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Domingo 11 diciembre 2016, III Domingo de Adviento, ciclo A.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Martirologio Romano. Introducción general.

MARTIROLOGIO ROMANO. INTRODUCCIÓN GENERAL

LA SANTIDAD EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Vocación universal de los hombres a la santidad


1. Dios Padre quiere que todos los hombres, creados a su divina imagen (cf. Gn 1, 26-27), se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1Tm 2, 4) que es el Señor Jesucristo, camino de los hombres hacia el Padre (cf. Jn 14, 6). Por eso, todos, en primer lugar los fieles cristianos de cualquier estado y condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad favorece también en la sociedad terrena un estilo de vida más humano (Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 40).

2. Más aún, Dios Padre, al renovar todas las cosas en Cristo (cf. Ef 1, 10), ha manifestado su voluntad, que es la santificación de los hombres (cf. 1 Ts 4, 3) y que se aumenta más y más cada día en la vida de los cristianos por Cristo, con Cristo y en Cristo (Cf. MISAL ROMANO, doxología de las Plegarias Eucarísticas), para la mayor gloria de la única e indivisible Trinidad y para una más fecunda santidad de la Iglesia (Cf. CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 47).

3. Y puesto que él es santo (cf. 1P 1, 16), para que todos se hagan uno en Cristo Jesús (cf. Jn 11, 51-52), los liberó del poder de las tinieblas y los trasladó al reino del Hijo de su amor (cf. Col 1, 13), y los hizo partícipes de su santidad por la fuerza del Espíritu Santo, para alabanza de la gloria de su gracia (cf. Ef 1, 6. 12).

La santidad en el misterio de Cristo

4. El Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Maestro y modelo, que con el Padre y el Espíritu es aclamado (Cf. MISAL ROMANO, himno Gloria in excelsis) «el solo santo» y es la fuente de toda santidad y origen de las virtudes, predicó a todos y cada uno de sus discípulos la santidad de la vida de la que él mismo es su autor y consumador: «Vosotros, pues, sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48) (Cf. CONC. Ec. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 40; ORÍGENES, Commentarium in Romanos, 7, 7 (PG 14, 1122 B); PS.-MACARIO, De Oratione, 11 (PG 34, 861AB); STO. TOMÁS DE AQUINO, Summa Teol. II-II, 9, 184, a. 3). En el mismo misterio del Padre, que es Cristo, el Espíritu Santo, mediante el bautismo, confirma a los fieles cristianos con la comunión de todos los santos y los anima en la carrera emprendida para alcanzar la corona de la gloria que no se marchita (cf. 2Tm 4, 7-8; 1Co 9, 25; Ap 2, 10) (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio I de los Santos). Los mismos fieles en Cristo Jesús se esfuerzan en imitar al Salvador siguiendo su consejo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24; cf. Mc 8, 34; Jn 12, 26); de tal modo que, fortalecidos en la fe, la esperanza y la caridad, encuentren por los hermanos que ya viven en Cristo el modo de realizar los misterios de la salvación y reciban el estímulo de sus ejemplos insignes o se encomienden a la ayuda permanente de su piadosa intercesión (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio II de los Santos).

La santidad en la vida de la Iglesia

5. Dios Padre, mediante el testimonio admirable de los santos, fecunda sin cesar a la Iglesia con vitalidad siempre nueva, dándonos así pruebas evidentes de su amor (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio II de los Santos).
También Cristo, el Señor, ama a la Iglesia como esposa suya, se entregó a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5, 25-26), la unió a sí mismo como a su Cuerpo y la llenó del don de la santidad para gloria de Dios (Cf. CONC. EC. VATIC. II, Const. Dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 39).
El mismo Espíritu Santo anima al Cuerpo de Cristo para que de él reciba la santidad y con él haga billar el reino de la verdad y de la vida, es decir, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio de Jesucristo, Rey del Universo); en él todos los fieles pasan de la esclavitud de la corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21).

6. Por eso, la Iglesia es a la vez santa y necesita siempre ser purificada (Cf. MISAL ROMANO, Ordinario de la Misa: Profesión de la fe; CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 8); a ella, sin embargo, está llamada en Cristo toda la humanidad, para que también en ella, por la gracia de Dios omnipotente, goce de la compañía de los santos hasta que su comunión gloriosa en Cristo llegue a la culminación en el final de los tiempos. Esta misma Iglesia, Madre Santa, no cesa de procurar con esmero que los fieles cristianos fomenten la vocación a la santidad y consigan llegar a ella. Concretamente y, sobre todo, dadas las circunstancias de este tiempo de nueva evangelización, es de capital importancia la orientación de todo el itinerario pastoral hacia esa misma santidad, que no ha de considerarse como exclusivo camino extraordinario de unos pocos, sino como propósito de todos los fieles cristianos hacia la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad (Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio ineunte, 6 de enero de 2001, núm. 30: AAS 93 (2001), pág. 267).

II . LA MEMORIA O VENERACIÓN DE LOS SANTOS

La memoria de Cristo en la vida de los santos


7. El Padre, lleno de bondad, que por medio de su Hijo amado no sólo es el creador del género humano sino también «el bondadosísimo Redentor» (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio común ), con la ayuda del Espíritu Santo ofrece a cada fiel cristiano, con la ayuda del Espíritu Santo, el ejemplo de vida de los santos, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino (Cf. MISAL ROMANO, Prefacio I de los Santos).

8. La Iglesia confiesa a la Trinidad admirable en los mismos santos, que hacen visible a todos los hombres la presencia viva del Salvador y la naturaleza genuina de la Iglesia, como imágenes de la santidad divina, de la que brotan aquellas obras de los santos que, al mismo tiempo, proclaman las maravillas de Cristo (Cf. CONC. EC. VATIC. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 111) .

9. Toda celebración litúrgica de los santos ofrecida en la vida de la Iglesia por su propia naturaleza se dirige a Cristo y termina en él, «corona de todos los santos» (Cf. LITURGIA DE LAS HORAS, Preces en la solemnidad de Todos los Santos), y por él, en el Espíritu Santo, al Padre, que es admirable en sus santos y es glorificado en ellos (cf. 2Ts 1, 10) (CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 50).

10. La vida de los santos en el correr de los tiempos, como continuación y memoria de la vida de Cristo, resplandece en este siglo, como muestra de su misma gloriosa resurrección (Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Dies Domini, 31 de mayo de 1998, núm. 78: AAS 90 (1998), pág. 761), y en la gloria de los cielos; y se propone a los fieles cristianos como una estrella difiere de otra estrella por su resplandor (cf. 1Co 15, 40-41): «todo pasa, perdura la gloria de los santos en Cristo, que todo lo renueva, mientras él permanece.» (Cf. SAN PAULINO DE NOLA, Carmina, XIV, 3-4: CSEL 30, 67).

11. Por eso la celebración litúrgica de los santos no tanto tiene como fin el proponer a los fieles los ejemplos de los santos para su imitación, sino, sobre todo, que se fortalezca en el Espíritu la unión de la Iglesia entera (cf. Ef 4, 1-6). Pues así como la comunión de los que vamos de camino nos lleva más cerca de Cristo, la comunión con los santos nos une con él, de quien como fuente y cabeza dimana toda gracia y la vida misma del pueblo de Dios (Cf. PAPA Pío XII, Carta Enc. Mediator Dei: AAS 39 (1947), págs. 581-582).

12. Por este motivo, el día del tránsito de esta vida al consorcio eterno de los santos se apoya en la vida de Cristo, esto es, en su Misterio Pascual, y con razón se denomina y es su "día natalicio", el conmemorado, según costumbre, en la Sagrada Liturgia.

El culto de los santos

13. La Iglesia peregrina ya desde los primeros tiempos de su vida honró con su celebración a los apóstoles y a los mártires de Cristo, que con la efusión de su sangre, a imitación del Salvador paciente en la cruz, dieron el supremo testimonio de su fe y de su amor (cf. Ap 22, 14) (CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 50).

14. Por eso, la Iglesia venera a los santos de acuerdo con la genuina tradición (CONC. EC. VATIC. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 111) y recomienda la peculiar y filial veneración de los fieles a la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, a la cual Cristo constituyó Madre de todos los hombres; asimismo, promueve el culto verdadero y auténtico a los demás santos (Cf. CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, can. 1186).

15. Sólo es lícito venerar con culto público a aquellos siervos de Dios que hayan sido incluidos por la autoridad de la Iglesia en el catálogo de los santos o de los beatos (Cf. CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, can. 1187). Se veneran sus reliquias auténticas y sus imágenes, porque el culto de los santos en la Iglesia proclama las maravillas de Cristo en sus siervos y ofrece a los fieles ejemplos adecuados, dignos de imitación (Cf. CONC. EC. VATIC. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 111; cf. también CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, cans. 1188-1190).

16. En cuanto a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, a los Ángeles Custodios y a los innumerables coros de los Ángeles que están en la presencia de Dios para servirle de día y de noche, contemplando sin cesar la gloria de su rostro (Cf. MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística IV, Prefacio), y cuyos nombres sólo él conoce, a éstos solamente se les tributa el culto que está admitido en los libros litúrgicos y en la auténtica tradición de la Iglesia.

La comunión de los santos realizada en la Liturgia

17. En la Sagrada Liturgia, la Iglesia entera celebra la alabanza de la divina majestad en común alegría (Cf. MISAL ROMANO, Prefacios, repetidas veces). Pues todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu y forman una misma Iglesia, en él permanecen unidos entre sí (cf. Ef 4, 16).

18. De lo cual se sigue que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella misma presenta a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación (Cf. ICo 12, 12-27; CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 49). Los fieles, imitándolos, se esfuerzan en ayudarse siempre mutuamente, mientras, en el camino hacia el Padre, siguen las huellas de Cristo. E igualmente, contemplando su vida en Cristo, en ellos buscan luz para descifrar los misterios de Dios. Porque en la vida de los santos, que, partícipes de nuestra humanidad, se van no obstante perfeccionando más y más a imagen de Cristo (cf. 2Co 3, 18), muestra vivamente Dios su presencia y su rostro a los hombres. En ellos nos habla él mismo y nos ofrece un signo de su Reino (CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, núm. 50). Lo cual se hace especialmente patente en aquellos santos que, dotados con peculiares dones del Espíritu Santo, brillaron por la excelencia no sólo de su vida sino también de su doctrina. Lo cual ha de entenderse, no exclusivamente de la ciencia teológica, sino también de esa "ciencia del amor" que, merced a la iluminación del Espíritu Santo, nace de la experiencia de los misterios de Dios (Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Divini amoris scientia: Santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, proclamada Doctora de la Iglesia universal, núm. 7: AAS 90 (1998), pág. 936; y CONC. EC. VATIC. II, Const. dogm. de la divina revelación Dei Verbum, núm. 8).

19. Por la intercesión de los santos, en Cristo, eterno y sumo sacerdote (cf. Hb 3, 1; 4, 14; 5, 10; 7, 26; 9, 11), mediador entre Dios y los hombres (cf. 1Tm 2, 5), cuando se realiza la celebración litúrgica se aumenta más y más cada día la comunión eclesial. Esto ocurre, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía, en la que con mayor razón, al dar gracias la Iglesia entera, se une en comunión con los moradores del cielo, venerando la memoria de todos los santos (Cf. MISAL ROMANO, Plegaria Eucarística I o Canon Romano, Reunidos en comunión); y ocurre también al celebrar la Liturgia de las Horas, en la cual es perenne la alabanza a la Santísima Trinidad por medio de los santos.

III . EL MARTIROLOGIO ROMANO

Índole y naturaleza litúrgica del Martirologio

20. En el transcurso de los siglos, el Martirologio, cuya naturaleza litúrgica se va clarificando progresivamente, ha sido incluido entre los libros para las celebraciones litúrgicas que tributan con la dignidad conveniente el culto a la Santísima Trinidad.

21. Las relaciones entre los más antiguos calendarios litúrgicos y el Martirologio, añadidas las oportunas aplicaciones prácticas de las mutuas conexiones entre ellos y las celebraciones de los divinos misterios, han ido creciendo sensiblemente hasta el carácter que hoy tienen, donde la finalidad y el uso preferentemente litúrgico son evidentes.

La estrecha relación del Martirologio con los libros litúrgicos

24. La celebración litúrgica, como manifestación y actualización del amor de la Iglesia a Jesucristo, su Esposo, cuyo misterio total desentraña y rememora a lo largo del año, también se ocupa del culto de los santos. Pues éstos, que por la multiforme gracia de Dios fueron llevados a la perfección y ya han alcanzado la salvación eterna, cantan a Dios en el cielo una alabanza perfecta e interceden, preferentemente por los fieles cristianos, pero también por todos los hombres. Debido a esto, el misterio de Cristo y el culto a los santos se unen mutuamente, hasta tal punto que en la liturgia de la Iglesia existen relaciones entre el Martirologio y los demás libros litúrgicos utilizados para la celebración del misterio de Cristo, en la cual se encuentran también los santos.

25, Por esta causa, la Iglesia, para que las festividades de los santos no prevalezcan sobre las celebraciones que conmemoran los misterios mismo de la Salvación, con el catálogo de los santos y beatos ofrece unas normas, en virtud de las cuales sus memorias pueden celebrarse en días determinados (Cf. CONC. Ec. VATIC. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 111).

26. Está claro que además de las solemnidades y fiestas de los santos, así como de las memorias obligatorias, por causa justa también pueden celebrarse en las ferias que lo admitan las memorias libres con su propia categoría, así como el Oficio y la Misa de un Santo inscrito ese día en el Martirologio Romano o en un Martirologio Propio, o sea, en el Apéndice propio debidamente aprobado (Cf. Ordenación General de la Liturgia de las Horas, núms. 244-239; SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Sobre los Calendarios particulares, núms. 8-10: AAS 62 (1970), págs. 653-654).

El catálogo de los santos en el Martirologio

27. El Martirologio, que se ha considerado como un libro litúrgico, no se propuso ofrecer una exhaustiva enumeración de todos los santos y beatos, ni extensos elogios de los mismos de donde pudieran sacarse o derivar tratados edificantes de ascética, o una historia de la Iglesia como familia de los santos, nación santa, adquirida por Dios (cf. 1P 2, 9; lTs 5, 9-10; 2Ts 2, 13).

28. El Martirologio nos ofrece, en primer lugar, la enumeración de las memorias de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios; en segundo término, la de los Ángeles, y finalmente la de los fieles cristianos que en nuestros días reciben culto, bien sea en la Iglesia universal, en las particulares o en cualquier familia religiosa; pero no ofrece un catálogo completo de todos cuantos gozan de la eterna visión beatífica de Dios (Cf. Ordenación general del Misal Romano, núm. 316).

29. Por esta razón, el Martirologio Romano incluye a los santos inscritos en el Calendario Romano cuando tienen una importancia universal en toda la Iglesia del Rito Romano, y también a otros muchos, pero no a todos de entre aquellos que han sido más estimados en cada Iglesia particular o familia religiosa y se conmemoran en cualquiera de las categorías litúrgicas. Cada caso particular o local conmemorativo de santos antiguos, así como de todos los beatos, desde la Edad Media hasta el día de hoy, se señala con su correspondiente asterisco (*), siguiendo el orden cronológico de santos y beatos conmemorados en el día.

IV . USO DEL MARTIROLOGIO

La celebración de los santos o beatos

30. Según lo dicho anteriormente en el núm. 26, la Misa, y también el Oficio de un Santo inscrito en el Martirologio Romano o en un propio del Martirologio debidamente aprobado, se puede celebrar con dicha causa el día en que está inscrito su nombre, en las ferias en que se admite la celebración de una memoria libre (Cf. Ordenación general del Misal Romano, núm. 316 [3551; Ordenación general de la Liturgia de las Horas, núm. 244).

31. De este modo, la celebración de un beato inscrito en el Martirologio, o en un Propio del Martirologio, ha de limitarse a la diócesis, nación o territorio más amplio, o a la familia religiosa a la que lo haya concedido la Sede Apostólica (Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Sobre los Calendarios particulares, núms. 8-9: AAS 62 (1970), págs. 653-654).

32. Es conveniente que cada diócesis o familia religiosa tenga su Calendario Propio (Normas Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el Calendario, núms. 48-55; SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Sobre los Calendarios particulares, del día 24 de junio 1970, núms. 1-9, 12: AAS 62 (1970), págs. 651-654), y que cada una de las Conferencias de los Obispos haga Calendarios Propios para cada nación o, juntamente con otras Conferencias, un Calendario de más amplia jurisdicción; todos ellos deben estar en la debida coherencia con el Martirologio Romano y han de ser aprobados o confirmados por la Santa Sede.

33. Pero si el día natalicio de un santo o de un beato indicado en el Martirologio está impedido todos los años por otra celebración de grado superior, ese santo o beato puede conmemorarse en los Calendarios Propios en un día libre próximo o, si es el caso, en otra fecha que por alguna razón le sea propia, como, por ejemplo, el día de su descubrimiento, del levantamiento de su cadáver o del traslado de su cuerpo, o el día de la canonización o beatificación, aunque esto ordinariamente ha de considerarse como menos conveniente (Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Sobre los Calendarios particulares, núm. 21: AAS 62 (1970), pág. 656). Si esto ocurriere, en la lectura del Martirologio empléese una de las fórmulas propuestas más abajo, pág. 34, núm. 12.

34. Cualquiera de los santos inscritos en el Martirologio Romano puede elegirse como titular de una Iglesia. Mas, si se trata de un beato, es necesario pedir permiso a la Sede Apostólica (Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Instrucción Sobre los Calendarios particulares, núm. 34: AAS 62 (1970); Pontifical Romano, Ritual de las dedicaciones de una Iglesia o un altar, edición típica, 1977, capítulo II, núm. 4), a no ser que el mismo beato esté ya debidamente inscrito en el Calendario de la diócesis o nación (CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, notificación sobre la dedicación o bendición de una Iglesia en honor de algún Beato, día 28 de noviembre de 1998: Notitiae 34 (1998), pág. 664).

Lectura del Martirologio

35. Los elogios de los santos de cualquier día han de leerse siempre el día precedente.

36. Es loable que la lectura del Martirologio se haga en el coro, pero también se puede hacer fuera de él.

37. Al leer el Martirologio, obsérvese el orden que se encuentra más abajo.

V . LOS PROPIOS DEL MARTIROLOGIO

38. Cada una de la diócesis, nación, o familia religiosa puede confeccionar el Propio del Martirologio o Apéndice del mismo, en el que se han de incluir los santos o beatos inscritos en el Calendario Propio que no estén en el Martirologio Romano, o se celebren en distinto día, o se conmemoren con otra categoría, o cuyo elogio parezca conveniente ampliar un poco. Este Propio ha de enviarse a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para obtener la revisión, aprobación o confirmación.

39. Esos elogios ampliados no deben componerse simplemente según el género literario de "Vidas" o "Leyendas", sino en lo posible han de resaltar la victoria pascual de Cristo en sus siervos y poner de relieve ante los fieles (Cf. CONC. EC. VATIC. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 92.) el carisma distintivo que se atribuye a cada uno (Ibid., núm. 111). Además, siempre se ha de observar estrictamente la fidelidad a la historia y no se han de admitir elementos homiléticos o para "edificación", ni que pasen los elogios de unas cuarenta palabras.

VI. ADAPTACIONES QUE COMPETEN A LAS CONFERENCIAS DE LOS OBISPOS

40. Corresponde a la Conferencias de los Obispos preparar las traducciones del Martirologio Romano a las lenguas vulgares, observando minuciosamente la integridad y la fidelidad, teniendo en cuenta las notas características del género literario.

41. Al editar el Martirologio, conviene poner los elogios de cada día que se han de considerar propios de la nación o territorio por concesión de la Santa Sede en el primer lugar, después de los elogios que pertenecen a celebraciones inscritas en el Calendario General e imprimiéndolos en los mismos caracteres. Y los elogios propios de la región o de la diócesis tengan siempre su puesto en Apéndice particular. Según las normas del derecho, el texto de cualquier edición de la Conferencia de los Obispos ha de ser aprobado y revisado por la Sede Apostólica. Esto vale también, con las debidas variantes, para cualquier familia religiosa.

42. Al preparar las ediciones hay que distinguir claramente entre las traducciones del Martirologio Romano, que deben ser íntegras, y las colecciones parciales que, seleccionadas del mismo para el uso pastoral, no deben destinarse a la liturgia.