sábado, 3 de septiembre de 2016

Sábado 8 octubre 2016, Lecturas Sábado XXVII semana del Tiempo Ordinario, año par.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Sábado de la XXVII semana del Tiempo Ordinario, año par (Lecc. III-par).

PRIMERA LECTURA Gál 3, 22-29
Todos sois hijos de Dios por la fe
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

Hermanos:
La Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen.
Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe.
La ley fue así nuestro ayo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al ayo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 8a)
R.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente. Memor erit Dóminus in sæculum testaménti sui.
O bien: Aleluya.

V. Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente. Memor erit Dóminus in sæculum testaménti sui.

V. Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente. Memor erit Dóminus in sæculum testaménti sui.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente. Memor erit Dóminus in sæculum testaménti sui.

Aleluya Lc 11, 28
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Beáti qui áudiunt verbum Dei et custódiunt illud.
R.

EVANGELIO Lc 11, 27-28
Bienaventurado el vientre que te llevó. Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

San Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater 20.
El evangelio de Lucas recoge el momento en el que "alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo, dirigiéndose a Jesús:" ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! " (Lc 11, 27). Estas palabras constituían una alabanza para María como madre de Jesús, según la carne. La Madre de Jesús quizás no era conocida personalmente por esta mujer. En efecto, cuando Jesús comenzó su actividad mesiánica, María no le acompañaba y seguía permaneciendo en Nazaret. Se diría que las palabras de aquella mujer desconocida le hayan hecho salir, en cierto modo, de su escondimiento.
A través de aquellas palabras ha pasado rápidamente por la mente de la muchedumbre, al menos por un instante, el evangelio de la infancia de Jesús. Es el evangelio en que María está presente como la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta maternalmente: la madre-nodriza, a la que se refiere aquella mujer del pueblo. Gracias a esta maternidad Jesús -Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 32)- es un verdadero hijo del hombre. Es "carne ", como todo hombre: es "el Verbo (que) se hizo carne" (cf. Jn 1, 14). Es carne y sangre de María.(43)
Pero a la bendición proclamada por aquella mujer respecto a su madre según la carne, Jesús responde de manera significativa: " Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan " (cf. Lc 11, 28). Quiere quitar la atención de la maternidad entendida sólo como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia de la palabra de Dios.