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Domingo 4 diciembre 2016, II Domingo de Adviento, ciclo A.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Domingo 18 diciembre 2016, IV Domingo de Adviento, ciclo A.

SOBRE LITURGIA

S. C. Doctrina de la Fe, Instrucción sobre el Bautismo de los niños (20-octubre-1980)

Bautismo de los niños y pastoral sacramental


25. Por último, existe otra crítica del bautismo de los niños: éste derivaría de una pastoral carente de impulso misionero, más preocupada por administrar un sacramento que por despertar la fe y promover el compromiso evangélico. Manteniéndola, la Iglesia cedería a la tentación del número y de la «institución» social; alentaría el mantenimiento de una «concepción mágica» de los sacramentos, mientras que su deber es apuntar hacia la actividad misionera, hacer madurar la fe de los cristianos, promover su compromiso libre y consciente, y como consecuencia admitir etapas en su pastoral sacramental.

26. Sin duda, el apostolado de la Iglesia debe tender a suscitar una fe viva y a favorecer una existencia verdaderamente cristiana; pero las exigencias de la pastoral sacramental de los adultos no pueden aplicarse sin más a los niños pequeños que son bautizados, como se ha recordado antes, «en la fe de la Iglesia». Además, no debe tratarse a la ligera la necesidad del sacramento, que mantiene todo su valor y su urgencia, sobre todo cuando se trata de asegurar a un niño el bien infinito de la vida eterna.

En cuanto a la preocupación por el número, si es bien entendida, no es para la Iglesia una tentación o un mal, sino un deber y un bien. Definida por San Pablo como el «Cuerpo» de Cristo y su «plenitud» [33], la Iglesia es en el mundo el sacramento visible de Cristo; su misión es extender a todos los hombres el vínculo sacramental que los une a su Señor glorificado. Por esto ella no desea sino dar a todos, niños y adultos, el sacramento primero y fundamental del bautismo.

Entendida así, la praxis del bautismo de los niños es auténticamente evangélica, porque tiene un valor de testimonio; manifiesta en efecto la previsión y la gratuidad del amor que circunda nuestra vida: «En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó... Cuanto a nosotros, amemos, porque El nos amó primero» [34]. Incluso en el adulto, las exigencias que entraña la recepción del bautismo [35] no deben hacer olvidar que «no por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo» [36].

[33] Ef 1, 23.
[34] 1 Jn 10, 19.
[35] Cf. Conc. Trident., Sess. VI, De iustificatione, c. 5-6, can. 4 y 9, Denz-Sch. nn. 1525- 1526, 1554, 1559.
[36] Tit 3, 5.


CALENDARIO

18 + IV DOMINGO DE ADVIENTO

Misa
del Domingo (morado).
MISAL: ants. y oracs. props., sin Gl., Cr., Pf. II o IV Adv.
LECC.: vol. I (A).
- Is 7, 10-14. Mirad: la virgen está encinta.
- Sal 23. R. Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria.
- Rom 1, 1-7. Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios.
- Mt 1, 18-24. Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

* Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.

La liturgia de este domingo es como un pregón de la ya próxima Navidad. Así, la oración colecta nos presenta la finalidad última de la Encarnación del Hijo de Dios que anuncia el ángel: que por su pasión y su cruz, nosotros lleguemos a la gloria de la Resurrección. Y ello será posible por la respuesta de fe de Marís que lo concibió por obra del Espíritu Santo sin perder la gloria de su virginidad (1 lect. y Ev.). Así se cumplirán plenamente las profecías: Jesucristo de la estirpe de David, Hijo de Dios. Él nos ha llamado a responder a la fe formando parte de su pueblo santo (2 lect.).

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Ant. Mag. «¡Oh, Adonai!». Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 19 de diciembre, pág. 726.

TEXTOS MISA

IV DOMINGO DE ADVIENTO DOMINICA IV ADVENTUS
Antífona de entrada Is 45, 8
Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador.
Antiphona ad introitum Is 45, 8
Roráte, caeli, désuper, et nubes pluant iustum; aperiátur terra et gérminet Salvatórem.
No se dice Gloria.
Non dicitur Gloria in excélsis.
Oración colecta
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Grátiam tuam, quaesumus, Dómine, méntibus nostris infúnde, ut qui, Angelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Domingo de la IV semana de Adviento, ciclo A.

PRIMERA LECTURA Is 7, 10-14
Mirad: la virgen está encinta

Lectura del libro de Isaías.

En aquellos días, el Señor habló a Ajaz y le dijo:
«Pide un signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió Ajaz:
«No lo pido, no quiero tentar al Señor».
Entonces dijo Isaías:
«Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 (R.: cf. 7c. 10c)
R.
Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria. Introíbit Dóminus: ipse est rex glóriæ.

V. Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R.
Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria. Introíbit Dóminus: ipse est rex glóriæ.

V. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R.
Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria. Introíbit Dóminus: ipse est rex glóriæ.

V. Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. R.
Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria. Introíbit Dóminus: ipse est rex glóriæ.

SEGUNDA LECTURA Rom 1, 1-7
Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de Dios,
que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor.
Por él hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles, para gloria de su nombre. Entre ellos os encontráis también vosotros, llamados Jesucristo.
A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Mt 1, 23
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. Ecce virgo in útero habébit et páriet fílium; et vocábunt nomen eius Emmánuel, Nobíscum Deus.
R.

EVANGELIO Mt 1, 18-24
Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
R. Gloria a ti, Señor.

La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
Homilía en Santa Marta, Jueves 18 de diciembre de 2014
La historia somos nosotros
En los inevitables "momentos malos" de la vida es necesario "tomar consigo" los problemas con valor, poniéndose en las manos de un Dios que hace la historia también a través de nosotros y la corrige si no entendemos y nos equivocamos. Esta es la sugerencia ofrecida por el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves 18 de diciembre en la capilla de la Casa Santa Marta.
"Ayer la liturgia -destacó inmediatamente el Pontífice- nos hizo reflexionar sobre la genealogía de Jesús". Y con el pasaje de hoy del Evangelio de san Mateo (Mt 1, 18-24) se concluye precisamente esta reflexión, "para decirnos que la salvación está siempre en la historia: no hay una salvación sin historia". En efecto, "para llegar al punto de hoy -explicó- hubo una larga historia, una larguísima historia que simbólicamente ayer la Iglesia ha querido contarnos en la lectura de la genealogía de Jesús: Dios ha querido salvarnos en la historia".
"Nuestra salvación, la que Dios quiso para nosotros, no es una salvación ascética, de laboratorio", sino "histórica". Y Dios, afirmó el Papa Francisco, "hizo un camino en la historia con su pueblo". Precisamente la primera lectura -tomada del profeta Jeremías (Jr 23, 5-8)- "dice una cosa bella sobre las etapas de esta historia", hizo observar el Papa releyendo las palabras de la Escritura: "Llegan días en que ya no se dirá: "Lo juro por el Señor, que sacó a la casa de Israel del país del norte y de los países por donde los dispersó"".
"Otro paso, otra etapa", explicó el Papa Francisco. Así, paso a paso se hace la historia: Dios hace la historia, también nosotros hacemos la historia". Y "cuando nos equivocamos, Dios corrige la historia y nos lleva adelante, adelante, siempre caminando con nosotros". Por lo demás, "si nosotros no tenemos claro esto, jamás entenderemos la Navidad, y jamás entenderemos el misterio de la encarnación del Verbo, jamás". Porque "es toda una historia que camina" -recalcó el Pontífice- y que ciertamente no termina con la Navidad, porque "hoy, todavía, el Señor nos salva en la historia y camina con su pueblo".
Y entonces, para qué sirven "los sacramentos, la oración, la predicación, el primer anuncio: para seguir adelante con esta historia". Para esto sirven "también los pecados, porque en la historia de Israel no faltaron": en la misma genealogía de Jesús "había muchos grandes pecadores". Y, sin embargo, "Jesús sigue adelante. Dios sigue adelante, también con nuestros pecados".
Así, pues, en esta historia "hay algunos momentos malos", hizo notar el Papa Francisco: "momentos malos, momentos oscuros, momentos incómodos, momentos que causan molestias" precisamente "a los elegidos, a las personas que Dios elige para guiar la historia, para ayudar a su pueblo a seguir adelante". El Papa recordó sobre todo a "Abrahán, con noventa años, tranquilo, con su mujer: no tenía un hijo, sino una bella familia". Pero "un día el Señor lo importuna" y le ordena salir de su tierra y ponerse en camino. Abrahán "tiene noventa años" y para él eso es ciertamente "un momento de molestia". Pero así fue también para Moisés "después de huir de Egipto: se casó y su suegro tenía ese rebaño tan grande y él era pastor de ese rebaño". Tenía ochenta años y "pensaba en sus hijos, en la herencia que les dejaba, en su mujer". Y he aquí que el Señor le ordena volver a Egipto para liberar a su pueblo. Pero "en aquel momento para él era más cómodo estar ahí, en tierra de Madián. Pero el Señor incomoda" y de nada vale la pregunta de Moisés: "¿Pero quién soy yo para hacer esto?".
Por lo tanto, afirmó el Papa Francisco, "el Señor nos incomoda para construir la historia, nos hace ir muchas veces por caminos que no queremos". Y recordó también el caso del profeta Elías: "el Señor lo impulsa a matar a todos los falsos profetas de Balaam y después, cuando la reina lo amenaza, tiene miedo de una mujer"; pero "ese hombre que había matado a cuatrocientos profetas tiene miedo de una mujer y querría morir de miedo, no quiere seguir caminando". Para él era de verdad "un mal momento".
En el pasaje evangélico de Mateo, prosiguió el Pontífice, "hoy hemos leído otro momento malo en la historia de la salvación: existen muchos, pero vamos al de hoy". El personaje central es "José, novio: quería mucho a su prometida esposa, y ella se había ido al encuentro de su prima para ayudarle, y cuando regresa se veían los primeros signos de la maternidad". José "sufre, ve a las mujeres de la aldea que murmuraban en el mercado". Y sufriendo dice a sí mismo acerca de María: "Esta mujer es buena, yo la conozco. Es una mujer de Dios. Pero ¿qué me ha hecho? ¡No es posible! Pero yo tengo que acusarla y ella será lapidada. Le dirán a ella todo tipo de cosas. Yo no puedo poner este peso sobre ella, sobre algo que no conozco, porque ella es incapaz de la infidelidad".
José decide entonces "cargar el problema sobre sus hombros y marcharse". Y, así, "las "chismosas" del mercado dirán: mira, la dejó embarazada y después se fue para no tomarse la responsabilidad". En cambio José "prefirió aparecer como pecador, como un hombre malo, para no hacerle sombra a su novia, a quien quería mucho", aunque "no entendía".
Abrahán, Moisés, Elías, José: en sus "momentos malos -recalcó el Papa Francisco-, los elegidos, estos elegidos de Dios, para hacer la historia deben cargar con el problema sobre sus hombros, sin entender". Y volvió al caso de Moisés, "cuando, en la playa, vio venir el ejército del faraón: allá, el ejército, acá, el mar". Se habrá dicho: "¿Qué hago? ¡Tú me engañaste Señor!". Pero después carga sobre sí el problema y dice: "O regreso y negocio o lucho aunque seré derrotado, o me suicido o confío en el Señor". Ante estas alternativas Moisés "elige la última" y, a través de él, "el Señor hace la historia". Estos "son momentos precisamente así, como el cuello de un embudo", destacó el Pontífice.
El Papa, por lo tanto, volvió a proponer la historia de otro José, "el hijo de Jacob: por envidia sus hermanos querían matarlo, después lo vendieron, se convierte en esclavo". Recorriendo su historia destacó el sufrimiento de José, que tiene además "un problema con la mujer del administrador, pero no acusa a la mujer. Es un hombre noble: porque destruiría al pobre administrador si supiera que la mujer no es fiel". Entonces "cierra la boca, carga sobre sus hombros el problema y se va a la cárcel". Pero "el Señor va a liberarlo".
Regresando al Evangelio de la liturgia, el Pontífice evidenció nuevamente que "José en el momento más malo de su vida, en el momento más oscuro, carga sobre sí el problema". Hasta acusarse "a sí mismo ante los ojos de los demás para proteger a su esposa". Y "quizá -añadió- algún psicoanalista dirá que" esta actitud es "el compendio de la angustia", en busca de "una salida". Pero, añadió, "que digan lo que quieran". En realidad José al final tomó consigo a su esposa diciendo: "No entiendo nada, pero el Señor me dijo esto y este aparecerá como mi hijo".
Por ello "para Dios hacer historia con su pueblo significa caminar y probar a sus elegidos". De hecho, "generalmente sus elegidos pasaron momentos oscuros, dolorosos, malos, como los que hemos visto"; pero "al final llega el Señor". El Evangelio, recordó el Papa, nos cuenta que Él "envía al ángel". Y "esto es -no digamos el final, porque la historia continúa- precisamente el momento previo: antes del nacimiento de Jesús una historia; y después viene la otra historia".
Precisamente tomando en cuenta estas reflexiones, el Papa Francisco aconsejó: "Acordémonos siempre de decir, con confianza, incluso en los malos momentos, también en los momentos de la enfermedad, cuando nos demos cuenta de que debemos pedir la extrema unción porque no hay otra salida: "Señor, la historia no comenzó conmigo ni acabará conmigo. Tú estás adelante, yo estoy preparado". Y así nos ponemos "en las manos del Señor".
Y esta es la actitud de Abrahán, Moisés, Elías, José y también de muchos otros elegidos del pueblo de Dios: "Dios camina con nosotros, Dios hace historia, Dios nos prueba, Dios nos salva en los momentos más feos, porque es nuestro Padre". Es más "según Pablo es nuestro papá". El Papa Francisco concluyó con una oración: "que el Señor nos haga entender este misterio de su caminar con su pueblo en la historia, de su poner a prueba a sus elegidos y la grandeza de corazón de sus elegidos que llevan sobre sí los dolores, los problemas, también la apariencia de pecadores -pensemos en Jesús- para llevar adelante la historia".
ÁNGELUS, IV Domingo de Adviento, 22 de diciembre de 2013
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este cuarto domingo de Adviento, el Evangelio nos relata los hechos que precedieron el nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de san José, el prometido esposo de la Virgen María.
José y María vivían en Nazaret; aún no vivían juntos, porque el matrimonio no se había realizado todavía. Mientras tanto, María, después de acoger el anuncio del Ángel, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Cuando José se dio cuenta del hecho, quedó desconcertado. El Evangelio no explica cuáles fueron sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él busca cumplir la voluntad de Dios y está preparado para la renuncia más radical. En lugar de defenderse y hacer valer sus derechos, José elige una solución que para él representa un enorme sacrificio. Y el Evangelio dice: "Como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado" (Mt 1, 19).
Esta breve frase resume un verdadero drama interior, si pensamos en el amor que José tenía por María. Pero también en esa circunstancia José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, repudiar a María en privado. Hay que meditar estas palabras para comprender cuál fue la prueba que José tuvo que afrontar los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac (cf. Gn 22): renunciar a lo más precioso, a la persona más amada.
Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre una vía diversa, una vía de amor y de felicidad: "José –le dice– no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo" (Mt 1, 20).
Este Evangelio nos muestra toda la grandeza del alma de san José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que siempre dejaba espacio para escuchar la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto querer, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo profundo del corazón y desde lo alto. No se obstinó en seguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenase el alma, sino que estuvo disponible para ponerse a disposición de la novedad que se le presentaba de modo desconcertante. Y así, era un hombre bueno. No odiaba, y no permitió que el rencor le envenenase el alma. ¡Cuántas veces a nosotros el odio, la antipatía, el rencor nos envenenan el alma! Y esto hace mal. No permitirlo jamás: él es un ejemplo de esto. Y así, José llegó a ser aún más libre y grande. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente a sí mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de la propia existencia, y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino.
Nos disponemos entonces a celebrar la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que prefirió creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén.

Del Papa Benedicto XVI
Ángelus, IV Domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Adviento el evangelio de san Mateo narra cómo sucedió el nacimiento de Jesús situándose desde el punto de vista de san José. Él era el prometido de María, la cual "antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 18). El Hijo de Dios, realizando una antigua profecía (cf. Is 7, 14), se hace hombre en el seno de una virgen, y ese misterio manifiesta a la vez el amor, la sabiduría y el poder de Dios a favor de la humanidad herida por el pecado. San José se presenta como hombre "justo" (Mt 1, 19), fiel a la ley de Dios, disponible a cumplir su voluntad. Por eso entra en el misterio de la Encarnación después de que un ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le anuncia: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 20-21). Abandonando el pensamiento de repudiar en secreto a María, la toma consigo, porque ahora sus ojos ven en ella la obra de Dios.
San Ambrosio comenta que "en José se dio la amabilidad y la figura del justo, para hacer más digna su calidad de testigo" (Exp. Ev. sec. Lucam II, 5: ccl 14, 32-33). Él –prosigue san Ambrosio– "no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo, la Madre del Señor, el seno fecundado por el misterio" (ib., II, 6: CCL 14, 33). A pesar de haber experimentado turbación, José actúa "como le había ordenado el ángel del Señor", seguro de hacer lo que debía. También poniendo el nombre de "Jesús" a ese Niño que rige todo el universo, él se inserta en el grupo de los servidores humildes y fieles, parecido a los ángeles y a los profetas, parecido a los mártires y a los apóstoles, como cantan antiguos himnos orientales. San José anuncia los prodigios del Señor, dando testimonio de la virginidad de María, de la acción gratuita de Dios, y custodiando la vida terrena del Mesías. Veneremos, por tanto, al padre legal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 532), porque en él se perfila el hombre nuevo, que mira con fe y valentía al futuro, no sigue su propio proyecto, sino que se confía totalmente a la infinita misericordia de Aquel que realiza las profecías y abre el tiempo de la salvación.
Queridos amigos, a san José, patrono universal de la Iglesia, deseo confiar a todos los pastores, exhortándolos a ofrecer "a los fieles cristianos y al mundo entero la humilde y cotidiana propuesta de las palabras y de los gestos de Cristo" (Carta de convocatoria del Año sacerdotal, 16.VI.09). Que nuestra vida se adhiera cada vez más a la Persona de Jesús, precisamente porque "el que es la Palabra asume él mismo un cuerpo; viene de Dios como hombre y atrae a sí toda la existencia humana, la lleva al interior de la palabra de Dios" (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 387). Invoquemos con confianza a la Virgen María, la llena de gracia "adornada de Dios", para que, en la Navidad ya inminente, nuestros ojos se abran y vean a Jesús, y el corazón se alegre en este admirable encuentro de amor.


DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica
Ciclo A. Cuarto domingo de Adviento.
La maternidad virginal de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10 - 64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, … Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato … padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
497 Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la traducción griega de Mt 1, 23).
498 A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios" (Eph. 19, 1; cf. 1Co 2, 8).
499 María, la "siempre Virgen"
La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen" (cf. LG 52).
500 A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; Mc 6, 3; 1Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; Gn 14, 16; Gn 29, 15; etc.).
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rm 8, 29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG 63).
502 La maternidad virginal de María en el designio de Dios
La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.
503 La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre … ; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).
504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34; cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
506 María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo" (S. Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).
495 La maternidad divina de María
Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; Jn 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
María, madre de Dios por obra del Espíritu Santo
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11). Desde el principio él es "a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo"(Jn 10, 36), concebido como "santo" (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para "tomar consigo a María su esposa" encinta "del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2Tm 2, 8; Ap 22, 16).
456 Con el Credo Niceno - Constantinopolitano respondemos confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre".
484 La anunciación a María inaugura la plenitud de "los tiempos"(Ga 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es "Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2, 8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38).
721 "Alégrate, llena de gracia"
María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1- 9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquél en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).
723 En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).
725 En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.
726 Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total" (cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.
Jesús viene revelado como Salvador a José
1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: "Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: "Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
Cristo, el Hijo de Dios en su Resurrección
445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar "Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad "(Jn 1, 14).
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que "ha resucitado" (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad -con su cuerpo- en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.
695 La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1Jn 2, 20. 27; 2Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de Oriente "Crismación". Pero para captar toda la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción primera realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en hebreo] significa "Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo "ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el rey David (cf. 1S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera única: La humanidad que el Hijo asume está totalmente "ungida por el Espíritu Santo". Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo quien por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2, 11) e impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor(cf. Lc 2, 26-27); es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; Lc 8, 46). Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; Rm 8, 11). Por tanto, constituido plenamente "Cristo" en su Humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que "los santos" constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de Dios, "ese Hombre perfecto … que realiza la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13): "el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
La obediencia de la fe”
143 Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5). La Sagrada Escritura llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rm 1, 5; Rm 16, 26).
144 Obedecer ("ob - audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.
145 Abraham, "el padre de todos los creyentes"
La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: "Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11, 8; cf. Gn 12, 1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23, 4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (cf. Hb 11, 17).
146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11, 1). "Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia" (Rm 4, 3; cf. Gn 15, 6). Gracias a esta "fe poderosa" (Rm 4, 20), Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes" (Rm 4, 11. 18; cf. Gn 15, 15).
147 El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual "fueron alabados" (Hb 11, 2. 39). Sin embargo, "Dios tenía ya dispuesto algo mejor": la gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que inicia y consuma la fe" (Hb 11, 40; Hb 12, 2).
148 María : "Dichosa la que ha creído"
La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37; cf. Gn 18, 14) y dando su asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1, 48).
149 Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2, 35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.
494 "Hágase en mí según tu palabra… "
Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):
"Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María". " (LG. 56).
2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la fe" (Rm 1, 5; Rm 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el "desconocimiento de Dios" el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en él y dar testimonio de él.

Se dice Credo.
Dicitur Credo.
Oración de los fieles
29. Dirijamos, hermanos, nuestras súplicas a Dios Padre, por la intercesión de María, modelo de fe y de esperanza, para que la venida del Salvador haga florecer la justicia, la paz y el amor en nuestro mundo.
- Por la santa Iglesia: para que sepa animar con la caridad evangélica todos los esfuerzos orientados a la construcción del reino de Dios entre los hombres. Roguemos al Señor.
- Por los responsables del gobierno de las naciones: para que pongan a la base de su compromiso civil el valor primario de la persona humana, según la enseñanza y el ejemplo de Cristo Maestro. Roguemos al Señor.
- Por aquellos que no creen en Cristo: para que en nuestra acogida fraterna hallen un estímulo que los empuje hacia Cristo con un corazón abierto y confiado. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, reunidos en la inminente preparación de la Navidad: para que el Espíritu Santo nos dé la valentía para realizar las opciones que Cristo, Juez y Salvador, espera de cada uno de nosotros y de toda la comunidad. Roguemos al Señor.
Las súplicas que te dirigimos, en unión con la Virgen María, apresuren, oh Padre, la venida de tu Hijo entre nosotros y nos obtenga la gracia de vivir estos días de espera como una vuelta a las fuentes mismas de nuestra esperanza. Por Cristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
El mismo Espíritu que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Altári tuo, Dómine, superpósita múnera Spíritus ille sanctíficet, qui beátae Maríae víscera sua virtúte replévit. Per Christum.
PREFACIO II DE ADVIENTO
La doble expectación de Cristo
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza.
Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO II DE ADVENTU
De duplici exspectatione Christi
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Quem praedixérunt cunctórum praecónia prophetárum, Virgo Mater ineffábili dilectióne sustínuit, Ioánnes cécinit affutúrum et adésse monstrávit. Qui suae nativitátis mystérium tríbuit nos praeveníre gaudéntes, ut et in oratióne pervígiles et in suis invéniat láudibus exsultántes.
Et ídeo cum Angelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia caeléstis exércitus, hymnum glóriae tuae cánimus, sine fine dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III.
Antífona de comunión Is 7, 14
Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.
Antiphona ad communionem Is 7, 14
Ecce Virgo concípiet, et páriet fílium; et vocábitur nomen eius Emmánuel.
Oración después de la comunión
Señor, que este pueblo, que acaba de recibir la prenda de su salvación, se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo cuanto más se acerca la fiesta de Navidad. Por Jesucristo nuestro Señor.
Post communionem
Sumpto pígnore redemptiónis aetérnae, quaesumus, omnípotens Deus, ut quanto magis dies salutíferae festivitátis accédit, tanto devótius proficiámus ad Fílii tui digne nativitátis mystérium celebrándum. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
Se puede decir la bendición solemne de Adviento.
El Dios todopoderoso y rico en misericordia, por su Hijo Jesucristo, cuya venida en carne creéis y cuyo retorno glorioso esperáis, en la celebración de los misterios del Adviento, os ilumine y os llene de sus bendiciones.
R. Amén.
Dios os mantenga durante esta vida firmes en la fe, alegres por la esperanza y diligentes en el amor.
R. Amén.
Y así, los que ahora os alegráis por el próximo nacimiento de nuestro Redentor, cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria recibáis el premio de la vida eterna.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
Adhiberi potest formula benedictionis sollemnis. In Adventu.
Omnípotens et miséricors Deus, cuius Unigéniti advéntum et praetéritum créditis, et futúrum exspectátis, eiúsdem advéntus vos illustratióne sanctíficet et sua benedictióne locuplétet.
R. Amen.
In praeséntis vitae stádio reddat vos in fide stábiles, spe gaudéntes, et in caritáte efficáces.
R. Amen.
Ut, qui de advéntu Redemptóris nostri secúndum carnem devóta mente laetámini, in secúndo, cum in maiestáte sua vénerit, praemiis aetérnae vitae ditémini.
R. Amen.
Et benedíctio Dei omnipoténtis, Patris, et Filii, + et Spíritus Sancti, descéndat super vos et máneat semper.
R. Amen.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 19 de diciembre

1. En Roma, en el cementerio Ponciano, de la vía Portuense, sepultura de san Anastasio I, papa, varón de gran pobreza y de apostólica solicitud, que se opuso firmemente a las doctrinas heréticas (401).
2. En Auxerre, de la Galia Lugdunense, san Gregorio, obispo (s. VI).
3*. En la cartuja de Casotto, en el Piamonte, beato Guillermo de Fenolis, religioso, el cual antes había sido ermitaño (c. 1200).
4*. En Aviñón, de la Provenza, beato Urbano V, papa, que, siendo monje, fue elevado a la cátedra de Pedro y se preocupó en retornar la Sede Apostólica a la Urbe y de restituir la unidad a la Iglesia (1370).
5. En el lugar llamado Bac-Ninh, en Tonquín, santos mártires Francisco Javier Hà Trong Mâu y Domingo Bùi Van Úy, catequistas; Tomás Nguyen Van De, sastre; también Agustín Nguyen Van Mói y Esteban Nguyen Van Vinh, agricultores, el primero de estos últimos neófito y el segundo todavía catecúmeno, todos los cuales, no queriendo pisotear la cruz, sufrieron la cárcel y tormentos, y finalmente, por mandato del emperador Minh Mang fueron estrangulados (1838).
6*. En el pueblo de Slonim, en Polonia, beatas María Eva de la Providencia Noiszewska y María Marta de Jesús Wolowsk, vírgenes de la Congregación de las Hermanas de la Concepción Inmaculada y mártires, las cuales, en tiempo de la ocupación de Polonia durante la guerra, por mantener la fe fueron fusiladas (1942).