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miércoles, 22 de junio de 2016

Miércoles 27 julio 2016, Lecturas Miércoles XVII semana de Tiempo Ordinario, año par.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Miércoles de la XVII semana de Tiempo Ordinario, año par (Lecc. III-par).

PRIMERA LECTURA Jer 15, 10. 16-21
¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga? Si vuelves, estarás a mi servicio

Lectura del libro de Jeremías.

¡Ay de mí, madre mía, me has engendrado
para discutir y pleitear por todo el país!
Ni presté ni me han prestado,
en cambio, todos me maldicen.
Si encontraba tus palabras, las devoraba:
tus palabras me servían de gozo,
eran la alegría de mi corazón,
y tu nombre era invocado sobre mí,
Señor Dios del universo.
No me junté con la gente
amiga de la juerga y el disfrute;
me forzaste a vivir en soledad,
pues me habías llenado de tu ira.
¿Por qué se ha hecho crónica mi llaga,
enconada e incurable mi herida?
Te has vuelto para mí arroyo engañoso
de aguas inconstantes.
Entonces respondió el Señor:
«Si vuelves, te dejaré volver,
y así estarás a mi servicio;
si separas la escoria del metal,
yo hablaré por tu boca.
Ellos volverán a ti,
pero tú no vuelvas a ellos.
Haré de ti frente al pueblo
muralla de bronce inexpugnable:
lucharán contra ti,
pero no te podrán,
porque yo estoy contigo
para librarte y salvarte
—oráculo del Señor—.
Te libraré de manos de los malvados,
te rescataré del puño de los violentos».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 58, 2-3. 4. 10-11. 17. 18 (R.: 17d)
R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

V. Líbrame de mi enemigo, Dios mío;
protégeme de mis agresores,
líbrame de los malhechores,
sálvame de los hombres sanguinarios. R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

Mira que me están acechando,
y me acosan los poderosos:
sin que yo haya pecado ni faltado, Señor. R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

V. Por ti velo, fortaleza mía,
que mi alcázar es Dios.
Que tu favor se me adelante, Dios mío,
y me haga ver la derrota de mi enemigo.
R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

Pero yo cantaré tu fuerza,
por la mañana proclamaré tu misericordia,
porque has sido mi alcázar
y mi refugio en el peligro. R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

V. Y tocaré en tu honor, fuerza mía,
porque tú, oh, Dios, eres mi alcázar,
Dios mío, misericordia mía.
R.
Dios es mi refugio en el peligro. Deus refúgium meum in die tribulatiónis meæ.

Aleluya Jn 15, 15b
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
A vosotros os llamo amigos -dice el Señor-, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
Vos dixit amícos, dicit Dóminus, quia ómnia quæcúmque audívi a Patre meo, nota feci vobis.
R.

EVANGELIO 13, 44-46
Vende todo lo que tiene y compra el campo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco, Audiencia 3-octubre-2014
Retomando la imagen del Evangelio de san Mateo, me agrada comparar la vocación del ministerio ordenado con el "tesoro escondido en un campo" (Mt 13, 44). Es verdaderamente un tesoro que Dios pone desde siempre en el corazón de algunos hombres, que Él eligió y llamó a seguirlo en este estado de vida especial. Este tesoro, que pide ser descubierto y llevado a la luz, no está hecho para "enriquecer" sólo a alguno. Quien está llamado al ministerio no es "dueño" de su vocación, sino administrador de un don que Dios le ha confiado para el bien de todo el pueblo, es más, de todos los hombres, incluso los que se han alejado de la práctica religiosa o no profesan la fe en Cristo. Al mismo tiempo, toda la comunidad cristiana es custodio del tesoro de estas vocaciones, destinadas a su servicio, y debe percibir cada vez más la tarea de promoverlas, acogerlas y acompañarlas con afecto.