domingo, 6 de marzo de 2016

Benedicto XVI, San Francisco de Asís: Eucaristía y sacerdocio (2010).

Textos de Benedicto XVI

Mensaje al Cardenal Angelo Bagnasco con ocasión de la LXII Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 4 de noviembre de 2010 *.


(...) 1. En estos días os habéis reunido en Asís, la ciudad en la que “nació al mundo un sol” (Dante, Paradiso, Canto XI), proclamado por el venerable Pío XII patrono de Italia: san Francisco, que conserva intactas su frescura y su actualidad – ¡los santos no tienen nunca ocaso! – debidas a su haberse conformado totalmente a Cristo, del que fue icono vivo.

Como el nuestro, también el tiempo en que vivió san Francisco estaba marcado por profundas transformaciones culturales, favorecidas por el nacimiento de las universidades, por el crecimiento de los ayuntamientos y por la difusión de nuevas experiencias religiosas.

Precisamente en esa época, gracias a la obra del papa Inocencio III – el mismo del que el Pobrecito de Asís obtuvo el primer reconocimiento canónico – la Iglesia puso en marcha una profunda reforma litúrgica. De ello es expresión eminente el Concilio Lateranense IV (1215), que cuenta entre sus frutos con el “Breviario”. Este libro de oración acogía en sí la riqueza de la reflexión teológica y de la vivencia orante del milenio anterior. Adoptándolo, san Francisco y sus frailes hicieron propia la oración litúrgica del Sumo Pontífice: de este modo, el Santo escuchaba y meditaba asiduamente la Palabra de Dios, hasta hacerla suya y transmitirla después en las oraciones de que fue autor, como en general en todos sus escritos.

El mismo Concilio Lateranense IV, considerando con particular atención el Sacramento del altar, insertó en la profesión de fe el término “transubstanciación”, para afirmar la presencia real de Cristo en el sacrificio eucarístico: “Su cuerpo y su sangre son contenidos verdaderamente en el Sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan es transubstanciado en el cuerpo y el vino en la sangre por el poder divino” (DS, 802).

De la asistencia a la santa Misa y del recibir con devoción la santa Comunión brota la vida evangélica de san Francisco y su vocación a recorrer el camino de Cristo Crucificado: “El Señor – leemos en el Testamento de 1226 – me dio tanta fe en las iglesias, que así sencillamente rezaba y decía: Te adoramos, Señor Jesús, en todas las iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo” (Fuentes Franciscanas, n. 111).

En esta experiencia encuentra su origen también la gran deferencia que tenía hacia los sacerdotes y la consigna a los frailes de respetarles siempre y en todo caso, “porque del altísimo Hijo de Dios yo no veo otra cosa corporalmente en este mundo, sino el Santísimo Cuerpo y Sangre suya que ellos solos consagran y que ellos solos administran a los demás” (Fuentes Franciscanas, n. 113).

Ante este don, queridos Hermanos, ¡qué responsabilidad de vida se desprende para cada uno de nosotros! “¡Cuidad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes – recomendaba Francisco – y sed santos porque él es santo” (Carta al Capítulo General y a todos los frailes, en Fuentes Franciscanas, n. 220)! Sí, la santidad de la Eucaristía exige que se celebre y se adore este Misterio conscientes de su grandeza, importancia y eficacia para la vida cristiana, pero exige también pureza, coherencia y santidad de vida a cada uno de nosotros, para ser testigos vivientes del único Sacrificio de amor de Cristo.

El Santo de Asís no dejaba de contemplar cómo “el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilló hasta esconderse, para nuestra salvación, en la poca apariencia del pan” (ibid., n. 221), y con vehemencia pedía a sus frailes: “os ruego, más que si lo hiciese por mí mismo, que cuando convenga y lo veáis necesario, supliquéis humildemente a los sacerdotes para que veneren por encima de todo al Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor nuestro Jesucristo y los santos nombres y las palabras escritas de Él que consagran el cuerpo” (Carta a todos los custodios, en Fuentes Franciscanas, n. 241).

* Traducción del italiano por Inma Álvarez, www.zenit.org