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Domingo 11 diciembre 2016, III Domingo de Adviento, ciclo A.

domingo, 5 de junio de 2016

Domingo 10 julio 2016, XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.

SOBRE LITURGIA

De la Ordenación General del Misal Romano

C) Funciones del Acólito

187. Las funciones que puede ejercer el acólito son de diverso género; puede darse el caso de que concurran varias a la vez. Por lo tanto, es conveniente que se distribuyan, si es oportuno, entre varios; si solamente está presente un acólito, haga él lo que es de más importancia, distribuyéndose lo demás entre varios ministros.

Ritos iniciales


188. En la procesión al altar puede llevar la cruz entre dos ministros con cirios encendidos. Cuando llegue al altar, coloca la cruz junto al mismo, o bien la sitúa en un lugar digno. Luego ocupa su lugar en el presbiterio.

189. Durante toda la celebración, es propio del acólito acercarse al sacerdote o al diácono, cuantas veces se requiera, para servir el libro y ayudarles en todo lo necesario. Conviene, por tanto, que, en la medida de lo posible, ocupe un lugar desde el que pueda ejercer fácilmente su ministerio, en la sede o en el altar.

Liturgia eucarística


190. En ausencia del diácono, una vez acabada la oración universal, mientras el sacerdote permanece en la sede, el acólito pone sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal. Después, si es necesario, ayuda al sacerdote en la recepción de los dones del pueblo y oportunamente lleva el pan y el vino al altar y los entrega al sacerdote. Si se utiliza el incienso, presenta el incensario al sacerdote y le asiste en la incensación de las ofrendas, de la cruz y del altar. Luego inciensa al sacerdote y al pueblo.

191. El acólito instituido puede, si es necesario, ayudar al sacerdote, como ministro extraordinario, en la distribución de la Comunión al pueblo
[Cf. PABLO VI, Carta Ap. Ministeria quaedam, del 15 de agosto de 1972: A.A.S. 64 (1972), p. 532]. Si se da la Comunión bajo las dos especies, en ausencia del diácono, ofrece el cáliz a los que van a comulgar o, si la Comunión es por intinción, sostiene el cáliz.

192. El acólito instituido, acabada la distribución de la Comunión, ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados. En ausencia del diácono, el acólito instituido, lleva a la credencia los vasos sagrados y allí, del modo acostumbrado, los purifica, los seca y los recoge.

193. Terminada la celebración de la Misa, el acólito y los otros ministros regresan junto con el diácono y el sacerdote a la sacristía procesionalmente del mismo modo y en el mismo orden con el que vinieron.

D) Funciones del Lector


Ritos iniciales

194. En la procesión al altar, en ausencia del diácono, el lector, con la debida vestidura, puede llevar el Evangeliario un poco elevado: en este caso, precede al sacerdote; de lo contrario va con los otros ministros.

195. Al llegar al altar, hace la debida reverencia junto con los demás. Si lleva el Evangeliario, accede al altar y lo coloca sobre el mismo. Luego ocupa su lugar en el presbiterio junto con los otros ministros.

Liturgia de la palabra

196. Lee desde el ambón las lecturas que preceden al Evangelio. Cuando no hay salmista, después de la primera lectura puede proclamar el salmo responsorial.

197. En ausencia del diácono, puede proclamar desde el ambón las intenciones de la oración universal, después que el sacerdote ha hecho la introducción a la misma.

198. Si no hay canto de entrada ni de Comunión y los fieles no recitan las antífonas propuestas en el Misal, las puede decir en el momento conveniente
(cf. nn. 48, 87).

CALENDARIO

10 + XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa
del Domingo (verde).
ve MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. III (o bien: vol. I (C) de las nuevas ediciones).
- Dt 30, 10-14. El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
- Sal 68. R. Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
o bien: Sal 18. R. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
- Col 1, 15-20. Todo fue creado por él y para él.
- Lc 10, 25-37. ¿Quién es mi prójimo?

La lección del samaritano y de Jesucristo. La primera lectura invita a recordar y practicar el mandamiento de Dios (1 Lect.). El evangelio subraya quién es nuestro prójimo. Ayudar al próximo es colaborar en la construcción de una sociedad fundamentada en el amor (Ev.). Cristo, que vino de lo alto, se acercó amorosamente a la humanidad caída, como buen samaritano, para redimirla en la cruz (2 Lect.).

*
Hoy no se permiten las Misas de difuntos, excepto la exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 11 de julio, pág. 411.
CALENDARIOS: Mérida-Badajoz: Aniversario de la muerte de Mons. Doroteo Fernández y Fernández, obispo, emérito (1989).

TEXTOS MISA

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINICA XV PER ANNUM
Antífona de entrada Sal 16, 15
Yo, con mi apelación vengo a tu presencia y al despertar me saciaré de tu semblante.
Antiphona ad introitum Cf. Ps 16, 15
Ego autem cum iustítia apparébo in conspéctu tuo; satiábor dum manifestábitur glória tua.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excelsis.
Oración colecta
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.
Collecta
Deus, qui errántibus, ut in viam possint redíre, veritátis tuae lumen osténdis, da cunctis qui christiána professióne censéntur, et illa respúere, quae huic inimíca sunt nómini, et ea quae sunt apta sectári. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas del Domingo de la XV semana del Tiempo Ordinario, ciclo C (Lecc. I C).

PRIMERA LECTURA Dt 30, 10-14
El mandamiento está muy cerca de ti para que lo cumplas

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Escucha la voz del Señor, tu Dios, observando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el libro de esta ley, y vuelve al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir:
“¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. Ni está más allá del mar, para poder decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”.
El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial (opción 1) Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37 (R.: cf. 33)
R.
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Húmiles, quærite Deum, et vivet cor vestrum.

V. Mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mi. R.
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Húmiles, quærite Deum, et vivet cor vestrum.

V. Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias. R.
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Húmiles, quærite Deum, et vivet cor vestrum.

V. Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R.
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Húmiles, quærite Deum, et vivet cor vestrum.

V. Dios salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella. R.
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Húmiles, quærite Deum, et vivet cor vestrum.

Salmo responsorial (opción 2) Sal 18, 8. 9. 10. 11 (R.: 9ab)
R.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Iustítiae Dómini rectae, laetificántes corda.

V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. R.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Iustítiae Dómini rectae, laetificántes corda.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.
R.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Iustítiae Dómini rectae, laetificántes corda.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.
R.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Iustítiae Dómini rectae, laetificántes corda.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila.
R.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón. Iustítiae Dómini rectae, laetificántes corda.

SEGUNDA LECTURA Col 1, 15-20
Todo fue creado por él y para él

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

Cristo Jesús es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres,
visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él y para él
quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Aleluya Cf. Jn 6, 63c. 68C
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna. Verba tua, Dómine, spíritus et vita sunt; verba vitæ ætérnæ habes.
R.

EVANGELIO Lc 10, 25-37
¿Quién es mi prójimo?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Del Papa Francisco
AUDIENCIA GENERAL, 27 de abril de 2016
El buen samaritano
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 25). Jesús le pide que se dé a sí mismo la respuesta, y aquel la da a la perfección: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (v. 27). Y Jesús concluye: «Haz eso y vivirás» (v. 28).
Entonces aquel hombre hace otra pregunta, que se vuelve muy valiosa para nosotros: «¿Quién es mi prójimo?» (v. 29), y sobrentiende: «¿mis parientes? ¿Mis connacionales? ¿Los de mi religión?…». En pocas palabras, él quiere una regla clara que le permita clasificar a los demás en «prójimo» y «no-prójimo», en los que pueden convertirse en prójimo y en los que no pueden convertirse en prójimo.
Y Jesús responde con una parábola en la que convergen un sacerdote, un levita y un samaritano. Las dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro, es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó, el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los ladrones habían asaltado, saqueado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones símiles preveía la obligación de socorrerlo, pero ambos pasan de largo sin detenerse. Tenían prisa… El sacerdote, tal vez, miró su reloj y dijo: «Pero, llego tarde a la misa … Tengo que celebrar la misa». Y el otro dijo: «Pero, no sé si la ley me lo permite, porque hay sangre y seré impuro…». Se van por otro camino y no se acercan. Y aquí la parábola nos da una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia sepa amar al prójimo. ¡No es automático! Puedes conocer toda la Biblia, puedes conocer todas las rúbricas litúrgicas, puedes aprender toda la teología, pero de conocer no es automático el amar: amar tiene otro camino, es necesaria la inteligencia pero también algo más… El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen. Sin embargo, no existe un verdadero culto si no se traduce en servicio al prójimo. No olvidemos nunca: frente al sufrimiento de mucha gente agotada por el hambre, la violencia y las injusticias, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, a esa mujer, a ese niño, a ese anciano o a esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.
Pero vamos al centro de la parábola: el samaritano, que es precisamente aquel despreciado, aquel por el que nadie habría apostado nada, y que igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban ligados al templo, sino que «tuvo compasión» (v. 33). Así dice el Evangelio: «Tuvo compasión», es decir, ¡el corazón, las entrañas se conmovieron! Esa es la diferencia. Los otros dos «vieron», pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón de Dios. De hecho, la «compasión» es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros y nuestros sufrimientos Él los siente. Compasión significa «padecer con». El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, que se haga la pregunta y responda en el corazón: «¿Yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con muchos problemas y tantas cosas?». Pensad en esto, y la respuesta es: «¡Sí!». Pero cada uno tiene que mirar en el corazón si tiene fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: es paciente y está siempre a nuestro lado.
El samaritano actúa con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a una posada, se hace cargo personalmente y provee para su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino que significa cuidar del otro hasta pagar en persona. Significa comprometerse realizando todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.
Concluida la parábola, Jesús da la vuelta a la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (v. 36). La respuesta es finalmente inequívoca: «El que practicó la misericordia con él» (v. 37). Al comienzo de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que se hizo cercano. Jesús invierte la perspectiva: no clasificar a los otros para ver quién es prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo serás si en tu corazón hay compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro.
Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la Ley: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo.

Del Papa Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 1
La parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37)
En el centro de la historia del buen samaritano se plantea la pregunta fundamental del hombre. Es un doctor de la Ley, por tanto un maestro de la exégesis quien se la plantea al Señor: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" (Lc 10, 25). Lucas añade que el doctor le hace la pregunta a Jesús para ponerlo a prueba. El mismo, como doctor de la Ley, conoce la respuesta que da la Biblia, pero quiere ver qué dice al respecto este profeta sin estudios bíblicos. El Señor le remite simplemente a la Escritura, que el doctor, naturalmente, conoce, y deja que sea él quien responda. El doctor de la Ley lo hace acertadamente, con una combinación de Dt 6, 5 y Lv 19, 18: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo" (Lc 10, 27). Sobre esta cuestión Jesús enseña lo mismo que la Torá, cuyo significado pleno se recoge en este doble precepto. Ahora bien, este hombre docto, que sabía perfectamente cuál era la respuesta, debe justificarse: la palabra de la Escritura es indiscutible, pero su aplicación en la práctica de la vida suscitaba cuestiones que se discutían mucho en las escuelas (y en la vida misma).
La pregunta, en concreto, es: ¿Quién es "el prójimo"? La respuesta habitual, que podía apoyarse también en textos de la Escritura, era que el "prójimo" significaba "connacional". El pueblo formaba una comunidad solidaria en la que cada uno tenía responsabilidades para con el otro, en la que cada uno era sostenido por el conjunto y, así, debía considerar al otro "como a sí mismo", como parte de ese conjunto que le asignaba su espacio vital. Entonces, los extranjeros, las gentes pertenecientes a otro pueblo, ¿no eran "prójimos"? Esto iba en contra de la Escritura, que exhortaba a amar precisamente también a los extranjeros, recordando que Israel mismo había vivido en Egipto como forastero. No obstante, se discutía hasta qué límites se podía llegar; en general, se consideraba perteneciente a una comunidad solidaria, y por tanto "prójimo", sólo al extranjero asentado en la tierra de Israel. Había también otras limitaciones bastante extendidas del concepto de "prójimo"; una sentencia rabínica enseñaba que no había que considerar como prójimo a los herejes, delatores y apóstatas (Jeremias, p. 170). Además, se daba por descontado que tampoco eran "prójimos" los samaritanos que, pocos años antes (entre el 6 y el 9 d.C.) habían contaminado la plaza del templo de Jerusalén al esparcir huesos humanos en los días de Pascua (Jeremias, p. 171).
A una pregunta tan concreta, Jesús respondió con la parábola del hombre que, yendo por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo saquearon y golpearon, abandonándolo medio muerto al borde del camino. Es una historia totalmente realista, pues en ese camino se producían con regularidad este tipo de asaltos. Un sacerdote y un levita –conocedores de la Ley, expertos en la gran cuestión sobre la salvación, y que por profesión estaban a su servicio– se acercan por el camino, pero pasan de largo. No es que fueran necesariamente personas insensibles; tal vez tuvieron miedo e intentaban llegar lo antes posible a la ciudad; quizás no eran muy diestros y no sabían qué hacer para ayudar, teniendo en cuenta, además, que al parecer no había mucho que hacer. Por fin llega un samaritano, probablemente un comerciante que hacía esa ruta a menudo y conocía evidentemente al propietario del mesón cercano; un samaritano, esto es, alguien que no pertenecía a la comunidad solidaria de Israel y que no estaba obligado a ver en la persona asaltada por los bandidos a su "prójimo".
Aquí hay que recordar cómo, unos párrafos antes, el evangelista había contado que Jesús, de camino hacia Jerusalén, mandó por delante a unos mensajeros que llegaron a una aldea samaritana e intentaron buscarle allí alojamiento. "Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén" (Lc 9, 52 s). Enfurecidos, los hijos del trueno –Santiago y Juan– habían dicho al Señor: "Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?". Jesús los reprendió. Después se encontró alojamiento en otra aldea.
Entonces aparece aquí el samaritano. ¿Qué es lo que hace? No se pregunta hasta dónde llega su obligación de solidaridad ni tampoco cuáles son los méritos necesarios para alcanzar la vida eterna. Ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio utiliza la palabra que en hebreo hacía referencia originalmente al seno materno y la dedicación materna. Se le conmovieron las "entrañas", en lo profundo del alma, al ver el estado en que había quedado ese hombre. "Le dio lástima", traducimos hoy en día, suavizando la vivacidad original del texto. En virtud del rayo de compasión que le llegó al alma, él mismo se convirtió en prójimo, por encima de cualquier consideración o peligro. Por tanto, aquí la pregunta cambia: no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como "yo mismo".
Si la pregunta hubiera sido: "¿Es también el samaritano mi prójimo?", dada la situación, la respuesta habría sido un "no" más bien rotundo. Pero Jesús da la vuelta a la pregunta: el samaritano, el forastero, se hace él mismo prójimo y me muestra que yo, en lo íntimo de mí mismo, debo aprender desde dentro a ser prójimo y que la respuesta se encuentra ya dentro de mí. Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mi prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre.
En su interpretación de la parábola, Helmut Kuhn va más allá del sentido literal del texto y señala la radicalidad de su mensaje cuando escribe: "El amor político del amigo se basa en la igualdad de las partes. La parábola simbólica del samaritano, en cambio, destaca la desigualdad radical: el samaritano, un forastero en Israel, está ante el otro, un individuo anónimo, como el que presta ayuda a la desvalida víctima del atraco de los bandidos. La parábola nos da a entender que el agapé traspasa todo tipo de orden político con su principio del do ut des, superándolo y caracterizándose de este modo como sobrenatural. Por principio, no sólo va más allá de ese orden, sino que lo transforma al entenderlo en sentido inverso: los últimos serán los primeros (cf. Mt 19, 30). Y los humildes heredarán la tierra (cf. Mt 5, 5)" (p. 88 s). Una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda.
La actualidad de la parábola resulta evidente. Si la aplicamos a las dimensiones de la sociedad mundial, vemos cómo los pueblos explotados y saqueados de África nos conciernen. Vemos hasta qué punto son nuestros "próximos"; vemos que también nuestro estilo de vida, nuestra historia, en la que estamos implicados, los ha explotado y los explota. Un aspecto de esto es sobre todo el daño espiritual que les hemos causado. En lugar de darles a Dios, el Dios cercano a nosotros en Cristo, y aceptar de sus propias tradiciones lo que tiene valor y grandeza, y perfeccionarlo, les hemos llevado el cinismo de un mundo sin Dios, en el que sólo importa el poder y las ganancias; hemos destruido los criterios morales, con lo que la corrupción y la falta de escrúpulos en el poder se han convertido en algo natural. Y esto no sólo ocurre con África.
Ciertamente, tenemos que dar ayuda material y revisar nuestras propias formas de vida. Pero damos siempre demasiado poco si sólo damos lo material. ¿Y no encontramos también a nuestro alrededor personas explotadas y maltratadas? Las víctimas de la droga, del tráfico de personas, del turismo sexual; personas destrozadas interiormente, vacías en medio de la riqueza material. Todo esto nos afecta y nos llama a tener los ojos y el corazón de quien es prójimo, y también el valor de amar al prójimo. Pues –como se ha dicho– quizás el sacerdote y el levita pasaron de largo más por miedo que por indiferencia. Tenemos que aprender de nuevo, desde lo más íntimo, la valentía de la bondad; sólo lo conseguiremos si nosotros mismos nos hacemos "buenos" interiormente, si somos "prójimos" desde dentro y cada uno percibe qué tipo de servicio se necesita en mi entorno y en el radio más amplio de mi existencia, y cómo puedo prestarlo yo.
Los Padres de la iglesia han leído la parábola desde un punto de vista cristológico. Alguno podría decir: eso es alegoría, es decir, una interpretación que se aleja del texto. Pero si consideramos que el Señor nos quiere invitar en todas las parábolas, de diversas maneras, a creer en el Reino de Dios, que es El mismo, entonces no resulta tan equivocada la interpretación cristológica. Corresponde de algún modo a una potencialidad intrínseca del texto y puede ser un fruto que nace de su semilla. Los Padres vieron la parábola en la perspectiva de la historia universal: el hombre que yace medio muerto y saqueado al borde del camino, ¿no es una imagen de "Adán", del hombre en general, que "ha caído en manos de unos ladrones"? ¿No es cierto que el hombre, la criatura hombre, ha sido alienado, maltratado, explotado, a lo largo de toda su historia? La gran mayoría de la humanidad ha vivido casi siempre en la opresión; y desde otro punto de vista: los opresores, ¿son realmente la verdadera imagen del hombre?, ¿acaso no son más bien los primeros deformados, una degradación del hombre? Karl Marx describió drásticamente la "alienación" del hombre; aunque no llegó a la verdadera profundidad de la alienación, pues pensaba sólo en lo material, aportó una imagen clara del hombre que había caído en manos de los bandidos.
La teología medieval interpretó las dos indicaciones de la parábola sobre el estado del hombre herido como afirmaciones antropológicas fundamentales. De la víctima del asalto se dice, por un lado, que había sido despojado (spoliatus) y, por otro, que había sido golpeado hasta quedar medio muerto (vulneratus:cf. Lc 10, 30). Los escolásticos lo relacionaron con la doble dimensión de la alienación del hombre. Decían que fue spoliatus supernaturalibus y vulneratus in naturalibus: despojado del esplendor de la gracia sobrenatural, recibida como don, y herido en su naturaleza. Ahora bien, esto es una alegoría que sin duda va mucho más allá del sentido de la palabra, pero en cualquier caso constituye un intento de precisar los dos tipos de daño que pesan sobre la humanidad.
El camino de Jerusalén a Jericó aparece, pues, como imagen de la historia universal; el hombre que yace medio muerto al borde del camino es imagen de la humanidad. El sacerdote y el levita pasan de largo: de aquello que es propio de la historia, de sus culturas y religiones, no viene salvación alguna. Si el hombre atracado es por antonomasia la imagen de la humanidad, entonces el samaritano sólo puede ser la imagen de Jesucristo. Dios mismo, que para nosotros es el extranjero y el lejano, se ha puesto en camino para venir a hacerse cargo de su criatura maltratada. Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas –en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos– y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados.
Podemos dejar tranquilamente a un lado los diversos aspectos de la alegoría, que varían según los distintos Padres. Pero la gran visión del hombre que yace alienado e inerme en el camino de la historia, y de Dios mismo que se ha hecho su prójimo en Jesucristo, podemos contemplarla como una dimensión profunda de la parábola que nos afecta, pues no mitiga el gran imperativo que encierra la parábola, sino que le da toda su grandeza. El gran tema del amor, que es el verdadero punto central del texto, adquiere así toda su amplitud. En efecto, ahora nos damos cuenta de que todos estamos "alienados", que necesitamos ser salvados. Por fin descubrimos que, para que también nosotros podamos amar, necesitamos recibir el amor salvador que Dios nos regala. Necesitamos siempre a Dios, que se convierte en nuestro prójimo, para que nosotros podamos a su vez ser prójimos.
Las dos figuras de que hemos hablado afectan a todo hombre: cada uno está "alienado", alejado precisamente del amor (que es la esencia del "esplendor sobrenatural" del cual hemos sido despojados); toda persona debe ser ante todo sanada y agraciada. Pero, acto seguido, cada uno debe convertirse en samaritano: seguir a Cristo y hacerse como El. Entonces viviremos rectamente. Entonces amaremos de modo apropiado, cuando seamos semejantes a El, que nos amó primero (cf. 1Jn 4, 19).

DIRECTORIO HOMILÉTICO
Ap. I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo C. Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario.
El hombre ha sido creado a imagen de Dios; el primogénito.
299 Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: "Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso" (Sb 11, 20). Creada en y por el Verbo eterno, "imagen del Dios invisible" (Col 1, 15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1, 26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19, 2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42, 3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad ("Y vio Dios que era bueno… muy bueno": Gn 1, 4. 10. 12. 18. 21. 31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286; 455-463; 800; 1333; 3002).
381 El hombre es predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del Dios invisible" (Col 1, 15)- , para que Cristo sea el primogénito de una multitud de hermanos y de hermanas (cf. Ef 1, 3-6; Rm 8, 29).
El prójimo tiene que ser considerado como “otro yo”
1931 El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: "que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como 'otro yo', cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27, 1). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un "prójimo", un hermano.
1932 El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
1933 Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5, 43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.
Las obras de misericordia corporal
2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58, 6-7; Hb 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25, 31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17, 22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4):
"El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3, 11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11, 41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?" (St 2, 15-16; cf. 1Jn 3, 17).
En la celebración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote es como el buen samaritano
1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.
El Verbo y la creación, visible e invisible
203 A su pueblo Israel Dios se reveló dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.
291 "En el principio existía el Verbo… y el Verbo era Dios… Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho" (Jn 1, 1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado. "En el fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra… todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia" (Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el "dador de vida" (Símbolo de Nicea-Constantinopla), "el Espíritu Creador" ("Veni, Creator Spiritus"), la "Fuente de todo bien" (Liturgia bizantina, tropario de vísperas de Pentecostés).
331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles… " (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para El: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1, 14).
703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; Sal 104, 30; Gn 1, 2; Gn 2, 7; Qo 3, 20 - 21; Ez 37, 10):
"Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo … A El se le da el poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo" (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del segundo modo).

Se dice Credo. Dicitur Credo.
Oración de los fieles
219. Oremos en paz al Señor nuestro Dios.
- Por nuestro Santo Padre el papa N.: para que Dios le conceda vida y seguridad en el pastoreo de su pueblo. Roguemos al Señor.
- Por nuestro obispo N., por todos los obispos, sacerdotes y diáconos, por las vírgenes consagradas, por los matrimonios cristianos y por todo el pueblo santo de Dios. Roguemos al Señor.
- Por los que están en camino de conversión y por los catecúmenos de la santa Iglesia: para que Dios nuestro Señor les abra la puerta de su misericordia y los introduzca por el bautismo en la vida nueva de Cristo Jesús. Roguemos al Señor.
- Por los cristianos separados de la Iglesia, por todos los que creen en Cristo: para que Dios nuestro Señor los reúna y proteja en su única Iglesia. Roguemos al Señor.
- Por el pueblo judío: para que Dios nuestro Señor haga brillar su rostro sobre él y pueda reconocer a Jesucristo como redentor de todos los hombres. Roguemos al Señor.
Recibe, Dios eterno, las oraciones de tu Iglesia; y da cumplimiento a las peticiones de los que te suplican. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración, y concede a los que van a recibirlos crecer continuamente en santidad. Por Jesucristo nuestro Señor.
Super oblata
Réspice, Dómine, múnera supplicántis Ecclésiae, et pro credéntium sanctificatiónis increménto suménda concéde. Per Christum.
PREFACIO V DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO.
Las maravillas de la Creación
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque creaste el universo entero, estableciste el continuo retorno de las estaciones, y al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo, para que, en nombre tuyo, dominara la creación y, al contemplar tus grandezas, en todo momento te alabara, por Cristo, Señor nuestro.
A quien cantan los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar.
Santo, Santo, Santo...
PRAEFATIO V DE DOMINICIS PER ANNUM.
De creatione.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus:
Qui ómnia mundi eleménta fecísti, et vices disposuísti témporum variári; hóminem vero formásti ad imáginem tuam, et rerum ei subiecísti univérsa mirácula, ut vicário múnere dominarétur ómnibus quae creásti, et in óperum tuórum magnálibus iúgiter te laudáret, per Christum Dóminum nostrum.
Unde et nos cum ómnibus Angelis te laudámus, iucúnda celebratióne clamántes:
Santo, Santo, Santo...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. PREX EUCHARÍSTICA III.
Antífona de la Comunión Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos; tus altares, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.
O bien: Jn 6, 56
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi y yo en él -dice el Señor.
Antiphona ad communionem Cf. Ps 83, 4-5
Passer invénit sibi domum et turtur nidum, ubi repónat pullos suos. Altária tua, Dómine virtútum, Rex meus, et Deus meus! Beáti qui hábitant in domo tua, in saeculum saeculi laudábunt te.
Vel: Jn 6, 57
Qui mandúcat meam carnem et bibit meum sánguinem, in me manet et ego in eo, dicit Dóminus.
Oración después de la comunión
Alimentados con esta eucaristía, te pedimos, Señor, que cuantas veces celebramos este sacramento se acreciente en nosotros el fruto de la salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.
Post communionem
Sumptis munéribus, quaesumus, Dómine, ut, cum frequentatióne mystérii, crescat nostrae salútis efféctus. Per Christum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 11 de julio
F
iesta de san Benito, abad, Patrono principal de Europa, que habiendo nacido en Nursia, fue educado en Roma y abrazó luego la vida eremítica en la región de Subiaco, viéndose pronto rodeado de muchos discípulos. Pasado un tiempo, se trasladó a Casino, donde fundó un célebre monasterio y compuso una Regla que se propagó de tal modo por todas partes, que ha merecido ser llamado “Patriarca de los monjes de Occidente”. Murió, según la tradición, el veintiuno de marzo (547).
2. En Roma, conmemoración de san Pío I, papa, hermano de Hermas, autor éste de una obra cuyo título es El Pastor, denominación que bien mereció el santo Pontífice, pues durante quince años fue de verdad un buen pastor que guardó la Iglesia (155).
3. En Iconio, de Licaonia, san Marciano, mártir, que bajo el prefecto Perenio alcanzó la palma del martirio, pasando por muchos tormentos (s. III/IV).
4. En Cesarea de Mauritania, santa Marciana, virgen, la cual, condenada a las fieras, alcanzó la palma del martirio (c. 303).
5*. En Burdeos, ciudad de Aquitania, san Leoncio, obispo, honor del pueblo y de la ciudad, que dignificó templos, restauró baptisterios y se distinguió por su generosidad hacia los pobres (c. 570).
6*. En el estuario de Deer, en Escocia, san Drostán, abad, que después de haber gobernado varios monasterios abrazó la vida erémitica (s. VI ex.).
7*. En Disentis, en la Recia Superior (hoy Suiza), santos Plácido, mártir, y Sigisberto, abad, este último compañero de san Columbano y fundador del monasterio de San Martín, en Disentis, donde fue el primero que coronó su vida monástica con el martirio (s. VII).
8*. En el monasterio de Moyenmoutier, en los Vosgos, san Hidulfo, que siendo corepíscopo de Tréveris, se retiró a la soledad, y habiendo acudido a él muchos discípulos, con ellos fundó un monasterio del que fue superior (707).
9. En Córdoba, ciudad de la provincia hispánica de Andalucía, san Abundio, presbítero, que durante la persecución llevada a cabo por los musulmanes, preguntado por el juez confesó intrépidamente la fe, lo que provocó la ira de éste, que sin más le dio muerte y después expuso su cuerpo para que fuera pasto de perros y de bestias salvajes (854).
10. En Kiev, ciudad de Rusia (ahora en Ucrania), santa Olga, abuela de san Vladimiro, la primera de la dinastía de los Ruriks que recibió el bautismo, en el que se le impuso el nombre de Helena, dejando su conversión abierto el camino para que el pueblo ruso abrazase el cristianismo (969).
11*. En el monasterio de Grandselve, en la región de Toulouse, en Francia, beato Bertrando, abad, que para restablecer la disciplina regular unió su monasterio a la Orden Cisterciense (1149).
12*. En Viborg, en Dinamarca, san Quetilo, canónigo regular, que puso gran interés en el funcionamiento de la escuela capitular, siendo modelo para todos (c. 1151).
13*. En Lincoln, en Inglaterra, conmemoración de los beatos Tomás Benstead y Tomás Sprott, presbíteros y mártires, condenados a muerte en tiempo de la reina Isabel I por ser sacerdotes, aunque no se sabe con certeza en qué día de este mes fueron martirizados (1600).
14*. En Orange, ciudad de la Provenza, en Francia, beatas Rosalía Clotilde de Santa Pelagia Bès, María Isabel de San Teoctisto Pélissier, María Clara de San Martín Blanc y María Margarita de Santa Sofía de Barbegie d´Albarède, vírgenes, mártires por su fe en Cristo durante la Revolución Francesa (1794).
15. En Liugongyin, pueblo cercano a Anping, en la provincia de Hebei, en China, santas Ana An Xinzhi, María An Gouzhi, Ana An Jiaozhi y María An Lihua, vírgenes y mártires, que al no conseguir de ellas que abandonasen el cristianismo, fueron decapitadas durante la persecución desencadenada por el movimiento de los Yihetuan (1900).