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martes, 1 de noviembre de 2016

Rito para reconciliar a un solo penitente

Ritual de la Penitencia (2 de diciembre de 1973)

Capítulo I. RITO PARA RECONCILIAR A UN SOLO PENITENTE

Acogida del penitente

83. 
El sacerdote acoge con bondad al penitente y le saluda con palabras de afecto.

84. Luego, el penitente, y, si lo juzga oportuno, también el sacerdote, hace la señal de la cruz, diciendo:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.

El sacerdote invita al penitente a poner su confianza en Dios, con estas o parecidas palabras:
Dios, que ha iluminado nuestros corazones, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su mise­ricordia.

El penitente responde:

Amén.
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O bien:

85. Ez 33, 11

Acércate confiadamente al Señor,
que no quiere la muerte del pecador,
sino que cambie de conducta y viva.

86. Lc 5, 32

El Señor Jesús,
que no ha venido a llamar a los justos,
sino a los pecadores,
te acoja con bondad.
Confía en él.

Otros textos ad libitum, nn. 157-159.
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Lectura de la Palabra de Dios

87. El sacerdote, si lo juzga oportuno, lee o recita de memoria algún texto de la Sagrada Escritura, en el que se proclama la misericordia de Dios y la lla­mada del hombre a la conversión.
Pongamos los ojos en el Señor Jesús,
que fue entregado por nuestros pecados
y resucitado para nuestra justificación.
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O bien:

88. Ez 11, 19-20

Escuchemos al Señor, que nos dice:
«Les daré un corazón íntegro
e infundiré en ellos un espíritu nuevo:
les arrancaré el corazón de piedra
y les daré un corazón de carne,
para que sigan mis leyes
y pongan por obra mis mandatos;
serán mi pueblo,
y yo seré su Dios».

89. Mt 6, 14-15

Escuchemos al Señor, que nos dice:
«Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Pa­dre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

90. Mc 1,14-15

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: con­vertios y creed en el Evangelio».

91. Rm 5, 8-9
La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo no­sotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuán­ta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, sere­mos por él salvos de la cólera!

92. Ef 5, 1-2
Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.

93. 1 Jn 1,6-7. 9

Si decimos que estamos unidos a Dios,
mientras vivimos en la oscuridad,
mentimos con palabras y obras.
Pero si vivimos en la luz,
lo mismo que él está en la luz,
entonces estamos unidos unos con otros,
y la sangre de su Hijo Jesús
nos limpia los pecados.
Pero, si confesamos nuestros pecados,
él, que es fiel y justo,
nos perdonará los pecados
y nos limpiará de toda injusticia.

Otros textos ad libitum, nn. 160-165.
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Confesión de los pecados y aceptación de la satisfacción

94. Inmediatamente después, donde sea costumbre, el penitente recita una fórmula de confesión general (por ejemplo, Yo confieso) y, al terminar ésta, confiesa sus pecados.

Si fuera necesario, el sacerdote ayuda al penitente a hacer una confesión íntegra, le da los consejos oportunos y lo exhorta a la contrición de sus culpas, recordándole que el cristiano, por el sacramento de la Penitencia, muriendo y resucitando con Cristo, es renovado en el misterio pascual. Luego le propone una obra de penitencia que el fiel acepta para satisfacción por sus pecados y para enmienda de su vida.

Procure el sacerdote acomodarse en todo a la condición del penitente, tanto en el lenguaje como en los consejos que le dé.


Oración del penitente

95. El sacerdote invita al penitente a que manifieste su contrición. Éste lo hará con alguna de las siguientes fórmulas u otra semejante:

Dios, Padre lleno de clemencia,
como el hijo pródigo, que marchó hacia tu encuentro,
te digo:
«He pecado contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo».
Cristo Jesús, Salvador del mundo,
como el ladrón al que abriste las puertas del paraíso,
te ruego:
«Acuérdate de mí, Señor, en tu reino».
Espíritu Santo, fuente de amor,
confiadamente te invoco:
«Purifícame,
y haz que camine como hijo de la luz».

96. Sal 24, 6-7

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

97. Sal 50, 4-5

Lava del todo mi delito, Dios mío,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.

98. Lc 15, 18; 18, 13

Padre, he pecado contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Ten compasión de este pecador.

99. Misericordia, Dios mío, por tu bondad.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.

100. Jesús, Hijo de Dios,
apiádate de mí, que soy un pecador.

101. Dios mío, con todo mi corazón me arrepiento de todo el mal que he hecho y de todo lo bueno que he dejado de hacer.
Al pecar, te he ofendido a ti, que eres el Supremo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo fir­memente, con la ayuda de tu gracia, hacer penitencia, no volver a pecar y huir de las ocasiones de pecado.
Señor: Por los méritos de la pasión de nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mí.


Imposición de manos y absolución

102. El sacerdote, extendiendo ambas manos o, al menos, la derecha sobre la cabeza del penitente, dice:

Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió consigo al mundo
por la muerte y la resurrección de su Hijo
y derramó el Espíritu Santo
para la remisión de los pecados,
te conceda, por el ministerio de la Iglesia,
el perdón y la paz.
Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS
EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO,
+ Y DEL ESPÍRITU SANTO.

El penitente responde:

Amén.


Acción de gracias y despedida del penitente

103. Después de haberle dado la absolución, el sacerdote prosigue:

Dad gracias al Señor, porque es bueno.

El penitente responde:

Porque es eterna su misericordia.

Después, el sacerdote despide al penitente, ya reconciliado, diciéndole:

El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.

104. En lugar de la acción de gracias y de la fórmula de despedida, el sacer­dote puede decir:

La pasión de nuestro Señor Jesucristo,
la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos,
el bien que hagas y el mal que puedas sufrir,
te sirvan como remedio de tus pecados,
aumento de gracia
y premio de vida eterna.
Vete en paz.

O bien:

El Señor que te ha liberado del pecado,
te admita también en su reino.
A él, la gloria por los siglos.

R. Amén.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado.
Hermano, goza y alégrate en el Señor.
Vete en paz.

O bien:

Vete en paz,
y anuncia a los hombres las maravillas de Dios
que te ha salvado.