima alegría, como lloraba el pueblo cuando Nehemías y el sacerdote Esdras le leían el libro de la Ley que habían encontrado reconstruyendo el muro. Pero los evangelios nos dicen que hubo sentimientos encontrados en los paisanos de Jesús: le pusieron distancia y le cerraron el corazón. Primero, «todos hablaban bien de él, se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22); pero después, una pregunta insidiosa fue ganando espacio: «¿No es este el hijo de José, el carpintero?». Y al final: «Se llenaron de ira» (Lc 4,28). Lo querían despeñar... Se cumplía así lo que el anciano Simeón le había profetizado a nuestra Señora: «Será bandera discutida» (Lc 2,34). Jesús, con sus palabras y sus gestos, hace que se muestre lo que cada hombre y mujer tiene en su corazón.
Y allí donde el Señor anuncia el evangelio de la Misericordia incondicional del Padre para con los más pobres, los más alejados y oprimidos, allí precisamente somos interpelados a optar, a «combatir el buen combate de la Fe» (1 Tm 6,12). La lucha del Señor no es contra los hombres sino contra el demonio (cf. Ef 6,12), enemigo de la humanidad. Pero el Señor «pasa en medio» de los que buscan detenerlo «y sigue su camino» (Lc 4,30). Jesús no confronta para consolidar un espacio de poder. Si rompe cercos y cuestiona seguridades es para abrir una brecha al torrente de la Misericordia que, con el Padre y el Espíritu, desea derramar sobre la tierra. Una Misericordia que procede de bien en mejor: anuncia y trae algo nuevo: cura, libera y proclama el año de gracia del Señor.
La Misericordia de nuestro Dios es infinita e inefable y expresamos el dinamismo de este misterio como una Misericordia «siempre más grande», una Misericordia en camino, una Misericordia que cada día busca el modo de dar un paso adelante, un pasito más allá, avanzando sobre las tierras de nadie, en las que reinaba la indiferencia y la violencia.
Y así fue la dinámica del buen Samaritano que «practicó la misericordia» (Lc 10,37): se conmovió, se acercó al herido, vendó sus heridas, lo llevó a la posada, se quedó esa noche y prometió volver a pagar lo que se gastara de más. Esta es la dinámica de la Misericordia, que enlaza un pequeño gesto con otro, y sin maltratar ninguna fragilidad, se extiende un poquito más en la ayuda y el amor. Cada uno de nosotros, mirando su propia vida con la mirada buena de Dios, puede hacer un ejercicio con la memoria y descubrir cómo ha practicado el Señor su misericordia para con nosotros, cómo ha sido mucho más misericordioso de lo que creíamos y, así, animarnos a desear y a pedirle que dé un pasito más, que se muestre mucho más misericordioso en el futuro. «Muéstranos Señor tu misericordia» (Sal 85,8). Esta manera paradójica de rezar a un Dios siempre más misericordioso ayuda a romper esos moldes estrechos en los que tantas veces encasillamos la sobreabundancia de su Corazón. Nos hace bien salir de nuestros encierros, porque lo propio del Corazón de Dios es desbordarse de misericordia, desparramarse, derrochando su ternura, de manera tal que siempre sobre, ya que el Señor prefiere que se pierda algo antes de que falte una gota, que muchas semillas se la coman los pájaros antes de que se deje de sembrar una sola, ya que todas son capaces de portar fruto abundante, el 30, el 60 y hasta el ciento por uno.
Como sacerdotes, somos testigos y ministros de la Misericordia siempre más grande de nuestro Padre; tenemos la dulce y confortadora tarea de encarnarla, como hizo Jesús, que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), de mil maneras, para que llegue a todos. Nosotros podemos contribuir a inculturarla, a fin de que cada persona la reciba en su propia experiencia de vida y así la pueda entender y practicar —creativamente— en el modo de ser propio de su pueblo y de su familia.
Hoy, en este Jueves Santo del Año Jubilar de la Misericordia, quisiera hablar de dos ámbitos en los que el Señor se excede en su Misericordia. Dado que es él quien nos da ejemplo, no tenemos que tener miedo a excedernos nosotros también: un ámbito es el del encuentro; el otro, el de su perdón que nos avergüenza y dignifica.
El primer ámbito en el que vemos que Dios se excede en una Misericordia siempre más grande, es en el encuentro. Él se da todo y de manera tal que, en todo encuentro, directamente pasa a celebrar una fiesta. En la parábola del Padre Misericordioso quedamos pasmados ante ese hombre que corre, conmovido, a echarse al cuello de su hijo; cómo lo abraza y lo besa y se preocupa de ponerle el anillo que lo hace sentir como igual, y las sandalias del que es hijo y no empleado; y luego, cómo pone a todos en movimiento y manda organizar una fiesta. Al contemplar siempre maravillados este derroche de alegría del Padre, a quien el regreso de su hijo le permite expresar su amor libremente, sin resistencias ni distancias, nosotros no debemos tener miedo a exagerar en nuestro agradecimiento. La actitud podemos tomarla de aquel pobre leproso, que al sentirse curado, deja a sus nueve compañeros que van a cumplir lo que les mandó Jesús y vuelve a arrodillarse a los pies del Señor, glorificando y dando gracias a Dios a grandes voces.
La misericordia restaura todo y devuelve a las personas a su dignidad original. Por eso, el agradecimiento efusivo es la respuesta adecuada: hay que entrar rápido en la fiesta, ponerse el vestido, sacarse los enojos del hijo mayor, alegrarse y festejar... Porque sólo así, participando plenamente en ese ámbito de celebración, uno puede después pensar bien, uno puede pedir perdón y ver más claramente cómo podrá reparar el mal que hizo. Puede hacernos bien preguntarnos: Después de confesarme, ¿festejo? O paso rápido a otra cosa, como cuando después de ir al médico, uno ve que los análisis no dieron tan mal y los mete en el sobre y pasa a otra cosa. Y cuando doy una limosna, ¿le doy tiempo al otro a que me exprese su agradecimiento y festejo su sonrisa y esas bendiciones que nos dan los pobres, o sigo apurado con mis cosas después de «dejar caer la moneda»?
El otro ámbito en el que vemos que Dios se excede en una Misericordia siempre más grande, es el perdón mismo. No sólo perdona deudas incalculables, como al siervo que le suplica y que luego se mostrará mezquino con su compañero, sino que nos hace pasar directamente de Ia vergüenza más vergonzante a la dignidad más alta sin pasos intermedios. El Señor deja que la pecadora perdonada le lave familiarmente los pies con sus lágrimas. Apenas Simón Pedro le confiesa su pecado y le pide que se aleje, Él lo eleva a la dignidad de pescador de hombres. Nosotros, en cambio, tendemos a separar ambas actitudes: cuando nos avergonzamos del pecado, nos escondemos y andamos con la cabeza gacha, como Adán y Eva, y cuando somos elevados a alguna dignidad tratamos de tapar los pecados y nos gusta hacernos ver, casi pavonearnos.
Nuestra respuesta al perdón excesivo del Señor debería consistir en mantenernos siempre en esa tensión sana entre una digna vergüenza y una avergonzada dignidad: actitud de quien por sí mismo busca humillarse y abajarse, pero es capaz de aceptar que el Señor lo ensalce en bien de la misión, sin creérselo. El modelo que el Evangelio consagra, y que puede servirnos cuando nos confesamos, es el de Pedro, que se deja interrogar prolijamente sobre su amor y, al mismo tiempo, renueva su aceptación del ministerio de pastorear las ovejas que el Señor le confía.
Para entrar más hondo en esta avergonzada dignidad, que nos salva de creernos, más o menos, de lo que somos por gracia, nos puede ayudar ver cómo en el pasaje de Isaías que el Señor lee hoy en su Sinagoga de Nazaret, el Profeta continúa diciendo: «Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios» (Is 61,6). Es el pueblo pobre, hambreado, prisionero de guerra, sin futuro, sobrante y descartado, a quien el Señor convierte en pueblo sacerdotal.
Como sacerdotes, nos identificamos con ese pueblo descartado, al que el Señor salva y recordamos que hay multitudes incontables de personas pobres, ignorantes, prisioneras, que se encuentran en esa situación porque otros los oprimen. Pero también recordamos que cada uno de nosotros conoce en qué medida, tantas veces estamos ciegos de la luz linda de la fe, no por no tener a mano el evangelio sino por exceso de teologías complicadas. Sentimos que nuestra alma anda sedienta de espiritualidad, pero no por falta de Agua Viva —que bebemos sólo en sorbos—, sino por exceso de espiritualidades «gaseosas», de espiritualidades light. También nos sentimos prisioneros, pero no rodeados como tantos pueblos, por infranqueables muros de piedra o de alambrados de acero, sino por una mundanidad virtual que se abre o cierra con un simple click. Estamos oprimidos pero no por amenazas ni empujones, como tanta pobre gente, sino por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a las ovejitas que esperan la voz de sus pastores.
Y Jesús viene a rescatarnos, a hacernos salir, para convertirnos de pobres y ciegos, de cautivos y oprimidos. en ministros de misericordia y consolación. Y nos dice, con las palabras del profeta Ezequiel al pueblo que se prostituyó y traicionó tanto a su Señor: «Yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras joven... Y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella, cuando recibas a tus hermanas, las mayores y las menores, y yo te las daré como hijas, si bien no en virtud de tu alianza. Yo mismo restableceré mi alianza contigo, y sabrás que yo soy el Señor. Así, cuando te haya perdonado todo lo que has hecho, te acordarás y te avergonzarás, y la vergüenza ya no te dejará volver a abrir la boca —oráculo del Señor—» (Ez 16,60-63).
En este Año Santo Jubilar, celebramos con todo el agradecimiento de que sea capaz nuestro corazón, a nuestro Padre, y le rogamos que «se acuerde siempre de su Misericordia»; recibimos con avergonzada dignidad la Misericordia en la carne herida de nuestro Señor Jesucristo y le pedimos que nos lave de todo pecado y nos libre de todo mal; y con la gracia del Espíritu Santo nos comprometemos a comunicar la Misericordia de Dios a todos los hombres, practicando las obras que el Espíritu suscita en cada uno para el bien común de todo el pueblo fiel de Dios.


8. Una vez proclamado el Evangelio, el obispo pronuncia la homilía, en la cual, a partir del texto de las lecturas de la liturgia de la Palabra, instruye al pueblo sobre la unción sacerdotal, exhorta a los presbíteros a conservar la fidelidad a su ministerio y les invita a renovar públicamente sus promesas sacerdotales. 8. Post lectionem Evangelii Episcopus homiliam habet, in qua, initium sumens e textu lectionum quae in liturgia verbi lectae sunt, populum atque suos presbyteros de sacerdotali unctione alloquitur hortans presbyteros ad fidelitatem in suo munere servandam, eosque invitans ad promissiones suas sacerdotales publice renovandas.
Renovación de las promesas sacerdotales
9. Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbíteros con estas o semejantes palabras:
Obispo: Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?
Los presbíteros, conjuntamente, responden a la vez: Sí, quiero.
Obispo: ¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?
Presbíteros: Sí, quiero.
Obispo: ¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?
Presbíteros: Sí, quiero.
Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, el obispo prosigue:
Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros presbíteros, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones; que sean ministros fieles de Cristo Sumo Sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente de salvación.
Pueblo: Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Obispo: Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos.
Pueblo: Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Obispo: El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.
Todos: Amén.
Renovatio promissionum sacerdotalium
9. Homilia expleta, Episcopus, his vel similibus verbis, cum presbyteris colloquitur:
Fílii caríssimi, ánnua redeúnte memória diéi, qua Christus Dóminus sacerdótium suum cum Apóstolis nobísque communicávit, vultis olim factas promissiónes coram Epíscopo vestro et pópulo sancto Dei renováre?
Presbyteri, una simul, respondent: Volo.
Vultis Dómino Iesu árctius coniúngi et conformári, vobismetípsis abrenuntiántes atque promíssa confirmántes sacrórum officiórum, quae, Christi amóre indúcti, erga eius Ecclésiam, sacerdotális vestrae ordinatiónis die, cum gáudio suscepístis?
Presbyteri: Volo.
Vultis fidéles esse dispensatóres mysteriórum Dei per sanctam Eucharístiam ceterásque litúrgicas actiónes, atque sacrum docéndi munus, Christum Caput atque Pastórem sectándo, fidéliter implére, non bonórum cúpidi, sed animárum zelo tantum indúcti?
Presbyteri: Volo.
Deinde, ad populum conversus, Episcopus prosequitur:
Vos autem, fílii dilectíssimi, pro presbyteris vestris oráte, ut Dóminus super eos bona sua abundánter effúndat, quátenus fidéles minístri Christi, Summi Sacerdótis, vos ad eum perdúcant, qui fons est salútis.
Populus: Christe, audi nos. Christe, exáudi nos.
Et pro me étiam oráte, ut fidélis sim múneri apostólico humilitáti meae commísso, et inter vos effíciar viva et perféctior in dies imágo Christi Sacerdótis, Boni Pastóris, Magístri et ómnium Servi.
Populus: Christe, audi nos. Christe, exáudi nos.
Dóminus nos omnes in sua caritáte custódiat, et ipse nos univérsos, pastóres et oves, ad vitam perdúcat aetérnam.
Omnes: Amen.
10. No se dice Credo. 10. Sequitur oratio universalis. Non dicitur Credo.

Liturgia eucarística
11. Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Señor, que la eficacia de este sacrificio nos purifique de la vieja condición de pecado y acreciente en nosotros la vida nueva y la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
11. Super oblata
Huius sacrifícii poténtia, Dómine, quaesumus, et vetustátem nostram cleménter abstérgat, et novitátem nobis áugeat et salútem. Per Christum.
12. PREFACIO I DE LAS ORDENACIONES
EL SACERDOCIO DE CRISTO Y EL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu Unigénito pontífice de la alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Santo, santo Santo…
12. PRAEFATIO
DE SACERDOTIO CHRISTI ET DE MINISTERIO ET SACERDOTUM
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotensaetérne Deus:
Qui Unigénitum tuum Sancti Spíritus unctióne novi et aetérni testaménti constituísti Pontíficem, et ineffábili dignátus es dispositióne sancíre, ut únicum eius sacerdótium in Ecclésia servarétur.
Ipse enim non solum regáli sacerdótio pópulum acquisitiónis exórnat, sed étiam fratérna hómines éligit bonitáte, ut sacri sui ministérii fiant mánuum impositióne partícipes.
Qui sacrifícium rénovent, eius nómine, redemptiónis humánae, tuis apparántes fíliis paschále convívium, et plebem tuam sanctam caritáte praevéniant, verbo nútriant, refíciant sacraméntis.
Qui, vitam pro te fratrúmque salúte tradéntes, ad ipsíus Christi nitántur imáginem conformári, et constánter tibi fidem amorémque testéntur.
Unde et nos, Dómine, cum Angelis et Sanctis univérsis tibi confitémur,
in exsultatióne dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA I o CANON ROMANO. PREX EUCHARISTICA I seu CANON ROMANUS.
13. Antífona de comunión Sal 88, 2
Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
13. Antiphona ad communionem Ps 88, 2
Misericórdias Dómini in aetérnum cantábo; in generatiónem et generatiónem annuntiábo veritátem tuam in ore meo.
14. Oración después de la comunión
Concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
14. Post communionem
Súpplices te rogámus, omnípotens Deus, ut, quos tuis réficis sacraméntis, Christi bonus odor éffici mereántur. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
15. La recepción de los santos óleos en cada parroquia puede hacerse antes de la celebración de la misa vespertina de la Cena del Señor o en otro momento oportuno.
15. Receptio sacrorum oleorum fieri potest in singulis parociis vel ante celebrationem Missae vespertinae in Cena Domini, vel alio tempore, quod opportunius videbitur.

RITO DE LA BENDICIÓN DE LOS ÓLEOS
Y CONSAGRACIÓN DEL SANTO CRISMA
Procesión de las ofrendas
Después de la renovación de las promesas sacerdotales, los diáconos y ministros designados llevan los óleos, o, en su defecto, algunos presbíteros y ministros, o bien los mismos fieles que presentan el pan, el vino y el agua, se dirigen ordenadamente a la sacristía o al lugar donde se han dejado preparados los óleos y las otras ofrendas. Al volver al altar lo hacen de este modo: en primer lugar, el ministro que lleva el recipiente con los aromas, si es que el obispo quiere hacer él mismo la mezcla del crisma; después, otro ministro con la vasija del óleo de los catecúmenos; seguidamente, otro con la vasija del óleo de los enfermos. El óleo para el crisma es llevado en último lugar por un diácono o un presbítero. A ellos les siguen los ministros que llevan el pan, el vino y el agua para la celebración eucarística.
Al avanzar la procesión por la iglesia, la “schola” canta el himno O Redemptor u otro canto apropiado, respondiendo toda la asamblea, en lugar del canto del ofertorio.

Himno

O Redémptor, sume carmen
Temet concinéntium.
Arbor feta alma luce
Hoc sacrándum prótulit,
Fert hoc prona praesens turba
Salvatóri saéculi.

Consecráre tu dignáre,
Rex perénnis patriae,
Hoc olívum sígnum vivum
Iura contra daémonum.

Ut novétur sexus omnis
Unctione chrísmatis;
Ut sanétur sauciáta
Dignitatis glória.

Lota mente sacro fonte
Aufugántur crímina,
Uncta fronte sacrosáncta
Influunt charísmata.

Corde natus ex Paréntis,
Alvum implens Vírginis,
Praesta lucem, claude mortem
Chrísmatis consórtibus.

Sit haec dies festa nobis
Saeculórum saéculis,
sit sacráta digna laude
nec senéscat témpore.

Cuando llegan al altar o a la sede, el obispo recibe los dones. El diácono que lleva la vasija para el santo crisma, se la presenta al obispo, diciendo en voz alta: Óleo para el santo crisma; el obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, el cual la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúmenos. El primero dice: Óleo de los enfermos; el otro: Óleo de los catecúmenos. El obispo recibe ambas vasijas y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha preparado.
La Misa se desarrolla como en el rito de la concelebración, hasta el final de la plegaria eucarística, a no ser que todo el rito de la bendición se tenga realice inmediatamente. En este caso, todo se dispone según se describirá más adelante.

Bendición del óleo de los enfermos
Antes que el obispo diga: Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando todos los bienes... en la plegaria eucarística I, o antes de la doxología Por Cristo, con él y en él, en las otras plegarias eucarísticas, el que llevó la vasija del óleo de los enfermos, la lleva cerca del altar y la sostiene delante del obispo, quién, mientras bendice el óleo de los enfermos, dice esta oración:

Señor Dios, Padre de todo consuelo,
que, has querido sanar las dolencias de los enfermos
por medio de tu Hijo:
escucha con amor la oración de nuestra fe
y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Paráclito
sobre este óleo.
Tú que has hecho que el leño verde del olivo
produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo,
enriquece con tu bendición + este óleo
para que cuantos sean ungidos con él
sientan en cuerpo y alma tu divina protección
y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.
Que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros
óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor.
[Que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.]

La conclusión Él, que vive y reina se dice solamente cuando la bendición se hace fuera de la plegaria eucarística.

Acabada la bendición, la vasija del óleo de los enfermos se lleva de nuevo a su lugar, y la misa prosigue hasta después de la comunión.

Bendición del óleo de los catecúmenos
Dicha la oración después de la comunión, los ministros colocan las vasijas con los óleos que se han de bendecir sobre una mesa que se ha dispuesto oportunamente en medio del presbiterio. El obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él, procede a la bendición del óleo de los catecúmenos y a la consagración del crisma.
Estando todo dispuesto, el obispo, de pie y de cara al pueblo, con las manos extendidas, dice la siguiente oración:
Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo,
y has hecho del aceite un símbolo de vigor,
dígnate bendecir + este óleo
y concede tu fortaleza
a los catecúmenos que han de ser ungidos con él,
para que al aumentar en ellos
el conocimiento de la realidades divinas
y la valentía en el combate de la fe,
vivan más hondamente el Evangelio de Cristo,
emprendan animosos la tarea cristiana,
y, admitidos entre tus hijos de adopción,
gocen de la alegría de sentirse renacidos
y de formar parte de la Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Consagración del crisma
Seguidamente, el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio, a no ser que ya estuviese preparado de antemano.
Una vez hecho esto, dice la siguiente invitación a orar:
Hermanos: pidamos a Dios Padre todopoderoso
que se digne bendecir y santificar este ungüento,
para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él,
sientan interiormente la unción de la bondad divina
y sean dignos de los frutos de la redención.
Entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma, y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración:
1
Señor Dios, autor de todo crecimiento
y de todo progreso espiritual;
recibe complacido la acción de gracias
que, gozosamente, por nuestro medio,
te dirige la Iglesia.
Al principio del mundo,
tu mandaste que de la tierra brotasen árboles
que dieran fruto,
y, entre ellos, el olivo
que ahora nos suministra el aceite
con el que hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en los tiempos antiguos,
previendo con espíritu profético
los sacramentos que tu amor instituiría
en favor de los hombres,
nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo
en señal de alegría.
También, cuando en los días del diluvio
las aguas purificaron de pecado la tierra,
una paloma, signo de la gracia futura,
anunció con un ramo de olivo
la restauración de la paz entre los hombres.
Y en los últimos tiempos,
el símbolo de la unción alcanzó su plenitud:
después que el agua bautismal lava los pecados,
el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés
que tras purificar en el agua a su hermano Aarón,
lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza
cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
después de ser bautizado por Juan en el Jordán,
recibió el Espíritu Santo en forma de paloma
y se oyó tu voz declarando
que él era tu Hijo, el Amado,
en quien te complacías plenamente.
De este modo se hizo manifiesto
que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
«El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros».
Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.
A la vista de tantas maravillas
te pedimos, Señor,
que te dignes que santificar con tu bendición + este óleo,
y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo,
de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
le infundas en él la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires
y hagas que este crisma
sea un sacramento de la plenitud de la vida cristiana
para todos que van a ser renovados
por el baño espiritual del bautismo;
haz que los consagrados por esta unción,
libres del pecado en que nacieron,
y convertidos en templo de tu divina presencia
exhalen el perfume de una vida santa;
que fieles al sentido de la unción,
vivan su condición de reyes, sacerdotes y profetas
y que este óleo sea
para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo,
crisma de salvación,
les haga partícipes de la vida eterna
y herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

O bien esta oración:
II
SEÑOR Dios, fuente de la vida y autor de los sacramentos:
te damos gracias porque en tu bondad inefable
anunciaste en la Antigua Alianza
el misterio de la santificación por la unción con el óleo,
y lo llevaste a plenitud, al llegar los últimos tiempos,
en Cristo, tu Hijo amado;
pues cuando Cristo, nuestro Señor,
salvó al mundo por el Misterio pascual,
quiso derramar sobre la Iglesia
la abundancia del Espíritu Santo
y la enriqueció con sus dones celestiales,
para que en el mundo se realizase plenamente,
por medio de la Iglesia,
la obra de la salvación.
Por eso, Señor, en el sacramento del crisma
concedes a los hombres el tesoro de tus gracias
y haces que tus hijos
renacidos por el agua bautismal
reciban fortaleza en la unción del Espíritu Santo
y, hechos a imagen de Cristo, tu Hijo,
participen de su misión profética, sacerdotal y real.
Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.
Por tanto, te pedimos, Señor,
que mediante el poder de tu gracia
hagas que esta mezcla de aceite y perfume
sea para nosotros instrumento y signo de tus + bendiciones;
derrama sobre nuestros hermanos,
cuando sean ungidos con este crisma,
la abundancia de los dones del Espíritu Santo,
y que los lugares y objetos
consagrados por este óleo
sean para tu pueblo motivo de santificación.
Pero ante todo, Señor, te suplicamos
que por medio del sacramento del crisma
hagas crecer a tu Iglesia
en el número y santidad de sus hijos,
hasta que, según la medida de Cristo,
alcance aquella plenitud
en la que tú, en el esplendor de tu gloria,
junto con tu Hijo
y en la unidad del Espíritu Santo,
lo serás todo en todos
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Cuando todo el rito de la bendición de los óleos se realiza después de la liturgia de la Palabra, acabada la renovación de las promesas sacerdotales y la procesión de ofrendas, el obispo con los concelebrantes se acerca a la mesa donde se va a tener la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y la consagración del crisma. Todo se hace según se ha descrito más arriba.
Dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone y bendice el incienso en el incensario, y se organiza la procesión hacia la sacristía después de que el diácono dice:
Podéis ir en paz.Los óleos bendecidos son llevados por sus ministros inmediatamente después de la cruz. La schola o el pueblo cantan algunos versos del himno O Redemptor u otro canto apropiado.
En la sacristía, el obispo, oportunamente, puede advertir a los presbíteros cómo hay que tratar y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos cuidadosamente.

MARTIROLOGIO

Hoy se omite su lectura
Santos y Beatos del día 14 de abril

1. En Roma, en el cementerio de Pretextato, en la vía Apia, santos Tiburcio, Valeriano y Máximo, mártires (s. inc.).
2. En Antioquía, en Siria, santas mártires Bernice y Prosdoca, vírgenes, junto con su madre Domnina, que en tiempo de persecución, para evitar a los que querían atentar contra su pureza, buscando remedio en la fuga, hallaron finalmente el martirio al ser arrojadas a un río (s. IV).
3. En el desierto de Nitria, en Egipto, san Frontón, abad, que, junto con setenta compañeros, se retiró al desierto (c. s. IV).
4. En Elphin, en Irlanda, san Asaco, obispo, considerado como discípulo de san Patricio y primer obispo de esta Iglesia (s. V).
5. En Alejandría, en Egipto, santa Tomáide, mártir (476).
6. En Lyon, en Francia, san Lamberto, obispo, que antes había sido monje y abad del monasterio de Fontanelle (c. 688).
7*. En Montemarano, de la Campania, san Juan, obispo, que se dedicó a ayudar a los pobres y a la santificación del clero (s. XI/XII).
8*. En el monasterio de Tiron, junto a Chartres, en Francia, san Bernardo, abad, que llevó vida eremítica en bosques y en la isla Chausey, siendo maestro insigne de los discípulos que acudían a él en gran número, a los que encaminaba hacia la perfección evangélica (1117).
9*. En Aviñón, en Francia, san Benito, que, siendo adolescente, ejercía de pastor, hasta que se trasladó a esta ciudad y se dedicó, con la ayuda del preboste, a construir un puente sobre el Ródano, muy útil para los ciudadanos (1184).
10*. En Tuy, de Galicia, en España, beato Pedro González, llamado vulgarmente “Telmo”, presbítero de la Orden de Predicadores, que trató de ser tan humilde como antes había deseado la gloria, entregándose a ayudar a los más humildes, sobre todo a marineros y pescadores (1246).
11*. En Schiedam, en Gueldres, santa Lidvina o Liduina, virgen, que por la conversión de los pecadores y la liberación de las almas, soportó durante toda la vida enfermedades del cuerpo, confiada sólo en Dios (1433).
12*. En el pueblo Cuevas de Vinromá, cerca de Castalla, en España, beata Isabel Calduch Rovira, virgen de la Orden de Clarisas Capuchinas y mártir, que en tiempo de persecución contra la fe murió por Cristo (1936).