domingo, 27 de noviembre de 2016

Unción del enfermo. Rito ordinario.

Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos (6ª ed. española 1996)

CAPÍTULO II. UNCIÓN DEL ENFERMO

RITO ORDINARIO

Preparativos de la celebración

121. El sacerdote, antes de administrar la santa Unción a un enfermo, se informará de su estado, de modo que tenga en cuenta su situación en la disposición del rito y en la elección de lecturas de la Sagrada Escritura y oraciones. Si le es posible, el sacerdote debe determinar estas cosas de acuerdo con el en­fermo o con su familia, explicando la significación del sacra­mento.

122. Cuando sea necesario oír al enfermo en confesión sa­cramental, el sacerdote, si es posible, irá al enfermo antes de celebrar la Unción. En el caso de que el enfermo haya de confesarse durante la Unción lo hará al principio del rito. Pero cuando no haya confesión dentro del rito, hágase el acto peni­tencial.

123. El enfermo que no está en cama puede recibir el Sacra­mento en la iglesia o en otro lugar conveniente, en el que haya un asiento adecuado para el enfermo y donde puedan reunirse al menos los parientes y amigos, los cuales participarán en la ce­lebración. En los sanatorios, el sacerdote deberá tener en cuenta la situación de los otros enfermos que, tal vez, se encuentran en la misma habitación. Vea si éstos pueden participar algo en la celebración o si se cansan o si, por no profesar la fe católica, se sienten de algún modo molestados.

124. El rito que se va a describir sirve también para el caso en que se dé la Unción a varios enfermos a la vez, siempre que sobre cada uno se hagan la imposición de manos y la Unción con su fórmula; todo lo demás se dirá una sola vez en plural.

Ritos iniciales

125. El sacerdote, vestido cual conviene al sagrado ministe­rio que va a realizar, llega al enfermo y, con sencillas y afectuo­sas palabras, saluda al enfermo y a cuantos están con él. Puede decir, si le parece, este saludo:

La paz del Señor a esta casa y a todos los aquí pre­sentes.
O bien:
La paz del Señor sea con vosotros (contigo).
____________________________________________________

126. Otras fórmulas de saludo:

V. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

R. Y con tu espíritu.

127. O bien:

V. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.

R. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesu­cristo.
O bien:
R. Y con tu espíritu.
____________________________________________________

128. Luego, si es oportuno, rocía con agua bendita (si hay que bendecir el agua, se hace con la oración propuesta en el n. 259) al enfermo y a la habitación, diciendo esta fórmula:

Que esta agua nos recuerde nuestro bautismo en Cristo, que nos redimió con su muerte y resurrección.

129. Seguidamente se dirige a los presentes con estas o pare­cidas palabras:

Queridos hermanos: En el Evangelio leemos que nuestro Señor Jesucristo curaba a los enfermos, que acudían a él en busca de salud. El mismo, que durante su vida sufrió tanto por los hombres, está ahora pre­sente en medio de nosotros, reunidos en su nombre, y nos dice por medio del apóstol Santiago: «¿Está en­fermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pe­cado, lo perdonará».
Pongamos, pues, a nuestro hermano enfermo en manos de Cristo, que lo ama y puede curarlo, para que le conceda alivio y salud.

130. O bien puede decir la siguiente oración:

Señor, Dios nuestro, que por medio de tu apóstol Santiago nos has dicho: «¿Está enfermo alguno de vo­sotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que re­cen sobre él, después de ungirlo con óleo, en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y, si ha cometido pecado, lo perdo­nará».
Escucha la oración de quienes nos hemos reunido en tu nombre y protege misericordiosamente a N., nuestro hermano enfermo (y a todos los otros enfer­mos de esta casa).
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Acto penitencial.

131. Si no hay confesión sacramental, hágase el acto peni­tencial.

132. Primera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros pecados.

Se hace una breve pausa en silencio. Después, todos juntos, hacen la confesión:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensa­miento, palabra, obra y omisión.
Dándose golpes de pecho añaden:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y a continuación:
Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que inter­cedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.
________________________________________________________

133. Segunda fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después el sacerdote dice:

V. Señor, ten misericordia de nosotros.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Muéstranos, Señor, tu misericordia.
R. Y danos tu salvación.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de noso­tros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

134. Tercera fórmula

El sacerdote invita a los fieles a la penitencia:

Hermanos: para participar con fruto en esta cele­bración, comencemos por reconocer nuestros peca­dos.

Se hace una breve pausa en silencio.

Después el sacerdote, o uno de los presentes; hace las siguien­tes u otras invocaciones con el Señor, ten piedad.

V. Tú que por el misterio pascual nos has obtenido la salvación: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

V. Tú que no cesas de actualizar entre nosotros las maravillas de tu pasión: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.

V. Tú que por la comunión de tu cuerpo nos haces participar del sacrificio pascual: Señor, ten pie­dad.
R. Señor, ten piedad.

El sacerdote concluye:

Dios todopoderoso tenga misericordia de noso­tros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.
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Liturgia de la Palabra

Proclamación de la Palabra de Dios.

135. A continuación, puede leerse por uno de los presentes o por el mismo sacerdote algún texto de la Sagrada Escritura, v. gr.:

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según San Mateo 8, 5-10. 13.

AI entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó, rogándole:
—Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.
Jesús le contestó:
—Voy yo a curarlo.
Pero el centurión le replicó:
—Señor, no soy quien para que entres bajo mi te­cho. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes: y le digo a uno «ve», y va; al otro, «ven», y viene; a mi criado, «haz esto», y lo hace.
Al oírlo Jesús quedó admirado y dijo a los que le se­guían:
—Os aseguro que en Israel no he encontrado en na­die tanta fe.
Y al centurión le dijo:
—Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.

Palabra del Señor.

U otra lectura apropiada, tomada, por ejemplo, de las que fi­guran en los nn. 260 ss. Si parece oportuno, puede hacerse una breve explicación de estos textos.

Liturgia del Sacramento

Letanía:

136. Puede recitarse ahora o después de la Unción, o tam­bién en ambos momentos. El sacerdote puede abreviar o adap­tar el formulario según aconsejen las circunstancias.

Con humildad y confianza invoquemos al Señor en favor de N., nuestro hermano.

Dígnate visitarlo con tu misericordia y confor­tarlo con la santa Unción.
R. Te rogamos, óyenos.

Líbralo, Señor, de todo mal.
R. Te rogamos, óyenos.

Alivia el dolor de todos los enfermos (de esta casa).
R. Te rogamos, óyenos.

Asiste a los que se dedican al cuidado de los en­fermos.
R. Te rogamos, óyenos.

— Libra a este enfermo deJ pecado y de toda tenta­ción.
R. Te rogamos, óyenos.

Da vida y salud a quien en tu nombre vamos a imponer las manos.
R. Te rogamos, óyenos.
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137. O bien:

Tú, que soporaste nuestros sufrimientos y aguantaste nuestros dolores, Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

— Tú, que te compadeciste de la gente y pasaste haciendo el bien y curando a los enfermos, Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.

Tú, que mandaste a los apóstoles imponer lasmanos sobre los enfermos, Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

138. O bien:

Oremos al Señor por nuestro hermano enfermo y por todos los que lo cuidan y están a su servicio.

Mira con amor a este enfermo.
R. Te rogamos, óyenos.

Da nueva fuerza a su cuerpo.
R. Te rogamos, óyenos.

Alivia sus angustias.
R. Te rogamos, óyenos.

Líbralo del pecado y de toda tentación.
R. Te rogamos, óyenos.

Ayuda con tu gracia a todos los enfermos.
R. Te rogamos, óyenos.

Asiste con tu poder a los que se dedican a su cuidado.
R. Te rogamos, óyenos.

Y da vida y salud a este enfermo, a quien en tu nombre vamos a imponer las manos.
R. Te rogamos, óyenos.
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139. Ahora el sacerdote, en silencio, impone las manos so­bre la cabeza del enfermo.

Bendición del óleo

140. Cuando, según lo dicho en el n. 21, el sacerdote haya de bendecir el óleo dentro del rito, procederá así:

Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has que­rido sanar las dolencias de los enfermos por medio de tu Hijo : escucha con amor la oración de nuestra fe y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Defensor so­bre este óleo.

Tú que has hecho que el leño verde del olivo pro­duzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo, enriquece con tu bendición + este óleo, para que cuantos sean ungidos con él sientan en el cuerpo y en el alma tu divina protección y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.

Que por tu acción, Señor, este aceite sea para noso­tros óleo santo, en nombre de Jesucristo, nuestro Se­ñor.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.
______________________________________________________

141. O bien:

— Bendito seas, Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste tu Hijo
al mundo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has re­bajado haciéndote hombre como nosotros, para
curar nuestras enfermedades.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de
nuestro cuerpo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Muéstrate propicio, Señor, y santifica con tu ben­dición este aceite, que va a servir de alivio en la en­fermedad de tu hijo, y por la oración de nuestra fe li­bra de sus males a quien ungimos con el óleo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

142. Si el óleo está ya bendecido, dice sobre él una oración de acción de gracias:

 Bendito seas, Dios, Padre todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste tu Hijo al mundo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has rebajado haciéndote hombre como nosotros, para curar nuestras enfermedades.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Bendito seas, Dios, Espíritu Santo Defensor, que con tu poder fortaleces la debilidad de nuestro cuerpo.
R. Bendito seas por siempre, Señor.

Mitiga, Señor, los dolores de este hijo tuyo, a quien ahora, llenos de fe, vamos a ungir con el óleo santo; haz que se sienta confortado en su enfermedad y aliviado en sus sufrimientos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

Santa Unción

143. El sacerdote toma el santo óleo y unge al enfermo en la frente y en las manos, diciendo una sola vez:

Por esta santa Unción y por su bondadosa miseri­cordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo.
R. Amén.

Para que, libre de tus pecados, te conceda la salva­ción y te conforte en tu enfermedad.
R. Amén.

144. Después dice esta oración:

Oremos.
Te rogamos, Redentor nuestro, que por la gracia del Espíritu Santo, cures el dolor de este enfermo, sa­nes sus heridas, perdones sus pecados, ahuyentes todo sufrimiento de su cuerpo y de su alma y le devuelvas la salud espiritual y corporal, para que, restablecido por tu misericordia, se incorpore de nuevo a los quehace­res de su vida.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.
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145. O bien:

Señor Jesucristo, que para redimir a los hombres y sanar a los enfermos, quisiste asumir nuestra condi­ción humana, mira con piedad a N., que está enfermo y necesita ser curado en el cuerpo y en el espíritu.
Reconforta y consuela con tu poder a quien hemos ungido en tu nombre con el óleo sqnto, para que le­vante su ánimo y pueda superar todos sus males (y ya que has querido asociarlo a tu Pasión redentora, haz que confíe en la eficacia de su dolor para la salvación del mundo).
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Otras oraciones adaptadas a las diversas condiciones del enfermo:

146. Para un anciano.

Señor, mira con bondad a nuestro hermano que, sintiéndose débil por el peso de sus años, pide recibirla gracia de la santa Unción para bien de su cuerpo y de su alma; concédele que, confortado con el don del Espíritu Santo, permanezca en la fe y en la esperanza, dé a todos ejemplo de paciencia y así manifieste el consuelo de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

147. Para uno que está en peligro grave.

Señor Jesucristo, Redentor de los hombres, que en tu Pasión quisiste soportar nuestros sufrimientos y aguantar nuestros dolores, te pedimos por nuestro hermano N., que está enfermo; tú, que lo has redimido, aviva en él la esperanza de su salvación y con­forta su cuerpo y su alma.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

148. Para cuando se administran conjuntamente la Unción y el Viático:

Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, mira con amor a tu hijo N., que en su angustia pone en ti toda su esperanza; alivíalo con la gracia de la santa Unción y reanímalo con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, Viático para la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

149. Para uno que está en agonía.

Padre misericordioso, tú que conoces hasta dónde llega la buena voluntad del hombre, tú que siempre estás dispuesto a olvidar nuestras culpas, tú que nunca niegas el perdón a los que acuden a ti, compadécete de tu hijo N., que se debate en la agonía.
Te pedimos que, ungido con el óleo santo y ayu­dado por la oración de nuestra fe, se vea aliviado en su cuerpo y en su alma, obtenga el perdón de sus pecados y sienta la fortaleza de tu amor.
Por Jesucristo, tu Hijo, que venció a la muerte y nos abrió las puertas de la vida y contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Conclusión del rito

150. El sacerdote introduce la oración dominical con estas o parecidas palabras:

Y ahora, todos juntos, invoquemos a Dios con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Y todos juntos dicen:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Si ha de comulgar el enfermo, después de la oración domini­cal se procede como se indica en el rito de la comunión de enfer­mos (nn. 105-110).

151. El rito se concluye con la bendición del sacerdote:

Que Dios Padre te bendiga.
R. Amén.

Que el Hijo de Dios te devuelva la salud.
R. Amén.

Que el Espíritu Santo te ilumine.
R. Amén.

Que el Señor proteja tu cuerpo y salve tu alma.
R. Amén.

Que haga brillar su rostro sobre ti y te lleve a la vida eterna.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén)
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152. O bien:

Jesucristo, el Señor, esté siempre a tu lado para de­fenderte.
R. Amén.

Que él vaya delante de ti para guiarte y vaya tras de ti para guardarte.
R. Amén.

Que él vele por ti, te sostenga y te bendiga.
R. Amén.

(Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.
R. Amén.)

153. O bien: 

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y os acom­pañe siempre.

R. Amén.

Puede emplearse también alguna de las fórmulas del Misal para el final de la Misa.