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Domingo 11 diciembre 2016, III Domingo de Adviento, ciclo A.

domingo, 14 de febrero de 2016

Domingo 20 marzo 2016, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

SOBRE LITURGIA

DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA

La Semana Santa

138. "Durante la Semana Santa la Iglesia celebra los misterios de la salvación actuados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén".

Es muy intensa la participación del pueblo en los ritos de la Semana Santa. Algunos muestran todavía señales de su origen en el ámbito de la piedad popular. Sin embargo ha sucedido que, a lo largo de los siglos, se ha producido en los ritos de la Semana Santa una especie de paralelismo celebrativo, por lo cual se dan prácticamente dos ciclos con planteamiento diverso: uno rigurosamente litúrgico, otro caracterizado por ejercicios de piedad específicos, sobre todo las procesiones.

Esta diferencia se debería reconducir a una correcta armonización entre las celebraciones litúrgicas y los ejercicios de piedad. En relación con la Semana Santa, el amor y el cuidado de las manifestaciones de piedad tradicionalmente estimadas por el pueblo debe llevar necesariamente a valorar las acciones litúrgicas, sostenidas ciertamente por los actos de piedad popular.

Domingo de Ramos

Las palmas y los ramos de olivo o de otros árboles

139. "La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos "de la Pasión del Señor", que comprende a la vez el triunfo real de Cristo y el anuncio de la Pasión".

La procesión que conmemora la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén tiene un carácter festivo y popular. A los fieles les gusta conservar en sus hogares, y a veces en el lugar de trabajo, los ramos de olivo o de otros árboles, que han sido bendecidos y llevados en la procesión.

Sin embargo es preciso instruir a los fieles sobre el significado de la celebración, para que entiendan su sentido. Será oportuno, por ejemplo, insistir en que lo verdaderamente importante es participar en la procesión y no simplemente procurarse una palma o ramo de olivo; que estos no se conserven como si fueran amuletos, con un fin curativo o para mantener alejados a los malos espíritus y evitar así, en las casas y los campos, los daños que causan, lo cual podría ser una forma de superstición.

La palma y el ramo de olivo se conservan, ante todo, como un testimonio de la fe en Cristo, rey mesiánico, y en su victoria pascual.

CALENDARIO

20 + DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR


Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos (elog. del Martirologio Romano).

Misa del Domingo (rojo).
ro MISAL: ants. y oracs. props., sin Gl., Cr., Pf. prop. No se puede decir la PE IV.
LECC.: vol. III (o bien: vol. I (C) de las nuevas ediciones).
Procesión:
- Lc 19, 28-40. Bendito el que viene en nombre del Señor.
Misa:
- Is 50, 4-7. No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
- Sal 21. R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
- Flp 2, 6-11. Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
- Lc 22, 14-23, 56. Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

El “Siervo”. El «Siervo» está siempre dispuesto a escuchar la Palabra de Dios y a proclamarla a favor de los oprimidos a pesar de padecer él mismo la persecución (1 lect.). Jesús, el Siervo, proclama su mensaje y es perseguido y muere en la cruz para liberar al hombre del pecado (Ev.). Cristo, sometiéndose a la muerte, es exaltado sobre todo nombre (2 lect.).

* La celebración tiene dos partes: la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Eucaristía, que es memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo. La liturgia de la bendición y de la procesión de los ramos anticipa ya el triunfo de Cristo, el Rey pacífico y humilde que entra en la ciudad de Jerusalén aclamado mesiánicamente.
* Hoy no se permiten otras celebraciones, tampoco la Misa exequial.

Liturgia de las Horas: oficio dominical. No se dice Te Deum. Comp. Dom. II.

Martirologio: elogs. del 21 de marzo, pág. 216.

Celebración penitencial: Es muy conveniente que el tiempo de la Cuaresma termine, tanto para cada uno de los fieles como para toda la comunidad cristiana, con alguna celebración penitencial que prepare a una más plena participación en el Misterio Pascual.

TEXTOS MISA

Elogio del martirologio
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos.

SEMANA SANTA. DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR HEBDOMADA SANCTA. DOMINICA IN PALMIS DE PASSIONE DOMINI
1. En este día la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su misterio pascual. Por esta razón, en todas las misas se hace memoria de la entrada del Señor en la ciudad santa; esta memoria se hace o bien por la procesión o entrada solemne antes de la misa principal, o bien por la entrada simple antes de las restantes misas. La entrada solemne -no así la procesión-, puede repetirse antes de aquellas misas que se celebran con gran asistencia de fieles. 1. Hac die Ecclesia recolit ingressum Christi Domini in Ierusalem ad consummandum suum paschale mysterium. Quare in omnibus Missis memoria fit huiusmodi ingressus Domini, et quidem per processionem vel introitum sollemnem ante Missam principalem, per introitum simplicem ante alias Missas. Introitus tamen sollemnis, non vero processio, iterari potest ante unam alteramve Missam, quae cum magno populi concursu celebrari solet. Expedit ut, ubi nec processio nec introitus sollemnis fieri potest, habeatur sacra verbi Dei celebratio de ingressu messianico et de Passione Domini vel sabbato horis vespertinis vel die dominica, hora opportuniore.

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén.
Forma primera: Procesión
Commemoratio ingressus Domini in Ierusalem
Forma prima: Processio
2. A la hora señalada se reúnen todos en una iglesia menor o en otro lugar apto fuera de la iglesia a la que se va a ir en procesión. Los fieles tienen en sus manos los ramos. 2. Hora competenti fit collecta in ecclesia minore vel alio loco apto extra ecclesiam, ad quam processio tendit. Fideles ramos in manibus tenent.
3. El sacerdote y el diácono, revestidos con los ornamentos rojos que se requieren para la celebración de la misa, se dirigen al lugar donde se ha congregado el pueblo. El sacerdote, en lugar de casulla, puede llevar capa pluvial, que se quitará una vez acabada la procesión. 3. Sacerdos et diaconus, induti sacris vestibus coloris rubri pro Missa requisitis, comitantibus aliis ministris accedunt ad locum, ubi populus est congregatus. Sacerdos, loco casulae, induere potest pluviale, quod deponit expleta processione casulam assumens.
4. Mientras los ministros llegan al lugar de la reunión, se canta la siguiente antífona u otro canto apropiado:
Antífona Mt 21, 9
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!
4. Interim cantatur sequens antiphona vel alius cantus congruus. Ant. Mt 21, 9
5. El sacerdote, al llegar, saluda al pueblo como de costumbre, y seguidamente hace una breve monición, en la que invita a los fieles a participar activa y conscientemente en la celebración de este día. La puede hacer con estas palabras u otras semejantes:
Queridos hermanos:
Ya desde el principio de la Cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy, cercana ya la Noche santa de la Pascua, nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de Jesucristo, misterios que empezaron con la solemne entrada de Jesús en Jerusalén.
Por ello, recordando con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la ciudad santa, le acompañaremos con nuestros cantos, para que, participando ahora de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección.
5. Tunc sacerdos et fideles signant se, dum sacerdos dicit:
In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti.
Postea populum de more salutat; ac fit brevis monitio, qua fideles ad celebrationem huius diei actuose et conscie participandam invitantur, his vel similibus verbis:
Fratres caríssimi, postquam iam ab inítio Quadragésimae corda nostra paeniténtia et opéribus caritátis praeparávimus, hodiérna die congregámur, ut cum tota Ecclésia praeludámus paschále Dómini nostri mystérium, eius nempe passiónem atque resurrectiónem, ad quod impléndum ipse ingréssus est civitátem suam Ierúsalem. Quare cum omni fide et devotióne memóriam agéntes huius salutíferi ingréssus, sequámur Dóminum, ut, per grátiam consórtes effécti crucis, partem habeámus resurrectiónis et vitae.
6. Después de la monición, el sacerdote dice una de las siguientes oraciones, con las manos juntas:
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, santifica con tu + bendición estos ramos, y, a cuantos vamos a acompañar a Cristo aclamándolo con cantos, concédenos entrar en la Jerusalén del cielo, por medio de él. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
O bien:
Aumenta, Señor, la fe de los que tenemos en ti nuestra esperanza y concede a quienes agitamos estas palmas en honor de Cristo victorioso, permanecer unidos a él para dar frutos de buenas obras. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
A continuación rocía con agua bendita los ramos sin decir nada.
6. Post monitionem, sacerdos dicit unam ex sequentibus orationibus, manibus extensis.
Orémus.
Omnípotens sempitérne Deus, hos pálmites tua benedictióne + sanctífica, ut nos, qui Christum Regem exsultándo proséquimur, per ipsum valeámus ad aetérnam Ierúsalem perveníre. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
R. Amen.
Vel:
Auge fidem in te sperántium, Deus, et súpplicum preces cleménter exáudi, ut, qui hódie Christo triumphánti pálmites exhibémus, in ipso fructus tibi bonórum óperum afferámus. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.
R. Amen
Et aspergit ramos aqua benedicta, nihil dicens.
7. Seguidamente, se proclama el evangelio de la entrada del Señor, según el texto evangélico correspondiente a cada uno de los ciclos. Este evangelio lo lee en la forma habitual un diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote.
Año C (Lecc. I C):
Bendito el que viene en nombre del Señor
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 19, 28-40
R. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús caminaba delante de sus discípulos, subiendo hacia Jerusalén.
Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado
de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:
«Id a la aldea de enfrente; al entrar en ella, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado nunca. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, le diréis así: “El Señor lo necesita”».
Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el pollino, los dueños les dijeron:
«¿Por qué desatáis el pollino?».
Ellos dijeron:
«El Señor lo necesita».
Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus mantos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre él.
Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo:
«Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».
Algunos fariseos de entre la gente le dijeron:
«Maestro, reprende a tus discípulos».
Y respondiendo, dijo:
«Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
7. Tunc diaconus, vel, ipso deficiente, sacerdos proclamat, more consueto, Evangelium de ingressu Domini secundum unum ex quattuor Evangeliis. Pro opportunitate incensum adhiberi potest.
"Benedictus qui venit in nomine Domini"
Anno C:
+ Léctio sancti Evangélii secúndum Lucam 19, 28-40
Gloria tibi, Dómine.

In illo témpore:
Praecedébat Iesus ascéndens Hierosólymam. Et factum est cum appropinquásset ad Béthphage et Bethániam, ad montem, qui vocátur Olivéti, misit duos discípulos suos dicens:
-"Ite in castéllum, quod contra est, in quod introeúntes inveniétis pullum ásinae alligátum, cui nemo umquam hóminum sedit; sólvite illum, et addúcite. Et si quis vos interrogáverit: "Quare sólvitis?", sic dicétis: "Dóminus eum necessárium habet" ".
Abiérunt autem, qui missi erant, et invenérunt, sicut dixit illis.
Solvéntibus autem illis pullum, dixérunt dómini eius ad illos:
- "Quid sólvitis pullum?".
At illi dixérunt:
- "Dóminus eum necessárium habet".
Et duxérunt illum ad Iesum; et iactántes vestiménta sua supra pullum imposuérunt Iesum.
Eúnte autem illo, substernébant vestiménta sua in via.
Et cum appropinquáret iam ad descénsum montis Olivéti, copérunt omnis multitúdo discipulórum gaudéntes laudáre Deum voce magna super ómnibus, quas víderant, virtútibus, dicéntes: "Benedíctus, qui venit rex in nómine Dómini! Pax in caelo et glória in excélsis!".
Et quidam pharisaeórum de turbis dixérunt ad illum:
- "Magíster, íncrepa discípulos tuos!".
Et respóndens dixit:
- "Dico vobis: Si hi tacúerint, lápides clamábunt!".

Verbum Dómini.
Laus tibi, Christe.
8. Después del evangelio, si se juzga oportuno, se puede hacer una breve homilía.
Antes de comenzar la procesión, el sacerdote, u otro ministro idóneo, puede hacer una monición con estas o semejantes palabras:
Como la muchedumbre que aclamaba a Jesús, acompañemos también nosotros con júbilo al Señor.
8. Post Evangelium, haberi potest brevis homilia. Ad inchoandam autem processionem, fieri potest a sacerdote vel a diacono vel a ministro laico monitio, his vel similibus verbis expressa:
Imitémur, fratres caríssimi, turbas acclamántes Iesum, et procedámus in pace.
9. Y comienza la procesión hacia la iglesia donde se va a celebrar la misa.
Si se emplea el incienso, va delante el turiferario con el incensario, seguidamente el que lleva la cruz adornada, en medio de dos ministros con velas encendidas. A continuación el sacerdote con los ministros, y por último, los fieles, que llevan los ramos en las manos.
Durante la procesión, los cantores, junto con el pueblo, cantan los siguientes cánticos u otros apropiados.


Antífona I
Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, aclamando: “¡Hosanna en el cielo!”.
Esta antífona se puede repetir entre los versículos del salmo 23.


Salmo 23
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.


¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?


El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.


Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor héroe de la guerra.


¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.


¿Quién ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos:
él es el Rey de la gloria.


Antífona II
Los niños hebreos extendían mantos por el camino y aclamaban: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”.
Esta antífona se puede repetir entre los versículos del salmo 46.


Salmo 46
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo:
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.


Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.


Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad;
porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.


Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado:
los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán,
porque de Dios son los grandes de la tierra, y él es excelso.


Himno a Cristo Rey


Pueblo:
¡Gloria, alabanza y honor!
¡Gritad Hosanna, y haceos
como los niños hebreos
al paso del Redentor!
¡Gloria y honor
al que viene en el nombre del Señor!


Cantores:
1. Como Jerusalén con su traje festivo,
vestida de palmeras, coronada de olivos,
viene la cristiandad en son de romería
a inaugurar tu Pascua con himnos de alegría.


2. Ibas como va el sol a un ocaso de gloria;
cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria.
Pero tú eres el Rey, el Señor, el Dios Fuerte,
la Vida que renace del fondo de la Muerte.


3. Tú, que amas a Israel y bendices sus cantos,
complácete en nosotros, el pueblo de los santos;
Dios de toda bondad que acoges en tu seno
cuanto hay entre los hombres sencillamente bueno.
9. Et incipit, more solito, processio ad ecclesiam, ubi celebrabitur Missa. Praecedit, si thus adhibetur, thuriferarius cum thuribulo fumigante, deinde acolythus vel alius minister deferens crucem, ramis palmarum ornatam iuxta locorum consuetudines, medius inter duos ministros cum candelis accensis. Sequuntur diaconus, librum Evangeliorum deferens, sacerdos cum ministris, et, post eos, fideles omnes, ramos gestantes. Progrediente processione, cantantur a schola et populo cantus sequentes, vel alii cantus apti in honorem Christi Regis.


Antiphona 1
Púeri Hebraeórum, portántes ramos olivárum, obviavérunt Dómino, clamántes et dicéntes: Hosánna in excélsis.
Quae pro opportunitate repetitur inter strophas huius psalmi.


Psalmus 23
Dómini est terra et plenitúdo eius, * orbis terrárum et qui hábitant in eo.
Quia ipse super mária fundávit eum * et super flúmina firmávit eum.
(Repetitur antiphona)
Quis ascéndet in montem Dómini, * aut quis stabit in loco sancto eius?
Innocens mánibus et mundo corde, qui non levávit ad vana ánimam suam, * nec iurávit in dolum.
(Repetitur antiphona)
Hic accípiet benedictiónem a Dómino * et iustificatiónem a Deo salutári suo.
Haec est generátio quaeréntium eum, * quaeréntium fáciem Dei Iacob.
(Repetitur antiphona)
Attóllite, portae, cápita vestra, et elevámini, portae aeternáles, * et introíbit rex glóriae.
Quis est iste rex glóriae? * Dóminus fortis et potens, Dóminus potens in proelio.
(Repetitur antiphona)
Attóllite, portae, cápita vestra, et elevámini, portae aeternáles, * et introíbit rex glóriae.
Quis est iste rex glóriae? * Dóminus virtútum ipse est rex glóriae.
(Repetitur antiphona)


Antiphona 2
Púeri Hebraeórum vestiménta prosternébant in via, et clamábant dicéntes: Hosánna fílio David; benedíctus, qui venit in nómine Dómini.
Quae pro opportunitate repetitur inter strophas huius psalmi.


Psalmus 46
Omnes gentes, pláudite mánibus, * iubiláte Deo in voce exsultatiónis,
quóniam Dóminus Altíssimus, terríbilis, * rex magnus super omnem terram.
(Repetitur antiphona)
Subiécit pópulos nobis, * et gentes sub pédibus nostris.
Elégit nobis hereditátem nostram, * glóriam Iacob, quem diléxit.
Ascéndit Deus in iúbilo, * et Dóminus in voce tubae.
(Repetitur antiphona)
Psállite Deo, psállite; * psállite regi nostro, psállite.
Quóniam rex omnis terrae Deus, * psállite sapiénter.
(Repetitur antiphona)
Regnávit Deus super gentes, * Deus sedet super sedem sanctam suam.
Príncipes populórum congregáti sunt cum pópulo Dei Abraham, quóniam Dei sunt scuta terrae: * veheménter elevátus est.
(Repetitur antiphona)


Hymnus ad Christum Regem
Chorus:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Chorus:
Israel es tu rex, Dávidis et ínclita proles, nómine qui in Dómini, rex benedícte, venis.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Chorus:
Cotus in excélsis te laudat caelicus omnis, et mortális homo, et cuncta creáta simul.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Chorus:
Plebs Hebraea tibi cum palmis óbvia venit; cum prece, voto, hymnis, ádsumus ecce tibi.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Chorus:
Hi tibi passúro solvébant múnia laudis; nos tibi regnánti pángimus ecce melos.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
Chorus:
Hi placuére tibi, pláceat devótio nostra: rex bone, rex clemens, cui bona cuncta placent.
Omnes repetunt:
Glória, laus et honor tibi sit, rex Christe redémptor, cui pueríle decus prompsit Hosánna pium.
10. Al entrar la procesión en la iglesia se canta el siguiente responsorio u otro cántico que haga alusión a la entrada del Señor:
V. Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la resurrección de Cristo, proclamando, con ramos de palmas: “Hosanna en el cielo.”
R. Hosanna en el cielo.
V. Como el pueblo oyese que Jesús llegaba a Jerusalén, salió a su encuentro, proclamando con ramos de palmas: “Hosanna en el cielo.”
R. Hosanna en el cielo.
10. Intrante processione in ecclesiam, cantatur sequens responsorium, vel alius cantus, qui loquatur de ingressu Domini.
R. Ingrediénte Dómino in sanctam civitátem, Hebraeórum púeri, resurrectiónem vitae pronuntiántes, * Cum ramis palmárum: Hosánna, clamábant, in excélsis.
V. Cum audísset pópulus, quod Iesus veníret Hierosólymam, exiérunt óbviam ei. * Cum ramis.
11. El sacerdote, al llegar al altar, lo venera y -si lo juzga oportuno- lo inciensa.
Después va a la sede (se quita la capa pluvial y se pone la casulla) y, omitiendo los demás ritos, dice como fórmula conclusiva de la procesión, la oración colecta de la misa. Dicha esta oración, la misa continúa como de costumbre.
11. Sacerdos, cum ad altare pervenerit, illud veneratur et, pro opportunitate, incensat. Deinde pergit ad sedem ubi dimittit pluviale, si illud adhibuit, et assumit casulam. Omissis aliis ritibus initialibus Missae, et, pro opportunitate, Kyrie, dicit collectam Missae, quae deinde prosequitur more solito.

Forma segunda: Entrada solemne Forma secunda: Introitus sollemnis
12. Cuando no es posible hacer la procesión fuera de la iglesia, la entrada del Señor se celebra dentro de la iglesia, por medio de una entrada solemne antes de la misa principal. 12. Ubi processio extra ecclesiam fieri nequit, ingressus Domini celebratur intra ecclesiam per introitum sollemnem ante Missam principalem.
13. Los fieles se reúnen o en la puerta de la iglesia o en la misma iglesia, teniendo los ramos en la mano. El sacerdote, los ministros y una representación de los fieles se dirigen a un lugar apto de la iglesia -fuera del presbiterio- donde por lo menos la mayor parte de los fieles pueda ver el rito. 13. Fideles congregantur vel ante portam ecclesiae vel in ipsa ecclesia, ramos in manibus tenentes. Sacerdos et ministri et aliqua deputatio fidelium accedunt ad locum aptum ecclesiae, extra presbyterium, ubi saltem maior pars fidelium ritum conspicere possit.
14. Mientras el sacerdote se dirige al lugar indicado, se canta la antífona Hosanna u otro canto adecuado. En este lugar se bendicen los ramos y se proclama el evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén, como se ha indicado más arriba (núms. 5-7.) Después del evangelio, el sacerdote con los ministros y unos cuantos fieles se dirigen el presbiterio, haciendo una procesión solemne por la nave de la iglesia; mientras se canta el responsorio Al entrar el Señor (n. 10), u otro canto apto. 14. Dum sacerdos ad locum dictum accedit, cantatur antiphona Hosánna vel alius cantus idoneus. Fit deinde benedictio ramorum et proclamatio Evangelii ingressus Domini in Ierusalem, ut supra (nn. 5- 7). Post Evangelium sacerdos procedit sollemniter cum ministris et deputatione fidelium per ecclesiam ad presbyterium, dum cantatur responsorium Ingrediénte Dómino (n. 10) vel alius cantus aptus.
15. Cuamdo se ha llegado al altar, el sacerdote lo venera, después va a la sede, y, omitiendo los demás ritos, dice la oración colecta de la misa. Dicha esta oración, la misa continúa como de costumbre. 15. Cum autem ad altare pervenerit, sacerdos illud veneratur. Deinde pergit ad sedem et, omissis ritibus initialibus Missae, et, pro opportunitate, Kyrie, dicit collectam Missae, quae deinde prosequitur more solito.

Forma tercera: Entrada simple Forma tertia: Introitus simplex
16. En las restantes misas de este domingo en las que no se hace la entrada solemne, se hace memoria de la entrada del Señor en Jerusalén por medio de una entrada simple. 16. In omnibus aliis Missis huius dominicae in quibus non habetur introitus sollemnis, fit memoria ingressus Domini in Ierusalem per introitum simplicem.
17. Mientras el sacerdote se dirige al altar, se canta la antífona de entrada con el salmo 23 (n. 18), u otro canto que haga alusión a la entrada del Señor. El sacerdote, después que ha llegado al altar, lo venera, se dirige a la sede y saluda al pueblo. Dicha la salutación, la misa continúa como de costumbre.
En las misas sin pueblo y en las otras misas en las que no es posible cantar una antífona de entrada, el sacerdote, inmediatamente después de haber llegado al altar y haberlo venerado, saluda al pueblo, lee la antífona de entrada y prosigue la misa como de costumbre.
17. Dum sacerdos pergit ad altare, cantatur antiphona ad introitum cum psalmo (n. 18) vel alius cantus de eodem argumento. Sacerdos, postquam ad altare pervenerit, illud veneratur et pergit ad sedem. Post crucis signum salutat popu um; deinde Missam pro sequitur more solito. In aliis Missis, in quibus fieri non potest cantus ad introitum, sacerdos, statim ac ad altare pervenerit et illud est veneratus, salutat populum, legit antiphonam ad introitum et Missam prosequitur more solito.
18. Antífona de entrada
Seis días antes de la solemnidad de la Pascua, cuando el Señor subía a la ciudad de Jerusalén, los niños, con ramos de palmas, salieron a su encuentro, y con júbilo proclamaban:
¡Hosanna en el cielo!¡Bendito tú que vienes y nos traes la misericordia de Dios!
Sal 23, 9-10. ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos: él es el Rey de la gloria.
¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito tú, que vienes y nos traes la misericordia de Dios!
18. Antiphona ad introitum Cf. Jn 12, 1 Jn 12, 12-13; Ps 23, 9-10
Ante sex dies sollémnis Paschae, quando venit Dóminus in civitátem Ierúsalem, occurrérunt ei púeri: et in mánibus portábant ramos palmárum et clamábant voce magna, dicéntes: * Hosánna in excélsis:
Benedíctus, qui venísti in multitúdine misericórdiae tuae. Attóllite, portae, cápita vestra, et elevámini, portae aeternáles, et introíbit rex glóriae. Quis est iste rex glóriae? Dóminus virtútum ipse est rex glóriae. * Hosánna in excélsis: Benedíctus, qui venísti in multitúdine misericórdiae tuae.
19. Cuando no se puede hacer ni la procesión ni la entrada solemne es conveniente que se haga una celebración de la palabra de Dios con relación a la entrada mesiánica y a la pasión del Señor, ya sea el sábado al atardecer, ya sea el domingo ala hora más oportuna.


MISA AD MISSAM
20. Después de la procesión o de la entrada solemne, el sacerdote comienza la misa con la oración colecta. 19. Post processionem vel introitum sollemnem sacerdos Missam incipit a collecta.
21. Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.
20. Collecta
Omnípotens sempitérne Deus, qui humáno géneri, ad imitándum humilitátis exémplum, Salvatórem nostrum carnem súmere, et crucem subíre fecísti, concéde propítius, ut et patiéntiae ipsíus habére documénta et resurrectiónis consórtia mereámur. Qui tecum.
22. Para la lectura de la Pasión del Señor no se llevan ni cirios ni incienso, ni se hace al principio la salutación habitual, ni se signa el libro. Esta lectura la
proclama un diácono o, en su defecto, el mismo celebrante. Puede también ser proclamada por lectores laicos, reservando, si es posible, al sacerdote la parte correspondiente a Cristo.
Si los lectores de la Pasión son diáconos, piden, como de costumbre, la bendición del celebrante antes de empezar la lectura; pero si los lectores no son diáconos se omite esta bendición.
21. Historia Passionis Domini legitur absque luminaribus et absque incenso, sine salutatione et signatione libri. Legitur autem a diacono vel, ipso deficiente, a sacerdote. Legi potest etiam a lectoribus, parte Christi, si fieri potest, sacerdoti reservata. Diaconi, non autem alii, ante cantum Passionis, petunt benedictionem sacerdotis, ut alias ante Evangelium.
23. Después de la lectura de la Pasión es oportuno hacer una breve homilía.
Se dice el Credo.
22. Post historiam Passionis habeatur, pro opportunitate, brevis homilia. Etiam spatium aliquod silentii servari potest. Dicitur Credo. et fit oratio universalis.

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas de la Misa del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (Lecc. I C)
La Misa de este domingo tiene tres lecturas, y es muy recomendable que se lean las tres, a no ser que algún motivo pastoral aconseje lo contrario.
Dada la importancia de la lectura de la historia de la Pasión del Señor, el sacerdote, si es necesario por la índole de la asamblea, podrá decidir que se lea una sola de las dos lecturas que preceden al Evangelio, o inclusive que se lea únicamente la historia de la Pasión, incluso en su forma breve.
Estas normas solo pueden aplicarse en las Misas celebradas con participación del pueblo. 


PRIMERA LECTURA Is 50, 4-7
No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado
Lectura del libro de Isaías.

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos Señor.

Salmo responsorial Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 (R.: 2ab)
R.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

V. Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere».
R.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

V. Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.
R.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

V. Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
R.

V. Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel».
R.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

SEGUNDA LECTURA Flp 2,6-11
Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

Cristo Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.

Versículo antes del Evangelio Cf. FIp 2,8-9
Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. Christus factus est pro nobis oboédiens usque ad mortem, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltávit illum et dedit illi nomen, quod est super omne nomen.

Para la lectura de la historia de la Pasión del Señor no se llevan cirios ni incienso, ni se hace al principio la salutación habitual, ni se signa el libro. Esta lectura la proclama el diácono o, en su defecto, el mismo celebrante. Pero puede también ser proclamada por lectores laicos, reservando, si es posible, al sacerdote la parte correspondiente a Cristo.
Silos lectores de la Pasión son diáconos, antes del canto de la Pasión piden a bendición al celebrante, como en otras ocasiones antes del Evangelio; pero si los lectores no son diáconos se omite esta bendición.

EVANGELIO (forma larga) Lc 22, 14 — 23, 56
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Ardientemente he deseado comer esto Pascua con vosotros, antes de padecer
Cronista:
Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo: 

+ «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios». 
C. Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: 
+ «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». 
Haced esto en memoria mía
C. Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: 
+ «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». 
C. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: 
+ «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros». 
Ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado
+ «Pero mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!». 
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve
C. Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo: 
+ «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve.
Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».
Tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos
+ «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos». 
C. Él le dijo: 
S. «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte». 
C. Pero él le dijo: 
+ «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme».
Es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito
C. Y les dijo: 
+ «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». 
C. Dijeron: 
S. «Nada». 
C. Jesús añadió: 
+ «Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los pecadores”, pues lo que se refiere a mí toca a su fin». 
C. Ellos dijeron: 
S. «Señor, aquí hay dos espadas». 
C. Él les dijo: 
+ «Basta».
En medio de su angustia, oraba con más intensidad
C. Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: 
+ «Orad, para no caer en tentación». 
C. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: 
+ «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se
haga mi voluntad, sino la tuya». 

C. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: 
+ «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».
Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.
Jesús le dijo: 

+ «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». 
C. Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: 
+ «Señor, ¿herimos con la espada?». 
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: 
+ «Dejadlo, basta». 
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: 
+ «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas».
Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente
C. Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos.
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo: 

S. «También este estaba con él». 
C. Pero él lo negó diciendo: 
S. «No lo conozco, mujer». 
C. Poco después, lo vio otro y le dijo: 
S. «Tú también eres uno de ellos». 
C. Pero Pedro replicó: 
S. «Hombre, no lo soy». 
C. Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: 
S. «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». 
C. Pedro dijo: 
S. «Hombre, no sé de qué me hablas». 
C. Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces».
Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?
C. Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.
Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo: 

S. «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». 
C. E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas.
Lo condujeron ante su Sanedrín
C. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, y le dijeron: 
S. «Si tú eres el Mesías, dínoslo». 
C. Él les dijo: 
+ «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.
Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». 

C. Dijeron todos: 
S. «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». 
C. Él les dijo: 
+ «Vosotros lo decís, yo lo soy». 
C. Ellos dijeron: 
S. «Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca». 
C. Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato.
No encuentro ninguna culpa en este hombre
C. Y se pusieron a acusarlo diciendo: 
S. «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey». 
C. Pilato le preguntó: 
S. «Eres tú el rey de los judíos?». 
C. Él le responde: 
+ «Tú lo dices». 
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: 
S. «No encuentro ninguna culpa en este hombre». 
C. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: 
S. «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí». 
C. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí.
Pilato entregó a Jesús a su voluntad
C. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: 
S. «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que
le daré un escarmiento y lo soltaré». 

C. Ellos vociferaron en masa: 
S. «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás». 
C. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: 

S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!». 
C. Por tercera vez les dijo: 
S. «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». 
C. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío.
Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: 

+ «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?». 
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
C. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Jesús decía: 

+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». 
C. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte.
Este es el rey de los judíos
C. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: 
S. «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 
C. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: 
S. «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 
C. Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
Hoy estarás conmigo en el paraíso
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: 
S. «No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 
C. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: 
S. «Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho
nada malo». 

C. Y decía: 
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 
C. Jesús le dijo: 
+ «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
C. Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: 
+ «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». 
C. Y, dicho esto, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: 
S. «Realmente, este hombre era justo». 
C. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.
José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca
C. Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.
Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

EVANGELIO (forma breve) Lc 23, 1-49
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
╬ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Cronista:
En aquel tiempo, los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas llevaron a Jesús a presencia de Pilato.
No encuentro ninguna culpa en este hombre
C. Y se pusieron a acusarlo diciendo: 
S. «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey». 
C. Pilato le preguntó: 
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?». 
C. Él le responde: 
+ «Tú lo dices». 
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: 
S. «No encuentro ninguna culpa en este hombre». 
C. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: 
S. «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí». 
C. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí.
Pilato entregó a Jesús a su voluntad
C. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: 
S. «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». 
C. Ellos vociferaron en masa: 
S. «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás». 
C. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: 

S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!». 
C. Por tercera vez les dijo: 
S. «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». 
C. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío.
Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: 

+ «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?». 
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiar lo con él.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
C. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: 
+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». 
C. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte.
Este es el rey de los judíos
C. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: 
S. «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 
C. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: 
S. «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 
C. Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
Hoy estarás conmigo en el paraíso
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: 
S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 
C. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: 
S. «¡Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 
C. Y decía: 
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 
C. Jesús le dijo: 
+ «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu
C. Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: 
+ «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». 
C. Y, dicho esto, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: 
S. «Realmente, este hombre era justo». 
C. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.

Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro, XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 24 de marzo de 2013
1. Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.
Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz – la luz del amor de Jesús, de su corazón –, de alegría, de fiesta.
Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.
2. Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí... ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte.
3. Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os he visto en la procesión cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: un corazón joven incluso a los setenta, ochenta años. Corazón joven. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de uno mismo, y en que él ha triunfado sobre el mal con el amor de Dios. Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz. Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz de Cristo. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro. Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.
Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.


DIRECTORIO HOMILÉTICO
D. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
77. «El domingo de Ramos en la Pasión del Señor: para la procesión, se han escogido los textos que se refieren a la entrada solemne del Señor en Jerusalén, tomados de los tres Evangelios sinópticos; en la Misa, se lee el relato de la pasión del Señor» (OLM 97). Dos antiguas tradiciones conforman esta Celebración Litúrgica, única en su género: el uso de una procesión en Jerusalén y la lectura de la Pasión en Roma. La exuberancia que rodea la entrada real de Cristo, pronto da paso a uno de los cantos del Siervo doliente y a la solemne proclamación de la Pasión del Señor. Y esta liturgia tiene lugar en domingo, día desde los comienzos asociado a la Resurrección de Cristo. ¿Cómo puede el celebrante unir los múltiples elementos teológicos y emotivos de este día, sobre todo por el hecho de que las consideraciones pastorales aconsejan una homilía bastante breve? La clave se encuentra en la segunda lectura, el hermosísimo himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, que resume de manera admirable todo el Misterio Pascual. El homileta podría destacar brevemente que, en el momento en el que la Iglesia entre en la Semana Santa, experimentaremos ese Misterio, de manera que podamos hablarle a nuestros corazones. Diversos usos y tradiciones locales conducen a los fieles a considerar los acontecimientos de los últimos días de Jesús, pero el gran deseo de la Iglesia en esta Semana no es, únicamente, el de remover nuestras emociones, sino el de hacer más profunda nuestra fe. En las celebraciones litúrgicas de la Semana que se inicia no nos limitamos a la mera conmemoración de lo que Jesús realizó; estamos inmersos en el mismo Misterio Pascual, para morir y resucitar con Cristo.
I. La homilía y el Catecismo de la Iglesia Católica.
Ciclo C. Domingo de Ramos y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
La entrada de Jesús en Jerusalén
557 "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; Mc 9, 31-32; Mc 10, 32- 4). Al dirigirse a Jerusalén dice: "No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33).
558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!" (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos" (Lc 19, 41-42).
559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1, 32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; Lc 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.
560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.
La Pasión de Cristo
"Dios le hizo pecado por nosotros"
602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal 22, 2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4, 10; cf. 1Jn 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).
605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2Co 5, 15; 1Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).
CRISTO SE OFRECIÓ A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: … He aquí que vengo … para hacer, oh Dios, tu voluntad … En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12, 50; Lc 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado del mundo"
608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; Hb 4, 15; Hb 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4 - 6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en "la noche en que fue entregado"(1Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1Co 5, 7), por la salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial" (1Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad" (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz . . " (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3, 15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; Jn 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" (1P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del "cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; cf. 1P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
615 "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El "amor hasta el extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
617 "Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem meruit" ("Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación")enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "O crux, ave, spes unica" ("Salve, oh cruz, única esperanza", himno "Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):
"Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo" (Sta. Rosa de Lima, vida).
El señorío de Cristo proviene de su Muerte y Resurrección
2816 En el Nuevo Testamento, la palabra "basileia" se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:
"Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos" (San Cipriano, Dom. orat. 13).
El Misterio Pascual y la Liturgia
654 Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.
1067 "Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión. Por este misterio, `con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida'. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Por eso, en la liturgia, la Iglesia celebra principalmente el Misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra salvación.
1068 Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo:
"En efecto, la liturgia, por medio de la cual "se ejerce la obra de nuestra redención", sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia" (SC 2).
1085 En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13, 1; Jn 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6, 10; Hb 7, 27; Hb 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.
1362 La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

Oración de los fieles
133. Imploremos, hermanos, a quien tiene todo el poder en el cielo y en la tierra, y pidámosle que escuche benignamente nuestras preces.
- Para que perdone y tenga piedad de la Iglesia el que en la cruz excusó a los ignorantes. Roguemos al Señor.
- Para que se apiade de todo el género humano el que murió en la cruz por todos los hombres. Roguemos al Señor.
- Para que se apiade de los enfermos, atribulados, presos y esclavizados el que conoció las amarguras de sentirse abandonado y triste. Roguemos al Señor.
- Para que nos admita en su reino el que recibió al ladrón arrepentido. Roguemos al Señor.
Protégenos, Señor, Salvador nuestro, y concédenos misericordiosamente tus auxilios temporales y eternos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

24. Oración sobre las ofrendas
Por la pasión de tu Hijo sé propicio a tu pueblo, Señor, y concédenos, por esta celebración que actualiza el único sacrificio de Jesucristo, la misericordia que no merecen nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor.
23. Super oblata
Per Unigéniti tui passiónem placátio tua nobis, Dómine, sit propínqua, quam, etsi nostris opéribus non merémur, interveniénte sacrifício singulári, tua percipiámus miseratióne praevénti. Per Christum.
25. Prefacio
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
El cual siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y, al resucitar, fuimos justificados.
Por eso, te alaban los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo...
24. Praefatio: De dominica Passione.
Vere dignum et iustum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens aetérne Deus: per Christum Dóminum nostrum.
Qui pati pro ímpiis dignátus est ínnocens, et pro scelerátis indébite condemnári. Cuius mors delícta nostra detérsit, et iustificatiónem nobis resurréctio comparávit.
Unde et nos cum ómnibus Angelis te laudámus, iucúnda celebratióne clamántes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus...
PLEGARIA EUCARÍSTICA III. PREX EUCHARISTICA III.
26. Antífona de comunión Mt 26, 42
Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.
25. Antiphona ad communionem Mt 26, 42
Pater, si non potest hic calix transíre, nisi bibam illum, fiat volúntas tua.
27. Oración después de la comunión
Fortalecidos con tan santos misterios, te dirigimos esta súplica, Señor: del mismo modo que la muerte de tu Hijo nos ha hecho esperar lo que nuestra fe nos promete, que su resurrección nos alcance la plena posesión de lo que anhelamos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
26. Post communionem
Sacro múnere satiáti, súpplices te, Dómine, deprecámur, ut, qui fecísti nos morte Fílii tui speráre quod crédimus, fácias nos, eódem resurgénte, perveníre quo téndimus. Per Christum.
Bendición solemne. Pasión del Señor.
V. El Dios, Padre de misericordia, que en la pasión de su Hijo os ha dado ejemplo de su amor, os conceda, por vuestra entrega a Dios y a los hombres, la mejor de sus bendiciones.
R. Amén.
V. Y que gracias a la muerte temporal de Cristo, que alejó de vosotros la muerte eterna, obtengáis el don de una vida sin fin.
R. Amén.
V. Y así, imitando su ejemplo de humildad, participéis un día en su resurrección gloriosa.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
R. Amén.
27. Oratio super populum
Réspice, quaesumus, Dómine, super hanc famíliam tuam, pro qua Dóminus noster Iesus Christus non dubitávit mánibus tradi nocéntium, et crucis subíre torméntum. Qui vivit et regnat in saecula saeculórum.

MARTIROLOGIO

Elogios del día 21 de marzo

1. En Egipto, san Serapión, anacoreta (s. inc.).
2. Conmemoración de los santos mártires de Alejandría, que bajo el emperador Constancio y el prefecto Filagrio fueron sacrificados el Viernes Santo de la Pasión del Señor, al irrumpir los arrianos y los paganos en diversas iglesias (339).
3. En Lauconne, en la región de Lyon, muerte de san Lupicino, abad, que con su hermano san Romano observó en los bosques del Jura las instituciones monásticas (480).
4*. En Irlanda, san Endeo, abad, que en la isla de Aran fundó un cenobio tan célebre, que por su fama la isla fue llamada de los Santos (c. 542).
5. En Montecasino, muerte de san Benito, abad, cuya memoria se celebra el día once de julio (547).
6. En Constantinopla, pasión de san Jacobo, por sobrenombre “Confesor”, que luchó valientemente por el culto de las santas imágenes y terminó su vida con un glorioso martirio (c. 824).
7*. En Valence, en la región de Vienne, en Francia, san Juan, obispo, que primero fue abad de Bonnevaux, y elegido obispo después, padeció muchas contrariedades por la defensa de la justicia, ayudando generosamente a los pobres y mercaderes arruinados (c. 1145).
8. En la región montañosa vulgarmente llamada Ranft, junto a Sachseln, en Suiza, san Nicolás de Flüe, el cual, por inspiración divina, deseoso de otro género de vida dejó a su esposa y a sus diez hijos, retirándose al monte para abrazar la vida de anacoreta, donde llegó a ser célebre por su dura penitencia y desprecio del mundo. De su celda sólo salió una vez, y fue para apaciguar con una breve exhortación a quienes estaban a punto de enfrentarse en una guerra civil (1487).
9*. En Dorchester, en Inglaterra, beato Tomás Pilchard, presbítero y mártir, varón docto y manso, que en tiempo de la reina Isabel I fue condenado a muerte por ser sacerdote. Con él se conmemora también al beato Guillermo Pike, mártir, de oficio carpintero, que en la misma ciudad y en día desconocido, bajo la misma reina fue despedazado con gran crueldad por haberse reconciliado con la Iglesia Romana (1591).
10*. En York, también en Inglaterra, beato Mateo Flathers, presbítero y mártir, que fue alumno del Colegio Inglés de Douai y, en tiempo del rey Jacobo I, por su fidelidad a Cristo le descuartizaron vivo (1608).
11. En la provincia china de Sichuan, conmemoración de san Agustín Zhao Rong, presbítero y mártir, que, al recrudecerse la persecución, fue encarcelado por el nombre de Cristo, y en un día desconocido de primavera afrontó la muerte (1815).
12*. En Ronco, en la Liguria, beata Benita Cambiagio Frassinello, que, de acuerdo con su marido, espontáneamente renunció a la vida conyugal y fundó el Instituto de las Hermanas Benedictinas de la Providencia, para la instrucción cristiana de jóvenes pobres y abandonadas (1858).