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domingo, 2 de febrero de 2014

Benedicto XVI, Introducción a la Teología de la Liturgia (2008).

Textos de Benedicto XVI

Prefacio al primer volumen de mis escritos, 29 de junio de 2008, en J. RATZINGER, Opera omnia. Teologia della Liturgia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2010, p. 5-9 (Traducción de Juan Diego Muro, Perú.)

El Concilio Vaticano II inició sus labores con la discusión del esquema sobre la liturgia, que luego fue solemnemente votado el 4 de diciembre de 1963 como primer fruto de la gran asamblea de la Iglesia, con el rango de una constitución. Que el tema de la liturgia fuera su primer resultado fue considerado a primera vista más bien una casualidad. El Papa Juan había convocado la asamblea de obispos con una decisión compartida por todos con alegría, para reafirmar la presencia del cristianismo en una época de profundos cambios, pero sin proponer un determinado programa. Desde la comisión preparatoria se había reunido una amplia serie de proyectos. Pero faltaba una brújula para poder encontrar el camino en medio de esta abundancia de propuestas. Entre tantos proyectos el texto sobre la sagrada liturgia pareció ser aquel sobre el cual había menos discusión. Así, se presentó como el más adecuado, como una especie de ejercicio –por llamarlo así– con el cual los Padres podían aprender los métodos de trabajo conciliar.

Lo que a simple vista podría parecer una casualidad, también se revela –mirando a partir de la jerarquía de los temas y de las tareas de la Iglesia– como la cosa intrínsecamente más correcta. Comenzando con el tema “liturgia”, se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, la prioridad del tema “Dios”. Dios ante todo, así nos lo dice el inicio de la constitución sobre la liturgia. Cuando la mirada de Dios no es determinante todo lo demás pierde su orientación. Las palabras de la regla benedictina «Ergo nihil Operi Dei praeponatur» (43, 3: «Por lo tanto no se anteponga nada a la obra de Dios») valen en modo específico para el monaquismo, pero tienen valor, como orden de las prioridades, también  para la vida de la Iglesia y de cada uno en el modo que le corresponde. Quizá es útil recordar aquí que en el término “ortodoxia” la segunda mitad de la palabra, “doxa”, no significa “opinión” sino “esplendor”, “glorificación”: no se trata de una correcta opinión sobre Dios, sino de un modo correcto de glorificarlo, de darle una respuesta. Ya que esta es la pregunta fundamental del hombre que comienza a entenderse a sí mismo de la manera correcta: ¿cómo debo encontrar a Dios? Así, aprender el modo correcto de adorar –la ortodoxia– es lo que nos viene dado sobre todo por la fe.

Cuando decidí, después de algunas indecisiones, aceptar el proyecto de una edición de todas mis obras, me quedó claro inmediatamente que debería valer en ella el orden de las prioridades del Concilio, y que por lo tanto el primer volumen en salir debía ser el que contenía mis escritos sobre la liturgia. La liturgia de la Iglesia ha sido para mí, desde mi infancia, la actividad central de mi vida, y también se ha vuelto, en la escuela teológica de maestros como Schmaus, Söhngen, Pascher y Guardini, en el centro de mi trabajo teológico.

Como materia específica he escogido la teología fundamental, porque quería ante todo ir hasta el fondo de la pregunta “¿por qué creemos?” Pero en esta pregunta estaba incluida desde el inicio la otra sobre la correcta respuesta que se ha de dar a Dios, y por tanto también la pregunta sobre el servicio divino. Precisamente desde este punto deben ser entendidos mis trabajos sobre la liturgia. No me interesaban los problemas específicos de la ciencia litúrgica, sino el anclarse de la liturgia en el acto fundamental de nuestra fe y por tanto también su lugar en nuestra entera existencia humana.

Este volumen recoge entonces todos mis trabajos de pequeña y mediana dimensión con los cuales en el curso de los años, en ocasiones y desde perspectivas diferentes, he tomado posición sobre cuestiones litúrgicas. Después de todas las contribuciones que nacieron de este modo, fui impulsado finalmente a presentar una visión de conjunto que apareció en el año jubilar del 2000 bajo el título “El espíritu de la liturgia. Una introducción” y que constituye el texto central de este libro.

Lamentablemente casi todas las reseñas se centraron en un pequeño capítulo: “El altar y la orientación de la oración en la liturgia”. Los lectores de las reseñas debieron deducir que la obra completa trataba sólo de la orientación de la celebración y que su contenido se reducía a querer reintroducir la celebración de la misa “con las espaldas dirigidas al pueblo”. En consideración a esta distorsión he pensado por un momento en suprimir este capítulo (de apenas nueve páginas de un total de doscientas) para poder reconducir la discusión al verdadero argumento que me interesaba y sigue interesándome en el libro. Esto habría sido más fácilmente posible por el hecho de que mientras tanto aparecieron dos excelentes trabajos en los cuales la cuestión de la orientación de la oración en la Iglesia del primer milenio ha sido aclarada en modo convincente. Pienso ante todo en el importante librito de Uwe Michael Lang, “Volverse hacia el Señor. Orientación en la plegaria litúrgica” (Ediciones Cristiandad, Madrid, 2007), y en modo del todo particular a la gran contribución de Stefan Heid, “Actitud y orientación de la oración en la primera época cristiana” (en “Revista de Arqueología Cristiana 72, 2006), en la que las fuentes y bibliografía sobre dicho tema resultan ampliamente ilustradas y puestas al día.

El resultado es del todo claro: la idea que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la cristiandad moderna y es completamente extraña en la antigua. Sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico para el Señor que viene, o, donde esto no fuese posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión (Jn 17, 1). Mientras tanto se está abriendo paso cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí al final del capítulo en cuestión en mi obra: no proceder a nuevas transformaciones, sino proponer simplemente la cruz al centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse guiar in tal modo hacia el Señor, al que todos juntos rezamos.

Pero de nuevo, con esto, quizá he dicho demasiado sobre este punto, que representa apenas un detalle de mi libro, y que podría incluso dejar de lado. La intención fundamental de la obra era la de colocar la liturgia por encima de las cuestiones con frecuencia mezquinas sobre esta o aquella forma, en su importante relación que he buscado describir en tres ámbitos que están presentes en todos y cada uno de los temas. Está ante todo la íntima relación entre Antiguo y Nuevo Testamento; sin la relación con la heredad veterotestamentaria la liturgia cristiana es absolutamente incomprensible. El segundo ámbito es la relación con las religiones del mundo. Y se agrega en fin el tercer ámbito: el carácter cósmico de la liturgia, que representa algo más que la simple reunión de un círculo más o menos grande de seres humanos; la liturgia es celebrada dentro de la amplitud del cosmos, abraza al mismo tiempo la creación y la historia. Esto es lo que se pretendía con la orientación de la oración: que el Redentor al cual rezamos es también el Creador, y así en la liturgia también está siempre presente el amor por la creación y la responsabilidad en relación a ella. Estaré contento si esta nueva edición de mis escritos litúrgicos puede contribuir a que se vean las grandes perspectivas de nuestra liturgia y colocar en su correspondiente lugar ciertas controversias mezquinas sobre formas exteriores.

Finalmente, y sobre todo, siento el deber de agradecer. Mi agradecimiento se debe ante todo, al obispo Gerhard Ludwig Muller, que ha tomado en sus manos el proyecto de la “Opera omnia” y ha creado las condiciones tanto personales como institucionales para su realización. De manera muy particular quisiera agradecer al Prof. Dr. Rudolf Voderholzer, que ha invertido tiempo y energías en medida extraordinaria en la recolección y en la separación de mis escritos. Agradezco también al señor Dr. Christian Schaler, que lo asiste de manera activa. Finalmente, va mi sincero agradecimiento a la casa editora Herder, que con gran amor y precisión ha asumido el honor de este difícil y fatigoso trabajo. Que todo ello pueda contribuir a que la liturgia sea comprendida en modo siempre más profundo, y celebrada dignamente. «La alegría del Señor es nuestra fuerza» (Ne 8, 10).

Roma, fiesta de los santos Pedro y Pablo, 29 de junio del 2008