martes, 4 de octubre de 2016

Martes 8 noviembre 2016, Por la santificación del trabajo, misa "ad diversa".

SOBRE LITURGIA

Beato Pablo VI, Encíclica "Mysterium fidei" (3-septiembre-1965)

En el sacrificio de la misa, Cristo se hace sacramentalmente presente


5. Cuanto hemos dicho brevemente acerca del sacrificio de la misa nos anima a exponer algo también sobre el sacramento de la Eucaristía, ya que ambos, sacrificio y sacramento, pertenecen al mismo misterio sin que se pueda separar el uno del otro. El Señor se inmola de manera incruenta en el sacrificio de la misa, que representa el sacrifico de la cruz, y nos aplica su virtud salvadora, cuando por las palabras de la consagración comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies del pan y del vino.

Bien sabemos todos que son distintas las maneras de estar presente Cristo en su Iglesia. Resulta útil recordar algo más por extenso esta bellísima verdad que la Constitución De Sacra Liturgia expuso brevemente [30]. Presente está Cristo en su Iglesia que ora, porque es él quien ora por nosotros, ora en nosotros y a El oramos: ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra y a El oramos como a Dios nuestro [31]. Y El mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» [32].

Presente está El en su Iglesia que ejerce las obras de misericordia, no sólo porque cuando hacemos algún bien a uno de sus hermanos pequeños se lo hacemos al mismo Cristo [33], sino también porque es Cristo mismo quien realiza estas obras por medio de su Iglesia, socorriendo así continuamente a los hombres con su divina caridad. Presente está en su Iglesia que peregrina y anhela llegar al puerto de la vida eterna, porque El habita en nuestros corazones por la fe [34] y en ellos difunde la caridad por obra del Espíritu Santo que El nos ha dado [35].

De otra forma, muy verdadera, sin embargo, está también presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de Dios encarnado, se anuncia, a fin de que haya una sola grey gobernada por un solo pastor [36].

Presente está en su Iglesia que rige y gobierna al pueblo de Dios, puesto que la sagrada potestad se deriva de Cristo, y Cristo,Pastor de los pastores [37], asiste a los pastores que la ejercen, según la promesa hecha a los Apóstoles. Además, de modo aún más sublime, está presente Cristo en su Iglesia que en su nombre ofrece el sacrificio de la misa y administra los sacramentos. A propósito de la presencia de Cristo en el ofrecimiento del sacrificio de la misa, nos place recordar lo que san Juan Crisóstomo, lleno de admiración, dijo con verdad y elocuencia: «Quiero añadir una cosa verdaderamente maravillosa, pero no os extrañéis ni turbéis. ¿Qué es? La oblación es la misma, cualquiera que sea el oferente, Pablo o Pedro; es la misma que Cristo confió a sus discípulos, y que ahora realizan los sacerdotes; esta no es, en realidad, menor que aquélla, porque no son los hombres quienes la hacen santa, sino aquel que la santificó. Porque así como las palabras que Dios pronunció son las mismas que el sacerdote dice ahora, así la oblación es la misma» [38].

Nadie ignora, en efecto, que los sacramentos son acciones de Cristo, que los administra por medio de los hombres. Y así los sacramentos son santos por sí mismos y por la virtud de Cristo: al tocar los cuerpos, infunden gracia en la almas.

Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de estupor y dan a contemplar el misterio de la Iglesia. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido [39]; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos [40].

Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro [41]. Falsamente explicaría esta manera de presencia quien se imaginara una naturaleza, como dicen, «pneumática» y omnipresente, o la redujera a los límites de un simbolismo, como si este augustísimo sacramento no consistiera sino tan sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los fieles del Cuerpo místico [42].

Verdad es que acerca del simbolismo eucarístico, sobre todo con referencia a la unidad de la Iglesia, han tratado mucho los Padres y Doctores escolásticos. El Concilio de Trento, al resumir su doctrina, enseña que nuestro Salvador dejó en su Iglesia la Eucaristía como un símbolo... de su unidad y de la caridad con la que quiso estuvieran íntimamente unidos entre sí todos los cristianos, y por lo tanto, símbolo de aquel único Cuerpo del cual El es la Cabeza [43].

Ya en los comienzos de la literatura cristiana, a propósito de este asunto escribió el autor desconocido de la obra llamada Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles: «Por lo que toca a la Eucaristía, dad gracias así... como este pan partido estaba antes disperso sobre los montes y recogido se hizo uno, así se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino» [44].

Igualmente San Cipriano, defendiendo la unidad de la Iglesia contra el cisma, dice: «Finalmente, los mismos sacrificios del Señor manifiestan la unanimidad de los cristianos, entrelazada con sólida e indisoluble caridad. Porque cuando el Señor llama cuerpo suyo al pan integrado por la unión de muchos granos, El está indicando la unión de nuestro pueblo, a quien El sostenía; y cuando llama sangre suya al vino exprimido de muchos granos y racimos y que unidos forman una cosa, indica igualmente nuestra grey, compuesta de una multitud reunida entre sí» [45].

Por lo demás, a todos se había adelantado el Apóstol, cuando escribía a los Corintios: «Porque el pan es uno solo, constituimos un solo cuerpo todos los que participamos de un solo pan» [46].

Pero si el simbolismo eucarístico nos hace comprender bien el efecto propio de este sacramento, que es la unidad del Cuerpo místico, no explica, sin embargo, ni expresa la naturaleza del sacramento por la cual éste se distingue de los demás. Porque la perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos, el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento, y las mismas palabras de Cristo, al instituir la santísima Eucaristía, nos obligan a profesar que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado [47]. A estas palabras de san Ignacio de Antioquía nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: «Porque el Señor no dijo: Esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto un símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con la acción de gracias y las palabras pronunciadas sobre ella se ha cambiado en su carne y sangre» [48].

Apoyado en esta fe de la Iglesia, el Concilio de Trento abierta y simplemente afirma que en el benéfico sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene bajo la apariencia de estas cosas sensibles, verdadera, real y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, según el modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el sacramento de la Eucaristía con un modo de existir que si bien apenas podemos expresar con las palabras podemos, sin embargo, alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que para Dios es posible [49].

[30] Const. De sacra liturgia c. 1 n. 7 A. A. S. 56, 100-1.
[31] S. Agustín, In Ps. 85, 1 PL 37, 1081.
[32] Mt 18, 20.
[33] Cf. Mt 25, 40.
[34]. Cf. Ef 3, 17.
[35] Cf. Rom. 5, 5.
[36] S. Agustín, Contr. litt. Petiliani 3, 10, 11 PL 43, 353.
[37] Idem In Ps. 86, 3 PL 37, 1102.
[38] San Juan Crisóstomo, In ep. 2 ad Tim. hom. 2, 4 PG 62, 612.
[39] Egido Romano, Theoremata de corp. Christi th. 50 (Venecia 1521) 127.
[40] S. Th. Sum. theol. 3, 73, a. 3 c.
[41] Cf. Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia c. 3.
[42] Pío XII, Enc. Humani generis, AAS 42, 578.
[43] Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia pr. y c. 2.
[44] Didaché 9,1: F. X. Funk, Patres 1, 20.
[45] San Cipriano, Epist. ad Magnum, 6 PL 3, 1189.
[46] 1Cor 10, 17.
[47] S. Ignacio de A., Ad Smyrn. 7, 1 PG 5, 714.
[48] Teodoro de Mopsuestia, In Mat. comm. c. 26 PG 66, 714.
[49] Cf. Conc. Trid. Decr. De S. Eucharistia c. 1.


CALENDARIO

MARTES DE LA XXXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde).
ve MISAL: cualquier formulario permitido (véase pág. 73, n. 5; y en el presente año jubilar: pp. 26ss, nn. 16. 24), Pf. común.
LECC.: vol. IV (o bien: vol. III-par de las nuevas ediciones).
- Tit 2, 1-8. 11-14. Llevemos una vida religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición del Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
- Sal 36. R. El Señor es quien salva a los justos.
- Lc 17, 7-10. Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
Liturgia de las Horas: oficio de feria.

Martirologio: elogs. del 9 de noviembre, pág. 657.
CALENDARIOS: Madrid y Getafe: Dedicación de la Basílica de Letrán (F-trasladada).
Canónigos Regulares de Letrán y Jerónimos: Todos los Santos de la Orden (F).
Concepcionistas, OFM, OFM Conv. y Clarisas: Beato Duns Escoto (MO).
Burgos: Santa Victoria, virgen y mártir (ML).
Santander: Santo Toribio de Palencia, monje (ML).
Carmelitas: Beata Isabel de la Santísima Trinidad, virgen (ML).
Dominicos: Aniversario de todos los difuntos de la Orden.
Pasionistas: Conmemoración de los benefactores difuntos.
Sigüenza-Guadalajara: Aniversario de la muerte de Mons. Jesús Pla Gandía, obispo, emérito (2000).

TEXTOS MISA

POR LA SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO HUMANO A.PRO HUMANO LABORE SANCTIFICANDO A.
Antífona de entrada Gn 1, 1. 27. 31
Al principio creó Dios el cielo y la tierra y creó Dios al hombre a su imagen; y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.
O bien: Sal 89, 17
Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Antiphona ad introitum Gn 1, 1. 27. 31
In princípio creávit Deus caelum et terram. Et creávit Deus hóminem ad imáginem suam. Vidítque Deus cuncta quae fécerat, et erant valde bona.
Vel: Cf. Ps 89, 17
Bónitas tua, Dómine, sit super nos, et opus mánuum nostrárum secúnda nobis.
Oración colecta
Señor, Dios, creador de todas las cosas, que mandaste a los hombres cumplir los deberes del trabajo, haz que, por tu misericordia, sirvan nuestras tareas para el progreso humano y para la extensión del reino de Cristo. Él que vive y reina contigo.
O bien:
Dios y Señor nuestro, que, por medio del trabajo del hombre, diriges y perfeccionas sin cesar la obra grandiosa de la creación, escucha nuestras súplicas, y haz que todos los hombres encuentren un trabajo digno, que ennoblezca su condición humana y les permita vivir más unidos, sirviendo a sus hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Rerum cónditor Deus, qui hóminem iussísti labóris offícia sustinére, da, ut opus quod incípimus huius vitae prosit increméntis, et regno Christi dilatándo tua benignitáte profíciat. Per Dóminum.
Vel:
Deus, qui humáno labóre imménsum creatiónis opus iúgiter pérficis atque gubérnas, exáudi preces pópuli supplicántis, et praesta, ut omnes hómines digno potiántur labóre, quo, suam condiciónem honestántes, árctius coniúncti frátribus suis váleant inservíre. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Martes de la XXXII semana del Tiempo Ordinario, año par (Lecc. III-par)

PRIMERA LECTURA Tit 2, 1-8. 11-14
Llevemos una vida piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación del Dios y Salvador nuestro, Jesucristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito.

Querido hermano:
Habla de lo que es conforme a la sana doctrina.
Que los ancianos sean sobrios, respetables, sensatos, sanos en la fe, en el amor y en la paciencia.
Las ancianas, igualmente, sean, en su comportamiento, como conviene a personas religiosas; no sean calumniadoras, ni se envicien con el vino; sean maestras del bien, que inspiren buenos principios a las jóvenes, enseñándoles a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser sensatas, puras, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea maldecida.
A los jóvenes exhórtalos también a que sean sensatos. Muéstrate en todo como un modelo de buena conducta; en la enseñanza sé íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo de nosotros.
Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, el cual se entregó por nosotros para rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 36, 3-4. 18 y 23. 27 y 29
R.
El Señor es quien salva a los justos. Salus iustórum a Dómino est.

V. Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón. R.
El Señor es quien salva a los justos. Salus iustórum a Dómino est.

V. El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre.
El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace en sus caminos. R.
El Señor es quien salva a los justos. Salus iustórum a Dómino est.

V. Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa.
Los justos poseen la tierra,
la habitarán por siempre jamás. R.
El Señor es quien salva a los justos. Salus iustórum a Dómino est.

Aleluya Jn 14, 23
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Si quis díligit me, sermónem meum servábit, et Pater meus díliget eum; et ad eum veniémus, et mansionem apud eum faciémus.
R.

EVANGELIO Lc 17, 7-10
Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo:
“Enseguida ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien:
“Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, Homilía en santa Marta 11-noviembre-2014
"Muchos cristianos" son así: "son buenos, van a misa", pero en lo que se refiere al servicio se arriesgan "hasta un cierto punto". Sin embargo, destacó, "cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, oración y alabanzas", servicio "al prójimo" y "servicio hasta las últimas consecuencias". En esto, Jesús "es fuerte" y recomienda: "Así también vosotros, cuando habréis hecho todo lo que se os haya ordenado, diréis: somos siervos inútiles". Hay que prestar un "servicio gratuito, sin pedir nada".

Oración de los fieles
Ferias del Tiempo Ordinario XVII
305. Oremos a Dios Padre.
- Por los pastores de la Iglesia. Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes de las naciones. Roguemos al Señor.
- Por los que no tienen trabajo. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, aquí reunidos. Roguemos al Señor.
Socórrenos, Señor, para que podamos alegrarnos con tus beneficios. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
En estos dones que te presentamos, Señor, tú ofreces al género humano el alimento para esta vida y el sacramento de una vida nueva; haz que nunca nos falte el sustento del cuerpo y del alma. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Super oblata
Deus, qui humánum genus praeséntium múnerum et aliménto végetas et rénovas sacraménto, tríbue, quaesumus, ut eórum et corpóribus nostris subsídium non desit et méntibus. Per Christum.
Antífona de la comunión Col 3, 17
Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de él.
Antiphona ad communionem Col 3, 17
Omne quodcúmque fácitis in verbo aut in ópere, ómnia in nómine Dómini Iesu Christi, grátias agéntes Deo et Patri per ipsum.
Oración después de la comunión
Después de participar en el banquete de la unidad y del amor, te suplicamos, Dios nuestro, que, por el trabajo que nos has encomendado, obtengamos el sustento diario y edifiquemos tu reino fiados en tu providencia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Post communionem
Unitátis et caritátis mensae partícipes effécti, rogámus, Dómine, cleméntiam tuam, ut, per ópera quae nobis implénda commisísti, et vitam sustentémus terrénam, et regnum tuum aedificémus fidéntes. Per Christum.


MARTIROLOGIO

Elogios del día 9 de noviembre
F
iesta de la dedicación de la basílica de Letrán en honor de Cristo Salvador, construida por el emperador Constantino como sede de los obispos de Roma. Su anual celebración en toda la Iglesia latina es un signo permanente de amor y de unidad con el Romano Pontífice (s. IV).
2. En Bourges, de la Galia, san Ursino, su primer obispo, que anunció a Cristo Señor al pueblo y convirtió en iglesia la casa de Leocadio, senador de las Galias, aún pagano, para uso de los fieles, la mayor parte pobres (s. III).
3. En Nápoles, de la Campania, san Agripino, obispo, uno de los primeros que presidieron esta iglesia y que los antiguos monumentos señalan como defensor de la ciudad (s. III).
4*. En Verdún, de la Galia Bélgica, san Vitón, obispo (525).
5. En Constantinopla, santas Eustolia y Sopatra, vírgenes y monjas (s. VII).
6*. En Lodève, de la Galia Narbonense, san Jorge, obispo (c. 870).
7*. En Signa, cerca de Florencia, en la Toscana, beata Juana, virgen, que por Cristo llevó vida solitaria (1307).
8*. En Ancona, del Piceno, en Italia, beato Gabriel Ferretti, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que brilló por su solicitud con los niños y enfermos y por su obediencia y la observancia de la Regla (1456).
9*. En Bolonia, de la provincia de Emilia, beato Luis Morbioli, el cual, convertido al Señor, dejando la senda de los vicios hizo penitencia y eligió una vida austerísima, y con su palabra y ejemplo recobró a sus conciudadanos para la vida de piedad (1485).
10*. En Murano, cerca de Venecia, beato Gracias de Cátaro, religioso de la Orden de San Agustín, que, en tiempo de enorme escasez, mientras conducía una barca en busca de alimentos, movido por la predicación del beato Simón de Camerino pidió el hábito religioso y llevó una vida piadosísima (1508).
11*. En Oxford, en Inglaterra, beato Jorge Napper, presbítero y mártir, que tanto en su ministerio clandestino como en la cárcel trabajó con empeño por ganar personas para Cristo y la Iglesia, y bajo el reinado de Jacobo I mereció la corona del martirio por su sacerdocio (1610).
12*. En Dijon, en Francia, beata Isabel de la Santísima Trinidad Catez, virgen, de la Orden de las Carmelitas Descalzas, que desde niña anheló buscar en lo profundo de su corazón el conocimiento y la contemplación de la Trinidad, y afligida por muchos sufrimientos, todavía joven, continuó caminando, como siempre había soñado, «hacia el amor, hacia la luz y hacia la vida» (1906).
13*. En Borysów, población de Polonia, beato Enrique Hlebowicz, presbítero y mártir, que en la guerra cruel, por odio a la fe, murió fusilado (1941).
14*. En Roma, beato Luis Beltrame Quattrocchi, que, padre de familia, tanto en los asuntos públicos como en la vida familiar siguió los preceptos de Cristo y los proclamó con fidelidad y entereza de vida (1951).