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martes, 8 de noviembre de 2016

Martes 13 diciembre 2016, Lecturas del Martes de la III semana de Adviento.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Martes de la III semana de Adviento, feria (Lecc. II).

PRIMERA LECTURA Sof 3, 1-2. 9-13
La salvación mesiánica será enviada a todos los pobres

Lectura de la profecía de Sofonías.

Esto dice el Señor: «¡Ay de la ciudad rebelde, impura, tiránica!
No ha escuchado la llamada, no ha aceptado la lección, no ha confiado en el Señor, no ha recurrido a su Dios.
Entonces purificaré labios de los pueblos para que invoquen todos ellos el nombre del Señor y todos lo sirvan a una.
Desde las orillas de los ríos de Cus, mis adoradores los deportados, traerán mi ofrenda.
Aquel día, ya no te avergonzarás de las acciones con que me ofendiste, pues te arrancaré tu orgullosa arrogancia, y dejarás de engreírte en mi santa montaña.
Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor.
El resto de Israel no hará más el mal, ni mentirá, ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 6-7. 17-18. 19 y 23 (R.: 7ab)
R.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó. Pauper clamávit, et Dóminus exaudívit eum.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó. Pauper clamávit, et Dóminus exaudívit eum.

V. Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó. Pauper clamávit, et Dóminus exaudívit eum.

V. El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó. Pauper clamávit, et Dóminus exaudívit eum.

V. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó. Pauper clamávit, et Dóminus exaudívit eum.

Aleluya
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Ven, Señor, y no tardes, perdona los pecados de tu pueblo.
Veni, Dómine, et noli tardáre; reláxa facínora plebis tuæ.
R.

EVANGELIO Mt 21, 28-32
Vino Juan, y los pecadores le creyeron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. El le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

San Josemaría, Amigos de Dios 57
Hemos de convencernos, por lo tanto, de que el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Jn 4, 36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5, 7).
Me diréis que han pasado muchos siglos y muy pocos piensan de este modo; que la mayoría, si acaso, se afana por motivos bien diversos: unos, por dinero; otros, por mantener una familia; otros, por conseguir una cierta posición social, por desarrollar sus capacidades, por satisfacer sus desordenadas pasiones, por contribuir al progreso social. Y, en general, se enfrentan con sus ocupaciones como con una necesidad de la que no pueden evadirse.
Frente a esa visión chata, egoísta, rastrera, tú y yo hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: hijo, ve a trabajar a mi viña (Mt 21, 28). Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar así nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos -como el hijo mayor que respondió: no quiero (Mt 21, 29)-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber.