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domingo, 13 de noviembre de 2016

Celebraciones penitenciales para el Tiempo de Cuaresma.

Ritual de la Penitencia (2 de diciembre de 1973)

APÉNDICE II. ESQUEMAS DE CELEBRACIONES PENITENCIALES

I. PARA EL TIEMPO DE CUARESMA

295. La Cuaresma es el tiempo penitencial por excelencia, tanto para cada uno de los fieles como para toda la Iglesia. Conviene, pues, que durante este tiempo la comunidad cristiana se prepare por medio de celebraciones penitenciales para una más plena participación en el misterio pascual (3).

(3) Cf. Conc. Vat. II. Const. Sacrosantum Concilium, núm. 109; Pablo VI, Const. Apost. Paenitemini, 17 febrero 1966, núm. IX: AAS, 58 (1966), p. 185.

296. Hay que tener muy en cuenta el carácter penitencial de la liturgia de la Palabra en las Misas de Cuaresma. Los textos, tanto del Leccionario de la Misa como del Misal Romano, pueden utilizarse más oportunamente en las celebra­ciones penitenciales del tiempo de Cuaresma.

297. Aquí se proponen dos esquemas de celebración penitencial más acomo­dados al tiempo de Cuaresma. El primero trata de la penitencia como medio para robustecer y restaurar la gracia bautismal; el segundo presenta la peniten­cia como preparación para participar más plenamente en el misterio pascual de Cristo y de la Iglesia.

I. La Penitencia robustece y restaura la gracia bautismal

298. Después de un canto apropiado y del saludo del ministro, expliqúese a los fieles la significación de esta celebración, que prepara a la comunidad cristiana a recordar la gracia bautismal en la noche pascual y a conseguir la nueva vida con Cristo por medio de la liberación del pecado.

299. ORACIÓN

Hermanos:
Ya que por nuestros pecados nos hemos olvidado de la gra­cia bautismal, pidamos ahora que seamos restaurados en esa gracia por medio de la penitencia.

O bien:
Inclinaos ante el Señor.

Y todos oran en silencio algún tiempo. Luego, el sacerdote recita la siguiente plegaria:

Podéis levantaros.
Guarda, Señor, en tu constante amor a los que has lavado en el agua del Bautismo, para que, redimidos por tu pasión, se ale­gren en tu resurrección. Tú que vives y reinas por los siglos de
los siglos. Amén.

Lecturas

PRIMERA LECTURA

300. Del mismo modo que los israelitas, después del paso del mar Rojo, se olvidaron de las maravillas de Dios, así ahora los miembros del nuevo pueblo de Dios, después de la gracia del Bautismo, han vuelto al pecado.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios. 10, 1-13

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres es­tuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos co­mieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la mis­ma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agrada­ron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres.
No os hagáis idólatras, como alguno de ellos, según está es­crito: «Se sentó el pueblo a comer y a beber y se levantaron para danzar».
Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, cayendo veintitrés mil en un día. Ni tentemos al Señor, como algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes.
No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecie­ron a manos del Exterminador.
Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para es­ carmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lanío, el que se crea seguro, ¡cuidarlo! no caiga.
No os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que po­dáis resistirla.

Palabra de Dios.

301. SALMO RESPONSORIAL Sal 105, 6-10. 13-14. 19-22

R. Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades.

Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;
no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo. R.

Pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.
Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo. R.

Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa. R.

En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba. R.

Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R.

302. EVANGELIO

El hijo que abandona a su padre y a su casa es recibido de nuevo con amor por el padre; la oveja que se extravió del redil es buscada solícitamente por el pastor. Así también nosotros, que hemos pecado después de la gracia del bautis­mo, somos buscados por Dios, que nos recibe con amor cuando volvemos a él, en medio de la alegría de toda la Iglesia.

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 15 , 4-7

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos y escribas esta parábola:
«Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga so­bre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
“¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un sólo pecador que se convierta que por noventa y nueve jus­tos que no necesitan convertirse».

Palabra del Señor.

O bien:

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas. 15 ,11-32

En aquel tiempo Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna vi­viendo perdidamenle.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que le mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ga­nas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando, entonces se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un ani­llo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Id se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y el replicó a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”
El padre le dijo:
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: de­berías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor.

Homilía

303. Puede tratar:
— sobre la necesidad de perfeccionar la gracia del Bautismo por medio de la fidelidad de vida al Evangelio de Cristo (Cf. ICo 10, 1-13);
— sobre la gravedad del pecado después del Bautismo (Cf. Hb 6, 4-8);
— sobre la infinita misericordia de Dios nuestro Padre, que siempre nos recibe cuando volvemos a él después del pecado (Cf. Le 15);
— sobre la Pascua, que es la fiesta de la Iglesia que se alegra por la inicia­ción cristiana de los catecúmenos y por la reconciliación de los penitentes.

Examen de conciencia

304. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se propone en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos ile silencio para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal. Especialmente examínese la conciencia sobre las promesas bau­tismales, que se renuevan en la noche de Pascua.

Acto penitencial

305. El diácono (o, en su ausencia, otro ministro) se dirige de este modo a los presentes:

Hermanos:
Este es el tiempo aceptable, este es el día de la misericordia divina y de la salvación humana, en el cual la muerte encontró su término y la vida eterna halló su principio, cuando en la viña del Señor, a la vez que se injertan nuevos sarmientos, se podan los viejos para que den más fruto.
Este es el momento en que cada uno de nosotros se confiesa pecador y, mientras somos impulsados a la penitencia por el ejemplo y las oraciones de los hermanos, confesamos y deci­mos: «Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi de­lito. Aparta tu rostro de mi pecado, Señor, y borra todas mis iniquidades. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».
Venga sobre nosotros la misericordia de Dios cuya piedad invocamos con un corazón contrito; para que, cuantos no éra­mos agradables a ti a causa de nuestros pecados, podamos des­de ahora agradarte unidos al Señor resucitado, autor de nues­tra vida.

El sacerdote derrama sobre los presentes agua bendita, mientras todos can­tan (o dicen):

Rocíame, Señor, con el hisopo y quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Después, el sacerdote dice esta oración:

Oh Dios, santo y misericordioso,
que has creado y redimido al género humano
y has devuelto al hombre, por la sangre de tu Hijo,
la vida eterna que había perdido por las insidias del diablo;
vivifica con tu Espíritu Santo
a los que no quieres que caigan en la muerte,
y acoge en la verdad
a los que no quieres que permanezcan en el error.
Que la humilde y confiada confesión de estos tus hijos
te conmueva, Señor.
Cura sus heridas,
extiende tu mano salvadora a los que están postrados,
para que tu Iglesia no sufra en alguna parte de su cuerpo,
tu rebaño no padezca disminución,
el enemigo no se alegre con el daño de tu familia
y la muerte eterna no alcance
a los que han renacido en el bautismo salvador.
A ti, Señor, te dirigimos nuestras humildes preces
y el llanto de nuestro corazón.
Perdona a los que se arrepienten,
para que, vueltos del error al camino de la justicia,
no sufran más nuevas heridas,
sino que conserven íntegra y perfectamente
lo que tu gracia les ha dado y tu misericordia les ha resti­tuido.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

La celebración acaba con un cántico apropiado y la despedida de la asamblea.


II. La Penitencia como preparación a una participación más plena en el misterio pascual de Cristo, Salvador del mundo

306. Después de un cántico apropiado y del saludo del ministro, con breves palabras hágase ver a los fieles, que, si fueron solidarios en el pecado, deben serlo también en la penitencia, de tal manera que cada uno se sienta llamado a la con­versión para la santificación de toda la comunidad.
Oración

307. Hermanos:
Oremos para que, unidos por la penitencia a Cristo, crucificado por nosotros, podamos participar con todos los hombres en su resurrección.
Pongámonos de rodillas (o Inclinémonos ante, el Señor).

Y todos oran durante algún tiempo en silencio.

Podéis levantaros.
Señor, Dios y Padre nuestro,
que nos has dado la vida
por medio de la pasión de tu Hijo,
concédenos que, unidos a su muerte, por la penitencia
podamos también participar con todos los hombres
en su resurrección.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

O bien:
Padre omnipotente y misericordioso,
concédenos que, movidos y ayudados por tu Espíritu,
llevemos siempre en nuestro cuerpo
la muerte de Jesús,
para que también su vida
se manifieste en nosotros.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

Lecturas

PRIMERA LECTURA

308. El siervo del Señor, como manso cordero, recibe y soporta los pecados del pueblo para que con sus heridas queden todos curados. Los discípulos de Cristo, por la penitencia, pueden llorar y expiar en sí mismos los pecados de todo el mundo.

Lectura del profeta Isaías. 53 , 1-7 . 10-12

¿Quién creyó nuestro anuncio?,
¿a quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como un brote,
como raíz en tierra árida,
sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado por los hombres,
como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultan los rostros,
despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo estimamos leproso,
herido de Dios y humillado;
pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron.
'lodos errábamos como ovejas,
cada uno siguiendo su camino;
y el Señor cargó sobre él
todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba
y no abría la boca;
como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,
y entregar su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años,
lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
Por los trabajos de su alma verá la luz;
con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.
Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios.

309. SALMO RESPONSORIAL Sal 21, 2-3. 7-9. 18-28

El Señor escucha la oración de Cristo, que muere por nuestros pecados en la cruz. Su muerte se convierte en vida de todo el mundo. La penitencia, por la que morimos a nuestros pecados, es una renovación de vida en la Iglesia y en el mundo.

R. Padre, hágase tu voluntad.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?;
a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito, y no respondes;
de noche, y no me haces caso. R.

Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere». R.

Me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica. R.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
Líbrame a mí de la espada,
y a mi única vida, de la garra del mastín;
sálvame de las fauces del león,
a este pobre, de los cuernos del búfalo. R.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré,
fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R.

Porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado;
no le ha escondido su rostro:
cuando pidió auxilio, lo escuchó. R.

Él es mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre.
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe. R.

SEGUNDA LECTURA

310. Si soportamos con paciencia las penas de la vida y de los hombres, podemos, im itando a Cristo, extinguir con nuestro amor el odio del mundo y vencer el mal con el bien, de tal m odo que nuestra participación en la pasión de Cristo contribuya a la salvación del mundo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro. 2 , 20b-25

Queridos hermanos:
Si, obrando el bien, soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para qtie, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus he­ridas os han curado.
Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO

Gloria a ti, Señor, que te has entregado por nuestros pecados y has resucitado para nuestra justificación. Gloria a ti, Señor.

U otro canto apropiado.

EVANGELIO

311. Jesús exhorta a sus discípulos a que, siguiendo su ejemplo (bebiendo su cáliz), se hagan siervos de los hermanos y den su vida por ellos.
Se puede omitir lo incluido entre ( ).

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos. 10, 32-45 (o, más breve, 32-34. 42-45)

En aquel tiempo, los discípulos iban subiendo camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extraña­ban, y los que seguían iban asustados. Él tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder:
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, le condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
(Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
«¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron:
« Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
«No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron:
«Lo somos».
Jesús les dijo:
«El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan).
Jesús, reuniéndolos, les dijo:
«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pue­blos los tiranizan, y que los grandes los oprimen.
Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.
Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Palabra del Señor.

Homilía

312. Puede tratar:
— sobre el pecado como ofensa a Dios y también a la Iglesia, cuerpo de Cristo, del que somos miembros por el Bautismo;
— sobre el pecado en cuanto que es falta de amor a Cristo, que nos ha amado hasta el fin en su misterio pascual;
— sobre la corresponsabilidad en el bien y en el mal;
— sobre el misterio de la expiación vicaria, en virtud de la cual Cristo soporto nuestros pecados, para que con sus heridas fuésemos sanados (Cf. Is 53; 1P 2, 24);
— sobre el aspecto social y eclesial de la penitencia, por la que cada uno coopera a la conversión de toda la comunidad.
— sobre la celebración de la Pascua como fiesta de la comunidad cris­tiana, que se renueva por la conversión o la penitencia de cada uno de sus miembros, para que se manifieste más claramente como signo de la salvación en el mundo.

Examen de conciencia

313. Después de la homilía se tiene el examen de conciencia, por ejemplo, según el texto que se encuentra en el Apéndice III. Ténganse siempre intervalos de silencio, para que cada uno pueda hacer el examen de conciencia del modo más personal.

Acto penitencial

314. Después del examen de conciencia, todos dicen a la vez:

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Dándose golpes de pecho, añaden:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Y a continuación:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos
y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

Después, como signo de conversión y de amor al prójimo, propóngase algo en ayuda de los pobres, para que puedan celebrar con mas alegría la Pascua, bien se trate de visitar a enfermos, bien de reparar alguna injusticia en la comunidad, etc.

Finalmente, puede cantarse o recitarse la oración dominical, que el sacerdo­
te concluye así:

Líbranos, Padre, de todo mal,
y por medio de la santa pasión de tu Hijo,
a la que nos unimos por la penitencia,
haznos participar con alegría en su resurrección.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén .

Si las circunstancias lo aconsejan, después de la confesión general puede tenerse algún ejercicio de piedad como la adoración de la cruz o el Vía crucis, según las costumbres del lugar y el deseo de los fieles.
Al final, después de un canto apropiado, el pueblo es despedido con un sa­ludo o con la bendición.