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Domingo 11 diciembre 2016, III Domingo de Adviento, ciclo A.

jueves, 18 de febrero de 2016

Jueves 24 marzo 2016, Misa Crismal, Jueves santo.

CALENDARIO

24 JUEVES. Hasta la hora nona:
JUEVES SANTO, misa crismal


La Misa crismal, que el obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo (cf. OGMR, 203). Con el Santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad.
Misa crismal (blanco).
bl MISAL: ants. y oracs. props., Gl. Sin Cr., Pf. prop.
LECC.: vol. VII (o bien: vol. II de las nuevas ediciones).
- Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9. El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren y derramar sobre ellos perfume de fiesta.
- Sal 88. R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
- Ap 1, 5-8. Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios Padre.
- Lc 4, 16-21. El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

* Esta celebración tendrá lugar antes del Triduo Pascual, y no precederá inmediatamente a la Misa vespertina en la Cena del Señor.
* La sagrada comunión solo se puede distribuir a los fieles dentro de la Misa; a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora.
* Los fieles que han comulgado en la Misa crismal pueden también comulgar de nuevo en la Misa vespertina de la Cena del Señor.
* Hoy solo se permiten la Misa crismal y la Misa vespertina de la Cena del Señor.
* Según la costumbre tradicional en la liturgia latina, la bendición del óleo de los enfermos se hace antes del final de la plegaria eucarística; la del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma, después de la comunión. Sin embargo, por razones pastorales, está permitido hacer todo el rito de bendición después de la liturgia de la Palabra.
* Se toman y se llevan a las iglesias los nuevos óleos benditos; los viejos se queman o se dejan que ardan en la lámpara del Santísimo.

Liturgia de las Horas: oficio de feria.

* En el Oficio de lectura es aconsejable tomar el salmo 68 (viernes de la semana III del salterio).

Martirologio: hoy se omite su lectura.

TEXTOS MISA

JUEVES SANTO FERIA V HEBDOMADAE SANCTAE
Según una antiquísima tradición de la Iglesia, en este día están prohibidas todas las misas sin pueblo. 1. Iuxta antiquissimam Ecclesiae traditionem, hac die omnes Missae sine populo interdicuntur.

MISA CRISMAL
1. El obispo ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo.
La misa crismal que concelebra con los presbíteros provenientes de las distintas regiones de la diócesis y en la que consagra el santo crisma y bendice los restantes óleos, ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Con el crisma consagrado por el obispo son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que reciben la confirmación. Con el óleo delos catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos
catecúmenos. Con el óleo de los enfermos estos son aliviados en sus enfermedades.
2. La liturgia cristina ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa “el Ungido del Señor”.
Del mismo modo se significa con el santo crisma que los cristinos, injertados por el bautismo en el misterio pascual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resucitados con él, participando de su sacerdocio real y profético, y recibiendo por la confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo que se les da.
Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua Santiago, remedia las dolencias del alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados.
3. La materia apta del sacramento es el óleo de las olivas u, oportunamente, otro aceite sacado de plantas.
4. El crisma se hace con óleo y aromas o materia olorosa.
5. La preparación del crisma se puede hacer privadamente antes de su consagración, o bien hacerla el obispo en la misma acción litúrgica.
6. La consagración del crisma es de competencia exclusiva del obispo.
7. El óleo de los catecúmenos es bendecido por el obispo, juntamente con los otros óleos, en la misa crismal.
Sin embargo, la facultad de bendecir el óleo de los catecúmenos se concede a los sacerdotes cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado.
8. El óleo para la unción de enfermos debe estar bendecido por el obispo o por un sacerdote que por derecho propio o por peculiar concesión de la Santa Sede goce de esta facultad.
Por derecho propio pueden bendecir el óleo de los enfermos:
a) El que por derecho se equipara al obispo diocesano.
b) Cualquier sacerdote, en caso de verdadera necesidad.

Misa Crismal Ad Missam chrismatis
9. La bendición del óleo de los enfermos y del óleo de los catecúmenos, y la consagración del crisma, ordinariamente se hacen por el obispo el día de Jueves Santo, en la misa propia que se celebra por la mañana. 2. Benedictio olei infirmorum, olei catechumenorum et consecratio chrismatis fit ab Episcopo, secundum Ordinem in Pontificali Romano descriptum, de more hac die, in Missa propria horis matutinis celebranda.
10. Si este día el clero y el pueblo no pueden reunirse fácilmente con el obispo, esta bendición puede anticiparse a otro día, cercano a la Pascua, utilizando siempre la misa propia. 3. Si vero ea die clerus et populus difficilius congregari possunt cum Episcopo, Missa chrismatis anticipari potest alia die, sed prope Pascha.

(vid. n. 13) 4. Haec Missa, quam Episcopus cum suo presbyterio concelebrat, sit veluti manifestatio communionis presbyterorum cum suo Episcopo: expedit proinde ut omnes presbyteri, quantum fieri potest, ipsam participent et in ea Communionem sumant, etiam sub utraque specie. Ad unitatem autem presbyterii diocesis significandam, presbyteri, qui cum Episcopo concelebrant, sint e diversis regionibus diocesis.
11. Según la costumbre tradicional de la liturgia latina, la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de finalizar la plegaria eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma tiene lugar después de la comunión.
12. Pero por razones pastorales se puede hacer también el rito de la bendición después de la liturgia de la palabra, observando el orden que se describe más adelante.
5. Iuxta morem traditum, benedictio olei infirmorum fit ante finem Precis eucharisticae, benedictio autem olei catechumenorum et consecratio chrismatis post Communionem. Attamen, propter rationes pastorales, licet universum ritum benedictionis post liturgiam verbi peragi.

13. La misa crismal ha de ser siempre concelebrada. Conviene, pues, que entre los presbíteros que concelebran la misa con el obispo y son testigos suyos y cooperadores en el ministerio del santo crisma se encuentren sacerdotes de las diferentes regiones de la diócesis.
14. La preparación del obispo, de los concelebrantes y de los otros ministros, su entrada en la iglesia y todo lo que hacen desde el comienzo de la misa hasta el final de la liturgia de la Palabra, se realiza como en las misas concelebradas. Los diáconos que toman pasrte en la bendición de los óleos, se dirigen al altar delante de los presbíteros concelebrantes.
15. En esta misa no se dice Credo.
16. La oración de los fieles que tiene formulario propio, está unida a la renovación de las promesas sacerdotales.
17. Quienes comulgan en esta misa pueden volver a comulgar en la misa vespertina.

Cosas que hay que preparar.
Para la bendición de los óleos, además de lo que es necesario para la misa, debe prepararse:
En la sacristía o en otro lugar apto:
  • las vasijas de los óleos;
  • aromas para hacer el crisma, si es que el obispo quiere hacer la mezcla dentro de la acción litúrgica;
  • pan, vino y agua para la misa, que son llevados juntamente con los óleos antes de la preparación de los dones.
En el presbiterio:
  • una mesa para colocar las vasijas de los óleos, dispuesta de tal manera que el pueblo pueda ver y participar bien en toda la acción litúrgica;
  • la sede para el obispo, si la bendición se hace ante el altar.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y BENDICIÓN DE LOS ÓLEOS
Ritos iniciales y liturgia de la palabra


Antífona de entrada Ap 1, 6
Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
6. Antiphona ad introitum Ap 1, 6
Iesus Christus fecit nos regnum et sacerdótes Deo et Patri suo: ipsi glória et impérium in saecula saeculórum. Amen.
Se dice Gloria. Dicitur Gloria in excélsis.
Oración colecta
Oh Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a nosotros, miembros de su cuerpo, nos haces partícipes de su misma unción; ayúdanos a ser en el mundo testigos fieles de la redención que ofreces a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.
7. Collecta
Deus, qui Unigénitum Fílium tuum unxísti Spíritu Sancto Christúmque Dóminum constituísti, concéde propítius, ut, eiúsdem consecratiónis partícipes effécti, testes Redemptiónis inveniámur in mundo. Per Dóminum.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas de la Misa Crismal (Lecc. II)

PRIMERA LECTURA Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9
El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, y darles un perfume de fiesta
Lectura del libro del profeta Isaías.

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,
para curar los corazones desgarrados,
proclamar la amnistía a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar un año de gracia del Señor,
un día de venganza de nuestro Dios,
para consolar a los afligidos,
para dar a los afligidos de Sion
una diadema en lugar de cenizas,
perfume de fiesta en lugar de duelo,
un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor»,
dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios».
Les daré su salario fielmente
y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Salmo responsorial Sal 88, 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)
R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

V. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

V. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». R.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Misericórdias tuas, Dómine, in aetérnum cantábo

SEGUNDA LECTURA Ap 1, 5-8
Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios Padre
Lectura del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan

Gracia y paz a vosotros
de parte de Jesucristo,
el testigo fiel,
el primogénito de entre los muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra.
Al que nos ama,
y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre.
A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Mirad: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra.
Sí, amén.
Dice el Señor Dios:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso».

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Versículo antes del Evangelio Cf. Is 61, 1 (Lc 4, 18ac)
El Espíritu del Señor está sobre mí: me he enviado a evangelizar a los pobres.
Spíritus Dómini super me: evangelizáre paupéribus misit me.

EVANGELIO Lc 4, 16-21
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

SANTA MISA CRISMAL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana, Jueves Santo 2 de abril de 2015

«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 88,22), así piensa el Señor cuando dice para sí: «He encontrado a David mi servidor y con mi aceite santo lo he ungido» (v. 21). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. Él me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva» (v. 25.27).
Es muy hermoso entrar, con el Salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo: es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una manera especial: ”Tú eres mi Padre”» (cf. Jn 14,21). Y, si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel no es fácil, es dura; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso la consumación en el martirio.
El cansancio de los sacerdotes... ¿Sabéis cuántas veces pienso en esto: en el cansancio de todos vosotros? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajáis en medio del pueblo fiel de Dios que os fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.
Estad seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos... ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?», nos dirá siempre que nos acerquemos a Ella (cf. Evangelii gaudium, 286). Y a su Hijo le dirá, como en Caná: «No tienen vino».
Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Venid a mí cuando estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11,28). Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y rendirse ante el Padre; uno sabe también que no se hunde sino que se renueva porque, al que ha ungido con óleo de alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «le cambia su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (Is 61,3).
Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que también somos ovejas y necesitamos que el Pastor nos ayude. Pueden ayudarnos algunas preguntas a este respecto.
¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios? O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansos más refinados, no los de los pobres sino los que ofrece el mundo del consumo? ¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o sólo aquel que me da trabajo? ¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi auto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el Padre, con la Virgen y San José, con mis santos protectores amigos para reposarme en sus exigencias —que son suaves y ligeras—, en sus complacencias —a ellos les agrada estar en mi compañía—, en sus intereses y referencias —a ellos sólo les interesa la mayor gloria de Dios—? ¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor? ¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al Espíritu Santo que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé en Quién me he confiado» (2 Tm 1,12)?
Repasemos un momento las tareas de los sacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos.
No son tareas fáciles, exteriores, como por ejemplo el trabajo material —construir un nuevo salón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para los jóvenes del Oratorio... —; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareas en las que nuestro corazón es «movido» y conmovido. Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido... Tantas emociones... Si tenemos el corazón abierto, esta mención y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor. Para nosotros sacerdotes las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: «Tomad, comed». Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: «Tomad y comed, tomad y bebed...». Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa.
Quisiera ahora compartir con vosotros algunos cansancios en los que he meditado.
Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador —lo dice el evangelio—, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí..., no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. Evangelii gaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. ibíd., 279). ¡Qué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja..., pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba (cf. ibíd., 97). Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padres... Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir: «Venid a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).
También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra de Dios, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83). El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar —es un hábito importante: aprender a neutralizar—: neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No temáis, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Y esta palabra nos dará fuerza.
Y por último —para que esta homilía no os canse demasiado— está también «el cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a trabajar (somos los que cuidamos). Este cansancio, en cambio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa mal.
La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf. Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre.
Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las fuentes tranquilas (cf. ibíd. 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Eso es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la lava.
El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Y, por favor, pidamos la gracia de aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados!


En la homilía, el obispo debe exhortar a sus presbíteros a que conserven la fidelidad a su ministerio e invitarles a que renueven públicamente sus promesas sacerdotales. 8. Post lectionem Evangelii Episcopus homiliam habet, in qua, initium sumens e textu lectionum quae in liturgia verbi lectae sunt, populum atque suos presbyteros de sacerdotali unctione alloquitur hortans presbyteros ad fidelitatem in suo munere servandam, eosque invitans ad promissiones suas sacerdotales publice renovandas.
Renovación de las promesas sacerdotales
18. Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbíteros con estas o semejantes palabras:
Obispo: Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?
Los presbíteros, conjuntamente, responden a la vez: Sí, quiero.
Obispo: ¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa' de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?
Presbíteros: Sí, quiero.
Obispo: ¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?
Presbíteros: Sí, quiero.
Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, el obispo prosigue:
Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros presbíteros, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo sumo sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente de salvación.
Pueblo: Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Obispo: Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos.
Pueblo: Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.
Obispo: El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.
Todos: Amén.
Renovatio promissionum sacerdotalium
9. Homilia expleta, Episcopus, his vel similibus verbis, cum presbyteris colloquitur:
Fílii caríssimi, ánnua redeúnte memória diéi, qua Christus Dóminus sacerdótium suum cum Apóstolis nobísque communicávit, vultis olim factas promissiónes coram Epíscopo vestro et pópulo sancto Dei renováre?
Presbyteri, una simul, respondent: Volo.
Vultis Dómino Iesu árctius coniúngi et conformári, vobismetípsis abrenuntiántes atque promíssa confirmántes sacrórum officiórum, quae, Christi amóre indúcti, erga eius Ecclésiam, sacerdotális vestrae ordinatiónis die, cum gáudio suscepístis?
Presbyteri: Volo.
Vultis fidéles esse dispensatóres mysteriórum Dei per sanctam Eucharístiam ceterásque litúrgicas actiónes, atque sacrum docéndi munus, Christum Caput atque Pastórem sectándo, fidéliter implére, non bonórum cúpidi, sed animárum zelo tantum indúcti?
Presbyteri: Volo.
Deinde, ad populum conversus, Episcopus prosequitur:
Vos autem, fílii dilectíssimi, pro presbyteris vestris oráte, ut Dóminus super eos bona sua abundánter effúndat, quátenus fidéles minístri Christi, Summi Sacerdótis, vos ad eum perdúcant, qui fons est salútis.
Populus: Christe, audi nos. Christe, exáudi nos.
Et pro me étiam oráte, ut fidélis sim múneri apostólico humilitáti meae commísso, et inter vos effíciar viva et perféctior in dies imágo Christi Sacerdótis, Boni Pastóris, Magístri et ómnium Servi.
Populus: Christe, audi nos. Christe, exáudi nos.
Dóminus nos omnes in sua caritáte custódiat, et ipse nos univérsos, pastóres et oves, ad vitam perdúcat aetérnam.
Omnes: Amen.
No se dice Credo ni oración de los fieles. 10. Sequitur oratio universalis. Non dicitur Credo.

Procesión de las ofrendas

Después de la renovación de las promesas sacerdotales, los diáconos y ministros designados llevan los óleos, o, en su defecto, algunos presbíteros y ministros, o bien los mismos fieles que presentan el pan, el vino y el agua, se dirigen ordenadamente a la sacristía o al lugar donde se han dejado preparados los óleos y las otras ofrendas. Al volver al altar lo hacen de este modo: en primer lugar, el ministro que lleva el recipiente con los aromas, si es que el obispo quiere hacer él mismo la mezcla del crisma; después, otro ministro con la vasija del óleo delos catecúmenos; seguidamente, otro con la vasija del óleo de los enfermos. El óleo para el crisma es llevado en último lugar por un diácono o un presbítero. A ellos les siguen los ministros que llevan el pan, el vino y el agua para la celebración eucarística.
Al avanzar la procesión por la iglesia, la “schola” canta el himno "O Redemptor" u otro canto apropiado, respondiendo toda la asamblea.

O REDÉMPTOR

O Redémptor, sume carmen
temet concinéntium.
Arbor feta alma luce
hoc sacrándum próotulit,
fert hoc prona praesens turba
Salvatóri saéculi.

Consecráre tu dignáre,
Rex perénnis patriae,
hoc olívum sígnum vivum
iura contra daémonum.

Ut novétur sexus omnis
unctione chrísmatis;
ut sanétur sauciáta
dignitatis glória.

Lota mente sacro fonte
aufugántur crímina,
uncta fronte sacrosáncta
influunt charísmata.

Corde natus ex Paréntis,
alvum implens Vírginis,
praesta lucem, claude mortem
chrísmatis consórtibus.

Sit haec dies festa nobis
saeculórum saéculis,
sit sacráta digna laude
nc senéscat témpore.

Cuando llegan al altar o a la sede, el obispo recibe los dones. El diácono que lleva la vasija para el santo crisma, se la presenta al obispo, diciendo en voz alta: Óleo para el santo crisma; el obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, el cual la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúmenos. El primero dice: Óleo de los enfermos; el otro: Óleo de los catecúmenos. El obispo recibe ambas vasijas y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha preparado.
La Misa se desarrolla como en el rito de la concelebración, hasta el final de la plegaria eucarística, a no ser que todo el rito de la bendición se tenga realice inmediatamente (Cf. n. 12) En este caso todo se dispone según se describirá más adelante.

Liturgia eucarística

Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Señor, que la eficacia de este sacrificio nos purifique del antiguo pecado, acreciente en nosotros la vida nueva y nos otorgue la plena salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.
11. Super oblata
Huius sacrifícii poténtia, Dómine, quaesumus, et vetustátem nostram cleménter abstérgat, et novitátem nobis áugeat et salútem. Per Christum.
Prefacio. El sacerdocio de Cristo y el ministerio de los sacerdotes
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos cantamos tu gloria diciendo:
Santo, Santo, Santo …
12. Praefatio: De sacerdotio Christi et de ministerio sacerdotum.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotensaetérne Deus:
Qui Unigénitum tuum Sancti Spíritus unctióne novi et aetérni testaménti constituísti Pontíficem, et ineffábili dignátus es dispositióne sancíre, ut únicum eius sacerdótium in Ecclésia servarétur.
Ipse enim non solum regáli sacerdótio pópulum acquisitiónis exórnat, sed étiam fratérna hómines éligit bonitáte, ut sacri sui ministérii fiant mánuum impositióne partícipes.
Qui sacrifícium rénovent, eius nómine, redemptiónis humánae, tuis apparántes fíliis paschále convívium, et plebem tuam sanctam caritáte praevéniant, verbo nútriant, refíciant sacraméntis.
Qui, vitam pro te fratrúmque salúte tradéntes, ad ipsíus Christi nitántur imáginem conformári, et constánter tibi fidem amorémque testéntur.
Unde et nos, Dómine, cum Angelis et Sanctis univérsis tibi confitémur,
in exsultatióne dicéntes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA I o CANON ROMANO. PREX EUCHARISTICA I seu CANON ROMANUS.

Bendición del óleo de los enfermos
Antes que el obispo diga: Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando todos los bienes... en la plegaria eucarística I, o antes de la doxología Por Cristo, con él y en él, en las otras plegarias eucarísticas, el que llevó la vasija del óleo de los enfermos la lleva cerca del altar y la sostiene delante del obispo, quién, mientras bendice el óleo de los enfermos, dice esta oración:

Señor Dios, Padre de todo consuelo,
que, has querido sanar las dolencias de los enfermos
por medio de tu Hijo:
escucha con amor la oración de nuestra fe
y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Paráclito
sobre este óleo.
Tú que has hecho que el leño verde del olivo
produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo,
enriquece con tu bendición + este óleo
para que cuantos sean ungidos con él
sientan en cuerpo y alma tu divina protección
y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.
Que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros
óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor.
(Que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén)

La conclusión Que vive y reina se dice solamente cuando la bendición se hace fuera de la plegaria eucarística.
Acabada la bendición, la vasija del óleo de los enfermos se lleva de nuevo a su lugar, y la misa prosigue hasta después de la comunión.

Antífona de comunión Sal 88, 2
Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
13. Antiphona ad communionem Ps 88, 2
Misericórdias Dómini in aetérnum cantábo; in generatiónem et generatiónem annuntiábo veritátem tuam in ore meo.
Oración después de la comunión
Concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos sean en el mundo buen olor de Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
14. Post communionem
Súpplices te rogámus, omnípotens Deus, ut, quos tuis réficis sacraméntis, Christi bonus odor éffici mereántur. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.

Bendición del óleo de los catecúmenos

Dicha la oración después de la comunión, los ministros colocan las vasijas con los óleos que se han de bendecir sobre una mesa que se ha dispuesto oportunamente en medio del presbiterio. El obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él, procede a la bendición del óleo de los catecúmenos y a la consagración del crisma.
Estando todo dispuesto, el obispo, de pie y de cara al pueblo, con las manos extendidas, dice la siguiente oración:
Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo,
y has hecho del aceite un símbolo de vigor,
dígnate bendecir + este óleo
y concede tu fortaleza
a los catecúmenos que han de ser ungidos con él,
para que al aumentar en ellos
el conocimiento de la realidades divinas
y la valentía en el combate de la fe,
vivan más hondamente el Evangelio de Cristo,
emprendan animosos la tarea cristiana,
y, admitidos entre tus hijos de adopción,
gocen de la alegría de sentirse renacidos
y de formar parte de la Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Consagración del crisma

Seguidamente, el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio, a no ser que ya estuviese preparado de antemano.
Una vez hecho esto, dice la siguiente invitación a orar:

Hermanos: pidamos a Dios Padre todopoderoso
que se digne bendecir y santificar este ungüento,
para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él,
sientan interiormente la unción de la bondad divina
y sean dignos de los frutos de la redención.

Entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma, y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración:

1
Señor Dios, autor de todo crecimiento
y de todo progreso espiritual;
recibe complacido la acción de gracias
que, gozosamente, por nuestro medio,
te dirige la Iglesia.
Al principio del mundo,
tu mandaste que de la tierra brotasen árboles
que dieran fruto,
y, entre ellos, el olivo
que ahora nos suministra el aceite
con el que hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en los tiempos antiguos,
previendo con espíritu profético
los sacramentos que tu amor instituiría
en favor de los hombres,
nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo
en señal de alegría.
También, cuando en los días del diluvio
las aguas purificaron de pecado la tierra,
una paloma, signo de la gracia futura,
anunció con un ramo de olivo
la restauración de la paz entre los hombres.
Y en los últimos tiempos,
el símbolo de la unción alcanzó su plenitud:
después que el agua bautismal lava los pecados,
el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés
que tras purificar en el agua a su hermano Aarón,
lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza
cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
después de ser bautizado por Juan en el Jordán,
recibió el Espíritu Santo en forma de paloma
y se oyó tu voz declarando
que él era tu Hijo, el Amado,
en quien te complacías plenamente.
De esa modo se hizo manifiesto
que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
"El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros".

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

A la vista de tantas maravillas
te pedimos, Señor,
que te dignes que santificar con tu bendición + este óleo,
y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo,
de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
le infundas en él la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires
y hagas que este crisma
sea un sacramento de la plenitud de la vida cristiana
para todos que van a ser renovados
por el baño espiritual del bautismo;
haz que los consagrados por esta unción,
libres del pecado en que nacieron,
y convertidos en templo de tu divina presencia
exhalen el perfume de una vida santa;
que fieles al sentido de la unción,
vivan su condición de reyes, sacerdotes y profetas
y que este óleo sea
para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo,
crisma de salvación,
les haga partícipes de la vida eterna
y herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

O bien:

2
Señor y Dios nuestro,
autor de los sacramentos,
en cuya bondad se funda la vida de cuanto existe:
te damos gracias por tu inefable bondad.
Tú fuiste quien en la Antigua Alianza
reveló la misteriosa santidad de este aceite
y cuando llegó la plenitud de los tiempos,
quisiste que ese misterio resplandeciera
de manera extraordinaria en tu Hijo muy amado.
Cuando nuestro Señor Jesucristo
salvó al género humano por medio de su misterio pascual,
tu Iglesia fue inundada por el Espíritu Santo
y hecha poseedora de los dones celestiales
para que pudiera continuar y completar
la obra salvadora del mundo.
Desde entonces, por medio de este sagrado crisma, a través de tu Iglesia,
otorgas a la humanidad las riquezas de tu divina gracia
y conviertes a los hombres en hijos tuyos
mediante el renacimiento espiritual y la unción del Espíritu;
así, hechos semejantes a Cristo,
los cristianos participan de su dignidad real, sacerdotal y profética.

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

Por eso, Señor, te pedimos que la fuerza de tu gracia
transforme este aceite perfumado en un signo de tu + bendición.
Derrama abundantemente los dones del Espíritu Santo
sobre nuestros hermanos, cuando sean ungidos con él,
y que los lugares y objetos
dedicados al culto por medio de esta unción,
se vean engalanados con el esplendor de la santidad.
Te suplicamos, especialmente, Señor,
que el misterio que entraña este perfume
haga progresar a la Iglesia
hasta que llegue a su total perfección,
cuando tú irradies el resplandor eterno en todas las cosas
junto con tu Hijo en la unidad del Espíritu Santo
por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Cuando todo el rito de la bendición de los óleos se realiza después de la liturgia de la palabra, acabada la oración de los fieles, el obispo con los concelebrantes se acerca a la mesa donde se va a tener la bendición del óleo de los catecúmenos y del óleo de los enfermos, y la consagración del crisma. Todo se hace según se ha descrito más arriba.
Dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía.
Los óleos bendecidos son llevados por los ministros inmediatamente después de la cruz. La “schola” o el pueblo cantan algunos versos del himno O Redémptor u otro canto apropiado.
En la sacristía, el obispo, oportunamente, puede advertir a los presbíteros como hay que tratar y venerar los óleos, y también como hay que conservarlos cuidadosamente.

35. La recepción y entrega de los santos óleos puede hacerse en los diversos lugares de la diócesis antes de la celebración de la Misa vespertina de la Cena del Señor o en otro momento oportuno. 15. Receptio sacrorum oleorum fieri potest in singulis parociis vel ante celebrationem Missae vespertinae in Cena Domini, vel alio tempore, quod opportunius videbitur.

MARTIROLOGIO

Hoy se omite su lectura
Santos y beatos del día 25 de marzo
S
olemnidad de la Anunciación del Señor, cuando, en la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor anunció a María: Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, la Virgen, y se hizo hombre (Este año se traslada al lunes 4 de abril).
2. Conmemoración del santo ladrón, que en la cruz reconoció a Cristo, y de Él mereció oír: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (s. I).
3. En Nicomedia, san Dula, mártir (s. inc.).
4. En Roma, en el cementerio de Ponciano, en la vía Portuense, san Quirino, mártir (s. inc.).
5. En Tesalónica, de Macedonia, santa Matrona, mártir, que, siendo esclava de una hebrea, a escondidas daba culto a Cristo, y descubierta por su señora, sufrió muchas penalidades, fue azotada con varas y en la confesión de Cristo entregó a Dios su espíritu incorrupto (s. inc.).
6. En Milán, en la región transpadana, san Mona, obispo (c. 300).
7. En la isla de Antrum (hoy Aindre), cerca de Nantes, en Francia, san Hermelando, el cual, después de servir en la corte real, se hizo monje del monasterio de Fontenelle y finalmente fue designado primer abad del lugar (c. 720).
8*. En Mammola, cerca de Gerace, en Calabria, san Nicodemo, eremita, que fue maestro de vida monástica, célebre por la austeridad de vida y por sus virtudes (990).
9. En Sázava, en Bohemia, san Procopio, que, dejando mujer e hijo, abrazó la vida eremítica y después presidió el monasterio fundado allí por él mismo, celebrando las divinas alabanzas en rito griego y en lengua eslava (1053).
10*. En Schaffhausen, en Suabia, beato Everado, que, siendo conde de Nellenburg, abrazó la vida monástica en el cenobio de Todos los Santos (Allerheiligen), construido con su esfuerzo (1078).
11*. Junto a Costacciaro, en la Umbría, beato Tomás, ermitaño, que pasó sesenta y cinco años en vida eremítica y la enseñó a otros a vivirla (1337).
12. En York, en Inglaterra, santa Margarita Clitherow, mártir, la cual, con la anuencia de su marido, abrazó la fe católica, en la que educó también a sus hijos, y se preocupó de ocultar en su casa a sacerdotes que eran perseguidos, por cuyo motivo fue detenida varias veces durante el reinado de Isabel I, y finalmente, rehusando que su causa fuese llevada ante el tribunal para que los ánimos de los consejeros del juez no cargasen con la responsabilidad de su sentencia a muerte, la condenaron, por su fe en Cristo, a ser asfixiada hasta la muerte bajo un gran peso (1586).
13*. En Winchester, también en Inglaterra, beato Jacobo Bird, mártir, que bajo la misma reina, a los diecinueve años de edad, convertido desde poco al catolicismo, rechazó participar en una liturgia herética, mereciendo por ello llegar a la celebración del culto celestial (1592).
14. En el Montefiascone, en la Toscana, santa Lucía Filippini, fundadora del Instituto de Maestras Pías, para promover la enseñanza cristiana de jóvenes y mujeres, especialmente las carentes de recursos (1732).
15*. En el lugar de Chervonohrad, junto a Lwiw, en Ucrania, beata Josafata (Miguelina) Hordáshevska, virgen, que fundó el Instituto de Hermanas Esclavas de María Inmaculada, dedicándose a hacer el bien donde fuese mayor la necesidad (1919).
16*. En la ciudad de Majdanek, cerca de Lublín, en Polonia, beato Emiliano Kov_, presbítero y mártir, que en tiempo de guerra fue deportado a un campo de concentración, donde, por el combate de la fe, alcanzó la vida eterna (1944).
17*. En el campo de concentración de Dachau, cercano a Munich, de Baviera, en Alemania, beato Hilario Januszewski, presbítero de la Orden de los Carmelitas Descalzos y mártir, que en tiempo de guerra, por confesar a Cristo fue deportado desde Polonia a esta cárcel, y habiéndose contagiado del tifus por asistir a los enfermos, falleció dejando un hermoso testimonio de fe y caridad (1945).